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Shoghi Effendi : Dios Pasa
DIOS PASA
Primera edición en España: noviembre de 2001

Esta edición parte de la edición revisada de 1974,

a cargo de © la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís

de los Estados Unidos (Wilmette, Il.),
con el título de God Passes By
Cubierta: Eva Celdrán Esteban
© De la presente edición:
EDITORIAL BAHÁ’ÍDE ESPAÑA, 2008
Marconi, 250
08224 Terrassa (Barcelona)
www.bahai.es/editorial
editorialbahai@bahai.es
Primera edición en España, 2001
Segunda edición revisada, 2008
ISBN: 84-89677-44-1
Depósito legal: B. 45.366-2001
Impreso en Service Point F.M.I., S.L.
Impreso en España – Printed in Spain

Reservados todos los derechos. Este libro no podrá ser reproducido ni total ni parcialmente por medio alguno, sin la previa autorización del editor.

Sumario

INTRODUCCIÓN......................................................... 15

PRÓLOGO ............................................................... 27

PRIMER PERIODO: EL MINISTERIO DEL BÁB 1844-1853
Capítulo I

EL NACIMIENTO DE LA REVELACIÓN BÁBÍ ............................... 39 Declaración de la misión del Báb – Reclutamiento de las Letras del Viviente – Peregrinación del Báb a la Meca – Arresto del Báb y partida a I fahán – Estancia del Báb en I fahán

s. s.
Capítulo II

EL CAUTIVERIO DEL BÁB EN ÁDHIRBÁYJÁN ............................. 57 Importancia de Su cautiverio – Encarcelamiento en Máh-Kú y Chihríq – Interrogatorio en Tabríz – Sus Escritos – La Alianza del Báb – La conferencia de Badasht

Capítulo III

LAS REVUELTAS DE MÁZINDARÁN, NAYRÍZ Y ZANJÁN .................. 79 Hitos de la revuelta de Mázindarán – Rasgos destacados de la revuelta de Nayríz – Episodios relacionados con la revuelta de Zanján – Los Siete Mártires de Teherán

9
Capítulo IV

LA EJECUCIÓN DEL BÁB ............................................... 97 Acontecimientos que precedieron a Su muerte – Circunstancias que rodearon Su martirio – Elogios tributados a Su memoria – Paralelo entre Su misión y la de Jesucristo – Importancia de Su misión

Capítulo V

EL ATENTADO CONTRA EL SHÁH Y SUS CONSECUENCIAS.............. 111 Circunstancias que rodearon el ataque contra Ná iri’d-Dín

s. Sháh – Masacre de los babíes de Teherán – Papel desempeñado por Bahá’u’lláh durante el ministerio del Báb – Su arresto y encarcelamiento en el Síyáh-Chál – Arresto y martirio de T. áhirih – Ejecución de discípulos prominentes del Báb –

Homenajes tributados al heroísmo de los babíes – Destino de los perseguidores del Báb y de Sus discípulos

SEGUNDO PERIODO: EL MINISTERIO DE BAHÁ’U’LLÁH 1853-1892

Capítulo VI

EL NACIMIENTO DE LA REVELACIÓN BAHÁ’Í........................... 145 Significado de la Revelación de Bahá’u’lláh – Circunstancias que rodearon su nacimiento

Capítulo VII

EL DESTIERRO DE BAHÁ’U’LLÁH A IRAK ............................... 163 Excarcelación del Síyáh-Chál y partida hacia Bagdad – Significado de Su destierro – Estadía en Bagdad antes del retiro a Kurdistán – Sus dos años de retiro en Kurdistán

Capítulo VIII

EL DESTIERRO DE BAHÁ’U’LLÁH A IRAK (continuación) ............... 193 Realce del prestigio de la comunidad bábí – Reforma de la conducta de la comunidad – Reconocimiento creciente del puesto ocupado por Bahá’u’lláh – Expansión de las obras babíes – Zozobras de los enemigos de la Fe – Partida de

Bahá’u’lláh de Bagdad
Capítulo IX
LA DECLARACIÓN DE LA MISIÓN DE BAHÁ’U’LLÁH

Y SU VIAJE A CONSTANTINOPLA....................................... 223 Significado de Su declaración – Partida desde el Jardín de Ri ván – Incidentes relacionados con Su travesía – Estancia

d.
en Constantinopla
Capítulo X
LA REBELIÓN DE MÍRZÁ YAH. YÁ Y LA PROCLAMACIÓN

DE LA MISIÓN DE BAHÁ’U’LLÁH EN ADRIANÓPOLIS.................... 239 Repudio de Mírzá Ya h. yá de la misión de Bahá’u’lláh – Proclamación del Mensaje de Bahá’u’lláh – Su destierro a ‘Akká

Capítulo XI

EL ENCARCELAMIENTO DE BAHÁ’U’LLÁH EN ‘AKKÁ ................... 265 Significado de Su destierro a Tierra Santa – Penalidades sufridas durante los primeros años de Su encarcelamiento – Relajación gradual de las restricciones impuestas sobre Su persona

Capítulo XII
EL ENCARCELAMIENTO DE BAHÁ’U’LLÁH EN ‘AKKÁ

(continuación)......................................................... 283 Brote de persecuciones en Persia – Secuelas de la proclamación de Su misión en Adrianópolis – Revelación de las leyes y disposiciones de la Dispensación bahá’í – Enunciado de los principios fundamentales subyacentes a la Revelación bahá’í

Capítulo XIII

LA ASCENSIÓN DE BAHÁ’U’LLÁH ...................................... 313 Circunstancias que rodearon Su fallecimiento – Destino de los enemigos de la Fe durante Su Ministerio

OS P
AS
I
D

TERCER PERIODO: EL MINISTERIO DE ‘ABDU’L-BAHÁ 1892-1921

Capítulo XIV

LA ALIANZA DE BAHÁ’U’LLÁH ........................................ Su significado – Rasgos destacados del Libro de Su Alianza – Papel desempeñado por ‘Abdu’l-Bahá durante el ministerio de Su Padre

Capítulo XV

LA REBELIÓN DE MÍRZÁ MUH. AMMAD-‘ALÍ ........................... Acusaciones lanzadas contra ‘Abdu’l-Bahá por los violadores de la Alianza – Conducta de Mírzá Mu ammad-‘Alí y sus

h.

acólitos – Referencias realizadas por Bahá’u’lláh y ‘Abdu’l-Bahá a los violadores de la Alianza

Capítulo XVI

SURGIMIENTO Y FUNDACIÓN DE LA FEEN OCCIDENTE ............... Referencias contenidas en los Escritos sagrados bahá’ís a Occidente y su futura importancia – Llegada de los primeros peregrinos occidentales a ‘Akká – Desarrollo temprano de la Fe en Norteamérica

Capítulo XVII

NUEVO ENCARCELAMIENTO DE ‘ABDU’L-BAHÁ........................ Maquinaciones de los violadores de la Alianza – Nombramiento de una Comisión de Investigación por el sultán ‘Abdu’l-H. amíd – Actividades de ‘Abdu’l-Bahá durante Su encarcelamiento – Investigaciones y retirada de la Comisión – Estallido de la Revolución de los Jóvenes Turcos y liberación de ‘Abdu’l-Bahá

Capítulo XVIII

ENTIERRO DE LOS RESTOS DEL BÁB EN EL MONTE CARMELO......... Ocultamiento de los restos y traslado definitivo a Tierra Santa – Entierro de los restos por ‘Abdu’l-Bahá

12
333
343
353
369
383
SUMARIO
Capítulo XIX

LOS VIAJES DE ‘ABDU’L-BAHÁ POR EUROPA Y AMÉRICA............... Visitas a Egipto – Gira por Europa – Estancia en Estados Unidos de América – Hitos de Sus viajes

Capítulo XX

CRECIMIENTO Y EXPANSIÓN DE LA FEEN ORIENTE Y OCCIDENTE .... Persecuciones renovadas en Persia – Construcción del primer Mashriqu’l-Adhkár en ‘Ishqábád – Consolidación de la Fe en Oriente, en Europa y en el continente norteamericano – La guerra de 1914-1918 y su efecto en el Centro de la Fe – Expansión de las actividades bahá’ís y apertura del continente australiano

Capítulo XXI

EL FALLECIMIENTO DE ‘ABDU’L-BAHÁ ................................. Acontecimientos anteriores a Su fallecimiento – Exequias – Significado de Su Ministerio – Destino de los enemigos durante Su Ministerio

CUARTO PERIODO: EL COMIENZO DE LA EDAD FORMATIVA
DE LA FE BAHÁ’Í
1921-1944
Capítulo XXII

AUGE Y ESTABLECIMIENTO DEL ORDEN ADMINISTRATIVO ............ Orígenes – Carácter del periodo Formativo – Naturaleza del Orden Administrativo – Ataques contra el Orden Administrativo – Rasgos del Testamento de ‘Abdu’l-Bahá – Comienzo del Orden Administrativo – Asambleas locales – Asambleas nacionales – Comités nacionales – Constituciones bahá’ís – Legalización de las asambleas bahá’ís – Dotaciones bahá’ís – La institución del H. az.íratu’l-Quds – Escuelas de verano – Actividades juveniles y demás actividades – Contactos establecidos con organizaciones humanitarias y autorida

391
413
431
449

des gubernativas – Consolidación de las instituciones bahá’ís en Tierra Santa – Erección del Ma shriqu’l-Adhkár en Wilmette, Illinois

Capítulo XXIII

ATAQUES CONTRA LAS INSTITUCIONES BAHÁ’ÍS ....................... 489 Prendimiento de las llaves de la Tumba de Bahá’u’lláh por los violadores de la Alianza – Captura de la Casa de Bahá’u’lláh en Bagdad por los shí’íes – Persecución de la Fe y supresión de sus instituciones en Rusia – Medidas represivas contra las instituciones bahá’ís en Alemania – Restricciones impuestas a las instituciones bahá’ís en Persia

Capítulo XXIV
LA EMANCIPACIÓN Y RECONOCIMIENTO DE LA FE

Y SUS INSTITUCIONES .................................................. 503 Divorcio formal de la Fe respecto del islam en Egipto – Reconocimiento del carácter independiente de la Fe en su centro mundial – Reafirmación de la independencia de la Fe por sus seguidores de Persia – Reconocimiento oficial de las instituciones administrativas bahá’ís en Estados Unidos

Capítulo XXV

LA EXPANSIÓN INTERNACIONAL DE LAS ACTIVIDADES DE ENSEÑANZA . 519 Ampliación de los límites de la Fe – Expansión de la bibliografía bahá’í – Actividades de enseñanza a escala mundial de Martha Root – Conversión de la reina María de Rumania – Ejecución del Plan de Siete Años por parte de la Comunidad Bahá’í Americana

RETROSPECTIVA Y PERSPECTIVA ........................................ 553

ÍNDICE DE PERSONAS Y LUGARES ...................................... 567

Introducción

He aquí una historia de nuestro tiempo que versa sobre un tema ignorado, una historia llena de amor y dicha, visión y fortaleza, que habla de triunfos logrados y de más triunfos todavía por venir. Su trama de turbia tragedia no concluye dejando a la humanidad abandonada a una suerte triste e inhóspita, sino que la endereza surcando sombras rumbo a un destino inevitable, hacia esas puertas abiertas de la prometida ciudad de la Paz Eterna.

Los cien años que hemos conocido se han distinguido por logros y maravillas humanas sin parangón en el pasado, y también por una desilusión y extravío sin paralelo. Pues bien, esta historia refiere maravillas aún mayores, más poderosas y más benéficas, que se fraguaron en ese mismo periodo. Y sus nuevas, en lugar de ser portadoras de lágrimas y penas, lo son de una alegría tiempo ha olvidada y de un poder desvanecido que, una vez más, desciende del cielo al mundo de la acción y de la vida de los seres mortales. Relata hechos divinos: habla del nacimiento en nuestro seno de una nueva Fe mundial, una Fe que llega como sucesora de todos los credos mundiales del pasado, reconociéndolos a todos, colmándolos a todos, llevando a su cumplimiento el propósito común a todos; y trayendo a los cristianos, «el pueblo del Evangelio», una llamada especial a alzarse y contribuir a su propagación por la tierra entera.

El relato gira en torno a una Figura majestuosamente solitaria, cuyo móvil es el amor infinito y trascendente que siente por toda la humanidad y el amor que en respuesta recibe de los corazones de los fieles.

En su vertiente humana, el tema es el del Amor, la Lucha y la Muerte. Habla de hombres y mujeres, como nosotros mismos, que arriesgan todo cuanto son y tienen en aras de ese amor; habla de casas desoladas, de corazones quebrantados, de luto, exilio y sufrimiento, y de una voluntad indomable.

Durante largo tiempo parecía como si el mundo fuera demasiado infeliz y estuviera demasiado satisfecho con sus afanes triviales, como para ser capaz de aceptar en la práctica una Revelación tan espiritual, tan universal. Una y otra vez, parecía asegurada la violenta extirpación de la Fe a manos de la tiranía. Fueron muchos quienes, en diferentes países y desde encumbrados puestos, tuvieron noticia de las crueldades que afligían a sus partidarios y que oyeron estas apelaciones que clamaban por justicia. Pero nadie hubo que atendiera o ayudase.

Resulta extraño y lamentable que una época ansiosa e inquisitiva que tantas verdades ha descubierto haya dejado sin explorar el reino espiritual, pasando por alto la verdad más importante de todas.

Ningún profeta ha venido al mundo con pruebas mayores de Su condición que las de Bahá’u’lláh; ni tampoco ha habido credo más antiguo que en su primer siglo de actividad haya logrado tanto o se haya difundido tan ampliamente por el globo como éste.

La prueba más poderosa que acredita a un Profeta hállase siempre en Él mismo y en la eficacia de Su palabra. Bahá’u’lláh ha reavivado el fuego de la fe y de la felicidad en el corazón de las personas. Su conocimiento fue innato y espontáneo, no adquirido en escuela alguna. Nadie podía negar o resistir Su sabiduría; incluso sus peores enemigos admitieron Su grandeza. Todas las perfecciones humanas estaban encarnadas en Él. Su fortaleza fue infinita. Las pruebas y

16

sufrimientos acrecentaron Su firmeza y poder. Como médico divino, diagnosticó el mal de la época y prescribió el remedio. Sus enseñanzas eran universales y aportaron luz a toda la humanidad. Su poder se ha difundido incluso más abundantemente desde Su muerte. En Su presciencia fue único, y los acontecimientos han demostrado y todavía demuestran su exactitud.

Una segunda prueba que todo Profeta trae consigo es el testimonio del pasado, la evidencia de la antigua Profecía.

La consumación en este Día de las profecías contenidas en el Corán y en las tradiciones musulmanas no ha impedido que el is-lam persiguiese la Fe bahá’í, persecución que ha resultado infame y espantosa.

El cumplimiento de las profecías de Cristo y de la Biblia han sido motivo de conocimiento e interés populares en Occidente. Pero el alcance pleno de dicho cumplimiento sólo puede observarse en Bahá’u’lláh. La proclamación de Su Fe tuvo lugar en 1844, año en que, en virtud del Edicto de Tolerancia, se mitigó el apartamiento estricto de su propio país que durante cerca de doce siglos habían impuesto los musulmanes a los judíos. «El tiempo de los gentiles»1 se «cumplía». El Advenimiento había sido aplazado durante largo tiempo y se vio materializado en un momento de opresión e iniquidad, de descreimiento y falta de sustancia religiosa, cuando el amor a Dios y al ser humano se habían enfriado2, cuando el mundo se hallaba entregado al placer y a los asuntos materiales3. El Profeta vino como ladrón4 en la noche, y estuvo aquí, entre nosotros, mientras las gentes estaban envueltas en un profundo sopor espiritual. Examinó y sometió a prueba a las almas, separó las espirituales de las que no lo eran, los creyentes verdaderos de los falsos, las ovejas de las

1 Lc 21:24. 2 Mt 24:12, 48. 3 Mt 24:38. 4 Mt 24:43.

cabras5; y el pueblo, tomado por sorpresa, quedó apresado en una trampa6 sin reparar en el peligro, hasta que la justicia punitiva de Dios se abatió sobre ellos. Sin embargo, la aparición de la Fe y la rapidez y dirección de su extensión fue como un relámpago que irrumpió de Oriente hacia Occidente7. El cristianismo, en contraste con la Revelación de Mu ammad, se expandió desde Occidente a

h. Oriente, y fue predominantemente una fe occidental. La Fe bahá’í, por su parte, se ha movido en dirección a Occidente, pero con una rapidez e ímpetu superiores a los del cristianismo. Desde el comienzo de la Era, desde los días del Heraldo de la Fe (el Báb), las crónicas muestran una simpatía consciente por parte de los cristianos hacia la nueva Enseñanza, en marcado contraste con la actitud de sus vecinos musulmanes. El primer ejemplo de ello lo ofrezca quizás el amable homenaje que tributara al Báb el doctor Cormick, médico inglés residente en Teherán, quien atendió a Aquél en la cárcel por las secuelas de la tortura, amén de su testimonio sobre la opinión prevaleciente de que las Enseñanzas del Báb guardaban semejanza con el cristianismo. El primer historiador occidental del Movimiento, el conde Gobineau, diplomático francés, escribió en 1865 con entusiasmo acerca de la santidad del Báb, la excelsitud de Sus ideales, el encanto, elocuencia y poder asombroso que Sus palabras ejercían tanto sobre amigos como enemigos. Ernest Renan en Les Apôtres (1866), lord Curzon en Persia, el profesor Browne de Cambridge en varias de sus obras, y muchos hombres de letras cristianos escribieron más tarde en similar sentido. Pero entre los numerosos casos de simpatía espontánea, el más espectacular es el que ofrece el episodio acaecido durante la ejecu

ción del Báb en la plaza del mercado de Tabríz, ocurrida el 9 de julio de 1850. El oficial al mando del pelotón de ejecución era cristiano.

5 Mt 25:33.
6 Lc 21:35.
7 Mt 24:27.

Se dirigió al Báb rogándole que, debido a sus creencias y a que no abrigaba enemistad hacia Él en su corazón, se le ahorrase la culpa de perpetrar tan odioso crimen. El Báb replicó que, si su oración era sincera, Dios sería capaz de cumplir su deseo. El notable milagro merced al cual esta oración fue respondida, y por el que el martirio del Báb fue llevado a cabo por otro regimiento, al mando de un oficial musulmán, forma parte de la historia.

El Occidente cristiano, aunque alejado de la escena del ministerio del Profeta, sintió que respondía de forma práctica a ese divino impulso mundial decenios antes que Oriente. Los poetas, mayores y menores, Shelley y Wordsworth y muchos otros, cantaron al nuevo Amanecer. Hubo un nuevo esfuerzo misionero por expandir el Evangelio cristiano por toda la tierra. Hombres y mujeres espirituales procuraron reavivar la realidad de la religión. Los reformadores se alzaron para corregir males atávicos; los novelistas utilizaron su arte con fines sociales. ¡Cuán diferente era todo esto frente a las actividades de un Oriente corrupto, fanático y dado a la persecución! El propio Báb identificaba Su enseñanza con el espíritu y propósito de la Fe de Cristo, que era una preparación para la Suya propia; y citó algunas de las instrucciones que diera Cristo a sus discípulos como parte del discurso de Ordenación dirigido a las «Letras del Viviente».

Desde un principio Bahá’u’lláh parece haber comprendido la capacidad especial del Occidente emprendedor y progresista. Adoptó las medidas más vigorosas para acercar la Verdad de la Época al conocimiento de Occidente y sus mandatarios. Al no poder entregar Su mensaje en persona a Europa, escribió desde un penal turco una Tabla general dirigida a los cristianos, otra Tabla a los soberanos y principales dirigentes del mundo, especialmente a los gobernantes de la cristiandad. También dirigió cinco Tablas personales, una al Zar, otra al Papa, otra a la reina Victoria y dos a Napoleón III. En ellas, con acentos de poder y majestad, como correspondía al Rey de Reyes que impone órdenes a Sus vasallos, declaró que esta Época era el Día Supremo de Dios y Él mismo el Señor de los Señores, el Padre que había venido en Su máxima gloria. Todo lo que ha sido mencionado en el Evangelio se ha visto cumplido. Jesús había anunciado esta Luz y Sus signos se habían difundido por Occidente, para que sus seguidores puedan en este Día orientar sus rostros hacia Bahá’u’lláh.

Las cartas constituyen en verdad pronunciamientos de una Providencia visionaria. Y la catástrofe que Occidente ha presenciado desde entonces les confiere un interés trágico y terrible. A pesar de su relativa extensión, cabe resumirse su talante en unos pocos párrafos.

En la Tabla dirigida a la reina Victoria, Bahá’u’lláh alaba a Su Majestad por haber puesto fin a la trata de esclavos y por «confiar la riendas del consejo en manos de los representantes del pueblo». Pero quienes ingresen en dicha Asamblea deberán hacerlo en espíritu de fe y oración hacia Dios y de fideicomisarios de los mejores intereses de la humanidad entera. La raza humana es un conjunto al que debe mirarse como se mira al cuerpo humano que, si bien ha sido creado perfecto, se ha visto afligido por graves desórdenes. La humanidad había quedado a merced de gobernantes tan ebrios de orgullo que no podían reconocer su propio provecho y, mucho menos, esta poderosa Revelación. El único remedio real para los males del mundo era la unión de todos los pueblos en una Causa universal, en una Fe común. Y esto sólo cabía conseguirse mediante el Médico divino. La Tabla emplazaba a la Reina a asegurar la paz, a ser justa y considerada con sus súbditos, a evitar los impuestos excesivos, a efectuar una Unión internacional para la reducción de armamentos y la resistencia conjunta de todas las naciones contra cualquier Poder agresor.

Su Tabla al Papa contiene un llamamiento apasionado y amoroso a que los cristianos reconozcan éste, el Día Prometido de Dios, a que avancen hacia su luz y aclamen a Su Señor, y entren en el Reino de Su nombre. Habían sido creados para la luz y no deseaba verlos sumidos en la oscuridad. Cristo purificó el mundo con el amor y con

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el Espíritu, para que en este Día pueda recibir la Vida a manos del Misericordioso. Es ésta la llegada del Padre anunciada por Isaías; la enseñanza que ahora revela es la que Cristo silenció al afirmar: «otras cosas tengo que deciros, pero no podéis soportarlas ahora». Invita al Pontífice a que tome el Cáliz de la Vida, beba de él y «lo ofrezca a quienes miran hacia él entre los pueblos de todos los credos».

La Tabla dirigida a Alejandro II responde a una oración dirigida por el Zar a Su Señor y está escrita además en reconocimiento a la bondad dispensada por el Embajador del Zar hacia Bahá’u’lláh cuando yacía encadenado en la cárcel. Recalca ante el Monarca la grandeza suprema de esta Manifestación, le habla de cómo el Profeta Se ha sometido a mil calamidades para la salvación del mundo y cómo, habiendo traído la vida a los seres humanos, se ve amenazado de muerte por ellos. Le emplaza a que divulgue esta injusticia y a que, por amor a Dios y al Reino de Dios, se ofrezca como rescate en el sendero de Dios: ningún daño le sobrevendrá, sino antes bien una recompensa en este mundo y en el venidero. Grande, grande es la bendición que aguarda al Rey que entrega su corazón a Su Señor.

En Sus dos Tablas dirigidas a Napoleón III, Bahá’u’lláh subraya ante el Emperador la unidad de la humanidad, cuyos múltiples males no tendrán cura hasta que las naciones, abandonando la búsqueda de sus intereses diversos, converjan y se unan en obediencia común al plan de Dios. La raza humana debería ser como un único cuerpo y una sola alma. Lo que Dios requiere de todo hombre es un grado de fe superior a cuanto el mundo haya alcanzado hasta ahora. A todos se les ordena que enseñen la verdad y que trabajen por la causa de Dios; pero nadie obtendrá buenos resultados en este servicio a menos que purifique y ennoblezca su propio carácter.

Bahá’u’lláh exhorta al clero a que abandone su reclusión, a que se mezcle en la vida de las gentes y a que contraiga matrimonio. En esta Época, Dios llama a los hombres hacia Él, por lo que cualquier teología que adopte tesis de elaboración propia como criterio de la verdad y se aparte de Él estará privada de valor y eficacia.

Él ha venido a regenerar y reunir a toda la humanidad en las obras y en la verdad, y Él la reunirá junto a la mesa de Su favor. Permítase, pues, que el Emperador invoque Su nombre y declare Su verdad al pueblo.

En todas estas Tablas, especialmente la dirigida a Napoleón III, se contienen graves avisos y amenazas abiertas o implícitas en el supuesto de que los reyes no reconozcan la Manifestación y desobedezcan Sus mandamientos. No obstante, la Tabla dirigida colectivamente a todos los Reyes supera en severidad y amenazas a las demás. Bahá’u’lláh avisa a los gobernantes de que si no tratan a los pobres de entre ellos como encomienda de Dios; si no observan la justicia más estricta; si no dirimen sus diferencias, curan las disensiones que los apartan y reducen los armamentos, y acaban desoyendo los demás consejos que allí les da el Profeta, «el castigo divino os asaltará por doquier y el veredicto de Su justicia se habrá pronunciado contra vosotros. En ese día no tendréis poder para resistirle y reconoceréis vuestra propia impotencia. Apiadaos de vosotros mismos y de los que están por debajo de vosotros».

Muchos siglos antes, Cristo había llorado sobre la ciudad cuyos hijos habían desatendido Su visita y rechazado Su protección. Ahora, en Su segunda venida, había ocurrido otro tanto. Pero quienes ahora atraían sobre sí la ira de Dios no eran los miembros de una nación, sino el mundo entero.

Antes de fallecer, Bahá’u’lláh proclamó: «La hora se acerca cuando la más grande convulsión habrá aparecido». Y de nuevo: «Ha llegado la hora de la destrucción del mundo y sus gentes».

Pasados más de cuarenta años desde el envío de estas Tablas, ‘Abdu’l-Bahá, el hijo del Profeta y el Ejemplo designado de Su Fe, tras ser al fin excarcelado por los Jóvenes Turcos, realizó una gira de tres años por Europa y Norteamérica. Entristecido por muchas de las cosas que vio, sabiendo la perdición a que les abocaba la negligencia de las naciones, ahorró denuncias, reproches y críticas; en lugar de ello, con palabras de ánimo y amor indiscriminado emplazó a Sus

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oyentes a actos de heroísmo. Habló extensamente de la meta social y espiritual fijada por Dios para esta ilustrada Época: «La Más Grande Paz». Él mismo, en Su alegría, en Su serenidad, en Su amor por todos, en Su sabiduría, Su fortaleza, resolución y sumisión absoluta a Dios, parecía la encarnación del espíritu de esa Paz. Su misma presencia puso en contacto a las almas receptivas con un estado de existencia del que acaso habían oído hablar, pero que ninguno de ellos había conocido. Durante muchos meses de trabajo misionero, explicó las condiciones morales y espirituales que harían posible la Más Grande Paz, y en numerosas alocuciones pudo explayarse sobre los medios prácticos que la harían realizable. En Estados Unidos, a orillas del lago Michigan, en Wilmette, colocó la primera piedra del primer Templo bahá’í de Occidente, alrededor del cual han de agruparse edificios dedicados a fines humanitarios, educativos y científicos, cuyo conjunto estará dedicado a la gloria de Dios y al servicio del ser humano. También vio cómo se erigían en América los cimientos del Orden Administrativo de Bahá’u’lláh.

Pero la respuesta general del público no fue suficiente para atajar la marea que se precipitaba hacia la guerra. Antes de abandonar Estados Unidos, ‘Abdu’l-Bahá predijo el cese de las hostilidades en el plazo de dos años.

Cuando al final se llegó a la paz, declaró que la Sociedad de Naciones, tal como se había formado, no podría impedir la guerra; y antes de fallecer, en 1921, anunció a Sus seguidores que otra guerra más devastadora que la anterior habría de estallar.

Para muchos, ahora que se inaugura el segundo siglo bahá’í, la humanidad parece ir a la deriva en un barco que surca un mar ignoto mientras arrecia la tormenta. Pero para los bahá’ís la visión revelada es otra. Las barreras con que los seres humanos bloquean la vía del progreso se están derrumbando. El orgullo humano ha quedado rebajado, y la sabiduría humana se revela torpe. La anarquía del nacionalismo y la insuficiencia del secularismo se han puesto de manifiesto.

Poco a poco el futuro va despejando sus velos. Cualquiera que sea la vía adonde dirijan la mirada los hombres reflexivos se encuentran con alguna de las verdades o principios rectores que Bahá’u’lláh impartió en el pasado y que los hombres rechazaron. La suma y esencia de las mejores esperanzas de las mentes más preclaras se concentra en una declaración tan sencilla como los «Doce Puntos», de ‘Abdu’l-Bahá:

1.
Búsqueda independiente de la verdad.
2.
La unidad de la humanidad.
3.
La religión, causa de amor y armonía.
4.
La religión ha de ir de la mano de la ciencia.
5.
La paz universal.
6.
El idioma internacional.
7.
Educación para todos.
8.
Igualdad de oportunidades para ambos géneros.
9.
Justicia para todos.
10.
Trabajo para todos.
11.
Abolición de los extremos de pobreza y riqueza.
12.

El Espíritu Santo ha de ser el poder motivador de la vida.

La inmensa, compleja y aturdidora tarea de unificar a todos los pueblos la ha bosquejado ‘Abdu’l-Bahá en su simplicidad total y más pura en siete conceptos enjundiosos:

1.
Unidad en el terreno político.
2.
Unidad de pensamiento en empresas mundiales.
3.
Unidad en la libertad.
4.
Unidad de la religión.
5.
Unidad de las naciones.
6.
Unidad de las razas.
7.
Unidad de idioma.
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Los bahá’ís ya han comenzado, de palabra y obra, a construir el instrumento destinado a servir de modelo y núcleo de la Más Grande Paz. El Orden Administrativo es tan sencillo como profunda es su concepción, y sólo puede ser gestado por aquellos cuyas vidas están animadas por el amor y temor de Dios. Es un sistema en el que opuestos como unidad y universalidad, lo práctico y lo espiritual, los derechos de la persona y los de la sociedad, quedan perfectamente integrados, pero no mediante componendas, sino al revelar el funcionamiento de una armonía interior. Quienes han experimentado dicho Orden atestiguan que se parece a un cuerpo humano, al que se le hace expresar el alma que lleva dentro.

En las riberas de Wilmette se yergue espléndido el Templo de la Alabanza, en señal de que el Espíritu de la Más Grande Paz y del Esplendor de Dios ha descendido a morar entre los hombres. Los muros del Templo son transparentes, hechos de una tracería recortada cual piedra esculpida, y recubiertos de cristal. Todos los símbolos imaginables de la luz están entretejidos en su patrón: los rayos del sol y de la luna y las constelaciones, las luces de los cielos espirituales desplegadas por los grandes Reveladores de ayer y hoy, la cruz en sus diversas formas, la luna creciente y la estrella de nueve puntas (emblema de la Fe bahá’í). Ninguna oscuridad invade el templo en momento alguno; de día lo iluminan los rayos del sol, que lo inundan por doquier atravesando sus muros exquisitamente perforados; y de noche, iluminado artificialmente, ve cómo su figura ornamental se perfila bañada en Luz contra la oscuridad. Cualquiera que sea el ángulo de acceso, la silueta inspiradora del Templo surge como espíritu adorador y, vista desde el aire, semeja una Estrella de Nueve Puntas que haya descendido del cielo para reposar en la tierra.

Mas para encabezar a los pueblos en su caminar hacia la Tierra Prometida, para espiritualizar a la humanidad encaminándola al logro de la Más Grande Paz, el mundo aguarda a que se alcen aquellos a quienes el Rey de Reyes ha emplazado para la tarea: los cristianos y las iglesias de Occidente.

«Verdaderamente, Él (Jesús) dijo: “Seguidme, y Yo os haré pescadores de hombres”. En este día, sin embargo, Nosotros decimos: “Seguidme, para que Nosotros os hagamos vivificadores de la humanidad”. ¡He aquí! ¡Éste es el Día de la Gracia! Venid para que Yo os haga reyes en la esfera de Mi Reino. Si me obedecéis veréis lo que os hemos prometido, y Yo os convertiré por siempre en los amigos de Mi alma en el dominio de Mi Grandeza y en los Compañeros de Mi Belleza en el cielo de Mi poder.»

G. Townshend
Prólogo

El 23 de mayo de este auspicioso8 año el mundo bahá’í celebrará el centenario de la fundación de la Fe de Bahá’u’lláh. Conmemorará al mismo tiempo el centenario del comienzo de la Dispensación bábí, de la inauguración de la Era bahá’í, del inicio del Ciclo bahá’í y del nacimiento de ‘Abdu’l-Bahá. La carga de las potencialidades con que ha sido dotada esta Fe, impar e inigualada en la historia espiritual del mundo, culminación del ciclo profético universal, desafía nuestra imaginación. La brillantez de la gloria milenaria que habrá de derramarse en la plenitud del tiempo aturde nuestros ojos. La magnitud de la sombra que su Autor continuará extendiendo sobre los Profetas sucesivos destinados a alzarse tras Él escapa a nuestros cálculos.

Ya en el transcurso de menos de un siglo el funcionamiento de los misteriosos procesos generados por su espíritu creativo ha provocado un tumulto en la sociedad tal como ninguna mente puede concebir. Tras atravesar un periodo de incubación en la época primitiva, ha conseguido inducir, mediante el surgimiento de su sistema en len

1944.

ta cristalización, un fermento en la vida general de la humanidad destinado a sacudir los cimientos de una sociedad desordenada, a purificar su sangre, reorientar y reconstruir sus instituciones, y configurar su destino final.

¿A qué, si no, puede atribuir el ojo observador y sin prejuicios, familiarizado con los signos y portentos que anunciaron el nacer y acompañaron el surgir de la Fe de Bahá’u’lláh, este trastorno craso y planetario, con su estela de destrucción, miseria y miedos, sino es al surgimiento de Su embrionario Orden Mundial, el cual, tal como ha proclamado inequívocamente, «ha trastornado el equilibrio del mundo y revolucionado la vida ordenada de la humanidad»?¿A qué instancia, si no es a la irresistible difusión del espíritu redentor, revitalizador y removedor del orbe; espíritu que, el Báb ha afirmado, está «vibrando en las realidades más íntimas de todas las cosas creadas», pueden ser atribuidos los orígenes de esta crisis portentosa, incomprensible para el hombre y sin precedentes reconocidos en los anales de la raza humana?En las convulsiones de la sociedad contemporánea, en la frenética y mundial ebullición de ideas humanas, en los ciegos antagonismos que inflaman razas, credos y clases, en el descalabro de las naciones, en la caída de los reyes, en el desmembramiento de los imperios, en la extinción de las dinastías, en el colapso de las jerarquías eclesiásticas, en el deterioro de instituciones inveteradas, en la disolución de los vínculos, seculares así como religiosos, que durante tanto tiempo han ligado a los miembros de la raza humana –la totalidad de los cuales se manifiestan con gravedad creciente desde el estallido de la Primera Guerra mundial que precedió a los años iniciales de la Edad Formativa de la Fe de Bahá’u’lláh–; en todas estas manifestaciones podemos reconocer al punto las evidencias de los pesares de una época que ha acusado el impacto de Su Revelación, que ha ignorado Su emplazamiento y que ahora brega por zafarse de su fardo como consecuencia directa del impulso que le ha transmitido el influjo de Su Espíritu regenerador, purificador y transmutador.

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Es mi propósito, con ocasión de un aniversario de tan profundo significado, acometer en las páginas que siguen una panorámica de los acontecimientos señalados de un siglo que ha visto cómo este Espíritu irrumpía en el mundo, así como de las etapas iniciales de su encarnación subsiguiente en un Sistema que debe desplegarse hasta convertirse en un Orden diseñado para abrazar a toda la humanidad, y capaz de cumplir el alto destino que aguarda al ser humano en este planeta. Procuraré repasar, en su correcta perspectiva y a pesar del escaso tiempo que comparativamente nos separan de ellos, los acontecimientos que la revolución de estos cien años, únicos en su gloria y tribulaciones, ha desplegado ante nuestros ojos. Trataré de representar y correlacionar, por más que de forma sucinta, los acontecimientos trascendentales que, de forma insensible e implacable, y ante los ojos mismos de generaciones sucesivas, perversas, indiferentes u hostiles, han transformado un brote heterodoxo y aparentemente despreciable de la escuela shaykhí del Ithná-‘A sharíyyih del islam shí’í en una religión mundial cuyos seguidores incontables están unidos orgánica e indisolublemente; cuya luz se ha esparcido hasta la lejana Islandia, al norte, y hasta Magallanes, al sur; cuyas ramificaciones se han extendido a no menos de sesenta países del mundo; cuyas obras se han traducido y difundido a no menos de cuarenta idiomas; cuyos bienes (locales, nacionales o internacionales), repartidos a lo ancho de los cinco continentes del mundo ascienden ya a varios millones de dólares; cuyos cuerpos electivos con personalidad jurídica han logrado el reconocimiento oficial de cierto número de gobiernos de Oriente y Occidente; cuyos seguidores se reclutan de entre las diversas razas y principales religiones de la humanidad; cuyos representantes se encuentran en centenares de ciudades de Persia y Estados Unidos de América; de cuyas verdades la realeza ha dado testimonio pública y repetidamente; cuya condición independiente han proclamado y demostrado sus enemigos, procedentes de las filas de su religión madre y residentes en los centros principales de los mundos árabe y musulmán; y cuyos títulos han quedado virtualmente reconocidos en la práctica, dándole derecho a figurar como la cuarta religión de una tierra en la que su centro espiritual mundial ha sido establecido, y que es a la vez el corazón de la cristiandad, el santuario más sagrado del pueblo judío y, con excepción de La Meca, el lugar más sagrado del islam.

No es mi intención –ni la ocasión lo requiere– que describa una historia circunstanciada de los últimos cien años de la Fe bahá’í, ni pretendo descubrir los orígenes de Movimiento tan tremendo, o describir las condiciones que lo alumbraron, ni examinar el carácter de la religión de donde procedió, ni intentar un cálculo de los efectos que su impacto ha producido sobre la suerte de la humanidad. En lugar de ello, me contentaré con repasar los rasgos sobresalientes de su nacimiento y auge, así como de las etapas iniciales en el establecimiento de sus instituciones administrativas: instituciones que deben ser vistas como el núcleo y heraldo del Orden Mundial que ha de encarnar el alma, ejecutar las leyes y cumplir el propósito de la Fe de Dios en este día.

Tampoco será mi intención descuidar, mientras paso revista al panorama que la revolución de cien años despliega ante nosotros, el veloz entretejerse de reveses aparentes con victorias preclaras, a partir del cual la mano de una Providencia inescrutable ha escogido formar el patrón de la Fe desde sus primeros días, o minimizar los desastres que a menudo han demostrado ser el preludio de nuevos triunfos, los cuales, a su vez, estimulan su crecimiento y consolidan los logros anteriores. En efecto, la historia de los primeros cien años de su evolución se resuelve en una serie de crisis internas y externas, de severidad variable, devastadoras en sus efectos inmediatos, pero cada una de ellas dispuesta para derramar una medida correspondiente del poder divino, para de esa forma imprimir nuevos bríos a su despliegue, y con ese despliegue posterior dar lugar a su vez a una calamidad todavía más grave, seguida por una efusión aún más liberal de la gracia celestial que capacitará a sus sostenedores para acelerar todavía más su marcha y lograr a su favor victorias todavía más imponentes.

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Cabe afirmar que, a grandes rasgos, el primer siglo de la Era bahá’í abarca la Edad Heroica, primitiva o apostólica, de la Fe de Bahá’u’lláh, así como las etapas iniciales de la Edad Formativa, de transición o de hierro, que habrá de presenciar la cristalización y configuración de las energías creativas liberadas por Su Revelación. Los primeros ochenta años del siglo comprenden el periodo entero de la primera época, en tanto que las dos últimas décadas admiten verse como el testigo de los comienzos de la segunda. La primera comienza con la Declaración del Báb, incluye la misión de Bahá’u’lláh y termina con el fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá. La segunda queda inaugurada por Su Testamento, que define su carácter y sienta sus bases.

Así pues, el siglo que ahora repasamos admite desglosarse en cuatro periodos diferenciados, de duración desigual, y cada uno con una importancia específica y de un significado inmenso e inconmensurable. Los cuatro periodos aparecen estrechamente relacionados entre sí y constituyen capítulos sucesivos de un solo drama, indivisible, estupendo y sublime, cuyo misterio ninguna inteligencia puede captar, cuyo clima y apoteosis ningún ojo puede percibir ni siquiera fugazmente, cuya conclusión ninguna mente puede presagiar como correspondería. Cada uno de estos actos gira en torno a su propio tema, exhibe sus propios héroes, registra sus tragedias, constata sus propios triunfos y contribuye con su parte a la ejecución de un fin común e inmutable. Aislar cualquiera de ellos de los demás, disociar las últimas manifestaciones de una Revelación universal y omnímoda del propósito prístino que la animó en sus días tempranos, sería equivalente a una mutilación de la estructura sobre la que descansa, y una perversión lamentable de su verdad y su historia.

El primer periodo (1844-1853) gira en torno a la persona gentil, juvenil e irresistible del Báb, impar en Su mansedumbre, imperturbable en Su serenidad, magnético en Su expresión, sin igual por los episodios dramáticos de Su ministerio vertiginoso y trágico. Comienza con la Declaración de Su Misión, culmina en Su martirio y termina en una verdadera orgía de matanzas religiosas cuyo espanto repugna. Se caracteriza por nueve años de contienda fiera e implacable que tuvo a toda Persia por el escenario en el que habrían de entregar sus vidas cerca de diez mil héroes, en el que participaron dos soberanos de la dinastía Qájár junto con sus pérfidos ministros, y que contó con el sostén que le brindaba la totalidad de la jerarquía eclesiástica, los recursos militares del Estado y la hostilidad implacable de las masas. El segundo periodo (1853-1892) deriva su inspiración de la figura augusta de Bahá’u’lláh, de santidad preeminente, abrumador por la majestad de Su fuerza y poder, inaccesible por el brillo trascendente de Su gloria. Se abre con los primeros impulsos de la Revelación anunciada por el Báb que se agitaron en el alma de Bahá’u’lláh cuando se hallaba en el Síyáh-Chál de Teherán, alcanza su plenitud en la proclamación de aquella Revelación dirigida a los reyes y dirigentes eclesiásticos de la tierra y concluye con la ascensión de su Autor en los aledaños de la ciudad prisión de ‘Akká. Se extiende durante treinta y nueve años de revelación continua, arrolladora y sin precedentes; se caracteriza por la propagación de la Fe a los territorios vecinos de Turquía, Rusia, Irak, Siria, Egipto y la India; y se distingue por un recrudecimiento paralelo de las hostilidades, representado por los ataques lanzados conjuntamente por el Sháh de Persia y el Sultán de Turquía, los dos potentados reconocidos más poderosos de Oriente, así como por la oposición de los dos estamentos gemelos sacerdotales del islam shí’í y sunní. El tercer periodo (1892-1921) gira en torno a la vibrante personalidad de ‘Abdu’l-Bahá, de esencia misteriosa, único por Su condición, aturdidoramente potente tanto por el encanto como por la fuerza de Su carácter. Comienza con el anuncio de la Alianza de Bahá’u’lláh, un documento sin paralelo en la historia de cualquier Dispensación previa, alcanza su culmen en el aserto enfáticamente realizado por el Centro de la Alianza, en la Ciudad de la Alianza, sobre el carácter único y las repercusiones trascendentales de ese Documento, y se cierra con Su muerte y con el entierro de Sus restos en el Monte Carmelo. Este periodo de cerca de treinta años de duración pasará a la historia como un periodo en el que las tragedias y triunfos se entremezclaron al punto de eclipsar en cierta época el Orbe de la Alianza y, en otro tiempo, derramar su luz sobre el continente de Europa, hasta alcanzar la remota Australasia, el lejano Oriente y el continente norteamericano. El cuarto periodo (1921-1944) tiene su motivación en las fuerzas que irradia el Testamento de ‘Abdu’l-Bahá, esa Carta del Nuevo Orden Mundial de Bahá’u’lláh, el vástago engendrado por el emparejamiento místico entre Él, Quien es la Fuente de la Ley de Dios y la mente de Aquel que es el vehículo e intérprete de dicha Ley. El comienzo de este último y cuarto periodo del primer siglo bahá’í sincroniza con el nacimiento de la Edad Formativa de la Era bahá’í, con la fundación del Orden Administrativo de la Fe de Bahá’u’lláh, un sistema que al mismo tiempo anuncia el núcleo y pauta de Su Orden Mundial. Dicho periodo, el cual abraza los primeros veintitrés años de la Edad Formativa, se ha distinguido por el recrudecimiento de una hostilidad, de diferente naturaleza, que ha acelerado por un lado la difusión de la Fe sobre un área más extensa de los cinco continentes del globo, y que ha originado, por otro, la emancipación y reconocimiento de la condición independiente de varias comunidades bajo su manto protector.

Los cuatro periodos deben mirarse no sólo como las partes componentes e inseparables de un todo, sino como etapas progresivas de un único proceso evolutivo, vasto, constante e irresistible. Pues, con-forme repasamos el campo entero que el funcionamiento de una Fe centenaria ha abierto ante nosotros, no podemos eludir la conclusión de que, sea cual sea el ángulo desde donde se mire este colosal escenario, los eventos relacionados con estos periodos nos presentan las evidencias inconfundibles de un proceso que madura lentamente, de un desarrollo ordenado, de una consolidación interna, de una expansión externa, de una emancipación gradual de los cepos de la ortodoxia religiosa, de una disminución correspondiente de restricciones y cortapisas civiles.

Al contemplar estos periodos de la historia como elementos de una sola entidad, apreciamos la cadena de acontecimientos que de forma sucesiva proclamaron el surgimiento de un Precursor, la Misión de Aquel Cuya venida había prometido el Precursor, el establecimiento de una Alianza generada mediante la autoridad directa del Prometido mismo y, por último, el nacimiento de un Sistema que es el vástago surgido del Autor de la Alianza y su Centro designado. Observamos cómo el Báb, el Precursor, anunció el comienzo próximo de un Orden divinamente concebido, cómo Bahá’u’lláh, el Prometido, formuló sus leyes y disposiciones, cómo ‘Abdu’l-Bahá, el Centro designado, delineó sus rasgos, y cómo la presente generación de seguidores ha comenzado a erigir el armazón de sus instituciones. A través de estos periodos, observamos cómo la luz infante de la Fe se difunde desde su cuna, hasta la India y el Lejano Oriente, recorriendo hacia el oeste hasta los territorios vecinos de Irak, Turquía, Siria, Egipto; viaja hasta el lejano continente de Norteamérica, ilumina después los principales países de Europa, envuelve con su brillo, en una etapa posterior, los antípodas; ilumina las estribaciones del Ártico; y, finalmente prende su llama en el horizonte de Centroamérica y América del Sur. Atestiguamos un incremento correspondiente en la diversidad de los elementos de su hermandad, la cual ha pasado de haber estado reducida, en su primer periodo histórico, a un cuerpo anónimo de seguidores reclutados principalmente de entre las filas de las masas de la Persia shí’í, hasta expandirse y formar una fraternidad representativa de los principales sistemas religiosos del mundo, prácticamente de todas las castas y colores, desde el trabajador y campesino más humildes hasta la propia realeza. Apreciamos un despliegue similar por lo que atañe a su obra escrita, cuyo con-junto, que al principio se limitaba a una reducida gama de manuscritos rápidamente transcritos, a menudo corrompidos, de circulación secreta, tan furtivamente leídos, tan frecuentemente borrados e incluso a veces digeridos por los miembros aterrorizados de una secta proscrita, se ha agrandado en el espacio de un siglo para acoger innumerables ediciones, que comprenden decenas de miles de volúmenes impresos, en diversos tipos de escritura, y en no menos de cuarenta idiomas, algunos reproducidos con esmero, otros profusamente ilustrados, todos metódica y vigorosamente propagados por medio de comités y asambleas especialmente organizadas y debidamente constituidas a nivel mundial. Percibimos una evolución menos evidente en lo que se refiere al alcance de sus enseñanzas, al principio concebidas de forma rígida, compleja y severa, luego refundidas, extendidas y liberalizadas bajo la siguiente Dispensación, y más adelante expuestas, reafirmadas y ampliadas por un Intérprete designado, y finalmente sistematizadas y universalmente aplicadas para beneficio de las personas e instituciones. Podemos descubrir una gradación no menos nítida por lo que afecta al carácter de la oposición que ha de arrostrar: una oposición que, al principio, prendió en el regazo del islam shí’í, que, con posterioridad, cobró impulso con el destierro de Bahá’u’lláh a los dominios del Sultán y la posterior hostilidad de la aún más poderosa jerarquía sunní y su califa, el jefe de la gran mayoría de los seguidores de Mu ammad, una oposición

h. que ahora, merced al surgir de un Orden divinamente designado en el Occidente cristiano, y su impacto inicial en las instituciones civiles y eclesiásticas, promete incluir entre sus valedores los gobiernos establecidos y sistemas relacionados con las jerarquías sacerdotales de la cristiandad más antiguas y más profundamente arraigadas. Al mismo tiempo, podemos reconocer, en medio de la tiniebla de una hostilidad acentuada, el progreso, doloroso pero persistente, experimentado por ciertas comunidades a él acogidas a través de las etapas de oscuridad, proscripción, emancipación y reconocimiento, etapas que deben culminar, en el curso de sucesivas centurias, en el establecimiento de la Fe, y en la fundación, en la plenitud de su poder y autoridad, de una Mancomunidad bahá’í que abrace al mundo. Del mismo modo, podemos discernir un avance no menos apreciable en el

surgir de sus instituciones, sean centros administrativos o lugares de adoración –instituciones, clandestinas y subterráneas en sus comienzos tempranos, que ahora emergen imperceptiblemente al pleno día del reconocimiento público, legalmente protegidas, enriquecidas mediante fundaciones piadosas, ennoblecidas al principio por la erección del Mashriqu’l-Adhkár de ‘Ishqábád, la primera Casa de Adoración bahá’í y más recientemente inmortalizada mediante la erección en el corazón del continente norteamericano del Templo Madre de Occidente, el precursor de una civilización divina y en lenta sazón. Y finalmente, podemos atestiguar la notoria mejoría de las condiciones que presiden las peregrinaciones realizadas por sus seguidores devotos a los santuarios consagrados del centro mundial, peregrinajes originalmente arduos, peligrosos, tediosamente largos, a menudo realizados a pie, y a veces coronados por la frustración, y confinados a un puñado de acosados seguidores orientales, los cuales irían atrayendo, según mejoraban regularmente las condiciones de seguridad y comodidad, a un número cada vez más holgado de nuevos conversos provenientes de los cuatro rincones del globo, y que culminaría en la visita ampliamente publicitada, y finalmente frustrada, de una noble reina, quien, ante el mismo umbral de la ciudad del deseo de su corazón, se vio obligada, de acuerdo con su propio testimonio escrito, a desviar sus pasos y renunciar al privilegio de un beneficio tan incalculable.

Primer periodo
EL MINISTERIO
DEL BÁB
CAPÍTULO
I
EL NACIMIENTO
DE LA REVELACIÓN BÁBÍ
E

L 23 de mayo de 1844 señala el comienzo del periodo más turbulento de la Edad Heroica de la Era bahá’í, una era que marca el inicio de la época más gloriosa del mayor ciclo que la historia espiritual de la humanidad haya atestiguado jamás. No más de nueve años escasos acotan la duración de éste, el periodo más espectacular, más trágico y azaroso del primer siglo bahá’í. Fue inaugurado por el nacimiento de una Revelación a cuyo Portador aclamará la posteridad como el «Punto alrededor del Cual giran las realidades de los Profetas y Sus Mensajeros», y termina con los primeros barruntos de una Revelación más potente, «cuyo día», Bahá’u’lláh mismo afirma, «todo Profeta ha anunciado», por el cual «el alma de todo Mensajero divino ha sentido sed» y mediante el cual «Dios ha probado los corazones de la compañía entera de Sus Mensajeros y Profetas». No es de extrañar, pues, que el cronista inmortal de los acontecimientos relacionados con el nacer y surgir de la Revelación bahá’í haya creído oportuno dedicar no menos de la mitad de su conmovedora narración a describir aquellos acontecimientos que durante tan breve lapso tanto enriquecieron, con su tragedia y heroísmo, los anales religiosos de la humanidad. Por el poder dramático absoluto, por la rapidez con que se sucedieron hechos de importancia trascendental, por el holocausto que bautizó su nacimiento, por las circunstancias milagrosas que rodearon el martirio de Quien lo inauguró, por las potencialidades con que desde el comienzo quedó tan cabalmente impregnado, por las fuerzas a las que dio origen en su momento, este periodo de nueve años bien puede figurar como único en todo el arco de la experiencia religiosa del ser humano. Conforme repasamos los episodios de este primer acto de un drama sublime, contemplamos cómo la figura de su Héroe Maestro, el Báb, surge cual meteoro sobre el horizonte de Shiraz, atraviesa el cielo sombrío de Persia de sur a norte, y declina con trágica presteza en un estallido de gloria. Vemos cómo Sus satélites, esa galaxia de héroes ebrios de Dios, cabalgan sobre ese mismo horizonte, irradian esa misma luz incandescente, se consumen con esa misma celeridad y comunican, a su vez, brioso empuje al ritmo cada vez más acelerado de la naciente Fe de Dios.

Quien transmitió el impulso original a tan incalculable Movimiento no era otro que el Qá’im prometido («Quien se alza»), el Sá ibu’z-Zamán («El Señor de la Época»), Quien asumió el derecho

. h. exclusivo de anular la Dispensación coránica entera, Quien Se denominó «el Punto primordial a partir del que se han generado todas las cosas [...] El Rostro de Dios, cuyo esplendor nunca podrá ser oscurecido, la Luz de Dios cuyo brillo nunca jamás se extingue». El pueblo en cuyo seno Él apareció era la raza más decadente del mundo civilizado, de una ignorancia crasa, salvaje, cruel, hundido en los prejuicios, servil en su sumisión a una jerarquía casi deificada, que por su abyección recordaba a los israelitas de Egipto en los días de Moisés, por su fanatismo a los judíos en los días de Jesús y por su perversidad a los idólatras de Arabia en los días de Mu ammad. El archienemigo que

h. repudió Su título, desafió Su autoridad, persiguió Su Causa, casi logró apagar Su luz y quien en su momento quedó desintegrado bajo

el impacto de Su Revelación fue el sacerdocio shí’í. Fogosamente fanáticos, corruptos hasta lo indecible, señores de un ascendiente ilimitado sobre las masas, celosos de su posición, irreconciliablemente opuestos a todas las ideas liberales, los miembros de esta casta habían invocado durante mil años el nombre del Imam oculto; sus pechos ardían ante la expectativa de Su advenimiento, sus púlpitos vibraban con loores a Su dominio, el cual habría de conquistar el mundo, sus labios todavía musitaban devota y perpetuamente oraciones por la prontitud de Su llegada. Los instrumentos voluntarios que prostituyeron su alto rango para el logro de los fines de este enemigo fueron nada menos que los soberanos de la dinastía Qájár; en primer lugar, el fanático, enfermizo y vacilante Mu ammad h. Sháh, quien, en el último momento, canceló la visita inminente del Báb a la capital y, en segundo lugar, el joven e inexperto Ná iri’d-Dín s. Sháh, quien dio su consentimiento a la sentencia de muerte de su Cautivo. Los villanos que unieron esfuerzos con los principales instigadores de tamaña conspiración fueron dos grandes visires, H. ájí Mírzá Áqásí, el idolatrado tutor de Mu ammad h. Sháh, un vulgar intrigante, falsario y débil mental, y el arbitrario, sanguinario y temerario Amír-Ni ám, Mírzá Taqí Khán, el primero de los cuales envió al Báb

z. al exilio en las retiradas montañas de Á dhirbáyján, y el segundo decretó Su muerte en Tabríz. Cómplice de estos y otros odiosos crímenes fue un gobierno agigantado por una masa de príncipes y gobernadores ociosos, parásitos, corruptos e incompetentes que se aferraban tenazmente a sus mal ganados privilegios y se mostraban devotamente subordinados a un estamento clerical harto degradado. Los héroes cuyos hechos brillan en el registro de esta encarnizada contienda espiritual, en el que participaron el pueblo, el clero, la monarquía y el gobierno, fueron los discípulos escogidos del Báb, las Letras del Viviente, y sus compañeros, los surcadores del Nuevo Día, quienes, frente a tanta intriga, ignorancia, depravación, crueldad, superstición y cobardía opusieron un espíritu exaltado, inextinguible y sobrecogedor, un conocimiento sorprendentemente hondo, una

elocuencia de fuerza arrasadora, una piedad de un fervor insuperable, un desbocado coraje leonino, una abnegación de una pureza santa y una voluntad firme como el granito, una visión de alcances maravillosos, una veneración por el Profeta y Sus Imámes desconcertante para el adversario, un poder de persuasión alarmante para con sus antagonistas, una medida de fe y un código de conducta que desafiaron y revolucionaron la vida de sus compatriotas.

La escena que abre el acto inicial de este gran drama se desarrolla en la cámara superior de la modesta residencia del hijo de un mercader de Shiraz, en un oscuro rincón de la ciudad. Sucedió una hora antes del ocaso del día 22 de mayo de 1844. Los participantes eran el Báb, un siyyid de 25 años, de linaje puro y santo, y el joven Mullá

H. usayn, el primero en creer en Él. El encuentro que precediera a la entrevista pareció ser del todo fortuito. La propia entrevista se prolongó hasta el alba. El Anfitrión permaneció encerrado a solas con Su invitado, sin que la ciudad dormida fuese ni remotamente consciente de la importancia de la conversación que tenía lugar. Ningún registro ha pasado a la posteridad de aquella noche única, excepto el relato fragmentario, pero sumamente esclarecedor, que salió por boca de Mullá H. usayn.

«Estaba yo sentado, hechizado por Su expresión, ajeno a la hora y a quienes me aguardaban», atestigua él mismo, tras describir las preguntas que Le había planteado a su Anfitrión y las respuestas concluyentes que recibió de Él, respuestas que habían establecido más allá de todo asomo de duda la validez de Su alegato de ser el prometido Qá’im. «De repente, la llamada del almuédano, que convocaba a los fieles para la plegaria matutina, me despertó del estado de éxtasis en el que parecía haber caído. Todas las delicias, todas las glorias inefables que el Todopoderoso ha referido en Su Libro, las posesiones inconmensurables del pueblo del Paraíso, todas pare-cía haberlas experimentado aquella noche. Diríase que me encontraba en un lugar del que en verdad bien podría decirse: “Allí ningún pesar nos alcanzará y allí ningún cansancio nos rozará”; “no se oirá allí ningún vano discurso, ni falsedad alguna, sino sólo el grito ‘¡Paz! ¡Paz!’”; Su exclamación será allí “¡La gloria sea contigo, oh Dios!” y su salutación “¡Paz!” y su despedida “¡Alabado sea Dios, el señor de todas las criaturas!”». Aquella noche el sueño me abandonó. Estaba extasiado por la música de aquella voz que alzábase y descendía en un cantar; ora surgiendo conforme revelaba los versículos del Qayyúmu’l-Asmá’, ora transmitiendo armonías etéreas y sutiles mientras pronunciaba las oraciones que iba revelando. Al final de cada invocación, solía repetir este versículo: «¡Lejos sea de la gloria de tu Señor, el Todoglorioso, cuanto Sus criaturas afirman de Él! ¡Y la paz sea sobre Sus mensajeros! ¡Y alabado sea Dios, el Señor de todos los seres!».

«Esta Revelación», prosigue Mullá H. usayn en su testimonio, «tan repentina e impetuosamente lanzada sobre mí, llegó como un rayo del que tal se dijera que había anulado mis facultades. Me sentí cegado por su esplendor deslumbrante, y abrumado por su fuerza demoledora. La emoción, la alegría, el sobrecogimiento y la maravilla remecieron las entrañas de mi alma. Entre estas emociones predominaba un sentimiento de dicha y fortaleza que parecía haberme transfigurado. ¡Cuán endeble e impotente, cuán abatido y tímido me había sentido antes! No había podido entonces ni escribir ni caminar, pues así de trémulos estaban mis pies y manos. Ahora, sin embargo, el conocimiento de Su Revelación había galvanizado mi ser. Me sentía en posesión de un poder y valor tales que si el mundo, con todos sus pueblos y potentados, se hubiera coaligado contra mí, yo, solo e imperturbable, habría resistido su asalto. El universo entero semejaba ser poco menos que un puñado de polvo en mis puños. Parecía ser yo la Voz de Gabriel personificada que convocaba a toda la humanidad: «Despertad, pues, ¡he aquí!, la Luz matinal ha despuntado. Alzaos, pues Su Causa ha sido manifestada. El portal de Su gracia está abierto de par en par; entrad, ¡oh pueblos del mundo! Pues Quien es vuestro Prometido ¡ha llegado!».

