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Shoghi Effendi : NORTEAMÉRICA Y LA MÁS GRANDE PAZ
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NORTEAMÉRICA Y LA MÁS GRANDE PAZ
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A los amados del Señor y siervas del Misericordioso residentes a lo largo de los Estados Unidos y Canadá.

Amigos y compañeros promotores de la Fe de Dios:

Cuarenta años se habrán cumplido al término del verano entrante desde que el nombre de Bahá'u'lláh fue mencionado en el continente norteamericano por primera vez. Ciertamente, a cualquier observador que sopese en su corazón el significado de tamaño hito en la historia espiritual de la gran República Norteamericana han de extrañarle las circunstancias que rodearon esa primera referencia pública al Autor de nuestra amada Fe. Más extraña aún ha de resultarle la asociación de ideas y sentimientos que las breves palabras pronunciadas en aquella histórica ocasión deben de haber despertado en la mente de quienes las escucharon.

De toda la pompa y boato, las manifestaciones de alegría pública o el aplauso popular, nada iba encaminado a saludar esta primera alusión dirigida a los ciudadanos norteamericanos sobre la existencia y propósito de la Revelación proclamada por Bahá'u'lláh. Tampoco quien fuera su instrumento escogido profesaba creer en la potencia inherente a las buenas nuevas que transmitía, ni sospechaba la magnitud de las fuerzas que tan pasajera mención estaba destinada a desatar.

Anunciado por boca de un partidario declarado del clericalismo estrecho que la propia Fe bahá’í ha desafiado y se propone extirpar, caracterizado en sus inicios como un vástago extraño de un credo despreciable, el Mensaje del Más Grande Nombre, alimentado por oleadas de pruebas incesantes y arropado al calor del tierno cuidado de ‘Abdu’l-Bahá, ha logrado hundir sus raíces en la propicia tierra norteamericana, en menos de medio siglo ha esparcido sus brotes y renuevos hasta los más remotos rincones del globo, y ahora se halla, revestida de la majestad del Edificio consagrado que ha erigido en el corazón de ese continente, decidida a proclamar su derecho y a reivindicar su capacidad de redimir a un pueblo afligido. Sin el apoyo de ninguna de las ventajas que confieren el talento, rango y riquezas, la comunidad de los creyentes norteamericanos, a pesar de su tierna edad, su fuerza numérica, su experiencia limitada, en virtud de la sabiduría inspirada, la voluntad unida y la lealtad incorruptible de sus administradores y maestros ha conseguido la distinción de indisputado liderazgo entre sus comunidades hermanas de Oriente y Occidente como impulsora de la Edad de Oro prevista por Bahá'u'lláh.

No obstante, ¡cuán graves han sido las crisis que esta infante y bendita comunidad ha superado en el curso de su agitada historia! ¡Cuán lento y penoso ha sido el proceso que gradualmente la ha traído de la oscuridad de un abandono sin paliativos a la plena luz del reconocimiento público! ¡Cuán severas las sacudidas que han sufrido las filas de sus devotos seguidores debido a la defección de los pusilánimes, la malicia de los agitadores y la traición de los orgullosos y los ambiciosos! ¡A qué tormentas de mofa, insultos y calumnia han debido de enfrentarse sus representantes en su aguerrido apoyo y su valiente defensa de la integridad y el buen nombre de la Fe que habían esposado! ¡Cuán persistentes las vicisitudes y los reveses desconcertantes con que sus privilegiados miembros, jóvenes y mayores por igual, individual y colectivamente, habían tenido que contender en sus heroicos esfuerzos por escalar las alturas a cuya conquista les había alentado un amoroso Maestro!

Muchos y poderosos han sido los enemigos que, tan pronto como descubrieron las evidencias del ascendiente en alza de sus declarados seguidores, han pugnado entre sí por arrojar a su cara las más viles imputaciones y por verter sobre el Objeto de su devoción los vasos de su más fiera cólera. ¡Cuán a menudo se han burlado de la escasez de sus recursos y del aparente estancamiento de su vida! ¡Cuán amargamente han ridiculizado sus orígenes y, tergiversando su propósito, la han descartado como a un apéndice inútil de un credo moribundo! ¿No han estigmatizado en sus ataques escritos a la persona heroica del Precursor de tan santa Revelación como a un cobarde renegado, un apóstata pervertido, y denunciado toda la gama de Sus voluminosos escritos como palabrería de un irresponsable? ¿No han querido ellos adscribir a su divino Fundador las más bajas intenciones que un conspirador y usurpador sin escrúpulos pudiera concebir? y, ¿no han considerado al Centro de Su Alianza como a la encarnación de una tiranía despiadada, un agitador de males y notorio exponente del fraude y el oportunismo? Sus principios globalizadores han sido denunciados una y otra vez por los enemigos de una Fe en constante crecimiento como fundamentalmente defectuosos, su omnímodo programa ha sido declarado absolutamente irreal, y su visión del futuro ha sido juzgada quimérica y totalmente engañosa. Los necios que la quieren mal han representado las verdades fundamentales que constituyen su doctrina como un ropaje de dogmas infundados, no han querido diferenciar su maquinaria administrativa del alma de la Fe misma, y han identificado como pura superstición los misterios que venera y defiende. Al principio de unificación por el que aboga y con el que se halla identificada lo han falseado como un vano intento de uniformidad, a sus reiteradas afirmaciones sobre la realidad de agentes sobrenaturales las han condenado como una vana creencia en la magia, y a la gloria de su idealismo la han rechazado como mera utopía. Cada proceso de purificación, mediante el cual una Sabiduría inescrutable ha escogido de tiempo en tiempo purgar el cuerpo de sus seguidores escogidos de la mancha del indeseable y del indigno, ha sido vitoreada por estas víctimas de unos celos incesantes como si fuera un signo de las fuerzas invasoras del cisma que pronto habrían de minar su fortaleza, viciar su vitalidad y completar su ruina.

¡Muy queridos amigos! No me corresponde a mí, ni parece que sea factible para nadie de la presente generación, trazar la historia toda y exacta del auge y gradual consolidación de este brazo invencible, este poderoso órgano de una Causa en continuo avance. Sería prematuro, en esta etapa temprana de su evolución, intentar un análisis exhaustivo, o alcanzar una valoración justa de las fuerzas propulsoras que la han compelido a ocupar tan exaltado lugar entre los varios instrumentos que la Mano de la omnipotencia ha formado, y ahora está perfeccionando, para la ejecución de Su divino Propósito. Los futuros historiadores de esta poderosa Revelación, dotados de plumas más hábiles que ninguna de las que puedan reclamar poseer sus actuales seguidores, sin duda transmitirán a la posteridad una exposición magistral de los orígenes de esas fuerzas que, mediante un notable impulso del péndulo, han hecho que el centro administrativo de la Fe gravite fuera de su cuna para desplazarse a las costas del continente norteamericano y aun más allá, hacia su corazón mismo, que es hoy su agente principal y el bastión dominante de sus instituciones en rápido crecimiento. A ellos corresponderá la tarea de escribir la historia, y de estimar el significado de tan radical revolución en la suerte de una Fe que lentamente avanza hacia la madurez. Suya será la oportunidad de exaltar las virtudes y de inmortalizar la memoria de aquellos hombres y mujeres que participaron en su realización. Suyo será el privilegio de evaluar la parte que cada uno de estos magníficos constructores del Orden Mundial de Bahá'u'lláh haya tenido en la inauguración de ese Milenio dorado, cuya promesa se halla atesorada en Sus enseñanzas.