Sin embargo, es mayor la luz que se obtiene sobre el episodio que habría de marcar la Declaración de la Misión del Báb al leer atentamente el «primer, más grande y poderoso» de entre todos los libros de la Dispensación bábí, el celebrado comentario sobre el sura de José, el primer capítulo del cual, según se nos asegura, surgió en el curso de aquella noche de noches de la pluma de su Revelador divino. La descripción que del episodio nos ha dejado Mullá H. usayn, así como las páginas con que abre el Libro, atestiguan la magnitud y fuerza de esa poderosa Declaración. El alegato de ser nada menos que el portavoz de Dios mismo, prometido por los Profetas de épocas pretéritas; el aserto de que al mismo tiempo era el Heraldo de Alguien inconmensurablemente mayor que Él mismo; el emplazamiento que hizo resonar dirigido a los reyes y príncipes de la tierra; los graves avisos dirigidos a la principal Magistratura del Reino, Mu ammad . Sháh; el consejo que impartiera a H. ájí Mírzá Áqásí

hde temer a Dios y la orden taxativa de que abdicara de su autoridad de gran visir del Sháh y se sometiera a Quien es el «heredero de la tierra y de todo lo que contiene»; el desafío lanzado a los gobernantes del mundo al proclamar la autosuficiencia de Su Causa, al denunciar la vanidad de su poder efímero y al reemplazarlos a «apartarse todos y cada uno, de su dominio», y a entregar Su Mensaje a «los países de Oriente y Occidente», éstos constituyen los rasgos dominantes de aquel contacto inicial que señaló el nacimiento y fijó la fecha del inicio de la era más gloriosa en la vida espiritual de la humanidad.

Con esta Declaración histórica despuntaba el alba de una Edad que señala la consumación de todas las edades. El primer impulso a tan pujante Revelación Le había sido comunicado a alguien «de no ser por quien», de acuerdo con el testimonio del Kitáb-i-Íqán, «Dios no se habría establecido en la sede de Su misericordia, ni hubiera ascendido al trono de gloria eterna». Sin embargo, hasta que no transcurrieron cuarenta días, no comenzó el reclutamiento de las diecisiete restantes Letras del Viviente. Gradualmente, de forma espontánea, algunos en sueños, otros en estado de vigilia, algunos mediante ayunos y oraciones, otros a través de sueños y visiones, descubrieron al Objeto de su búsqueda y fueron alistados bajo la bandera de la recién nacida Fe. La última, aunque primera en rango, de estas Letras en ser inscrita en la Tabla Preservada era el erudito Quddús, de veintidós años de edad, descendiente directo del Imam

H. asan, y el discípulo más estimado de Siyyid Ká im. Le precedió z. una mujer, la única de su género, quien, a diferencia de sus condiscípulos, nunca alcanzó la presencia del Báb, investida con el rango del apostolado en la nueva Dispensación. Poetisa, de menos de treinta años de edad, de cuna distinguida, dotada de un encanto hechicero, de una elocuencia cautivadora y de un espíritu indomable, heterodoxa en sus puntos de vista, audaz en sus actos e inmortalizada como T.áhirih («la Pura») por la «Lengua de Gloria», y designada con el apelativo de Qurratu’l-Ayn («Solaz de los Ojos») por Siyyid Ká im,

z. su maestro, había recibido, a raíz de la aparición del Báb en un sueño, el primer anuncio de una Causa que estaba destinada a exaltarla a las mayores alturas de la fama, y sobre la cual, con su osado heroísmo, habría de arrojar lustre imperecedero. Estas «primeras Letras generadas a partir del Punto Primordial», esta «compañía de ángeles dispuestos ante Dios en el Día de Su llegada», estos «repositorios de Su Misterio», estos «manaderos que han brotado de la Fuente de Su Revelación», estos primeros compañeros que, en palabras del Bayán persa, «disfrutan del acceso más cercano a Dios», estos «luminares que, desde siempre, se han inclinado y por siempre continuarán inclinándose ante el Trono Celestial» y, finalmente, estos «ancianos» mencionados en el Libro de la Revelación que aparecen «sentados ante Dios en sus asientos», «ataviados con blancos atuendos» y tocados en su cabezas con «coronas de oro», éstos, antes de la dispersión, fueron convocados a la presencia del Báb, Quien les dirigió Sus palabras de despedida, confirió a cada uno una tarea específica y les asignó como campo propicio de sus actividades sus respectivas provincias natales. Les conminó a que se condujeran con la mayor cautela y moderación, les descubrió la grandeza de su rango y recalcó la magnitud de sus responsabilidades. Recordó las palabras que Jesús había dirigido a Sus

discípulos y subrayó la grandeza superlativa del Nuevo Día. Les advirtió que, si volvían la espalda, perderían el Reino de Dios, y les aseguró que, si cumplían las disposiciones divinas, Él los haría herederos Suyos y adalides espirituales entre los hombres. Aludió al secreto y anunció la llegada de un Día más poderoso, ordenándoles que se preparasen para el advenimiento. Trajo al recuerdo el triunfo de Abraham sobre Nimrod, de Moisés sobre el faraón, de Jesús sobre el pueblo judío y de Mu ammad sobre las tribus de Arabia, y

h. afirmó la inevitabilidad y preponderancia última de su propia Revelación. Confió al cuidado de Mullá H. usayn una misión de carácter más específico y de importancia trascendental. Afirmó que Su alianza con él había sido establecida, le previno que fuera paciente con los sacerdotes con quienes habría de encontrarse, le ordenó que se dirigiera a Teherán y aludió, en los términos más fervorosos, al Misterio todavía no revelado que se atesoraba en aquella ciudad, un Misterio que, afirmó, habría de trascender la luz derramada tanto sobre H. ijáz como sobre Shiraz. Impulsados a la acción por el mandato que les había sido otor

gado, lanzados a una misión peligrosa y revolucionaria, estos luminares menores quienes, junto con el Báb, constituyen el primer va íd

h. (unidad) de la Dispensación del Bayán, se dispersaron a lo largo y ancho de las provincias de su país natal, donde, con heroísmo impar, presentaron resistencia al asalto cruento y conjuntado de las fuerzas dispuestas contra ellos, e inmortalizaron su Fe gracias a sus propias hazañas y las de sus correligionarios, lo que provocaría un tumulto que trastocó el país e hizo retumbar su eco en las lejanas capitales de Europa occidental. Sin embargo, hasta que no hubo recibido la carta ansiosamente esperada de Mullá H. usayn, Su bienamado lugarteniente de confianza, por la que éste le comunicaba la buena nueva de su entrevista

con Bahá’u’lláh, no decidió emprender Su larga y ardua peregrinación a las Tumbas de Sus antepasados. Corría el mes de sha’bán del año 1260 d.h. (septiembre de 1844) cuando Él, Quien, tanto por

línea paterna como materna, pertenecía a la estirpe de la ilustre Fá imih, y era descendiente del Imam t. H. usayn, el más eminente de entre los sucesores del Profeta del islam, marchó, en cumplimiento de las tradiciones islámicas, a visitar La Kaaba. Embarcó en Búshihr el 19 de rama án (octubre de 1844) para zarpar acompañado por

d. Quddús, a quien habría de preparar asiduamente para la asunción de su futuro cargo. Tras atracar en Jaddih al cabo de un tormentoso viaje de más de un mes de duración, vistió el atuendo del peregrino, montó en camello y enfiló hacia La Meca, adonde llegó el primero de dhi’l-H. ajjih (12 de diciembre). Quddús, quien portaba la brida en sus manos, acompañaba a pie a Su Maestro hasta el Santuario sagrado. El día de ‘Arafih, el Profeta-peregrino de Shiraz, según relata el cronista, dedicó todo el tiempo a la oración. El día de Nahr marchó a Muná, donde, de acuerdo con la costumbre, sacrificó diecinueve corderos, nueve en Su propio nombre, siete en nombre de Quddús y tres en nombre del criado etíope que Le servía. A continuación, en compañía de los demás peregrinos, rodeó la Kaaba y ejecutó los ritos prescritos de la peregrinación. Su visita a H. ijáz estuvo marcada por dos episodios de importancia particular. El primero fue la declaración de Su misión y Su desafío abierto al altivo Mírzá Muhít-i-Kirmání, uno de los exponentes más destacados de la escuela shaykhí y quien, en alguna ocasión,

fue tan lejos como para afirmar su independencia respecto de la jefatura de aquella escuela, asumida a la muerte de Siyyid Ká im por

z. Hájí Mu ammad Karím án, formidable enemigo de la Fe bábí. El

. h. Kh segundo fue la invitación en forma de Epístola, que Quddús hiciera llegar al Jerife de La Meca, por la que el custodio de la Casa de Dios era emplazado a abrazar la verdad de la nueva Revelación. Sin embargo, absorto en sus propios afanes, el Jerife no llegó a responder. Siete años después, cuando en el curso de una conversación con cierto H. ájí Níyáz-i-Baghdádí, este mismo Jerife quedó informado de las circunstancias que rodearon la misión y martirio del Profeta de Shiraz, escuchó atentamente el relato de aquellos acontecimientos y expresó su indignación ante el trágico destino que Le había acaecido.

La visita del Báb a Medina marcó la conclusión de Su peregrinación. Tras regresar a Jaddih, reemprendió el camino de vuelta a Búshihr, donde uno de Sus primeros actos consistió en la última despedida que ofreciera a Su compañero de viaje y discípulo, a quien aseguró que llegaría a encontrarse con el Bienamado de sus corazones. Además, le anunció que sería coronado con la muerte de un mártir, y que Él mismo sufriría después un destino similar a manos de su común enemigo.

El regreso del Báb a Su país natal ( afar, 1261) (febrero-marzo de

s. 1845) marcó el inicio de una conmoción que agitó el país entero. El fuego que la declaración de Su misión habían prendido estaba siendo avivado mediante la dispersión y actividades de Sus discípulos designados. Ya en el transcurso de menos de dos años había inflamado las pasiones de amigos y enemigos por igual. El comienzo de la conflagración no aguardó siquiera al regreso a Su ciudad natal de Quien la había generado. Las repercusiones de una Revelación tan dramáticamente volcada sobre raza tan degenerada y de temperamento tan fogoso, no podía a buen seguro tener otra consecuencia que la de excitar en el pecho de los hombres las más desbocadas pasiones de amor, odio, rabia y envidia. Una Fe cuyo Fundador no se conten

taba con alegar ser la Puerta del Imam oculto, Quien asumía un ran-go superior incluso al del Sá ibu’z-Zamán, Quien Se consideraba el

. h. Precursor de Alguien incomparablemente mayor que Él mismo, Quien de forma perentoria daba órdenes no sólo a los súbditos del Sháh, sino al propio monarca, e incluso a los reyes y príncipes de la tierra, de que abandonasen todo y Le siguieran, Quien reclamaba ser el heredero de la tierra y de todo cuanto contiene, una Fe cuyas doctrinas religiosas, criterios éticos, principios sociales y leyes religiosas desafiaban la estructura entera de la sociedad en la que había nacido, pronto congregó, con pasmosa unanimidad, a las masas de las gentes tras de sus sacerdotes, y de sus principales magistraturas, con sus ministros y su gobierno, fusionándolos en una oposición que se juramentaba para destruir de raíz el Movimiento iniciado por Aquel a quien consideraban un falsario impío y presuntuoso.

Cabe afirmar que con el regreso del Báb a Shiraz dio comienzo el choque inicial entre fuerzas irreconciliables. Ya por entonces el enérgico y audaz Mullá ‘Alíy-i-Bas ámí, una de las Letras del Vivien

t. te, «el primero en dejar la Casa de Dios (Shiraz) y el primero en sufrir

por Su causa», quien en presencia de uno de los exponentes señeros del islam shí’í, el muy afamado Shaykh Mu ammad H

h. . asan, había afirmado audazmente que de la pluma de su Maestro recién hallado habían brotado en el lapso de cuarenta y ocho horas versículos equivalentes a los del Corán, cuya revelación Le habían llevado a su Autor veintitrés años, fue excomulgado, encadenado, vejado, encarcelado y, con toda probabilidad, ejecutado. Mullá S. ádiq-i-Khurásání, impulsado por la orden que impartiera el Báb en el Khasá’il-i-Sab‘ih de alterar la fórmula sacrosanta del adhán, la hizo resonar en su forma corregida ante la escandalizada congregación de Shiraz; fue prendido al punto, ultrajado, desnudado y azotado con mil latigazos. El villano H. usayn z.

Khán, el Ni ámu’d-Dawlih, el gobernador de Fárs, quien había leído el desafío lanzado en el Qayyúmu’l-Asmá’, habiendo ordenado que Mullá S. ádiq junto con Quddús y otros creyentes fuesen castigados de forma sumaria en público, hizo que se les quemara la barba, perforase la nariz y se les paseara en cabestro; acto seguido, después de haber sido conducidos por las calles en esta afrentosa condición, fueron expulsados de la ciudad.

El pueblo de Shiraz se hallaba por entonces enloquecido de excitación. Una controversia virulenta arrasaba las mezquitas, madrasas, bazares y otros lugares públicos. La paz y la seguridad corrían grave peligro. Temerosos, envidiosos, furibundos por demás, los mullás comenzaron a percibir la gravedad de su situación. El gobernador, grandemente alarmado, ordenó el arresto del Báb. Llevado a Shiraz bajo escolta, y en la presencia de H. usayn Khán, el Báb recibió una severa reprimenda y un golpe tan violento en la cara que su turbante rodó por el suelo. Tras la intervención del Imám-Jum‘ih, quedó en libertad condicional y confiado a la custodia de Su tío materno, H. ájí Mírzá Siyyid ‘Alí. Siguió un breve respiro, que permitió al Joven cautivo celebrar el Naw-Rúz de ese año y del siguiente en una atmósfera de tranquilidad relativa, en compañía de Su madre, esposa y tío. Entretanto, la fiebre que había hecho presa de Sus seguidores iba comunicándose a los miembros del clero y de la clase comerciante, que invadía las altas esferas de la sociedad. En efecto, una oleada de investigación apasionada había barrido el país entero, y congregaciones incontables escuchaban con admiración los testimonios elocuentes e intrépidamente relatados por los mensajeros itinerantes del Báb.

La conmoción había asumido tales proporciones que el Sháh, incapaz ya de pasar por alto la situación, comisionó en una persona de confianza, Siyyid Ya h. yáy-i-Dárábí, conocido por el apelativo de Va h. íd, uno de los súbditos más eruditos, elocuentes e influyentes –un hombre que había memorizado no menos de treinta mil tradiciones– para que investigase y le informase de la verdadera situación. De mente despejada, sumamente imaginativo, escrupuloso por naturaleza, íntimamente asociado con la Corte, él, en el curso de tres entrevistas, quedó del todo ganado por los argumentos y personalidad del Báb. Su primera entrevista se centró en las enseñanzas metafísicas del islam, los pasajes más abstrusos del Corán y las tradiciones y profecías de los Imámes. En el curso de la segunda entrevista el Va h. íd quedó anonadado al descubrir que las preguntas que tenía intención de someter para su elucidación habían desaparecido de su receptiva memoria y que, no obstante, para su total asombro, el Báb respondía precisamente a las mismas preguntas que aquél había olvidado. Durante la tercera entrevista las circunstancias que rodearon la revelación del comentario del Báb sobre el sura de Kawthar, que abarca no menos de dos mil versículos, abrumaron de tal manera al delegado del Sháh que, contentándose con un mero informe dirigido al Camarlengo de la Corte, se alzó acto seguido a dedicar su vida entera y recursos al servicio de una Fe que había de compensarle con la corona del martirio durante la revuelta de Nayríz. Él, quien había hecho voto firme de refutar los argumentos de un anónimo siyyid de Shiraz, para inducirle a abandonar Sus ideas y conducirlo a Teherán como prueba del ascendiente que había logrado sobre Aquél, se vio obligado a sentirse, tal como él mismo reconocería, tan «vil como el polvo bajo Sus pies». Incluso H. usayn Khán, quien había sido anfitrión del Va h. íd durante su estancia en Shiraz, se sintió movido a escribir al Sháh y expresarle su convicción de que el ilustre delegado de su Majestad se había convertido en bábí.

Otro abogado famoso de la Causa del Báb, incluso de celo más fogoso que el del Va h. íd, y casi tan eminente en rango, era Mullá Mu ammad-‘Alíy-i-Zánjání, apodado . H. ujjat. Era un akhbárí, un vehe

hmente polemista, de una conciencia osada e independiente, de natural inquieto, un hombre que se había atrevido a condenar a la jerarquía eclesiástica entera, desde el Abváb-i-Arba‘ih hasta el más humilde mullá, y que en más de una ocasión, mediante sus talentos superiores y fervorosa elocuencia, había confundido públicamente a sus adversarios shí’íes ortodoxos. Tal persona no podía permanecer indiferente a una Causa que estaba produciendo una escisión tan grave entre sus compatriotas. El discípulo que había enviado a Shiraz a indagar el asunto cayó inmediatamente bajo el hechizo del Báb. Bastó la lectura de tan sólo una página del Qayyúmu’l-Asmá’, que le fue llevada por ese mensajero a H. ujjat, para efectuar tal transformación dentro de su persona que declaró, ante la concurrencia de ‘ulamás de su ciudad natal, que si el Autor de aquella obra declarase que el día era noche y el sol nada más que sombras, él sin dudarlo sostendría su veredicto.

Otro recluta del ejército en alza de la nueva Fe era el eminente erudito y estudioso Mírzá A mad-i-Az h. ghandí, el más docto, el más sabio y más destacado de los ‘ulamás de Khurásán, quien, en anticipación de la llegada del prometido Qá‘im, había recopilado cerca de doce mil tradiciones y profecías relativas a la hora y carácter de la Revelación esperada, para hacerlas circular entre Sus condiscípulos, a quienes animó a que las citaran por extenso ante todas las feligresías y en todas las reuniones.

Mientras la situación se deterioraba en las provincias, la agria hostilidad del pueblo de Shiraz iba alcanzando su apogeo. H. usayn Khán, vengativo, implacable, desesperado por los informes con que sus agentes insomnes daban a entender que el poder y fama de su Cautivo aumentaban a cada hora, decidió pasar a la acción inmediatamente. Se cuenta que su cómplice, H. ájí Mírzá Áqásí, le ordenó que matara en secreto al sospechoso de perturbar el Estado y de hacer zozobrar la religión establecida. Por orden del Gobernador, el comisario jefe de policía ‘Abdu’l-H. amíd Khán, escaló, en lo más cerrado de la noche, el muro de la casa de H. ájí Mírzá Siyyid‘Alí, donde el Báb estaba confinado, irrumpió y Lo arrestó, y confiscó todos Sus libros y documentos. Sin embargo, esa misma noche tuvo lugar un acontecimiento que, por su cariz dramático y repentino, sin duda fue un designio providencial destinado a trastocar los planes de los intrigantes y a permitir que el Objeto de su odio prolongase Su ministerio y consumara Su Revelación. Un brote de cólera, de virulencia devastadora, había hecho sucumbir desde la medianoche a más de cien personas. El pavor ante la plaga había hecho presa en todo corazón y los habitantes de la afligida ciudad huían confundidos entre espasmos de dolor y duelo. Tres de los criados del Gobernador ya habían caído muertos. Varios miembros de su familia yacían gravemente enfermos. En su desesperación, abandonando a los muertos sin darles entierro, había huido a un jardín situado a las afueras de la ciudad. ‘Abdu’l-H. amíd Khán, enfrentado a este acontecimiento inesperado, decidió trasladar al Báb a su propia casa. Al llegar quedó espantado al saber que su propio hijo se debatía en las garras de la plaga. Consternado, se tendió a los pies del Báb, Le rogó que le perdonase, Le instó a que los pecados del padre no recayeran sobre el hijo y dio palabra de que abandonaría su puesto para nunca más aceptar semejantes funciones. Viendo que su oración había sido respondida, dirigió una petición al Gobernador por medio de la cual solicitaba que se liberase al Cautivo, para eludir con ello el desenlace fatal de tan temible prueba. H. usayn Khán accedió a la petición y liberó a su Prisionero, a condición de que abandonase la ciudad.

Milagrosamente preservado por una Providencia todopoderosa y vigilante, el Báb marchó a I fahán (septiembre de 1846), acompa

s.

ñado por Siyyid Ká im-i-Zanjání. Siguió otro intermedio, un breve

z.

periodo de tranquilidad relativa durante el cual los procesos divinos que habían sido puestos en marcha ganaron renovado empuje y precipitaron la serie de acontecimientos que desembocarían en el encarcelamiento del Báb en las fortalezas de Máh-Kú y Chihríq, y que habría de culminar en Su martirio en la plaza de los cuarteles de Tabríz. Muy consciente de las pruebas que habrían de sobrevenirle, el Báb había hecho legado, antes de la separación definitiva de Su familia, por el que dejaba todas sus posesiones a Su madre y a Su esposa, confiando a esta última el secreto de lo que habría de ocurrirle y revelando para ella una oración especial cuya lectura, le ase

guró, resolvería sus dudas y aliviaría sus penas. Los primeros cuarenta días de Su estancia en I fahán los empleó como huésped de Mírzá

s.

Siyyid Mu ammad, el Sul anu’l-‘Ulamá, el Imám-Jum’ih, uno de los

h.

t. principales dignatarios eclesiásticos del reino, de acuerdo con las instrucciones del gobernador de la ciudad, Manúchihr Khán, el Mu ‘Tamidu’d-Dawlih, quien había recibido de él una carta en la que le pedía que Le designase el lugar en donde habría de morar. Fue solemnemente recibido, y tal fue el embrujo que se apoderó de las gentes de la ciudad que, en cierta ocasión, al regresar del baño público, una multitud ansiosa clamó por el agua que había sido usada en Sus abluciones. Tan mágico era el sortilegio que ejerció sobre Su anfitrión, que éste, olvidándose de la dignidad de su elevado rango, se afanó por servirle en persona. Fue a petición de este mismo prelado como el Báb cierta noche, tras la cena, reveló Su bien conocido comentario sobre el sura de Va’l-’A r. Escribiendo con rapidez asom

s.

brosa, en el espacio de unas breves horas, se dedicó a la exposición

del significado tan sólo de la primera letra del sura, una letra sobre laque aykh hh

Sh A mad-i-A sá’í había hecho hincapié, y a la que. .

Bahá’u’lláh Se refiere en el Kitáb-i-Aqdas, un número de versículos equivalentes a un tercio del Corán, proeza que provocó un brote de asombro reverente por parte de quienes lo presenciaron tan intenso que se levantaron y besaron la orla de Su manto.

Entretanto, el entusiasmo tumultuoso de las gentes de I fahán

s. iba en aumento. Las masas del pueblo, algunas movidas por la curiosidad, otras ávidas por descubrir la verdad y aun otras deseosas de ser curadas de sus males, se agolpaban procedentes de todos los barrios de la ciudad ante la casa del Imám-Jum‘ih. El sabio y juicioso Manúchihr Khán no pudo resistir la tentación de visitar a tan extraño e inquietante personaje. Ante una selecta asamblea formada por los sacerdotes más dotados, él, georgiano de origen y cristiano de

nacimiento, pidió al Báb que expusiera y demostrara la verdad de la misión específica de Mu ammad. A esta petición, que los presentes

h. se sintieron obligados a declinar, accedió el Báb con presteza. En menos de dos horas, y en el espacio de cincuenta páginas, no sólo había revelado una disertación detenida, vigorosa y original sobre este noble tema, sino que también la relacionó con la llegada del Qá’im y el retorno del Imam H. usayn, una exposición que impulsó a Manúchihr Khán a declarar ante la concurrencia su fe en el Profeta del islam, así como su reconocimiento de los dones sobrenaturales con que estaba dotado el Autor de tratado tan convincente. Estas pruebas del ascendiente cada vez mayor que ejercía un Joven sin escuela sobre el Gobernador y las gentes de la ciudad, con razón considerada una de las fortalezas del islam shí’í, alarmaron a las autoridades eclesiásticas. Absteniéndose de todo acto de hostilidad abierta, que daban por fracasado, procuraron, propagando los rumores más estrafalarios, inducir al Gran Visir del Sháh a salvar una situación que por momentos se volvía más acuciante y amenazadora. La popularidad de que disfrutaba el Báb, Su prestigio personal y los honores que Le habían sido tributados por Sus compatriotas

habían alcanzado su hora de gloria. Las sombras de la calamidad que se cernía comenzaron a arremolinarse en torno a Su persona. A partir de entonces una espiral de tragedias habrían de sucederse en rápido aumento hasta culminar en Su propia muerte y la extinción del influjo de Su Fe.

El imperioso y artero H. ájí Mírzá Áqásí, temiendo que la preponderancia del Báb atrajera también al Soberano y de este modo sellara su propia perdición, se revolvió como nunca antes. Movido por la sospecha de que el Báb se había ganado las simpatías secretas del Mu‘tamid, y muy consciente de la confianza que en él tenía depositada el Sháh, reprendió severamente al Imám-Jum‘ih por descuidar sus sagrados deberes. Al mismo tiempo, mediante varias cartas, prodigó sus favores sobre los ‘ulamás de I fahán, a quienes has-

s. ta entonces tenía abandonados. Desde los púlpitos de la ciudad, un clero embravecido comenzó a lanzar invectivas y calumnias contra el autor de lo que para ellos era una herejía odiosa y temible. El propio Sháh se sintió inducido a emplazar al Báb a la capital. Manúchihr Khán, tras recibir órdenes de preparar Su partida, decidió efectuar el traslado temporal de la residencia de Éste a su propio hogar. Entre-

tanto, los mujtahides y ‘ulamás, consternados por las muestras de tan amplia influencia, convocaron una reunión de la que surgió un documento insultante, firmado y sellado por los dirigentes eclesiásticos de la ciudad, por el que se denunciaba al Báb como hereje y se Le condenaba a muerte. Incluso el Imám-Jum‘ih se vio forzado a testimoniar por escrito que el Acusado no estaba en su sano juicio. El Mu‘tamid, sobremanera abochornado, y a fin de calmar el tumulto creciente, concibió un plan por el que se hizo creer a un populacho cada vez más inquieto que el Báb había partido a Teherán, mientras lograba asegurarle con ello un breve intermedio de cuatro meses en la intimidad del ‘Imárat-i-Khurshíd, la residencia particular del gobernador de I fahán. Fue por aquel entonces cuando el anfitrión,

s. expresando el deseo de consagrar todas sus posesiones, valoradas por sus contemporáneos en no menos de cuarenta millones de fran

cos, al adelanto de los intereses de la nueva Fe, declaró su intención de convertir a Mu ammad . Sháh, induciéndole a librarse de un mi-

hnistro tan vergonzoso y despilfarrador, y de obtener el permiso real para casar a una de sus hijas con el Báb. Empero, la muerte repentina del Mu‘tamid, predicha por el propio Báb, aceleró el curso de la crisis que se avecinaba. El despiadado y rapaz Gurgín Khán, el vicegobernador, indujo al Sháh a emitir una citación por la que se ordenaba que el Joven cautivo fuera enviado de incógnito a Teherán, acompañado por una escolta montada. Ante el mandato escrito del Soberano, el rastrero Gurgín Khán, quien previamente había descubierto y destruido el testamento de su tío, el Mu‘tamid, y se había apoderado de sus propiedades, respondió sin vacilar. Sin embargo, a una distancia menor de sesenta kilómetros de la capital, en la fortaleza de Kinár-Gird, un mensajero hizo entrega a Mu ammad Big,

h. quien encabezaba la escolta, de una orden escrita de H. ájí Mírzá Áqásí por la que se le ordenaba dirigirse a Kulayn, donde aguardaría

a nuevas instrucciones. A esto siguió poco después una carta que el Sháh mismo dirigió al Báb, fechada rabí‘u’th-thání de 1263 d.h. (19 marzo-17 de abril de 1847), y que, si bien estaba redactada en términos corteses, ponía de manifiesto el alcance de la influencia destructiva que había ejercido sobre su soberano el Gran Visir. Los planes largamente acariciados por Manúchihr Khán habían quedado ahora completamente truncados. La fortaleza de Máh-Kú, no muy distante del pueblo del mismo nombre, cuyos habitantes habían disfrutado del patronazgo del Gran Visir, y situada en el rincón más remoto del noroeste de Ádhirbáyján, fue el lugar de encarcelamiento asignado al Báb por Mu ammad h. Sháh, siguiendo en esto el consejo de su pérfido ministro. No se permitió que Le acompañaran en aquellos alrededores inhóspitos y gélidos más que un acompañante y un criado de entre Sus seguidores. El todopoderoso y astuto ministro, so pretexto de la necesidad de que su amo concentrase la atención en la rebelión de Khurásán y la revuelta de Kirmán, logró desbaratar un plan que, de haberse materializado, habría tenido las más graves repercusiones sobre su propia suerte, así como sobre el destino inmediato de su gobierno, monarca y pueblo.

CAPÍTULO
II
EL CAUTIVERIO
DEL BÁB EN ÁDH IRBÁYJÁN
E

L periodo del destierro del Báb en las montañas de Ádhirbáyján, el cual habría de durar no menos de tres años, constituye el capítulo más triste, dramático y, en cierto sentido, la fase más fértil de Sus seis años de ministerio. En él están comprendidos los nueve meses de confinamiento ininterrumpido en la fortaleza de Máh-Kú, y el encarcelamiento ulterior en la fortaleza de Chihríq, alterado sólo por una breve, si bien memorable visita a Tabríz. Toda esa época quedó ensombrecida por la hostilidad implacable y creciente de los dos adversarios más poderosos de la Fe, el Gran Visir de Mu ammad. Sháh, Hz.

h.

ájí Mírzá Áqásí, y el Amír-Ni ám, el Gran Visir de Ná iri’d-Díns. Sháh. Guarda correspondencia con la etapa más crítica de la misión de Bahá’u’lláh durante Su exilio en Adrianópolis, cuando Se enfrentó al despótico Sultán ‘Abdu’l-‘Azíz y sus ministros ‘Álí Pá shá y Fu‘ád Pá shá, y tiene paralelo con los días aciagos del ministerio de ‘Abdu’l-Bahá en Tierra Santa, bajo el gobierno opresivo del tirano ‘Abdu’l-H. amíd y del igualmente tiránico Jamál Páshá. Shiraz había sido el escenario memorable de la histórica Declaración del Báb; e I fahán, aunque brevemente, Le proporcionó

s.

un remanso de paz y seguridad relativas; en tanto que Ádhirbáyján

estaba destinada a convertirse en el escenario de Su agonía y martirio. Los años postreros de Su vida terrena pasarán a la historia como la época en que la nueva Dispensación alcanzó su talla completa, cuando los títulos de su Fundador fueron afirmados íntegra y públicamente, cuando se formularon sus leyes, cuando la alianza de su Autor quedó firmemente establecida, cuando fue proclamada su independencia y cuando fulguró con gloria inmortal el heroísmo de sus campeones. Pues fue durante estos años intensamente dramáticos y cargados de destino cuando las consecuencias plenas de la condición del Báb fueron reveladas a Sus discípulos y anunciadas formalmente por Él en la capital de Ádhirbáyján, en presencia del Heredero del Trono; cuando fue revelado el Bayán persa, el repositorio de las leyes ordenadas por el Báb; cuando se determinaron de forma inconfundible la hora y carácter de la Dispensación de «Aquel a Quien Dios hará manifiesto»; cuando la Conferencia de Badasht proclamó la anulación del viejo orden; y cuando estallaron las grandes conflagraciones de Mázindarán, Nayríz y Zanján.

No obstante, el necio y miope H. ájí Mírzá Áqásí se imaginó complacido que, al desbaratar el plan del Báb de reunirse cara a cara con el Sháh en la capital, relegándolo al rincón más distante del reino, había sofocado el Movimiento nada más nacer y que pronto triunfaría de forma definitiva sobre su Fundador. Poco podía imaginar que al forzar ese aislamiento iba a permitirle a su Prisionero desarrollar el Sistema destinado a encarnar el alma de Su Fe, y que Le brindaba la oportunidad de resguardarla de la desintegración y el cis-ma, y de proclamar Su misión formalmente y sin reservas. Poco podía imaginar que ese mismo confinamiento induciría a los discípulos y compañeros exasperados del Prisionero a zafarse de las cadenas de una teología anticuada y precipitar acontecimientos que habrían de requerir de su parte una destreza, valor y renuncia sin parangón en la historia de su país. Poco podía imaginar que con aquel mismo acto se prestaba a cumplir la tradición auténtica atribuida al Profeta del islam sobre la inevitabilidad de lo que habría de ocurrir en Ádhirbáyján. Sin que el destino del gobernador de Shiraz le sirviera de escarmiento, quien, con temor y temblor, huyó ignominiosamente y aflojó la mano sobre Su Cautivo ante el primer soplo de la ira vengadora de Dios, el Gran Visir de Mu ammad h. Sháh, a su vez, por mor de las órdenes mismas que había emitido, iba fraguando el severo e inevitable fracaso con que despejaba el camino de su caída definitiva.

Sus órdenes a ‘Alí Khán, el alcaide de la fortaleza de Máh-Kú, fueron tajantes y explícitas. Camino de la fortaleza, el Báb pasó varios días en Tabríz, días que estuvieron marcados por tan intensa efervescencia entre el populacho que, salvo contadas excepciones, no se permitió que el populacho y Sus seguidores se entrevistaran con Él. Mientras se Le escoltaba por las calles de la ciudad el grito Alláh-u-Akbar resonaba por doquier. En efecto, tan grande fue el clamor que el pregonero de la ciudad recibió órdenes de avisar a los habitantes de que quienquiera que se aventurase a personarse ante el Báb, perdería todas sus posesiones y sería encarcelado. Tras Su llegada a Máh-Kú, que Él llamó Jabal-i-Bási («la Montaña Abierta»), a nadie

t. le fue permitido visitarle durante las dos primeras semanas, con la excepción de Su amanuense, Siyyid H. usayn, y del hermano de éste. Tan penosa fue Su postración en aquella fortaleza que, en el Bayán persa, Él mismo afirma que, durante la noche, carecía siquiera de una lámpara encendida, y que a Su celda solitaria, construida de adobe, le faltaba hasta una puerta, en tanto que, en la Tabla que dirigiera a Mu ammad h. Sháh, Se lamenta de que los habitantes de la fortaleza se redujeran a dos guardias y cuatro perros. Recluido en las alturas de una montaña remota y peligrosamente situada en la frontera de los imperios otomano y ruso, encarcelado dentro de los muros compactos de una fortaleza de cuatro torreones; separado de Su familia, parientes y discípulos; viviendo en la vecindad de una comunidad fanática y turbulenta que, por raza, tradición,

idioma y credo, difería de la gran mayoría de los habitantes de Persia; custodiado por gentes de una comarca que, por ser el lugar de nacimiento del Gran Visir, habían sido objeto de los favores especiales de su administración, el Prisionero de Máh-Kú parecía a los ojos de Su adversario condenado a ver cómo se marchitaba la flor de Su juventud, y a presenciar, en una fecha no distante, la completa destrucción de Sus esperanzas. Ese adversario pronto iba a comprender, sin embargo, cuán gravemente había menospreciado tanto a su Prisionero como a los beneficiarios de sus favores. Aquellas gentes indómitas, orgullosas y poco razonables acabaron sometiéndose gradualmente a la gentileza del Báb, fueron purgadas por Su modestia, edificadas por Sus consejos y adoctrinadas por Su sabiduría. Tan afectadas quedaron por su amor hacia Él que su primer acto todas las mañanas, a pesar de las protestas del dominante ‘Alí Khán y de la reiterada amenaza de medidas disciplinarias procedentes de Teherán, consistía en procurarse un lugar desde donde poder vislumbrar Su rostro e implorar desde lejos Su bendición para las tareas cotidianas. En casos de desavenencia acostumbraban a correr al pie de la fortaleza y, con los ojos fijos en Su morada, invocar Su nombre, conminándose a decir la verdad. El propio ‘Alí Khán, bajo el influjo de una extraña visión, sintió tal mortificación que se vio forzado a moderar la severidad de su disciplina, a fin de expiar su pasada conducta. Llegó su lenidad a tal punto que una marea creciente de peregrinos afanosos y devotos comenzó a ser admitida a las puertas de la fortaleza. Entre ellos figuraba el infatigable e intrépido Mullá H. usayn, quien había recorrido a pie todo el camino desde Mashad, en el oriente de Persia, hasta Máh-Kú, la gran avanzada al oeste del reino, y pudo, después de una ardua travesía, celebrar la fiesta de Naw-Rúz (1848) en compañía de su Bienamado.

Sin embargo, los agentes secretos encargados de vigilar a ‘Alí Khán, informaron a H. ájí Mírzá Áqásí del giro que iban tomando los acontecimientos, por lo que acto seguido éste decidió trasladar de inmediato al Báb a la fortaleza de Chihríq (en torno al 10 de abril de 1848), a la que denominó Jabal-i-Shadíd («Montaña de la Aflicción»). Allí fue encomendado a la custodia de Ya h. ya Khán, cuñado de Mu ammad h. Sháh. Aunque al principio actuó severísimamente, a la sazón sintiose forzado a ceder ante la fascinación que ejercía su Prisionero. Ni tampoco los kurdos, que vivían en el pueblo de Chihríq, y cuyo odio hacia los shí’íes superaba incluso al de los habitantes de Máh-Kú, pudieron resistir el poder omnímodo que desplegaba el influjo del prisionero. También a ellos se les solía ver cada mañana, antes de emprender las faenas del día, acercarse a la fortaleza para postrarse en adoración ante su santo Imam. «Tan grande era la afluencia de gente», es el testimonio de un testigo europeo, al plasmar sus recuerdos sobre el Báb, «que careciendo el patio de aforo suficiente para albergar a Su auditorio, la mayoría debía permanecer en la calle y escuchar con atención arrobada los versículos del nuevo Corán».

En efecto, la agitación que se suscitó en Chihríq había eclipsado las escenas que se presenciaran en Máh-Kú. Siyyides de mérito distinguido, eminentes ‘ulamás e incluso algunos funcionarios del Gobierno empezaron a abrazar abiertamente la Causa del Prisionero. La conversión del celoso y afamado Mírzá Asadu’lláh, apodado Dayyán, funcionario prominente de gran renombre literario, quien fue dotado por el Báb del «conocimiento oculto y preservado», y glorificado como el «depositario de la encomienda del único y verdadero Dios», y la llegada de un derviche, un antiguo navváb, de la India, a quien el Báb había indicado en una visión que renunciara a su puesto y se apresurase a pie a encontrarse con él en Ádhirbáyján, llevaron la situación a su clímax. Los relatos de estos asombrosos acontecimientos llegaron a Tabríz, desde donde se comunicaron a Teherán, forzando una nueva intervención de H. ájí Mírzá Áqásí. El padre de Dayyán, íntimo amigo de dicho ministro, ya le había expresado sus grandes temores sobre la manera en que los funcionarios más capaces del Estado estaban siendo ganados a la nueva Fe. Para atajar la excitación, cada vez mayor, el Báb fue citado a comparecer en Tabríz. Temerosos del entusiasmo de las gentes de Á dhirbáyján, los responsables a cuya custodia había sido confiada Su persona, desviaron la ruta y evitaron la ciudad de Khuy, atravesando en su lugar Urúmíyyih. Al llegar a esta ciudad, el príncipe Malik Qásim Mírzá Lo recibió con pompa, e incluso pudo vérsele cierto viernes, cuando su Huésped cabalgaba camino del baño público, acompañándole a pie, mientras los infantes del Príncipe se esforzaban por contener a la población, la cual, en su entusiasmo desbordante, se agolpaba por obtener una vislumbre de tan maravilloso Prisionero. A su vez, Tabríz, presa de la más desbocada excitación, saludó con júbilo Su llegada. Tal fue el fervor popular que el Báb hubo de alojarse en las afueras de la ciudad. No obstante la medida, no lograron apaciguar la emoción general. Las precauciones, avisos y restricciones sólo sirvieron para agravar una situación ya crítica de por sí. Fue en semejante tesitura cuando el Gran Visir emitió la orden histórica por la que se convocaba de forma inmediata a los dignatarios eclesiásticos de Tabríz, quienes debían evaluar las medidas más efectivas que, de una vez por todas, habrían de extinguir las llamas de una conflagración tan devoradora.

Las circunstancias que rodearon el interrogatorio del Báb, a raíz de una acción tan precipitada, bien pueden figurar como uno de los hitos de Su dramática carrera. El objetivo declarado de la convocatoria era el de procesar al Prisionero y deliberar sobre los pasos que debían ser adoptados para la extirpación de la supuesta herejía. En cambio, la ocasión Le valió la oportunidad suprema de Su misión de afirmar en público, sin reserva alguna y formalmente, los títulos inherentes a Su Revelación. En la residencia oficial, y en presencia del gobernador de Ádhirbáyján, Ná iri’d-Dín Mírzá, el heredero del

s. trono; bajo la presidencia de H. ájí Mullá Ma múd, el Ni ámu’l-‘Ula-h. z. má, el tutor del Príncipe; frente a una concurrencia de dignatarios eclesiásticos de Tabríz, los adalides de la comunidad shaykhí, el Shaykhu’l-Islám y el Imám-Jum‘ih, y habiendo tomado asiento el Báb en el lugar reservado al Valí-‘Ahd (el heredero del trono), con voz sonora dio Su célebre respuesta a la pregunta que Le planteó el

Presidente de la asamblea. «¡Yo soy!», exclamó, «¡Yo soy, Yo soy, el Prometido! Yo soy Aquel Cuyo nombre habéis invocado durante mil años, ante Cuya mención os habéis alzado, Cuyo advenimiento habéis anhelado presenciar, Cuya hora de Revelación habéis implorado a Dios que apresure. En verdad os digo, les incumbe a los pueblos tanto de Oriente como de Occidente obedecer Mi Palabra y rendir pleitesía a Mi persona».

Aturdidos, los presentes inclinaron sus cabezas por un momento en silenciosa confusión. Acto seguido, Mullá Mu ammad-i-Mamá

h. qání, el tuerto renegado de barba cana, haciendo acopio de coraje y con insolencia característica, Le censuró tachándolo de seguidor per-verso y despreciable de Satán; a ello el intrépido Joven replicó que

mantenía cuanto ya había afirmado. A la pregunta que a continuación Le dirigió el Ni ámu’l-‘Ulamá, El Báb afirmó que Sus pa-

z. labras constituían la prueba más incontrovertible de Su misión, adujo versículos del Corán que establecían la verdad de Su aserto y alegó ser capaz de revelar, en el espacio de dos días y dos noches, un número de versículos equivalentes al conjunto de dicho Libro. En respuesta a una crítica por la que se Le llamaba la atención sobre una infracción que había cometido contra las normas gramaticales, citó varios pasajes del Corán en corroboración, y pasando por alto, con firmeza y dignidad, una observación frívola e irrelevante que Le lanzó uno de los presentes, dio por concluida sumariamente la reunión al levantarse y abandonar la sala. Acto seguido, tras quedar ésta dispersa, confundidos sus miembros, divididos entre sí, amargamente resentidos y humillados al fracasar en su cometido, lejos de haber amilanado el espíritu de su Cautivo, lejos de inducirle a renegar o abandonar Su misión, no se produjo otro resultado que la decisión, a la que se llegó después de considerables debates y discusiones, de infligirle el bastinado en las manos, en la casa de oraciones del desalmado y avaricioso Mírzá ‘Alí-A s.ghar, el Shaykhu’l-Islám de la ciudad. Desbaratado su plan, H. ájí Mírzá Áqásí se vio forzado a ordenar el regreso del Báb a Chihríq.

Aquella declaración dramática, formal y sin paliativos de la misión profética del Báb no fue la única consecuencia del necio acto que condenó al Autor de tan poderosa Revelación a tres años de confinamiento en las montañas de Ádhirbáyján. Este periodo de cautiverio en un rincón remoto del Reino, alejado por demás de los centros de la tormenta de Shiraz, I fahán y Teherán, Le proporcio

s. nó el tiempo necesario para emprender Su obra más monumental y dedicarse a otras composiciones subsidiarias destinadas a desplegar el abanico completo, y a impartir la fuerza plena, de una Dispensación corta de vida, pero trascendental. Tanto por la magnitud de los escritos que emanaron de Su pluma, como por la diversidad de los temas abordados en ellos, Su Revelación carece por completo de parangón en los anales de cualquier religión precedente. Él mismo afirma, mientras estaba confinado en Máh-Kú, que hasta entonces Sus escritos, que englobaban una gran diversidad de temas, equivalían a más de quinientos mil versículos. «Los versículos que se han vertido desde esta Nube de misericordia divina son tan abundantes que hasta ahora nadie ha podido estimar su número. Hay ahora disponibles una veintena de volúmenes. ¡Cuántos están fuera de nuestro alcance! ¡Cuántos han sido robados y han caído en las manos del enemigo, sin que nadie sepa la suerte que han corrido!» No menos llamativa es la variedad de temas que aparecen en el voluminoso cuerpo de escritos formado por preces, homilías, oraciones, Tablas de Visitación, tratados científicos, disertaciones doctrinales, exhortaciones, comentarios sobre el Corán y diversas tradiciones, epístolas dirigidas a los dignatarios eclesiásticos y religiosos más destacados del reino, y leyes y disposiciones para la consolidación de Su Fe y el gobierno de sus actividades.

Ya en Shiraz, en la primera etapa de Su ministerio, había revelado lo que Bahá’u’lláh caracterizó como «El primero, el mayor y más poderoso de todos los libros» de la Dispensación bábí, el célebre comentario sobre el sura de José, titulado Qayyúmu’l-Asmá’, cuyo propósito fundamental era el de presagiar lo que el verdadero José (Bahá’u’lláh) habría de soportar en la Dispensación siguiente a manos de alguien que era Su archienemigo y hermano de sangre. Dicha obra, que consta de más de nueve mil trescientos versículos y está dividida en ciento once capítulos, cada uno de los cuales comenta un versículo del mencionado sura, se abre con el toque de trompeta del Báb y los avisos severos dirigidos al «concurso de Reyes y de los hijos de los Reyes»; predice la caída de Mu ammad h. Sháh; ordena al Gran Visir, H. ájí Mírzá Áqásí, que abdique de su autoridad; amonesta a la totalidad del estamento eclesiástico musulmán; previene de forma específica a los miembros de la comunidad shí’í; ensalza las virtudes y prevé la venida de Bahá’u’lláh, el «Remanente de Dios», el «Más grande Maestro»; y proclama, con lenguaje inequívoco, la independencia y universalidad de la Revelación bábí, descubre su importancia y afirma el triunfo inevitable de su Autor. Además, dispone que «el pueblo de Occidente» «salga de sus ciudades en ayuda de la Causa de Dios»; avisa a los pueblos de la tierra de la «muy penosa y terrible venganza de Dios»; amenaza al mundo islámico entero con «el Fuego Más Grande» si se aparta de la Ley recién revelada; presagia el martirio del Autor; elogia la elevada estación dispuesta para el pueblo de Bahá, los «compañeros del Arca de color carmesí»; profetiza el declive y obliteración completa de algunos de los más grandes luminares del firmamento de la Dispensación bábí; e incluso predice «tormentos aflictivos», tanto en el «día de Nuestro Regreso» como «en el mundo venidero», para los usurpadores del imamato que «libraron guerra contra H. usayn (Imam H. usayn) en la tierra del Éufrates».

Fue este Libro el que los babíes consideraron de forma universal, durante la práctica totalidad del ministerio del Báb como el Corán del pueblo del Bayán; cuyo capítulo primero y más desafiante fuera revelado en presencia de Mullá H. usayn, la noche de la Declaración de su Autor; algunas de cuyas páginas fueron presentadas, por ese mismo discípulo, ante Bahá’u’lláh, como primicia de una Revelación que de inmediato ganó Su adhesión entusiasta; cuyo texto entero fue traducido al persa por la brillante y talentosa T.áhirih; cuyos pasajes inflamaron la hostilidad de H. usayn Khán y precipitaron el brote inicial de persecución en Shiraz; una sola página del cual se apoderó de la imaginación y el alma de H. ujjat; y cuyo contenido había enardecido a los intrépidos defensores del Fuerte de Shaykh T.abarsí y a los héroes de Nayríz y Zanján.

A esta obra, de tan exaltado mérito y de influencia tan trascendental, siguió la revelación de la primera Tabla del Báb dirigida a Mu ammad Sháh; Sus Tablas al sultán ‘Abdu’l-Majíd y a Najíb Pá h. shá, el válí de Bagdad; la Sa ífiy-i-baynu’l-. . aramayn, revelada entre

hHLa Meca y Medina, en respuesta a las preguntas que le planteara Mírzá Mu ít-i-Kirmání; la epístola al Jerife de La Meca; del Kitábu’r

h. Rú , que abarca setecientos suras; el h. Khasá’il-i-Sab‘ih, que disponía

la alteración de la fórmula del adhán; la Risaliy-i-Furu‘-i-‘Adliyyih, traducida al persa por Mullá Mu ammad-Taqíy-i-Harátí; el comenta

h. rio sobre el sura de Kawthar, que causó tal transformación en el

alma del Va h. íd; el comentario sobre el sura de Va’l-‘Asr, revelado en la casa del Imám-Jum‘ih de I fahán; la disertación sobre la Misión

s. Específica de Mu ammad, escrita a petición de Manú h. chihr Khán; la segunda Tabla dirigida a Mu ammad h. Sháh, en la que expresa su anhelo de disponer de un auditorio ante el que sentar la verdad de la nueva Revelación y disipar sus dudas; y las Tablas enviadas desde el pueblo de Síyah-Dihán a los ‘ulamás de Qasvín, así como a H. ájí Mírzá Áqásí, en la que inquiría sobre la causa del repentino cambio de decisión.

Sin embargo, la mayor parte del grueso de los escritos que emanaron de la prolífica mente del Báb estuvieron reservados para el periodo de Su confinamiento en Máh-Kú y Chihríq. A este periodo deben de pertenecer probablemente las innumerables Epístolas con las que, según atestigua una autoridad no menor que la de Bahá’u’lláh, Se dirigió el Báb específicamente a los sacerdotes de cada ciudad de Persia, así como a los residentes de Najaf y Karbilá, epístolas donde hizo constar detalladamente los errores cometidos por cada uno de ellos. Fue durante Su encarcelamiento en la fortaleza de Máh-Kú cuando Él, de acuerdo con el testimonio de Shaykh H. asan-i-Zunúzí, quien transcribió durante aquellos nueve meses los versículos dictados por el Báb a Su amanuense, reveló no menos de nueve comentarios sobre la totalidad del Corán, comentarios cuyo paradero, ay, permanece desconocido, y uno de los cuales, al menos de acuerdo con lo afirmado por el propio Autor, supera en algunos aspectos a un libro de fama tan merecida como el Qayyúmu’l-Asmá’.

Dentro de los muros de esa misma fortaleza fue revelado el Bayán (Exposición), ese repositorio monumental de las leyes y preceptos de la nueva Dispensación y el tesoro que encierra la mayor parte de las referencias y homenajes, amén de avisos, del Báb relacionados con «Aquel a Quien Dios hará manifiesto». Impar entre las obras doctrinales del Fundador de la Dispensación bábí; dispuesto en nueve vá ides (unidades) de diecinueve capítulos cada uno, excepto

h. el último Vá id, que incluye sólo diez; y sin que deba confundirse

h.

con el Bayán árabe, más pequeño y menos enjundioso, revelado durante el mismo periodo; que cumpliría la profecía de Mu ammad

h. según la cual «un Joven de los Bani-Háshim [...] revelará un nuevo libro y promulgará una nueva Ley»; plenamente a salvo de las interpolaciones y corrupciones que han hecho pasto de tantas obras menores del Báb, este Libro, con sus ocho mil versículos, ocupa un puesto señero en el elenco de obras babíes, y debe considerarse primordialmente un elogio del Prometido antes que como un código de leyes y disposiciones destinadas a servir de guía permanente a las generaciones futuras. El libro abrogó a un tiempo las leyes y ceremoniales enunciados por el Corán con relación a la oración, ayuno,

matrimonio, divorcio y herencia, y sostenía, en su integridad, la creencia en la misión profética de Mu ammad, tal como el Profeta

h. del islam había anulado, con anterioridad, las disposiciones del Evangelio, no obstante haber reconocido el origen divino de la Fe de Jesucristo. Además, interpretaba de forma magistral el significado de ciertos términos que aparecen de modo recurrente en los Libros sagrados de las Dispensaciones previas, tales como Paraíso, Infierno, Muerte, Resurrección, Regreso, Balanza, Hora, Juicio Final y similares. Intencionadamente severo en cuanto a las normas y regulaciones que imponía, trastocador de los principios que inculcaba, tasado para

despertar al clero y el pueblo de su secular torpor y para asestar un golpe repentino y fatal a las instituciones obsoletas y corruptas, pro

clamaba mediante sus drásticas disposiciones el advenimiento del Día esperado, el Día en que «el Emplazador emplazará a un asunto grave», cuando Él «demolerá lo que ha existido antes de Él, tal como el Apóstol de Dios demolió las sendas de quienes Le precedieron».

En este sentido, cabe indicar que en el tercer Va h. íd de dicho Libro aparece un pasaje que, tanto por la referencia explícita al nombre del Prometido, como por su previsión del Orden que en una época posterior habría de identificarse con Su Revelación, merece figurar como una de las declaraciones más significativas registradas en escrito alguno del Báb. «Bienaventurado sea», reza Su anuncio profético, «aquel que fija su mirada en el Orden de Bahá’u’lláh y da gracias a su Señor. Pues Él ciertamente Se hará manifiesto. Dios en verdad lo ha dispuesto irrevocablemente en el Bayán». Fue con ese mismo Orden con el que el Fundador de la Revelación prometida, identificó veinte años después –al incorporar ese mismo término al Kitáb-i-Aqdas– el sistema previsto en dicho Libro, al afirmar que «este más grande Orden» ha trastocado el equilibrio del mundo y revolucionado la vida ordenada de la humanidad. Son los rasgos de ese mismo Orden los que, en una etapa posterior de la evolución de la Fe, trazó el Centro de la Alianza de Bahá’u’lláh y el Intérprete designado de Sus enseñanzas mediante las disposiciones de Su Testamento. Es la base estructural de ese mismo Orden lo que, en la Edad Formativa de esa misma Fe, se esfuerzan laboriosamente y de consuno por establecer los servidores de esa misma Alianza, los representantes elegidos de la comunidad mundial bahá’í. Es la superestructura de ese mismo Orden, la que, al alcanzar su estatura plena mediante el surgimiento de la Mancomunidad Mundial Bahá’í –el Reino de Dios sobre la tierra–, ha de presenciar la Edad de Oro de esa misma Dispensación en la plenitud del tiempo.

Todavía Se hallaba el Báb en Máh-Kú cuando escribió la Tabla más detallada y esclarecedora de cuantas dirigiera a Mu ammad

h.

Sháh. Precedida por una referencia laudatoria a la unidad de Dios, a Sus apóstoles y a los doce Imámes; inequívoca en su afirmación de la divinidad de su Autor y de los poderes sobrenaturales con que Su Revelación había sido investida; precisa en los versículos y tradiciones que cita en confirmación de tan audaz alegato; severa en su condena de algunos de los oficiales y representantes de la administración del Sháh, particularmente del «perverso y maldito» H. usayn Khán; conmovedora en su descripción de las humillaciones y penalidades a las que fue sometido su Escritor, este documento histórico se asemeja, en muchos de sus rasgos, a la Law -i-Sul án, la Tabla que en cir

h. t. cunstancias similares dirigiera Bahá’u’lláh desde la fortaleza-prisión de ‘Akká a Ná iri’d-Dín s. Sháh, y que constituye la epístola más dilatada que enviara a un soberano. El Dalá’il-i-Sab‘ih («Siete Pruebas»), la más importante de las obras polémicas del Báb, fue revelada durante el mismo periodo. En extremo lúcida, admirable por su precisión, original en su concepto, irrefutable por su argumentación, esta obra, aparte de las numerosas y diversas pruebas que aduce de Su misión, es notable por la culpa que atribuye a los «siete soberanos poderosos que gobiernan el mundo» de Su día, así como por la manera en que recalca las responsabilidades y censura la conducta de los sacerdotes cristianos de una época anterior, quienes, de haber reconocido la verdad de la misión de Mu h. am-mad –sostiene– habrían sido seguidos por la masa de sus correligionarios. Durante el confinamiento del Báb en la fortaleza de Chihríq, donde transcurrió la práctica totalidad de los dos años restantes de Su vida, la Law -i-h. H. uru’fát («Tabla de las Letras») fue revelada en honor de Dayyán, una Tabla que, a pesar de haber sido malinterpretada al principio como una exposición de la ciencia adivinatoria, se reconoció más tarde que había desentrañado, por un lado, el misterio del Musta gháth, y que había aludido de forma expresa, por otro, al plazo de diecinueve años que había de transcurrir entre la Declaración del Báb y la de Bahá’u’lláh. Fue durante esos años –años entur

biados por los rigores del cautiverio del Báb, por las severas indignidades que Le fueron infligidas y por las noticias de los desastres que afligieron a los héroes de Mázindarán y Nayríz– cuando reveló, poco después de regresar a Tabríz, Su Tabla de denuncia contra H. ájí Mírzá Áqásí. Redactada con un lenguaje osado y conmovedor, sin reservas en su condena, la epístola fue enviada al intrépido H. ujjat, quien, como corrobora Bahá’u’lláh, la entregó al perverso ministro.

A este periodo de encarcelamiento en la fortaleza de Máh-Kú y Chihríq, periodo de fecundidad insuperable, y aun así amargo en sus humillaciones y angustias crecientes, pertenecen casi todas las referencias escritas, bien en forma de avisos, apelaciones o exhortaciones, que el Báb, anticipándose a la hora cercana de Su aflicción suprema, creyó necesario realizar ante el Autor de una Revelación que pronto habría de sustituir a la Suya. Consciente desde el comienzo mismo de Su doble misión, en tanto que Portador de una Revelación completamente independiente y como Heraldo de una revelación todavía mayor que la Suya propia, no podía contentarse con el gran número de comentarios, preces, leyes y disposiciones, disertaciones y epístolas, homilías y oraciones que incesantemente brotaban de Su pluma. La Más grande Alianza que, tal como afirma en su Sus escritos, Dios había establecido desde tiempo inmemorial, a través de los Profetas de todas las épocas, con la humanidad entera, con relación a la recién nacida Revelación, se había cumplido ya. Ahora correspondía complementarla con una Alianza Menor que Se sintió obligado a establecer con el cuerpo entero de Sus seguidores, con relación a Alguien Cuyo advenimiento caracterizó como el fruto y fin últimos de Su Dispensación. Tal Alianza había sido invariablemente el rasgo de toda religión previa. Había existido bajo formas variadas, con un grado mudable de énfasis, siempre se había expresado con lenguaje velado y se había aludido a ella en profecías crípticas, en alegorías abstrusas, en tradiciones no autenticadas y en pasajes fragmentarios y oscuros de las Sagradas Escrituras. En la Dispensación bábí, sin embargo, estaba destinada a establecerse en un lenguaje claro y inequívoco, aunque no se incorporase en un documento separado. A diferencia de los Profetas que Le habían precedido, cuyas Alianzas estaban rodeadas de misterio, a diferencia de Bahá’u’lláh, cuya Alianza claramente definida fue incorporada a un Testamento especialmente escrito y designado por Él como «El Libro de Mi Alianza», el Báb prefirió espaciar dentro de Su Libro de Leyes, el Bayán persa, incontables pasajes, algunos intencionadamente oscuros, la mayoría indudablemente claros y concluyentes, en los que fija la fecha de la Revelación prometida, ensalza sus virtudes, afirma su carácter preeminente, le atribuye poderes y prerrogativas ilimitados, y derriba cualquier barrera que pueda trabar su reconocimiento. «Él, en verdad», afirma Bahá’u’lláh refiriéndose al Báb en su Kitáb-i-Badí‘, «no ha faltado a Su deber de exhortar al pueblo del Bayán a entregarles Su Mensaje. En ninguna Edad o Dispensación ha hecho Manifestación alguna mención, con tal detalle y con tal lenguaje explícito, de la Manifestación destinada a sucederle».

A algunos de Sus discípulos los preparó el Báb asiduamente para que aguardaran la inminente Revelación. A otros les aseguró de palabra que vivirían para ver ese día. A Mullá Báqir, una de las Letras del Viviente, de hecho le profetizó, en una Tabla que le dirigiera, que se encontraría con el Prometido cara a cara. A Sayyáh, otro discípulo, le dio de palabra una garantía similar. A Mullá H. usayn lo envió a Teherán, asegurándole que en aquella ciudad se hallaba atesorado un Misterio con cuya luz no podían rivalizar ni H. ijáz ni Shiraz. Quddús, en vísperas de la separación final, recibió la promesa de que alcanzaría la presencia de Aquel que era el único Objeto de su adoración y amor. A Shaykh H. asan-i-Zunúzí le declaró en Máh-Kú que en Karbilá contemplaría el rostro del prometido H. usayn. A Dayyán le confirió el título de «La tercera Letra en creer en Aquel a Quien Dios hará manifiesto», en tanto que en el Kitáb-i-Panj-Sha‘n le dio a conocer a ‘Azím el nombre, y le anunció el advenimiento próximo de Aquel Que habría de consumar Su propia Revelación.

Nunca nombró el Báb sucesor o vicegerente, y se abstuvo de designar un intérprete de Sus enseñanzas. Tan diáfanamente claras eran Sus referencias al Prometido, tan breve iba a ser la duración de Su propia Dispensación que ni una cosa ni otra eran reputadas necesarias. Todo lo que hizo fue, de acuerdo con el testimonio de ‘Abdu’l-Bahá en A Traveller’s Narrative, nombrar por consejo de Bahá’u’lláh y de otro discípulo, a Mírzá Ya h. yá, quien actuaría únicamente como figura nominal mientras no se produjera la manifestación del Prometido, permitiendo así a Bahá’u’lláh que promoviera, con seguridad relativa, la Causa tan querida a Su corazón.

«El Bayán», afirma el Báb al referirse al Prometido, «es, de principio a fin, el repositorio de todos Sus atributos, y el tesoro tanto de Su fuego como de Su luz». «Si alcanzáis Su Revelación», declara, con relación a otro asunto, «y Le obedecéis, habréis revelado el fruto del Bayán; si no, no sois digno de mención ante Dios». «¡Oh pueblo del Bayán!» previene Él, en el mismo Libro, a la compañía entera de Sus seguidores, «no actúes como el pueblo del Corán ha actuado, pues de obrar así, los frutos de vuestra noche devendrán en nada». «No consintáis que el Bayán», es su apelación enfática, «y todo lo que ha sido revelado en él os aparte de esa Esencia del Ser y Señor de lo visible e invisible». «Cuidad, cuidad», es el aviso significativo que dirigió a Va h. íd, «no sea que en los días de Su Revelación el Va íd del Bayán (las 18 Letras del Viviente y el Báb) os aparten como

h.

por un velo de Él, pues este Va íd no es sino una criatura a Sus ojos». Y de

h.

nuevo: «¡Oh congregación del Bayán y cuantos os hayáis en ella! Reconoced los límites impuestos sobre vosotros, pues nada menos que el Punto del Bayán ha creído en Aquel a Quien Dios hará manifiesto antes de que todas las cosas fueran creadas. Allí, en verdad, Me glorío ante todos los que están en el reino del cielo y de la tierra». «El año nueve», escribe Él explícitamente con referencia a la fecha

de la llegada de la Revelación prometida, «alcanzaréis todo bien». «El año nueve alcanzaréis la presencia de Dios». Y de nuevo: «Después de

H. ín (68) os será dada una Causa que llegaréis a conocer», «antes de que hayan transcurrido nueve desde el nacimiento de esta Causa», afirma de forma particularizada, «las realidades de todas las cosas creadas no se harán manifiestas. Todo lo que habéis visto no es más que la etapa en que la semilla humedecida es revestida de carne. Sed pacientes, hasta que contempléis una creación nueva. Decid: “Bendito, pues, sea Dios, el más excelente de los Hacedores!”». «Aguardad», así reza Su declaración a ‘Azím, «hasta que hayan transcurrido nueve desde la hora del Bayán. Exclamad entonces: “Bendito, por tanto, sea Dios, el más excelente de los Hacedores!”» «Estad atentos», advierte refiriéndose a un pasaje destacado sobre el año diecinueve, «desde el principio de la Revelación hasta el número de Va íd (19)». «El Señor del Día de las Cuentas», afirma de forma incluso

h.

más explícita, «Se hará manifiesto al final de Va íd (19) y al comienzo de

h.

80 (1280 d.h.)». «Si Él apareciera en este mismo momento», revela en Su afán de asegurar que la proximidad de la Revelación prometida no apartará a los seres humanos del Prometido, «Yo sería el primero en adorarle, y el primero en prosternarme ante Él». «He consignado por escrito en Mi mención de Él», así ensalza Él al Autor de la esperada Revelación, «estas palabras como gemas: “ninguna alusión Mía puede aludir a Él, ni tampoco nada de lo mencionado en el Bayán”». «Yo mismo, no soy sino el primer siervo en creer en Él y en Sus signos [...]» «El germen de un año», afirma significativamente, «que retiene dentro de sí las potencialidades de la Revelación que ha de venir está dotado de una potencia superior a las fuerzas conjuntadas del Bayán». Y de nuevo: «El Bayán entero es tan sólo una hoja entre las hojas de Su Paraíso». «Mejor te es», afirma en parecida vena, «que recites uno solo de los versículos del Aquel a Quien Dios hará manifiesto, que repasar el Bayán entero, pues en ese Día ese solo versículo podrá salvarte, mientras que el Bayán entero no puede salvarte». «Hoy el Bayán se encuentra en estado de simiente; al comienzo de la manifestación de Aquel a Quien Dios hará manifiesto se hará aparente su perfección última.» «El Bayán deriva toda su gloria de Aquel a Quien Dios hará manifiesto.» «Todo lo que ha sido revelado en el Bayán no es sino un anillo de Mi mano, y Yo mismo soy, en verdad, nada más que un anillo sobre la mano de Aquel a Quien Dios hará manifiesto [...] Él lo hace girar como Le place, por cuanto Le plazca y mediante

cuanto Le plazca. Él es, en verdad, el que Ayuda en el peligro, el Altísimo.» «La propia certidumbre», declaró en respuesta a Vá íd, una

h. de las Letras del Viviente, quien había preguntado a propósito del

Prometido «se avergüenza de ser llamada a certificar Su verdad [...] «y el Testimonio se avergüenza de testimoniar sobre Él». Dirigiéndose a este mismo Va h. íd, Él mismo afirma: «Si se Me asegurase que en el día de Su manifestación Le negaréis, sin vacilar os rechazaría [...] si, por otra parte, se Me dijera que un cristiano que no rinde adhesión a Mi Fe, ha de creer en Él, a este mismo lo tendré por la niña de Mis ojos».

Y por último, encuéntrase ésta, Su conmovedora invocación de Dios: «Eres testigo de que, a través de este Libro, he pactado con todas las cosas creadas en torno a la misión de Aquel a Quien Tú harás manifiesto, antes de que la alianza relativa a mi Propia misión haya sido establecida. Tú y quienes han creído en Ti son testigos suficientes». «Yo, en verdad, he cumplido Mi deber de amonestar al pueblo previniéndole de que», así reza otro testimonio surgido de Su pluma, «[...]si en el día de Su Revelación todo lo que hay en la tierra le rindiese pleitesía, Mi ser íntimo se regocijará, por cuanto todos habrían alcanzado la cima de su existencia [...] Si no, Mi alma se entristecerá. En verdad que he alimentado todas las cosas con este fin. ¿Cómo, pues, puede nadie estar velado de Él?»

Los tres últimos y azarosos años del ministerio del Báb habían presenciado, según hemos observado en las páginas precedentes, no sólo la declaración formal y pública de Su misión, sino también una difusión sin precedentes de Sus escritos inspirados, incluyendo tanto la Revelación de las leyes fundamentales de Su Dispensación como también el establecimiento de esa Alianza Menor que habría de salvaguardar la unidad de Sus seguidores y preparar el camino para el advenimiento de una Revelación incomparablemente más poderosa. Fue durante ese mismo periodo, en los días tempranos de Su encarcelamiento en la fortaleza de Chihríq, cuando la independencia de la neonata Fe fue abiertamente reconocida y afirmada por Sus discípulos. Las leyes que subyacían a la nueva Dispensación habían sido reveladas por su Autor en una fortaleza-prisión situada en las montañas de Ádhirbáyján, en tanto que la Dispensación misma iba a ser inaugurada en una llanura lindante con Mázindarán, en una conferencia que congregó a Sus seguidores.

Bahá’u’lláh, Quien, mediante correspondencia asidua Se mantenía en estrecho contacto con el Báb, y era la fuerza rectora que impulsaba las numerosas actividades de sus esforzados condiscípulos, presidió de forma sutil y no obstante efectiva dicha conferencia, cuyo desenvolvimiento guió y controló. Quddús, considerado el exponente del elemento conservador dentro de la misma, hizo ver, de acuerdo con un plan preconcebido y encaminado a mitigar la alarma y consternación que la conferencia sin duda habría de suscitar, que se oponía a los puntos de vista aparentemente extremistas abogados por la impetuosa T.áhirih. El propósito primario de la reunión era el de ejecutar la revelación del Bayán mediante una ruptura repentina, completa y dramática con el pasado, con su orden, su eclesiasticismo, sus tradiciones y ceremonias. El propósito secundario de la conferencia se cifraba en decidir los medios destinados a librar al Báb de Su cruel confinamiento en Chihríq. El primer propósito resultó un clamoroso triunfo; el segundo estaba destinado de raíz al fracaso.

La escena de proclamación tan desafiante y trascendental fue la aldea de Badasht, donde Bahá’u’lláh alquiló, en medio de un agradable paraje, tres jardines, que asignó respectivamente a Quddús, T.áhirih, reservándose el tercero para Sí. Los ochenta y un discípulos que se habían reunido desde diversas provincias, fueron sus huéspedes des-de el día de la llegada hasta el día en que se dispersaron. Durante cada uno de los veintidós días de Su estancia en aquella aldea, reveló una Tabla, que fue cantada en presencia de los creyentes reunidos. Sobre cada creyente confirió un nuevo nombre, sin que, no obstante, se divulgase la identidad de quien lo otorgaba. Él mismo fue designado con el nombre de Bahá. Sobre la Última Letra del Viviente se confirió la apelación de Quddús, en tanto que Qurratu’l-‘Ayn recibió el título de T.áhirih. Con estos mismos nombres habría de designarlos el Báb en las Tablas que reveló con posterioridad para cada uno de ellos.

Fue Bahá’u’lláh Quien con regularidad, infaliblemente y de modo insospechado, dirigió el curso de aquel memorable episodio, y fue Bahá’u’lláh Quien llevó la reunión a su último y dramático clímax. Cierto día y ante Su presencia, cuando la enfermedad Lo mantenía confinado en cama, T.áhirih, considerada el bello e inmaculado emblema de la castidad y la encarnación de la santa Fátima, irrumpió, engalanada, pero sin velo, ante la concurrencia de compañeros, se sentó a la diestra del enfurecido y atemorizado Quddús y, desgarrando mediante sus fieras palabras los velos que custodiaban la santidad de los preceptos del islam, hizo resonar la trompeta y proclamar la inauguración de una nueva Dispensación. El efecto fue eléctrico e instantáneo. Pareció por un momento, ante los ojos de los espectadores escandalizados, que ella, de pureza tan impecable, tan reverenciada que incluso mirar su sombra se consideraba un acto impropio, había cometido ultraje sobre sí misma, deshonrado la Fe que había abrazado y vejado el Rostro inmortal que simbolizaba. El miedo, la ira y el aturdimiento arrasaron las entrañas de sus almas e inmovilizaron sus facultades. En su zozobra y desquiciamiento ante tamaño espectáculo, ‘Abdu’l-Kháliq-i-I fahání se degolló con sus pro

s. pias manos. Salpicado de sangre y frenético por la excitación, huyó de su rostro. Unos pocos, abandonando a sus compañeros, renunciaron a su Fe. Otros quedaron mudos y traspuestos ante ella. Aun otros debieron haber recordado con corazones palpitantes la tradi

ción islámica que predice la aparición de la propia Fátima, sin velos, mientras cruza el Puente ( irát) el prometido Día del Juicio. Quddús,

S. mudo de rabia, parecía aguardar tan sólo el momento de derribarla con la espada que casualmente empuñaba entonces su mano. Sin amilanarse, impávida y exultante de júbilo, T.áhirih se levantó y, sin la menor premeditación y con lenguaje extraordinariamente parecido al del Corán, realizó un llamamiento encendido y elocuente al resto de la asamblea, concluyendo con este atrevido aserto: «¡Yo soy la palabra que el Qá’im ha de pronunciar, la Palabra que ahuyentará a los jefes y nobles de la tierra!». Acto seguido, les invitó a abrazarse y celebrar tan gran ocasión. Ese día memorable resonó el «clarín» mencionado en el Corán,

retumbó el «trompetazo aturdidor» y ocurrió la «Catástrofe». Los días que al punto siguieron a esta desviación tan inquietante de las tradiciones inveteradas del islam presenciaron una auténtica revolución en el aspecto, hábitos, ceremonias y formas de culto de los que hasta entonces habían sido guardianes celosos y devotos de la ley muh.ammadiana. Por más que de principio a fin la Conferencia fue agitada, deplorable como fue la secesión de los pocos que rechazaron contemplar la anulación de los estatutos fundamentales de la Fe islámica, su propósito se vio cumplido plena y gloriosamente. Tan sólo cuatro años antes el Autor de la Revelación bábí había declarado Su misión a Mullá H. usayn en la intimidad de Su hogar de Shiraz. Tres años después de aquella Declaración, dentro de los muros de la fortaleza prisión de Máh-Kú, Se hallaba dictando a Su amanuense los preceptos fundamentales y distintivos de Su Dispensación. Un año después, Sus seguidores, bajo la jefatura real de Bahá’u’lláh, su condiscípulo, se hallaban en la aldea de Bada sht, abrogando la Ley coránica, repudiando tanto los preceptos divinamente dispuestos como los de factura humana de la Fe de Mu ammad, y sacudiéndo

h. se las cadenas de su anticuado sistema. Casi inmediatamente después, el propio Báb, todavía prisionero, venía a reivindicar los hechos de Sus discípulos, al reafirmar, formalmente y sin reservas, Su título como prometido Qá’im, en presencia del Heredero del Trono, de los exponentes principales de la comunidad shaykhí, y de los dignatarios eclesiásticos más ilustres reunidos en la capital de Ádhirbáyján.

Poco después de transcurridos cuatro años desde el nacimiento de la Revelación del Báb, cuando el trompetazo anunciaba la extinción formal de la vieja Dispensación y la inauguración de la nueva, ninguna pompa ni boato saludaban tan gran vuelco en la historia religiosa del mundo. Ni fue aquel modesto paraje conmensurable con tan repentina, asombrosa y completa emancipación respecto de las fuerzas oscuras y hostigadas del fanatismo, del sacerdotismo y de la ortodoxia y superstición religiosas. La hueste reunida constaba de no más de una sola mujer y un puñado de hombres, la mayoría reclutados de entre las mismas filas que atacaban, y desprovistos, con pocas excepciones, de riqueza, prestigio y poder. El Capitán de la hueste se hallaba ausente, cautivo en las garras de Sus enemigos. El escenario no era sino una diminuta aldea de la llanura de Badasht en la frontera con Mázindarán. Quien hizo sonar la trompeta fue una mujer sola, la más noble de su género de aquella Dispensación, a quien incluso algunos de sus correligionarios declararon hereje. La llamada que hizo retumbar fue el toque de difuntos con el que se decía adiós a los mil doscientos años de ley islámica.

Acelerado, veinte años después, por otro trompetazo que había de anunciar la formulación de las leyes de otra Dispensación, este proceso de desintegración, relacionado con la suerte declinante de una Ley caduca, aunque divinamente revelada, cobró nuevo vigor, precipitó, en una época posterior, la anulación de la ley canónica Sharí‘ah. de Turquía y llevó al abandono virtual de esa Ley en la Persia shí’í; en fechas más recientes ha sido responsable de la disociación del Sistema que contempla el Kitáb-i-Aqdas respecto de la Ley eclesiástica sunní de Egipto, ha desbrozado el camino para el reconocimiento de dicho Sistema en Tierra Santa y está destinado a culminar en la secularización de los estados musulmanes y en el reconocimiento universal de la Ley de Bahá’u’lláh por todas las naciones, y su entronización en los corazones de todos los pueblos del mundo musulmán.

CAPÍTULO
III
LAS REVUELTAS
DE MÁZINDARÁN, NAYRÍZ
Y ZANJÁN
E

L cautiverio del Báb en un rincón remoto de Ádhirbáyján, inmortalizado por las medidas adoptadas en la Conferencia de Badasht, y distinguido por acontecimientos tan señalados como la declaración pública de Su misión, la formulación de las leyes de Su Dispensación y el establecimiento de Su Alianza, iba a adquirir mayor significado merced a las graves convulsiones a que dieron pie los actos de Sus adversarios y de Sus discípulos. Las conmociones que siguieron, conforme la cautividad se acercaba a su fin, y que culminaron en Su propio martirio, requirieron un alto grado de heroísmo por parte de Sus seguidores y una hostilidad encarnizada por parte de Sus enemigos, como nunca se había presenciado durante los tres primeros años de Su ministerio. Ciertamente, aquel breve, pero turbulentísimo, periodo admite ser considerado con justicia el más sangriento y dramático de la Edad Heroica de la Era bahá’í.

Los acontecimientos capitales relacionados con el encarcelamiento del Báb en Máh-Kú y Chihríq, al constituir el sello acreditativo de Su Revelación, no podían tener otra consecuencia que la de poner al rojo vivo tanto el fervor de Sus amantes como la furia de Sus enemigos. Pronto se desencadenó una persecución más cruel, más odiosa y más arteramente calculada que ninguna de cuantas concibiera H. usayn Khán, o incluso H. ájí Mírzá Áqásí, a la que acompañó una manifestación correspondiente de heroísmo sin parangón en ninguno de los primeros brotes de entusiasmo que saludaron el alumbramiento de la Fe tanto en Shiraz como en I fahán. Aquel

s. periodo de conmoción incesante y sin precedentes iba a privarle a la Fe, en rápida sucesión, de sus principales protagonistas, iba a alcanzar su clímax en la extinción de la vida de su Autor e iba a venir seguida de una eliminación, esta vez casi completa, de sus valedores eminentes, con la sola excepción de Aquel a Quien, en su hora aciaga, se le encomendó, por medio de la Dispensación de la Providencia, la doble función de salvar del exterminio una Fe agraviada e inaugurar la Dispensación destinada a reemplazarla. La asunción formal por parte del Báb de la autoridad del prometido Qá’im, en circunstancias tan dramáticas y con un tono tan desafiante, ante una reunión distinguida de ínclitos eclesiásticos shí’íes, poderosos, celosos, alarmados y hostiles, fue la carga explosiva que desató la avalancha de calamidades que se abalanzaron sobre la Fe y sobre el pueblo donde nació. Tornó rugiente el celo que bramaba en el alma de los discípulos dispersos del Báb, ya de suyo exasperados por el cruel cautiverio de su Adalid, cuyo ardor venían a redoblar las efusiones de Su pluma, las cuales manaban sin cesar desde el lugar de Su confinamiento. Provocó una controversia encendida y prolongada a lo largo y ancho del país, en los bazares, mezquitas, madrasas y otros lugares públicos, ahondando así la brecha que ya dividía a

sus gentes. Entretanto, en hora tan delicada, Mu ammad h. Sháh se hundía aceleradamente bajo el peso de sus achaques físicos. El capitidisminuido H. ájí Mírzá Áqásí, ahora puntal de los asuntos de Estado,

exhibió una vacilación e incompetencia tanto mayores cuanto más se extendía la gama de sus graves responsabilidades. Por momentos se sentía inclinado a apoyar el veredicto de los ‘ulamás; a veces censuraba su agresividad y desconfiaba de sus asertos; y en otros momentos, volvía a recaer en el misticismo y, envuelto en sus ensoñaciones, perdía de vista la gravedad de la emergencia que tenía ante sí.

Un desgobierno tan clamoroso de los asuntos nacionales envalentonó al estamento clerical, cuyos miembros lanzaban ahora con celo maligno sus anatemas desde el púlpito, e incitaban vociferantes a las supersticiosas feligresías a empuñar las armas contra los secuaces de tan odiado credo, a insultar el honor de sus mujeres, a saquear sus propiedades y a hostigar y herir a sus hijos. «¿Qué hay de los signos y prodigios», rugían ante innumerables asambleas, «que deben inaugurar Su advenimiento?¿Qué hay de la Ocultación Mayor y Menor?¿Qué de las ciudades de Jábulqá y Jábulsá?¿Cómo hemos de explicar los dichos de H. usayn-ibn-Rúh. y qué interpretación debe darse a las tradiciones auténticas de Ibn-i-Mihríyár?¿Dónde están los Hombres del Invisible, quienes atravesarán, en una semana, la faz entera de la tierra?¿Qué hay de la conquista de Oriente y Occidente que el Qá’im ha de realizar con Su aparición?¿Dónde está el Anticristo de un solo ojo y el asno que ha de montar?¿Y qué de Sufyán y su dominio?» «¿Acaso nosotros», protestaban ruidosamente, «hemos de dar por letra muerta las tradiciones innúmeras e indudables de nuestros Santos Imámes, o hemos de extinguir a fuego y espada esta herejía descarada que se ha atrevido a erguir su cabeza en nuestro país?» A estas difamaciones, amenazas y protestas los campeones eruditos y resueltos de una Fe tergiversada, a imitación de su Guía, opusieron sin vacilar tratados, comentarios y refutaciones, escritos con asiduidad, de argumento sólido, repletos de testimonios lúcidos, elocuentes y convincentes, en los que se afirmaba la creencia en la Profecía de Mu ammad, en la legitimidad de los Imá

h. mes, en la soberanía espiritual del Sá ibu’z-Zamán («El Señor de

. h. la Época»), se interpretaban magistralmente las tradiciones oscuras y decididamente alegóricas y abstrusas, los versículos y profecías de las santas Escrituras islámicas, y se aducía, en apoyo de lo afirmado, la mansedumbre y obvio desamparo del Imam H. usayn, quien, a pesar de la derrota, de su descalabro e ignominioso martirio, había sido saludado por sus antagonistas como la encarnación misma y símbolo impar de la soberanía y poder conquistador de Dios.

La enconada controversia encendió al país entero y ya había asumido proporciones alarmantes cuando Mu ammad h. Sháh sucumbió por fin a la enfermedad, precipitando con su muerte la caída del ministro favorito y todopoderoso, H. ájí Mírzá Áqásí, quien, despojado enseguida de los tesoros que acaparó, cayó en desgracia, fue expulsado de la capital y buscó refugio en Karbilá. Ná iri’d-Dín Mír

s.

zá ascendió al trono a los diecisiete años de edad, dejando la dirección de los asuntos al obstinado y glacial Amír-Ni ám, Mírzá Taqí

z. Khán, quien, sin consultar con sus colegas ministros, decretó que se aplicara castigo puntual y condigno a los indefensos babíes. En todas las provincias los gobernadores, magistrados y servidores públicos, instigados por la monstruosa campaña de difamación aventada por el clero, e impulsados por su mórbido deseo de recompensas pecuniarias, rivalizaban en sus respectivas esferas por acosar y acumular indignidades sobre los seguidores de una Fe proscrita. Por vez primera en la historia de la Fe se lanzaba contra ella una campaña sistemática en la que se juramentaban los poderes civiles y eclesiásticos, una campaña que habría de culminar en los horrores experimentados por Bahá’u’lláh en el Síyáh-Chál de Teherán y en Su destierro posterior a Irak. El gobierno, el clero y el pueblo se alzaron, todos a una, para asaltar y exterminar a su enemigo común. En los centros remotos y aislados, los discípulos dispersos de una comunidad perseguida fueron rematados sin misericordia por las espadas del enemigo, en tanto que allá donde las concentraciones eran mayores se adoptaron medidas de autodefensa, las cuales, tergiversadas por un adversario astuto y mendaz, sirvieron a su vez para exacerbar aún más la hostilidad de las autoridades y multiplicar los ultrajes perpetrados por el opresor. Al este, en Shaykh T.abarsí; al sur, en Nayríz; al oeste, en

Zanján; y en la propia capital, las matanzas, revueltas, manifestaciones, combates, asedios y actos de traición proclamaron, en rápida sucesión, la violencia del vendaval que se había desatado, puso de manifiesto la bancarrota y enlutó los anales de un pueblo orgulloso, pero degenerado.

La audacia de Mullá H. usayn quien, por orden del Báb, se había tocado la cabeza con el turbante verde que llevara y le hiciera llegar su Maestro, e izó el Estandarte Negro, cuyo despliegue, de acuerdo con el profeta Mu ammad, anunciaba el advenimiento del vicege

h. rente de Dios en la tierra, y quien, montado en su corcel, marchó a la cabeza de doscientos dos condiscípulos suyos para encontrarse con Quddús y prestarle auxilio en Jazíriy-i-Khad.rá («la Isla Verde»); su audacia fue la señal del combate cuyas reverberaciones habrían de resonar traspasando el país entero. La contienda duró no menos de once meses. Su escenario se localizó en su mayor parte en los bosques de Mázindarán. Fueron Sus héroes la flor de los discípulos del Báb. Entre sus mártires se incluyeron no menos de la mitad de las Letras del Viviente, sin excluir a Quddús y Mullá H. usayn, respectivamente la última y la primera de dichas Letras. La fuerza rectora que, por más que sin hacerse notar, la nutrió no fue sino la que fluía de la mente de Bahá’u’lláh. Fue causada por la decisión no oculta de los heraldos de una Nueva Época de proclamar, digna e intrépida

mente, su advenimiento, así como por el empeño invencible, en el caso de que la persuasión fracasara, de resistir y defenderse contra la acometida de unos asaltantes maliciosos e irrazonables. La contienda demostró, más allá de todo asomo de duda, lo que el espíritu indomable de una banda de trescientos trece estudiantes sin pertrechos ni formación, pero ebrios de Dios, en su mayor parte reclusos sedentarios del colegio y del claustro, podían lograr si se les forzaba a defenderse contra un ejército entrenado, bien equipado, apoyado por la masa del pueblo, bendecido por el clero, encabezado por un Príncipe de sangre real, reforzado por los suministros del Estado y que actuaba con el apoyo y aprobación entusiastas de su Soberano, animado por los consejos indefectibles de un ministro resuelto y todopoderoso. Su resultado fue una traición odiosa que culminó en una orgía de muerte, la cual mancilló con infamia sempiterna a sus perpetradores, e invistió a las víctimas de un halo de gloria imperecedera, generando así las semillas mismas que, en una época posterior, habrían de florecer en forma de instituciones administrativas mundiales, y que deben, en la plenitud del tiempo, arrojar su fruto dorado en un Orden que redima al mundo y abrace la tierra.

Huelga intentar incluso un relato abreviado de este trágico episodio, pese a su grave importancia, y pese a haber sido harto tergiversado por cronistas e historiadores adversos. A los efectos de estas páginas baste repasar sus rasgos destacados. Al evocar los eventos de esta gran tragedia, apreciamos la fortaleza, la intrepidez, la disciplina y el ingenio de sus héroes, en agudo contraste con la torpeza, cobardía, desorden e inconstancia de sus enemigos. Observamos la sublime paciencia, la noble restricción demostrada por uno de sus actores principales, Mullá H. usayn, quien con leonino corazón rechazó insistentemente desenvainar su espada hasta que la multitud, armada y enfurecida, y que pronunciaba las invectivas más viles, húbose reunido a una parasanga de Bárfurúsh para cortarles el paso y derribado mortalmente a siete de sus inocentes y recios compañeros. Nos llena de admiración la tenacidad de Fe que el mismo Mullá H. usayn demostró al perseverar en hacer sonar el adhán, mientras sufría asedio en el caravasar de Sabsih-Maydán, a pesar de que tres de sus compañeros, que habían ascendido sucesivamente al techo de la posada, con el deseo expreso de realizar el rito sagrado, cayeron muertos al instante bajo las balas enemigas. Nos maravilla el espíritu de renuncia que impulsó a aquellos sufrientes oprimidos a pasar por alto con desprecio las posesiones que los enemigos dejaron tras de sí en su huida; que les llevó a prescindir de sus propias pertenencias y a contentarse con sus corceles y espadas; y que indujo al padre de Badí‘, miembro de aquella compañía galante, a arrojar sin pensárselo al borde del camino la bolsa repleta de turquesas que había traído de la mina paterna de Níshápúr; que llevó a Mírzá Mu ammad-Taqíy-i-.

hJuvayní a desprenderse de una suma equivalente de plata y oro; y que impulsó a los mismos compañeros a desdeñar y rechazar incluso tocar el precioso ajuar y los cofres de oro y plata que el desmoralizado y deshonrado príncipe Mihdí-Qulí Mírzá, el comandante del ejército de Mázindarán y hermano de Mu ammad h. Sháh, había abandonado en su huida despavorida del campamento. No podemos por menos de apreciar la sinceridad apasionada con que Mullá

H. usayn intervino ante el Príncipe, así como las garantías formales que le dio a éste, negando, en lenguaje diáfano, cualquier intención por su parte o la de sus condiscípulos de usurpar la autoridad del Sháh o de subvertir los cimientos del Estado. No podemos sino ver con desprecio la conducta de ese villanísimo, el histérico, el cruel e imperioso Sa‘ídu’l-‘Ulamá, quien, alarmado ante la llegada de esos mismos compañeros, lanzó rodando su turbante, en un arrebato de excitación, ante una inmensa turba de hombres y mujeres, desgarró el cuello de su túnica y, lamentando la postración en que había caído el islam, imploró a su congregación que corriera a empuñar las armas y salir al paso de la banda que se acercaba. Nos llena de maravilla el contemplar la destreza sobrehumana que permitió a Mullá

H. usayn, no obstante su cuerpo frágil y mano temblorosa, dar muerte a un enemigo traicionero que se refugió tras un árbol, partiendo en dos de un solo mandoble el árbol, el hombre y su mosquete. Nos conmueve, además, la escena de la llegada al Fuerte de Bahá’u’lláh, el júbilo indescriptible que comunicó a Mullá H. usayn, la recepción reverente que Le tributaron Sus condiscípulos, Su inspección de las fortificaciones que habían levantado apresuradamente para protegerse, y el consejo que les impartió y que dio lugar a la liberación milagrosa de Quddús, a la asociación posterior y estrecha de éste con los defensores del Fuerte, y a su participación efectiva en las hazañas relacionadas con el asedio y destrucción postreras. Nos aturde la serenidad y sagacidad de ese mismo Quddús, la confianza que inspiró a su llegada, el ingenio que desplegó, el fervor y alborozo con que los sitiados escuchaban por la mañana y al atardecer la voz que entonaban los versículos de su célebre comentario sobre el S. ád de S. amad, sura al que, hallándose en Sárí, había dedicado un tratado cuyo volumen triplicaba el del Corán, y que ahora, a pesar de los ataques tumultuosos del enemigo y las privaciones que él y sus compañeros soportaban, proseguía elucidando con la suma de tantos versículos de interpretación como los que ya había escrito. Recordamos con corazones estremecidos aquel encuentro memorable cuando, ante el grito «¡Montad vuestros corceles, oh héroes de Dios!», Mullá

H. usayn, acompañado por doscientos dos de entre los sitiados y gravemente amenazados compañeros, y precedido por Quddús, salieron del Fuerte antes del amanecer y, alzando el grito de «¡Yá

S. á ibu’z-Zamán!», arremetieron contra el bastión del Príncipe hasta h. dar con sus aposentos personales, donde, para su consternación descubrieron que se había arrojado al foso por la ventana trasera, escapando descalzo y dejando a sus huestes confusas y derrotadas. Vemos revivir el recuerdo mortificante del último día de la vida terrenal de Mullá H. usayn, cuando, poco después de la medianoche, tras realizar sus abluciones, luciendo nuevo ropaje y tocado con el turbante del Báb, tras montar a la grupa de su corcel y ordenar que se abriesen las puertas del Fuerte, encabezó la comitiva de trescientos trece compañeros al grito de «¡Yá . á ibu’z-Zamán!», realizó .

Shsiete cargas sucesivas contra sendas barricadas enemigas, todas las cuales cayeron pese a que las balas arreciaban, dio rápida cuenta de sus defensores y ya había dispersado sus fuerzas cuando, en el tumulto que siguió, habiéndose trabado su corcel repetidamente en la soga de una tienda, y antes de poder zafarse, fue abatido por una bala, que le acertó en el pecho, disparada por el cobarde ‘Abbás-Qulí Khán-i-Láríjání, quien se había apostado al acecho oculto en el ramaje de un árbol próximo. Aclamamos el valor magnífico que, en un encuentro posterior, inspiró a aquellos compañeros aguerridos a em-bestir contra un campo enemigo que desplegaba no menos de dos regimientos de infantería y caballería, causando tal consternación que uno de sus prebostes, el mismo ‘Abbás-Qulí Khán, al caer de la montura, tras dejar al pie del estribo una de las botas, corrió, medio descalzo y confundido, al encuentro del Príncipe, a quien confesaría el revés ignominioso que había sufrido. Tampoco podemos dejar de tomar nota de la fortaleza soberbia con la que aquellas almas heroicas soportaron el peso de severas pruebas; cuando la comida se redujo al principio a la carne de las caballerías capturadas del desierto campo enemigo; cuando más tarde debieron contentarse con las hierbas que arrancaban del campo cuando lograban una tregua de los sitiadores; cuando forzados, más tarde, a consumir la corteza de los árboles y el cuero de sus sillas, cinturones, vainas y calzados; cuando durante dieciocho días les faltó de todo, salvo el sorbo de agua que apuraban cada mañana; cuando las andanadas enemigas les forzaban a cavar pasadizos subterráneos dentro del Fuerte; cuando, obligados a vivir en medio del barro y del agua, ya raídas sus prendas por la humedad, debieron subsistir a base de huesos molidos; y cuando, al final, acuciados por un hambre corrosivo, se vieron obligados, según atestigua un cronista contemporáneo, a desenterrar el corcel de su venerable guía, Mullá H. usayn, a despedazarlo, y reducir a polvo sus huesos, una molienda que, mezclada con la carne putrefacta, fue el plato que devoraron con avidez.

Ni cabe omitir una referencia a la traición abyecta a la que el Príncipe, impotente y desacreditado, hubo de recurrir, violando lo que se aseguraba era un juramento irrevocable, inscrito y sellado por él al margen del primer sura del Corán y que, expresado sobre aquel Santo libro, garantizaba la liberación de todos los defensores del Fuerte, empeñaba el honor del autor en que ningún hombre del ejército o de las inmediaciones los molestarían, y en que él mismo, a su propia costa, dispondría el traslado seguro a sus hogares. Finalmente, traemos al recuerdo la escena final de aquella tragedia sombría, cuando, como consecuencia de la violación del sagrado compromiso del Príncipe, cierto número de los compañeros traicionados de Quddús fueron reunidos en el campo enemigo, privados de sus posesiones y vendidos como esclavos, siendo el resto atravesados por las lanzas o pasados por la espada de los oficiales, o bien despedazados o amarrados a árboles y acribillados a balazos, disparados desde la embocadura del cañón o entregados a la pira, o bien reventados mientras sus cabezas eran ensartadas en lanzas y venablos. Quddús, su guía bienamado, fue entregado, tras otro acto vergonzoso cometido por un Príncipe temeroso, a manos del diabólico Sa‘ídu’l-‘Ulamá, quien, en su hostilidad inextinguible y ayudado por una plebe cuyas pasiones había enardecido con esmero, despojó a la víctima de sus ropas, la cargó de cadenas, la hizo desfilar por las calles de Bárfurú sh, e incitó a la chusma femenina a profanarlo y escupirle, a asaltarle con navajas y hachas, a mutilar su cuerpo y arrojar sus fragmentos destrozados al fuego.

Este episodio conmovedor, tan glorioso para la Fe, tan degradante para la reputación de sus enemigos, un episodio que debe considerarse un raro fenómeno en la historia de los tiempos modernos, pronto encontró su paralelo en una revuelta de rasgos en esencia extraordinariamente similares. El escenario de las horrendas tribulaciones se desplazaba ahora al sur, a la provincia de Fárs, no lejos de la ciudad donde la luz naciente de la Fe había despuntado. Correspondió a Nayríz y sus alrededores encajar el furioso embate de esta nueva prueba. El Fuerte de Khájih, en los alrededores del barrio de Chinár-Sú khtih de aquella población sobremanera agitada se convirtió en el vórtice de la nueva conflagración. El héroe que habría de descollar entre sus compañeros, debatiéndose valientemente hasta caer víctima de sus llamas devoradoras fue esa «única e impar figura de la época», el muy afamado Siyyid Ya h. yáy-i-Dárábí, más conocido como Va h.íd. El primero entre sus pérfidos adversarios, quien prendió y cebó el fuego de la conflagración, fue el vil y fanático gobernador de Nayríz, Zaynu’l-‘Ábidín Khán, secundado por ‘Abdu’lláh Khán, el Shujá‘u’l-Mulk, respaldados a su vez por el príncipe Fírúz Mírzá, gobernador de Shiraz. Aunque la revuelta fue mucho más breve que la de Mázindarán (que duró no menos de once meses), las atrocidades que marcaron su etapa final implicaron consecuencias no menos devastadoras. Una vez más, un puñado de hombres, inocentes, respetuosos de la ley, amantes de la paz, y no obstante indómitos y briosos, y en este caso se trataba de jóvenes sin instrucción y hombres de edad avanzada, se vio sorprendido, retado, cercado y asaltado por la superior fuerza de un enemigo cruel y artero, una hueste ilimitada de hombres capaces que, a pesar de estar bien entrenados, correctamente equipados y reforzados de continuo, fueron incapaces de forzar la sumisión o doblegar el espíritu de sus adversarios.

Esta nueva conmoción dio lugar a declaraciones de fe tan intrépidas y apasionadas, y a demostraciones de entusiasmo religioso casi tan vehementes y trágicas como las que habían inaugurado la revuelta de Mázindarán. Vino a instigarla un ramalazo violento y no menos continuo de intransigente hostilidad eclesiástica. Fue seguida de las manifestaciones correspondientes de ciego fanatismo religioso. La provocaron actos similares de agresión frontal por parte del clero y del pueblo. Demostró una vez más idéntico propósito, estuvo insuflada todo este tiempo por el mismo espíritu y se elevó a la misma altura de heroísmo sobrehumano, de fortaleza, valor y renuncia. Destapó una alianza de planes y de esfuerzos entre las autoridades civiles y eclesiásticas no menos astutamente urdida y destinada a retar y desbancar a un enemigo común. Estuvo precedida por un repudio categórico similar por parte de los babíes, quienes alegaban no albergar intención alguna de interferir en la jurisdicción civil del reino o de socavar la autoridad legítima del Soberano. Proporcionó un testimonio no menos convincente del refrenamiento y paciencia de las víctimas frente a la agresión despiadada e infundada del agresor. Puso de manifiesto, según llegaba a su clímax, y de modo no menos sorprendente, la cobardía, la indisciplina y la degradación de un enemigo espiritualmente en bancarrota. Se significó, próximo ya el fin, por una traición tan vil como vergonzosa. Terminó en una matanza incluso más repugnante debido a los horrores que suscitó y a las miserias que engendrara. Selló el destino de Vá íd, quien fue

h. amarrado a un caballo con su turbante verde, emblema de la honra

de su linaje, y arrastrado con ignominia por las calles, tras de lo cual su cabeza fue sajada, rellenada de paja y enviada como despojo al regocijado Príncipe de Shiraz, en tanto que su cuerpo fue abandonado a merced de las furibundas mujeres de Nayríz, quienes, ebrias de bárbaro júbilo ante el griterío exultante de un enemigo triunfal, danzaban en círculo al son de címbalos y tambores. Finalmente, como colofón, siguió la marcha de cinco mil hombres, especialmente comisionados con la tarea de lanzar un asalto general y fiero contra los indefensos babíes, cuyas posesiones fueron confiscadas, cuyas casas quedaron destruidas, cuyo bastión se redujo a cenizas, cuyas mujeres e hijos sufrieron captura, algunos de los cuales, prácticamente desnudados, hubieron de montar a lomos de burros, mulas y camellos para ser trasladados en medio de hileras de cabezas pertenecientes a los cadáveres de sus padres, hermanos, hijos y maridos, a quienes previamente se les habían marcado con hierros, se les había arrancado las uñas, se les había azotado hasta morir o se les había clavado cuñas en manos y pies, o se les había perforado la nariz para mediante un cordel pasearlos por las calles en cabestro ante la mirada de una multitud airada y burlona.

Este desconcierto, con sus grandes estragos y zozobras, apenas había concluido cuando otro enfrentamiento, incluso más destructivo que las dos revueltas anteriores, prendió en Zanján y sus proximidades. Sin precedentes tanto por su duración como por el número de personas que asoló su furia, esta violenta tempestad que estalló en el oeste de Persia, y en la que Mullá Mu ammad ‘Alíy-i-Zanjání, apo

h. dado H. ujjat, uno de los campeones más capaces y formidables de la Fe, junto con no menos de mil ochocientos condiscípulos suyos, apuró el cáliz del martirio, definió con mayor agudeza que nunca el foso infranqueable que separaba a los portaestandartes de la naciente Fe, frente a los representantes civiles y eclesiásticos de un Orden gravemente sacudido. Las figuras principales y en su mayor parte res

ponsables e inmediatamente interesadas en esta espantosa tragedia fueron el envidioso e hipócrita Amír Arslán Khán, el Majdu’d-Dawlih,

sI fáhání y Mu ammad Khán, el Amír-Túmán, quienes contaron con tío materno de Ná iri’d-Dín . Sháh, y sus socios, el S. adru’d-Dawliy-i

s. h.

el concurso, por un lado, de sustanciosos refuerzos militares despachados por orden del Amír-Ni ám, y secundados, por otro, por el

z. entusiasta apoyo moral que le tendiera la totalidad del estamento eclesiástico de Zanján. El lugar que se convirtió en el teatro de las heroicas proezas, en la escena de intensos sufrimientos y en el objeto de los reiterados asaltos furiosos, fue el Fuerte de ‘Alí-Mardán Khán, el cual en determinado momento resguardó a no menos de tres mil babíes, incluyendo hombres, mujeres y niños, el relato de cuyas agonías carece de igual en los anales de todo un siglo. Una breve referencia a ciertos rasgos sobresalientes de este luctuoso episodio, que habría de dotar a la infante Fe de potencialidades inconmensurables, bastará para revelar su carácter señero. Las escenas patéticas que siguieron a la división de los habitantes de Zanján en dos campos diferenciados, dispuesta por orden del Gobernador, una decisión que, dramáticamente proclamada por un pregonero,

disolvió los lazos de interés y afecto mundanos en favor de una leal-tad más poderosa; las exhortaciones reiteradamente dirigidas por

H. ujjat a los asediados de refrenarse de cometer actos de agresión o violencia; su afirmación, al recordar la tragedia de Mázindarán, de que la victoria consistía tan sólo en sacrificar su ser en el altar de la causa del . á ibu’z-Zamán, y su intención declarada de que sus com-.

Shpañeros albergaban la intención invariable de servir con lealtad al Soberano y de ser los deseosos del bien público; la intrepidez asombrosa con que estos mismos compañeros repelieron el feroz asalto lanzado por el S. adru’d-Dawlih, quien a la sazón se vio obligado a confesar su fracaso miserable, sufrió los reproches del Sháh y padeció la degradación; el desprecio con el que los ocupantes del Fuerte atendieron al llamamiento del pregonero, quien actuaba en nombre de un enemigo desesperado tratando de engatusarles para que renunciasen a su Causa mediante ofertas y promesas generosas del Soberano; el ingenio e increíble audacia de Zaynab, doncella de aquel pueblo, quien, enardecida por un anhelo incontenible de sumar su suerte a la de los defensores del Fuerte, se disfrazó con atuendo masculino, cortó sus bucles, se ciñó la espada y, alzando el grito de «¡Yá S. á ibu’z-Zamán!», corrió directamente en persecución de los h. asaltantes, una Zaynab que, desatendiendo comida y sueño, prosiguió durante un periodo de cinco meses, en plena refriega, reavivando el celo, aprestándose rauda al rescate de sus compañeros varones; el impresionante rugido elevado por los guardas que vigilaban las barricadas mientras tronaban las cinco invocaciones prescritas por el Báb, la noche misma en que Sus instrucciones fueron recibidas, un rugido que provocó la muerte de varias personas del campo enemigo, causó que los disolutos oficiales dejaran caer al instante sus copas de vino y volcó las mesas de juego, haciendo que unos corrieran descalzos, o induciendo a otros a huir desvestidos por los yermos

o despavoridos hasta las casas de los ‘ulamás; he aquí los hitos de esta contienda sangrienta. Igualmente, recordamos el contraste entre el desorden, las maldiciones, las carcajadas groseras, el desenfreno y la desvergüenza que caracterizaba al campo enemigo, y la atmósfera de devoción reverente que colmaba el Fuerte, desde donde sin remisión ascendían himnos de alabanza y cánticos de alegría. Ni podemos dejar de consignar el llamamiento dirigido al Sháh por H. ujjat y sus principales valedores, en virtud del cual rechazaban los maliciosos asertos del enemigo, reafirmaban su lealtad para con él y su gobierno, y de su disposición para establecer en su presencia la solidez de su Causa; la interceptación de dichos mensajes efectuada por el Gobernador y su sustitución por cartas falsificadas llenas de insultos que fueron enviadas en su lugar a Teherán; el apoyo entusiasta que ofrecieron los ocupantes femeninos del Fuerte, los clamores de alegría exultante que levantaron, el afán con que algunas de ellas, disfrazadas con ropaje masculino, se apresuraron a reforzar sus defensas y ocupar el lugar de los hermanos caídos, mientras otras cuidaban de los enfermos, portaban a hombros odres de agua para los heridos, y aun otras, como las mujeres cartaginesas de antaño, cortaron sus largas trenzas para ceñir con ellas los cañones en apretada madeja y a modo de refuerzo; la traición inmunda de los sitiadores, quienes el mismo día en que redactaron el llamamiento de paz y adjuntaron un ejemplar sellado del Corán en prenda de su compromiso, lo enviaron a H. ujjat, no se abstuvieron de arrojar a un calabozo a los miembros de la delegación, niños incluidos, que éste había enviado para tratar con ellos, ni se recataron de arrancarle la barba al venerable jefe de la delegación o de mutilar salvajemente a uno de sus condiscípulos. También traemos al recuerdo la magnanimidad de H. ujjat, quien, si bien estaba afligido por la repentina pérdida de su esposa e hijo, prosiguió con calma imperturbable exhortando a sus compañeros a ejercer la paciencia y a resignarse a la voluntad de Dios, hasta que él mismo sucumbió a la herida que le asestó el enemigo; la bárbara venganza con que un adversario incomparable-mente superior en número y equipamiento se ensañó con las víctimas, entregándolas a la matanza y el pillaje, de ferocidad y alcances sin precedentes, y a las que un ejército capaz, un populacho avariento y un clero implacable dieron rienda suelta; el abandono de los cautivos de ambos sexos, hambrientos, semidesnudos y expuestos durante no menos de quince días con sus noches al frío gélido de un invierno excepcionalmente riguroso, mientras un gran mujerío bailaba alegremente a su alrededor y les escupían lanzándoles las más viles invectivas; la crueldad salvaje que condenó a otros a ser disparados de la boca de un cañón o a que los sumergieran en agua helada para acto seguido fustigarlos sañudamente, o a ver cómo sus cabezas eran remojadas en aceite hirviendo, embadurnadas de tríaca y condenadas a morir en la nieve; y, finalmente, el odio insaciable que impulsó al astuto gobernador a inducir mediante insinuaciones al hijo de siete años de H. ujjat a que divulgara el emplazamiento de la tumba de su padre, información que le permitió profanar la sepultura, desenterrar el cadáver y ordenar que lo arrastraran al son de tambores y trompetas por las calles de Zanján, para luego exponerlo durante tres días y tres noches a vituperios inenarrables. Estos y otros incidentes similares relacionados con la historia épica de la revuelta de Zanján, a la que lord Curzon calificó de «terrible asedio y carnicería», se alían para revestirla de una gloria sombría no superada por ninguno de cuantos episodios análogos hayan registrado los anales de la Edad Heroica de la Fe de Bahá’u’lláh.

Ante la oleada de calamidades que, durante los años postreros del ministerio del Báb, arrasaron con tan ominosa furia las provincias de Persia, bien del este, del sur, o del oeste, el corazón y centro del reino mismo no podía permanecer intocable. Cuatro meses antes del martirio del Báb, le llegó a Teherán el turno de participar, en menor medida y en circunstancias menos dramáticas, en la carnicería que mancilló la faz del país. En aquella ciudad se vivió una tragedia que no fue sino el preludio de la orgía asesina que, después de la ejecución del Báb, convulsionó a sus habitantes y sembró el desconcierto incluso en las provincias de la periferia. Tuvo su origen en las órdenes del airado y criminal Amír-Ni ám, ante cuyos mismos

z. ojos fue perpetrado, contó con el apoyo de Ma múd h. Khán-i-Kalantar y el concurso de cierto H. usayn, uno de los ‘ulamás de Kashán. Los héroes de la tragedia fueron los Siete Mártires de Teherán, quienes representaban a los estamentos más importantes de entre sus contemporáneos y quienes, de forma deliberada, rechazaron redimir su vida mediante una simple retractación verbal, que bajo el nombre de «taqíyyih», ha sido reconocida durante siglos por el islam shí’í como un subterfugio completamente justificable y a decir verdad recomendable en momentos de peligro. Ni las intercesiones repetidas y vigorosas de los miembros situados en los puestos más altos de las profesiones a las que dichos mártires pertenecían, ni las sumas considerables, que, en el caso de uno de ellos –el noble y sereno H. ájí Mírzá Siyyid ‘Alí, tío materno del Báb–, estaban dispuestos a ofrecer como rescate los mercaderes acaudalados de Shiraz y Teherán, ni las súplicas apasionadas de los funcionarios de estado en favor de otro

–el piadoso y altamente estimado derviche Mírzá Qurbán-‘Alí– ni siquiera la intervención personal del Amír-Ni ám, quien se esforzó

z.

por inducir a estos dos hombres valerosos a renegar de su fe, lograron persuadirles a ninguno de los siete a abandonar los ansiados laureles del martirio. Las respuestas desafiantes que lanzaron a sus perseguidores; la alegría extática que se apoderó de ellos conforme se acercaban a la escena de la muerte; los rugidos de júbilo que alzaron al verse frente al verdugo; el dramatismo de los versículos que, en los últimos momentos, recitaron algunos de ellos; los llamamientos y envites que dirigieron a la multitud de espectadores estupefactos; y el afán con que las tres últimas víctimas rivalizaron por sellar su fe con su sangre; y, por último, las atrocidades con que un enemigo sanguinario se degradó al ensañarse con los cadáveres, los cuales quedaron insepultos durante tres días y tres noches en el Sabzih-Maydán, tiempo durante el cual miles de los supuestos devotos shí’íes los patearon, les escupieron al rostro, los apedrearon, maldijeron, escarnecieron y volcaron inmundicias sobre ellos; éstos son algunos de los rasgos principales de la tragedia de los Siete Mártires de Teherán, que descuella como uno de los sucesos más sombríos ocurridos en el despliegue inicial de la Fe de Bahá’u’lláh. No es de extrañar, pues, que el Báb, abrumado en la Fortaleza de Chihríq por el peso de las angustias acumuladas, los haya aclamado y glorificado, en las páginas de una elegía extensa que inmortalizó su fidelidad a la Causa identificándolos como esas «Siete Cabras», que, de acuerdo con la tradición islámica, en el Día del Juicio habrían de «avanzar al frente» delante del prometido Qá’im, y cuya muerte habría de preceder al cercano martirio de su verdadero Pastor.

CAPÍTULO
IV
LA EJECUCIÓN
DEL BÁB
L

AS oleadas de horrendas tribulaciones que zarandearon la Fe y que a la sazón atraparon, en rápida sucesión, a los discípulos más capaces, más queridos y de mayor confianza del Báb acabaron sumiéndole, tal como se indicaba, en angustias inenarrables. Durante no menos de seis meses, el Prisionero de Chihríq, según consigna Su cronista, fue incapaz de escribir o dictar. Transido de dolor por las malignas nuevas que con tal inmediatez reclamaban su atención, llevándole a Su ánimo el sinfín de pruebas que asediaban a Sus más avezados lugartenientes, las agonías que sufrían los sitiados, la bochornosa traición que sufrieran los supervivientes, las funestas aflicciones soportadas por los cautivos, la carnicería abominable de hombres, mujeres y niños, así como las indignidades perpetradas sobre sus cadáveres, Él, durante nueve días, según afirma Su amanuense, Se negó a recibir a ninguno de Sus amigos y Se negó a probar cualquier vianda o bebida que se Le ofreciera. Las lágrimas manaban continuamente de Sus ojos, Su corazón herido derramaba profusas expresiones de angustia mientras languidecía durante no menos de cinco meses, solitario y desconsolado, en Su prisión.

Los pilares de Su infante Fe quedaron derribados, en su mayor parte, ante la primera racha huracanada que rompió contra ella. Quddús, inmortalizado por Él como Ismu’lláhi’l-Ákhir («el Último Nombre de Dios»); a quien Bahá’u’lláh Se referiría más tarde en la Tabla de Kullu’ -t. T.a‘ám con el apelativo sublime de Nuq iy-i-U t. khrá («el Último Punto»); a quien elevó, en otra Tabla, a un rango sólo superado por el del Heraldo de Su Revelación; a quien identifica, en otra Tabla, con uno de los «Mensajeros acusados de impostura» que se mencionan en el Corán; a quien el Bayán persa ensalza como el compañero de peregrinación alrededor del cual giran espejos cuyo número alcanza ocho vá ídes; de cuyo «desprendimiento y la sinceridad

h.

de cuya devoción hacia la voluntad divina, Dios mismo Se honra ante el Concurso de lo Alto»; a quien ‘Abdu’l-Bahá designó como la «Luna de Guía»; y cuya aparición previó la Revelación de san Juan el Divino como uno de los dos «Testigos» a quienes se les insuflará «el espíritu de vida procedente de Dios» antes de que «haya transcurrido el segundo ay», tal hombre había sufrido en la flor de su juventud, en el Sabzih-Maydán de Bárfurú sh, una muerte que incluso Jesucristo, como atestigua Bahá’u’lláh, no arrostró en la hora de Su mayor agonía. Mullá

H. usayn, la primera Letra del Viviente, llamado el Bábu’l-Báb («la Puerta de la Puerta»); designado el «espejo Primordial»; a quien la pluma del Báb colmó de elogios, oraciones y Tablas de Visitación equivalentes en volumen al triple del Corán; a quien se hacía referencia en dichos elogios como «Bienamado de Mi Corazón»; el polvo de cuya tumba, ha declarado esa misma Pluma, era tan potente como para animar al contrito y sanar al enfermo; a quien envidian «las criaturas, levantadas al comienzo y al final» de la Dispensación Bábí, y a quien continuarán envidiando hasta el «día del Juicio»; a quien el Kitáb-i-Íqán aclama como aquel de no ser por quien «Dios no se habría establecido sobre la sede de Su misericordia, ni ascendido al trono de gloria eterna»; a quien Siyyid Ká im rindió tal homenaje que sus discípulos

z.

creyeron que el destinatario de tales alabanzas bien podía ser el Prometido, tal persona igualmente, murió mártir en T.abarsí, estando todavía en la flor de su virilidad. Va h. íd, a quien el Kitáb-i-Íqán declara ser «figura única e inapreciable de su época», hombre de erudición inmensa y la figura más destacada de cuantas se alistaron bajo la bandera de la nueva Fe, de cuyos «talentos y santidad», «grandes logros en el campo de la ciencia y la filosofía» da fe el Báb en Su Dalá’il-i Sab‘ih («Siete Pruebas»), viéndose arrastrado, en circunstancias similares, por la corriente de otra revuelta, pronto probó a su vez el cáliz apurado por los mártires heroicos de Mázindarán. H. ujjat, otro campeón de audacia conspicua, de voluntad insobornable, de celo vehemente y celoso y sobremanera original, se vio rápida e inevitablemente llevado al horno voraz cuyas llamas habían arrasado Zanján y sus alrededores. El tío materno del Báb, el único padre que había conocido desde Su infancia, Su escudo y sostén y guardián de confianza de Su madre y Su esposa, Le fue arrancado por el hacha del verdugo de Teherán. No menos de la mitad de los discípulos escogidos, las Letras del Viviente, le habían precedido en el campo del martirio.

T.áhirih, aunque todavía viva, seguía con valor un camino que inevitablemente la abocaba a la perdición.

Una vida próxima al fin, abrumada por las ansiedades, frustraciones, traiciones y angustias de un ministerio trágico, se encaminaba veloz a su apogeo. El periodo más turbulento de la Edad Heroica de la nueva Dispensación alcanzaba rápidamente su sazón. Se desbordaba el cáliz de la hiel amarga que el Heraldo de dicha Dispensación había probado. A decir verdad, Él mismo había predicho la cercanía de Su propia muerte. En el Kitáb-i-Panj-Sha‘n, una de Sus últimas obras, aludió al hecho de que el sexto Naw-Rúz desde que hubo declarado Su misión sería el último destinado a celebrar en vida. En Su interpretación de la letra Há, expresaba Su anhelo de ser martirizado, en tanto que en el Qayyúmu’l-Asmá’ profetizaba, en efecto, la inevitabilidad de tal consumación de Su gloriosa carrera. Cuarenta días antes de partir por última vez de Chihríq, incluso había recogido todos los documentos en Su posesión y los había entregado, junto con Su estuche, sellos y anillos, a Mullá Báqir, una de las Letras del Viviente, a quien dio instrucciones de que los confiase a Mullá ‘Abdu’l-Karím-i-Qazvíní, conocido como Mírzá A h. mad, quien debería entregárselas a Bahá’u’lláh en Teherán.

Mientras las convulsiones de Mázindarán y Nayríz proseguían su marcha sangrienta, el Gran Visir de Ná iri’d-Dín s. Sháh, en sus ansiosas cábalas sobre el significado de tan terribles acontecimientos, y temeroso de las repercusiones que podían acarrear sobre sus compatriotas, gobierno y Soberano, iba dándole febriles vueltas a una decisión que no sólo estaba abocada a dejar una huella indeleble en la suerte de su país, sino que también estaba cargada de consecuencias incalculables para el destino de la humanidad entera. Las medidas represivas adoptadas contra los seguidores del Báb, tal era su convicción, no habían servido más que para excitar su celo, acorazar su resolución y confirmar su lealtad a la perseguida Fe. El aislamiento y cautiverio del Báb habían producido el efecto contrario al que confiadamente previera el Amír-Ni ám. Sobremanera contrariado, con-

z.

denaba ahora con amargura la lenidad desastrosa de su predecesor,

H.

ájí Mírzá Áqásí, quien había llevado el caso a semejante coyuntura. Correspondía administrar, así lo creía, un castigo más drástico y ejemplar frente a lo que consideraba una herejía abominable que emponzoñaba las instituciones civiles y eclesiásticas del reino. Creía él que nada por debajo de la extinción de la vida de Quien era la fuente de tan odiosa doctrina y fuerza impulsora de un movimiento tan dinámico podría detener la marea que tantos estragos había causado a lo largo del país.

Proseguía aún el asedio de Zanján cuando, sin contar con las órdenes explícitas del Soberano, y actuando con independencia de sus consejeros y colegas ministros, transmitió sus instrucciones al príncipe H. amzih Mírzá, el H. ishmatu’d-Dawlih, el gobernador de Ádhirbáyján, por las que le ordenaba que ejecutara al Báb. Temiendo que la administración en la capital del reino de una pena tan condigna desatase fuerzas que acaso podían escapar a su control, ordenó que el Cautivo fuera conducido a Tabríz, y que allí se Le diera muerte. Ante la rotunda negativa del indignado Príncipe a realizar lo que consideraba un crimen infame, el Amír-Ni ám trasladó el encargo de

z. ejecutar sus órdenes a su propio hermano, Mírzá H. asan Khán. Con prisas y fácilmente pudieron tramitarse las formalidades de rigor des

tinadas a garantizar la autorización precisa de los principales mujtahides de Tabríz. Ni Mullá Mu ammad-i-Mamáqání, quien había re-

h.

dactado la sentencia de muerte del Báb el mismo día en que fuera interrogado en Tabríz, ni Hájí Mírzá Báqir, ni Mullá Murta á-Qulí, a

. d. cuyas casas fue conducida ignominiosamente la Víctima por un farrásh-báshí, siguiendo órdenes del Gran Visir, condescendieron a encontrarse cara a cara con su temido Oponente. Inmediatamente antes y poco después del tratamiento humillante que Le fuera aplicado al Báb, tuvieron lugar dos incidentes harto significativos, incidentes que arrojan una luz preclara sobre las circunstancias misteriosas que rodearon la fase inicial de Su martirio. El farrásh-báshí había interrumpido la última conversación que el Báb sostenía confidencialmente en una de las habitaciones de los cuarteles con Su amanuense, Siyyid H. usayn, y estaba haciendo a un lado a este último entre agrias reprensiones, cuando Su Prisionero Se dirigió a él con estas palabras: «Hasta tanto no haya dicho cuanto deseo manifestar, ningún poder en la tierra podrá silenciarme. Aunque todo el mundo se armara contra Mí, no obstante sería impotente para impedir que cumpla, hasta la última palabra, Mi intención». Al cristiano Sám Khán, coronel del regimiento armenio encargado de la ejecución, quien temía viva-mente que su acto provocara la cólera de Dios y quien había rogado que se le excusara del deber impuesto, el Báb dio la siguiente garantía: «Seguid vuestras instrucciones», le respondió el Báb, «y si vuestra intención es sincera, el Todopoderoso sin duda resolverá vuestras perplejidades». En consecuencia, Sám Khán se dispuso a cumplir con su deber. En el pilar que separaba las dos habitaciones de los cuarteles que daban a la plaza fue clavado un barrote. Se amarraron a éste dos sogas de las que fueron suspendidos por separado el Báb y uno de

sus discípulos, el joven y devoto Mírzá Mu ammad-‘Alí-i-Zunúzí, h.

conocido como Anís, quien previamente se había postrado a los pies de su Maestro implorándole que bajo ninguna circunstancia se le apartase de Él. El pelotón de ejecución se apostó en tres hileras, de

doscientos cincuenta hombres cada una. Una tras otra abrieron fuego, hasta que el destacamento entero descargó sus balas. Fue tan densa la humareda de los setecientos cincuenta rifles que el cielo quedó a oscuras. Tan pronto como se disipó el humo, una multitud atónita cercana a diez mil almas y que abarrotaba el techo de los cuarteles, así como las azoteas de las casas vecinas, contempló una escena que sus ojos apenas podían creer.