¿Acaso la historia de la Cristiandad primitiva y del surgimiento del Islam no ofrecen, cada una a su modo, un llamativo paralelo con este raro fenómeno cuyos comienzos estamos atestiguando en éste, el primer siglo de la Era bahá’í? ¿Acaso el Impulso Divino que dio nacimiento a cada uno de estos grandes sistemas religiosos no ha sido conducido, mediante la actuación de las fuerzas que ha liberado el irresistible crecimiento de la Fe, a procurarse fuera de su tierra natal y en regiones más propicias un campo listo y un medio más adecuado para la encarnación de su espíritu y la propagación de su causa? ¿Acaso las iglesias asiáticas de Jerusalén, Antioquía y Alejandría, formadas principalmente por judíos conversos, cuyo carácter y temperamento los predisponían a simpatizar con las ceremonias tradicionales de la Dispensación mosaica, no se habían visto forzadas a reconocer, conforme iban declinando, el mayor ascendiente de sus hermanos griegos y romanos? ¿No se habían visto compelidas a reconocer el valor superior y la entrenada eficacia que había facultado a esos abanderados de la Causa de Jesucristo a erigir los símbolos de Su dominio mundial sobre las ruinas de un Imperio que se iba al traste? ¿Acaso el espíritu animador del Islam no se había visto constreñido, por la presión de unas circunstancias similares, a abandonar los inhóspitos yermos de su Hogar Arábigo, escenario de sus grandes sufrimientos y hazañas, para cosechar en una tierra distante los mejores frutos de una civilización que maduraba lentamente?

“Desde el comienzo del tiempo hasta el presente día –afirma el propio ‘Abdu’l-Bahá– la luz de la Revelación divina se ha alzado en Oriente y ha derramado su resplandor sobre Occidente. La iluminación así lograda, sin embargo, ha adquirido en Occidente un brillo extraordinario. Reflexiona sobre la Fe proclamada por Jesús: aunque apareció por vez primera en Oriente, la medida completa de sus potencialidades no se hizo manifiesta hasta que su luz se había derramado sobre el Occidente”. “Se acerca el día –nos asegura en otro pasaje– cuando seréis testigos de cómo, por el esplendor de la Fe de Bahá'u'lláh, Occidente reemplazará a Oriente e irradiará la luz de la Guía Divina”. “En los libros de los Profetas –vuelve a afirmar– constan ciertas buenas nuevas que son absolutamente verdaderas e indudables. Oriente ha sido el lugar de amanecer del Sol de la Verdad. Los Profetas de Dios han aparecido en Oriente (…) Occidente ha adquirido iluminación de Oriente, pero en algunos aspectos el reflejo de la luz ha sido mayor en Occidente. Esto es especialmente cierto del cristianismo. Jesucristo apareció en Palestina y Sus enseñanzas se fundaron en aquel país. Aunque las puertas del Reino se abrieron primeramente en aquella tierra y las bendiciones de Dios se difundieron desde su centro, el pueblo del Oeste ha abrazado y promulgado el cristianismo más cabalmente que el pueblo del Este”.

No es de sorprender, pues, que de la misma pluma infalible hayan fluido, después de la memorable visita de ‘Abdu’l-Bahá a Occidente, esas palabras tan citadas, cuyo significado me resulta imposible alcanzar a valorar: “El continente de Norteamérica –anunció en una Tabla que desvelaba Su Plan Divino a los creyentes residentes en los Estados del Noreste de la República Norteamericana– es a los ojos del Dios único y verdadero la tierra donde los esplendores de Su luz han de ser revelados, donde los misterios de Su Fe serán desvelados, donde el justo habitará y los hombres libres se reunirán. “Ojalá que esta democracia norteamericana –se Le oyó mencionar a ‘Abdu’l-Bahá en Norteamérica– sea la primera nación en establecer las bases de la conciliación internacional. Ojalá que ella sea la primera en desplegar la bandera de la ‘Más Grande Paz’ (…) El pueblo norteamericano es ciertamente digno de ser el primero en construir el tabernáculo de la gran paz y de proclamar la unidad de la humanidad (…) Ojalá que Norteamérica se convierta en el centro difusor de la iluminación espiritual y todo el mundo reciba esta bendición celestial. Pues Norteamérica ha desarrollado poderes y capacidades mayores y más maravillosas que los de ninguna otra nación (…) Ojalá que los habitantes de este país se conviertan como en ángeles celestiales siempre orientados hacia Dios. Ojalá que todos ellos se conviertan en siervos del Omnipotente y que se alcen desde sus actuales logros materiales a tales alturas que la iluminación celestial pueda manar desde su centro hacia todos los pueblos del mundo (…) Esta nación norteamericana está capacitada y facultada para lograr lo que ha de adornar las páginas de la historia y convertirse en la envidia del mundo y ser bendecida tanto en Oriente como en Occidente por el triunfo de sus gentes (…) El continente norteamericano muestra signos y evidencias de un grandísimo avance. Su futuro es incluso más prometedor, pues su influencia e iluminación son de largo alcance. Ella dirigirá a todas las naciones espiritualmente”.

¿Parecería exorbitado, a la luz de tan sublime declaración, esperar que en el seno de tan envidiable región de la tierra y a raíz de la agonía y marasmo de una crisis sin precedentes surja todo un renacimiento espiritual que, mientras se propaga por obra de los creyentes norteamericanos, rehabilite la suerte de una era decadente? Fue ‘Abdu’l-Bahá en persona Quien, según atestiguan Sus más íntimos allegados, en más de una ocasión, dio a entender que el establecimiento de la Fe de Su Padre en el continente norteamericano descollaba como la más destacada de las tres metas que, tal y como las concibió, constituyeron el principal objetivo de Su ministerio. Fue Él Quien en el apogeo de la vida, poco después de la ascensión de Su Padre, concibió la idea de inaugurar Su misión mediante el alistamiento de los habitantes de tan prometedor país bajo la bandera de Bahá'u'lláh. Él fue Quien en Su infalible sabiduría y por la liberalidad de Su corazón escogió conferir sobre Sus discípulos favorecidos, hasta el último aliento de Su vida, las muestras de Su inagotable solicitud y abrumarlos con las muestras de Su especial favor. Él fue Quien, en Sus años de declive, tan pronto como quedó liberado de las cadenas de tan largo y cruel encarcelamiento, decidió visitar la tierra que durante tantos años había sido el objeto de Su infinito amor y cuidado. Fue Él Quien, a través del poder de Su presencia y el encanto de Su expresión, infundió en el cuerpo entero de Sus seguidores aquellos sentimientos y principios que podrían sostenerles a lo largo de las pruebas que la misma prosecución de su tarea inevitablemente habría de engendrar. ¿No fue Él Quien, a través de las funciones que hubo de ejercer cuando habitó entre ellos, ya fuera al colocar la piedra angular de su Casa de Adoración o en la Fiesta que les ofreció y en la que quiso servirles en persona, o en el énfasis con el que en una muy solemne ocasión recalcó las implicaciones de Su estación espiritual, les transmitió los elementos esenciales de esa herencia espiritual que Él sabía que salvaguardarían hábilmente y enriquecerían continuamente con sus hechos? Y finalmente, ¿quién puede dudar que en el Plan Divino que, en el atardecer de Su vida, desplegó ante sus ojos, les estaba invistiendo a ellos con la primacía espiritual en la que podrían apoyarse para el cumplimiento de su elevado destino?