¡El Báb había desaparecido de su vista! Sólo Su compañero permanecía, vivo y sin sufrir rasguño, de pie, junto al muro del que había sido colgado. Las cuerdas con las que se les había sujetado estaban rasgadas. «¡El Siyyid-i-Báb ha desaparecido de la vista!», gritaban los aturdidos espectadores. Acto seguido, comenzó la búsqueda. Se Le encontró, incólume e imperturbable en la misma habitación que ocupaba la noche de víspera, ocupado en concluir la conversación con Su amanuense, que había sido interrumpida. «He concluido Mi conversación con Siyyid H. usayn», fueron las palabras con que el Prisionero, tan providencialmente preservado, saludó la presencia del farrásh-báshí, «Podéis proceder a cumplir vuestro cometido». Recordando la osada afirmación que con anterioridad había realizado el Prisionero, y conmovido por tan pasmosa revelación, el farrásh -báshí abandonó al instante el lugar y dimitió de su puesto.

Del mismo modo, Sám Khán, recordando con sentimientos de asombro y maravilla las palabras desconcertantes que el Báb le había dirigido, ordenó a sus hombres que abandonaran los cuarteles de inmediato, jurando, al abandonar el patio, que nunca, incluso a costa de su vida, volvería a repetir aquel acto. Áqá Ján-i-Khamsih, coronel de la guardia personal, se ofreció voluntario para reemplazarlos. El Báb y Su compañero fueron de nuevo colgados del mismo muro y de idéntica forma, mientras el nuevo regimiento formaba sus líneas y abría fuego sobre ellos. Esta vez, sin embargo, sus pechos quedaron acribillados por las balas y sus cuerpos completamente destrozados, con la excepción de sus rostros, que apenas quedaron afectados. «De haber creído en Mí, oh generación descarriada», fueron las últimas palabras del Báb a la multitud espectadora conforme el regimiento se preparaba para lanzar la descarga, «cada uno de vosotros habríais seguido el ejemplo de este joven, el cual por su rango os superaba a la mayoría de vosotros, y voluntariamente os habríais sacrificado en Mi sendero. El día en que Me hayáis reconocido, ese día habré dejado de estar con vosotros».

No fue esto todo. El mismo momento en que se efectuaban los disparos se alzó una tormenta de excepcional violencia que barrió la ciudad. Desde el mediodía hasta la noche un torbellino de polvo oscureció la luz del sol y cegó los ojos de las gentes. En Shiraz tuvo lugar en 1268 d.h. el «terremoto», predicho en libro de tanta consecuencia como es la Revelación de san Juan, que conmocionó la ciudad entera y causó estragos entre las gentes, estragos que se vieron agravados por una epidemia de cólera, hambruna y demás aflicciones. Ese mismo año no menos de doscientos cincuenta hombres del pelotón de ejecución que reemplazó al regimiento de Sám Khán, hallaron la muerte, oficiales incluidos, en un terremoto tremendo, en tanto que los restantes quinientos sufrieron, tres años después, idéntico destino al que procuraron con sus manos al Báb, en castigo por su amotinamiento. Para cerciorarse de que ninguno de ellos sobreviviría, los remataron acribillándolos con una segunda racha de disparos, tras de lo cual los cadáveres fueron atravesados con lanzas y venablos, para luego ser expuestos a la vista del pueblo de Tabríz. El primer instigador de la muerte del Báb, el implacable Amír-Ni ám,

z. junto con su hermano, y principal cómplice, hallaron la muerte a los dos años de aquel acto salvaje. Por la noche del mismo día de la ejecución del Báb, que coincidió con el 9 de julio de 1850 (28 de sha‘bán de 1266 d.h.), trigésimo

primer año de Su edad y séptimo de Su ministerio, los cuerpos despedazados fueron trasladados desde el patio de los cuarteles hasta el borde del foso situado a las afueras del portal de la ciudad. Cuatro compañías, cada una de ellas compuesta de diez centinelas, recibieron órdenes de mantener turnos de vigilancia. A la mañana siguiente, el Cónsul ruso de Tabríz visitó el lugar y ordenó a un artista que le acompañaba que realizase un retrato de los restos tal como estaban tendidos junto al foso. Mediada la noche del día siguiente, un seguidor del Báb, H. ájí Sulaymán Khán, logró, con la ayuda de un tal H. ájí Alláh-Yár, trasladar los cuerpos a la fábrica de sedas de la que era propietario uno de los creyentes de Mílán, donde los depositaron, al día siguiente, en un ataúd de madera especialmente confeccionado, y que después mudaron a lugar seguro. Entretanto, los mullás proclamaban jactanciosos desde los púlpitos que, si bien el cuerpo del Inmaculado Imam quedaría preservado de las bestias de presa y animales reptantes, el cadáver de este hombre había sido devorado por los animales salvajes. Tan pronto como la noticia del traslado de los restos del Báb y de Su compañero de penurias fue comunicada a Bahá’u’lláh, Él ordenó que el mismo Sulaymán Khán los llevara a Teherán, donde serían conducidos al Imám-Zádih-

H. asan, desde donde a su vez fueron trasladados a diferentes lugares, hasta la época en que, de acuerdo con las instrucciones de ‘Abdu’l-Bahá, fueron definitivamente llevados a Tierra Santa, para ser sepultados por Él ceremoniosamente, y para siempre, en un mausoleo erigido a tal efecto en la falda del Monte Carmelo.

Así terminaba una vida que la posteridad reconocerá que estuvo situada en la confluencia de dos ciclos proféticos universales, el Ciclo Adánico, que se remonta hasta los primeros albores de la historia religiosa del mundo, y el Ciclo bahá’í, destinado a propagarse atravesando épocas venideras durante no menos de cinco mil siglos. La apoteosis en la que tal vida logró su consumación marca, tal como ya se ha hecho ntar, la culminación de la fase más heroica de la Edad Heroica de la Dispensación bahá’í. Por lo demás, no cabe verla bajo otra luz que no sea la del evento más dramático y más trágico ocurrido dentro del periodo completo del primer siglo bahá’í.

En verdad, merece ser aclamada como impar en los anales de la vida de todos los fundadores de los sistemas religiosos mundiales existentes.

Evento tan trascendental no podía dejar de suscitar un interés amplio e intenso incluso más allá de los confines de la tierra en don-de ocurrieron. «Es uno de los ejemplos más magníficos de valor que le haya sido dado contemplar a la humanidad», es el testimonio consignado por un erudito cristiano y funcionario de gobierno que había vivido en Persia y estaba familiarizado con la vida y enseñanzas del Báb, «y también es una prueba admirable del amor que nuestro héroe sentía por sus conciudadanos. Se sacrificó por la humanidad: por ella dio su cuerpo y su alma, por ella padeció privaciones, afrentas, injurias, tortura y martirio. Con su sangre selló el pacto de la fraternidad universal, y, como Jesús, pagó con su vida el anuncio del reino de la concordia, de la equidad y del amor al prójimo». «Un hecho extraño, único en los anales de la humanidad», así reza un testimonio más de la pluma de ese mismo erudito al comentar las circunstancias que rodearon el martirio del Báb. «Un verdadero milagro», tal es el pronunciamiento realizado por un destacado orientalista francés. «Verdadero hombre-Dios», así consta el veredicto de un famoso viajero y escritor británico. «El producto más exquisito de su país», afirma el homenaje que Le rindió un afamado publicista francés. «Ese Jesús de la época [...], profeta y más que profeta», asevera el juicio transmitido por un distinguido sacerdote inglés. «El movimiento religioso más importante desde la fundación del cristianismo», fue la suposición atribuida a la Fe que estableciera el Báb hecha por ese reputadísimo estudioso de Oxford, por el fallecido Maestro de Balliol.

«Muchas personas de todas partes del mundo», afirma en un escrito ‘Abdu’l-Bahá, «se dirigieron a Persia y comenzaron a investigar concienzudamente el asunto». El Zar de Rusia, escribe un cronista contemporáneo, había cursado instrucciones al cónsul ruso de Tabríz, poco antes del martirio del Báb, de que investigara a fondo el asunto y que le informara de los pormenores de un Movimiento tan asombroso, encargo que no pudo llevarse a cabo en vistas de la ejecución del Báb. En los países de la distante Europa prendió un interés no menos hondo, que se extendió vertiginosamente por los círculos literarios, artísticos, diplomáticos e intelectuales. «Toda Europa», atestigua el publicista francés ya citado, «sintióse movida a la piedad e indignación [...] Entre los literatos de mi generación, en el París de 1890, el martirio del Báb conservaba la misma vigencia que tuvo cuando llegaron las primeras noticias de Su muerte. Escribimos poemas sobre Él. Sarah Bernhardt rogó a Catulle Mendés que realizara una obra sobre el tema de esta tragedia histórica». Una poetisa rusa, miembro de la Sociedad Filosófica Oriental y Bibliográfica de San Petersburgo, publicó en 1903 un drama titulado El Báb, que fue representado un año más tarde en los principales teatros de la ciudad, recibió a continuación publicidad en Londres, se tradujo al francés en París y al alemán por el poeta Fiedler, volvió a representarse, poco después de la Revolución rusa, en el Teatro Popular de Leningrado, y logró despertar las simpatías y el interés genuinos del renombrado Tolstoi, cuyo elogio del poema publicaría más tarde la prensa rusa.

No sería exagerado en absoluto decir que en ninguna obra del panorama religioso mundial, a excepción de los Evangelios, se encuentra relato que refiera la muerte de ninguno de los fundadores de religiones del pasado comparable al martirio sufrido por el Profeta de Shiraz. Tan extraño e inexplicable fenómeno, del que dan fe diversos testigos, corroborado por hombres de reconocida categoría y admitido por el Gobierno, así como por los historiadores no oficiales de las mismas filas que habían jurado no dar cuartel a la Fe bábí, puede considerarse como la manifestación más maravillosa de las potencialidades únicas con que ha sido dotada una Dispensación prometida por todas las Dispensaciones del pasado. La pasión de Jesucristo, y a decir verdad Su ministerio público entero, muestran su paralelo con la Misión y muerte del Báb, paralelo que ningún estudioso de las religiones comparadas dejará de percibir o reconocer.

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Por la juventud y mansedumbre del Inaugurador de la Dispensación bábí; por la brevedad y turbulencia extremas de Su ministerio público; por la celeridad dramática con que ese ministerio alcanzó su apogeo; por el régimen apostólico que instituyó, y por la primacía que confirió a uno de sus miembros; por el arrojo de Su desafío frente a las convenciones, ritos y leyes inveteradas que se habían entretejido en la fibra misma de la religión en que Él había nacido; por el cometido que una jerarquía religiosa oficialmente reconocida y sólidamente arraigada desempeñó como inspiradora primaria de las vejaciones que se Le hizo sufrir; por las indignidades acumuladas sobre Él; por lo repentino de Su arresto; por el interrogatorio al que fue sometido; por las burlas volcadas sobre Su persona y los azotes que se le propinaron; por la afrenta pública que soportó; y, finalmente, por Su prendimiento ignominioso ante la mirada de una multitud hostil; por todo ello no podemos dejar de discernir una semejanza notable con los rasgos señeros de la vida de Jesucristo.

Sin embargo, debería recordarse, que, aparte del milagro relacionado con la ejecución del Báb, Él, a diferencia del Fundador de la religión cristiana, no sólo debe ser tenido por el Autor independiente de una Dispensación divinamente revelada, sino que también debe ser reconocido como el Heraldo de una nueva Era y el Inaugurador de un gran ciclo profético universal. Ni debería pasarse por alto el hecho importante de que, mientras que los principales adversarios de Jesucristo fueron los rabinos judíos y sus adláteres, las fuerzas desplegadas contra el Báb representaban a los poderes civiles y eclesiásticos de Persia, los cuales, coaligados desde el momento de Su declaración hasta la hora de Su muerte, persistieron, de consuno y por todos los medios a su disposición, en conspirar contra los defensores de Su Revelación y en denostar los principios de ésta.

El Báb, aclamado por Bahá’u’lláh como la «Esencia de Esencias», el «Mar de Mares», el «Punto alrededor del cual giran las realidades de los Profetas y Sus mensajeros», «de Quien Dios ha hecho que proceda el conocimiento de todo lo que fue y será», cuyo «rango supera al de todos los Profe

tas», y cuya «revelación trasciende la comprensión e inteligencia de todos sus escogidos», había entregado Su mensaje y cumplido Su misión. Él, Quien era, en palabras de ‘Abdu’l-Bahá, la «Mañana de la Verdad» y el «Heraldo de la Más Grande Luz», Cuyo advenimiento señalaba al mismo tiempo la conclusión de Su «ciclo profético» y el principio de Su «Ciclo del Cumplimiento», había disipado mediante Su Revelación las tinieblas de la noche que se habían abatido sobre Su país y proclamado el próximo surgimiento de ese Orbe Incomparable cuya irradiación habría de reagrupar a la humanidad entera. Él, tal como afirma Él mismo, «El Punto primordial del que han sido generadas todas las cosas creadas», «uno de los pilares que sostienen la Palabra Primordial de Dios», el «Templo Místico», el «Gran Anuncio», la «Llama de Su luz excelsa que brilló sobre el Sinaí», el «Recuerdo de Dios» con relación a Quien «fue establecida aparte una Alianza con todos y cada uno de los Profetas» había cumplido a una, con Su advenimiento, la promesa de todas las épocas y principiado la consumación de todas las Revelaciones. Él, el Qá’im» («el Que Se alza») el que fuera prometido a los shí’íes, el «Mihdí» («el Que es guiado») esperado por los sunníes, el «regreso de San Juan el Bautista» esperado por los cristianos, el «Ú shídar-Máh» al que aluden las escrituras zoroastras, el «regreso de Elías» anticipado por los judíos, cuya Revelación habría de mostrar «los signos y prendas de todos los Profetas», Quien habría de «manifestar la perfección de Moisés, el brillo de Jesús y la paciencia de Job» había aparecido, proclamó Su Causa, fue perseguido inmisericordemente y murió con gloria. Por fin había aparecido el «Segundo ay» que menciona el Apocalipsis de San Juan el Divino, y fue enviado el primero de los dos «Mensajeros», Cuya aparición había sido profetizada en el Corán. Por fin había resonado el primer «trompetazo», destinado a golpear la tierra con exterminio y que anunciara este último Libro. «Lo Inevitable», «la Catástrofe», «la Resurrección», «el Terremoto de la Última Hora», predichos en el mismo Libro, había cobrado realidad. Los «claros signos» habían sido «enviados», y el «espíritu» había sido «insuflado», y las «almas» habían «despertado», y los cielos «habían sido hendidos» y los «ángeles» se «dispusieron en formación», y las «estrellas» fueron «borradas», y la «tierra» había «descargado su fardo», y el «Paraíso» había sido «acercado», y «se hizo arder» el «infierno», y el «Libro» quedó «dispuesto», y el «puente» fue «tendido», y la «balanza» había sido «establecida», y las «montañas esparcidas por el polvo». Se había cumplido la «limpieza del Santuario», profetizada por Daniel y confirmada por Jesucristo en Su referencia a la «abominación de la desolación». El «día cuya duración será de mil años», pre-vista por el Apóstol de Dios en Su Libro, había terminado. Habíanse agotado los «cuarenta y dos meses», durante los cuales, según predijera san Juan el Divino, la «ciudad Santa» sería hollada. Se había inaugurado la «hora del final», y el primero de los «dos Testigos» a los cuales, «cumplidos tres días y medio» se les insuflaría «el espíritu de Vida de Dios», se habían alzado y habían «ascendido en una nube al cielo». Se habían revelado las «restantes veinticinco letras que habían de ser manifestadas», de acuerdo con la tradición islámica, de entre las «veintisiete letras» de las que se decía que constaba el Conocimiento. El «Hombre niño», mencionado en el Libro de la Revelación, destinado a «gobernar todas las naciones con vara de hierro», había liberado, mediante Su venida, las energías creadoras que, reforzadas por las efusiones de una Revelación infinitamente más poderosa que pronto la sucedería, habían de dotar a la raza humana entera de la capacidad de forjar su unificación orgánica, lograr la madurez y con ello alcanzar la etapa final de una era de evolución. Habíase dado en el Qayyúmu’l-Asmá’ el toque de clarín dirigido al «concurso de Reyes y de los hijos de Reyes», el cual señalaba el comienzo de un proceso que, acelerado por los avisos posteriores de Bahá’u’lláh dirigidos a la compañía entera de los monarcas de Oriente y Occidente, habría de desatar tan amplia revolución en la suerte de la realeza. El «orden», cuya fundación había de establecer el Prometido en el Kitáb-i-Aqdas, y cuyos rasgos trazaría el Centro de la Alianza en Su Testamento, y cuya armazón administrativa están erigiendo ahora Sus seguidores, quedó anunciado categóricamente en el Bayán persa. Se habían formulado y proclamado claramente las leyes que estaban destinadas, por un lado, a abolir de golpe los privilegios y ceremonias, las disposiciones e instituciones de una Dispensación decadente, y a colmar, por otro lado, el foso entre un sistema obsoleto y las instituciones de un Orden mundial destinado a sustituirlo. La Alianza que, a pesar de los decididos asaltos lanzados en su contra, logró, a diferencia de todas las Dispensaciones previas, preservar la integridad de la Fe de su Autor y desbrozar el camino para el advenimiento de Aquel que sería su Centro y Objeto, se había establecido firme e irrevocablemente. Había despuntado la luz que, a través de periodos sucesivos, habría de propagarse de forma gradual desde su cuna hasta la lejana Vancouver en Occidente, y el mar de la China, en Oriente, y a difundir su brillo hasta la remota Islandia, al norte, y al mar de Tasmania, al sur. Las fuerzas de la oscuridad, confinadas al principio a la hostilidad conjunta de los poderes civiles y eclesiásticos de la Persia shí’í tras ganar empuje en una etapa posterior, mediante la oposición declarada y persistente del Califa del islam y de las jerarquías sunníes de Turquía, y destinadas a culminar en el antagonismo desbocado de los estamentos sacerdotales relacionados con otros sistemas religiosos todavía más poderosos, habían lanzado su asalto inicial. Se había formado y lentamente cristalizaba el núcleo de una Comunidad mundial divinamente dispuesta, una Comunidad cuya fuerza infantil ya había destrozado las cadenas de la ortodoxia shí’í y que, con cada ampliación del ámbito de su feligresía, había de procurar y obtener un reconocimiento más amplio y todavía más significativo de los títulos que la acreditan como religión mundial del futuro. Y finalmente, la semilla, dotada por la Mano de la Omnipotencia con potencialidades tan vastas, aunque rudamente hollada y en apariencia expulsada de la faz de la tierra, recibió, mediante este mismo proceso, la oportunidad de germinar y volverse a manifestar en forma de una Revelación todavía más imponente, una Revelación destinada a florecer, en una etapa posterior, hasta derivar en las instituciones de un Sistema administrativo mundial y madurar en una Edad de Oro aún por nacer, en poderosos organismos en consonancia con los principios de un Orden que ha de unificar y redimir el Orden del mundo.

CAPÍTULO
V
EL ATENTADO
CONTRA EL SHÁH
Y SUS CONSECUENCIAS
L

A Fe que había agitado una nación entera en su entraña misma, y por cuya causa miles de preciosas y heroicas almas habían sido inmoladas, y en cuyo altar había sacrificado la vida Quien fuera su Autor, se veía ahora sometida al desasosiego y marasmo de otra crisis de violencia extrema y hondas consecuencias. Fue una de esas crisis periódicas que, al extenderse a lo largo de un siglo, logró eclipsar de momento el esplendor de sus instituciones orgánicas y quebrar su estructura. Invariablemente repentinas, a menudo inesperadas, aparentemente fatales tanto para su espíritu como para su vida, estas manifestaciones inevitables de la evolución misteriosa de una religión mundial, intensamente viva, desafiante y revolucionaria en sus principios, luchadora contra todo pronóstico, se han visto precipitadas o bien externamente por la malicia de sus antagonistas declarados, o internamente provocadas por la falta de sabiduría de sus amigos, la apostasía de sus valedores o la defección de algunos de los situados en los puestos más elevados entre familiares y parientes de sus fundadores. No importa cuán desconcertantes hayan sido para la gran masa de sus seguidores leales ni cuánto hayan pregonado sus adversarios los síntomas de su declive y disolución inminente, estos traspiés y reveses reconocidos, que tan trágicamente la han aquejado una y otra vez, no han logrado, conforme los repasamos, detener su marcha o impedir su unidad. Grande sin duda ha sido el precio que se han cobrado, indecibles las agonías que han engendrado, amplia y durante un tiempo paralizante la consternación que provocaron. Sin embargo, vistos desde su correcta perspectiva, cada uno de ellos debe contarse confiadamente como una bendición disfrazada, que ha suministrado el medio providencial de liberar una profusión de fuerza celestial, una huida milagrosa de calamidades inminentes y todavía más abominables, un instrumento para el cumplimiento de profecías antiquísimas, un medio para la purificación y revitalización de la fe de la comunidad, un empuje para la ampliación de sus límites y la propagación de su influencia, y una evidencia demoledora de la indestructible vida de su fuerza integradora. Algunas veces, ya en plena crisis, y más a menudo cuando ésta había pasado, se puso de manifiesto ante los ojos de los seres humanos el significado de aquellas pruebas, se demostró la necesidad de tales experiencias, en toda su amplitud y más allá de toda duda, tanto para amigos como enemigos. Rara vez, por no decir jamás, ha permanecido vedado el misterio que subyacía a esas quiebras portentosas de origen divino, o han permanecido ocultos a las conciencias de los humanos el fin y significado profundos de su aparición.

Un quebranto semejante fue lo que la Fe del Báb, todavía en las primeras etapas de su infancia, empezaba ahora a experimentar. Estigmatizada y acosada desde el momento en que nació, privada desde sus albores de la fuerza sostenedora que le prestaban la mayoría de sus principales valedores, zarandeada por la desaparición repentina y trágica de su Fundador, tambaleándose ante los golpes crueles que había encajado sucesivamente en Mázindarán, Teherán, Nayríz y Zanján, la perseguida Fe pronto iba a ser sometida, por causa del bochornoso acto de un bábí anárquico e irresponsable, a una humillación nunca antes padecida. A las pruebas que había sufrido se añadía ahora la carga opresiva de una nueva calamidad, de una

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gravedad sin precedentes, vergonzosa por su carácter y devastadora por sus consecuencias inmediatas.

Obsesionado por la amarga tragedia del martirio de su amado Maestro, movido por una desesperación frenética de vengar aquel odioso acto, y creyendo que el autor e instigador del crimen no era otra persona que el Sháh mismo, un tal S. ádiq-i-Tabrízí, ayudante de una confitería de Teherán, se dirigió un día de agosto de 1850, el 15, junto con su cómplice, un joven igualmente desconocido llamado Fat u’lláh-i-Qumí, a Níyávarán, donde había acampado el ejército

h. imperial y residía el Soberano, y allí, aguardando junto al camino, haciéndose pasar por un inocente transeúnte, disparó contra el Sháh la carga de salvas de su pistola, poco después de que éste saliera a caballo del recinto de palacio para su paseo matinal. El arma que empleó el asaltante demostraba más allá de toda duda la locura de aquel joven trastornado, e indicaba a las claras que ningún hombre en su sano juicio podía haber concebido un acto tan insensato. Como consecuencia del asalto, Níyávarán entera, donde se ha

bían congregado la corte imperial y las tropas, quedó sumida en un desconcierto inenarrable. Los ministros de Estado, encabezados por Mírzá Áqá Khán-i-Núrí, el I‘timádu’d-Dawlih, el sucesor del Amír-

Ni ám, corrieron despavoridos a socorrer al Soberano herido.

z. La fanfarria de trompetas, el redoble de tambores y el estremecedor zumbido de los pífanos alertaron a las mesnadas de Su Majestad Imperial dondequiera que se hallasen. Los lacayos del Sháh, algunos a caballo, y otros a pie, se hacinaron en los alrededores de palacio. Se desató un pandemónium en el que todos daban órdenes, nadie escuchaba, nadie obedecía ni comprendía nada. Entretanto, Ardishír Mírzá, el gobernador de Teherán, tras haber ordenado ya a sus tropas que patrullasen las calles desiertas de la capital, cerró las puertas de la ciudadela así como de la ciudad, cargó sus baterías y despachó agitadamente un mensajero para que requiriese instrucciones especiales y

comprobase la veracidad de los rumores descabellados que circulaban entre el populacho.

Tan pronto como el acto fue cometido, una sombra se abatió sobre el cuerpo entero de la comunidad bábí. La nación fue barrida por una tormenta de horror, amargura y resentimiento públicos, magnificados por la hostilidad implacable de la madre del joven Soberano, que anuló toda posibilidad de diligenciar incluso las más elementales indagaciones sobre el origen y los instigadores del atentado. Bastaba una señal, un rumor para implicar al inocente y desatar sobre su persona las aflicciones más aborrecibles. Al facilitársele el pretexto que ansiaba un ejército de enemigos –eclesiásticos, oficiales del Estado y pueblo, unidos todos en su odio irreductible y al acecho de cualquier oportunidad con que desacreditar y aniquilar a un adversario temido–, pudieron éstos lograr sus malévolos propósitos. Aunque, desde el comienzo, la Fe había negado cualquier intención de usurpar los derechos y prerrogativas del Estado; aunque sus exponentes y discípulos se habían esmerado en evitar cualquier acto que despertara la menor sospecha de albergar deseo alguno de librar la guerra santa, o que evidenciase una actitud agresiva, no obstante, sus enemigos, haciendo deliberadamente caso omiso de las numerosas pruebas de notable contención exhibidas por los seguidores de una religión perseguida, se mostraron ellos mismos capaces de infligir atrocidades tan bárbaras como aquéllas que ya para siempre permanecerán relacionadas con los episodios sangrientos de Mázindarán, Nayríz y Zanján. ¿A qué profundidades de infamia y crueldad no habría de descender voluntariamenteeste mismo enemigo ahora que un acto tan traicionero, tan audaz, había sido cometido?¿Qué acusaciones no se sentiría impulsada a presentar, y qué trato no dispensaría a quienes, por muy injustificadamente que fuese, podía relacionarse con un crimen odioso dirigido contra alguien que, en su persona, combinaba la magistratura suprema del reino y el fideicomiso del Imam oculto?

El reino del terror que siguió fue repugnante más allá de toda prescripción. El espíritu de venganza que animaba a quienes llevaron a cabo estos horrores parecía insaciable. Sus repercusiones obtuvie

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ron eco hasta en la lejana prensa europea, colmando de infamia a sus sanguinarios participantes. El Gran Visir, deseando reducir las posibilidades de la venganza de sangre, dividió la tarea de ejecutar a los condenados a muerte entre los príncipes y próceres, los demás ministros, los generales y los oficiales de la Corte, los representantes de las clases sacerdotales y mercantil, la artillería y la infantería. Incluso el propio Sháh tenía adjudicada su víctima, aunque para salvar la dignidad de la Corona, hubo de delegar en el mayordomo de la Casa el disparo de la bala fatal. Por su parte, Ardishír Mírzá apostó piquetes junto a los portales de la capital y ordenó que los guardas escrutaran meticulosamente el rostro de cuantos procuraban salir. Llamando a su presencia al kalantar, el dárú ghih y los kad-khudás, les ordenó que registraran a cualquier sospechoso de ser bábí. Un joven llamado ‘Abbás, antiguo criado de un conocido seguidor de la Fe, se vio inducido, bajo amenaza de torturas inhumanas, a recorrer las calles de Teherán y señalar a todo aquel que reconociese como bábí. Incluso se le coaccionó a denunciar a personas que considerase que estarían dispuestas a pagar un sólido soborno para garantizar su libertad o que estaban en posición de hacerlo.

Aquel día calamitoso el primero en sufrir fue el malhadado

S. ádiq, quien fue ejecutado inmediatamente en la escena del atentado. Amarrado a la cola de una mula, su cadáver fue arrastrado por todo el camino hasta Teherán, donde fue partido en dos mitades, cada una de las cuales fue colgada y expuesta al público, mientras que se invitaba a los teheraníes a subirse a los taludes a contemplar el cuerpo mutilado. Tras someter a su cómplice a la tortura de los hierros incandescentes y de los ganchos de despiece, se pasó a volcar plomo derretido por la garganta de la víctima. Un compañero de éste, H. ájí Qásim, quedó desnudo, se le encajaron velas encendidas en orificios practicados en carne viva y se le hizo desfilar ante una multitud que lo cubría de maldiciones e improperios. Unos sufrieron la extirpación de los ojos, otros fueron asesinados, estrangulados, disparados por boca de cañones, troceados, despedazados con hachas y mazas, herrados con herraduras de caballo, pasados por la bayoneta

o apedreados. Los torturadores competían entre sí por recorrer el catálogo entero de la brutalidad, en tanto que el populacho, a cuyas manos se entregaban los cuerpos de las víctimas desamparadas, se agolpaba sobre éstas para mutilarlas, hasta no dejar rastros de su forma original. Los verdugos, aunque acostumbrados a su propio oficio tenebroso, se aturdían de la crueldad salvaje del populacho. Podía verse a mujeres y niños a quienes sus verdugos conducían por las calles, con sus carnes hechas jirones, en las que todavía había velas encendidas, cantando con voz resonante, ante los espectadores silenciosos: «¡Verdaderamente venimos de Dios, y a Él regresamos!». A medida que algunos niños expiraban por el trayecto, los verdugos arrojaban sus cadáveres a los pies de los padres y hermanas quienes, pisándolos orgullosamente, no se dignaban ni siquiera a dedicarles una segunda mirada. Según el testimonio de un notable escritor francés, un padre, antes que abjurar de su fe, prefirió que se degollasen sobre su propio pecho a sus dos hijos, mientras que el mayor de los dos, un muchacho de catorce, haciendo valer con tesón su derecho de primogenitura, exigía ser el primero en rendir la vida.

Un oficial austriaco, el capitán Von Gumoens, por aquel entonces al servicio del Sháh, se sintió tan horrorizado, según consta en el relato fidedigno, al verse forzado a ser testigo de tales atropellos, que presentó su dimisión. «Acompáñame, amigo mío», así reza el testimonio del propio Capitán en una carta que escribió dos semanas después del atentado en cuestión, y que fue publicada por el Soldatenfreund, «tú que reivindicas poseer un corazón y ética europeas, seguidme con los infelices, los cuales, con los ojos reventados, deben comer, en la escena de los hechos, sin aditamento alguno, sus propias orejas amputadas; cuya dentadura ha arrancado con violencia inhumana la mano del verdugo; y cuyos cráneos desnudos han sido aplastados simplemente a golpe de martillo; sígueme al bazar iluminado por las víctimas desdichadas, pues a la izquierda y a la derecha los circunstantes practican profundos agujeros en hombros y pecho

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para insertar en las heridas pábilos ardientes. Vi cómo algunos eran arrastrados en cadenas por el bazar, precedidos por un alarde militar, en quienes esas mechas ardían tan hondo que la grasa chisporroteaba tan convulsivamente en la herida como una lámpara recién apagada. No es raro que el incansable ingenio oriental discurra nuevas torturas. Tras desollar las plantas de los pies de los babíes, untan las heridas con aceite hirviente y los hierran como si de un caballo se tratara, para obligar a la víctima a que corra. Del pecho de esta víctima no escapa un solo alarido; el cuerpo no puede aguantar lo que el alma ha soportado. ¡Dadle el golpe de gracia! ¡Poned fin a su dolor! ¡No! El verdugo hace restallar el látigo y –yo mismo lo he presenciado– la víctima infeliz de cien torturas ¡echa a correr! Éste es el comienzo del fin. En cuanto al propio fin, cuelgan de un árbol, de pies y manos, cabeza abajo, los cuerpos chamuscados y perforados, gracias a lo cual todo persa puede ahora probar puntería para contento suyo desde una distancia fija, pero no demasiado próxima, sobre la noble presa colocada a su disposición». «He visto cadáveres destrozados por cerca de ciento cincuenta balas». «Cuando releo lo que he escrito», prosigue, «me viene al recuerdo el pensamiento de que quienes se hallan contigo en nuestra muy querida Austria, acaso duden de la veracidad completa de este cuadro y me acusen de exagerar. ¡Ojalá que no hubiera vivido para verlo! Pero debido a las obligaciones de mi profesión, desgraciadamente, demasiado a menu-do, he sido testigo de estas abominaciones. Ahora ya no salgo nunca de casa para no encontrarme con nuevas escenas de horror [...] Puesto que mi alma entera se revuelve contra tal infamia [...] ya no mantendré relación alguna con la escena de tales crímenes». No es de extrañar que Renan haya caracterizado en Les Apôtres la odiosa carnicería perpetrada en un solo día, durante la masacre de Teherán, ¡como «un día quizá sin paralelo en la historia del mundo»!

La mano que se había extendido para asestar tan grave golpe a los partidarios de una Fe afligida no se limitó al común de los seguidores perseguidos del Báb. Se alzó con igual furia y determinación, y derribó con igual fuerza a los pocos guías restantes que habían sobrevivido a los aventados vientos de la adversidad, los cuales, por otra lado, ya habían rebajado a buena parte de los valedores de la Fe.

T.áhirih, esa inmortal heroína, quien había derramado lustre imperecedero tanto sobre su género como sobre la Causa que había abrazado, se vio barrida, y al final anegada, por la tormenta que arreciaba. Siyyid H. usayn, el amanuense del Báb, el compañero de Su exilio, el repositorio de confianza de Sus últimos deseos, y testigo de los prodigios que rodearon Su martirio, cayó igualmente víctima de esta furia. Esa mano tuvo incluso la temeridad de levantarse contra la figura eximia de Bahá’u’lláh. Pero aunque hizo presa de Él, no acertó a derribarlo. Puso en peligro Su vida, dejó impresas en Su cuerpo marcas indelebles de una crueldad despiadada, pero se vio impotente de fulminar una carrera que estaba destinada no sólo a mantener vivo el fuego que había prendido el espíritu del Báb, sino a producir una conflagración que a un mismo tiempo consumaría las glorias de Su Revelación y las superaría en brillo.

Durante aquellos sombríos días de agonía en que el Báb ya no existía, cuando los luminares que habían brillado en el firmamento de Su Fe se habían extinguido sucesivamente, cuando Su diputado nominal, un «fugitivo aturdido, que ataviado a guisa de derviche, kashkúl (escudilla de limosnas) en mano» vagabundeaba por las montañas y llanuras de los alrededores de Rasht, Bahá’u’lláh, en razón de los actos que había realizado, aparecía ante los ojos de un enemigo vigilante como su adversario más formidable y como la única esperanza de una herejía todavía no extirpada. Su prendimiento y muerte se habían vuelto imperativos. Era Él Quien, apenas tres meses después de que naciera la Fe, había recibido, mediante el enviado del Báb, Mullá H. usayn, el rollo que Le transmitía las primeras nuevas de la recién anunciada Revelación, Quien al instante aclamó su verdad y se alzó a abanderar Su causa. Fue hacia Su ciudad natal y morada adonde fueron encaminados en primera instancia los pasos de aquel enviado, como el lugar que atesoraba «un Misterio de santidad tan trascendente con el que ni H. ijáz ni Shiraz pueden esperar rivalizar». Fue el informe de Mullá H. usayn sobre los contactos logrados lo que fue recibido por el Báb con tan exultante alegría, y lo que trajo tal confirmación a Su corazón como para que Se decidiera finalmente a emprender Su proyectada peregrinación a La Meca y Medina. Sólo Bahá’u’lláh era el objeto y el centro de las alusiones críticas, elogios encendidos, oraciones fervientes, anuncios dichosos y avisos graves registrados tanto en el Qayyúmu’l-Asmá’ como en el Bayán, destinados a ser los testimonios escritos primero y último respectivamente dedicados a la gloria con que Dios pronto habría de investirlo. Fue Él Quien, en Su correspondencia con el Autor de la recién hallada Fe, y en Su trato íntimo con los más distinguidos de entre sus discípulos, tales como Va h. íd, H. ujjat, Quddús, Mullá H. usayn y T.áhirih, pudo estimular su crecimiento, esclarecer sus principios, reforzar sus cimientos éticos, satisfacer sus requisitos urgentes, desviar algunos de los peligros inmediatos que la amenazaban y participar de hecho en su alzamiento y consolidación. Fue a Él, «el solo Objeto de nuestra adoración y amor», a Quien aludió el Profeta-peregrino, a Su regreso a Búshihr, cuando al despedir a Quddús de Su presencia, le anunció la doble alegría de alcanzar la presencia de su Bienamado y de sorber la copa del martirio. Fue Él Quien, en la cima de Su vida, despreciando cualquier consideración de fama terrenal, riqueza o posición, indiferente al peligro, y arriesgando la deshonra de Su casta, Se alzó a identificarse, primero en Teherán y después en Su provincia natal de Mázindarán, con la causa de una secta anónima y proscrita; Quien ganó el apoyo de un gran número de funcionarios y notables de Núr, sin excluir a su propio círculo y parientes; Quien sin amilanarse y de forma persuasiva expuso sus verdades a los discípulos del ilustre mujtahid, Mullá Mu ammad; Quien alistó bajo su bandera a los representan

h. tes designados del mujtahid; Quien se ganó, de resultas de aquel

acto, la lealtad sin reservas de un número considerable de dignatarios eclesiásticos, funcionarios del gobierno, paisanos y comerciantes; y Quien logró retar, en el curso de una entrevista memorable, al mujtahid mismo. Fue debido sólo a la potencia del mensaje escrito que fuera confiado por Él a Mullá Mu ammad Mihdíy-i-Kandí y

h. luego entregado por éste al Báb, cuando Éste se hallaba en las proximidades del pueblo de Kulayn, cuando el alma del desilusionado Cautivo pudo liberarse, en una hora de incertidumbre y suspense, de la angustia que había tomado posesión de Él desde que fuera arrestado en Shiraz. Fue Él Quien, por causa de T.áhirih y sus com

pañeros encarcelados, Se sometió de buen grado a un confinamiento humillante, que habría de durar varios días, el primero que habría de sufrir, en casa de uno de los kad-khudás de Teherán. Débese atribuir a Su cautela, previsión y habilidad la huida feliz de ésta de Qasvín, su liberación de sus rivales, la llegada a salvo a Su hogar y su apartamiento posterior a un lugar seguro en las vecindades de la capital, desde donde marcharía a Khurásán. Fue a Su presencia adonde Mullá H. usayn fue llevado secretamente al llegar a Teherán, tras de lo cual viajó a Á dhirbáyján para visitar al Báb, confinado entonces en la fortaleza de Máh-Kú. Era Él Quien de forma infalible y discreta dirigió las sesiones de la Conferencia de Badasht; Quien agasajó como huéspedes Suyos a Quddús, T.áhirih y los ochenta y un discípulos que se reunieron en aquella ocasión; Quien reveló cada día una Tabla y confirió a cada uno de los participantes un nuevo nombre; Quien, desasistido, Se enfrentó al asalto de una turba de más de quinientos aldeanos en Níyálá; Quien escudó a Quddús de la furia de sus asaltantes; Quien logró restaurar parte de la propiedad que el enemigo había saqueado y Quien aseguró la protección y seguridad de T.áhirih, sometida a continuo acoso y vilipendio. Contra Él prendió la ira de Mu ammad h. Sháh, quien, como consecuencia de las insinuaciones persistentes de los facinerosos, se vio al fin inducido a ordenar Su arresto y posterior emplazamiento a la capital, citación que estaba destinada a no cumplirse debido a la muerte repentina del Soberano. Fue a Sus consejos y exhortaciones, dirigidas a los ocupantes de Shaykh T.abarsí, quienes Le tributa

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ron un recibimiento lleno de reverencia y amor durante Su visita al Fuerte, a lo que debe atribuirse, en no pequeña medida, el espíritu evidenciado por los defensores heroicos, en tanto que fue a Sus instrucciones explícitas a lo que debieron la liberación milagrosa de Quddús y su reunión posterior con ellos en las hazañas conmovedoras que inmortalizaron la revuelta de Mázindarán. Fue por causa de estos mismos defensores, a quienes tenía intenciones de sumarse, por lo que Sufrió Su segundo encarcelamiento, esta vez en la mezquita de Ámul, a la que se Le condujo, en medio del tumulto provocado por no menos de cuatro mil espectadores; y por su causa por lo que fue sometido al bastinado en la namáz-khánih del mujtahid de la ciudad, hasta que Le sangraron los pies, y después confinado en la residencia personal del Gobernador; fue por su causa por lo que Le denunció el mullá principal y Le insultó la turba que, asediando la residencia del Gobernador, Le arrojaban piedras y las más viles invectivas. Sólo Él era el aludido por Quddús cuando, al llegar al Fuerte de Shaykh T.abarsí, pronunció tan pronto como Él Se desmontó y Se apoyó contra el Santuario, el versículo profético «El Baqíyyatu’lláh (“el Remanente de Dios”) será lo mejor para vosotros si sois de los que creen». Sólo Él era el Objeto de tan prodigioso elogio: la interpretación magistral del S. ád de S. amad, redactada en parte, en aquel mismo Fuerte, por el mismo joven héroe, en las circunstancias más inquietantes, y cuya dimensión era equivalente a seis veces el volumen del Corán. Fue a la fecha de Su Revelación próxima a lo que aludía la Law -i-h. H. urúfát, revelada en Chihríq por el Báb en honor de Dayyán, y en la que el misterio del Mustagháth fue revelado. Fue al logro de Su presencia a lo que quedó encaminada por nadie más que el propio Báb la atención de otro discípulo, Mullá Báqir, una de las Letras del Viviente. Fue exclusivamente a Su cuidado a Quien se entregó los documentos del Báb, Su estuche, sellos, anillos de ágata, junto con un rollo en el que aparecían escritos, en forma de pentáculo, no menos de trescientos sesenta derivados de la palabra Bahá, de conformidad con las instrucciones que Él mismo había dado antes de partir de Chihríq. Fue sólo debido a Su iniciativa, y en estricta conformidad con Sus instrucciones, como los restos preciosos del Báb pudieron ser trasladados a salvo desde Tabríz a la capital, donde fueron ocultados y puestos a buen recaudo con el mayor sigilo y cuidado a lo largo de los años turbulentos que siguieron a Su martirio. Finalmente, fue Él Quien, los días anteriores al atentado contra el Sháh, había logrado, durante su estancia en Karbilá, esparcir, con el mismo entusiasmo y habilidad que había distinguido Sus primeros intentos en Mázindarán, las enseñanzas de Su fallecido Guía, resguardar los intereses de Su fe, reavivar el celo de sus dolientes seguidores y organizar las fuerzas de sus seguidores dispersos y aturdidos.

Tal hombre, con semejante historial de logros en Su haber, no podía, como de hecho no pudo, escapar a la detección o a la furia de un enemigo vigilante y sobremanera excitado. Encendido desde el mismo comienzo con un entusiasmo incontrolable por la Causa que había abrazado; manifiestamente intrépido en Su defensa de los derechos de los oprimidos; en plena flor de Su juventud; dotado de inmenso ingenio; sin par en Su elocuencia; dotado de una energía inagotable y de juicio penetrante; Señor de riquezas y acreedor, en toda medida, a la estima, poder y prestigio asociados con un puesto envidiablemente alto y noble, y no obstante indiferente a toda pompa terrenal, recompensas, vanidades y posesiones; estrechamente asociado, por un lado, mediante Su correspondencia regular con el Autor de la Fe que Se había alzado a abanderar, e íntimamente familiarizado, por otra, con las esperanzas y temores, los planes y actividades de sus exponentes destacados; a un mismo tiempo avanzando abiertamente y asumiendo una posición de guía reconocido al frente de las fuerzas que se debatían por la emancipación de esa Fe y, por otro lado, manteniéndose con consumada discreción en un segundo plano a fin de remediar, con mayor eficacia, una situación comprometida o peligrosa; en todo momento vigilante, alerta e infatigable en Su afán por preservar la integridad de la Fe, resolver sus problemas, abogar por su causa, galvanizar a sus seguidores y confundir a sus antagonistas, Bahá’u’lláh, por fin, en esta hora críticamente suprema de Su destino, dio el paso hacia el centro mismo del escenario que tan trágicamente había dejado vacante el Báb, un escenario en el que Él estaba destinado, durante un periodo de no menos de cuarenta años, a desempeñar un papel de majestad, pathos y esplendor inigualados por ninguno de los grandes fundadores de las religiones históricas del mundo.

Tan conspicua e imponente figura había despertado, debido a las acusaciones lanzadas contra Él, la ira de Mu ammad h. Sháh, quien, tras informarse de cuanto pudo saberse sobre los sucesos de Badasht, dio órdenes de arresto mediante una serie de farmánes dirigidos a los khánes de Mázindarán, expresando su decisión de ejecutarlo. H. ájí Mírzá Áqásí, quien previamente había estado enemistado con el Vazír (el padre de Bahá’u’lláh), furioso por no haber conseguido apropiarse fraudulentamente de la hacienda que pertenecía a Bahá’u’lláh, había jurado eterna enemistad contra Quien había logrado frustrar tan brillantemente sus malévolos designios. El Amír-Ni ám, además,

z. muy consciente de la amplia influencia de tan enérgico oponente, Lo había acusado, en presencia de una reunión distinguida, de haber causado, como consecuencia de Sus actividades, una pérdida de no menos de cinco kurúres al Gobierno, y Le había pedido expresamente, en un momento crítico en los destinos de la Fe, que trasladase provisionalmente Su residencia a Karbilá. Mírzá Áqá Khán-i-Núrí,

sucesor del Amír-Ni ám, Se había esforzado, desde el comienzo

z. mismo de su ministerio, por lograr una reconciliación entre el Gobierno y Aquel a quien consideraba el discípulo del Báb con mayores recursos. No es de sorprender que, después, al perpetrarse un acto de tal gravedad y temeridad, se deslizase en la conciencia del Sháh, del Gobierno y de la corte una sospecha tan temible como infundada contra Bahá’u’lláh. Primerísima entre ellos figuraba la

madre del joven Soberano, quien, iracunda, Le acusaba abiertamente del asesinato de su hijo.

Cuando se produjo el atentado contra la vida del Soberano, Bahá’u’lláh Se hallaba en Lavásán, como invitado del Gran Visir, y Se alojaba en el pueblo de Afchih cuando llegaron las portentosas noticias. Haciendo caso omiso del consejo del hermano del Gran Visir, Ja‘far-Qulí Khán, quien actuaba como anfitrión Suyo, de permanecer oculto durante un tiempo en la vecindad, y prescindiendo de los buenos oficios del mensajero enviado especialmente para garantizar Su seguridad, Se dirigió a caballo, a la mañana del día siguiente, con fría intrepidez, hasta los cuarteles generales del ejército imperial, que por entonces estaba acantonado en Níyávarán, en el distrito de Shimírán. En el pueblo de Zarkandih, Mírzá Majíd salió a Su encuentro y fue llevado a casa de Su cuñado quien, a la sazón, ejercía las funciones de Secretario del Ministro ruso, el príncipe Dolgorouki, y cuya casa era contigua a la de su superior. Enterados de la llegada de Bahá’u’lláh, los criados de H. ájíbu’d-Dawlih, H. ájí ‘Alí Khán, dieron noticia puntual a su amo, quien a su vez trasladó el asunto a la atención de su Soberano. Harto sorprendido, el Sháh despachó a sus oficiales de confianza a la Legación, para solicitar que el Acusado le fuera entregado en sus manos. Rechazando atenerse a los deseos del enviado real, el Ministro ruso solicitó a Bahá’u’lláh que Se dirigiera a la casa del Gran Visir, a quien formalmente había comunicado su deseo de que se garantizara la seguridad del Recado que el gobierno ruso ponía a su recaudo. Sin embargo, tal propósito no se cumplió debido al temor del Gran Visir a perder su puesto si extendía al Acusado la protección que se le pedía.

Entregado en manos del enemigo, el muy temido, gravemente acusado e ilustre Exponente de una Fe de continuo acosada iba a probar el cáliz que antes había apurado hasta la hez Quien había sido su Guía reconocido. Desde Níyávarán fue trasladado «a pie y encadenado, sin sombrero y descalzo», expuesto en plena canícula a los abrasadores rayos del sol, hasta el Síyáh-Chál de Teherán. Por el trayecto, varias veces se Le privó de Sus vestidos, se Le colmó de vituperios y sufrió apedreamiento. En cuanto al calabozo subterráneo al que fue arrojado y que antiguamente había servido como depósito de agua de uno de los baños públicos de la capital, permítase que sean Sus propias palabras, registradas en Su Epístola al Hijo del Lobo las que den fe del calvario que sufrió en aquel agujero pestilente. «Fuimos encerrados durante cuatro meses en un lugar incomparable-mente hediondo [...] Nos condujeron a Nuestra llegada por un lúgubre corredor, y desde éste descendimos por tres escaleras empinadas hasta dar con el calabozo que Nos había sido asignado. El calabozo estaba sumido en una densa oscuridad, y Nuestros compañeros de celda ascendían casi a ciento cincuenta almas, entre ladrones, asesinos y salteadores. A pesar de encerrar tal multitud, carecía de toda otra salida excepto el pasadizo por donde habíamos ingresado. No hay pluma que acierte a describir el lugar, ni lengua alguna que pueda describir su hedor nauseabundo. La mayor parte de los presentes carecían de ropa alguna o de esterilla sobre la que recostarse. ¡Sólo Dios sabe lo que Nos aconteció en aquel tenebroso y repugnante lugar!» Los pies de Bahá’u’lláh fueron colocados en cepos, y alrededor de Su cuello quedó prendida la cadena Qará-Guhar, cuyo peso avasallador fue tal que habría de dejarle marca hasta el resto de Sus días. «Se colocó una pesada cadena alrededor de Su cuello», declara ‘Abdu’l-Bahá mismo, «de la que pendían encadenados otros cinco babíes; los grillos estaban asegurados mediante pernos y tornillos sólidos y muy pesados. Sus ropas quedaron hechas jirones, así como Su sombrero. En estas condiciones Se Le hizo pasar cuatro meses». Durante tres días con sus noches Se le denegó cualquier clase de alimento o bebida. Le era imposible conciliar el sueño. El lugar era gélido y húmedo, inmundo, azotado por las fiebres, infestado de sabandijas e invadido de un olor fétido. Animados por un odio implacable, Sus enemigos llegaron incluso a interceptar y envenenar Su alimento, en la esperanza de obtener el favor de la madre del Soberano, Su más implacable enemiga, un atentado que, si bien logró quebrar Su salud durante años venideros, no logró cumplir su propósito. «‘Abdu’l-Bahá», constata en su libro el doctor J. E. Esslemont, «refiere cómo, cierto día, se Le permitió entrar en el patio de la prisión para ver a Su Bienamado Padre cuando salía para Su ejercicio diario. Bahá’u’lláh estaba terriblemente traspuesto, tan enfermo que a duras penas podía andar. El cabello y la barba estaban desgreñados, Su cuello herido e hinchado por la carga de la pesada argolla de acero, Su cuerpo encorvado por el peso de las cadenas».

Mientras Bahá’u’lláh Se veía sometido de forma tan odiosa y cruel a las pruebas y tribulaciones inseparables de aquellos días tumultuosos, otro luminar de la Fe, la valiente T.áhirih, sucumbió rápidamente a su poder devastador. Su carrera meteórica, inaugurada en Karbilá y cuya culminación marcaría Badasht, iba a encontrar ahora su consumación final en un martirio que bien puede figurar como uno de los episodios más emotivos del periodo más turbulento de la historia bahá’í.

Vástago de la familia altamente reputada de Hájí Mullá Sh.

. . áli -i-Baraqání, cuyos miembros ocupaban una posición envidiable en la jerarquía eclesiástica persa; llamada al igual que la ilustre Fá imih;

t. designada por los nombres de Zarrín-Táj («Corona de Oro») y Zakíyyih («Virtuosa») por su familia y allegados; nacida el mismo año en que vino al mundo Bahá’u’lláh; considerada desde la infancia por sus conciudadanos un prodigio, tanto por su inteligencia como por su belleza; altamente estimada, antes de su conversión, incluso por algunos de los más altivos y eruditos ‘ulamás del país, debido a la brillantez y novedad de los puntos de vista que proponía; aclamada ‘Qurrat-i-‘Ayní («Solaz de mis ojos») por su admirado maestro, Siyyid Ká im; nombrada z. T.áhirih («la Pura») por la «Lengua del Poder y la Gloria»; y la única mujer alistada por el Báb como una de las Letras del Viviente; a través de un sueño, al que ya se ha hecho referencia en estas páginas, había establecido su primer contacto con la Fe, que habría de continuar propagando hasta su último aliento y en la hora de mayor peligro, con todo el ardor de su espíritu indómito. Sin que la amedrentaran las protestas vehementes del padre; despreciando

los anatemas del tío; impasible ante los más graves llamamientos de marido y hermanos; sin amilanarse ante las medidas que, primero en

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Karbilá y posteriormente en Bagdad y después en Qasvín, habían adoptado las autoridades civiles y eclesiásticas para atajar sus actividades, prosiguió abogando por la Causa bábí con energía redoblada. Mediante elocuentes alegatos, denuncias intrépidas, disertaciones, poemas y traducciones, comentarios y correspondencia, persistió en enardecer la imaginación y concitar por igual la lealtad de árabes y persas hacia la nueva Revelación, al condenar la perversidad de su generación y al abogar por una transformación revolucionaria de los hábitos y costumbres de su pueblo.

Era ella la que hallándose en Karbilá –el bastión primerísimo del islam shí’í– se había sentido movida a dirigir largas epístolas a cada uno de los ‘ulamás residentes en la ciudad, quienes relegaban a la mujer a un rango ligeramente superior al del animal, negándole incluso la posesión de un alma–, epístolas en las que de forma hábil reivindicaba su alto cometido y aireaba los malévolos designios de éstos. Fue ella la que, desafiando abiertamente las costumbres de los fanáticos habitantes de esa misma ciudad, osó pasar por alto el aniversario del martirio del Imam H. usayn, que se conmemora con gran ceremonial los primeros días de mu arram, para celebrar en su lugar

h. el aniversario del nacimiento del Báb, que recaía en el primer día de aquel mes. Fue mediante su prodigiosa elocuencia y la fuerza arrolladora de su argumento como confundió a la delegación representativa de notables shí’íes, sunníes, cristianos y judíos de Bagdad, quienes se esforzaron por disuadirla de llevar a cabo su propósito confesado de difundir la noticia del nuevo Mensaje. Fue ella la que, con habili

dad consumada, defendió su fe y reivindicó su conducta en casa y en Sh Ma múd-i-Álúsí, el muftí de Bag

presencia del eminente aykh h. dad, y quien más tarde celebró sus entrevistas históricas con los príncipes, ‘ulamás y oficiales del Gobierno que residían en Kirmánsháh, en el curso de las cuales se dio pública lectura y se tradujo el comentario del Báb sobre el sura de Kawthar, hasta culminar en la conversión del Amír (el Gobernador) y su familia. Fue esta mujer de tan notables dones quien emprendió la traducción del dilatado comentario del Báb sobre el sura de José (el Qayyúmu’l-Asmá’), para beneficio de sus correligionarios persas, y quien se desvivió por esparcir el conocimiento y dilucidar el contenido de aquel poderoso Libro. Fue su intrepidez, habilidad, destreza organizativa y su entusiasmo inagotable lo que consolidó las victorias recién ganadas en un centro tan hostil como Qasvín, que se ufanaba de que no menos de cien de los más insignes dirigentes eclesiásticos del islam viviesen dentro de sus puertas. Fue ella quien, en casa de Bahá’u’lláh en Teherán, en el curso de sus memorables entrevistas con el celebrado Va h. íd, interrumpió de repente el discurso erudito de éste sobre los signos de la nueva Manifestación, y vehementemente le instó mientras sostenía en su regazo a ‘Abdu’l-Bahá, entonces un niño, a alzarse y demostrar mediante actos de heroísmo y autosacrificio la hondura y sinceridad de su Fe. Fue a sus puertas, durante el cenit de su fama y popularidad en Teherán, a quien acudía la flor de la sociedad femenina de la capital para escuchar sus brillantes discursos sobre los principios sin par de la Fe. Fue la magia de sus palabras lo que ganó a los invitados de una boda, apartándolos de los festejos, con ocasión del matrimonio del hijo de Ma múd h. Khán-i-Kalantar –en cuya casa estaba confinada–, los cuales se reunieron en torno a ella, ávidos por aprovechar cada palabra suya. Fue su afirmación apasionada y sin calificativos de los títulos y rasgos distintivos de la nueva Revelación, en una serie de siete conferencias sostenidas con los diputados del Gran Visir, encargados de interrogarla mientras estaba confinada en aquella misma casa, lo que finalmente precipitó la sentencia de muerte. Fue de su pluma de donde fluyeron las obras que atestiguan, con lenguaje inconfundible, no sólo su fe en la Revelación del Báb, sino también su reconocimiento de la misión exaltada y todavía no divulgada de Bahá’u’lláh. Y finalmente, pero no en último lugar, fue debido a su iniciativa, mientras participaba en la Conferencia de Badasht, cuando se pusieron de manifiesto ante sus condiscípulos las implicaciones más desafiantes de una Dispensación revolucionaria, aunque todavía apenas comprendida, y cuando el nuevo Orden se

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divorció para siempre de las leyes e instituciones del islam. Logros tan maravillosos iban a verse coronados ahora y a alcanzar su consumación final con Su martirio en medio de la tormenta que se abatía sobre la capital entera.

Una noche, consciente de que la hora de su muerte ya estaba próxima, se vistió con atuendo de novia, se ungió con perfume y, tras llamar a la mujer del Kalantar, le comunicó el secreto del inminente martirio y le confió sus últimos deseos. Después de esto, encerrándose en su alcoba, aguardó en estado de oración y meditación la hora en que habría de presenciar su reunión con el Bienamado. Paseaba por la habitación cantando una letanía en señal de duelo y triunfo a la vez, cuando los farráshes de ‘Azíz Khán-i-Sardár llegaron, en plena noche, para conducirla al que sería el emplazamiento de su martirio, el jardín Ílkhání, situado extramuros de la ciudad. Cuando ella llegó, el Sardár, que se encontraba sumido en su crápula licenciosa, acompañado de los lugartenientes, reía a grandes carcajadas; éste ordenó que se la estrangulase al punto y que fuera arrojada a una zanja. Con el mismo pañuelo de seda que intuitivamente había reservado para la ocasión y que había entregado en sus últimos momentos al hijo del Kalantar, que la acompañaba, tuvo lugar la muerte de esta inmortal heroína. Su cuerpo fue enterrado en un pozo, que acto seguido fue rellenado de tierra y piedras, tal como ella misma había deseado.