“¡Oh vosotros, apóstoles de Bahá'u'lláh –de este modo Se dirige a ellos en una de Sus Tablas– ojalá que mi vida sea sacrificada por vosotros! (…) ¡Contemplad los portales que Bahá'u'lláh ha abierto ante vosotros! ¡Considerad cuán exaltado y eximio es el rango que estáis destinados a alcanzar; cuán únicos los favores con que habéis sido dotados”. “Mis pensamientos –les dice Él en otro pasaje– están orientados hacia vosotros, y mi corazón da saltos dentro de mí cuando se os menciona. Si sólo supierais cómo mi alma se enciende con vuestro amor, tan grande sería la felicidad que inundaría vuestros corazones como para hacer que os enamoraseis los unos de los otros”. “La medida completa de vuestros logros –declara en otra Tabla– no ha sido todavía revelada, y su significado todavía no ha sido comprendido. En breve, seréis testigos con vuestros propios ojos de cuán brillantemente cada uno de vosotros, cual estrellas rutilantes, irradiaréis en el firmamento de vuestro país la luz de la Guía Divina y conferiréis sobre su pueblo la gloria de una vida eterna”. “El alcance de vuestros futuros logros–confirma Él una vez más– permanece todavía sin revelarse. Espero fervientemente que en el futuro cercano toda la tierra se vea agitada y remecida por los resultados de vuestros logros”. “El Todopoderoso –les asegura– sin duda os concederá la ayuda de Su gracia, os investirá con las muestras de Su poderío y dotará vuestras almas con el poder sostenedor de Su Espíritu Santo”. “No os preocupéis –les advierte– por la pequeñez de vuestro número, ni os sintáis oprimidos por la multitud de un mundo incrédulo (…) Esforzaos. Vuestra misión es inefablemente gloriosa. Si el éxito corona vuestra empresa, Norteamérica seguramente se convertirá en un centro desde el cual emanarán las olas del poder espiritual y el trono del Reino de Dios será firmemente establecido en la plenitud de su majestad y gloria”.

“La esperanza que ‘Abdu’l-Bahá abriga para con vosotros –así les encarece– es que el mismo éxito que le ha sido deparado a vuestros esfuerzos en Norteamérica pueda coronar vuestros empeños en otras partes del mundo, que mediante vosotros la fama de la Causa de Dios se vea difundida por todo el Oriente y Occidente y que el advenimiento del Reino del Señor de las Huestes sea proclamado en la totalidad de los cinco continentes del globo (…) Hasta ahora, os habéis mostrado infatigables en vuestras tareas. Que vuestros esfuerzos aumenten, de ahora en adelante, mil veces. Convocad a las gentes de aquellos países, capitales, islas, asambleas e iglesias a entrar en el Reino de Abhá. La amplitud de vuestros empeños debe ensancharse. A mayor amplitud, más llamativas serán las evidencias del auxilio Divino (…) ¡Ojalá que pudiera viajar, aunque fuese a pie y en la mayor pobreza, a esas regiones y, alzando el llamamiento de Yá Bahá’u’l-Abhá en las ciudades, pueblos, montañas, desiertos y océanos, pudiera promover las enseñanzas Divinas! ¡Por desgracia no me es posible hacer esto! ¡Cuán intensamente lo deploro! ¡Quiera Dios que vosotros podáis lograrlo! Por último, como si se tratara de coronar todas Sus declaraciones previas, se halla esta solemne afirmación que viene a englobar Su visión del destino espiritual de Norteamérica: “En el momento en que este divino Mensaje sea trasladado por los creyentes norteamericanos desde las costas de América y sea propagado por los continentes de Europa, Asia, África y Australasia, y sea llevado a lugares tan lejanos cono las islas del Pacífico, esta comunidad se encontrará firmemente establecida sobre el trono de un dominio eterno. Entonces todos los pueblos del mundo atestiguarán que esta comunidad se halla iluminada espiritualmente y divinamente guiada. Entonces la tierra entera resonará con las alabanzas de su majestad y grandeza”.

Es a la luz de las citadas palabras de ‘Abdu’l-Bahá que cada creyente reflexivo y concienciado debería ponderar el significado de esta portentosa declaración de Bahá'u'lláh: “En el Oriente la luz de Su Revelación ha despuntado; en el Occidente han aparecido los signos de Su dominio. Ponderad esto en vuestros corazones, oh pueblo, y no seáis de los que se han hecho los sordos ante las admoniciones de Quien es el Todopoderoso, el Alabado (…) Si intentaran ocultar su luz en el continente, seguramente asomaría su cabeza en el mismísimo corazón del océano, y, alzando su voz, proclamaría: ‘¡Yo soy el vivificador del mundo!’”

¡Muy queridos amigos! ¿Pueden nuestros ojos estar tan debilitados como para no alcanzar a reconocer en la angustia y el desconcierto, que en mayor medida que en ningún otro país y sin parangón posible en su historia afligen ahora a la nación norteamericana, las evidencias de un incipiente renacer espiritual que las palabras tan fecundas de ‘Abdu’l-Bahá tan claramente previó? Los dolores y espasmos de agonía que el alma de una nación turbada empieza a experimentar lo proclaman abundantemente. Contrastad el lamentable estado de las naciones de la tierra, y en particular de esta gran República de Occidente, con la sonriente fortuna de ese puñado de ciudadanos, cuya misión, si han de ser fieles a su encomienda, es restañar las heridas, restaurar la confianza y reavivar esperanzas desbaratadas. Contrastad las tremendas convulsiones, los mortíferos conflictos, las frívolas disputas, las controversias ya gastadas, las interminables revoluciones que agitan a las masas, con la nueva y calmada luz de la Paz y de la Verdad que rodea, guía y sostiene a esos valientes herederos de la ley y el amor de Bahá'u'lláh. Comparad las instituciones en desintegración, la desacreditada jefatura, las desaforadas teorías, la espantosa degradación, los desvaríos y desmanes, las farsas, mudanzas y componendas que caracterizan la época actual, con la consolidación continua, la santa disciplina, la unidad y cohesión, la convicción segura, la lealtad incondicionada, el sacrificio heroico que constituyen el sello de estos fieles siervos y precursores de la edad dorada de la Fe de Bahá'u'lláh.

Nada extrañe, pues, que estas proféticas palabras hayan sido reveladas por ‘Abdu’l-Bahá: “Occidente –nos asegura– en verdad se ha visto iluminado con la luz del Reino. En breve, esta misma luz se derramará con más intensidad sobre Occidente. Entonces los corazones de sus gentes serán vivificados por la potencia de las enseñanzas de Dios, y sus almas se encenderán con el fuego inmortal de Su amor”. “El prestigio de la Fe de Dios –asevera– ha crecido inmensamente. Su grandeza es ahora manifiesta. Se acerca el día en que habrá de causar un tremendo revuelo en los corazones de los hombres. Regocijaos, por tanto, oh moradores de Norteamérica, regocijaos con exultante alegría!”