Así concluyó la vida de esta gran heroína bábí, la primera mujer mártir del sufragio, quien, volviéndose a aquel a cuya custodia había sido confiada, le declaró atrevidamente: «Podéis matarme tan pronto como queráis, pero no podréis detener la emancipación de la mujer». Su carrera fue tan deslumbrante como breve, tan trágica como azarosa. A diferencia de sus condiscípulos, cuyas hazañas permanecieron en su mayor parte desconocidas, y no celebradas por sus contemporáneos de tierras forasteras, la fama de esta mujer inmortal resonó en el extranjero, viajando con celeridad impresionante hasta las distantes capitales de Europa occidental, suscitando la admiración entusiasta y evocando la alabanza ardiente de hombres y mujeres de diversas nacionalidades, profesiones y culturas. No es de sorprender que ‘Abdu’l-Bahá haya sumado su nombre a los de Sara, Ásíyih, la virgen María y Fátima, quienes en el curso de sucesivas Dispensaciones han descollado por razón de sus méritos intrínsecos y distinción única por encima del grueso de su propio género. «En elocuencia», escribió el propio ‘Abdu’l-Bahá, «fue ella el terror de la época, y en raciocinio el quebradero de cabeza del mundo». También Él la ha descrito como «un hierro rusiente por el amor de Dios» y «una lámpara encendida por la merced de Dios». En efecto, la maravillosa historia de su vida se propagó tanto como la del propio Báb, Fuente directa de su inspiración. «Prodigio de ciencia, pero también prodigio de belleza», así reza el tributo que le rinde un destacado comentarista de la vida del Báb y sus discípulos. «La Juana de Arco persa, la adalid de la emancipación de la mujer de Oriente [...] quien guardaba parecido tanto con la Eloísa medieval como con la Hipatia neoplatónica», así la aclamaba un dramaturgo destacado a quien Sarah Bernhardt había encargado expresamente que escribiera una versión dramática de la vida de T.áhirih. «El heroísmo de la encantadora pero malhadada poetisa de Qasvín, Zarrín-Táj («Corona de oro») [...]», atestigua lord Curzon de Kedleston, «es uno de los episodios más emocionantes de la historia moderna». «La aparición de una mujer tal como Qurratu’l‘Ayn», escribió el bien conocido comentarista británico, profesor

E. G. Browne, «constituye en cualquier país y en cualquier época, un raro fenómeno, pero en un país como Persia es un prodigio, más aún, casi un milagro. [...] de no poseer la religión bábí otro título de grandeza, éste sería suficiente [...]: el haber producido una heroína como Qurratu’l-‘Ayn». «La cosecha recogida en tierras islámicas por Qurratu’l-‘Ayn», afirma significativamente el renombrado sacerdote inglés doctor T. K. Cheyne en uno de sus libros, «empieza ahora a surgir [...], esta noble mujer [...] tiene el mérito de haber abierto el catálogo de las reformas sociales en Persia [...]» «Sin duda una de las manifestaciones más sorprendentes e interesantes de esta religión», la referencia que le dedica el destacado diplomático francés y brillante escritor conde de Gobineau. «En Qasvín», añade, «se la tuvo, con toda razón, por un prodigio». «Muchas personas», escribe además, «que la conocieron y que la escucharon en diferentes periodos de su vida me han dicho invariablemente [...] que cuando hablaba se sentía uno conmovido en lo más hondo del alma, lleno de admiración y removido hasta las lágrimas». «Ningún recuerdo», escribe Valentine Chirol, «se venera con mayor hondura o prende mayor entusiasmo que el suyo, y la influencia que ejerció en vida todavía hechiza a su género». «¡Oh T.áhirih!» exclama en su libro sobre los babíes el gran autor y poeta de Turquía, Sulaymán Ná im Bey,

z. «valéis tanto como mil Ná iri’d-Dín s. Sháh!». «El mayor ideal de feminidad lo encarna T.áhirih», reza el homenaje que le rindiera la madre

de uno de los presidentes de Austria, doña Mariana Hainisch, «[...] procuraré hacer por las mujeres de Austria aquello por lo que

T.áhirih dio la vida en pro de las mujeres de Persia».

Muchos y diversos son sus admiradores ardientes, quienes a lo largo de los cinco continentes arden en deseos de conocer más sobre su persona. Muchos son los seres cuya conducta ha sido ennoblecida por su ejemplo inspirador, personas que han memorizado sus odas incomparables, musicado sus poemas, ante cuyos ojos brillan la visión de su espíritu indomable, en cuyos corazones se atesora el amor y la admiración que el tiempo no puede anular y en cuyas almas crepita la determinación de transitar tan intrépidamente y con la misma fidelidad el camino que eligió para sí misma y del que nunca se apartó desde el instante de su conversión hasta la hora de su muerte.

El fiero huracán de represión que arrastró a Bahá’u’lláh hasta el calabozo subterráneo y apagó de un soplo la luz de T.áhirih también selló el destino del distinguido amanuense del Báb, Siyyid H. usayn-i-Yazdí, apodado ‘Azíz, quien compartió Su confinamiento tanto en Máh-Kú como en Chihríq. Hombre de honda experiencia y gran mérito, profundamente versado en las enseñanzas de su Maestro, que disfrutaba de Su confianza incondicional, habiendo rechazado cualquier oferta de liberación que le tendieran los funcionarios principales de Teherán, sólo aspiraba sin cesar al martirio que se le había negado el día en que el Báb había entregado Su vida en la plaza del cuartel de Tabríz. Tras ser compañero de Bahá’u’lláh en el Síyáh-Chál de Teherán, a Cuyo lado halló inspiración al recordar aquellos días preciosos transcurridos en la compañía de su Maestro en Ádhirbáyján, al fin fue derribado, en circunstancias de vergonzosa crueldad, por el mismo ‘Azíz Khán-i-Sardár que había asestado el golpe fatal contra T.áhirih.

Otra víctima de las torturas temibles infligidas por un enemigo incansable fue el magnánimo, influyente y valiente H. ájí Sulaymán Khán. Tan grande era la estima de que disfrutaba que el Amír-Ni ám, en una ocasión anterior, se vio forzado a pasar por alto su

z. relación con la Fe que había abrazado y a perdonarle la vida. Sin embargo, la agitación que convulsionó Teherán a raíz del atentado contra la vida del Soberano precipitó su arresto y provocó su martirio. Habiendo fracasado el Sháh en su intento de inducirle, a través del H. ájibu’d-Dawlih a renegar de su fe, ordenó que se le diera muerte del modo que prefiriese. A petición de éste, nueve orificios taladraron su carne, en cada uno de los cuales se colocó una vela encendida. Dado que el verdugo se mostraba remiso a realizar tarea tan espantosa, Sulaymán Khán intentó arrebatarle la navaja de sus manos para hundirla en su propio cuerpo. Temiendo verse atacado, el verdugo se negó y dio órdenes a sus hombres de que amarrasen a la espalda las manos de la víctima; después de esto, el intrépido sufriente rogó que se le practicaran dos orificios en el pecho, dos en los hombros, uno en la nuez del cuello y cuatro a la espalda, deseo al que éstos se plegaron. Erguido como una flecha, con ojos radiantes de estoica fortaleza, imperturbable ante el ulular de la multitud o el espectáculo de la sangre que manaba de sus propias heridas, y pre

cedido por tamborileros y ministriles, encabezó la comitiva que se agolpaba a su alrededor hasta llegar al lugar de su martirio. Cada pocos pasos, interrumpía su marcha para dirigir a los aturdidos presentes palabras con las que glorificaba al Báb y magnificaba el significado de su propia muerte. Cuando sus ojos reparaban en el crepitar de las velas hendidas en su cuerpo, prorrumpía en exclamaciones de dicha irrefrenable. Cada vez que una de estas velas se desprendía del cuerpo, él mismo la recogía con sus manos, volvía a encenderla y la colocaba en su sitio. «¿Por qué no danzas» le preguntaba con aire socarrón el verdugo, «tú que encuentras la muerte tan placentera?» «¿Danzar?» se extrañó el sufridor, «En una mano la copa de vino, en la otra los aladares del Amigo. ¡Tal danza en medio del bazar es mi deseo!» Todavía se hallaba en el bazar cuando una ráfaga de brisa avivó la llama de las velas que ahora quemaban sus entrañas, e hizo que éstas chisporrotearan, ante lo cual la víctima se dirigió en alto con estas palabras a las llamas que corroían sus miembros: «¡Hace tiempo, oh llamas, que habéis perdido vuestro aguijón y que habéis perdido el poder de afligirme. Apresuraos, pues desde vuestras mismas lenguas de fuego puedo oír la voz que me llama hacia mi Bienamado!» Caminó en un halo de luz como el conquistador que desfila hacia el escenario de la victoria. Al pie del patíbulo una vez más alzó la voz en un postrer llamamiento dirigido a la multitud de observadores. A continuación se postró mirando al santuario del Imám-Zádih H. asan, musitando algunas palabras en árabe. «Mi tarea ha concluido», le espetó al verdugo, «venid a terminar la vuestra». Todavía le quedaba algo de vida cuando se procedió a partir el cuerpo en dos mitades, y aun entonces sus labios moribundos vibraban con la alabanza de su Bienamado. Los restos chamuscados y ensangrentados del cadáver quedaron suspendidos, a petición suya, a ambos lados del Portal de Naw, mudos testigos del amor inextinguible que el Báb había prendido en el pecho de Sus discípulos.

La violenta conflagración que prendió a raíz del atentado contra el Monarca no podía limitarse a la capital. Se desbordó afectando a las provincias limítrofes, asoló Mázindarán, la provincia natal de Bahá’u’lláh y provocó a su paso la confiscación, saqueo y destrucción de todas Sus posesiones. En el pueblo de Tákur, en el distrito de Núr, la casa que había dispuesto suntuosamente, herencia de Su padre, fue saqueada por orden de Mírzá Abú-álib T. Khán, sobrino del Gran Visir, a tal extremo que los objetos que no admitían traslado fueron destruidos, en tanto que sus aposentos, más regios incluso que los recintos palaciegos de Teherán, quedaron desfigurados sin remisión posible. Incluso fueron arrasadas las casas vecinas, tras de lo cual la población entera fue pasto de las llamas.

La conmoción que se apoderó de Teherán y que había dado lugar a la campaña de ultrajes y expolio de Mázindarán se extendió hasta las distantes Yazd, Nayríz y Shiraz, zarandeando las aldeas más remotas y volviendo a prender las llamas de la persecución. Una vez más, los codiciosos gobernadores y sus pérfidos subordinados compitieron entre sí por despojar al inocente, masacrar al honrado y deshonrar a los más nobles de su raza. Vino a continuación una carnicería que repitió las atrocidades ya perpetradas en Nayríz y Zanján. «Mi pluma», escribe el cronista de los sangrientos episodios relacionados con el nacimiento y auge de nuestra Fe, «se resiste horrorizada cuando intenta describir lo que aconteció a aquellos hombres y mujeres valerosos [...] Cuanto he tratado de narrar sobre los horrores del asedio de Zanján [...] palidece ante la descarnada ferocidad de las atrocidades perpetradas pocos años después en Nayríz y Shiraz». Las cabezas de no menos de doscientas víctimas de estos brotes de fanatismo feroz quedaron ensartadas en bayonetas y fueron trasladadas triunfalmente desde Shiraz hasta Ábádih. Cuarenta mujeres y niños fueron carbonizados tras encerrarlos en una cueva, en la que se acumuló gran cantidad de leña, impregnada de nafta y a la que se prendió fuego. Se forzó a que trescientas personas montaran por parejas a lomos de caballos, sin sillas, durante todo el trecho hasta Shiraz. Despojadas de ropa, casi desnudas, se las hizo caminar flanqueadas por las cabezas desgajadas pertenecientes a los cadáveres de sus maridos, hijos, padres y hermanos. Sufrieron insultos indecibles, y las penalidades fueron tales que muchas perecieron.

De este modo concluyó el capítulo que había de registrar para siempre el periodo más sangriento, trágico y heroico del primer siglo bahá’í. Los torrentes de sangre vertidos durante aquellos años aciagos y calamitosos deben verse como las semillas fértiles del Orden Mundial que una Revelación aún mayor y en rápida sucesión iba a proclamar y establecer. El homenaje rendido al noble ejército de héroes y santos mártires de la Edad Primitiva, tanto por amigos como enemigos, desde el propio Bahá’u’lláh hasta el más desinteresado observador de países remotos, y desde el momento de su nacimiento hasta el día presente, dan testimonio imperecedero de la gloria y actos que inmortalizaron esa Época.

«Todo el mundo», afirma el testimonio impar de Bahá’u’lláh en el Kitáb-i-Íqán, «quedó maravillado ante su sacrificio [...] La mente se desconcierta al ver sus obras, y el alma se maravilla ante su valor y resistencia física [...] ¿Ha presenciado época alguna acontecimientos tan trascendentales?». Y en otro lugar afirma: «¿Ha presenciado el mundo desde los días de Adán, semejante tumulto, tan violenta conmoción? [...] Me parece que la paciencia fue revelada sólo en virtud de su valor, y la fidelidad misma sólo fue engendrada por sus obras». Y ya refiriéndose de forma más específica en una oración a los mártires de la Fe, afirmó significativamente: «La tierra se ha impregnado de las revelaciones maravillosas de Tu poderío y de los signos como gemas de Tu soberanía gloriosa. Pronto contará ella sus buenas nuevas, cuando le haya llegado la hora».

¿A quién, si no, podrían referirse estas palabras significativas de Mu ammad, el Apóstol de Dios, citadas por Quddús cuando se diri

h. gía a sus compañeros en el Fuerte de Shaykh T.abarsí, sino a esos héroes de Dios, quienes, con su sangre, inauguraron el Día Prometido?: «¡Oh! cuánto anhelo contemplar a Mis hermanos, mis hermanos ¡quienes aparecerán en el fin del mundo! Benditos seamos nosotros, y benditos

sean ellos; y mayor es su bendición que la nuestra». De lo contrario ¿a quién podía aludir la tradición denominada H. adíth-i-Jábir, reproducida en el Káfí, y autentificada por Bahá’u’lláh en el Kitáb-i-Íqán, en

donde, con lenguaje irrefutable, se detallan los signos de la aparición del prometido Qá’im? «En Su día serán humillados Sus elegidos. Sus cabezas serán ofrecidas como regalo, lo mismo que las cabezas de los turcos y deilamitas. Serán muertos y quemados; el miedo se apoderará de ellos; la consternación y alarma aterrorizarán sus corazones. Se teñirá la tierra con su sangre, y el llanto cundirá entre sus mujeres; éstos son en verdad Mis santos».

«Hechos de heroísmo magnífico», reza el testimonio escrito de lord Curzon de Kedleston, «iluminan las páginas ensangrentadas de la historia bábí. Ni los fuegos de Smithfield prendieron un coraje tan noble como el que salió al encuentro y desafió a los más refinados torturadores de Teherán. No es poco en lo que cabe tenerse a los principios de un credo capaz de despertar en sus seguidores un espíritu tan raro y bello de autosacrificio. El heroísmo y martirio de Sus seguidores (del Báb) atraerá a muchos que no encuentran fenómenos semejantes en los anales contemporáneos del islam». «El babismo», escribió el profesor J. Darmesteter, «que se difundió en menos de cinco años de un extremo a otro de Irán, ha estado propagándose y progresando en silencio. Si es que Persia ha de regenerarse alguna vez, habrá de ser mediante esta nueva fe». «Miles de mártires» atestigua Renan en Les Apôtres, «se han aprestado alegremente a morir por él (el Báb). Un día quizá sin par en la historia del mundo fue el de la gran carnicería de babíes de Teherán». «Uno de esos extraños brotes», declara el bien conocido orientalista profesor E. G. Browne, «de entusiasmo, fe, devoción ferviente y heroísmo indomable [...] el nacimiento de una Fe que no es imposible que llegue a labrarse un lugar entre las grandes religiones del mundo». Y de nuevo: «El espíritu que domina a los babíes es tal que apenas puede dejar de afectar profundamente a cuantos se someten a su influencia [...] Déjese que duden quienes no lo hayan presenciado, pero, una vez que ese espíritu se les revele, experimentarán una emoción que es improbable que olviden». «Yo mismo confieso», asevera en su obra el conde de Gobineau, «que si viera aparecer en Europa una secta análoga al

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babismo, con ventajas como las suyas, fe ciega, entusiasmo extremo, valor y dedicación probadas, que infunde respeto a los indiferentes, terror profundo a los adversarios, y además, como dejo dicho, un proselitismo imparable, cuyos triunfos se cosechan en todos los sectores de la sociedad, no dudaría en predecir que en un tiempo dado, por fuerza el poder y el cetro pertenecerán a los poseedores de tan grandes ventajas».

«La verdad del caso», así reza la respuesta que ‘Abbás-Qulí Khán-i-Láríjání, cuyo disparo fue responsable de la muerte de Mullá

H. usayn, supuestamente dio a la pregunta que le formuló el príncipe Ahmad Mírzá en presencia de varios testigos, «es que quienquiera que no haya visto Karbilá y sí haya estado presente en T.abarsí, no sólo habría comprendido lo que allí aconteció, sino que habría dejado de tenerlo en cuenta; y si hubiera visto a Mullá H. usayn de Bushrúyih, habría quedado convencido de que el Jefe de los Mártires (el Imam H. usayn) había regresado a la tierra; y de haber presenciado mis actos, sin duda habría dicho: “Éste es Shimr vuelto con espada y lanza en ristre [...]”. En verdad, ignoro qué se les ha mostrado a estas gentes, o qué han visto, para que salgan a la batalla con tal dicha y júbilo [...] La imaginación de la persona no alcanza a concebir la vehemencia de su valor y bizarría».

¿Cuál, en definitiva, podemos preguntarnos, fue el destino que le fue deparado a esa camarilla que, movida por la malicia, la codicia

o el fanatismo, procuró extinguir la luz que el Báb y Sus seguidores habían difundido sobre el país y su pueblo? La vara del escarmiento divino, veloz y con severidad irrefrenable, no salvó ni al Magistrado Supremo del reino, ni a sus ministros o consejeros, ni a las dignidades eclesiásticas de la religión con las que su Gobierno estaba indisolublemente relacionado, ni a los gobernadores que actuaron como representantes suyos, ni a los jefes de sus fuerzas armadas, los cuales, en grado variable, bien a propósito o bien por temor o negligencia, contribuyeron a las pavorosas pruebas a las que una Fe infante se vio tan inmerecidamente sometida. El propio Mu ammad . Sháh,

hmonarca a un tiempo fanático e irresoluto, rechazando atender la apelación del Báb de que se Le recibiera en la capital y se Le permitiese demostrar la verdad de Su Causa, cediendo a las importunidades del malévolo ministro, sucumbió, a la temprana edad de cuarenta años, tras sufrir un revés repentino de la fortuna, debido a una serie de enfermedades, condenado a aquel «infierno» que, según el Autor del Qayyúmu’l-Asmá’, inevitablemente le llegaría «el Día de la Resurrección». Su genio maligno, el omnipotente H. ájí Mírzá Áqásí, el poder que se agazapaba tras el trono y principal instigador de los ultrajes perpetrados contra el Báb, incluyendo Su encarcelamiento en las montañas de Ádhirbáyján, sufrió su derrocamiento poco después de haber transcurrido apenas un año y medio desde el momento en que se interpuso entre el Sháh y su Cautivo, quedando privado de todas las riquezas malhabidas, caído en desgracia ante su Soberano, forzado a protegerse de la ira creciente de sus compatriotas en el santuario de Sháh ‘Abdu’l ‘Azím, para verse después expulsado ignominiosamente a Karbilá, donde cayó presa de la enfermedad, la pobreza y una tristeza lacerante, en lamentable vindicación de aquella Tabla de denuncia en la que aquel Prisionero había previsto su caída y denunciado su infamia. En cuanto al infame y plebeyo Amír-Ni ám, Mírzá Taqí z. Khán, el primer año de cuyo corto ministerio quedó mancillado por el asalto feroz contra los defensores del Fuerte de T.abarsí, quien autorizó y alentó la ejecución de los Siete Mártires de Teherán, quien desencadenó el asalto contra Va h. íd y sus compañeros, quien fue directamente responsable de la sentencia de muerte del Báb, y quien precipitó la gran revuelta de Zanján, hubo de despedirse, a causa de los celos implacables de su Soberano y los desquites e intrigas cortesanas, de todos los honores que había disfrutado, dándosele traicionera muerte por orden real en el baño del palacio de Fín, cerca de Káshán, donde se desangró tras abrirle las venas. «Si el Amír-Ni ám», son las palabras que Nabíl atribuye

z.

a Bahá’u’lláh, «hubiera sido consciente de Mi verdadera posición, a buen seguro habría dado cuenta de Mi persona. Se desvivió por descubrir la situación real, pero no lo consiguió. Quiso Dios que no lo supiera». Mírzá Áqá Khán, quien desempeñó un activo papel en el cruel desenfreno desatado a raíz del atentado contra el Monarca, fue despojado de sus funciones y sometido a estricta vigilancia en Yazd, donde acabó sus días sumido en la vergüenza y desesperación.

H. usayn Khán, el gobernador de Shiraz, estigmatizado como «bebedor de vino» y «tirano», el primero que se alzó a maltratar al Báb, quien Le reprendió en público y ordenó a su lacayo que Le golpease violentamente en la cara, se vio forzado no sólo a soportar la temible calamidad que de repente le sobrevino a él, a su familia, a su ciudad y provincia, sino que después presenció el descalabro de todos sus deseos, viviendo en el anonimato el resto de sus días, hasta que avanzó tambaleándose hasta la tumba, abandonado tanto por amigos como por enemigos. H. ájibu’d-Dawlih, aquel sanguinario rival, quien con denuedo había acorralado a los inocentes e indefensos babíes, cayó a su vez víctima de la furia del turbulento Lurs, el cual, tras despojarlo de su hacienda, cortarle la barba y obligarle a tragársela, lo ensilló y embridó cabalgando a lomos de éste ante los mismos ojos del pueblo, después de lo cual le dirigieron ante estos mismos ojos atrocidades ignominiosas sobre sus esposas e hijos. El Sa‘ídu’l-‘Ulamá, el mujtahid fanático, feroz y desvergonzado de Bárfurúsh, cuya hostilidad insaciable tantos insultos había acumulado y tales sufrimientos infligió a los héroes de T.abarsí, poco después de la abominación que había perpetrado, cayó presa de una extraña enfermedad que le provocó una sed insaciable y tales espasmos de frío que ni las pieles que lo abrigaban ni el fuego que caldeaba la habitación podían aliviar. El espectáculo de su hogar otrora lujoso y luego en ruinas, convertido al morir en vertedero de las inmundicias que depositaban las gentes de su pueblo, caló tan hondo en los habitantes de Mázindarán que cuando intercambiaban insultos invocaban recíprocamente el mismo destino que le había sido deparado a aquella maldita morada. El ambicioso y falso Ma múd h. Khán-i-Kalantar, a cuya custodia había sido confiada T.áhirih antes de su martirio, incurrió, nueve años después, en las iras de su amo real, y fue arrastrado con sogas, los pies por delante, a través de los bazares de la ciudad hasta acabar en un lugar en las afueras, donde pereció ahorcado. Mírzá H. asan Khán, quien llevó a cabo la ejecución del Báb por orden de su hermano, el Amír-Ni ám, fue sometido, al cabo de dos años de

z. aquel acto imperdonable, a un castigo terrible que concluyó con su muerte. El Shaykhu’l-Islám de Tabríz, el insolente, el codicioso y tiránico Mírzá ‘Alí A s.ghar, quien, después de que la guardia personal del Gobernador de la ciudad se negara a infligir el bastinado contra el Báb, se prestó a aplicar con su propia mano once veces la vara contra los pies del Prisionero, ese mismo año sufrió un ataque de parálisis y, tras soportar dolores lacerantes, acabó muriendo de forma

miserable, muerte que vino seguida por la abolición de la función del Shay u’l-Islám de dicha ciudad. El altivo y pérfido Mírzá Abú-álib .

kh TKhán, quien, desoyendo los consejos de moderación que le daba Mírzá Áqá Khán, el Gran Visir, ordenó el saqueo y la quema del pueblo de Tákur, así como la destrucción de la casa de Bahá’u’lláh, sufrió un año después el azote de la plaga y murió sumido en la degradación, desahuciado incluso por sus más íntimos. Mihr-‘Alí Khán, el Shujá‘u’l-Mulk, quien, después del atentado contra la vida del Sháh, con tanto ensañamiento persiguiera los restos de la comunidad bábí de Nayríz, cayó enfermo, de acuerdo con el testimonio de su propio nieto, quedando mudo sin remedio hasta el día de su muerte. Su cómplice, Mírzá Na‘ím, cayó en desgracia, sufrió dos multas cuantiosas, fue expulsado de su cargo y sometido a torturas refinadas. El regimiento que, despreciando el milagro que había puesto sobre aviso a Sám Khán y sus hombres al punto de desentenderse de cualquier nuevo intento de destruir la vida del Báb, se prestó voluntario a reemplazarlo y acribillar Su cuerpo a balazos, perdió ese mismo año no menos de doscientos cincuenta de los suyos, entre oficiales y hombres, en un terremoto terrible ocurrido entre Ardibíl y Tabríz; dos años después, los restantes quinientos fueron ajusticiados en Tabríz por amotinamiento, quedando sus cuerpos mutilados a la vista del público, el cual, al recordar aquel acto salvaje, se entregó a tales expresiones de condena y aturdimiento que los principales mujtahides se vieron inducidos a escarmentarlos y silenciarlos. El adalid de dicho regimiento, Áqá Ján Big, perdió la vida, seis años después del martirio del Báb, durante el bombardeo de Mu ammarih, protagonizado por las fuerzas navales británicas.

h. El juicio de Dios, tan riguroso e implacable en sus manifestaciones sobre quienes abanderaron o se desempeñaron activamente en los crímenes cometidos contra el Báb y sus Sus seguidores, no fue menos severo en su trato con la masa del pueblo, un pueblo más fanático que los judíos de los días de Jesús, un pueblo desacreditado por su fanatismo feroz, supina ignorancia, perversidad gratuita y crueldad salvaje, un pueblo mercenario, avaro, egoísta y cobarde. Nada mejor que citar cuanto ha escrito el propio Báb en el Dalá’il-i-Sab‘ih («Siete Pruebas») durante los últimos días de Su ministerio: «Recuerda los días tempranos de la Revelación. ¡Cuán grande fue el número de los que murieron de cólera! Aquel fue ciertamente uno de los prodigios de la Revelación, y empero, ¡nadie lo reconoció! Durante cuatro años el azote arrasó entre los musulmanes shí’íes sin que nadie comprendiera su significado!» «En cuanto a la gran masa de sus gentes (Persia)», atestigua Nabíl en su crónica inmortal, «que contempló con indiferencia resentida la tragedia que se presentaba ante sus ojos, y que no acertó a levantar un solo dedo en protesta contra el espanto de aquellas crueldades, cayó, a su vez, víctima de una miseria frente a la cual todos los recursos del país y la energía de sus estadistas se demostraron impotentes [...] Desde el mismo día en que la mano del asaltante se tendió contra el Báb [...] una y otra vez el castigo aplastó el espíritu de aquel pueblo ingrato, poniéndolo al borde mismo de la bancarrota nacional. Plagas cuyos nombres les eran prácticamente desconocidos, excepto por referencias fugaces de libros polvorientos, que pocos se cuidaron de leer, se precipitaron con una furia a la que nadie habría

de escapar. Aquel azote sembró la destrucción allí por donde se prodigó. Tanto el Príncipe como el rústico sintieron su aguijón por igual y hubieron de plegarse a su yugo. El populacho quedó prendido en el puño de esta calamidad, mas ésta no consintió aflojar el pulso. Malignas como la fiebre que diezmó la provincia de Gílán, estas aflicciones repentinas continuaron asolando el país. Por más que aquellas calamidades fueron dolorosas, la ira vengadora de Dios no se detuvo en las desgracias que acontecieron a un pueblo perverso e infiel. Se hizo sentir en cada ser viviente que alentaba sobre la superficie de aquella tierra castigada. Afectó a la vida de las plantas y ani-males por igual, e hizo que las gentes sintieran la magnitud de su marasmo. La hambruna sumó sus horrores al formidable peso de desdichas bajo cuya carga gemía el pueblo. El macilento espectro del hambre se instaló en su seno, con lo que la perspectiva de una muerte lenta y dolorosa atenazaba su visión [...] El pueblo y el Gobierno suspiraban a una por un alivio que no podían obtener en ninguna parte. Sorbieron la copa amarga hasta la hez, ajenos por completo a la mano que la había puesto en sus labios y a la Persona por cuya causa se les hacía sufrir».

Segundo periodo
EL MINISTERIO
DE BAHÁ’U’LLÁH
CAPÍTULO
VI
EL NACIMIENTO
DE LA REVELACIÓN BAHÁ’Í
L

A cascada de acontecimientos que siguieron en rápida sucesión al calamitoso atentado contra la vida de Ná iri’d-Dín

s. Sháh marcó, tal como se ha indicado, el término de la Dispensación bábí y puso fin al capítulo inicial del primer siglo bahá’í, el más turbio y sangriento de su historia. Dichos acontecimientos inauguraron una fase de tribulaciones inconmensurables, en cuyo curso llegó a su nadir la suerte de la Fe que proclamara el Báb. En efecto, desde los albores mismos, las pruebas y vejaciones, los reveses y percances, las denuncias, las traiciones y masacres contribuyeron, en un continuo crescendo, a diezmar las filas de sus seguidores, apuraron al máximo la lealtad de sus más recios defensores, y casi consiguieron quebrantar los cimientos sobre los que descansaba.

Desde su nacimiento, el Gobierno, el clero y el pueblo se alzaron de consuno contra ella jurándole enemistad eterna. Mu ammad

h.

Sháh, débil tanto de voluntad como de entendimiento, rechazando, bajo presión, las propuestas que Le hiciera el propio Báb, había declinado entrevistarse con Él, e incluso Le negó la entrada a la capital.

El joven Ná iri’d-Díns. Sháh, de naturaleza cruel e imperiosa, había manifestado, como Príncipe heredero y como monarca reinante, la amarga hostilidad que, en una etapa posterior del reinado, había de proliferar en todo su turbio y despiadado salvajismo. El poderoso y sagaz Mu‘tamid, la única figura solitaria que pudo extenderle el apoyo y protección que tanto necesitaba, Le fue arrebatado por una muerte repentina. El Jerife de La Meca, quien por medio de Quddús tuvo noticia de la nueva Revelación con motivo de la peregrinación del Báb a La Meca, hizo oídos sordos al Mensaje divino y recibió a Su mensajero con seca indiferencia. La reunión prevista, que había de tener lugar en la ciudad santa de Karbilá, una vez que el Báb regresara de Su viaje a H. ijáz, hubo de cancelarse definitivamente, para frustración de Sus seguidores, quienes aguardaban ansiosamente Su llegada. Las dieciocho Letras del Viviente, baluartes principales que reflejaban la fuerza incipiente de la Fe, habían sido abatidos en su mayor parte. Los «espejos», los «guías», los «testigos», en los que se resolvía la jerarquía bábí, o bien habían sido pasados por la espada, o habían caído en sus terruños, o se habían replegado en el silencio. El programa, cuyos rasgos esenciales fueron comunicados a los principales de entre ellos, quedó inconcluso en su mayor parte debido a un celo excesivo. Los intentos que dos de estos discípulos habían realizado por establecer la Fe en Turquía y la India fracasaron estrepitosamente nada más comenzar su misión. Las tormentas que asolaron Mázindarán, Nayríz y Zanján, además de truncar las carreras prometedoras del venerado Quddús, del valerosísimo Mullá H. usayn, del erudito Va h. íd y del indomable H. ujjat, segó la vida de un número harto elevado de entre los más avezados y valientes de sus condiscípulos. Los odiosos ultrajes relacionados con la muerte de los Siete Mártires de Teherán fueron responsables de la extinción de otro símbolo viviente de la Fe, quien, de haber quedado a salvo, habría contribuido decisivamente a la protección y avance de la castigada Causa, por razón de su estrecho parentesco y relación íntima con el Báb, no menos que en virtud de sus cualidades inherentes.

La tempestad que a continuación se desató con incomparable violencia contra una comunidad postrada, la había privado además de su mayor heroína, la incomparable T.áhirih, todavía en la plenitud de sus logros; selló la perdición de Siyyid H. usayn, el amanuense de confianza del Báb y repositorio escogido de Su última voluntad; redujo a Mullá ‘Abdu’l-Karím-i-Qasvíní, uno de los pocos que justificadamente podía reclamar poseer un conocimiento profundo de los orígenes de la Fe y arrojó a Bahá’u’lláh, único superviviente de entre las figuras señeras de la nueva Dispensación, a un calabozo. El propio Báb –la Fuente de donde procedieron las energías catalizadoras de una Revelación recién nacida– había sucumbido ya, antes de que irrumpiera el huracán, en circunstancias mortificantes bajo los disparos de un pelotón de ejecución, dejando tras de Sí, como cabeza titular de una comunidad casi desmembrada, un mero figurón, tímido en extremo, de buen natural, y no obstante susceptible ante la menor influencia, desprovisto de cualquier cualidad destacada, quien ahora (al margen de la mano rectora de Bahá’u’lláh, el verdadero Guía) andaba buscando, a guisa de derviche, la protección que le proporcionaban las montañas de su Mázindarán natal contra los asaltos amenazadores de un enemigo mortal. Los escritos voluminosos del Fundador de la Fe –en forma manuscrita, dispersos, sin clasificar, mal transcritos–, en parte debido a la fiebre y tumulto de la hora, fueron destruidos deliberadamente, confiscados o enviados precipitadamente a lugares seguros más allá del país donde fueron revelados. Poderosos adversarios, entre los que descollaba la figura del desmesuradamente ambicioso e hipócrita H. ájí Mírzá Karím Khán, quien, a petición especial del Sháh, había atacado sañudamente en un tratado la nueva Fe y sus doctrinas, levantaban ahora la cabeza y, envalentonados por los reveses que ésta había sufrido, la colmaban de insultos y calumnias. Además, bajo la presión de unas circunstancias intolerables, algunos babíes se vieron forzados a renegar de su fe, en tanto que otros llegaron incluso a apostatar y cerrar filas con el enemigo. Y ahora, a estas temibles desgracias se unía una calumnia monstruosa, surgida del atropello perpetrado por un puñado de entusiastas irresponsables, haciendo pesar sobre una Fe Santa e inocente una infamia que parecía indeleble, y que amenazaba con arrancarla de sus cimientos.

No obstante, el Fuego que la Mano de la Omnipotencia había prendido, aunque apagado por este torrente de tribulaciones desatadas, no estaba sofocado. Sin duda, la llama que durante nueve años había ardido con intensidad tan brillante se había extinguido momentáneamente; pero las brasas que aquel gran estallido había deja-do tras de sí todavía crepitaban, destinadas a rebrotar, en una fecha no distante, mediante las brisas vivificadoras de una Revelación incomparablemente mayor, y a derramar un resplandor que no sólo disiparía la oscuridad circundante, sino que habría de proyectar su brillo hasta las estribaciones mismas de los hemisferios occidental y oriental. Tal como el cautiverio y aislamiento forzosos del Báb Le suministraron, por un lado, la oportunidad de formular Su doctrina, de desplegar las implicaciones plenas de Su Revelación, de declarar formal y públicamente Su estación, de establecer Su alianza, y, por otro lado, había contribuido a la proclamación de las leyes de Su Dispensación mediante la voz de Sus discípulos reunidos en Badasht, del mismo modo la crisis de magnitud sin precedentes que habría de culminar en la ejecución del Báb y el encarcelamiento de Bahá’u’lláh, demostró ser el preludio de un renacer que, mediante el poder reanimador de una Revelación mucho más poderosa, habría de inmortalizar la fama y establecer sobre cimientos más duraderos, más allá de los confines de Su país natal, el Mensaje original del Profeta de Shiraz.

En una época en que parecía que la Causa del Báb estaba al borde de la extinción, cuando las esperanzas y ambiciones que suscitó habían quedado, a ojos humanos, frustradas, cuando los sacrificios colosales de sus incontables seguidores parecían haber sido vanos, la Promesa divina atesorada dentro de ella estaba a punto de redimirse de improviso, a un paso de que su perfección final se manifestara misteriosamente. La Dispensación bábí tocaba a su fin (no de forma prematura, sino en su hora señalada) y apuraba su fruto predestinado, revelando su propósito último: el nacimiento de la Misión de Bahá’u’lláh. En la hora más tenebrosa y aciaga asomaba ya una Nueva Luz sobre el horizonte sombrío de Persia. Como consecuencia de lo que, a decir verdad, fue un proceso gradual de maduración, iba a despuntar la etapa más trascendental, si no la más espectacular, de la Edad Heroica.

Durante nueve años, según predijo el propio Báb, de forma rápida, misteriosa e irresistible, la Fe embrionaria concebida por Él había estado desarrollándose hasta que, en la hora fijada, la carga de la Causa prometida de Dios fue lanzada en medio de la lobreguez y agonía del Síyáh-Chál de Teherán. «Ved», atestiguó Bahá’u’lláh mismo años después, al refutar las pretensiones de quienes rechazaban la validez de Su misión que tan de cerca siguiera a la del Báb, «cuán pronto, tras completarse el noveno año de esta maravillosa, esta santa y misericordiosa Dispensación, se consumó de la forma más secreta el número requerido de las almas puras, totalmente consagradas y santificadas». «Que un intervalo tan breve», afirmó Él por otra parte, «se haya interpuesto entre esta poderosísima y maravillosa Revelación de Mi propia Manifestación previa es un secreto que ningún hombre puede desentrañar, y un misterio como ninguna mente puede sondear. Su duración había sido prevista».

El propio san Juan el Divino, refiriéndose a estas dos Revelaciones sucesivas, había profetizado con claridad: «El segundo ay ha pasado; y he aquí que el tercero viene rápidamente». «Este tercer ay», ha explicado ‘Abdu’l-Bahá con referencia a este versículo, «este tercer lamento es el día de la Manifestación de Bahá’u’lláh, del Día de Dios, que está próximo al Día de la aparición del Báb». «Todos los pueblos del mundo», también ha aseverado, «aguardan la aparición al mismo tiempo de dos Manifestaciones; todos esperan el cumplimiento de esta promesa». Y en otro lugar: «El hecho esencial es que todas las religiones contienen la promesa de

A mad-i-A sá’í, aquella estredos Manifestaciones sucesivas». Shaykh h. h. lla luminosa de guía Divina, quien tan claramente había percibido, antes del año 60, la gloria próxima de Bahá’u’lláh, y había hecho

hincapié en «las Revelaciones gemelas que habían de relevarse en rápida sucesión», por su parte, había hecho esta afirmación significativa con relación a la hora próxima de aquella Revelación suprema, en una epístola, de su propio puño y letra, dirigida a Siyyid Ka ím:

z. «El misterio de esta Causa debe manifestarse, y el secreto de este Mensaje debe divulgarse. Nada más puedo decir. No puedo fijar la hora. Su causa será dada a conocer después de H. in [68]». Las circunstancias en las que el Vehículo de esta recién nacida Revelación, que con tal rapidez sucediera a la del Báb, recibió los primeros anuncios de Su misión sublime, recuerdan y, a decir verdad, superan la experiencia conmovedora de Moisés al enfrentarse a la zarza ardiente en los páramos del Sinaí; de Zoroastro, cuando reconoció Su misión a través de una serie de siete visiones; de Jesús,

cuando al salir de las aguas del Jordán vio cómo se abrían los cielos y descendía el Espíritu Santo en forma de paloma para posarse sobre Él; de Mu ammad, cuando en la cueva de Hira, en las afueras de la

h. ciudad santa de La Meca, oyó la voz de Gabriel que le ordenaba «grita en el nombre de Tu Señor»; y del Báb, cuando en un sueño Se acercó a la cabeza sangrante del Imam H. usayn y, bebiendo la sangre que goteaba de su garganta herida, Se despertó reconociéndose como el recipiente elegido de la gracia desbordante del Todopoderoso. ¿Cuál, haríamos bien en preguntarnos en esta circunstancia, era la naturaleza e implicaciones de esa Revelación que, al manifestarse luego de la Declaración del Báb, abolió, de un plumazo, la Dispensación que esa Fe había proclamado hacía tan poco tiempo y sostu

vo, con tal vehemencia y fuerza, la autoridad divina de su Autor? ¿Cuáles, bien podríamos detenernos a considerar, eran los títulos que exhibía Aquel que, siendo Él mismo discípulo del Báb, Se vio facul

tado, en una fase tan temprana, para abrogar la Ley identificada con su Bienamado Maestro?¿Cuál, podemos proseguir preguntándonos, podía ser la relación entre los Sistemas religiosos establecidos con anterioridad y Su propia Revelación, una Revelación que, al manar, en una hora tan extremadamente peligrosa, de Su alma esforzada, traspasó la lobreguez que se había apoderado de aquel pozo pestilente, y traspasando sus muros, se propagó hasta los confines de la tierra, infundió en el cuerpo entero de la humanidad sus ilimitadas potencialidades y se encuentra ahora, ante nuestros propios ojos, configurando el curso de la sociedad?

Él, Quien en tan dramáticas circunstancias hubo de sufrir el peso sobrecogedor de una Misión tan gloriosa, no era sino Aquel a Quien la posteridad aclamará, y a Quien innumerables seguidores ya han reconocido, como el Juez, el Legislador y Redentor de toda la humanidad, como el Organizador del planeta entero, el Unificador de los hijos de los hombres, el Inaugurador del tan esperado milenio, como el Originador de un nuevo «Ciclo universal», como el Establecedor de la Más Grande Paz, la Fuente de la Más Grande Justicia, como el Proclamador de la madurez de toda la raza humana, como el Creador de un nuevo Orden Mundial y el Inspirador y Fundador de una civilización mundial.

Para Israel fue nada más y nada menos que la encarnación del «Padre Sempiterno», el «Señor de las Huestes», Que había descendido «con los diez mil santos»; para la cristiandad, Cristo retornado en «la gloria del Padre», para el islam, el regreso del Imam H. usayn; para el islam sunní, el descenso del «Espíritu de Dios» (Jesucristo); para los zoroástricos, el prometido Sháh-Bahrám; para los hindúes, la reencarnación de Krishna; para los budistas, el quinto Buda.

En su nombre se combinaban los nombres del Imam H. usayn, el más ilustre de entre los sucesores del Apóstol de Dios, la «estrella» más brillante que rutilaba en la «corona» que menciona el Apocalipsis de San Juan, y el del Imam ‘Alí, el Comandante de los Fieles, el segundo de los dos «testigos» ensalzado en ese mismo Libro. Fue designado formalmente Bahá’u’lláh, apelación especialmente consignada en el Bayán persa, y que significa a una la gloria, la luz y el esplendor de Dios, y recibió el título de «Señor de Señores», el «Más Grande Nombre», la «Antigua Belleza», la «Pluma del Altísimo», el «Nombre Oculto», el «Tesoro Preservado», «Aquel a Quien Dios hará manifiesto», la «Más Grande Luz», el «Más Grande Horizonte», el «Más Grande Océano», el «Cielo Supremo», la «Raíz Persistente», el «Autosuficiente», el «Astro del Universo», el «Gran Anuncio», el «Interlocutor del Sinaí», el «Cribador de Hombres», el «Agraviado del Mundo», el «Deseo de las Naciones», el «Señor de la Alianza», el «Árbol más allá del cual no hay paso». Su estirpe se remontaba, por un lado, hasta Abraham (el Padre de los Fieles) a través de su esposa Katurah y, por otro lado, hasta Zoroastro, así como Yazdigird, el último rey de la dinastía sasánida. Además, era descendiente de Jesé y pertenecía, por línea de su padre, Mírzá ‘Abbás, más conocido como Mírzá Buzurg, un noble estrechamente relacionado con los círculos ministeriales de la corte de Fath. -‘Alí Sháh, a una de las familias más antiguas y renombradas de Mázindarán.

A Él había aludido Isaías, el mayor de los profetas judíos, como la «Gloria del Señor», el «Padre Sempiterno», el «Príncipe de la Paz», el «Maravilloso», el «Consejero», la «vara procedente del tronco de Jesé» y la «Rama surgida de Sus raíces», Quien «será establecido sobre el trono de David», Quien «vendrá con mano fuerte», Quien «juzgará entre las naciones», Quien «golpeará la tierra con la vara de Su boca, y con el aliento de Sus labios dará muerte al malvado», y Quien «reunirá a los desperdigados de Israel, y juntará a los dispersos de Judá procedentes de los cuatro rincones de la tierra». A Él cantó David en sus salmos aclamándolo como el «Señor de las Huestes» y «Rey de Gloria». A Él se refirió Egeo como el «Deseo de todas las naciones», y Zacarías como la «Rama» que «crecerá fuera de Su lugar» y «edificará el Templo del Señor». Ezequiel Lo ensalzó como el «Señor» que «será rey de toda la tierra», en tanto que a Su día aludieron Joel y Sefonías como el «día de Yahvé»; éste último describiéndolo como «un día de ira, un día de trances y zozobras, un día de devastación y desolación, un día de oscuridad y lobreguez, un día de nubes y espesa oscuridad, un día de trompetas y alarma contra las ciudades cercadas, y contra los altos torreones». Más aún, Ezequiel y Daniel habían aclamado dicho día como «el día del Señor» y Malaquías lo había descrito como «el día grande y temible del Señor» cuando «el Sol de la

Rectitud» se «alzará con curación en Sus alas», en tanto que Daniel había declarado que Su advenimiento señalaría el final de la «abominación de la desolación».

A Su Dispensación hacen referencia los libros sagrados de los seguidores de Zoroastro como aquella en la que el sol ha de detenerse durante no menos de un mes entero. A Él debió de aludir Zoroastro cuando, de acuerdo con la tradición, predijo que un periodo de tres mil años de conflictos y disputas debía preceder el advenimiento del Salvador del Mundo Sháh-Bahrám, Quien triunfaría sobre Ahriman e inauguraría una era de bendición y paz.

A Él se quiere significar únicamente con la profecía atribuida al propio Gautama Buda, según la cual «un Buda llamado Maitreya, el Buda de la hermandad universal» habrá de alzarse en la plenitud de los tiempos a revelar «Su gloria ilimitada». A Él alude el Bhagavad Gita de los hindúes como el «Más Grande Espíritu», el «Décimo Avatar», la «Manifestación Inmaculada de Krishna».

A Él Se había referido Jesucristo como el «Príncipe de este mundo», el «Consolador», Quien «censurará al mundo del pecado, y de la rectitud y del juicio», como el «Espíritu de la Verdad», Quien «os guiará hasta toda la verdad», Quien «no hablará por Sí mismo, sino que cuanto escuche, eso hablará», como el «Señor de la Viña» y como el «Hijo del Hombre» Quien «vendrá en la gloria de Su Padre», «en las nubes del cielo con poder y gran gloria», con «todos los santos Ángeles» a Su alrededor y «todas las naciones» reunidas ante Su trono. A Él alude el Autor del Apocalipsis como la «gloria de Dios», el «Alfa y Omega», el «Principio y Fin», «el Primero y el Último». Identificando Su Revelación con el «tercer ay», también había ensalzado Su Ley como «un nuevo cielo y una nueva tierra», como el «Tabernáculo de Dios», como la «Ciudad Santa», la «Nueva Jerusalén, venida del cielo de parte de Dios, preparada como una novia engalanada para su esposo». A Su Día Se había referido el propio Jesucristo como «la regeneración, cuando el Hijo del Hombre Se sentará en el trono de Su gloria». A la hora de Su venida se había referido san Pablo como la hora del «último trompetazo», el «trompetazo de Dios», en tanto que san Pedro había hecho mención de ella como el «Día de Dios, cuando los cielos incandescentes se disolverán, y los elementos se fundirán por el calor rusiente». Además ha descrito Su Día como «la hora del recrearse», «la hora de la restitución de todas las cosas, de la que Dios habló por boca de todos Sus santos Profetas desde que empezó el mundo».

A Él había aludido Mu ammad, el Apóstol de Dios, en Su Libro

h. como el «Gran Anuncio» y había declarado Su Día como el Día en que «Dios» descenderá «recubierto de nubes», el Día en que «tu Señor vendrá y los ángeles, fila tras fila» y «El Espíritu Se alzará y los ángeles se alinearán en orden». En ese Libro, Su advenimiento ha sido previsto por Él, en un sura denominado «el corazón del Corán», como el «tercer» Mensajero, enviado para «reforzar» a los dos que Le precedieron. A Su Día, en las páginas de ese mismo Libro, ha rendido un cálido tributo, glorificándolo como el «Gran día», el «Último Día», el «día de Dios», el «día del Juicio», el «día de las Cuentas», el «Día del Mutuo Engaño», el «Día de la Separación», el «Día del «Suspiro», el «Día de la Reunión», el Día «en que el Decreto será cumplido», el Día en que resonará el segundo «trompetazo», el «Día en que la humanidad estará de pie ante el Señor del mundo» y «todos acudirán ante Él con humildad», el Día en que «verás las montañas, que crees tan firmes, desaparecer al paso de una nube», el Día «en que se rendirán cuentas», «el Día venidero, cuando los corazones de los hombres se alzarán hasta sus gargantas y los sofocarán», el Día en que «todos los que están en los cielos y todos los que están en la tierra sufrirán el terror, excepto aquellos a los que Dios desee librar», en que «toda mujer que amamante abandonará a su criatura de pecho, en que toda mujer que lleve una carga en la matriz arrojará su carga», el Día «en que la tierra brillará con la luz de su Señor, y el Libro quedará dispuesto, y los Profetas y los testigos comparecerán; y el juicio se pronunciará sobre ellos con equidad; y nadie sufrirá agravio».

La plenitud de Su gloria fue comparada por el Apóstol de Dios, tal como atestigua el propio Bahá’u’lláh, con el «plenilunio en su decimocuarta noche». De acuerdo con el mismo testimonio, Su estación fue identificada por el Imam ‘Alí, el Comandante de los Fieles, con «Aquel Que conversó con Moisés desde la zarza ardiente en el Sinaí». Sobre el carácter trascendental de Su misión dio testimonio, de nuevo de acuerdo con Bahá’u’lláh, el Imam H. usayn como «una Revelación cuyo Revelador será Aquel Que reveló» al Apóstol de Dios mismo.

Sobre Él, ay A mad-i-A sá‘i, el heraldo de la Dispensación

Shkhh. h. bábí, quien había predicho los «extraños acontecimientos» que tendrían lugar «[...] entre los años 60 y 67», y que había afirmado categóricamente la inevitabilidad de Su Revelación, había escrito, tal como se ha mencionado antes, lo que sigue: «El Misterio de esta Causa debe manifestarse, y el secreto de este mensaje debe ser divulgado. No puedo decir más, ni puedo fijar la hora. Su Causa será dada a conocer después de H. ín [68]» (esto es, después de un tiempo).

Siyyid Ká im-i-Ra shtí, el discípulo y sucesor de Shay A.mad,

z. khhhabía escrito igualmente: «El Qá’im ha de ser ejecutado. Después de que se Le dé muerte el mundo habrá alcanzado la edad de dieciocho». En su Shar. s. z.

h-i-Qa ídiy-i-Lámíyyih, Siyyid Ká im había aludido al nombre «Bahá». Además, conforme sus días se agotaban, había declarado significativamente a sus discípulos: «En verdad digo, que después del Qá’im, el Qayyúm se hará manifiesto. Pues cuando la estrella de este último se haya eclipsado, el sol de la belleza de H. usayn se alzará e iluminará el mundo entero. Entonces se desplegará en toda

Sh Amad su gloria el “Misterio” y el “Secreto” de que hablara aykh h. [...] Haber alcanzado ese Día de Días es haber alcanzado la gloria cimera de las generaciones pretéritas, y un acto bondadoso realizado en esa época iguala al culto piadoso de incontables siglos».

De forma no menos significativa, el Báb Lo ensalzó como la «Esencia del Ser», el «Remanente de Dios», el «Amo Omnipotente», la «Omnímoda Luz Carmesí», el «Señor de lo visible y de lo invisible» y el «Único Objeto de todas las Revelaciones previas, incluyendo la Revelación del propio Qá’im». Lo había designado formalmente como «Aquel a Quien Dios hará manifiesto», había aludido a Él como el «Horizonte de Abhá» en donde Él mismo vivía y moraba, había consignado expresamente Su título y elogiado Su «Orden» en Su libro más conocido, el

Bayán persa; había divulgado Su nombre al aludir al «hijo de ‘Alí, un guía verdadero e indudable de los hombres». Había fijado, repetidamente, de palabra y por escrito, y más allá de todo asomo de duda, la hora de Su Revelación, y había prevenido a Sus seguidores de que «el Bayán y todo lo que estaba contenido dentro» pudiera «apartarlos como por un velo» de Él. Además, había declarado que Él era el «primer siervo en creer en Él», que Le rendía fidelidad «ante todas las cosas creadas», que «ninguna alusión» Suya «podía aludir a Él», que «el germen de un año de edad que contenía en su seno las potencialidades de la Revelación que había de venir estaba dotado de una potencia superior a las fuerzas conjuntas del Bayán entero». Además, había afirmado claramente que Él había «establecido un pacto con todas las cosas creadas» acerca de Aquel a Quien Dios hará manifiesto antes de que se hubiera establecido la alianza relativa a Su propia misión. Había reconocido con presteza que Él no era más que «una letra» de aquel «Poderosísimo Libro», «una gota de Rocío» de aquel «Océano sin límites», que Su Revelación era «tan sólo una hoja entre las hojas de Su Paraíso», que «todo lo que ha sido exaltado en el Bayán» no era sino «una sortija» sobre Su propia mano, que Él mismo no era sino «un anillo en la mano de Aquel a Quien Dios hará manifiesto», Quien «la hace girar como Le place, por lo que Le plazca y mediante lo que sea que Le plazca». De forma inconfundible declaró que Él Se había «sacrificado enteramente» por Él, que había «consentido que se Le maldijese» por Su causa, y que no había «anhelado nada sino el martirio» en el sendero de Su amor. Finalmente, de forma inequívoca había profetizado: «hoy el Bayán está en la etapa de la semilla; al comienzo de la manifestación de Aquel a Quien Dios hará manifiesto su perfección última se hará aparente». «Antes de que hayan transcurrido nueve desde el comienzo de esta Causa, las realidades de las cosas creadas no se harán manifiestas. Todo lo que has visto hasta ahora no es sino la etapa del germen humedecido hasta que lo arropamos con carne. Sé paciente hasta que contemples una nueva creación. Di: ¡Bendito, por tanto, sea Dios, el Más Excelente de los Hacedores!»

«Aquel alrededor de Quien el Punto del Bayán (el Báb) había girado,

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ha llegado», reza el testimonio confirmatorio de Bahá’u’lláh sobre la grandeza inconcebible y carácter preeminente de Su propia Revelación. «Si todos los que se encuentran en el cielo y la tierra», afirma asimismo, «estuvieran investidos en este día de los poderes y atributos destinados para las Letras del Bayán, cuya condición es diez mil veces más gloriosa que la de las Letras de la Dispensación coránica, y si éstas, todas y cada una, vacilasen en reconocer, siquiera en el lapso de un abrir y cerrar de ojos, Mi Revelación, serían contadas, a los ojos de Dios, como extraviadas, y consideradas “Letras de la Negación”». «Poderoso es Él, el Rey de la potencia divina», afirma Él mismo aludiéndose a Sí mismo en el Kitáb-i-Íqán, «para extinguir con una de Sus palabras maravillosas, el aliento de vida del Bayán en su conjunto y de su pueblo, y con una letra conferirles una vida nueva y sempiterna, y hacer que se alcen y corran ahuyentados de los sepulcros de sus deseos vanos y egoístas». «Éste», declara además, «es el Rey de los días», el «Día de Dios mismo», el «Día que nunca será seguido de la noche», en que la «primavera no vendrá seguida por el otoño», «el ojo que mira hacia las épocas y siglos pasados», Día por el que «el alma de todo Profeta de Dios, de todo Mensajero divino, ha estado sedienta», por el que «todos los diversos linajes de la tierra han suspirado», mediante el cual «Dios ha probado los corazones de la compañía entera de Sus Mensajeros y Profetas, y más allá de éstos a quienes hacen vela sobre Su sagrado e inviolable Santuario, los moradores del Pabellón Celestial y los habitantes del Tabernáculo de Gloria». «En esta Poderosísima Revelación», afirma también, «todas las Dispensaciones del pasado han alcanzado su consumación más elevada y definitiva». E igualmente: «Ninguna de las Manifestaciones de antiguo, excepto en un grado prescrito, han comprendido completamente la naturaleza de esta Revelación». Refiriéndose a Su propia estación, declara «de no ser por Él, ningún Mensajero divino habría sido investido con el manto de la Profecía, ni se hubiera revelado ninguna de las Escrituras sagradas».

Por último, y sin por ello desmerecer, está el propio tributo de ‘Abdu’l-Bahá al carácter trascendente de la Revelación identificada con Su Padre: «Transcurrirán los siglos, más aún las épocas, antes de que el Astro de la Verdad vuelva a brillar con su esplendor meridiano, o aparez

ca una vez más con el fulgor de su gloria primaveral». «La mera contemplación de la Dispensación inaugurada por la Bendita Belleza», afirma además, «habría bastado para anonadar a los santos de épocas pasadas, santos que han añorado participar siquiera en un momento de su gran gloria». «En cuanto a la Manifestación que descenderá en el futuro “A la sombra de las nubes”, sabe que en verdad», es Su significativa afirmación, «por lo que se refiere a su relación con la fuente de su inspiración, se encuentran bajo la sombra de la Bendita Belleza. Sin embargo, en relación con la época en la que aparecen, cada uno de ellos “hace lo que Él quiera”». Y final-mente, se encuentra esta ilustrativa explicación Suya, en la que expresa de modo concluyente la verdadera relación entre la revelación de Bahá’u’lláh y la del Báb: «La Revelación del Báb puede asemejarse al Sol, correspondiéndose su estación con el primer signo del Zodiaco –el signo de Aries– en el que el Sol ingresa en el equinoccio primaveral. La estación de la Revelación de Bahá’u’lláh, por otra parte, está representada por el signo de Leo, el Sol en pleno verano y en la más elevada estación. Con ello se significa que esta Santa Dispensación está iluminada con la luz del Sol de la Verdad, resplandeciente desde su más exaltada estación, y en la plenitud de su resplandor, calor y gloria».

Llevar a cabo siquiera un repaso exhaustivo de las referencias proféticas a la Revelación de Bahá’u’lláh sería sin duda una tarea imposible. De ello da fe la pluma del propio Bahá’u’lláh: «Todos los Libros divinos y Escrituras divinas han predicho y anunciado a los hombres el advenimiento de la Más Grande Revelación. Nadie puede referir adecuadamente los versículos registrados en los Libros de épocas pretéritas que vaticinaban está Merced suprema, esta Gracia poderosísima».

Entiendo que, como colofón de este tema, debería afirmarse que la Revelación identificada con Bahá’u’lláh deroga incondicionalmente todas las Dispensaciones anteriores a ella, sostiene sin contemporizaciones las verdades eternas que atesoran, reconoce firme y absolutamente el origen divino de sus Autores, preserva intacta la santidad de sus Escrituras auténticas, desautoriza cualquier intención de rebajar la dignidad de sus Fundadores, o de aminorar los ideales

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espirituales que inculcan, clarifica y correlaciona sus funciones, reafirma su propósito común, inalterable y fundamental, reconcilia sus títulos y doctrinas en apariencia divergentes, reconoce prontamente y con gratitud sus aportaciones respectivas al despliegue gradual de una Revelación divina, reconoce sin vacilar no ser sino un eslabón en la cadena de Revelaciones continuamente progresivas, suplementa sus enseñanzas con las leyes y mandamientos que se adecuan a las necesidades imperiosas y que vienen dictadas por la receptividad creciente de una sociedad en rápida evolución y cambio constante, y proclama su disposición y capacidad de fundir e incorporar a las sectas y facciones rivales en que han caído en una Hermandad universal, que ha de funcionar dentro del armazón, y de acuerdo con los preceptos de un Orden divinamente concebido, integrador y redentor del mundo.

Una Revelación, saludada como la promesa y gloria cimera de épocas y siglos pasados, como la consumación de todas las Dispensaciones del Ciclo Adánico, la cual habrá de inaugurar una era de una duración no inferior a mil años, y un ciclo destinado a durar no menos de cinco mil siglos, que ha de señalar el fin de la Era Profética y el comienzo de la Era del Cumplimiento, sin igual tanto por la duración del ministerio de su Autor como por la fecundidad y esplendor de Su misión; tal Revelación, como ya se ha destacado, nació en la oscuridad de un calabozo subterráneo de Teherán, un pozo abominable que antiguamente había servido como aljibe de uno de los baños públicos de la ciudad. Envuelto en una tenebrosidad infernal, inhalando su aire fétido, aterido por una atmósfera húmeda y gélida, impedido por los grilletes que pendían de Sus pies, encorvado por el peso de una cadena formidable, rodeado de criminales y malhechores de la peor calaña, oprimido por la conciencia del terrible golpe asestado al buen Nombre de Su bienamada Fe, dolorosamente consciente del terrible descalabro padecido por sus líderes y de los graves peligros a que se enfrentaban el resto de sus seguidores; en una hora tan crítica como ésa, y en tan pavorosas circunstancias descendió, y Se reveló, personificado en una «Doncella», ante el alma transida de Bahá’u’lláh, el «Más Grande Espíritu», según lo designara Él mismo, al que las Dispensaciones zoroástrica, mosaica, cristiana y mu h. ammadiana designaron como el Fuego Sagrado, la zarza ardiente, la Paloma y el ángel Gabriel, respectivamente.

«Cierta noche, en un sueño», escribe Él mismo, al recordar, en el atardecer de Su vida, los primeros barruntos de la Revelación de Dios dentro De Su alma: «se oyeron estas exaltadas palabras: “Verdaderamente, nosotros Te haremos victorioso por Ti mismo y por Tu pluma. No Te aflijas por lo que Te ha acontecido, ni temas, pues estás a salvo. Dentro de poco, Dios hará surgir los tesoros de la tierra: hombres que Te ayudarán por Ti mismo y por tu nombre, para lo cual Dios ha hecho revivir los corazones de aquellos que Le han reconocido”». En otro pasaje describe, de forma breve y gráfica, la acometida de la fuerza arrasadora del Emplazamiento divino sobre Su ser entero, una experiencia que recuerda vívidamente a la visión de Dios que hiciera caer desmayado a Moisés, y la voz de Gabriel, que causara tal consternación en Muh. am-mad, que corrió a buscar refugio en Su hogar para pedir a Su esposa Khadíjih que lo rodease con el manto. «Durante los días en que yacía en la prisión de Teherán, pese a que el peso mortificante de las cadenas y el aire hediondo apenas me concedían un poco de sueño, aun en aquellos infrecuentes momentos de adormecimiento sentía como si algo fluyera desde el ápice de Mi cabeza hasta el pecho, cual si se tratara de un torrente poderoso que se precipitase sobre la tierra desde la cima de una grandiosa montaña. En consecuencia, los miembros de Mi cuerpo se encendían. En tales momentos Mi lengua recitaba lo que ningún hombre puede soportar oír».

En el Súratu’l-Haykal («el Sura del Templo») describe aquellos momentos en vilo en que la Doncella, simbolizada por el «Más Grande Espíritu», proclamaba Su misión a la creación entera: «Las tribulaciones me embargaban cuando oí la voz más maravillosa y más almibarada, que Me llamaba por sobre Mi cabeza. Volviendo el rostro, contemplé una Doncella –la encarnación del recuerdo del Nombre de Mi Señor– suspendida en el aire ante Mí. Tan alegre estaba en su alma misma que su rostro brillaba con el ornamento del beneplácito de Dios, y sus mejillas destellaban el brillo del Todomisericordioso. Entre la tierra y el cielo elevaba un llamamiento que cautivó el corazón y la conciencia de los hombres. Impartía tanto a Mi ser interior como exterior las buenas nuevas que regocijaron Mi alma y las almas de los siervos honorables de Dios. Apuntando con su dedo hacia Mi cabeza, se dirigió a todos los que están en el cielo y todos los que están en la tierra diciendo: “¡Por Dios! Éste es el Bienamado de los mundos, y sin embargo no comprendéis. Ésta es la Belleza de Dios entre vosotros, y el poder de Su soberanía dentro de vosotros, si comprendierais. Éste es el Misterio de Dios y Su Tesoro, la Causa de Dios y Su gloria para todos los que están en los reinos de la Revelación y de la creación, si fuerais de los que perciben”».

En su Epístola a Ná iri’d-Dín s. Sháh, su adversario real, revelada en el apogeo de la proclamación de Su Mensaje, figuran estos pasajes que arrojan más luz sobre el origen divino de Su misión: «¡Oh Rey! Yo no era más que un hombre como los demás; dormía en Mi lecho cuando, he aquí, las brisas del Todoglorioso soplaron sobre Mí y Me enseñaron el conocimiento de todo lo que ha sido. Esto no viene de Mí, sino de Uno que es Todopoderoso y Omnisciente. Y Él me ordenó que elevara Mi voz entre la tierra y el cielo, y por esto Me aconteció lo que ha hecho que corran las lágrimas de todo hombre de entendimiento [...] Ésta no es sino una hoja que los vientos de la voluntad de tu Señor, el Todopoderoso, el Alabado, ha movido [...] Su llamamiento omnímodo Me ha alcanzado, y Me ha hecho declarar Su alabanza entre todos los pueblos. Ciertamente era yo como un muerto cuando se pronunció Su orden. La mano de la voluntad de tu señor, el Compasivo, el Misericordioso, Me transformó». «¡Por Mi Vida!», afirma Él en otra Tabla, «no por mi propia voluntad Me he revelado, sino que Dios, por Su propia elección, Me ha manifestado». Y de nuevo: «Cuando decidí guardar silencio y permanecer callado, he aquí que la Voz del Espíritu Santo, de pie ante Mi diestra, Me despertó, y el Más Grande Espíritu apareció ante Mi rostro, y Gabriel me arropó, y el Espíritu de Gloria se agitó en Mi seno, ordenándome que Me alzara a romper Mi silencio».

Tales fueron las circunstancias en las que se alzó el Sol de la Verdad en Teherán, ciudad, que, por razón de tan raro privilegio, había sido glorificada por el Báb como la «Tierra Santa», y denominada por Bahá’u’lláh «La Madre del mundo», el «Venero de Luz», la «Alborada de los signos del Señor», la «Fuente de dicha de toda la humanidad». Los primeros asomos de esa Luz de esplendor impar, según ya se ha descrito, despuntaron en la ciudad de Shiraz. El cerco de ese Orbe había aparecido ahora sobre el horizonte del Síyáh-Chál de Teherán. Sus rayos iban a estallar, diez años después, en Bagdad, traspasando las nubes que, inmediatamente después de su alzamiento en aquellas inmediaciones sombrías, nublaron su esplendor. Estaba destinado a elevarse a su cenit en la remota ciudad de Adrianópolis, para final-mente declinar en los aledaños de la ciudad fortaleza de ‘Akká.

El proceso en virtud del cual el resplandor de una Revelación tan deslumbrante se desplegó ante los ojos de los seres humanos, por necesidad era lento y gradual. La primera anunciación que recibió su Portador no se compaginaría ni fue seguida al cabo por divulgación alguna de su carácter, ya fuera a Sus propios compañeros o a Sus familiares. Aún había de transcurrir un periodo no inferior a diez años antes de que sus implicaciones de largo alcance se divulgaran directamente y aun entonces a sus más íntimos allegados, un periodo de gran fermento espiritual, durante el cual el Receptor de tan potente Mensaje aguardó impaciente la hora en que podía desahogar Su densísima alma, tan rebosante de las energías potentes liberadas por la Revelación naciente de Dios. Todo lo que hizo en el curso de ese intervalo preordenado, fue aludir, con lenguaje velado y alegórico, en epístolas, comentarios, oraciones y tratados que Se sintió movido a revelar, a que la Promesa del Báb ya se había cumplido y que Él mismo era Quien había sido escogido para redimirla. Unos pocos de entre Sus condiscípulos, distinguidos por su sagacidad, atracción y devoción personal que le mostraban, percibieron el resplandor de la gloria aún sin revelar que había anegado Su alma y que, de no haber sido por Su influencia moderadora, habrían divulgado Su secreto y lo habrían proclamado a los cuatro vientos.

CAPÍTULO
VII
EL DESTIERRO
DE BAHÁ’U’LLÁH A IRAK
E

L atentado contra Ná iri’d-Díns. Sháh, como se relataba en un capítulo anterior, tuvo lugar el 28 del mes de shavvál de 1268 d.h., correspondiente al 15 de agosto de 1852. Inmediatamente después, Bahá’u’lláh fue arrestado en Níyávarán y conducido, con la mayor ignominia, a Teherán, para ser arrojado al Síyáh-Chál. Duró Su encarcelamiento un plazo no inferior a cuatro meses, a mitad de los cuales principió el «año nueve» (1269), anunciado en términos tan encomiásticos por el Báb y aludido como el año «después de H. ín» por Shaykh Ah. mad-i-A sá’í, que habría de h. dotar de potencialidades no soñadas al mundo entero. Dos meses después de iniciarse el año y habiéndose cumplido el propósito de Su encarcelamiento, Bahá’u’lláh fue liberado de Su confinamiento y partió, un mes después, hacia Bagdad, en lo que sería la primera etapa del exilio memorable de toda una vida, y que habría de llevarle, en el curso de los años, hasta la remota Adrianópolis, en la Turquía europea, hasta culminar en los veinticuatro años de encarcelamiento en ‘Akká.

Ahora que había sido investido, como consecuencia de aquel sueño poderoso, con la fuerza y autoridad soberana vinculadas a Su misión divina, la liberación de un confinamiento que había alcanzado ya su propósito, y que de haberse prolongado Lo habría imposibilitado para el ejercicio de Sus funciones recién conferidas, se volvía ahora no sólo inevitable, sino imperativa y urgente. Tampoco faltaron los medios e instrumentos mediante los cuales podía efectuarse Su emancipación de los grillos que Lo sujetaban. La intervención persistente y decisiva del Ministro ruso, príncipe Dolgorouki, quien no dejó piedra sobre piedra hasta establecer la inocencia de Bahá’u’lláh; la confesión pública de Mullá Shaykh ‘Alíy-i-Tur shízí, apodado ‘A ím, quien, en el Síyáh-Chál, en presencia del ájibu’d-Dawlih y

z. H. del intérprete del ministro ruso y de los representantes del Gobierno, Lo exoneró enfáticamente, reconociendo su propia complicidad; el testimonio indiscutido establecido por los tribunales competentes; los esfuerzos constantes ejercidos por Sus propios hermanos, hermanas y parientes, todo ello a una produjo Su liberación última de manos de Sus rapaces enemigos. Otra influencia potente, si bien menos obvia, y cuya contribución es preciso reconocer en esta liberación, fue el destino sufrido por tan amplio número de sacrificados condiscípulos Suyos, que languidecieron con Él en esa misma prisión. Pues, en efecto, tal como Nabíl observa: «La sangre que en el curso de aquel aciago año fuera derramada en Teherán por aquella banda heroica con la que Bahá’u’lláh había sido encarcelado, constituye el rescate pagado por librarlo de la mano de un enemigo que procuró impedir que alcanzara el propósito a que Dios Le había destinado».

Gracias a testimonios tan abrumadores con que establecer más allá de toda sombra de duda la inocencia de Bahá’u’lláh, el Gran Visir, después de haber logrado el consentimiento remiso de su Soberano de liberar al Cautivo, estaba ahora en condiciones de enviar a su representante de confianza, H. ájí ‘Alí, al Síyáh-Chál, con instrucciones de entregar a Bahá’u’lláh el mandato de liberación. El espectáculo que contemplara el emisario a su llegada provocó en él tal rabia que maldijo a su amo por el tratamiento vergonzoso dispensado a un hombre de tan alta alcurnia y fama impoluta. Quitándose el manto que le cubría las espaldas se lo entregó a Bahá’u’lláh, rogándole que lo llevara cuando compareciera ante el Ministro y sus consejeros, petición que él rechazó tajantemente, prefiriendo presentarse con el atuendo de prisionero ante los miembros del Gobierno imperial.

Tan pronto como compareció a su presencia, el Gran Visir se dirigió a Él diciéndole: «De haber seguido mi consejo, y si os hubierais apartado de la Fe de Siyyid-i-Báb, nunca habríais sufrido los pesares e indignidades de que habéis sido colmado». «Si vos, por vuestra parte», replicó Bahá’u’lláh, «hubierais seguido mis consejos, los asuntos del Gobierno no habrían llegado a tan crítica situación». Mírzá Áqá Khán dio en recordar entonces la conversación que había sostenido con Él con motivo del martirio del Báb, cuando se le avisó de que «la llama que ha sido prendida arrasará con más virulencia que nunca». «¿Qué es lo que me recomendáis que haga ahora?». «Cursad órdenes a los gobernadores del reino», fue la respuesta instantánea, «de que cesen de derramar la sangre de los inocentes, que abandonen el saqueo de sus propiedades, que pongan fin a la deshonra de sus mujeres y dejen de herir a sus hijos». Ese mismo día el Gran Visir actuó de acuerdo con el consejo que se le había dado; pero cualquiera que fuere su efecto, tal como demostró ampliamente el curso de los acontecimientos sucesivos, éste se demostró momentáneo e insignificante.

La paz y tranquilidad relativas de que gozó Bahá’u’lláh después de Su trágico y cruel encarcelamiento estaban destinadas, por los dictados de una Sabiduría indefectible, a durar un lapso harto breve. Apenas Se había reunido con Su familia y parientes, cuando Le fue comunicado el decreto de Ná iri’d-Dín Sháh por el que se Le ordena

s. ba que abandonara el territorio persa, se fijaba un plazo de no más de un mes para Su partida y únicamente se Le permitía el derecho de escoger el país de exilio. El Ministro ruso, tan pronto como fue informado de la decisión imperial, expresó su deseo de acoger a Bahá’u’lláh bajo la protec

ción de su Gobierno, poniendo a Su disposición cualquier medio para el traslado a Rusia. Bahá’u’lláh declinó tan espontánea invita

ción, prefiriendo, en cumplimiento de un instinto infalible, fijar Su morada en territorio turco, en la ciudad de Bagdad. «Mientras permanecía encadenado y con grilletes en la prisión», declararía Él mismo, años después, en la Epístola dirigida al Aar de Rusia, Alejandro Nicolaevitch II, «uno de tus ministros Me ofreció su ayuda. Por lo cual Dios ha ordenado para ti una posición que no puede comprender el conocimiento de nadie, excepto Su conocimiento. Cuidado, no sea que trueques esta sublime posición». «En los días», se dice en otro testimonio luminoso revelado por Su pluma, «en que este Agraviado sufría grave aflicción en prisión, el ministro del muy estimado Gobierno (de Rusia) –¡que Dios, glorificado y exaltado sea Él, le socorra!– desplegó los mayores esfuerzos para propiciar Mi liberación. Varias veces se concedió el permiso de excarcelación. Algunos de los ‘ulamás de la ciudad, sin embargo, lo impidieron. Por fin, pudo lograrse Mi libertad mediante la solicitud y empeño de Su Excelencia el Ministro [...] Su Majestad Imperial, el Grandísimo Emperador, –¡que Dios, exaltado y glorificado sea Él, le auxilie!– Me extendió su protección por amor a Dios, una protección que suscitó la envidia y la enemistad de los necios de la tierra» .

El edicto del Sháh, equivalente a la orden inmediata de expulsión de Bahá’u’lláh del territorio persa, abre un capítulo nuevo y glorioso en la historia del primer siglo bahá’í. Visto desde su correcta perspectiva, se reconocerá que tuvo lugar en una de las épocas más azarosas y trascendentales de la historia religiosa mundial. Coincidió con la inauguración de un ministerio que se extendería por un periodo de casi cuarenta años, un ministerio que, en virtud de su poder creativo, fuerza purificadora, influencias curativas y del funcionamiento irresistible de las fuerzas rectoras y configuradoras del mundo que había desatado, carece de parangón en los anales religiosos de la raza humana entera. Señaló la fase inicial de una serie de destierros, que, a lo largo de cuatro decenios, concluirían sólo con la muerte de Quien era el destinatario de aquel edicto cruel. El proceso que puso en marcha, en su despliegue progresivo y gradual, se inició con el establecimiento de Su Causa durante un tiempo en el seno mismo del bastión celosamente guardado del islam shí’í, y Lo puso en contacto con los exponentes más ilustres y eximios; después, en una etapa posterior, lo confrontó, en la sede del califato, con los dignatarios civiles y eclesiásticos del reino y los representantes del Sultán de Turquía, el mandatario más poderoso del mundo islámico; y finalmente Lo llevó hasta las costas remotas de Tierra Santa, cumpliéndose así las profecías registradas tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos, realizando la promesa atesorada en las varias tradiciones atribuidas al Apóstol de Dios y a los Imámes que Le sucedieron, e inaugurando la restauración tan esperada de Israel en la antigua cuna de su Fe. Con ello cabe afirmar que había comenzado la última y más fecunda de las etapas de una vida, cuyos primeros veintisiete años se caracterizaron por el disfrute despreocupado de todas las ventajas que concedían las riquezas y una noble cuna, por la solicitud indefectible hacia los intereses de los pobres, de los enfermos y los humillados; a la que siguieron nueve años de discipulado activo y ejemplar al servicio del Báb; y finalmente por el encarcelamiento de cuatro meses, ensombrecido en todo momento por mor-tales peligros, amargado por tribulaciones agónicas e inmortalizado, a su fin, por la repentina erupción de las fuerzas liberadas por una Revelación desbordante y revolucionadora de almas.

La forzosa y apretada salida de Bahá’u’lláh de Su tierra natal, acompañado por algunos de Sus familiares, recuerda en alguno de sus aspectos la precipitada huida a Egipto de la Sagrada Familia; la repentina migración de Mu ammad, poco después de asumir Su función

h. profética, de La Meca a Medina; el éxodo de Moisés, Su hermano y seguidores suyos de la tierra de nacimiento, en respuesta al emplazamiento divino; y, sobre todo, el destierro de Abraham desde Ur de los caldeos hasta la Tierra Prometida, un destierro que, por la multitud de beneficios conferidos sobre tan diversos pueblos, credos y naciones, constituye el acceso histórico más próximo a las incalculables bendi

ciones destinadas a impartirse, en este día y en épocas futuras, a la raza humana entera, como consecuencia directa del exilio sufrido por Aquel Cuya Causa es la flor y fruto de todas las Revelaciones previas.

Tras enumerar en Contestación a unas preguntas las consecuencias trascendentales del destierro de Abraham, ‘Abdu’l-Bahá afirma significativamente que «Siendo así que el exilio de Abraham desde Ur a Alepo de Siria reportó semejantes frutos, conviene reflexionar cuál será el efecto de los exilios sucesivos de Bahá’u’lláh desde Teherán a Tierra Santa, pasando por Bagdad, Constantinopla y Rumelia».

El primer día del mes de rabí‘u’th-thání del año 1269 d.h. (12 de enero de 1853), nueve meses después de regresar de Karbilá, Bahá’u’lláh, junto con algunos miembros de Su familia, escoltado por un oficial de la guardia imperial y un oficial representante de la Legación rusa, partieron en Su marcha de tres meses hasta Bagdad. Entre quienes compartieron exilio estaba Su esposa, la santa Navváb, llamada por Él la «Hoja Más Exaltada», quien, durante casi cuarenta años, continuó evidenciando una fortaleza, una piedad, devoción y nobleza de alma tales que le valieron de la pluma de su Señor el tributo póstumo y sin rival de haberse convertido en Su «consorte perpetuo en todos los mundos de Dios». Su hijo de nueve años, más adelante nombrado la «Más Grande Rama», destinado a convertirse en el Centro de Su Alianza e Intérprete autorizado de Sus enseñanzas, junto con Su hermana de siete años, conocida en años posteriores por el mismo título de su ilustre madre, y cuyos servicios hasta la muy avanzada edad de ochenta y seis años, no menos que su parentesco exaltado, la hacen acreedora a la distinción de figurar como la heroína suprema de la Dispensación bahá’í, se encontraban también entre los exiliados que ahora decían su último adiós al país natal. De los dos hermanos que Le acompañaban en esa travesía, el primero era Mírzá Músá, comúnmente llamado Áqáy-i-Kalím, Su esforzado y apreciado valedor, el más capaz y más distinguido de entre Sus hermanos y hermanas, y una de las «dos únicas personas», de acuerdo con el testimonio de Bahá’u’lláh, «que estaban adecuadamente informadas de los orígenes» de Su Fe. El otro era Mírzá Mu ammad-Qulí, hermanas

h. tro suyo, quien, a pesar de la defección de algunos de sus deudos, permaneció fiel hasta el final a la Causa que había abrazado.

La marcha, emprendida en lo más crudo de un invierno excepcionalmente severo, llevó al pequeño grupo de exiliados, tan pobremente pertrechado, a través de las montañas nevadas de Persia occidental y, aunque larga y peligrosa, careció de hechos relevantes, con excepción de la cálida y entusiasta acogida que fuera tributada a los viajeros por el gobernador Hayát-Qulí Khán, de la secta ‘Allíyu‘lláhí, durante su breve estancia en Karand. Tal fue la amabilidad que, a cambio, le demostró Bahá’u’lláh que las gentes del pueblo entero quedaron conmovidas y continuaron, mucho después, extendiendo tal hospitalidad a Sus seguidores de paso a Bagdad, que se ganaron la reputación de ser conocidos como babíes.

En una oración revelada por aquellas fechas, Bahá’u’lláh, explayándose sobre los pesares y pruebas que había soportado en el Síyáh-Chál, da testimonio de las tribulaciones sufridas en el curso de aquella «marcha terrible»: «¡Mi Dios, Mi Maestro, Mi Deseo! [...] Tú has creado este átomo de polvo mediante el poder consumado de Tu potencia y Lo has criado con Tus manos, las cuales nadie puede encadenar [...]Tú has destinado para Él pruebas y tribulaciones como no puede lengua alguna describir, ni ninguna de Tus Tablas contar o narrar adecuadamente. La garganta que Tú acostumbraste al roce de la seda, Tú, a la postre, la abrochaste con pesadas cadenas, y el cuerpo que Tú mulliste con brocados y terciopelos, lo sometiste al final a la humillación del calabozo. Tu decreto Me ha esposado con innumerables grilletes y ha rodeado Mi cuello de cadenas que nadie puede tronzar. Pasaron años durante los cuales las aflicciones, como lluvias de Misericordia, cayeron sobre Mí [...] Cuántas fueron las noches durante las cuales el peso de las cadenas y cepos Me negaron el descanso, y cuán numerosos los días en que la paz y la tranquilidad Me fueron negados, ¡por razón de aquello que las manos y lenguas de los hombres Me infligieron! El pan y el agua que Tú, mediante Tu misericordia omnímoda, has concedido a las bestias del campo, por un tiempo Le fueron vedados a este siervo, y las cosas que rechazaste infligir a quienes rompieron con Tu Causa, esas mismas cosas consintieron ellos que Me fueran infligidas, hasta que, al fin, quedó fijado irrevocablemente Tu orden por la que se emplazaba a este siervo a partir de Persia acompañado de un número de hombres de constitución frágil y niños de tierna edad, en una estación en la que el frío es tan intenso que no se puede articular palabra, y el hielo y la nieve son tan abundantes que moverse es tarea imposible».

Finalmente, el 28 de jamádíyu’th-thání de 1269 d.h. (8 de abril de 1853), Bahá’u’lláh llegaba a Bagdad, la capital de lo que entonces era la provincia turca de Irak. Pocos días después, marchaba desde allí a Ká imayn, a unos cinco kilómetros al norte de la ciudad,

z.

población habitada sobre todo por persas, en la que están enterrados los dos Ká im, el séptimo y noveno Imámes. Poco después

z. de Su llegada, el representante del Gobierno del Sháh, radicado en Bagdad, Lo visitó para sugerirle que era recomendable, en vista de los numerosos visitantes que atestaban aquel centro de peregrinación, que fijase Su residencia en el barrio antiguo de Bagdad, sugerencia que aceptó prontamente. Un mes después, hacia finales de rajab, alquiló la casa de H. ájí ‘Alí Madad, en el barrio antiguo de la

ciudad, a la que Se trasladó con Su familia. En aquella ciudad, descrita en las tradiciones islámicas como

«Z.

ahru’l-Kúfih», designada durante siglos «Morada de la Paz» e inmortalizada por Bahá’u’lláh como la «Ciudad de Dios», habría de continuar residiendo, exceptuando Sus dos años de retiro a las montañas del Kurdistán y las visitas esporádicas que realiza a Najaf, Karbilá y Ká imayn, hasta Su destierro a Constantinopla. El Corán había alu

z.

dido a dicha ciudad como la «Morada de la Paz» a la que Dios mismo «llama». A ella se hacía alusión, en ese mismo Libro, en el versículo «Hay para ellos una Morada de la Paz con su Señor [...] en el día en que Dios los reunirá juntos». Desde ella irradiaba, oleada tras oleada, un poder, un furor y una gloria tales que reanimaron de forma insensible una Fe lánguida, lacerada, sumida en la oscuridad y amenazada por el olvido. De ella se difundieron, día y noche, y con más ímpetu,

las primeras emanaciones de una Revelación que por sus alcances, abundancia, fuerza movilizadora, volumen y variedad de obras, estaba destinada a superar a la del propio Báb. Por encima de su horizonte rasgaban los rayos del Sol de la Verdad, cuya gloria naciente había quedado ensombrecida durante largos años por las nubes cargadas de un odio devorador, unos celos indestructibles y una malicia implacable. En ella Se había establecido por vez primera el Tabernáculo del «Señor de las Huestes» y los cimientos del tan esperado Reino del «Padre» habían quedado establecidos de forma inexpugnable. De ella surgieron las primeras nuevas del Mensaje de Salvación que, tal como profetizara Daniel, habían de marcar, después de un lapso de «mil doscientos noventa días» (1280 d.h.), el final de «la abominación de la desolación». Dentro de sus muros se había fundado la «más grande Casa de Dios», Su «Escabel», y el «Trono de Su Gloria», la «niña de los ojos de un mundo vuelto en adoración», la «Lámpara de Salvación entre la tierra y el infierno», el «Signo de Su recuerdo para todos los que están en el cielo y en la tierra», que atesoraba la «Gema Cuya gloria se ha irradiado a toda la creación», la «Enseña» de Su Reino, el «santuario alrededor del cual gira el concurso de los fieles». Sobre ella, en virtud de su santidad en tanto «Habitación Más Sagrada» de Bahá’u’lláh y «Sede de Su gloria trascendente», le fue concedido el ser tenida por centro de peregrinación, inferior tan sólo a la ciudad de ‘Akká, Su «Más Grande Prisión», en cuyos aledaños se atesora Su santo Sepulcro, la Alquibla del mundo. En torno a la Mesa celestial, desplegada en su mismo corazón, clérigos y laicos, sunníes y shí’íes, kurdos, árabes y persas, príncipes y nobles, rústicos y derviches, se reunían en número creciente, venidos de lejos y de cerca, para participar todos, de acuerdo con sus necesidades y capacidades, de una porción del sustento divino que les permitiría, en el curso del tiempo, pregonar la fama de Aquel Donador generoso, engrosar las filas de Sus admiradores, esparcir por doquier Sus escritos, ensanchar los límites de Su congregación y poner sólidos cimientos a la erección futura de las instituciones de Su Fe. Y finalmente, ante la mirada de las comunidades diversas que moraban dentro de sus puertas, se inauguró la primera fase del despliegue gradual de una Revelación recién nacida, se consignaron las primeras efusiones de la pluma inspirada de su Autor, se formularon los primeros principios de Su doctrina en lenta cristalización, se apreciaron las primeras implicaciones de Su augusta estación, se lanzaron los primeros ataques dirigidos desde dentro a quebrantar esa Fe, quedaron registradas las primeras victorias contra sus enemigos internos, y se emprendieron las primeras peregrinaciones ante la Puerta de Su Presencia.

El exilio de por vida al que el Portador de tan precioso Mensaje era condenado ahora providencialmente no manifestó ni repentina ni rápidamente –como tampoco podía hacerlo– las potencialidades que yacían latentes dentro de él. El proceso por el que los beneficios insospechados habían de manifestarse a los ojos de los hombres era lento, penosamente lento, y se caracterizó, tal como a decir verdad demuestra la historia de Su Fe desde el comienzo hasta el presente día, por un número de crisis que a veces amenazaban detener su despliegue y desbaratar todas las esperanzas que su progreso había engendrado.

Una crisis de este calibre que amenazaba, según iba avanzando, con comprometer su Fe naciente y subvertir sus primeros cimientos, había ensombrecido los primeros años de Su estancia en Irak, la eta-pa inicial del exilio de una vida, confiriéndoles un significado especial. A diferencia de las crisis anteriores, ésta era puramente interna, y estaba ocasionada tan sólo por los hechos, las ambiciones y los devaneos de quienes se contaban entre Sus condiscípulos reconocidos.

Los enemigos externos de la Fe, bien civiles o eclesiásticos, que hasta entonces habían sido los principales responsables de los reveses y humillaciones que ésta había sufrido, por ahora estaban relativamente aquietados. El apetito de venganza, que antes pareciera insaciable, se había aplacado, hasta cierto punto, como consecuencia de los torrentes de sangre que ya habían corrido. Por otra parte, se había apoderado de los enemigos más inveterados un sentimiento próximo al agotamiento y la desesperación; estos enemigos eran

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lo bastante astutos como para percibir que, aunque la Fe se había plegado ante los temibles golpes que sus manos le habían asestado, su estructura permanecía en esencia intacta y su espíritu incólume. Por lo demás, las órdenes dictadas por el Gran Visir a los gobernadores de las provincias surtió el efecto de una resaca sobre dichas autoridades locales, disuadidas de descargar su furia y ensañarse con crueldad sádica en su odiado adversario.

En consecuencia, y momentáneamente, se produjo un intervalo destinado a desembocar, en una etapa posterior, en una nueva oleada de medidas represivas por las que el Sultán de Turquía, sus ministros, así como el estamento sacerdotal sunní, habrían de cerrar filas con el Sháh y los clérigos de Persia e Irak en un esfuerzo por erradicar, de una vez por todas, la Fe y todo lo que ella representaba. Mientras duró ese intervalo empezaron a revelarse las muestras iniciales de la crisis interna, ya mencionada (una crisis que, aunque menos espectacular a ojos del público, demostró revestir, conforme se acercaba a su clímax, una gravedad sin precedentes que habría de reducir la fuerza numérica de una comunidad balbuciente, haría peligrar su unidad, causaría inmenso daño a su prestigio y mancillaría su gloria durante un periodo considerable).

La crisis estaba ya en ciernes durante los días inmediatos a la ejecución del Báb, se intensificó durante los meses en que la mano rectora de Bahá’u’lláh fue apartada, a consecuencia de Su confinamiento en el Síyáh-Chál de Teherán, se agravó aún más por Su precipitado destierro de Persia y comenzó a asomar sus rasgos turbadores durante los primeros años de Su estancia en Bagdad. Su fuerza devastadora ganó empuje durante los dos años de retiro de Bahá’u’lláh a las montañas de Kurdistán y, si bien fue atajada, por un tiempo, tras Su regreso de Sulaymaníyyih, bajo la influencia abrumadora ejercida en los prolegómenos a la Declaración de Su Misión, brotó más tarde, incluso con mayor virulencia, y alcanzó su culminación en Adrianópolis, sólo para acusar el golpe fatal bajo el impacto de las fuerzas irresistibles desatadas mediante la proclamación de dicha Misión ante toda la humanidad.

Su protagonista fue nada menos que una persona designada por el Báb mismo, el crédulo y cobarde Mírzá Ya h. yá, a ciertos rasgos de cuya personalidad ya se ha hecho referencia en las páginas precedentes. El rufián sin corazón que enlodó y manipuló a este hombre vano y pusilánime con habilidad consumada y persistencia inagotable fue cierto Siyyid Mu ammad, oriundo de I fahán, tristemente

h. s. célebre por su ambición desmedida, su obstinación ciega y su envidia incontrolable. A él Se había referido más tarde Bahá’u’lláh, en el Kitáb-i-Aqdas, como aquel que «descarrió» a Mírzá Ya h. yá, y lo estigmatizó, en una de Sus Tablas, como la «fuente de envidia y quintaesencia de las fechorías», en tanto que ‘Abdu’l-Bahá había descrito la relación existente entre estos dos como la del «niño de pecho» y el «tan preciado

seno» de su madre. Forzado a abandonar sus estudios en la madrisiyi-i-Sadr de I fahán, el Siyyid había emigrado, con vergüenza y remordi

s

.. miento, a Karbilá, sumándose a las filas de los seguidores del Báb, tras cuyo martirio evidenció signos de vacilación que demostraron la vacuidad de su fe y otras debilidades fundamentales de sus convicciones. La primera visita de Bahá’u’lláh a Karbilá y las muestras de reverencia, amor y admiración no disimuladas que Le dispensaron algunos de los más distinguidos de entre los antiguos discípulos y compañeros de Siyyid Ká im, habían suscitado en este hombre intrigante y

z. calculador carente de escrúpulos la envidia y alimentaron en su alma una animosidad que la paciencia que le mostró Bahá’u’lláh sólo sirvió para inflamar. Sus engañados auxiliadores, instrumentos voluntarios de sus diabólicos designios, fueron el nada desdeñable número de babíes que, desconcertados, desilusionados y sin liderazgo, ya estaban predispuestos a dejarse encandilar por él en pos de un camino diametralmente opuesto a los principios y consejos del extinto Guía. Pues, no estando ya el Báb en medio de Sus seguidores, hallándose Su designado, o bien buscando refugio seguro en las montañas

de Mázindarán, o portando el atuendo de derviche o de árabe en su vagabundeo de ciudad en ciudad; encontrándose Bahá’u’lláh prisionero y después desterrado más allá de los límites de Su país natal; con la flor de la Fe segada en una serie de matanzas aparentemente interminables, los restos de aquella comunidad perseguida habían quedado sumidos en un marasmo que los mantenía espantados y paralizados, un marasmo que había sofocado su espíritu, confundido su conciencia y empequeñecido su lealtad. Reducidos a este límite, ya no podían apoyarse en ninguna voz que comandara autoridad suficiente para detener sus negros presagios, resolver sus problemas

o prescribirles sus deberes y obligaciones.

Nabíl, quien por entonces se hallaba recorriendo la provincia de Khurásán, escena de las primeras victorias tumultuosas del auge de la Fe, ha resumido sus impresiones sobre las condiciones que imperaban. «El fuego de la Causa de Dios», atestigua en su narración, «había quedado extinguido prácticamente en todos los lugares. Ya no se podía descubrir traza de calor en ninguna parte». En Qasvín, de acuerdo con el mismo testimonio, el resto de la comunidad se había escindido en cuatro facciones, gravemente enfrentadas entre sí, y presa de las más absurdas doctrinas y fantasías. A Su llegada a Bagdad, ciudad que había presenciado las evidencias luminosas del celo incansable de T.áhirih, Bahá’u’lláh halló entre sus compatriotas residentes en dicha ciudad nada más que a un solo bábí, mientras que en Ká imayn, habitada principalmente por persas, sólo un puñado

z. de compatriotas Suyos profesaban todavía, con miedo y en el anonimato, su Fe en Él.

La moral no menor que su número de los miembros de esta comunidad menguante, había declinado abruptamente. Tal era su «descarrío y locura», por citar las propias palabras de Bahá’u’lláh, que, al ser liberado de prisión, Su primera decisión fue la de «alzarse [...] a emprender, con el máximo vigor, la tarea de regenerar este pueblo».

Dado que el carácter de los seguidores profesos del Báb se había debilitado y que se multiplicaban las pruebas de la confusión creciente que los afligía, los facinerosos, apostados al acecho, cuyas solas miras se cifraban en explotar para su propio beneficio el deterioro progresivo de la situación, se volvieron cada vez más y más audaces. La conducta de Mírzá Ya h. yá, quien reclamaba ser el sucesor del Báb, y quien se jactaba de sus resonantes títulos de Mir’átu’l-Azalíyyih («Espejo Sempiterno»), .ub -i-Azal («Mañana de la Eterni-.

Shdad») e Ismu’l-Azal («Nombre de la Eternidad») y, en particular, las maquinaciones de Siyyid Mu ammad, exaltado por él al rango de

h. primero entre los «Testigos» del Bayán, empezaba a asumir ahora tal dimensión que el prestigio de la Fe se hallaba directamente en juego, al tiempo que peligraba gravemente su seguridad futura. El primero, después de la ejecución del Báb, había sufrido tal conmoción que casi había perdido la fe. Errando durante un tiempo, a modo de derviche, por las montañas de Mázindarán, puso tan severamente a prueba con su proceder la lealtad de sus correligionarios de Núr –la mayoría de los cuales se habían convertido mediante el celo infatigable de Bahá’u’lláh– que también vacilaron en sus convicciones, incluso algunos de ellos llegando tan lejos como para sumar su suerte a la del enemigo. A continuación pasó a Rasht, y permaneció oculto en la provincia de Gílán hasta su partida hacia Kirmánsháh, donde, a fin de pasar aún más inadvertido, entró al servicio de un tal ‘Abdu’lláh-i-Qasvíní, fabricante de sudarios, de cuyas existencias se hizo vendedor. Todavía se encontraba allí cuando Bahá’u’lláh pasó por dicha ciudad camino de Bagdad y, expresando

aquél su deseo de vivir en estrecha vecindad con Bahá’u’lláh, pero en casa aparte donde pudiera llevar su comercio de incógnito, logró obtener de Él cierta suma de dinero con la que adquirió varias balas

de algodón, con cuya carga puso camino, vestido a modo de árabe, por la ruta de Mandalíj hacia Bagdad. Se estableció allí en la calle de los Carboneros, situada en un barrio degradado de la ciudad, y calándose el turbante y asumiendo el nombre de H. ají ‘Alíy-i-Lás-Furú sh, se embarcó en el nuevo oficio que había elegido. Entretanto, Siyyid Mu ammad se había instalado en Karbilá y se encontraba activa

h.

mente ocupado, con Mírzá Ya h. yá como su puntal, en avivar las disensiones y perturbar la vida de los exiliados y de la comunidad que se había reunido a su alrededor.

No sorprende que de la pluma de Bahá’u’lláh, Quien todavía no podía divulgar el Secreto que se agitaba en Su pecho, surgieran estas palabras de aviso, consejo y garantía, emitidas en una hora en que empezaba a estrecharse el cerco de sombras a Su alrededor: «Han llegado los días de las pruebas. Están embraveciéndose los océanos de tribulaciones y disensiones, y, en todos los rincones y recodos, las Enseñas de la Duda se ocupan en agitar las fechorías y llevar a los hombres a la perdición [...] No permitáis que la voz de algunos de los soldados de la negación arrojen dudas en vuestro seno, ni consintáis convertiros en desatentos de Aquel que es la Verdad, por cuanto en toda Dispensación han surgido tales pendencias. Dios, sin embargo, establecerá Su Fe y manifestará la luz, aunque los atizadores de la sedición la aborrezcan. Velad todos los días por la Causa de Dios [...] Todos están cautivos en Su puño. No hay lugar adonde nadie pueda huir. No penséis que la Causa de Dios pueda ser tomada por una minucia con la que cada cual pueda gratificar sus antojos. En la actualidad varias almas han exhibido este mismo título en diversos puntos. Llega la hora en que [...] todos ellos habrán perecido o se habrán perdido, más aún, habrán devenido nada, convirtiéndose en un algo sin memoria, remedo del polvo mismo».

A Mírzá Áqá Ján, «el primero en creer» en Él, llamado más tarde Khádimu’lláh («Siervo de Dios»), un joven bábí, encendido por la devoción, quien, bajo la influencia de un sueño que había tenido sobre el Báb, y como resultado de leer ciertos escritos de Bahá’u’lláh, había abandonado precipitadamente su hogar en Káshán y viajado a Irak, con la esperanza de alcanzar Su presencia, y quien desde entonces Le sirviera asiduamente durante un periodo de cuarenta años en su función triple de amanuense, compañero y criado, a éste más que a nadie, Bahá’u’lláh, Se sintió movido a desvelar, en tan crítica coyuntura, una vislumbre de la gloria todavía no revelada de Su condición. Este mismo Mírzá Áqá Ján, al referir a Nabíl sus experiencias, sobre aquella primera y nunca olvidada noche en Karbilá, en presencia de su recién hallado Amado, Quien entonces era huésped de H. ájí Mírzá H. asan-i-H. akím-Báshí, había dado el testimonio siguiente: «Por ser verano, Bahá’u’lláh tenía la costumbre de pasar Sus noches y dormir en la azotea de la Casa [...] Esa noche, cuando había acudido a dormir, de acuerdo con sus instrucciones, me recosté para descansar un poco, a escasos pies de distancia de Él. Tan pronto como me incorporé, y me disponía a ofrecer mis plegarias, en un rincón de la azotea que lindaba con un muro, contemplé Su bendita Persona que Se alzaba y caminaba hacia mí. Cuando llegó a mi lado me dijo: “Tú, también, estás despierto”. Acto seguido comenzó a salmodiar y caminar de un lado a otro. ¡Cómo podría yo describir nunca la voz y los versículos que entonaba, Su porte, conforme Se dirigía hacia mí! ¡Diríase que, con cada paso que daba y con cada palabra que pronunciaba, surgían miles de océanos de luz ante mi rostro, que miles de mundos de esplendor incomparable se desplegaban ante mis ojos y que miles de soles arrojaban su luz sobre mí! Continuó caminando así y cantando a la luz de la luna que Lo rodeaba. Cada vez que se acercaba a mí, hacía un alto, y en un tono maravilloso como no hay lengua que acierte a describir, Se detenía a decir: “Escucha, hijo Mío. ¡Por Dios, el Verdadero! Esta Causa sin duda será hecha manifiesta. No prestes oído a la palabrería ociosa del pueblo del Bayán, el cual pervierte el sentido de toda palabra”. De esta manera siguió caminando y salmodiando, y dirigiéndome estas palabras, hasta que aparecieron los primeros destellos de la aurora [...] Trasladé Su lecho hasta la habitación y, tras servirle el té, fui despedido de Su presencia».

La confianza que le fuera transmitida a Mírzá Áqá Ján por este contacto inesperado y repentino con el espíritu y genio director de una Revelación recién nacida agitó su alma hasta las entrañas, un alma ya encendida por un amor devorador nacido del reconocimiento del ascendiente que su recién hallado Señor había logrado sobre Sus condiscípulos tanto de Irak como de Persia. Esta adoración intensa que informó su ser entero, y que no podía suprimirse ni ocultarse, fue comprendida al instante por Mírzá Yah. yá y su compañero de conspiraciones, Siyyid Mu ammad. Los pormenores que

h. llevaron a la Revelación de la Tabla Kullu’ -t. T.a‘ám, escrita durante este periodo, a petición de H. ájí Mírzá Kamálu’d-Dín-i-Naráqí, un bábí de rango honorable y de gran cultura, no podía sino empeorar una situación que ya se había vuelto grave y amenazadora. Impulsado por el deseo de recibir iluminación de Mírzá Ya h. yá con relación al sentido del versículo orgánico «Todo alimento le estaba permitido a los hijos de Israel», H. ájí Mírzá Kamálu’d-Dín había solicitado de éste que escribiera un comentario al respecto, petición que le fue

concedida, pero a regañadientes y de una manera que demostraba una incompetencia y superficialidad tales como para desengañar a

H. ájí Mírzá Kamálu’d-Dín, y destruir su confianza en el autor. Dirigiéndose a Bahá’u’lláh y repitiendo su petición, fue honrado con una Tabla en la que Israel y sus hijos se identificaban con el Báb y Sus seguidores respectivamente, una Tabla que en razón de las alusiones que contenía, el primor de su lenguaje y la solidez de su argumento, cautivó el alma de su destinatario al punto que, de no ser por la mano restrictiva de Bahá’u’lláh, habría proclamado el descubrimiento del Secreto oculto de Dios en la persona de Quien la revelara.

Ante estas evidencias de una veneración cada vez mayor hacia Bahá’u’lláh y de un apego apasionado por Su persona, se añadían ahora nuevos fundamentos para el estallido de los celos reprimidos que Su prestigio en alza despertaba en los corazones de los enemigos que Le aborrecían. La ampliación continuada del círculo de Sus conocidos y admiradores; Su trato amistoso con los funcionarios, incluyendo el Gobernador de la ciudad; el homenaje sin doblez que Le tributaban, en tantas ocasiones y tan espontáneamente, hombres que antes habían sido compañeros distinguidos de Siyyid Ká im; la desilusión que había engendrado el comportamiento per-

z. tinaz de Mírzá Ya h.yá, y los informes nada halagüeños que circula

ban sobre su carácter y habilidades; los signos de independencia creciente, de sagacidad innata y de superioridad y capacidad inherentes para el liderazgo exhibidos de forma inconfundible por el propio Bahá’u’lláh; todo se alió para ensanchar el foso que el infame y artero Siyyid Mu ammad se había ingeniado para crear tan laborio

h. samente. Una oposición clandestina, cuyo fin era desbaratar todo esfuerzo realizado y frustrar todo plan concebido por Bahá’u’lláh para la

rehabilitación de una comunidad extraviada, podía ahora discernirse con claridad. Se propagaban sin cesar insinuaciones cuyo propósito eran sembrar las semillas de la duda y la sospecha y presentarlo a Él

como usurpador, subvertidor de las leyes instituidas por el Báb y destructor de Su causa. Sus epístolas, interpretaciones, invocaciones y comentarios eran objeto de crítica encubierta e indirecta, se tergiversaban y se ponían en entredicho. Incluso hubo un intento de agredir Su persona, que no llegó a materializarse.

El cáliz de las angustias de Bahá’u’lláh habíase desbordado ya. Todas Sus exhortaciones y todos Sus esfuerzos por remediar una situación en rápido deterioro, se revelaron infructuosos. El vértigo de Sus numerosos males se acrecentaba a cada paso y de forma visible. De la tristeza que colmó Su alma y de la gravedad de la situación que afrontó arrojan abundante luz Los escritos que reveló durante aquel periodo sombrío. En algunas de Sus oraciones confiesa de forma punzante que «una tribulación tras otra» se habían agrupado en tor-no a Él, que «los adversarios a una» se habían abatido sobre Él, que la «desdicha» Le había tocado gravemente y que las «más negras lamentaciones» Le habían sobrevenido. Pone a Dios mismo por testigo de Sus «lamentos y suspiros», de la «impotencia, pobreza y abandono» que sufría. «Tan angustiosos han sido Mis sollozos», confiesa en una de estas oraciones, «que se Me ha imposibilitado hacer mención de Ti y cantar Tus alabanzas». «Tan alta ha sido la voz de Mi lamento», afirma en otro pasaje, «que toda madre en luto por su hijo se sentiría aturdida, y detendría su sollozo y su duelo». «Los males que sufro», Se lamenta en Su Law -i-Mar

h.

yam, «han borrado los males sufridos por Mi Primer Nombre (el Báb) de la Tabla de la creación». «¡Oh Maryam!», prosigue, «desde la tierra de T.á (Teherán), después de incontables aflicciones, alcanzamos Irak, por orden del Tirano de Persia, donde, tras sufrir los cepos de Nuestros enemigos, se Nos afligió con la perfidia de Nuestros amigos. ¡Dios sabe lo que Me aconteció después!» Y de nuevo: «Ha soportado Él lo que ningún hombre del pasado

o del futuro ha consentido sobrellevar». «El océano de la tristeza», atestigua en la Tabla de Kullu’ t.-T.a‘ám, «Me ha desbordado, océano del que ni una sola gota hubiera soportado beber alma alguna. Tal es Mi dolor que Mi alma casi abandona Mi cuerpo». «¡Presta oído, oh Jamál!» exclama en la misma Tabla al describir Su postración, «a la voz de esta humilde, esta hormiga abandonada, oculta en su hoyuelo, y cuyo deseo es partir de vuestro seno y desaparecer de vuestra vista debido a lo que las manos de los hombres han forjado. Dios, en verdad, es testigo entre Sus siervos y Yo». Y en otro lugar: «¡Ay de Mí, ay de Mí! [...] todo lo que he visto desde el día en que bebí por vez primera la leche pura del seno de Mi madre hasta este momento se ha borrado de Mi memoria, como consecuencia de lo que las manos del pueblo han cometido». Además, en Su Qa ídiy-i-Varqá’íyyih,

s.

oda revelada durante los días de Su retiro en las montañas de Kurdistán en loor de la Doncella que personifica al Espíritu de Dios que había descendido hacía poco sobre Él, expresa las agonías de Su

corazón cargado de pesares como sigue: «El diluvio de Noé no es sino una porción de las lágrimas que he derramado, y el fuego de Abraham un bullir de Mi alma. El duelo de Jacob, no es sino un reflejo de Mis angustias, y las aflicciones de Job, una fracción de mi calamidad». «¡Vuelca la paciencia en Mí, oh Mi Señor!», tal es la súplica que eleva en una de Las oraciones, «y hazme victorioso sobre los transgresores». «Se ha esparcido en estos días», ha escrito al relatar en el Kitáb-i-Íqán la virulencia de los celos que por entonces comenzaban a mostrar al desnudo sus colmillos venenosos, «tal olor de celos, que –lo juro por el Educador de todos los seres, visibles e invisibles– desde el principio de la fundación del mundo [...] hasta este día no ha surgido jamás tal malevolencia, envidia ni odio, ni se ha de presenciar cosa semejante en el futuro». «Durante dos años o poco menos», declara igualmente en otra Tabla, «rehuí todo excepto a Dios, y cerré Mis ojos a todos excepto a Él, a fin de que se apagara el fuego del odio y remitiese el calor de los celos».

El propio Mírzá Áqá Ján atestigua: «Esa Bendita Belleza mostró tal tristeza que temblaron los miembros de mi cuerpo». Asimismo, ha descrito, tal como refiere Nabíl en su crónica que, poco antes del retiro de Bahá’u’lláh, en cierta ocasión Lo había visto, entre la madrugada y el amanecer, cómo salía de repente de la casa, embozado en Su capa de noche, con tales señales de perturbación que no pudo mirarle al rostro, y que al caminar, observaba airadamente: «Estas criaturas son las mismas criaturas que durante tres mil años han adorado ídolos y se han inclinado ante el Becerro de oro. Ahora, tampoco están preparadas para nada mejor. ¿Qué relación puede haber entre esta gente y Aquel que es el Rostro de la Gloria?¿Qué lazos pueden unirle a Él, que es la encarnación suprema de todo lo que es amable?». «Me quedé», declaró Mírzá Áqá Ján, «clavado en el sitio, inerte, seco como árbol muerto, pronto a caer bajo el impacto del poder aturdidor de Sus palabras. Finalmente, dijo: “Decidles que reciten: ‘¿Quién puede librarnos de las dificultades salvo Dios?’ Di: ‘¡Alabado sea Dios! ¡Él es Dios! Todos somos sus siervos y todos nos atenemos a Su mandato!’ Decidles que lo repitan quinientas veces, o mil veces, de día y de noche, al dormir o en la vigilia, para que acaso el Rostro de Gloria sea desvelado a sus ojos y desciendan sobre ellos raudales de luz”. Durante aquellos días Él mismo –se me informó después– recitó varias veces este mismo versículo, con un rostro que delataba la mayor tristeza [...] Varias veces por entonces se Le oyó apostillar: “Por un tiempo hemos permanecido entre esta gente, y no hemos discernido la menor respuesta de su parte”. A menudo aludía a Su desaparición de entre ellos, pero nadie entendía Su significado».

Finalmente, al apreciar, como atestigua Él mismo en el Kitáb-i-Íqán, «las señales de acontecimientos inminentes», decidió que antes de que sobrevinieran había de retirarse. «El único fin de Nuestro apartamiento», afirma en ese mismo Libro, «era evitar llegar a ser objeto de dis-cordia entre los fieles, fuente de perturbaciones para Nuestros compañeros, medio para dañar a alma alguna o causa de dolor para ningún corazón». «Nuestro retiro», declara además rotundamente en ese mismo pasaje, «no consideraba el regreso ni tenía Nuestra separación esperanza de

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reunión».

De improviso, y sin informar a ninguno de los miembros de Su propia familia, el 12 de rajab de 1270 d.h. (10 de abril de 1854), partió acompañado de un criado, un musulmán llamado Abu’l-Qásim-i-Hamadání, a quien proporcionó una suma de dinero, con instrucciones de que se empleara como comerciante y lo utilizara para su propio provecho. Poco después, ese siervo fue asaltado y asesinado por los ladrones, por lo que Bahá’u’lláh quedó enteramente solo en Sus vagabundeos por las soledades de Kurdistán, una región cuyas gentes recias y guerreras eran conocidas por su secular hostilidad contra los persas, a quienes consideraban secesionistas de la Fe del islam, y de quienes diferían por su aspecto, raza e idioma.

Vestido con el atuendo del viajero, doblemente revestido, tomando consigo nada más que su kashkúl (escudilla o cuenco de limosnas) y una muda, asumiendo el nombre de Darvísh Muh. am-mad, Bahá’u’lláh se retiró a los yermos, y vivió durante un tiempo en una montaña llamada Sar-Galú, tan apartada de cualquier vecindad humana que sólo dos veces al año, durante la siembra y la cosecha, recibía la visita de los paisanos del lugar. Solo y sin que se le molestara, pasó una parte considerable de Su retiro en la cima de la montaña, refugiándose en una burda estructura de piedra que servía de abrigo a los lugareños contra las inclemencias del tiempo. A veces solía ser Su morada una cueva a la que alude en la Tabla dirigida al famoso Shaykh ‘Abdu’r-Ra h. mán y a Maryam, pariente Suya. «Deambulé por los yermos de la resignación» así describe, en la Law -i

h. Maryam, los rigores de su soledad austera, «viajando de tal suerte que en Mi exilio todos los ojos lloraron amargamente por Mí, y todas las cosas creadas derramaron lágrimas de sangre debido a Mi angustia. Las aves del aire eran mis compañeras y las bestias del campo Mis socios». «De Nuestros ojos», atestigua Él, al referirse en el Kitáb-i-Íqán a esos

días, «caían lágrimas de angustia y en Nuestro corazón sangrante se agitaba un océano de dolor lacerante. Muchas noches no tuvimos alimento para subsistir, y muchos días Nuestro cuerpo no encontró descanso [...] comulgábamos con Nuestro espíritu, ajeno al mundo y a todo lo que hay en él».

En las odas que reveló, mientras estaba envuelto en Sus devociones durante aquellos días de reclusión absoluta, y en las plegarias y soliloquios que, en verso y prosa, tanto en árabe como en persa, brotaban de su alma transida de pesares, muchas de las cuales acostumbraba cantar en voz alta para Sí, al alba y durante las horas de la madrugada, alababa los nombres y atributos de Su Creador, ensalzando las glorias y misterios de Su propia Revelación, cantaba la alabanza de esa Doncella que personificaba el Espíritu de Dios dentro de Sí, reparaba en Su soledad y tribulaciones pasadas y futuras, Se explayaba sobre la ceguera de Su generación, la perfidia de Sus amigos y la perversidad de Sus enemigos, afirmaba Su determinación de alzarse, si fuera preciso, a tender la vida en reivindicación de Su Causa, recalcaba los requisitos esenciales que todo buscador de la Verdad debía poseer, y recordaba, anticipándose a la suerte que Le estaba deparada, la tragedia del Imam H. usayn en Karbilá, la postración de Mu ammad en La Meca, los sufrimientos de Jesús a

h. manos de los judíos, los apuraderos que infligieron a Moisés el Faraón y su pueblo y las pruebas de José mientras languidecía en un pozo a causa de la traición de Sus hermanos. Estas emanaciones iniciales y apasionadas de un Alma que Se debatía por desahogarse, en la soledad de un exilio autoimpuesto (muchas de ellas, ay, perdidas para la posteridad), constituyen, junto con la Tabla de Kullu’ -t. T.a‘ám y el poema titulado Rashh.-i-‘Amá, revelado en Teherán, las primicias de Su Pluma divina. Fueron las precursoras de aquellas obras inmortales –el Kitáb-i-Íqán, las Palabras Ocultas y los Siete Valles–, que en

los años anteriores a Su Declaración de Bagdad, habían de enriquecer en enorme medida el volumen cada vez mayor de Sus escritos, y que allanaron el camino para el posterior florecer de Su genio profético en Su Proclamación trascendental ante el mundo, expresada en forma de poderosas Epístolas dirigidas a los reyes y gobernantes de la humanidad y, a la postre, para la fruición final de Su Misión en las Leyes y Disposiciones de Su Dispensación, formuladas durante Su confinamiento en la Más Grande Prisión de ‘Akká.

Todavía Se hallaba Bahá’u’lláh en Su existencia solitaria en aquella montaña cuando un tal Shaykh, residente de Sulaymáníyyih, que era dueño de una propiedad en las inmediaciones, acudió a visitarle obedeciendo a una orden indicada en un sueño que había tenido del Profeta Mu ammad. Poco después de que estableciera este

h. contacto, Shaykh Ismá‘íl, el guía de la orden Khálidíyyih, quien vivía en Sulaymáníyyih, Lo visitó y logró, después de peticiones reiteradas, obtener Su consentimiento para que mudara de residencia a

dicho pueblo. Entretanto, Sus amigos de Bagdad habían descubierto Sh Sul án, el suegro de Áqáy-i-

Su paradero y habían enviado a aykh t. Kalím, para rogarle que regresara; y fue por entonces, cuando hallábase viviendo en Sulaymáníyyih, en una habitación propiedad de la Takyiy-i-Mawláná Khálid (seminario teológico) cuando arribó su mensajero. «Hallé», afirmó el mismo aykh t.

Sh Sul án al referir sus experiencias a Nabíl, «a todos los que vivían con él en aquel lugar, desde su Maestro hasta el último neófito, tan enamorados y embelesados por su amor hacia Bahá’u’lláh, y tan poco dispuestos a contemplar la posibilidad de Su partida que estaba seguro de que, de informarles del propósito de mi visita, no habrían vacilado en darme muerte».

No mucho después de la llegada de Bahá’u’lláh a Kurdistán,

Sh Sul án, pudo Él, mediante Sus contactos personales

explica aykh t. Sh Abdu’r-Ra mán y Ismá‘íl, los

con Shaykh ‘Uthmán, aykh ‘h. Shaykh jefes honorables e indiscutidos de las órdenes Naqshbandíyyih, Qádiríyyih y Khálidíyyih respectivamente, ganarse a fondo los corazones de éstos y establecer Su ascendiente sobre ellos. El primero, Shaykh ‘Uthmán, contaba entre sus seguidores nada menos que con la persona del propio Sultán y su séquito. El segundo, en respuesta a cuya pregunta se revelaron más adelante los «Cuatro Valles», disfrutaba de la lealtad inquebrantable de al menos cien mil seguidores devotos, en tanto que el tercero era tenido en tal veneración por sus acólitos que estaba considerado el par del propio Khálid, el fundador de la Orden.

Cuando Bahá’u’lláh llegó a Sulaymáníyyih por vez primera, debido al silencio estricto y la reserva que mantenía, nadie sospechó que Él estuviera poseído de conocimientos y sabiduría. Fue tan sólo por un hecho fortuito, al ver una muestra de Su caligrafía exquisita que les había mostrado uno de los estudiantes que Le servían, cuando se suscitó la curiosidad de los instructores y estudiantes del seminario, y se sintieron impulsados a acudir a Él para aquilatar el grado de Su conocimiento y los alcances de Su familiaridad con las artes y ciencias usuales entre ellos. Aquella sede de saber disfrutaba de gran renombre por sus inmensas fundaciones, sus numerosas takyihes y su asociación con . alá i’d-Dín-i-Ayyúbí, y sus des-.

Shcendientes; desde allí habían partido algunos de los más ilustres expositores del islam sunní a enseñar sus preceptos; y ahora una delegación, encabezada por Shaykh Ismá‘íl en persona, e integrada por sus doctores más eminentes y los estudiantes más distinguidos, visitaba a Bahá’u’lláh y, hallándolo dispuesto a responder a cuantas preguntas deseaban dirigirle, Le pidieron que les elucidase, en el cur-so de varias entrevistas, los pasajes abstrusos de la Futú át-i-Makkí

h. Sh Mu yi’d-Dín-i-‘Arabí.

yyih, la célebre obra del famoso aykh h. «Dios es Mi testigo», fue la respuesta instantánea de Bahá’u’lláh a la docta delegación, «que nunca he visto el libro al que os referís. Sin embargo, considero que, mediante el poder de Dios, [...] cualquier cosa que deseéis que Yo haga será fácil de lograr». Indicando a uno de ellos que leyera en voz alta ante Él, todos los días, una página de dicho libro, pudo resolver sus inquietudes de forma tan sorprendente que quedaron absortos de admiración. No contentándose con una mera clarificación de los pasajes oscuros del texto, interpretó la mente de su autor, expuso su doctrina y desplegó un sentido. A veces, incluso llegaba tan lejos como para cuestionar la solidez de ciertos puntos de vista propuestos en el libro, y Él mismo impartía una presentación correcta de los temas que habían sido malinterpretados, valiéndose de pruebas y evidencias que resultaban plenamente convincentes para Sus oyentes.

Asombrados ante la profundidad de Su perspicacia y la vastedad de Su comprensión, se sintieron impelidos a recabar de Él lo que consideraban era la prueba concluyente y definitiva del poder y conocimiento únicos que ante sus ojos parecía ahora poseer. «Ninguno de entre los místicos, los sabios y los doctos», proclamaron, mientras solicitaban este nuevo favor de Su parte, «se ha demostrado capaz de escribir un poema con la rima y metro idénticos al de la oda más larga de las dos, titulada Qa ídiy-i-Tá’íyyih, compuesta por

s.