¡Apreciadísimos y muy amados hermanos! Al contemplar los cuarenta años que han transcurrido desde que los auspiciosos rayos de la Revelación bahá’í calentaron e iluminaron por primera vez el continente norteamericano cabe comprobar que éstos se distribuyen en cuatro períodos diferenciados, cada uno de ellos coronado por un hecho de tal envergadura que constituye un hito en la vía que conduce a los creyentes norteamericanos hacia la prometida victoria. La primera de estas cuatro décadas (1893-1903) caracterizada por un proceso de lenta y constante fermentación, puede decirse que ha culminado en las históricas peregrinaciones emprendidas por los discípulos norteamericanos de ‘Abdu’l-Bahá hacia el santuario de Bahá'u'lláh. Los diez años que siguieron (1903-1913), tan llenos de pruebas que agitaron, acendraron y robustecieron el cuerpo de los primeros pioneros de la Fe de aquella tierra, tuvieron su cima feliz en la memorable visita de ‘Abdu’l-Bahá a Norteamérica. El tercer período (1913-1923), un período de consolidación silenciosa e ininterrumpida, tuvo como inevitable resultado suyo el nacimiento de una Administración divinamente designada, cuyos cimientos habían sido establecidos inconfundiblemente por el Testamento del fallecido Maestro. Los restantes diez años (1923-1933) se distinguieron por un mayor desarrollo interno, así como por una notable expansión de las actividades internacionales de una comunidad creciente, atestiguaron la conclusión de la superestructura del Mashriqu’l-Adhkár, el poderoso baluarte de la Administración, el símbolo de su fuerza y el signo de su futura gloria.

Cada unos de estos períodos sucesivos parecen haber contribuido su parte al enriquecimiento de la vida espiritual de dicha comunidad y a la preparación de sus miembros para el desempeño de las tremendas responsabilidades de su singular misión. Las peregrinaciones que sus representantes se sintieron animados a realizar en tan temprano período de su historia encendieron las almas de los integrantes con un amor y un celo que ninguna carga de adversidades pudo apagar. Las pruebas y tribulaciones que padeció después facultaron a los supervivientes a comprender las implicaciones de una fe que ninguna oposición, por decidida y bien organizada que fuera, podía aspirar a debilitar. Las instituciones que sus esforzados y probados valedores establecieron a continuación les reportó la estabilidad y aplomo que el aumento de su número y la extensión incesante de sus actividades urgentemente demandaba. Y, finalmente, el Templo que los exponentes de una Administración firmemente asentada se sintieron inspirados a alzar les dio una visión que ni los vendavales de desorden interno ni los remolinos de la conmoción internacional podían ensombrecer.

Me llevaría demasiado espacio tratar de describir brevemente los primeros aleteos que la introducción de la Revelación bahá’í en el Nuevo Mundo, según lo concebido, iniciado y dirigido por nuestro amado Maestro, engendró de inmediato. Ni hay lugar suficiente que me permita narrar las circunstancias que rodearon la histórica visita que realizaron los primeros peregrinos norteamericanos al sagrado santuario de Bahá'u'lláh, o relatar las obras que marcaron la vuelta de aquellos portadores del nuevo evangelio a su país de nacimiento, o valorar las consecuencias inmediatas de sus logros. Ninguna palabra mía se basta para expresar cuán puntualmente las esperanzas, expectativas y deseo expreso de ‘Abdu’l-Bahá de despertar al continente, electrificaron las mentes y corazones de quienes tuvieron el privilegio de escucharle, quienes fueron receptores de Sus inestimables bendiciones y los repositorios escogidos de Su Confianza y legado. Nunca podré aspirar a interpretar adecuadamente los sentimientos que brotaron dentro de aquellos corazones heroicos sentados a los pies de Su Maestro, al amparo de Su Casa-prisión, deseosos de absorber y anhelantes de preservar las efusiones de Su divina Misión. Nunca podré rendir tributo bastante a ese espíritu incansablemente tesonero que el impacto de una personalidad magnética y el hechizo de un verbo poderoso encendió en todo el regimiento de aquellos peregrinos que regresaban, esos heraldos de la Alianza de Dios, en una época tan decisiva de su historia. La memoria de nombres tales como Lua, Chase, MacNutt, Delay, Goodall, Dodge, Farmer y Brittingham –por sólo mencionar algunos de la inmortal constelación hoy reunida en la gloria de Bahá'u'lláh– permanecerán siempre unidos al auge y establecimiento de Su Fe en el continente norteamericano, y continuará derramando sobre sus anales un brillo que el tiempo nunca podrá menguar.

Fue durante estas peregrinaciones, conforme se sucedían en los años inmediatos a la ascensión de Bahá'u'lláh, cuando el esplendor del Alianza, nublado durante un tiempo por el aparente ascendiente de su Archiviolador, emergió triunfante de entre las vicisitudes que lo habían afligido. Fue gracias a la llegada de dichos peregrinos, y de ellos sólo, como la penumbra que había rodeado a los desconsolados miembros de la familia de ‘Abdu’l-Bahá se vio disipada. Por medio de estas sucesivas visitas, la Hoja Más Sagrada, quien sola junto a Su Hermano entre los miembros de la casa de su Padre hubo de enfrentarse a la rebelión de casi toda la compañía de familiares y allegados, encontró el consuelo que tan poderosamente habría de sostenerla hasta el mismo cierre de su vida. Merced a las fuerzas que esta pequeña banda de peregrinos consiguió liberar en el corazón de aquel continente, sonó la hora final para toda confabulación tramada por quien aspiraba a hacer zozobrar la Causa.

Las Tablas que con posterioridad fueron reveladas por la pluma incansable de ‘Abdu’l-Bahá, en las que en lenguaje apasionado e inequívoco tomaban cuerpo Sus consejos e instrucciones, Sus comentarios y llamamientos, Sus deseos y esperanzas, Sus temores y advertencias, comenzaron pronto a ser traducidas, publicadas y difundidas a lo largo y ancho del continente norteamericano, para proporcionar al círculo en expansión de los primeros creyentes esa clase de sostén espiritual que únicamente podía ayudarles a superar las severas pruebas que pronto iban a experimentar.

Sin embargo, iba acercándose inexorable la hora de una crisis sin parangón. Las muestras de discordia, animadas por el orgullo y la ambición, empezaban a oscurecer el brillo y a retardar el crecimiento de una comunidad recién nacida que los maestros apostólicos de dicho continente se habían afanado por establecer. Quien había servido de instrumento para inaugurar una era tan espléndida en la historia de la Fe, a quien el Centro de la Alianza había conferido el título de el Pedro de Bahá”, “Pastor de los rebaños de Dios”, “Conquistador de Norteamérica”, a quien le había sido otorgado el privilegio singular de ayudar a ‘Abdu’l-Bahá a colocar la piedra fundacional del Mausoleo del Báb en el Monte Carmelo, tal hombre, cegado por su éxito extraordinario y ansioso por ejercer un dominio incontrolado sobre las creencias y actividades de sus condiscípulos, alzó insolentemente el estandarte de la revuelta. Apartándose de ‘Abdu’l-Bahá para unirse al Archienemigo de la Fe de Dios, este engañado apóstata procuró, mediante la perversión de las enseñanzas y a través de una campaña de vilipendio implacable dirigida contra la persona de ‘Abdu’l-Bahá, minar la fe de los creyentes a quienes durante no menos de ocho años se había esforzado denodadamente por convertir. Valiéndose de los tratados que publicó, del concurso activo de los emisarios de su principal Aliado, y reforzado por los esfuerzos que los enemigos eclesiásticos cristianos de la Revelación bahá’í empezaban a realizar, consiguió que a la naciente Fe de Dios se le asestase un golpe del que sólo habría de recuperarse lenta y dolorosamente.

No necesito detenerme en los efectos inmediatos que tuvo esta grave y, aun así, transitoria ruptura en las filas de los creyentes norteamericanos de la Causa de Bahá'u'lláh. Ni es preciso que me explaye sobre el carácter de los escritos difamatorios que sobre ellos se vertieron. Ni me parece necesario hacer recuento de las medidas a las que recurrió un Maestro siempre vigilante a fin de apaciguar y en su momento disipar sus aprehensiones. Corresponde al historiador del futuro calibrar y valorar la misión de cada uno de los mensajeros escogidos de ‘Abdu’l-Bahá, quienes, en rápida sucesión, fueron despachados para pacificar y remozar a la atribulada comunidad. Suya ha de ser la tarea de rastrear, en la labor que les fue encomendado realizar a aquellos diputados de ‘Abdu’l-Bahá, los albores de esa gran Administración, cuya piedra angular se les encargó que colocaran; una Administración cuyo Edificio simbólico había de fundar Él, en fechas posteriores, y cuyas bases y alcances estaban destinados a ser ampliados por las provisiones de Su Testamento.

Baste decir que en aquella etapa de su evolución las actividades de una Fe invencible habían asumido dimensiones tales como para forzar, por un lado, a que sus enemigos concibieran nuevas armas para sus proyectados asaltos, y, por otro lado, para animar a su Promotor supremo a instruir a sus seguidores, mediante representantes y maestros cualificados, en los rudimentos de una Administración que, según evolucionaba, iba a encarnar, salvaguardar y promover su espíritu, todo a una. Las publicaciones de tercos asaltantes como Vatralsky, Wilson, Jessup y Richardson compitieron entre sí en el vano intento de mancillar su pureza, detener su marcha y forzar su rendición. A las acusaciones de nihilismo, herejía, gnosticismo musulmán, inmoralidad, ocultismo y comunismo que tan liberalmente se lanzaban contra ella, las víctimas impertérritas ante tan escandalosas denuncias y actuando por instrucciones de ‘Abdu’l-Bahá, replicaron con una serie de actividades que por su propia naturaleza iban a ser las precursoras de instituciones administrativas permanentes y oficialmente reconocidas. La inauguración de la primera Casa de Espiritualidad de Chicago, designada por ‘Abdu’l-Bahá “Casa de Justicia” de dicha ciudad; el establecimiento de la Sociedad Bahá’í de Publicaciones; la fundación de la Hermandad de Green Acre; la publicación de Star of the West; la celebración de la primera Convención Nacional bahá’í, en sincronía con el traslado de los restos sagrados del Báb hacia su lugar final de reposo en el Monte Carmelo; la personería jurídica otorgada a la Unidad del Templo Bahá’í y la formación del Comité Ejecutivo del Mashriqu’l-Adhkár, éstos son los hechos que destacan como los más conspicuos logros de los creyentes norteamericanos, logros que han inmortalizado la memoria del período más turbulento de su historia. Librados en virtud de estos mismos hechos a un proceloso océano de tribulaciones sin fin, piloteados por el poderoso brazo de ‘Abdu’l-Bahá y comandados por la audaz iniciativa y la vitalidad abundante de un grupo de discípulos duramente probados, desde aquellos días el Arca de la Alianza de Bahá'u'lláh ha proseguido su curso ininterrumpido, desdeñosa de las tormentas de amarga suerte que se han abatido y que continuarán abatiéndose sobre ella conforme enfila su paso hacia el prometido puerto de una paz y seguridad despejadas.

Insatisfechos con los logros que coronaron los esfuerzos concertados de sus representantes elegidos dentro del continente norteamericano, y envalentonados por los éxitos iniciales cosechados por sus maestros pioneros más allá de sus confines, en Gran Bretaña, Francia y Alemania, la comunidad de los creyentes norteamericanos se decidió a ganar en tierras distantes nuevos reclutas para el ejército en avance de Bahá'u'lláh. Dejando atrás las costas de su tierra nativa occidental e impelidos por la indomable energía de una recién nacida Fe, estos maestros itinerantes del Evangelio de Bahá'u'lláh se lanzaron hasta las islas del Pacífico, llegando incluso hasta China y Japón, decididos a establecer allende los más lejanos mares las avanzadas de su amada Fe. Ya por entonces, tanto en su tierra como en el extranjero, esta comunidad había demostrado su capacidad de ampliar los alcances y de consolidar las bases de sus inmensos esfuerzos. Las voces de enojo que se habían alzado en protesta contra su auge se ahogaron en medio de las aclamaciones con que Oriente recibió sus victorias recientes. Los torvos rasgos que habían asomado amenazadoramente se difuminaron en la distancia, dejando expedito a tan nobles guerreros un campo más anchuroso donde desplegar sus energías latentes.

En verdad, la Fe de Bahá'u'lláh había resucitado en el continente norteamericano. Cual ave Fénix, se había alzado con toda su lozanía, vigor y belleza, gracias a la voz de sus triunfantes defensores al llamar insistentemente a ‘Abdu’l-Bahá, al implorarle que emprendiera viaje hacia sus costas. Los primeros frutos de la misión encomendada a estos dignos defensores habían revestido su llamada de tal patetismo que ‘Abdu’l-Bahá, Quien apenas había sido liberado de las cadenas de una tiranía brutal, Se vio incapaz de resistirla. Su gran e incomparable amor por Sus hijos favorecidos le impulsó a responder. Además, los encarecimientos se habían visto reforzados al sumarse numerosas invitaciones cursadas por los representantes de organizaciones de carácter religioso, educativo y humanitario, invitaciones en las que expresaban sus vivos deseos de escuchar de Su boca una exposición de las enseñanzas de Su Padre.

Aunque vencido por la edad y aquejado por los achaques, producto de los desvelos de cincuenta años de exilio y cautiverio, ‘Abdu’l-Bahá se embarcó en una memorable travesía marítima cuyo destino era una tierra donde bendijo con Su presencia, y santificó con Sus obras, las hazañas que Su espíritu había impulsado a que realizasen Sus discípulos. No puede mi pluma describir las circunstancias que rodearon Su marcha triunfal por las ciudades de los Estados Unidos y Canadá. Las alegrías que el anuncio de Su llegada solía despertar, la publicidad que originaban Sus actividades, las fuerzas que liberaban sus declaraciones, la oposición que suscitaron las implicaciones de Sus enseñanzas, los significativos episodios a los que Sus actos y palabras dieron lugar de continuo son los hechos que, sin duda, habrán de consignar con todo detalle y atención las futuras generaciones. Ellas indicarán cuidadosamente sus rasgos, atesorarán y preservarán su memoria, y transmitirán sin trabas a sus descendientes el registro de sus más mínimos detalles. En la hora presente, sería ciertamente presuntuoso de mi parte tratar de esbozar siquiera un modesto esquema de tan amplio y cautivador asunto. Al contemplar, pasados más de veinte años, este notable hito en la historia espiritual de Norteamérica, nos vemos todavía obligados a confesar nuestra incapacidad para comprender el significado y sondear el misterio que encierra. He aludido en las páginas que anteceden a algunos de los rasgos más destacados de esta visita de imposible olvido. Los hechos, observados en retrospectiva, proclaman elocuentemente la voluntad manifiesta de ‘Abdu’l-Bahá de conferir mediante estas funciones simbólicas a las comunidades neonatas de Occidente la primacía espiritual que iba a ser el derecho de nacimiento de los creyentes norteamericanos.