Ibn-i-Fárid. Os rogamos que escribáis un poema con el mismo metro y rima». Aceptó esta petición, y no menos de dos mil versos, exactamente del patrón especificado, fueron dictados por Él, de entre los

cuales seleccionó ciento veintisiete, que les permitió guardar, por juzgar que el tema del resto era prematuro y no apto para las necesidades de la época. Esos mismos ciento veintisiete versos son los que constituyen la Qa ídiy-i-Varqá’íyyih, tan familiar y tan popular entre

s. Sus seguidores de lengua árabe. Tal fue su reacción ante esta maravillosa demostración de sagacidad y genio de Bahá’u’lláh que de forma unánime reconocieron que cada uno de los versos del poema estaba dotado de una fuerza, belleza y poder que desbordaban cualquier otro contenido de las odas mayores o menores compuestas por el celebrado poeta. Este episodio, con diferencia el más destacado de entre los acontecimientos que han podido saberse de los dos años en que Bahá’u’lláh Se ausentó de Bagdad, estimuló inmensamente el interés con el que el número en alza de los ‘ulamás, estudiosos, doctores, santos hombres y príncipes que se habían congregado en los seminarios de Sulaymáníyyih y Karkúk, seguían ahora Sus actividades diarias. Mediante Sus numerosos discursos y epístolas abrió nuevos horizontes ante sus ojos, resolvió las incertidumbres que agitaban sus mentes, desplegó el significado interno de numerosos pasajes hasta

entonces oscuros de los escritos de varios comentaristas, poetas y teólogos, de los que no tenían constancia, y reconcilió los asertos aparentemente contradictorios que abundaban en esas disertaciones, poemas y tratados. Tal era la estima y respeto que Le profesaban que algunos lo consideraban Uno de los «hombres de lo Invisible», otros Lo tenían por adepto a la alquimia y la ciencia adivinatoria, y otros lo designaron «Pivote del Universo», en tanto que un número nada desdeñable de entre Sus admiradores fueron tan lejos como para creer que Su condición no era menor que la de un Profeta. Los kurdos, árabes y persas, los doctos e iletrados, los humildes y los encumbrados, jóvenes y ancianos que acudían a conocerle, Lo consideraban con igual reverencia, y no pocos de entre éstos con afecto genuino y profundo, y ello a pesar de ciertos asertos y alusiones a Su estación que realizó en público, y que de haber salido por boca de cualquier otro miembro de Su raza, habría desatado tal furia como para hacer peligrar Su vida. No extrañe, pues, que Bahá’u’lláh mismo haya designado en Law -i-Maryam este periodo de Su retiro

h. como «el testimonio más poderoso» y «la evidencia más acabada y concluyente» de la verdad de Su Revelación. «En breve plazo», reza el propio testimonio de ‘Abdu’l-Bahá, «Kurdistán se había imantado con Su amor. Durante este periodo Bahá’u’lláh vivió en la pobreza. Sus vestiduras eran las propias de los pobres y necesitados. Su alimento, el de los indigentes y humildes. Había en torno a Él un halo de majestad como el sol del mediodía. Por doquier se Le reverenciaba sobremanera». En tanto que los cimientos de la grandeza futura de Bahá’u’lláh iban asentándose en tierra extraña, en medio de un pueblo forastero, la situación de la comunidad bábí iba de mal en peor. Complacidos y envalentonados por Su retiro inesperado y prolongado de la escena de Sus planes, los alborotadores, junto con sus fatuos socios, se desvivían por extender el círculo de sus actividades nefandas. Recluido la mayor parte del tiempo en su casa, Mírzá Ya h. yá dirigía en secreto, valiéndose de la correspondencia con babíes de su plena confianza, una campaña dirigida a desacreditar por completo a Bahá’u’lláh.

Temeroso de cualquier adversario potencial, había enviado a Mírzá Mu ammad-i-Mázindarání, uno de sus secuaces, a Á. dhirbáyján, con

hel propósito expreso de asesinar a Dayyán, el «repositorio del conocimiento de Dios», a quien tachó de «Padre de Iniquidades» y estigmatizó como « á . út», y a quien el Báb había ensalzado como la

T gh «Tercera Letra en creer en Aquel a Quien Dios hará manifiesto». En su desvarío, además, había inducido a Mírzá Áqá Ján a dirigirse a Núr, y aguardar allí el momento propicio en el que pudiera llevar a cabo un atentado contra la vida del Soberano. Su desvergüenza y desfachatez habían adquirido tamañas proporciones como para impulsarle a perpetrar, y permitir que Siyyid Mu ammad lo repitiera, un acto tan

h. odioso que Bahá’u’lláh lo calificó de «la traición más grave», que habría de deshonrar al Báb y que «abrumó todas las tierras de pesares». Incluso, para colmo de sus crímenes, ordenó que el primo del Báb, Mírzá ‘Alí-Akbar, ferviente admirador de Dayyán, fuera asesinado,

orden que fue ejecutada con toda iniquidad. En cuanto a Siyyid Mu ammad, ahora con patente de su amo, Mírzá Ya hyá, se había

h. . rodeado, tal como afirma categóricamente Nabíl, quien se hallaba por entonces con él en Karbilá, de una banda de rufianes, a quienes permitió e incluso animó a que arrebataran de noche los turbantes de las cabezas de los ricos peregrinos que se habían congregado en Karbilá, a que les robaran su calzado, despojaran el santuario del Imam H. usayn de sus divanes y candelabros, y que se hicieran con los cuencos de las fuentes públicas. La profundidad de la degradación en la que se sumieron estos sedicentes seguidores de la Fe del Báb no podía evocar en Nabíl sino el recuerdo de la renuncia sublime demostrada por la conducta de los compañeros de Mullá H. usayn,

quienes, a una señal de su guía, habían arrojado con desprecio a un lado el oro, la plata y las turquesas que obraban en su poder,

o exhibida por la conducta de Va h. íd al no permitir siquiera que el menor de los tesoros que albergaba su casa suntuosamente equipada de Yazd, fuera trasladado antes de ser saqueado por la multitud,

o puesta de relieve por H. ujjat con su decisión de no permitir que sus compañeros, quienes estaban al borde de morir de inanición, echasen mano de la propiedad ajena, aunque en ello les fuera la pro

pia vida.

Tal era la audacia y descaro de estos babíes desmoralizados y descarriados que no menos de veinticinco personas, de acuerdo con el testimonio de ‘Abdu’l-Bahá, ¡tuvieron la presunción de declararse el Prometido predicho por el Báb! Tal era el declive de sus fortunas que apenas se atrevían a mostrarse en público. Los kurdos y los persas competían entre sí por enfrentárseles en las calles, colmarlos de insultos y denostar abiertamente la Causa que profesaban. No extrañe, pues, que a Su regreso a Bagdad, Bahá’u’lláh haya descrito la situación reinante con estas palabras: «No encontramos más que un puñado de almas, débiles y sin moral, más aún perdidas por completo y muertas. La Causa de Dios había dejado de estar en labios de nadie, ni había corazón receptivo a su mensaje». Tal era la tristeza que Lo embargó al llegar, que rechazó durante un tiempo salir de casa, excepción hecha de Sus visitas a Ká imayn, y sus encuentros esporádicos con

z. algunos pocos amigos residentes en aquella ciudad y en Bagdad.

La trágica situación que se desarrolló a lo largo de Sus dos años de ausencia exigían ahora imperativamente Su regreso. «De la Fuente Mística», explica Él mismo en el Kitáb-i-Íqán, «vino el llamamiento

emplazándonos a regresar al lugar de donde vinimos. Rindiendo Nuestra voluntad a la Suya, Nos sometimos a Su intimidación». «¡Por Dios, junto al Sh Sul án,

cual no hay otro Dios!» es Su enfática aseveración a aykh t. según refiere Nabíl en su narración, «de no ser por Mi conocimiento del hecho de que la bendita Causa del Punto Primordial estaba a las puertas de quedar obliterada por completo y que toda la sangre sagrada derramada en el sendero de Dios había sido vertida en vano, de ninguna manera habría consentido en regresar al pueblo del Bayán, y los habría abandonado a la adoración de los ídolos que había tallado su imaginación».

Por otra parte, Mírzá Ya h. yá, comprendiendo muy bien a qué trance le había conducido su desenfrenado liderazgo de la Fe, había solicitado por escrito que regresara de forma insistente. No menos urgentes fueron los ruegos de Sus propios deudos y amigos, en particular de Su hijo de doce años, ‘Abdu’l-Bahá, cuyo pesar y soledad habían consumido tanto Su alma que, en una conversación consignada por Nabíl en su narración, declaró que, tras la marcha de Bahá’u’lláh, había envejecido en Su mocedad.

Al decidir la conclusión del periodo de Su retiro, Bahá’u’lláh Se despidió de los shaykh de Sulaymáníyyih, quienes ahora figuraban entre Sus más ardientes y –como su futura conducta se encargaría de demostrar– más recios admiradores. Acompañado por Shaykh Sul án, volvió sobre Sus pasos a Bagdad, a «las orillas del Río de las Tri

t. bulaciones», tal como lo denominó Él mismo, realizando etapas breves y comprendiendo que, como declaró a Sus compañeros de viaje, esos últimos días de Su retiro serían los «los únicos días de paz y tranquilidad» que Le quedaban, «días que nunca volverán a serme deparados». Llegó a Bagdad el 12 de rajab de 1272 (19 de marzo de 1856),

exactamente dos años lunares después de haber partido hacia Kurdistán.

CAPÍTULO
VIII
EL DESTIERRO
DE BAHÁ’U’LLÁH A IRAK
(CONTINUACIÓN)
E

L regreso de Bahá’u’lláh a Bagdad desde Sulaymáníyyih constituye un punto de inflexión de la máxima significación en la historia del primer siglo bahá’í. Tras alcanzar su nadir, la suerte de la Fe comenzaba entonces a resurgir y estaba destinada a progresar, de forma constante y poderosa, hasta alcanzar un nuevo listón, esta vez relacionado con la Declaración de Su Misión, en la víspera de Su destierro a Constantinopla. A Su regreso a Bagdad, se había establecido ahora un anclaje firme, un anclaje como jamás había conocido la Fe en su historia. Nunca antes, excepto durante los tres primeros años de su vida, podía esa Fe reclamar haber conseguido un centro fijo y accesible al que sus seguidores pudieran acudir en pos de un guía y cuya inspiración continua y sin trabas pudieran granjearse. Menos de la mitad del corto ministerio del Báb se gestó en el rincón más remoto de Su país natal, donde estuvo apartado y virtualmente separado de la gran mayoría de Sus discípulos. El periodo inmediatamente posterior a Su martirio estuvo marcado por una confusión que fue incluso más deplorable que el aislamiento causado por Su forzosa cautividad. Ni siquiera al hacer acto de presencia la Revelación que Él había predicho, fue seguida ésta por una declaración inmediata que pudiera permitir a los miembros de una comunidad descarriada concentrarse en torno a la persona de su esperado Libertador. Lo prolongado del ocultamiento autoimpuesto de Mírzá Ya h.yá, el centro provisionalmente designado hasta la manifestación del Prometido; los nueve meses en que Bahá’u’lláh estuvo ausente de Su tierra natal, mientras visitaba Karbilá, seguido inmediatamente por Su encarcelamiento en el Síyáh-Chál, Su destierro a Irak y Su posterior retiro a Kurdistán; todo ello se alió para prolongar la fase de inestabilidad y vilo por la que debía atravesar la comunidad bábí.

Ahora, al fin, a pesar de que Bahá’u’lláh era remiso a desentrañar el misterio que rodeaba Su propia posición, los babíes se veían en condiciones de cifrar tanto sus esperanzas como sus movimientos en torno a Alguien a Quien creían (independientemente de sus puntos de vista acerca de Su condición) capaz de asegurar la estabilidad e integridad de su Fe. El cariz que de este modo habría adquirido la Fe y la fijeza del centro hacia el que gravitaban continuó, de una u otra forma, siendo uno de sus rasgos sobresalientes, de los que ya nunca quedaría privada.

De resultas de los formidables golpes que había encajado, tal como ya se ha indicado, la Fe del Báb estaba al borde mismo de la extinción. Tampoco la Revelación trascendental dispensada a Bahá’u’lláh en el Síyáh-Chál produjo enseguida ningún resultado tangible que pudiera ejercer una influencia estabilizadora en una comunidad casi desmembrada. El destierro inesperado de Bahá’u’lláh había supuesto un nuevo golpe para sus miembros, quienes habían aprendido a depositar su confianza en Él. La reclusión y la inactividad de Mírzá Ya h. yá aceleraron el proceso de desintegración ya en marcha. El retiro prolongado de Bahá’u’lláh a Kurdistán parecía haber dejado sentenciada su disolución completa.

Sin embargo, ahora, la inquietante bajamar mudaba de signo, trayendo consigo, al trocarse casi en inundación, los beneficios inestimables que habrían de pregonar el anuncio de la Revelación ya desplegada en secreto por Bahá’u’lláh.

Durante los siete años que transcurrieron entre la reanudación de Sus esfuerzos y la declaración de Su misión profética –años a los que dirigimos ahora nuestra atención– no sería exageración decir que la comunidad bahá’í, bajo el nombre y la forma de una comunidad bábí resurgida, había nacido y empezaba a cobrar forma lentamente, aunque su Creador todavía Se mostraba y continuaba afanándose como uno de los discípulos eximios del Báb. Fue un periodo durante el cual el prestigio del cabecilla nominal de la comunidad se desvaneció gradualmente de la escena, palideciendo ante el esplendor naciente de Aquel que era su Guía y Liberador de hecho. Fue un periodo en el curso del cual las primeras primicias de un exilio, dotado de incalculables potencialidades, maduraron y fueron acopiadas. Fue un periodo que pasará a la historia por haber realzado inmensamente el prestigio de una comunidad recreada, reformado a fondo su moralidad, afirmado su reconocimiento de Aquel Que rehabilitó su suerte, enriquecido enormemente sus escrituras y granjeado para sí el reconocimiento universal de sus victorias sobre nuevos adversarios.

Desde Su primer comienzo en Kurdistán, comenzaba a ascender en un crescendo continuo el prestigio de la comunidad, y en particular el de Bahá’u’lláh. Apenas había asumido de nuevo Bahá’u’lláh las riendas de la autoridad que había abandonado, cuando los devotos admiradores que habían dejado tras de sí en Sulaymáníyyih comenzaron a acudir a Bagdad con el Nombre de «Darví Mu ammad» .

sh hen sus labios, y la «casa de Mírzá Músá, el bábí» como su meca. Aturdidos ante el espectáculo de tantos ‘ulamás y sufíes de origen kurdo, de las órdenes Qádiríyyih y Khálidíyyih, que acudían a la casa de Bahá’u’lláh, e impelidos por la rivalidad racial y sectaria, comenzaron a buscar Su presencia los adalides de la ciudad, como el renombrado Ibn-i-Álúsí, el muftí de Bagdad, junto con Shaykh ‘Abdu’s-Salám, Shaykh ‘Abdu’l-Qádir y Siyyid Dáwúdí y, tras obtener respuestas del todo satisfactorias a sus indagaciones, se sumaron al grupo de Sus primeros admiradores. El reconocimiento sin reservas que hicieron aquellos guías señeros de los rasgos que distinguían el carácter y conducta de Bahá’u’lláh estimularon la curiosidad y, más adelante, suscitaron la tersa alabanza de una gran concurrencia de observadores de no menor posición, entre los cuales figuraban poetas, místicos y notables que residían, o bien estaban de visita, en la ciudad. Los funcionarios del Gobierno, sobre todo de ‘Abdu’lláh Páshá y su lugarteniente Ma múd Áqá y Mullá ‘Alí Mardán, un kur

h. do bien conocido en aquellos círculos, fueron llevados gradualmente a entrar en contacto con Él, y contribuyeron con su actuación a pregonar el vuelo de su fama. Como tampoco pudieron permanecer impermeables al embrujo de Su encanto aquellos persas distinguidos que vivían en Bagdad o en sus alrededores, o quienes visitaban en calidad de peregrinos los santos lugares. Los príncipes de sangre real, entre ellos personajes como Ná’ibu’l-Íyálih, el Shujá‘u’d-Dawlih, el Sayfu’d-Dawlih y Zaynu’l-‘Ábidín Khán, el Fakhru’d-Dawlih se sentían igualmente atraídos de forma irresistible al círculo cada vez más nutrido de Sus conocidos y asociados.

Aquellos que, durante los dos años de ausencia de Bahá’u’lláh de Bagdad, habían reiterado sus mofas y ridiculizado públicamente a Sus compañeros y familiares, guardaban silencio en su mayor parte. Un número nada desdeñable de entre éstos fingían respeto y estima hacia Él, unos cuantos proclamaban ser defensores y valedores Suyos, en tanto que otros profesaban compartir Sus creencias y, de hecho, se habían sumado a la comunidad a la que Él pertenecía. Tales fueron los alcances de la reacción que había tenido lugar, que a uno de ellos se le oyó jactarse de que, ya en el año 1250 d.h., diez años antes de la Declaración del Báb, ¡había percibido y abrazado la verdad de Su Fe!

A los pocos años del regreso de Bahá’u’lláh de Sulaymáníyyih, la situación había dado un vuelco completo. La casa de Sulaymán-i-Ghannám, sobre la que después fue conferido el título de Bayt-i-A‘ am («la Más Grande Casa»), conocida entonces por la casa

z.

de Mírzá Músá, el bábí, residencia modesta en extremo, situada en el barrio de Karkh, en las proximidades de la orilla occidental del río, al que la familia de Bahá’u’lláh se había trasladado antes de Su regreso de Kurdistán, se había convertido ahora en el foco de un gran número de buscadores, visitantes y peregrinos, incluyendo kurdos, persas, árabes y turcos, procedentes de los credos musulmán, judío y cristiano. Además, se había convertido en un verdadero santuario al que las víctimas de la injusticia de los representantes oficiales del Gobierno persa solían acudir, con la esperanza de obtener satisfacción frente a los agravios sufridos.

Al mismo tiempo, la corriente de visitantes que atestaban Sus puertas hospitalarias venía a engrosarse con la riada de babíes persas, cuyo único objeto era alcanzar la presencia de Bahá’u’lláh. Al regresar, a su vuelta al país natal, los testimonios innumerables, orales y escritos, del auge continuo de su poder y gloria, no podían dejar de contribuir, en grandísima medida, a la expansión y progreso de esta Fe renacida hacía poco. Cuatro de los primos del Báb y Su tío mater-no, . ájí Mírzá Siyyid Mu ammad; la nieta de Fat . . -‘Alí Sh

Hhháh y ferviente admiradora de .áhirih, llamada Varaqatu’r-Ri ván; el doc-.

Tdto Mullá Mu ammad-i-Qá’iní, llamado Nabíl-i-Akbar; el ya famoso

h. Surásání, llamado Ismu’lláhu’l-A daq, quien, junto

Mullá . ádiq-i-Kh s. con Quddús, había sufrido persecución ignominiosa en Shiraz; Mullá Báqir, una de las Letras del Viviente; Siyyid Asadu’lláh, apodado Dayyán; el reverenciado Siyyid Javád-i-Karbilá’í; Mírzá Mu ammad

h. hH

H. asan y Mírzá Mu ammad-. . usayn, luego inmortalizados con los apelativos de Sul ánu’ t. -uhadá y Ma búbu’ . sh-Shuhadá («Rey de

shSh hlos Mártires» y «Bienamado de los Mártires») respectivamente; Mírzá Mu ammad-‘Alíy-i-Nahrí, cuya hija habría de unirse en matrimonio

h.

con ‘Abdu’l-Bahá; el inmortal Siyyid Ismá‘íl-i-Zavári’í; H. ájí Shaykh Mu ammad, llamado Nabíl por el Báb; el avezado Mírzá Áqáy-i

h.

Munír, llamado Ismu’lláhu’l-Muníb; el muy sufrido H. ájí Muh. am-mad-Taqí, designado Ayyúb; Mullá Zaynu’l-‘Ábidín, nombrado Zay

nu’l-Muqarrabín, quien era tenido en alta estima como mujtahid; todos ellos figuran entre los visitantes y condiscípulos que atravesaron el umbral de Su hogar, percibieron un atisbo del esplendor de Su majestad y esparcieron por doquier las influencias creativas que se les comunicara al contacto con Su espíritu. Mullá Mu ammad-i

h.

Zarandí, nombrado Nabíl-i-A‘ am, quien bien puede figurar como

z.

Su poeta laureado, cronista y discípulo incansable, se había sumado ya a los exiliados y había emprendido una serie de viajes prolongados y arduos por Persia para el avance de la Causa de su Bienamado. Incluso aquellos que, en su desvarío y temeridad, se habían arrogado en Bagdad, Karbilá, Qum, Káshán, Tabríz y Teherán el derecho y asumido el título de «Aquel a Quien Dios hará manifiesto» se sintieron en su mayor parte inclinados instintivamente a buscar Su presencia, confesar su error y suplicarle perdón. Con el paso del tiempo, los fugitivos, llevados por el miedo siempre presente a las persecuciones, procuraron, junto con sus mujeres e hijos, la seguridad relativa que les permitía la proximidad a Alguien que se había convertido en el punto de reunión de los miembros de una comunidad harto vejada. Los próceres persas en el exilio, haciendo caso omiso, ante el prestigio creciente de Bahá’u’lláh, de los dictados de la moderación y prudencia, se sentaban, olvidándose de su orgullo, a Sus pies, y se empapaban, cada uno de acuerdo con su capacidad, de una porción de Su espíritu y sabiduría. Algunos de los más ambiciosos de entre ellos, tales como ‘Abbás Mírzá, hijo de Mu ammad h. Sháh, el Vazír-Ni ám, y Mírzá Malkam z. Khán, así como ciertos funcionarios de

gobiernos extranjeros, intentaron, en su cortedad de miras, granjearse Su apoyo y ayuda en aras de sus acariciados designios, los cuales Él condenaba sin vacilar y con severidad. Tampoco fue insensible a

la posición ocupada ahora por Bahá’u’lláh el representante del Gobierno británico y Cónsul General en Bagdad, coronel sir Arnold Burrows Kemball. Tras entablar amistosa correspondencia con Él, tal como da fe el propio Bahá’u’lláh, Le ofreció la protección de la ciudadanía británica, Lo visitó y se prestó a transmitir a la reina Victoria cualquier comunicado que tuviera a bien hacerle llegar. Incluso expresó su disponibilidad para preparar el traslado de Su residencia a la India, o a cualquier país que le pluguiera. Bahá’u’lláh declinó esta sugerencia, prefiriendo residir en los dominios del Sultán de Turquía. Finalmente, durante el último año de Su estancia en Bagdad, el gobernador Námiq-Páshá, impresionado por los numerosos signos de estima y veneración en que se Le tenía, acudió a Él para homenajear personalmente a Quien había logrado ya una victoria tan conspicua sobre los corazones y almas de aquellos que Lo visitaban. Tan profundo fue el respeto que Le demostró el Gobernador, a Él, a Quien consideraba una de las Luces de la Época, que habrían de transcurrir tres meses desde que recibiera cinco órdenes sucesivas de ‘Álí Páshá antes de que se aviniera a informar a Bahá’u’lláh de que era deseo del Gobierno de Turquía que Se dirigiera a la capital. En una ocasión en que ‘Abdu’l-Bahá y Áqáy-i-Kalím habían sido delegados por Bahá’u’lláh para visitarle, los agasajó con tanto ceremonial que el Vicegobernador afirmó que, por cuanto sabía, a ningún notable de la ciudad había tributado el Gobernador una recepción tan cálida y cortés. En efecto, tan sorprendido quedó el sultán ‘Abdu’l-Majíd por los informes favorables recibidos sobre Bahá’u’lláh de los gobernadores sucesivos de Bagdad (tal es el testimonio personal que diera a Bahá’u’lláh mismo el Vicegobernador) que rechazó de plano considerar las peticiones que le dirigía el Gobierno persa a fin de entregarlo a su representante, o bien ordenar Su expulsión del territorio turco.

En ninguna ocasión previa, desde el comienzo de la Fe, ni siquiera durante los días en que el Báb fue aclamado en I fahán,

s. Tabríz y Chihríq por las ovaciones de un populacho entusiasta, ninguno de sus exponentes había logrado tal prominencia ante la mirada pública, o ejercido sobre un círculo tan diverso de admiradores una influencia tan potente y de tanta envergadura. Sin embargo, por más que era inédito el influjo que ejercía Bahá’u’lláh en aquella época primitiva de la Fe, mientras vivía en Bagdad, su radio de in

fluencia era por entonces modesto comparado con la magnitud de la fama que, al concluir esa misma época, y mediante la inspiración inmediata del Centro de Su Alianza, adquirió la Fe tanto en el continente europeo como en América.

En ninguna parte se demostraba mejor el ascendiente logrado por Bahá’u’lláh como en Su destreza en ensanchar la hechura y transformar el carácter de la comunidad a la que pertenecía. Aunque Él mismo era nominalmente un bábí, aunque las disposiciones del Bayán se consideraban todavía vigentes e inviolables, pudo inculcar un patrón que, si bien no era incompatible con sus doctrinas, éticamente era superior a los más elevados principios que había establecido la Dispensación bábí. Las verdades saludables y fundamentales abogadas por el Báb, que habían quedado oscurecidas, descuidadas o tergiversadas, fueron enunciadas además por Bahá’u’lláh, reafirmadas y destiladas de nuevo sobre la vida corporativa de la comunidad y sobre las almas de los miembros que la componían. La disociación de la Fe bábí de toda forma de actividad política y de toda asociación y faccionalismo secretos; el énfasis puesto en el principio de la no violencia; la necesidad de obediencia estricta a la autoridad establecida; la veda impuesta a todas las formas de sedición, murmuración, ley del talión y disputa; el hincapié hecho en la religiosidad, amabilidad, humildad y piedad, en la sinceridad y veracidad, en la castidad y fidelidad, en la justicia, tolerancia, sociabilidad, amistad y concordia, en la adquisición de artes y ciencias, en el sacrificio y desprendimiento de uno mismo, en la paciencia, constancia y resignación a la voluntad de Dios; todo ello constituyen los rasgos destacados de un código ético de conducta del que dan fe de forma inconfundible los libros, tratados y epístolas revelados durante aquellos años por la incansable pluma de Bahá’u’lláh.

«Con la ayuda de Dios y Su gracia y Misericordia divinas», ha escrito Él mismo refiriéndose al carácter y consecuencias de Sus propios afanes durante ese periodo, «revelamos, cual lluvia copiosa, Nuestros versículos y los enviamos a las diversas partes del mundo. Exhortamos a todos los hombres, particularmente a este pueblo, mediante Nuestros sabios consejos y admoniciones amorosas, y les pedimos que no se entregaran a la sedi

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ción, pendencias, disputas o conflictos. Como consecuencia de esto, y mediante la gracia de Dios, el descarrío y la insania trocáronse en piedad y comprensión, y las armas de guerra se convirtieron en instrumentos de paz». Bahá’u’lláh, afirma ‘Abdu’l-Bahá, «ejercitó a Su regreso (de Sulaymáníyyih) tales esfuerzos por educar y capacitar a su comunidad, reformar sus modales, regular sus asuntos y rehabilitar su suerte, que en un breve periodo todos estos problemas y desmanes fueron aquietados, y la mayor paz y tranquilidad reinó en los corazones de los hombres». Y en otro lugar: «Cuando se establecieron estos principios fundamentales en el corazón de este pueblo, actuaban en todo lugar de tal manera que, a los ojos de las autoridades, ganaron fama por la integridad de su carácter, la constancia de su corazón, la pureza de sus intenciones, lo loable de sus actos y la excelencia de su conducta».

El carácter exaltado de las enseñanzas que Bahá’u’lláh propuso durante este periodo quizá quede mejor ilustrado por la siguiente declaración realizada por Él en aquellos días ante un oficial, el cual, debido a la devoción que profesaba a Su persona un malhechor, había dudado en infligir al criminal el castigo que se merecía: «Decidle que nadie en este mundo puede reclamar relación ninguna conmigo excepto quienes, en todos sus actos y conducta, siguen Mi ejemplo, de modo tal que todos los pueblos de la tierra sean incapaces de impedirles que actúen y digan lo que es justo y necesario». «Este hermano Mío», declaró además ante el oficial, «este mismo Mírzá Músá, nacido de los mismos madre y padre que Yo mismo, y quien desde su tierna juventud Me ha acompañado, si tal perpetrara un acto contrario a los intereses del Estado

o de la religión, y se demostrara a vuestros ojos su culpabilidad, Yo me congratularía de vuestro acto y lo apreciaría si amarraseis sus manos y lo arrojarais al río hasta que se ahogase, y rechazaseis considerar la intercesión de nadie en su favor». En otro caso inconexo, deseando recalcar Su enérgica condena de todos los actos de violencia, había escrito: «Sería más aceptable a Mi vista que una persona perjudicara a uno de Mis propios hijos y familiares, antes que infligir ningún daño sobre alma alguna».

«La mayoría de quienes rodeaban a Bahá’u’lláh», refirió Nabíl al describir el espíritu que animaba la reformada comunidad bábí de Bagdad, «ponía tal cuidado en santificar y purificar sus almas que no consentían que brotase palabra alguna de sus labios que pudiera no ser conforme a la voluntad de Dios, ni daban paso alguno que fuera contrario a Su beneplácito». «Cada cual», relata, «había convenido en un pacto con otro condiscípulo suyo, en virtud del cual acordaban amonestarse y, si fuera preciso, escarmentarse dándose golpes en las plantas de los pies, con un número de golpes proporcional a la gravedad de la ofensa cometida en violación de las elevadas pautas que se habían jurado observar». Describiendo el fervor de su celo afirma que «hasta que el ofensor no había padecido el castigo solicitado por él, no consentía en comer o beber».

La transformación completa que la palabra escrita y hablada de Bahá’u’lláh había efectuado en la actitud y carácter de Sus compañeros hallaba su equivalente en la devoción abrasadora que Su amor había prendido en sus almas. Un celo y fervor apasionados, los cuales rivalizaban con el entusiasmo que prendiera vorazmente en los pechos de los discípulos del Báb en sus momentos de máxima exaltación, se habían apoderado ahora de los corazones de los exiliados de Bagdad y habían galvanizado su ser entero. «Tan embriagados», refiere Nabíl al describir la fecundidad de un renacer espiritual tan tremendamente dinámico, «tan arrobados estaban todos por los dulces aromas de la Mañana de la Revelación divina que, diríase que de cada espina surgían borbotones de capullos, y que cada semilla arrojaba cosechas innumerables». «La habitación de la Más Grande Casa», constata el mismo cronista, «dispuesta aparte para la recepción de los visitantes de Bahá’u’lláh, si bien estaba desvencijada, y hacía tiempo que había perdido su utilidad, competía, por haber sido hollada por los benditos pies del Bienamado, con el Paraíso Más exaltado. A pesar de ser de techo bajo, parecía no obstante rozar las estrellas, y si bien disponía de un solo sofá, hecho de enramados de palmera, sobre el que Él, que era el Rey de los Nombres,

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solía sentarse, atraía hacia Sí, cual magnetita, los corazones de los príncipes».

Fue esa misma sala de recepción la que, a pesar de su cruda simplicidad, había encandilado de tal modo al Shujá‘u’d-Dawlih, que éste había expresado a sus copríncipes la intención de construir un duplicado para su casa de Ká imayn. «Bien puede que lo consiga», se

z. dice que observó Bahá’u’lláh con una sonrisa al informársele de sus intenciones, «reproducir externamente el modelo exacto de esta habitación de techo bajo hecha de barro y paja, con su jardín diminuto. Mas ¿qué hay de su habilidad de abrir las puertas espirituales que llevan a los mundos ocultos de Dios?» «No sé cómo explicar», había afirmado otro príncipe, Zaynu’l-‘Abidín Khán, el Fakhru’d-Dawlih, al describir la atmósfera que inundaba la estancia, «si todos los pesares del mundo se agolparan en mi corazón, creo que todos se habrían desvanecido en presencia de Bahá’u’lláh. Es como si hubiera entrado el Paraíso mismo». Estas fiestas jubilosas que los compañeros, a pesar de sus extremadamente modestas ganancias, ofrecían de continuo en honor de su Bienamado; las reuniones, que se prolongaban hasta bien entrada la noche, en las que celebraban en alto, con oraciones, poesía y canciones, las alabanzas del Báb, de Quddús y Bahá’u’lláh; los ayunos que observaban; las vigilias que mantenían; los sueños y visiones que encendían sus almas, y que solían referirse con sentimientos de entusiasmo ilimitado; la ilusión con que realizaban Sus recados quienes servían a Bahá’u’lláh, atendían a Sus necesidades y transportaban pesados odres de agua para Sus abluciones y otros quehaceres domésticos; los actos de imprudencia que, en momentos de rapto, solían cometer ocasionalmente; las expresiones de maravilla y admiración que sus palabras y actos evocaban en un populacho que rara vez había presenciado tales demostraciones de transporte religioso y devoción personal; éstos y muchos otros hechos permanecerán por siempre ligados a la historia de ese periodo inmortal, que se interpu

so entre la hora en que nació la Revelación de Bahá’u’lláh y su anuncio en la víspera de Su partida a Irak.

Son numerosas y sorprendentes las anécdotas que cuentan quienes por deber, accidente o inclinación entraron en contacto directo con Bahá’u’lláh en el curso de aquellos años intensos. Numerosos y conmovedores son los testimonios de circunstantes que tuvieron el privilegio de contemplar Su rostro, observar Su porte u oír de pasada Sus observaciones cuando caminaba por las aceras y calles de la ciudad o recorría las orillas del río; o de los fieles que contemplaron cómo rezaba en las mezquitas; del mendigo, enfermo, anciano y desafortunado al que socorrió, curó, dio sostén y reconfortó; de los visitantes, desde el más altivo príncipe hasta el más humilde mendigo que atravesaron el umbral de Su morada y se sentaron a Sus pies; del comerciante, el artesano y el tendero que Le sirvieron y atendieron a Sus necesidades diarias; de los devotos que habían percibido los signos de Su gloria oculta; de Sus adversarios, que habían que-dado confundidos o desarmados por el poder de Su verbo y el calor de Su amor; de los sacerdotes y laicos, nobles y doctos que fueron a Su encuentro con intenciones de desafiar Su autoridad, aquilatar Su conocimiento, investigar Sus títulos, confesar sus faltas o declarar su conversión a la Causa que Él había abrazado.

De tal tesoro de recuerdos preciosos bastará a mi propósito con que cite un solo ejemplo, el de uno de Sus amantes fervientes, oriundo de Zavárih, llamado Siyyid Ismá‘íl, y conocido como Dhabíh. («Sacrificio»), quien había sido antes sacerdote destacado, hombre taciturno, meditativo y completamente desprendido de todo vínculo terrenal, cuya tarea autoimpuesta, y de la que se enorgullecía, era la de barrer los accesos de la Casa donde moraba Bahá’u’lláh. Al amanecer, tras desenrollar el turbante verde que llevaba puesto, emblema de su santo linaje, solía reunir con paciencia infinita los escombros que había hollado su Bienamado, dispersaba el polvo de las grietas del muro contiguo a la puerta de la casa, recogía las esquirlas entre los pliegues de su propia capa y, despreciando arrojar su carga a pies ajenos que pudieran pisarla, la trasladaba hasta las orillas del río para volcarla en sus aguas. Al final, incapaz de contener el océano de amor que bramaba dentro de su alma, después de rechazar durante cuarenta días todo sueño o alimento, y tras rendir por última vez el servicio tan caro a su corazón, se desplazó, cierto día, a las orillas del río, en la ruta de Ká imayn, realizó sus abluciones, se tendió

z. de espaldas con el rostro vuelto hacia Bagdad y cortándose la garganta con una navaja, que depositó sobre su pecho, expiró (1275 d.h.). Tampoco fue él el único que meditó un acto semejante y estaba decidido a llevarlo a cabo. Otros hubieran estado dispuestos a seguir su ejemplo, de no haber intervenido Bahá’u’lláh prontamente ordenando a los refugiados que vivían en Bagdad que regresaran de inmediato a sus países de origen. Tampoco pudieron las autoridades, cuando se estableció concluyentemente que Dhabíh. había muerto por su propia mano, permanecer indiferentes a una Causa cuyo Guía podía inspirar tan rara devoción y ejercer un dominio tan absoluto sobre los corazones de Sus amantes. Advertido de las reservas que el episodio había provocado en ciertos sectores de Bagdad, se cuenta que Bahá’u’lláh observó: «Siyyid Ismá‘íl estaba poseído de tal poder y dominio que de haber sido retado por todos los pueblos de la tierra, sin duda, habría

ejercido su ascendiente sobre ellos». «Hasta ahora no ha habido sangre», se dice que comentó en referencia a este mismo abí , a quien ensal-.

Dh hzó como «Rey y Bienamado de los Mártires», «tan pura que se haya vertido sobre la tierra como la sangre que él derramó». «Tan embriagados estaban quienes habían apurado el cáliz de la presencia de Bahá’u’lláh», así reza otro testimonio de la pluma de Nabíl, quien fue personalmente testigo de la mayoría de estos episodios conmovedores, «que a sus ojos, los palacios de los reyes parecían más efímeros que la tela de una araña [...] Las celebraciones y festejos que acostumbraban celebrar eran tales como no hubieran podido siquiera soñar los reyes de la tierra». «Yo mismo junto con otros dos», relata, «vivía en una habitación desprovista de muebles. Bahá’u’lláh entró en ella cierto día y, mirando a su alrededor, observó: “Su vacío Me agrada. En mi estima es preferible a muchos palacios espaciosos, por cuanto los amados de Dios están ocupados en ella con el recuerdo del Amigo Incomparable, con corazones que están enteramente vacíos del moho de este mundo”». Su propia vida estaba caracterizada por esa misma austeridad y evidenciaba esa misma simplicidad que marcaba la vida de Sus compañeros Bienamados. «Hubo un tiempo en Irak», afirma Él mismo, en una de Sus Tablas, «cuando la Antigua Belleza [...] carecía de muda. La única túnica que poseía era lavada, secada y vuelta a vestir de nuevo».

«Muchas noches», prosigue Nabíl, en su descripción de la vida de aquellos compañeros olvidados de sí mismos, «no menos de diez personas subsistían con poco más de un puñado de dátiles. Nadie sabía de hecho a quién pertenecían los zapatos, capas o vestidos que se hallaban en sus casas. Cualquiera que fuese al bazar podía reclamar que los zapatos que calzaba eran los suyos y quienquiera que entraba en presencia de Bahá’u’lláh podía afirmar que la capa o vestido que entonces llevaba le pertenecían. Sus propios nombres habían sido olvidados, sus corazones estaban vacíos de todo menos de la adoración de su Bienamado [...] ¡Ah cuánta la dicha de aquellos días, y cuánta la felicidad y maravilla de aquellas horas!».

La enorme expansión del volumen e influjo de los escritos de Bahá’u’lláh compuestos a Su regreso de Sulaymáníyyih constituye otro rasgo distintivo del periodo considerado. Los versículos que surgieron de Su pluma durante aquellos años, descritos por Él mismo como «lluvia copiosa», bien en forma de epístolas, exhortaciones, comentarios, apologías, disertaciones, profecías, oraciones, odas o Tablas específicas, contribuyeron, en grado notable, a la reforma y despliegue progresivo de la comunidad bábí, al ensanchamiento de su factura, a la expansión de sus actividades y al esclarecimiento de las conciencias de sus miembros. Tan prolífico fue este periodo que durante los dos primeros años tras regresar de Su retiro, de acuerdo con el testimonio de Nabíl, quien a la sazón vivía en Bagdad, los versículos no registrados que brotaban de Sus labios promediaban en un solo día y noche ¡el equivalente del Corán! En cuanto a los versículos que dictaba o bien escribía en persona, su número era no menos destacable que la gran riqueza o diversidad de asuntos

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a los que se referían. En efecto, una vasta proporción de estos escritos, ay, se han perdido sin remisión para la posteridad. Autoridad no menor que la del propio Mírzá Áqá Ján, el amanuense de Bahá’u’lláh, afirma, según cuenta Nabíl, que por orden expresa de Bahá’u’lláh, cientos de miles de versículos, la mayoría escritos de Su propio puño y letra, fueron borrados y arrojados al río. «Al verme remiso a ejecutar Sus órdenes», relataba Mírzá Áqá Ján a Nabíl, «Bahá’u’lláh me tranquilizó diciéndome: “Nadie se halla en esta época digno de escuchar estas melodías [...] No una, ni dos, sino innumerables veces recibí órdenes de repetir este acto”». Un tal Mu ammad Karím,

h. oriundo de Shiraz, quien había sido testigo de la rapidez y forma en que el Báb consignaba los versículos con que era inspirado, ha deja-do el siguiente testimonio para la posteridad, tras alcanzar, durante aquellos días, la presencia de Bahá’u’lláh y contemplar, con sus propios ojos, lo que él mismo había considerado que era la sola prueba de la misión del Prometido: «Soy testigo de que los versículos revelados por Bahá’u’lláh eran superiores, por la rapidez con que se escribían, como por la facilidad con que fluían, su lucidez, profundidad y dulzura a aquellos que yo mismo vi brotar de la pluma del Báb en Su presencia. De no poseer Bahá’u’lláh otro título de grandeza, éste sería suficiente a los ojos del mundo y sus gentes: el haber producido versículos tales como los que fluyeron ese día de Su pluma».

Primerísimo entre los tesoros inapreciables vertidos desde el océano ondulante de la Revelación de Bahá’u’lláh figura el Kitáb-i-Íqán («Libro de la Certeza»), revelado en el curso de dos días y dos

noches, en los años finales de aquel periodo (1270 d.h.; 1862 d. C.). Fue escrito en cumplimiento de la profecía del Báb, Quien había afirmado expresamente que el Prometido completaría el texto inacabado del Bayán persa, y en respuesta a las preguntas dirigidas a Bahá’u’lláh por el tío materno del Báb, todavía no convertido, H. ájí Mírzá Siyyid Mu ammad, quien se encontraba de visita, acom

h.

pañado de su hermano, H. ájí Mírzá H. asan-‘Alí, camino a Karbilá. Dechado de prosa persa, con un estilo a un tiempo original, casto y vigoroso, y notablemente lúcido, sólido de argumento e inigualable por lo irresistible de su elocuencia, este Libro, en el que se expone en síntesis el Gran Plan Redentor de Dios, ocupa un puesto inigualado por ninguna otra obra de la gama completa de Escrituras bahá’ís, a excepción del Kitáb-i-Aqdas, el Libro Más Sagrado de Bahá’u’lláh. Revelado en vísperas de la declaración de Su misión, escanció ante la humanidad el «Vino Escogido Sellado», cuyo sello era de «almizcle», y rompió los «sellos» del «Libro» al que se refiere Daniel, y desentrañó el significado de los «mundos» destinados a permanecer «cerrados» hasta el «tiempo del fin».

En el espacio de doscientas páginas proclama inequívocamente la existencia y unicidad de un Dios personal, incognoscible e inaccesible, Fuente de toda Revelación, eterno, omnisciente, omnipresente y todopoderoso; afirma la relatividad de la verdad religiosa y de la continuidad de la Revelación divina; sostiene la unidad de los Profetas, la universalidad de su Mensaje, la identidad de sus enseñanzas fundamentales, la santidad de sus escrituras y el doble carácter de sus estaciones; denuncia la ceguera y perversidad de los sacerdotes y doctores de toda época; cita y elucida los pasajes alegóricos del Nuevo Testamento, los versículos abstrusos del Corán y las crípticas tradiciones mu ammadianas que habían alimentado las incomprensio

h. nes, dudas y animosidades seculares, las cuales habían escindido y separado a los seguidores de los sistemas religiosos más importantes del mundo; enumera los requisitos esenciales para el logro por parte de todo verdadero seguidor del objeto de su búsqueda; demuestra la validez, la sublimidad y el significado de la Revelación del Báb; aclama el heroísmo y desprendimiento de Sus seguidores; presagia y profetiza al pueblo del Bayán el triunfo mundial de la

Revelación prometida; sostiene la pureza e inocencia de la Virgen María; glorifica a los Imámes de la Fe de Mu ammad; celebra el mar-

h. tirio y alaba la soberanía espiritual del Imam H. usayn; desentraña el

significado de términos simbólicos tales como «Retorno», «Resurrección», «Sello de los Profetas» y «Día del Juicio»; columbra y distingue entre las tres etapas de la Revelación divina; y Se explaya, en términos encendidos, sobre las glorias y maravillas de la «Ciudad de Dios», renovada, durante intervalos fijos, mediante la Dispensación de la Providencia, para la guía, beneficio y salvación de toda la humanidad. Bien puede sostenerse que de entre todos los libros revelados por el Autor de la Revelación bahá’í, este Libro solo, por haber arrumbado las barreras milenarias que habían separado infranqueablemente las grandes religiones del mundo, ha sentado un cimiento amplio e inatacable para la reconciliación completa y permanente de sus seguidores.

Próximo a este repositorio único de tesoros inestimables debe figurar esa colección maravillosa de pronunciamientos como gemas, las Palabras Ocultas, con las que Bahá’u’lláh fue inspirado mientras recorría, envuelto en Sus meditaciones, las riberas del Tigris. Revelado el año 1274 d.h., parte en persa y parte en árabe, fue designado «El Libro oculto de Fátima», e identificado por su Autor con el Libro del mismo nombre, que según cree el islam shí’í, ha de obrar en poder del prometido Qá’im y ha de consistir en las palabras de consuelo dirigidas, a instancias de Dios, por el ángel Gabriel a Fátima, y dictadas al Imam ‘Alí, con el solo fin de reconfortarla en su hora de amarga angustia tras la muerte de su ilustre Padre. El significado de esta dinámica levadura espiritual vertida sobre la vida del mundo para la orientación de las conciencias de los seres humanos, la edificación de sus almas y la rectificación de su conducta pueden juzgarse mejor mediante la descripción de su índole, según figura en el pasaje de apertura de su Autor: «He aquí lo que ha descendido del Reino de la gloria, proferido por la lengua de la fuerza y del poder, y revelado a los Profetas de antiguo. Hemos extraído su esencia íntima y la hemos ataviado con la vestidura de la brevedad, como muestra de gracia para los justos, a fin de que permanezcan fieles a la Alianza de Dios, cumplan Su encomienda en sus vidas y obtengan en el reino del espíritu la joya de la virtud divina».

A estas dos destacadísimas contribuciones a las escrituras religiosas del mundo, las cuales ocupan, respectivamente, puestos de preeminencia insuperada entre los escritos doctrinales y éticos del Autor de la Dispensación bahá’í, hubo de añadirse en ese mismo periodo un tratado que bien puede considerarse Su máxima composición mística, en respuesta a las preguntas formuladas por Shaykh Mu yi’d-Dín, el cadí de h. Khániqayn, en el que describe las siete eta-pas que el alma del buscador debe recorrer hasta alcanzar el objetivo de su existencia.

Los «Cuatro valles», epístola dirigida al docto Shaykh ‘Abdu’r-Rah.mán-i-Karkútí; la Tabla del Sagrado Marinero, en la que Bahá’u’lláh profetiza las aflicciones severas que habían de ocurrirle; la Law -i-. . úríyyih («Tabla de la Doncella»), en la que se presagian los

hHacontecimientos de un futuro mucho más remoto; la Súriy-i-

S. abr («Sura de la Paciencia»), revelada el primer día de ri ván, en la d. que ensalza a Va h. íd y sus sufridos compañeros de Nayríz; el comentario sobre las Letras que encabezan los Suras del Corán; Su interpretación de la letra Váv, mencionada en los escritos de Shaykh A mad-i-A sá’í, y de otros pasajes abstrusos de las obras de Siyyid

h.

h. Ká im-i-Ra shtí; la Law -i-Madínatu’t-Taw híd («Tabla de la Ciudad

z.

.h. de la Unidad»); la S. ah. .ts. . urúfát-i-‘Álíyát,

ífiy-i-Sha íyyih; la Mu íbát-i-t. Hla «Tafsír-i-Hú»; la Javáhiru’l-Asrár y toda una plétora de escritos en forma de epístolas, odas, homilías, Tablas específicas, comentarios y oraciones, contribuyeron, cada uno a su modo, a acrecentar los «ríos de vida sempiterna» que manaban copiosamente de la «Morada de la Paz» y que imprimieron un empuje poderoso a la expansión de la Fe del Báb, tanto en Persia como en Irak, reanimando las almas y transformando el carácter de sus seguidores.

Las pruebas innegables del alcance y magnificencia del poder creciente de Bahá’u’lláh; Su prestigio en veloz auge; la transformación milagrosa que, por precepto y ejemplo, había efectuado en la actitud y carácter de Sus compañeros desde Bagdad hasta las ciudades y pueblos más remotos de Persia; el amor devorador dirigido hacia Él que prendía en sus pechos; el volumen prodigioso de escritos que día y noche brotaban de Su pluma, no podían dejar de avivar la llama de la animosidad que rescoldaba los pechos de Sus enemigos shí’íes y sunníes. Ahora que Su residencia se había trasladado a las inmediaciones de los bastiones del islam shí’í, y que Él mismo estaba en contacto casi diario con los peregrinos fanáticos que atestaban los santos lugares de Najaf, Karbilá y Ká imayn, ya no podía

z. aplazarse la confrontación entre el brillo cada vez mayor de Su gloria y las oscuras y castigadas fuerzas del fanatismo religioso. Una chispa era todo lo que se necesitaba para que prendiese este material combustible formado por todos los odios acumulados, temores y celos que las actividades reanudadas de los babíes habían inspirado. Vino a facilitarla un tal Shaykh ‘Abdu’l-H. usayn, un sacerdote obstinado y artero cuyo celo devorador hacia Bahá’u’lláh sólo era superado por su capacidad de arrastre que ejercía entre los encumbrados y los

más ínfimos de los humildes, árabes o persas, que atestaban las calles y mercados de Ká imayn, Karbilá y Bagdad. Fue a él a quien

z. Bahá’u’lláh estigmatizó en Sus Tablas con epítetos tales como «canalla», «truhán», «malvado», el que «desenvainó la espada del yo contra la faz de Dios», «en cuya alma Satán ha susurrado» y «de cuya impiedad huye Satán», el «depravado», «de quien se originó y a quien regresarán toda infidelidad, crueldad y crimen». En gran parte por obra del Gran Visir, quien deseaba desembarazarse de él, este mujtahid conflictivo había recibido el encargo del Sháh de dirigirse a Karbilá para habitar allí. A la espera de la oportunidad de su vida, se alió con Mírzá Buzurg Khán, el recién nombrado Cónsul General persa, quien por ser de la misma inicua catadura moral, hombre de inteligencia mediocre, insincero, carente de previsión y honra, bebedor empedernido, pronto cayó presa de la influencia de aquel vicioso intrigante y se convirtió en el instrumento voluntario de sus designios. Su primera intentona concertada consistió en recabar del gobernador de Bagdad, Mus.t.afá Páshá, mediante burdas distorsiones de la verdad, la orden de extradición de Bahá’u’lláh y Sus compañeros, intentona que fracasó estrepitosamente. Reconociendo la futilidad de

cualquier tentativa de lograr su propósito mediante la intervención de las autoridades locales, Shaykh ‘Abdu’l-H. usayn comenzó, valiéndose de la cuidadosa circulación de sueños que primero inventaba y luego interpretaba, a crispar las pasiones de una población supersticiosa y de ánimo sumamente inflamable. El resentimiento engendrado por la falta de respuesta se vio agravado por el fracaso ignominioso al no concurrir al reto de una entrevista acordada entre él y Bahá’u’lláh. Por su parte, Mírzá Buzurg Khán se valió de su influencia para caldear los ánimos. A ese fin incitó a que los elementos más viles del pueblo volcasen sus afrentas contra Él públicamente, en la esperanza de provocar alguna acción precipitada de represalia que pudiese dar pie a falsas denuncias con las que procurarse la deseada orden de extradición contra Su común Adversario. El intento fue asimismo en vano, pues Bahá’u’lláh, desoyendo las advertencias y ruegos de Sus amigos, seguía paseándose sin escolta, de día o de noche, por las calles de la ciudad, hecho que bastaba para sumar en un estado de vergüenza y consternación a cualquiera que pretendiese ofenderle. Sabedor de Sus fines, solía acercárseles, fomentaba sus intenciones, bromeaba con ellos para luego dejarlos sumidos en la confusión y firmemente resueltos a abandonar cualquier plan que tuvieran en mente. El Cónsul General llegó al extremo de contratar por la suma de cien tumanes a un rufián, un turco llamado Ri á, a

d. quien proporcionó una montura y dos pistolas, con órdenes de tender una emboscada y matar a Bahá’u’lláh al amparo de las plenas

promesas de seguridad que le ofrecía. Al saber cierto día que su presunta víctima se hallaba en el baño público, Ri á burló la vigilancia

d. de los babíes que atendían a Bahá’u’lláh, entró al baño con una pistola escondida bajo su capa y se encaró ante Bahá’u’lláh en el recinto

interior, sólo para descubrir que le faltaban arrestos para concluir la tarea. El propio Ri á relataba años más tarde cómo en otra oca-

d.

sión, estando al acecho, pistola en mano, se sintió tan sobrecogido de temor al ver que Bahá’u’lláh se le acercaba, que la pistola se le cayó de la mano; visto esto, Bahá’u’lláh pidió a Áqáy-i-Kalím, Su

acompañante, que le devolviese el arma y le indicase el camino de vuelta a casa.

Contrariado en sus intentos por lograr sus malévolos propósitos, Shaykh ‘Abdu’l-H. usayn desvió ahora sus energías hacia un nuevo canal. Prometió a su cómplice que lo elevaría al rango de ministro de la corona si conseguía inducir al Gobierno a que enviara a Bahá’u’lláh a Teherán para allí encerrarlo en prisión. Casi a diario solía despachar informes extensos al séquito inmediato del Sháh. Dibujaba una situación estrafalaria sobre las prerrogativas de que disfrutaba Bahá’u’lláh, mostrándolo como acreedor a la lealtad de las tribus nómadas de Irak. Proclamaba que estaba en condiciones de reclutar, en un solo día y al completo, cien mil hombres listos para empuñar las armas a Sus órdenes. Lo acusaba de fraguar, en conjunción con varios adalides persas, una insurrección contra su Soberano. Valiéndose de semejantes ardides, consiguió presionar a las autoridades de Teherán lo bastante como para inducir al Sháh a que le concediera una orden confiriéndole plenos poderes y que ordenaba a los ‘ulamás persas y funcionarios que le prestaran toda su ayuda. Dio cuenta al instante de este mandato ante los eclesiásticos de Najaf y Karbilá, solicitando que se concertara una reunión en Ká imayn, lugar de su residencia.

z. Una concurrencia de shaykhíes, mullás y mujtahides, deseosos de granjearse el favor del Soberano, respondieron con prontitud. Tras ser informados del propósito para el que habían sido convocados, decidieron declarar guerra santa contra la colonia de exiliados y, lanzando un asalto repentino y general sobre ésta, destruirla en su núcleo. Para

su sorpresa y contrariedad, sin embargo, encontraron que el principal mujtahid de entre ellos, el celebrado aykh d. s.

Sh Murta áy-i-An árí, varón renombrado por su tolerancia, sabiduría, recta justicia, piedad y nobleza de carácter, rechazó, al ser informado de sus planes, pronunciar la sentencia requerida contra los babíes. Fue a él a quien Bahá’u’lláh más adelante ensalzó en la Law -i-Sul án y nombró entre

h. t. «los doctores que en verdad han bebido del cáliz de la renuncia» y «nunca se interpusieron ante Él», y a quien ‘Abdu’l-Bahá se refirió como «el ilus

tre y erudito doctor, el noble y celebrado estudioso, el sello de los buscadores de la verdad». Alegando carecer de conocimiento suficiente sobre los

principios de esta comunidad, y aduciendo no haber presenciado por parte de sus miembros ningún acto que divergiera del Corán, haciendo caso omiso de las protestas de sus colegas, abandonó abruptamente la sesión y regresó a Najaf, no sin expresar más adelante ante Bahá’u’lláh, por conducto de un mensajero, su pesar por lo ocurrido y sus deseos devotos por Su protección.

Frustrados en sus planes, pero sin cejar en su hostilidad, los reunidos delegaron en el docto y piadoso H. ájí Mullá H. asan-i-‘Ammú, reconocido por su integridad y sabiduría, que sometiera varias preguntas a Bahá’u’lláh para elucidación. Cuando éstas fueron presentadas y se dieron respuestas completamente satisfactorias al mensajero, H. ájí Mullá H. asan, afirmando que los ‘ulamás reconocían la vastedad de conocimientos de Bahá’u’lláh, solicitó, como evidencia de la verdad de Su misión, un milagro que satisficiera por completo a todos los interesados. «Aunque no os asiste derecho alguno, pues es propio de Dios probar a sus criaturas y no las criaturas a Dios, sin embargo permito y acepto vuestra petición [...] Los ‘ulamás, por tanto, deben reunirse y, de común acuerdo, hacer constar por escrito que, después de realizado dicho milagro, ya no albergarán más dudas acerca de Mí y confesarán la verdad de Mi Causa. Que sellen ese documento y Me lo traigan. Éste debe ser el criterio acordado: si el milagro se realiza, no les quedará ninguna duda; en caso contrario, seremos convictos por impostura». Esta respuesta clara, desafiante y valerosa, inédita en los anales de cualquier religión, y dirigida a los sacerdotes shí’íes más ilustres, reunidos en su bastión secular, fue tan satisfactoria para el enviado que al instante se alzó, besó la rodilla de Bahá’u’lláh y partió a entregar Su mensaje. Tres días después comunicó que la augusta asamblea no había acertado a llegar a una decisión y había decidido abandonar el asunto, decisión a la que él mismo daría después amplia difusión, en el curso de su visita a Persia, ya que incluso la comunicaría en persona al entonces Ministro de Asuntos Exteriores, Mírzá Sa‘íd Khán. «Mediante el envío de este mensaje satisfactorio por demás y omnímodo», se dice que comentó Bahá’u’lláh al ser informado de la reacción a

este desafío «hemos revelado y reivindicado los milagros de todos los Profetas, por cuanto dejamos la opción a los propios ‘ulamás, comprometiéndonos a revelar cualquier cosa que decidieran». «Si examinamos cuidadosamente el texto de la Biblia», ha escrito ‘Abdu’l-Bahá con relación a un reto similar formulado más tarde por Bahá’u’lláh en la Law -i-Sul án, «veremos

h. t. que la Manifestación divina nunca dijo a quienes Le negaban “estoy dispuesto a realizar cualquier milagro que deseéis y me someto a cualquier prueba que propongáis”. Pero en la Epístola al Sháh Bahá’u’lláh dijo claramente: “reunid a los ‘ulamás y convocadme para que sean establecidas las pruebas y evidencias”». Iban tocando a su fin siete años de consolidación ininterrumpida, paciente y lograda. Una comunidad sin pastor, sometida a una tensión prolongada y tremenda, tanto interior como exterior, y amenazada con la desaparición, había resucitado para elevarse con un ascendiente sin igual en el curso de sus veinte años de historia. Reforzados sus cimientos, exaltado su espíritu, transformada su apariencia, salvaguardada su jefatura, reafirmados sus fundamentos, realzado su prestigio, desbaratados sus enemigos, la Mano del Destino se preparaba gradualmente para proyectar una nueva fase de su accidentada carrera, a la que, en su evolución, habrían de llevarla la buena y mala fortuna por nuevos derroteros. El Liberador, la única esperanza y el único guía virtualmente reconocido de esta comunidad, Quien de forma continua asombró a quienes urdían tantas intrigas para asesinarlo, Quien había rechazado despectivamente cualquier consejo timorato de que huyera de la escena del peligro, Quien había declinado de forma firme los ofrecimientos reiterados y gene

rosos hechos por sus amigos y valedores a fin de garantizar Su seguridad personal, Quien había ganado una victoria tan conspicua sobre Sus antagonistas; Él, en esa hora auspiciosa, Se veía impulsado

por los procesos irresistibles de Su Misión, a instalarse en un centro de mayor preeminencia todavía: la capital del Imperio Otomano, sede del califato, centro administrativo del islam sunní, morada del más poderoso líder del mundo islámico.

Había lanzado ya un atrevido desafío al estamento sacerdotal representado por los eclesiásticos eminentes afincados en Najaf, Karbilá y Ká imayn. Ahora, hallándose en las inmediaciones de la corte

z. de Su adversario real, iba a presentar un reto similar al cabeza reconocido del islam sunní, así como al Soberano de Persia, fideicomisario del Imam oculto. Por otra parte, la compañía entera de los reyes de la tierra, y en particular el Sultán y sus ministros, iban a ser objeto de sus llamamientos y avisos, en tanto que los reyes de la cristiandad y la jerarquía sunní iban a ser amonestados severamente. No es de extrañar que el Portador exiliado de una Revelación recién anunciada, adelantándose al esplendor futuro de la Lámpara de Su Fe, tras Su partida de Irak, haya pronunciado estas palabras proféticas: «Brillaré con resplandor dentro de otro orbe, tal como fuera predestinado por Aquel que es el Omnipotente, el Antiguo de los Días [...] Que el Espíritu abandonase el cuerpo de Irak constituye un signo maravilloso para cuantos están en el cielo y cuantos están en la tierra. Pronto veréis al Joven divino cabalgando sobre el jinete de la victoria. Entonces los corazones de los envidiosos serán presa del temblor». Puesto que había sonado la hora predestinada para la partida de Bahá’u’lláh a Irak, el proceso mediante el cual ésta había de efectuarse ya se había puesto en marcha. Los nueve meses de labores acometidas sin desmayo por Sus enemigos, y en particular por Shaykh ‘Abdu’l-H. usayn y su confederado Mírzá Buzurg Khán, estaban a punto de dar su fruto. Ná iri’d-Dín s. Sháh y sus ministros, por una parte, y el Embajador persa en Constantinopla, por otra, recibieron continuos apremios a dar los pasos inmediatos que garantizarían el traslado de Bahá’u’lláh desde Bagdad. Valiéndose de groseras tergiversaciones de la verdadera situación, acompañadas de la propagación de informes alarmantes, un enemigo maligno y enérgico logró finalmente persuadir al Sháh de que diera instrucciones a su Ministro de Asuntos Exteriores, Mírzá Sa‘íd Khán, para que instruyera al

Embajador persa ante la Sublime Puerta, Mírzá H. usayn Khán, amigo cercano de ‘Alí Pá shá, el Gran Visir del Sultán, y de Fu’ád Páshá, el Ministro de Asuntos Exteriores, de que indujeran al Sultán ‘Abdu’l’Azíz a que ordenase el traslado inmediato de Bahá’u’lláh a un lugar remoto de Bagdad, con el argumento de que Su estancia prolongada en aquella ciudad, próxima al territorio persa y a un centro tan importante de peregrinación shí’í, constituía una amenaza directa a la seguridad de Persia y su Gobierno.