Las semillas que las incesantes actividades de ‘Abdu’l-Bahá desparramó tan pródigamente habían dotado a los Estados Unidos y a Canadá, más aún a todo el continente, con potencialidades sin paralelo conocido en su historia. En el pequeño grupo de sus amados y entrenados discípulos y, a través de ellos, en sus descendientes, Él, merced a Su visita, había hecho recaer un precioso legado, un legado que emparejaba la obligación sagrada y primordial de alzarse a desempeñar en tan fértil campo el trabajo que Él tan gloriosamente había iniciado. Sólo vagamente podemos representarnos los deseos que deben de haber brotado de Su corazón anhelante cuando pronunció su último adiós a aquel país de promesas. Una Sabiduría inescrutable, podemos bien imaginarnos que habría dicho a Sus discípulos en vísperas de Su partida, ha escogido vuestra tierra, en Su infinita bondad, para la ejecución de un propósito formidable. Por mediación de la Alianza de Bahá'u'lláh, Yo, en mi calidad de arador he sido llamado desde el comienzo de mi ministerio a labrar y roturar su suelo. Las poderosas confirmaciones que en los primeros días de vuestra carrera recayeron sobre vosotros han preparado y reforzado su tierra. Las tribulaciones que después se os hizo padecer ahondaron más los surcos en el campo que mis manos habían preparado. Las semillas que me han sido encomendadas las he desperdigado por doquier y ante vosotros. Bajo vuestro amoroso cuidado, por vuestros incesantes afanes, cada una de estas semillas debe germinar, cada una ha de producir su fruto designado. Pronto un invierno de impar severidad arreciará sobre vosotros. Las nubes de la tormenta se agolpan ya en el horizonte. Los vientos tempestuosos os asediarán por todos los flancos. La Luz de la Alianza se oscurecerá con mi partida. Sin embargo, estos potentes estallidos, esta desolación invernal pasará. La semilla adormecida romperá con nueva actividad. Asomarán sus vástagos y revelará, en instituciones poderosas, sus hojas y capullos. Las lluvias primaverales que las tiernas bondades de mi Padre celestial harán descender sobre vosotros permitirán que esta tierna planta extienda sus ramas hasta las más remotas regiones, mucho más allá de los confines de vuestra tierra natal. Y, por último, el sol ascendiente de Su Revelación, brillando en su esplendor meridiano, hará que este poderoso Árbol de Su Fe, en la plenitud del tiempo, y en vuestro suelo, rinda su dorado fruto.

Las implicaciones de semejante mensaje de despedida no aguardarían demasiado tiempo a revelarse ante los discípulos iniciados de ‘Abdu’l-Bahá. Tan pronto como concluyó Su larga y ardua travesía por los continentes de Norteamérica y Europa, los tremendos acontecimientos por Él aludidos comenzaron a manifestarse. Un conflicto, del tenor predicho, cortó por un tiempo los lazos de comunicación con aquellos a quienes había confiado tal implícita encomienda y de quienes tanto esperaba a cambio. La desolación invernal, con todos sus estragos y matanza, prosiguió durante años su curso despiadado, en tanto que Él, retirado en la callada soledad de Su residencia, en la cercana proximidad del sagrado santuario de Bahá'u'lláh, continuó comunicando Sus pensamientos y deseos a aquellos a quienes había dejado atrás y a quienes había conferido las muestras singulares de Su favor. En las Tablas inmortales que, en las largas horas de comunión con Sus queridos amigos se sintió movido a revelar, desplegó ante sus ojos Su concepción del destino espiritual que les aguardaba, Su Plan para la misión que Él deseaba que emprendieran. Las semillas que Sus manos habían sembrado, las regaba ahora con aquel mismo cuidado, con el mismo amor y paciencia que habían señalado Sus esfuerzos cuando había estado laborando a su lado.

El toque de trompeta que ‘Abdu’l-Bahá había lanzado fue la señal para un brote de actividad renovada que, por los motivos que inspiró y las fuerzas que desató, apenas había experimentado Norteamérica. Dando un impulso impar a la labor que los diligentes embajadores del Mensaje de Bahá'u'lláh habían iniciado en tierras distantes, este formidable movimiento ha continuado esparciéndose hasta hoy, ha ido cobrando vuelo conforme extendía sus ramificaciones por la superficie del globo, y continuará acelerando su marcha hasta que los últimos deseos de su Promotor original se vean completamente satisfechos.

Abandonando su hogar, familia, amigos y puestos, un puñado de hombres y mujeres, encendidos por un celo y una confianza que ningún medio puede engendrar, se levantaron a realizar el mandato que ‘Abdu’l-Bahá había emitido. Zarparon por el Norte hasta Alaska, se adentraron hasta las Indias occidentales; penetraron el Continente suramericano, tocaron las orillas del Amazonas, cruzaron los Andes y prosiguieron hasta las estribaciones de la República Argentina; de allí enfilaron su paso hasta la isla de Tahiti y, rebasándola, hasta el continente australiano, y aun más allá, hasta Nueva Zelanda y Tasmania. Fue así como estos intrépidos heraldos de la Fe de Bahá'u'lláh lograron por sus actos dar un ejemplo que bien podría emular la presente generación de sus correligionarios de Oriente. Encabezados por su ilustre representante, quien desde que el llamamiento de ‘Abdu’l-Bahá fue realizado ha dado dos veces la vuelta al mundo y todavía se halla enriqueciendo su inigualable hoja de servicios, estos hombres y mujeres han ayudado a extender, en grado todavía insuperado en la historia bahá’í, el influjo del dominio universal de Bahá'u'lláh. Enfrentados a obstáculos casi insuperables, en la mayoría de países por los que han pasado o en los que han residido han logrado proclamar las enseñanzas de su Fe, circular sus obras, defender su causa, poner las bases de sus instituciones y reforzar el número de sus defensores declarados. Sería imposible para mí desplegar en este breve espacio el relato de actos tan heroicos, ni puede tributo alguno mío hacer justicia al espíritu que ha permitido a estos portaestandartes de la religión de Dios ganar tamaños laureles y conferir distinción semejante a la generación a la que pertenecen.

La Causa de Bahá'u'lláh para entonces ya había abrazado el globo. Su luz, nacida en la muy lóbrega Persia, había sido llevada sucesivamente a los continentes europeo, africano y americano, y penetraba en el corazón mismo de Australia, con lo que la tierra entera venía a rodearse con una cinta de gloria reluciente. La parte que habían tenido tan dignos y tan animosos discípulos en la alegría que trajeron a los últimos días de ‘Abdu’l-Bahá, sólo Él ha podido reconocerla y estimarla suficientemente. El significado único y eterno de tales logros quedará revelado a buen seguro en los afanes de la generación que viene, cuyas obras elogiarán y preservarán su memoria dignamente. ¡Qué honda satisfacción debió de haber sentido ‘Abdu’l-Bahá, consciente como era de Su próxima partida, al ser testigo de las primicias que ofrecían los servicios prestados internacionalmente por estos héroes de la fe de Su Padre! A su custodia les había confiado Él una herencia grande y considerable. En el crepúsculo de Su vida terrenal podía Él descansar, ya contento, con la seguridad de que podía confiar en que tan hábiles manos preservarían su integridad y exaltarían su virtud.

El fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá, tan repentino por las circunstancias que lo causaron, tan dramático por sus consecuencias, no podía impedir el obrar de fuerza tan dinámica ni empañar su propósito. Aquellos fervientes llamamientos, encarnados en el Testamento del fallecido Maestro, no podían sino confirmar su meta, definir su carácter y reforzar la promesa de su triunfo final.

De entre los dolores de angustia que Sus desolados seguidores habían sufrido, en medio de la polvareda y calor que los ataques lanzados por un enemigo incansable había precipitado, nació la Administración de la invencible Fe de Bahá'u'lláh. Las potentes energías liberadas con la Ascensión del Centro de Su Alianza cristalizaron en este Órgano Supremo e infalible para el cumplimiento del Propósito Divino. El Testamento de ‘Abdu’l-Bahá reveló su carácter, reafirmó su base, complementó sus principios, constató su indispensabilidad y enumeró sus principales instituciones. Con la mismísima espontaneidad que había caracterizado su respuesta al Mensaje proclamado por Bahá'u'lláh, Norteamérica se había alzado ahora a esposar la causa de la Administración que el Testamento de Su Hijo había establecido de forma tan inconfundible. A ella le fue dado, y a ella sola, en los turbulentos años que sucedieron a la revelación de tan trascendental Documento, convertirse en los campeones intrépidos de esa Administración, el pivote de sus recién nacidas instituciones y la promotora más destacada de su influjo. A sus hermanos de Persia, quienes en la edad heroica de la Fe habían ganado la corona del martirio, venían ahora a sucederles dignamente los creyentes norteamericanos, los precursores de su edad dorada, que lucían en sus manos la palma de una victoria duramente labrada. La impecable hoja de ilustres servicios había establecido fuera de toda duda su parte preponderante en la forja de los destinos de su Fe. En un mundo transido de dolor y tendente al caos esta comunidad –la vanguardia de las fuerzas liberadoras de Bahá'u'lláh– logró en los años posteriores al fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá alzar, muy por encima de las instituciones establecidas por sus comunidades hermanas de Oriente y Occidente, lo que bien puede constituir el pilar de esa futura Casa: una Casa que la posteridad ha de mirar como el último refugio de una civilización tambaleante.

En la prosecución de sus tareas no se consintió que ni las insinuaciones de los traicioneros ni los ataques virulentos de sus enemigos declarados pudieran desviarlos de su elevado propósito ni minar su fe en la sublimidad de su vocación. La agitación provocada por quien en su incesante y sórdida búsqueda de riquezas terrenales, de no haber sido por el aviso de ‘Abdu’l-Bahá, habría mancillado el bello nombre de su Fe, apenas había hecho mella en ellos. Aleccionados por las tribulaciones y seguros dentro de la fortaleza de sus instituciones en rápida evolución desdeñaron sus insinuaciones y por su lealtad inquebrantable desbarataron sus esperanzas. No permitieron que ninguna consideración hacia el prestigio reconocido y servicios prestados de su padre y de sus allegados debilitara su decisión de desatender por completo a una persona a quien ‘Abdu’l-Bahá había condenado tan enfáticamente. Los velados ataques con los que después un puñado de entusiastas engañados procuraron en las páginas de los periódicos atajar su crecimiento y abortar las perspectivas de futuro de una Administración infante igualmente fracasaron en conseguir su objetivo. La actitud que más tarde asumió una mujer aturdida, sus ridículas afirmaciones, su desfachatez de incumplir el Testamento de ‘Abdu’l-Bahá y de cuestionar su autenticidad y sus intentos de subvertir sus principios fueron incapaces de producir la más ligera quiebra en las filas de sus valientes defensores. Las intrigas traicioneras que ha maquinado la ambición de un enemigo más pérfido y aún más reciente, intrigas con las que todavía pretende desdibujar la noble obra de ‘Abdu’l-Bahá y corromper sus principios administrativos, se están viendo una vez más completamente frustradas. Esos intentos intermitentes y fracasados con que los asaltantes tratan de forzar la rendición de la fortaleza recién construida de la Fe son los que sus defensores han desdeñado completamente desde el comienzo. No importa cuán fieros sean los asaltos del enemigo o cuán hábil sea la estratagema: ellos no han cedido ni una coma ni un sólo título de sus atesoradas convicciones. No podían por menos de despreciar los motivos que animaron sus acciones, los métodos que emplearon regularmente, los precarios privilegios que parecieron disfrutar por un momento. Medraron un tiempo merced a los ardides que sus arteras mentes habían concebido y, amparándose en las ventajas efímeras que la fama, la habilidad o la fortuna les procuraba a estos infames exponentes de la corrupción y la herejía, habían conseguido asomar sus torvos rasgos sólo para después verse hundidos, tan velozmente como habían surgido, en el fango de un final ignominioso.

De en medio de estas pruebas aflictivas, recordatorio en algunos de sus aspectos de la violenta tormenta que había acompañado el nacimiento de la Fe en su tierra natal, los creyentes norteamericanos habían resurgido triunfalmente airosos; no se había desviado su curso, no había mancha sobre su nombre, ni había quedado su herencia tocada. Una serie de consecuciones magníficas, cada una de ellas más significativa que las anteriores, iban a arrojar más brillo a lo que ya era una brillante hoja de servicios. En los aciagos años que siguieron a la ascensión de ‘Abdu’l-Bahá sus obras relucieron con un fulgor que hizo de ellos la envidia y admiración de los menos privilegiados de entre sus hermanos. La comunidad entera, libre de estorbos y soberanamente segura, se estaba acercando a una oportunidad de gloria y grandeza. Las fuerzas que habían motivado su nacimiento, que habían auxiliado su auge, aceleraban su crecimiento, de una manera y con tal celeridad que ni los estertores de un pesar universal ni las convulsiones incesantes de una época confusa podían paralizar sus esfuerzos o retardar su marcha.

Internamente la comunidad se había embarcado en un número de empresas que la facultarían, por un lado, para extender aún más los alcances de su jurisdicción espiritual y, por otro lado, para conformar los instrumentos esenciales para la creación y consolidación de las instituciones que esa misma extensión requería imperiosamente. Externamente, sus empresas se inspiraban en el objetivo doble de perseguir, incluso con más intensidad que antes, el trabajo admirable que en cada uno de los cinco continentes habían iniciado sus maestros internacionales, y de asumir una parte mayor en el manejo y solución de los complejos y delicados problemas con los que una Fe recién emancipada se veía confrontada. El nacimiento de la Administración en dicho continente era la marca correspondiente a aquellos afanes encomiables. Su consolidación gradual estaba destinada a garantizar su continuación y a acentuar su efectividad.

Nombrar sólo los logros más sobresalientes que, en su propio país y más allá de sus confines, habían realzado tan perceptiblemente el prestigio de los creyentes norteamericanos y habían redundado en la gloria y honor del Más Grande Nombre, eso es todo lo que puedo hacer ahora, no sin dejar para futuras generaciones la tarea de explicar su significado y de asignarles un valor y aprecio acordes. Al cuerpo de sus representantes elegidos debe atribuírseles el honor de haber sido los primeros entre las Asambleas hermanas de Oriente y Occidente en concebir, promulgar y legalizar los instrumentos esenciales para el desempeño de sus tareas colectivas, instrumentos en los que toda comunidad bahá’í adecuadamente constituida debe ver un patrón digno de ser adoptado y copiado. A sus esfuerzos asimismo debe atribuirse el logro histórico de haber asentado sus dotaciones nacionales sobre una base permanente e inatacable y de haber creado las medios necesarios para la formación de esos órganos subsidiarios cuya función es administrar, a nombre de sus fiduciarios, las posesiones que adquieran más allá de los límites de su área inmediata de jurisdicción. Gracias al peso del apoyo moral tan liberalmente extendido sobre sus hermanos egipcios, fueron capaces de remover algunos de los más formidables obstáculos que la Fe debía superar en su lucha por sacudirse las cadenas de la ortodoxia musulmana. Mediante la intervención efectiva y oportuna de estos mismos representantes elegidos fueron capaces de evitar los peligros y riesgos que amenazaban a sus perseguidos correligionarios de las Repúblicas soviéticas, y de eludir la cólera que anunciaba la ruina inminente de una de las más preciosas y nobles instituciones. Nada que no fuera el auxilio entregado, ya fuese moral o financiero que los creyentes norteamericanos se sintieron individual o colectivamente animados a extender en varias ocasiones a los necesitados y hostigados de entre los hermanos de Persia podía haber salvado a estas víctimas de las consecuencias calamitosas que les habían sobrevenido en los años ulteriores a la ascensión de ‘Abdu’l-Bahá. Fue la publicidad que los esfuerzos de sus hermanos norteamericanos había creado, las protestas que fueron llevados a realizar, las apelaciones y peticiones que elevaron, lo que mitigó tales sufrimientos y redujo la violencia de los peores y más tiránicos enemigos de la Fe en aquella tierra. ¿Quién sino uno de sus más distinguidos representantes, se había alzado a forzar que la atención del más alto tribunal que el mundo haya visto nunca se fijase en las quejas que una Fe, a la que se le había robado uno de sus más sagrados santuarios, había sufrido a manos del usurpador? ¿Quién, si no, había logrado garantizar, mediante un esfuerzo paciente y persistente, las declaraciones escritas que proclaman la justicia de una causa perseguida y tácitamente reconoce su derecho a un estatus como religión independiente? “La Comisión”, –reza la resolución aprobada por la Comisión Permanente de Mandatos de la Sociedad de Naciones”, –recomienda que el Consejo solicite al Gobierno Británico que haga representaciones ante el Gobierno iraquí con vistas a corregir de inmediato la denegación de justicia que han sufrido los peticionarios (la Asamblea Espiritual Bahá’í de Bagdad”. ¿Hay alguien que no sea una creyente norteamericana que haya conseguido de la realeza tan notables y reiterados testimonios sobre el poder regenerador de la Fe de Dios, tan llamativas referencias a la universalidad de sus enseñanzas y a la sublimidad de su misión? “Las enseñanzas bahá’ís" –tal es el testimonio escrito de la Reina– "aportan paz y comprensión. Es como un gran abrazo universal que congrega a todos los que han añorado oír desde largo tiempo palabras de esperanza. Acepta a todos los grandes Profetas del pasado, no destruye a los otros credos y deja todas las puertas abiertas. Afligida por las continuas rencillas entre los creyentes de numerosas confesiones y cansada de su intolerancia mutua, descubrí en las enseñanzas bahá’ís el espíritu verdadero de Cristo, tan a menudo negado e incomprendido: la unidad en lugar de la lucha, la esperanza en lugar de la condena, el amor en lugar del odio, y una gran seguridad para todos los hombres”. ¿No habían sido los creyentes norteamericanos de la Fe de Bahá'u'lláh, quienes por la valentía exhibida por uno de los miembros más brillantes de su comunidad, habían contribuido a preparar el camino para la remoción de las barreras que, durante cerca de un siglo, habían estorbado su crecimiento y desangrado las energías de sus correligionarios de Persia? ¿No fue Norteamérica la que, siempre consciente del encarecimiento apasionado de ‘Abdu’l-Bahá, había enviado hasta las estribaciones mismas de la Tierra un número constantemente mayor de sus más consagrados ciudadanos, hombres y mujeres cuyo único deseo de sus vidas se cifraba en consolidar los cimientos del dominio mundial de Bahá'u'lláh? En las capitales más septentrionales de Europa, en la mayoría de sus estados centrales, desde la Península Balcánica hasta, pasando por las costas de África, los continentes asiático y suramericano se encontrará hoy día un puñado de mujeres pioneras quienes, por sí solas y con magros recursos, se esfuerzan por el advenimiento del Día que ‘Abdu’l-Bahá había predicho? ¿No supuso la actitud de la Más Sagrada Hoja, según se acercaba al final de su vida un elocuente testimonio de la parte incomparable que sus amantes fieles y sacrificados de aquel continente habían tenido en aligerar la carga que por tanto tiempo y tan duramente había pesado sobre su corazón? Y finalmente ¿quién puede ser tan osado que niegue que la conclusión de la superestructura del Mashriqu’l-Adhkár –la gloria que corona el glorioso pasado y los logros presentes– ha forjado esa cadena mística que ha de vincular, más afianzadamente que nunca, los corazones de sus grandes constructores con Aquel Quien es la Fuente y Centro de su Fe y el Objeto de su más genuina adoración?

¡Queridos correligionarios del continente norteamericano! ¡Grandes en verdad han sido vuestros logros pasados y presentes! ¡Inmensurablemente más grandes son las maravillas que el futuro os tiene reservados! El Edificio que vuestros sacrificios han alzado permanece todavía sin estar revestido. La Casa que ha menester del apoyo de la institución administrativa más elevada que vuestras manos han erigido está pendiente de construirse. Las disposiciones del Principal Repositorio de las leyes que deben gobernar su operación permanecen hasta ahora en su mayor parte sin haber sido puestas de manifiesto. La bandera que, si se cumplieran los deseos de ‘Abdu’l-Bahá, debe izarse en vuestro propio país todavía no ha sido desplegada. La Unidad de la que esa bandera es símbolo está lejos de haber sido establecida. La maquinaria que debiera encarnar y preservar esa unidad ni siquiera ha sido creada. ¿Será Norteamérica, será alguno de los países de Europa el que se levante a asumir el liderazgo esencial que ha de conformar los destinos de esta era agitada? ¿Consentirá Norteamérica en que alguna de sus comunidades hermanas de Oriente u Occidente logre tal ascendiente que la prive de esa primacía espiritual con la que ha sido investida y que hasta ahora tan noblemente ha retenido? Antes bien, ¿no habrá de ser ella la que contribuya, revelando más aún esos poderes inherentes que motivan su vida, a realzar la herencia inapreciable que el amor y la sabiduría de un fallecido Maestro le han conferido?

Su pasado ha sido un testimonio de la vitalidad inagotable de su fe. ¿No ha de confirmarlo su futuro?

Vuestro verdadero hermano,
SHOGHI
Haifa, Palestina, 21 de abril de 1933

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