Mírzá Sa‘íd Khán, en su comunicado al Embajador, estigmatizó la Fe como «una secta descarriada y detestable», deploraba la liberación de Bahá’u’lláh del Síyáh-Chál y Lo denunciaba aduciendo que no había cesado de «corromper y extraviar en secreto a personas necias y a alfeñiques ignorantes». «De acuerdo con la orden real», escribió, «yo, vuestro fiel amigo, he ordenado [...] que se os dé instrucciones de que procuréis, sin demora, un encuentro con sus Excelencias, el . adr-i-A‘ am y el Ministro de Asuntos Exteriores [...] para .

Szsolicitar [...] el traslado de esta fuente de males desde un foco, como es Bagdad, que constituye el lugar de encuentro de tan diferentes pueblos, y que está próximo a las fronteras de las provincias de Persia». En esa misma carta, citando un versículo celebrado, escribe: «Veo bajo los rescoldos el resplandor del fuego, y poco les hace falta para estallar en llamas», frase que delataba sus temores y su intención de transmitírselos al corresponsal.

Alentado por la presencia en el trono de un Monarca que había delegado gran parte de sus poderes en los ministros, y valiéndose de ciertos embajadores extranjeros y ministros de Constantinopla, Mírzá H. usayn Khán, a fuer de persuasivo y empleando una amable presión sobre dichos ministros, consiguió obtener la sanción del Sultán para el traslado de Bahá’u’lláh y Sus compañeros (quienes entre-tanto habían sido forzados por las circunstancias a cambiar de nacionalidad) a Constantinopla. Incluso se da cuenta en un informe de que la primera petición realizada por las autoridades persas ante lo que entonces –tras el ascenso al trono del nuevo Sultán– era un Poder amigo solicitaba su intervención activa y resuelta en este asunto.

Sucedió durante el quinto día de Naw-Rúz (1863), mientras Bahá’u’lláh celebraba el festival de Mazra‘iy-i-Va shshásh, en las afueras de Bagdad, y cuando acababa de revelar la Tabla del Sagrado Marinero, cuyos tenebrosos pronósticos habían suscitado las graves aprensiones de Sus Compañeros, que un emisario de Námiq Páshá trasladó y entregó en Sus manos el comunicado por el que se solicitaba una entrevista entre Él y el Gobernador.

Tal como Nabíl ha indicado en su narración, durante los últimos años de Su estancia en Bagdad, Bahá’u’lláh había aludido en el curso de Sus discursos al periodo de pruebas y agitación que de forma inexorable se avecinaba, mostrando una tristeza y gravidez de corazón que perturbaron sobremanera a quienes Lo rodeaban. Un sueño que había tenido por entonces, cuyo carácter amenazador resultaba inconfundible, sirvió para confirmar los temores y aprensiones que asaltaban a Sus compañeros. «Vi», escribió en una Tabla, «a los Profetas y Mensajeros que se reunían sentados a Mi alrededor, gimiendo, sollozando y lamentándose en voz alta. Aturdido, les pregunté por la razón, ante lo cual el lamento y los sollozos se acrecentaron, y Me dijeron: “¡Nuestro llanto es por Ti, oh Misterio Más Grande, oh Tabernáculo de la Inmortalidad!”. Y lloraron con tal llanto que Yo mismo derramé lágrimas con ellos. A continuación el Concurso de lo Alto se dirigió hacia Mí diciendo: “[...] En breve contemplarás con Tus propios ojos lo que ningún Profeta contempló [...] Sé paciente, sé paciente” [...] Continuaron dirigiéndose hacia Mí toda la noche hasta que llegó el alba». «Océanos de pesar», afirma Nabíl, «rebullían en los corazones de los oyentes cuando la Tabla del Sagrado Marinero fue leída en voz alta ante ellos [...] Para todos se hacía evidente que el capítulo de Bagdad estaba a punto de concluir, y que uno nuevo vendría a reemplazarlo. Apenas había dejado de recitarse la Tabla, cuando Bahá’u’lláh ordenó que las tiendas, previamente levantadas, fuesen desmontadas y que todos Sus compañeros regresaran a la ciudad. Mientras se aplicaban a esta tarea, Bahá’u’lláh observó: “Estas tiendas pueden compararse con los arreos de este mundo, apenas acaban de ser instalados y llega la hora de replegarlos”. Por estas palabras, quienes Le escuchaban comprendieron que nunca más volverían a levantar sus tiendas en aquel paraje. Todavía no habían sido retiradas cuando el mensajero llegó desde Bagdad para entregar el comunicado susodicho del Gobernador».

Al día siguiente el Vicegobernador entregaba a Bahá’u’lláh en una mezquita del barrio donde se ubicaba la casa del Gobernador, una carta de ‘Álí Pá shá, dirigida a Námiq Páshá, redactada en términos corteses, por la que se invitaba a Bahá’u’lláh a acudir, en calidad de invitado del Gobierno otomano, a Constantinopla, ponía a su disposición una suma de dinero y ordenaba que fuera acompañado por una escolta a caballo para Su protección. A esta petición Bahá’u’lláh dio Su pronto consentimiento, pero declinó aceptar la suma ofrecida. Antes las urgentes requisitorias del Delegado, en el sentido de que tal rechazo ofendería a las autoridades, Él consintió con renuencia recibir el generoso estipendio destinado a Su empleo, y lo distribuyó, ese mismo día, entre los pobres.

El efecto que tuvo la repentina noticia sobre la colonia de exiliados fue instantáneo y abrumador. «Ese día», escribió un testigo que vivió la reacción de la comunidad ante la noticia de la próxima partida de Bahá’u’lláh, «atestiguó una conmoción semejante a la que se relaciona con la agitación del Día de la Resurrección. Diríase que las puertas y muros mismos de la ciudad lloraban ante la separación inminente del Bienamado Abhá. La primera noche en que se hizo mención de su proyectada partida, sus amados, todos y cada uno, renunciaron al alimento y el sueño [...] Ni una alma entre ellos podía tranquilizarse. Muchos resolvieron que, en caso de verse privados de la merced de acompañarle, sin duda, se quitarían la vida [...] Sin embargo, gradualmente, gracias a las palabras que les dirigió y a Sus exportaciones y amabilidad, fueron apaciguándose y resignándose a Su beneplácito». Para todos ellos, árabes y persas, hombres o mujeres, niños o adultos, residentes en Bagdad, reveló durante aquellos días de Su propia mano, una Tabla aparte. En la mayoría de aquellas Tablas predecía la aparición del «Becerro» y de los «Pájaros de la Noche», alusiones a quienes, según se adelantaba en la Tabla del Sagrado Marinero y se presagiaba en el sueño antes mencionado, habrían de enarbolar el guión de la rebelión y precipitar la crisis más grave en la historia de la Fe.

Pasados veintisiete días desde que Bahá’u’lláh revelase de improviso aquella luctuosa Tabla, y de que la fatídica comunicación que vaticinaba Su partida a Constantinopla Le hubiera sido entregada en mano, por la tarde del miércoles (22 de abril de 1863), treinta y un días después del Naw-Rúz, del tercer día de dhi’l-qa‘dih de 1279 d.h., emprendió la primera etapa de Su viaje de cuatro meses a la capital del Imperio Otomano. Ese día histórico, designado desde entonces primer día de la Festividad de Ri ván, y culminación de las

d. innumerables visitas de despedida que Le hicieran amigos y conocidos de todas las clases y credos, una jornada como rara vez los habitantes de Bagdad habían contemplado. Una concurrencia de personas de ambos sexos, de todas las edades, consistente en amigos y extraños, árabes, kurdos persas, notables y clérigos, funcionarios y comerciantes, así como muchos de entre las clases inferiores, los pobres, los huérfanos, los expulsos, algunos sorprendidos, otros desgarrados, muchos con lágrimas y temerosos, otros movidos por la curiosidad o por una satisfacción secreta, bullían en los accesos a Su casa, deseosos de obtener un atisbo postrero de Aquel que, durante diez años había ejercido, de palabra y obra, una influencia tan potente sobre tantos y tan heterogéneos habitantes de la ciudad. Tras dejar por última vez, entre el llanto y los lamentos, Su «Más Sagrada Habitación», de la que había «salido el aliento del Todoglorioso», y desde la que se habían derramado, en «rosarios incesantes», la «melodía del Todomisericordioso», y entregando a Su paso con mano pródiga

una última limosna a los pobres con los que tan fielmente Se había unido en amistad, y pronunciando palabras de consuelo para los desconsolados que acudían a Él de todos los lugares, al fin, llegó a las

riberas del río, y lo cruzó acompañado de Sus hijos y amanuense, para acercarse al jardín de Najíbíyyih, situado en la orilla opuesta.

«Oh, mis compañeros, os encomiendo a vuestro cuidado esta ciudad de Bagdad en el estado en que ahora la contempláis, cuando Yo me voy y caen lágrimas, como la lluvia de primavera, de los ojos tanto de los amigos como de extraños que hoy atestan los techos, las calles y los mercados. En vosotros queda ahora ser vigilantes, no sea que vuestros actos y conducta oscurezcan la llama de amor que resplandece en los pechos de sus habitantes».

Acababa el almuédano de vocear la llamada vespertina a la plegaria cuando Bahá’u’lláh entró en el jardín de Najíbiyyih, donde permaneció doce noches antes de Su partida definitiva de la ciudad. Allí Sus amigos y compañeros, llegados en sucesivas oleadas, alcanzaron Su presencia y Le expresaron, con sentimientos de profundo pesar, su último adiós. Descuella entre éstos el renombrado Álúsí, el muftí de Bagdad, quien, con ojos nublados de lágrimas, maldijo el nombre de Ná iri’d-Dín Sháh («el Auxiliador de la Fe»), conside

s. rando que era su subvertidor. Otra visita distinguida fue la del propio Gobernador, Námiq Pá shá, quien, tras expresar en los términos más respetuosos su pesar por los acontecimientos que habían desencadenado la partida de Bahá’u’lláh, y garantizándole su disposición a ayudarle en lo que precisara, tendió al oficial designado para acompañarle una orden escrita por la que se ordenaba a los gobernadores de las provincias que habrían de atravesar los exiliados que Le mostraran la máxima consideración. «Cualquier cosa que requiráis», informaba a Bahá’u’lláh en medio de profusas disculpas, «no tenéis más que ordernarla. Estaremos listos a cumplirla». «Extended nuestra consideración a Nuestros amados», fue la respuesta a sus ofertas insistentes y reiteradas, «y tratadles con amabilidad», petición a la que sin vacilar dio su cálido consentimiento. No es de extrañar que, en vista de tantas muestras de muy sentida devoción, simpatía y estima, tan sorprendentemente exhibidas por grandes y humildes, desde que Bahá’u’lláh anunciara Su viaje previsto hasta el día de Su partida desde el jardín de Najíbíyyih,

quienes habían procurado con tal denuedo lograr la orden de destierro y se habían alegrado del éxito de sus tentativas, lamentaran

amargamente su acto. «Fue tal la intervención de Dios», afirma ‘Abdu’l-Bahá en una carta que escribió desde aquel jardín, aludiendo a estos enemigos, «que la dicha mostrada por ellos se trocó en pesar y angustia, tanto es así que el Cónsul General persa en Bagdad lamenta en demasía los planes y ardides que los intrigantes habían concebido. El propio Námiq Páshá declaró el día en que Lo visitó (a Bahá’u’lláh): “Antes insistían en vuestra partida. Sin embargo, ahora, insisten incluso más en que permanezcáis aquí”».

CAPÍTULO
IX
LA DECLARACIÓN
DE LA MISIÓN
DE BAHÁ’U’LLÁH Y SU VIAJE
A CONSTANTINOPLA
L

A llegada de Bahá’u’lláh al jardín de Najíbíyyih, llamado posteriormente por Sus seguidores el jardín de Ri ván,

d. señala el comienzo de lo que habría de reconocerse como la festividad más santa y señera de entre todas las festividades ba

há’ís, con la que se conmemora la Declaración de Su Misión ante Sus compañeros. Una declaración tan trascendental bien puede considerarse la consumación lógica de aquel proceso revolucionario que Él

mismo había iniciado al regresar de Sulaymáníyyih, así como el preludio a la proclamación final que desde Adrianópolis iba a realizar esa misma Misión ante el mundo y sus gobernantes.

Al fin, mediante aquel acto solemne, concluía el «aplazamiento», de no menos de diez años, divinamente interpuesto entre el nacimiento de la Revelación de Bahá’u’lláh en el Síyáh-Chál y su anuncio a los discípulos del Báb. Se cumplió la «hora fijada de la ocultación», durante la cual Él mismo ha dado testimonio; los «signos y muestras de una Revelación divinamente designada» arreciaron sobre Él. «Miríadas de velos de luz», dentro de cuya Gloria había estado envuelto, se alzaron parcialmente, en esa hora histórica, concediendo a la humanidad «una vislumbre infinitesimal» de la refulgencia de Su «impar, Su más sagrada y exaltada Figura». Habían transcurrido los «mil doscientos noventa días», fijados por Daniel en el último capítulo de Su Libro, como la duración de la «abominación de la desolación». Habían comenzado los «cien años lunares», destinados a preceder su inmediata consumación y feliz consumación (1.335 días), anunciada por Daniel en ese mismo capítulo. Habíanse agotado los diecinueve años que constituían el primer Va h. íd, previsto en el Bayán persa por la pluma del Báb. El Señor del Reino, Jesucristo vuelto en la gloria del Padre, estaba a punto de ascender al trono y asumir el cetro de una soberanía indestructible y de alcance mundial. La comunidad del Más Grande Nombre, los «compañeros del Arca de Color Carmesí», cuya encendida loa aparece en el Qayyúmu’l-Asmá’, había asomado visiblemente. La propia profecía del Báb sobre el Ri ván, la escena de la revelación

d.

de la gloria trascendente de Bahá’u’lláh, se había cumplido al pie de la letra.

Sin amilanarse ante la perspectiva de las espantosas adversidades que, como Él mismo predijera, pronto habrían de sobrevenirle; la víspera del segundo destierro que había de estar poblado de tantos riesgos y peligros, los cuales Le llevarían aun más lejos de Su tierra natal, la cuna de Su fe, a un país de raza, lengua y cultura extrañas; profundamente consciente de lo amplio del círculo de Sus adversarios, entre los que pronto habría de contarse a un monarca más despótico que Ná iri’d-Dín s. Sháh, y ministros no menos implacables en su hostilidad que Hájí Mírzá Áqásí o el Amír-Ni ám; sere-

z

.. no ante las interrupciones permanentes ocasionadas por el flujo de un alud de visitas que abarrotaban Su tienda, decidió Bahá’u’lláh en esa hora crítica y aparentemente poco propicia hacer patente tan desafiante alegato, poner al descubierto el misterio que rodeaba Su persona y asumir, en plenitud, el poder y la autoridad que eran privilegios exclusivos de Aquel Cuyo advenimiento había profetizado el Báb.

La sombra de aquel gran hecho venidero ya se había abatido sobre la colonia de exiliados, quienes aguardaban con expectación a que se consumase. Conforme se aproximaba de forma regular e inexorable el año «ochenta», Él, Quien Se había convertido en el guía real de aquella comunidad cada vez más experimentada y había comunicado de forma progresiva a Sus futuros seguidores las influencias desatadas de su fuerza remodeladora. Las odas festivas y extáticas que reveló casi a diario; las Tablas, repletas de alusiones, que brotaban de Su pluma; las referencias con que, en conversación privada y en discurso público, aludía a la proximidad de la hora; la exaltación que en momentos de alegría y tristeza por igual inundaban Su alma; el éxtasis que colmaba a Sus amantes, ya extasiados por las evidencias múltiples de Su grandeza y gloria crecientes; el cambio perceptible apreciado en Su porte; y finalmente, su adopción del táj (sombrero alto de fieltro), el día de Su partida des-de Su Más Santa Casa; todo proclamaba de forma inconfundible Su asunción inminente de la función profética y de Su abierto caudillaje de la comunidad de los seguidores del Báb.

«Muchas noches», escribe Nabíl, en su relato del tumulto que hizo presa de los corazones de los compañeros de Bahá’u’lláh, en los días previos a la declaración de Su misión, «Mírzá Áqá Ján solía reunirles en su habitación, cerraba la puerta, encendía numerosas velas de alcanfor, cantaba en alto para ellos las odas y Tablas recién reveladas en su poder. Olvidándose de este mundo contingente, inmersos por completo en los reinos del espíritu, ajenos a la necesidad de alimento, sueño o bebida, de repente descubrían que la noche se había vuelto día y que el sol se acercaba a su cenit».

De las circunstancias que rodearon esa Declaración histórica, ay, apenas estamos informados. Las palabras que en efecto pronunció Bahá’u’lláh en aquella ocasión, la forma de Su Declaración, la reacción que produjo, su impacto sobre Mírzá Ya h.yá, la identidad de quienes tuvieron el privilegio de escucharle, todo está rodeado de una oscuridad que los historiadores del futuro hallarán difícil de penetrar.

La descripción fragmentaria que dejara para la posteridad Su cronista Nabíl es uno de los pocos registros auténticos que poseemos de los días memorables que pasó en aquel jardín. «Cada día», relata Nabíl, «antes del amanecer, los jardineros pasaban a recoger las rosas que tachonaban las cuatro avenidas del jardín y las amontonaban en el centro mismo de Su bendita tienda. Era tan grande el cúmulo que al congregarse en Su presencia a la hora del té matinal, los compañeros no acertaban a verse a través de él. Con Sus propias manos, Bahá’u’lláh confiaba todas aquellas rosas al cuidado de los que se despedían esa mañana, con el encargo de entregarlas, en Su nombre, a Sus amigos árabes y persas de la ciudad». «Cierta noche» prosigue, «la novena de la luna creciente, me cupo en suerte ser uno de los vigilantes que montaban guardia al lado de Su bendita tienda. Frisaba la medianoche cuando Lo vi salir, pasando por los lugares donde dormían algunos de los compañeros, y comenzó a caminar de aquí para allá por las avenidas del jardín, iluminadas por la luna y bordeadas de rosas. Era tan intenso el gorjeo de los ruiseñores que por doquier se oía, que sólo los más próximos a Él podían distinguir Su voz claramente. Siguió caminando hasta que, deteniéndose en medio de una de estas avenidas, observó: “Considerad estos ruiseñores. Es tan grande su amor por estas rosas que, sin dormir, desde el ocaso hasta el amanecer, gorjean sus melodías y comulgan apasionadamente con el objeto de su adoración. ¡Cómo, entonces, pueden desear dormir quienes aseguran estar encendidos con la rosada belleza del Bienamado!” Durante tres noches sucesivas vigilé e hice rondas en torno a Su bendita tienda. Cada vez que pasaba cerca del lecho donde reposaba, Lo hallaba despierto; y todos los días desde la mañana hasta el atardecer Lo veía continuamente entregado a conversar con las incesantes visitas que seguían llegando desde Bagdad. Ni una sola vez pude descubrir en las palabras que pronunció rastro alguno de simulación.»

En cuanto al significado de la Declaración, dejemos que sea el propio Bahá’u’lláh quien revele su importancia. Aclamando aquella histórica ocasión como «la Más Grande Festividad», la «Reina de las

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Festividades», la «Festividad de Dios», la ha caracterizado Él en Su Kitábi-Aqdas como el Día en que «todas las cosas creadas quedaron sumergidas en el mar de la purificación», en tanto que en una de Sus Tablas específicas, Se refiere al evento como el Día en que «las brisas del perdón soplaron sobre la creación entera». «Disfrutad con alegría desbordante, ¡oh pueblo de Báhá!», ha escrito en otra Tabla, «mientras recordáis el Día de la suprema felicidad», y describe el jardín de Ri ván como «el Lugar

d.

desde donde Él derramó sobre toda la creación los esplendores de Su Nombre, el Todomisericordioso [...] Si reveláramos los secretos ocultos de aquel Día, todos los que moran en los cielos y en la tierra desfallecerían y morirían, con excepción de aquellos que sean preservados por Dios, el Todopoderoso, el Omnisciente, el Omnisapiente. Tal es el efecto embriagador de las palabras de Dios sobre Aquel que es el Revelador de Sus indudables pruebas que Su Pluma ya no puede moverse más». Y de nuevo: «La Divina Prima-vera ha llegado, oh Más Excelsa Pluma, por cuanto la Festividad del Todomisericordioso se acerca rápidamente [...] El sol de suprema felicidad brilla sobre el horizonte de Nuestro Nombre, el Venturoso, por cuanto el Reino del Nombre de Dios ha sido adornado con el ornamento del nombre de Tu Señor, el Creador de los cielos [...] Estáte alerta y no dejes que nada te prive de ensalzar la grandeza de este Día, Día en que el Dedo de majestad y fuerza ha abierto el sello del vino de la Reunión y convocado a todos los que están en el cielo y todos los que están en la tierra [...] Éste es el Día en que el mundo invisible proclama: “Grande es tu bendición, oh tierra, porque has sido convertida en el Escabel de tu Dios y has sido escogida como el asiento de Su poderoso trono” [...] Di [...] “Él es Quien ha puesto al descubierto, ante vosotros, la oculta y atesorada Gema, si sólo la buscarais. Él es el único Amado de todo lo existente, ya sea del pasado o del futuro”». Y en otro lugar: «Levántate y proclama a la creación entera las nuevas de que Él, Quien es el Todomisericordioso, ha dirigido Sus pasos hacia el Ri ván y ha entrado en

d. él. Guía, pues, al pueblo al Jardín de Delicias que Dios ha convertido en el trono de Su Paraíso [...], dentro de este Paraíso, y desde las alturas de sus

más elevados reinos, las Doncellas del Cielo han exclamado y proclamado: “Regocijaos vosotros, moradores de los reinos en lo alto, porque los dedos de Aquel que es el Antiguo de los Días hacen tañer, en el nombre del Todoglorioso, en el centro del corazón de los cielos, la Más Grande Campana. Las manos de la generosidad han hecho rondar las copas de la vida eterna, aproximaos y tomad lo que podáis”». Y finalmente: «Oh Pluma, olvida el mundo de la creación y vuélvete hacia la faz de tu Señor, el Señor de todos los nombres. Adorna entonces el mundo con el ornamento de los favores de tu Señor, el Rey de los días sempiternos. Porque percibimos la fragancia del Día en el cual Aquel que es el Deseo de todas las naciones ha derramado sobre los reinos de lo invisible y de lo visible el resplandor de la luz de Sus más excelentes nombres y los ha envuelto con el resplandor de las luminarias de Sus más bondadosos favores, favores que nadie puede aquilatar, salvo Aquel que es el Omnipotente Protector de toda la creación».

La partida de Bahá’u’lláh, desde el jardín del Ri ván, al mediodía

d. del 14 de dhi’l-qa‘dih de 1279 d.h. (3 de mayo de 1863), atestiguó escenas de júbilo multitudinario no menos espectaculares, e incluso más conmovedoras, que las vividas al dejar la Más Grande Casa. «En aquella ocasión pudimos observar el gran tumulto», escribió un testigo, «que en nuestras mentes solía relacionarse con el Día de la Reunión, el Día del Juicio. Creyentes y no creyentes lloraban y se lamentaban por igual. Los jefes y personalidades allí congregadas eran presa del mayor asombro. Las emociones suscitadas calaron tan hondo como ninguna lengua puede describir, ni hubo tampoco nadie entre los presentes que escapara a su contagio». Y así, montado sobre Su corcel, un semental ruano de la más pura sangre, el mejor que pudieron comprar para Él Sus amantes, y dejando tras de Sí una reverente multitud de fervorosos admiradores, salió cabalgando en la primera etapa de un viaje que habría de llevarle a la ciudad de Constantinopla. «Numerosas fueron las cabezas», relata Nabíl, el testigo aludido de esa escena memorable, «que por todos lados se postraron hasta el polvo, a los pies de Su caballo, prestas a besar sus cascos, e innumerables fueron los que se ade

lantaban para abrazar sus estribos». «¡Cuán grande fue el número de aquellas personificaciones de fidelidad», atestigua un compañero de viaje, «que, lanzándose ante ese corcel, ¡declaraban preferir la muerte antes que separarse de su Bienamado! Diríase que la bendita montura cabalgó sobre los cuerpos de aquellas almas de corazón puro». «Fue Él (Dios)», declara Bahá’u’lláh mismo, «Quien hizo posible que Yo partiese de la ciudad (Bagdad), ataviado con tal majestad que nadie, que no fuese un negador y maliciador, podría dejar de reconocer». Estas señales de homenaje y devoción se le continuaron prodigando hasta que Se instaló en Constantinopla. Mírzá Ya h. yá, quien mientras, y por elección propia, cubría a pie el recorrido tras el carruaje de Bahá’u’lláh, comunicó estas palabras a Siyyid Mu ammad, que Nabíl

h. oyó de pasada: «De no haber escogido ocultarme, si hubiera revelado mi identidad, el honor que se Le concede a Él (Bahá’u’lláh) en

este día también habría sido mío». Las mismas prendas de devoción que le fueron extendidas a Bahá’u’lláh al dejar Su Casa, y luego el jardín de Ri ván, se repitieron

d. el 20 de dhi’l-qa‘dih (9 de mayo de 1863), cuando, acompañado por miembros de Su familia y veintiséis de Sus discípulos, salió de Firayját, Su primera parada en el curso de aquella marcha. Una caravana formada por cincuenta mulas, una guardia montada de diez soldados con su oficial, y siete pares de howdahs, cada uno cubierto por cuatro parasoles, proseguía su camino, en cómodas etapas. No menos de ciento diez días duró la travesía por las alturas, los desfiladeros, los bosques, los valles y las praderas que constituyen el pintoresco escenario de Anatolia oriental y que habría de culminar en el puerto de Sámsún, en el mar Negro. Bien cabalgando, bien descansando en la howdah reservada para Su uso, que a menudo se veía rodeada por los compañeros, la mayoría de los cuales iban a pie, Él, en virtud de la orden escrita de Námiq Páshá, recibió mientras viajaba hacia el norte, al paso de la primavera, la entusiasta acogida de los válís, los mutisarrifes, los qá’im-maqámes, los mudíres, los shaykhíes, los muftíes y los qadíes, los funcionarios del Gobierno y las personalidades

propias de los distritos por los que pasaba. En Karkúk, en Irbíl, en Mosul, donde permaneció tres días, en Ní íbín, en Márdín, en Díyár

s.

Bakr, donde se hizo un alto de dos días, en Khárpút, en Sívas, así como en otras aldeas y villas, era recibido por las delegaciones inmediatamente antes de Su llegada y, a Su partida, era acompañado hasta cierta distancia por otra delegación similar. Las fiestas que, en ciertos puntos, fueron celebradas en Su honor, la comida que los aldeanos preparaban y traían para que Él la aceptara, la presteza que, una vez tras otra, mostraron en proveer los medios para Su holgura, recordaban la reverencia que los habitantes de Bagdad Le habían mostrado en tantas ocasiones.

«Conforme atravesamos esa mañana la ciudad de Márdín», relata ese mismo compañero de viaje, «nos precedía, con sus banderas en alto y el batir de tambores de bienvenida, la escolta a caballo de los soldados del Gobierno. El muti arrif, junto con los oficiales y

s. notables, nos acompañaron, mientras los hombres, mujeres y niños que se amontonaban en las azoteas y atestaban las calles, aguardaban nuestra llegada. Con pompa y dignidad atravesamos la ciudad

y reanudamos nuestra marcha escoltados durante un trecho considerable por el muti arrif y sus acompañantes». «De acuerdo con el tes

s. timonio unánime de los viajeros con quienes nos encontramos en el curso de aquella travesía», constata Nabíl en su narración, «nunca habían presenciado a lo largo de esa ruta, que los gobernadores y mushíres atravesaban de continuo en una y otra dirección entre Constantinopla y Bagdad, una comitiva de tal naturaleza, como tam-poco el que se nos dispensara a todos tal hospitalidad o el que se tributara a cada cual tan gran medida de bondad». Al avistar desde Su howdah el mar Negro, conforme llegaba al puerto de Sámsún, Bahá’u’lláh, a petición de Mírzá Áqá Ján, reveló una Tabla, designa

da Law -i-Hawdaj («Tabla del Howdah»), que, mediante alusiones

h. tales como la «Piedra de toque divina», «el Mal afrentoso y atormentador», reafirmó y completó las pavorosas predicciones consignadas en la Tabla recientemente revelada de El Sagrado Marinero. En Sámsún el Jefe Inspector de toda la provincia, que se exten

día desde Bagdad hasta Constantinopla, acompañado por varios páshás, Le hizo una visita, Le mostró el mayor respeto y acudió como invitado suyo a un almuerzo. Sin embargo, siete días después de Su llegada, de acuerdo con lo vaticinado en la Tabla del Sagrado Marinero, Bahá’u’lláh fue llevado a bordo de un barco turco del que desembarcaría, en Constantinopla, en compañía de los demás exiliados, tres jornadas después, exactamente al mediodía del primer día de rabí‘u’l-avval de 1280 d.h. (16 de agosto de 1863). Él y Su familia fueron trasladados en dos carruajes especiales, que los esperaban en el desembarcadero, a la casa de Shamsí Big, el funcionario comisionado por el Gobierno para atender a sus huéspedes, que vivía en los alrededores de la mezquita de Khirqiy-i-Sharíf. Posterior-mente fueron trasladados a la casa más espaciosa de Vísí Páshá, en el barrio contiguo a la mezquita del sultán Mu ammad.

h.

Con la llegada de Bahá’u’lláh a Constantinopla, la capital del Imperio Otomano y sede del Califato (aclamada por los musulmanes como «la Cúpula del islam», pero estigmatizada por Él como el lugar en que se había asentado «el trono de la tiranía», puede decirse que se abrió el capítulo más horrendo y calamitoso, y a la vez el más glorioso, en la historia del primer siglo bahá’í. Ahora comenzaba un periodo en el que un sinfín de privaciones y pruebas sin parangón habían de mezclarse con los más nobles triunfos espirituales. El Sol del ministerio de Bahá’u’lláh estaba a punto de llegar a su cenit. Los años más trascendentales de la Edad Heroica de Su Dispensación habían llegado. El proceso catastrófico, previsto ya en el año sesenta por Su Predecesor en el Qayyúmu’l-Asmá’, comenzaba a ponerse en movimiento.

Exactamente dos decenios antes había nacido la Revelación bábí en la ignota Persia, en la ciudad de Shiraz. No obstante el cruel cautiverio a que había sido sometido su Autor, volvían a ser proclamadas por Él en Tabríz, la capital de Á dhirbáyján, ante una distinguida asamblea, las notables pretensiones ya antes expresadas por Él. En la aldea de Bada sht, la Dispensación que Su Fe había introducido fue intrépidamente inaugurada por los campeones de Su Causa. En medio de la desesperanza y agonía del Síyáh-Chál de Teherán, nueve años más tarde, aquella Revelación, rápida y misteriosamente, había llegado a su repentina consumación. El proceso de rápido deterioro en la situación de esa Fe, que se había iniciado gradualmente y que se aceleró de forma alarmante durante los años de retiro de Bahá’u’lláh en Kurdistán, había sido detenido e invertido, de forma magistral, a Su regreso de Sulaymáníyyih. Los cimientos éticos, morales y doctrinarios de la naciente comunidad quedaron establecidos sobre bases inexpugnables durante el periodo posterior de Su estancia en Bagdad. Por último, en el jardín de Ri ván, en la víspera

d. de Su destierro a Constantinopla, concluyó la demora de diez años, ordenada por una inescrutable Providencia, por medio de la Declaración de su Misión y el surgimiento visible de lo que llegaría a ser el núcleo de una Confraternidad que ha de abrazar al mundo entero. Lo que faltaba ahora por conseguir era la proclamación, en la ciudad de Adrianópolis, de esa misma Misión ante los dirigentes seculares y eclesiásticos del mundo, proclamación que vendría seguida, en decenios sucesivos, por el despliegue ulterior, en la fortaleza prisión de ‘Akká, de los principios y preceptos que constituyen el lecho de roca de esa Fe, mediante la formulación de leyes y disposiciones concebidas para salvaguardar su integridad, merced al establecimiento, inmediatamente después de Su ascensión, de la Alianza destinada a preservar su unidad y perpetuar su influencia, mediante la prodigiosa extensión mundial de sus actividades, bajo la guía del centro de esa Alianza y finalmente, gracias al surgimiento, en la Edad Formativa de esa Fe, de su Orden Administrativo, heraldo de su Edad de Oro y gloria futura. La histórica Proclamación se realizó en una época en que la Fe se hallaba en las garras de una crisis de violencia extrema, y en su mayor parte iba dirigida a los reyes de la tierra, y a los adalides eclesiásticos cristianos y musulmanes, quienes, en virtud de su extraordinario prestigio, ascendiente y autoridad asumían una responsabilidad

abrumadora e ineludible sobre los destinos inmediatos de sus súbditos y seguidores.

La fase inicial de esa Proclamación puede considerarse abierta en Constantinopla con la comunicación (cuyo texto, por desgracia, no poseemos) dirigida por Bahá’u’lláh al propio sultán ‘Abdu’l-‘Azíz, el sedicente vicario del Profeta del islam y gobernante absoluto de un imperio poderoso. Tan potente, tan augusto personaje figuraba en el primer lugar entre los monarcas orientales que habrían de acusar el golpe de la justicia retributiva de Dios. La ocasión en que se verificó dicha comunicación la proporcionó el edicto infame que el Sultán había proclamado, poco antes de consumarse el cuarto mes desde la llegada de los exiliados a su capital, por el que se les desterraba, de forma repentina y sin justificación alguna, en lo más crudo del invierno, y en las circunstancias más humillantes, a Adrianópolis, situada en las extremidades de su imperio.

Aquella decisión infausta e ignominiosa acordada por el Sultán y sus principales ministros, ‘Álí Pá shá y Fu’ád Páshá, era en no pequeña medida atribuible a las pertinaces intrigas del Mushíru’d-Dawlih, Mírzá H. usayn Khán, el Embajador persa ante la Sublime Puerta, denunciado por Bahá’u’lláh como Su «calumniador», quien aguardaba la primera oportunidad de asestar un golpe contra Él y la Causa cuyo guía declarado y reconocido era Él. El Embajador recibió presiones continuas de su Gobierno para que persistiera en la política de aumentar la hostilidad de las autoridades turcas contra Bahá’u’lláh. A ello les animó el rechazo de Bahá’u’lláh de seguir la práctica invariable de los invitados del Gobierno, no importa cuán augusta fuera su posición, de visitar, al llegar a la capital, al Shaykhu’l-Islám, el S. adr-i-A‘ am y al Ministro de Asuntos Exteriores (Bahá’u’lláh ni siquiera

z. devolvió las visitas que le hicieron varios ministros, ni tampoco a Kamál Páshá y un antiguo enviado ante la corte de Persia). No se arredró ante la actitud recta e independiente de Bahá’u’lláh, en agudo contraste con la venalidad de los príncipes persas, quienes eran aficionados, a su llegada, a «solicitar ante toda puerta cuantos esti

pendios y regalos pudieran granjearse». Se resintió ante la renuencia de Bahá’u’lláh a presentarse ante la Embajada persa y a devolver la visita de su representante; y, al ser secundado en sus esfuerzos por su cómplice Hájí Mírzá HS.

. . asan-i-afá, a quien instruyó en que propagase infundios sobre Él, logró mediante su influencia oficial y trato personal con eclesiásticos, notables y funcionarios del Gobierno, presentar a Bahá’u’lláh como una persona orgullosa y arrogante, Que no se consideraba sujeto a ley alguna, Que albergaba designios contrarios a toda autoridad establecida, y Cuya intrepidez había precipitado los graves desencuentros surgidos entre Su persona y el Gobierno persa. Tampoco fue el único que se entregó a estos ardides abominables. Otros, de acuerdo con ‘Abdu’l-Bahá, «condenaron y vilipendiaron» a los exiliados, como «alborotadores de todo el mundo», «violadores de tratados y convenios», «funesta influencia para todos los países» y «merecedores de todo escarmiento y castigo».

Nada menos que el respetadísimo cuñado del . adr-i-A‘ am reci-.

Szbió encargo de apercibir al Cautivo del edicto que se había pronunciado en su contra, un edicto que evidenciaba la alianza virtual entre los gobiernos persa y turco contra un adversario común y que, a la postre, había de traer tamañas consecuencias trágicas sobre el sultanato, el califato y la dinastía Qájár. Al negarse Bahá’u’lláh a recibirle en audiencia, el enviado hubo de contentarse con una representación de sus observaciones pueriles y argumentos triviales ante ‘Abdu’l-Bahá y Áqáy-i-Kalím, quienes fueron delegados para entrevistarse con él y a quienes informó de que, pasados tres días, regresaría para recibir respuesta a la orden que se le había ordenado transmitir.

Ese mismo día, Bahá’u’lláh reveló una Tabla, de tono severamente condenatorio, carta que confió, en sobre cerrado, a la mañana siguiente, a Shamsí Big, quien recibió instrucciones de entregarla en manos de ‘Álí Pá shá, diciendo que había sido enviada de parte de Dios. «No sé lo que contenía la carta», informó después Shamsí Big a Áqáy-i-Kalím, «pues tan pronto como el Gran Visir la leyó se quedó lívido como un cadáver, y observó: “Es como si el Rey de Reyes diera órdenes al más humilde rey vasallo, al tiempo que dictaminara su conducta”. Era tal el estado en que se encontraba que

me retiré de su presencia». «Cualquier acto», se afirma que Bahá’u’lláh habría declarado a propósito del efecto que la Tabla produjo, «que los ministros del Sultán emprendieron contra Nos, después de haber trabado conocimiento de su contenido, no puede considerarse injustificable. Sin embargo, los actos que cometieron antes de leerla carecen de justificación».

La Tabla, según Nabíl, tenía una extensión considerable y comenzaba con unas palabras dirigidas al Soberano mismo, censuraba severamente a sus ministros, ponía de manifiesto su inmadurez e incompetencia, e incluía pasajes destinados a los propios ministros, en los que se les interpelaba con osadía y se les amonestaba acre-mente para que no se jactaran de sus posesiones mundanas, ni buscaran neciamente las riquezas de las que el tiempo les privaría de modo inexorable.

Hallándose en la víspera de la partida, que sucedió casi enseguida de la promulgación del edicto de destierro, en una última y memorable entrevista con el mencionado . ájí Mírzá H. S.

Hasan-i-afá, envió el siguiente comunicado al Embajador persa: «¿En que te beneficia a ti y a los que son como tú, asesinar, año tras año, a tantos de los oprimidos e infligirles múltiples aflicciones, cuando ya se hayan multiplicado por cien, y os encontréis completamente aturdidos, sin saber cómo despejar de vuestro ánimo este pensamiento deprimente? [...] Su Causa trasciende todos y cada uno de los planes que habéis concebido. Sabed al menos esto: si todos los gobiernos de la tierra se unieran y Me privaran de Mi vida y de la vida de cuantos llevan este Nombre, este Fuego divino nunca habría de extinguirse. Antes bien, Su Causa abrazará a todos los reyes de la tierra, más aún a todos los que han sido creados de agua y arcilla [...] Sea lo que sea que Nos ocurra, grande será nuestra ganancia, y manifiesta la perdición con la que seréis afligidos».

En cumplimiento de las órdenes perentorias para la marcha inmediata de los exiliados y dos veces desterrados, Bahá’u’lláh, Su familia y compañeros, algunos en carruajes, otros montados sobre animales de carga, con sus pertenencias apiladas en carretas tiradas por bueyes, emprendieron su travesía de doce días acompañados por los oficiales turcos, en una fría mañana de diciembre, entre el llanto de los amigos que dejaban atrás, a través de un país inhóspito y azotado por el viento, hasta una ciudad descrita por Bahá’u’lláh como

«el lugar en el que nadie entraba excepto quienes se habían rebelado contra la autoridad del Soberano». «Nos expulsaron», es Su propio testimonio en el Súriy-i-Múlúk, «de tu ciudad (Constantinopla) con una humillación con la que no puede compararse ninguna humillación terrenal». «Ni Mi familia, ni quienes Me acompañaban», afirma además, «disponían de la vestimenta necesaria para resguardarse del frío de aquel gélido clima». Y en otro lugar: «Los ojos de Nuestros enemigos lloraron por Nosotros, y más allá de ellos los de toda persona de discernimiento». «Un destierro», lamenta Nabíl, «soportado con tal mansedumbre que la pluma vierte lágrimas al contarlo, y la página se avergüenza de albergar su descripción». «Un frío de tal intensidad», constata el mismo cronista, «reinó aquel año que los nonagenarios no recordaban otro igual. En algunas regiones, tanto de Turquía como de Persia, los animales sucumbieron a los rigores del clima y perecieron en la nieve. Las regiones septentrionales del Éufrates, a la altura de Ma‘dan-Nuqrih, quedaron cubiertas de hielo durante días –un fenómeno sin precedentes– en tanto que el río permaneció helado durante no menos de cuarenta días». «Para extraer agua de los manantiales», refiere a uno de los exiliados de Adrianópolis, «era menester prender un gran fuego en sus alrededores y alimentarlo durante un par de horas antes de que se derritiese el agua».

Abriéndose paso entre la lluvia y la ventisca, a veces incluso realizando marchas nocturnas, los fatigados viajeros, tras realizar breves paradas en Kúchik-Chakmachih, Búyúk-Chakmachih, Salvarí, Birkás y Bábá-Ískí, llegaron a su destino el primer día de rajab de 1280 d.h. (12 de diciembre de 1863), y se alojaron en el Khán-i-‘Arab, un caravasar de dos pisos, próximo a la casa de ‘Izzat-Áqá. Al cabo de tres días, Bahá’u’lláh y Su familia fueron asignados a una casa apropiada tan sólo como residencia de verano, en el barrio Murádíyyih, cerca de la Takyiy-i-Mawlaví y, pasada una semana, hubieron de mudarse

LA DECLARACIÓN
DE BAHÁ’U’LLÁH

de nuevo a otra casa, en las inmediaciones de una mezquita del mismo vecindario. Unos seis meses después se trasladaron a una residencia más espaciosa, conocida como la casa de Amru’lláh («Casa del mandamiento de Dios»), situada en el flanco norte de la mezquita del sultán Salím.

Queda abierta así la escena de uno de los episodios más dramáticos del ministerio de Bahá’u’lláh. Se alza ahora el telón de lo que cabe reconocer como el periodo más turbulento y crítico del primer siglo bahá’í, periodo que estaba destinado a preceder a la fase más gloriosa de dicho ministerio: la proclamación de Su Mensaje al mundo y a sus gobernantes.

CAPÍTULO
X
LA REBELIÓN
DE MÍRZÁ YAH. YÁ
Y LA PROCLAMACIÓN
DE LA MISIÓN DE BAHÁ’U’LLÁH
EN ADRIANÓPOLIS
A

SUS veinte años, cuando la Fe acababa de recuperarse de toda una serie de golpes, vino a asaltarla y zarandearla en su misma raíz una crisis de primera magnitud. Ni el martirio trágico del Báb, ni el atentado ignominioso contra el Soberano, con sus cruentas secuelas, ni el destierro humillante de Bahá’u’lláh de Su país natal, ni siquiera Sus dos años de retiro en Kurdistán, por más que sus consecuencias fueran devastadoras, podrían compararse en gravedad con ésta, la primera gran convulsión interna que hizo presa de la resurgida comunidad y que amenazaba causar una división irreparable en las filas de sus miembros. Más odioso que el rencor implacable profesado por Abú-Jahl, el tío de Mu ammad; más

h. vergonzosa que la traición protagonizada por Judas Iscariote contra su maestro, Jesucristo; más pérfida que la conducta de los hijos de

Jacob para con José, su hermano; más detestable que el acto cometido por uno de los hijos de Noé; más infame incluso que el acto criminal perpetrado por Caín contra Abel, la conducta monstruosa de Mírzá Ya h. yá, uno de los hermanastros de Bahá’u’lláh, el designado del Báb y jefe reconocido de la comunidad bábí, trajo en su estela un periodo de dolores que dejó su impronta en los destinos de la Fe durante no menos de medio siglo. Esta crisis suprema fue designada por el propio Bahá’u’lláh como Ayyám-i-Shidád («Días de Zozobra»), durante los cuales «el velo más aflictivo» fue desgarrado y «la separación más grande» se verificó de modo irrevocable. Gratificó inmensamente y envalentonó a sus enemigos externos, tanto civiles como eclesiásticos, les dio pábulo y suscitó sus burlas no disimuladas. Causó perplejidad y confusión entre los amigos y valedores de Bahá’u’lláh y quebrantó seriamente el prestigio de la Fe a los ojos de sus admiradores occidentales. Había estado fraguándose des-de los días tempranos de la estancia de Bahá’u’lláh en Bagdad, fue apaciguada temporalmente merced a las fuerzas creativas que, bajo Su jefatura todavía no pública, reanimaron una comunidad que se desintegraba, y finalmente irrumpieron, con toda su violencia, en los años inmediatamente anteriores a la proclamación de Su Mensaje. Por su causa, sufrió Bahá’u’lláh un pesar incalculable que Le hizo envejecer a ojos vista y que Le asestó, por sus repercusiones, el mayor golpe que llegó a acusar en vida. Fue urdida mediante las incesantes y tortuosas maquinaciones e intrigas de ese mismo diabólico Siyyid Mu ammad, ese vil murmurador, quien, desoyendo el

h. consejo de Bahá’u’lláh, insistió en acompañarle a Constantinopla y Adrianópolis, y que ahora redoblaba sus esfuerzos con vigilancia constante, por llevarla a su cenit. Desde que Bahá’u’lláh regresara de Sulaymáníyyih, Mírzá Ya h.yá había preferido mantenerse siempre en una nada honorable reclusión doméstica o recluirse, siempre que amenazaba el peligro, en lugares seguros, tales como H. illih o Basora. Se había retirado a esta última ciudad, disfrazado de judío de Bagdad, para convertirse en

comerciante de zapatos. Era tal su terror que se dice que en cierta ocasión manifestó: «Quienquiera que proclame haberme visto, o haber oído mi voz, lo declaro infiel». Al ser informado de la marcha próxima de Bahá’u’lláh a Constantinopla, al principio se ocultó en el jardín de Huvaydar, en las proximidades de Bagdad, meditando entre-tanto la conveniencia de huir a Abisinia, India u otro país. Haciendo caso omiso del consejo de Bahá’u’lláh de que se dirigiera a Persia para divulgar los escritos del Báb, envió a un tal Hájí Mu ammad

. h. Ká im, quien guardaba parecido con él, a la sede del Gobierno, para

z. procurarse un salvoconducto a nombre de Mírzá ‘Alíy-i-Kirmán sháhí. Luego partió de incógnito de Bagdad, abandonando los escritos para dirigirse, en compañía de un bábí árabe llamado Z. áhir, a Mosul, ciudad donde se reunió con los exiliados que por entonces marchaban hacia Constantinopla. Siendo testigo constante del apego cada vez mayor de los exiliados por Bahá’u’lláh y de su asombrosa veneración por Él; plenamente consciente de las alturas a las que la popularidad de su Hermano en Bagdad había ascendido en el curso de Su viaje a Constantinopla, y luego mediante Su trato con los notables y gobernadores de Adrianópolis; enardecido por las múltiples evidencias del valor, dignidad e independencia que ese Hermano había demostrado en Su relación con las autoridades de la capital; y provocado por las numerosas Tablas que el Autor de una Dispensación recién establecida había estado revelando sin cesar; dejándose embaucar por las halagüe

ñas perspectivas de un liderazgo ilimitado que le prometía Siyyid Mu h.ammad, el Anticristo de la Revelación bahá’í, tal como Mu h.ammad Sháh había sido engañado por H. ájí Mírzá Áqásí, el Anticristo

de la Revelación bábí; rechazando que miembros destacados de la comunidad le amonestaran, miembros que le aconsejaban por escrito que demostrase sabiduría y comedimiento; olvidándose de la amabilidad y consejos de Bahá’u’lláh, Quien, siendo trece años mayor, había velado por él durante su mocedad y años maduros; envalentonado por el ojo indulgente de su Hermano, Quien, en tantas ocasiones, había corrido un velo sobre sus muchos crímenes y desafueros, este archiviolador de la Alianza del Báb, espoleado por la carcoma de los celos e impulsado por su amor apasionado al poder, fue llevado a perpetrar actos tales que desafiaban ser ocultados o tolerados.

Corrompido irremediablemente por su constante asociación con Siyyid Mu ammad, esa encarnación viviente de la malignidad, codi

h. cia y engaño, había mancillado ya, durante la ausencia de Bahá’u’lláh de Bagdad, e incluso después de Su regreso de Sulaymáníyyih, los anales de la Fe con actos de infamia indeleble. Su corrupción, llevada a cabo en infinidad de casos, del texto de los escritos del Báb; los añadidos blasfemos que realizó en la fórmula del adhán con la introducción de un pasaje en el que se identificaba con la Deidad; la inserción de referencias en dichos escritos a la sucesión, en la que se nombraba a sí mismo y a sus descendientes herederos del Báb; la vacilación y apatía que demostró cuando se le informó de la trágica muerte que había sufrido Su Maestro; su condena a muerte de todos los Espejos de la Dispensación bábí, aunque él mismo era uno de éstos; su cobarde acto al procurar la muerte de Dayyán, a quien temía y envidiaba; su acto vergonzoso, al provocar, estando ausente Bahá’u’lláh de Bagdad, el asesinato de Mírzá ‘Alí-Akbar, el primo del Báb; y, la acción más odiosa de todas, su violación, repugnante hasta lo indecible, ocurrida durante ese mismo periodo, del honor del propio Báb; todos estos hechos, tal como atestigua Áqáy-i-Kalím e in-forma Nabíl en su narración, habrían de proyectarse bajo una luz más lúgubre con hechos cuya perpetración habría de sellar sin remedio su perdición.

Los desesperados planes por envenenar a Bahá’u’lláh y Sus compañeros, y de este modo reanimar su propio difunto liderazgo, comenzaron, aproximadamente un año después de la llegada a Adrianópolis, a agitarse en su mente. Muy sabedor de la erudición de su hermanastro, Áqáy-i-Kalím, en asuntos relativos a la medicina, y arguyendo varios pretextos, se procuró información de éste con relación a los efectos de ciertas hierbas y venenos, para acto seguido comenzar, en contra de su costumbre anterior, a invitar a Bahá’u’lláh a su casa, donde, cierto día, habiendo rociado Su vaso de cierta sustancia que había preparado, logró envenenarle lo suficiente como para producir una grave enfermedad que duró no menos de un mes y que fue acompañada por graves dolores y fiebres intensas, cuyas secuelas quedaron grabadas en la mano temblorosa que acompañaría a Bahá’u’lláh hasta el final de Su vida. Tan grave fue Su estado que un médico extranjero, llamado Shíshmán, fue requerido para que Lo atendiera. El médico quedó tan consternado por Su palidez que juzgó que el caso era irremediable y, tras caer a Sus pies, se retiró de Su presencia sin prescribir remedio. Pocos días después el médico cayó enfermo y murió. Antes de morir, Bahá’u’lláh había indicado que el doctor Shíshmán había sacrificado su vida por Él. Además, había declarado ante Mírzá Áqá Ján, enviado por Bahá’u’lláh a visitarle, que Dios había respondido a sus oraciones y que a su muerte cierto doctor Chúpán, que sabía que era de confianza, debía ser llamado, cuando fuera necesario, en su lugar.

En otra ocasión, este mismo Mírzá Ya h. yá, de acuerdo con el testimonio de una de sus esposas, que lo había abandonado temporalmente y revelado detalles del hecho mencionado, envenenó el pozo que abastecía de agua a la familia y compañeros de Bahá’u’lláh, a consecuencia de lo cual los exiliados mostraron extraños síntomas de enfermedad. Gradualmente, y con gran circunspección, éste había indicado a uno de los compañeros, Ustád Mu ammad-‘Alíy-i-Salmá

h. ní, el barbero, a quien prodigaba grandes muestras de favor, su deseo

de que, en una ocasión propicia, cuando atendiera a Bahá’u’lláh en Su baño, lo asesinara. «Tan enfurecido quedó Ustád Mu ammad

h. ‘Alí», refiere Áqáy-i-Kalím al narrar este episodio a Nabíl en Adrianópolis, «que cuando escuchó la propuesta, sintió un vivo deseo de matar allí mismo a Mírzá Ya h. yá, y lo hubiera hecho de no ser por el temor a desagradar a Bahá’u’lláh. Ocurrió que yo fui la primera persona en verme con él cuando salía llorando del baño [...] Finalmente

conseguí, después de emplear mucha persuasión, inducirle a que regresara al baño y que completara su tarea inacabada». Aunque más tarde Bahá’u’lláh le ordenó que no contase a nadie lo ocurrido, el barbero fue incapaz de contenerse y reveló el secreto, con lo cual la comunidad quedó sumida en una gran consternación. «Cuando el secreto abrigado en Su pecho (de Mírzá Ya h. yá) fue revelado por Dios», afirma Bahá’u’lláh mismo, «negó abrigar tal intención y la atribuyó a ese mismo servidor (Ustád Mu ammad-‘Alí)».

h. Había llegado el momento de que Él, Quien hacía poco, tanto de palabra como en numerosas Tablas, había revelado las implicacio

nes de los títulos que presentara, diera a conocer formalmente quién era el designado del Báb con el carácter de Su Misión. En consecuencia, Mírzá Áqá Ján recibió encargo de entregar a Mírzá Ya h. yá la

recién revelada Tabla Súriy-i-Amr, la cual afirmaba de forma inconfundible esos títulos, para que leyera en voz alta su contenido y exigiera una respuesta inequívoca y concluyente. Se accedió a la petición de Mírzá Ya h. yá de obtener un día de receso, durante el cual meditaría la respuesta. Sin embargo, la única contestación resultante fue una contradeclaración en la que se especificaba la hora y el minuto en que había sido convertido en el receptor de una Revelación independiente, que requería la sumisión incondicional de los pueblos de la tierra, tanto de Oriente como de Occidente.

Un aserto tan presuntuoso, vertido por un adversario tan pérfido ante el enviado del Portador de una Revelación tan trascendente, marcó la señal de la ruptura abierta y definitiva entre Bahá’u’lláh y Mírzá Ya h. yá, una ruptura que señala una de las fechas más aciagas de la historia bahá’í. Deseando aplacar la animosidad que ardía en el pecho de Sus enemigos, y asegurar a cada uno de los exiliados completa libertad de escoger entre ellos y Él, Bahá’u’lláh se retiró con Su familia a la casa de Ri á Big (22 de d. shavvál de 1282), alquilada por orden Suya, y durante dos meses rechazó relacionarse con amigos y extraños, incluyendo Sus propios compañeros. Dio instrucciones a Áqáy-i-Kalím de repartir todo el mobiliario, lechos, vestuario y utensilios que se encontraban en Su hogar y envió la mitad a casa de Mírzá Yah. yá; de que se le entregaran ciertas reliquias que éste había codiciado desde hacía tiempo, tales como sellos, anillos y manuscritos de puño y letra del Báb; y que se le asegurase que recibiría la parte completa del estipendio acordado por el Gobierno para el mantenimiento de los exiliados y sus familias. Además, indicó a Áqáy-i-Kalím que hiciera acudir al comercio de Mírzá Ya h. yá, durante varias horas al día, a cualquiera de los compañeros que el mismo escogiera y garantizarle que desde ese momento cualquier cosa que se recibiera a su nombre desde Persia se entregaría en sus propias manos.

«Ese día», se dice que manifestó Áqáy-i-Kalím a Nabíl, «presenció una conmoción enorme. Todos los compañeros se lamentaban de su separación de la Bendita Belleza». «Esos días», reza el testimonio escrito de uno de estos compañeros, «quedaron marcados por el tumulto y la confusión. Estábamos gravemente confundidos y temíamos quedarnos permanentemente privados de la bondad de Su presencia».

Sin embargo, este dolor y perplejidad estaban destinados a durar poco. Las calumnias con que Mírzá Ya hyá y Siyyid Mu ammad car

. h. gaban ahora sus cartas, las cuales propagaban por Persia e Irak, así como las peticiones, vertidas con lenguaje obsequioso, que este último había dirigido a Khurshíd Páshá, el gobernador de Adrianópolis, y a su ayudante ‘Azíz Pá shá, movieron a Bahá’u’lláh a salir de Su retiro. Poco después fue informado de que ese mismo hermano había enviado a una de sus esposas a la sede del Gobierno con encargo de quejarse de que su marido había violado sus derechos, que sus hijos estaban a punto de morir de hambre, acusación que se divulgó por doquier, llegando hasta Constantinopla, y que se convirtió, para gran congoja de Bahá’u’lláh, en objeto de animada discusión y comentarios ofensivos en círculos que previamente habían quedado grandemente impresionados por el elevado patrón que Su noble y digna conducta habían impuresto en la ciudad. Siyyid Mu ammad

h. viajó a la capital y rogó al Embajador persa, Mushíru’d-Dawlih, que

concediera a Mírzá Ya h. yá y a él mismo un estipendio, acusó a Bahá’u’lláh de haber enviado un agente para asesinar a Ná iri’d-Dín

s. Sháh, y no escatimó esfuerzos por colmar de insultos y calumnias a

Aquel que, durante tanto tiempo y con tal paciencia, había sido tan transigente con él y había soportado en silencio las enormes fechorías de las que era culpable.

Tras una estancia de cerca de un año en la casa de Ri á Big, d.

Bahá’u’lláh regresó a la casa que había ocupado antes de apartarse de Sus compañeros, y desde allí, al cabo de tres meses, trasladó Su residencia a la casa de ‘Izzat Áqá, en la que continuó viviendo hasta Su

partida de Adrianópolis. Fue en esta casa, en el mes de jamádiyu’lavval de 1284 d.h. (septiembre de 1867) donde ocurrió un acontecimiento de la mayor trascendencia, el cual desbarató por completo los planes de Mírzá Ya h.yá y sus secuaces, y proclamó ante amigos y enemigos por igual el triunfo de Bahá’u’lláh sobre éstos. Un tal Mír Mu ammad, bábí de Shiraz, gravemente resentido por los alegatos y

h. la reclusión cobarde de Mírzá Ya h.yá, logró forzar a Siyyid Muh.ammad a inducirle a que tuviera un encuentro cara a cara con Bahá’u’lláh, de modo que pudiera discriminarse en público entre el verdadero y el falso. Asumiendo neciamente que su ilustre Hermano nunca tendría en cuenta tal propuesta, Mírzá Ya h.yá designó la mezquita del sultán Salím como lugar de encuentro. Tan pronto como Bahá’u’lláh fue

informado del acuerdo se dirigió, en pleno mediodía caluroso, acompañado por ese mismo Mír Mu ammad, en dirección a la menciona

h. da mezquita, situada en una parte distante de la ciudad, recitando versículos, mientras recorría las calles y mercados, con una voz y una

presencia que aturdieron a todos cuantos Lo vieron y oyeron. «¡Oh Mu ammad!», son algunas de las palabras que pronunció en

h.

esa ocasión memorable, según atestigua Él mismo en una Tabla,

«Quien es el espíritu, en verdad, ha salido de Su aposento, y con Él han salido las almas de los escogidos de Dios y las realidades de Sus Mensajeros. Contemplad, pues, a los moradores de los reinos de lo alto sobre Mi cabeza, y todos los testimonios de los Profetas en Mi puño. Di: Si todos los sacerdotes, todos los sabios, todos los reyes y gobernantes de la tierra se juntaran, Yo, en verdad, Me enfrentaría a ellos y proclamaría los versículos de Dios, el Soberano, el Todopoderoso, el Omnisciente. Yo soy El que no teme a nadie, aunque todos los que están en el cielo o en la tierra se levanten contra Mí [...] Ésta es Mi mano, la cual Dios ha tornado blanca para que todos los mundos la contemplen. Éste es Mi cayado; si Nos lo arrojamos, de cierto, engulliría todas las cosas creadas». Mír Mu ammad, quien había sido enviado

h. por delante para anunciar la llegada de Bahá’u’lláh, regresó pronto y Le informó de que el retador de Su autoridad deseaba, debido a circunstancias imprevistas, posponer la entrevista por uno o dos días. Al regresar al hogar, Bahá’u’lláh reveló una Tabla en la que refería lo ocurrido, fijaba la hora de la entrevista aplazada y estampaba su sello

para confiársela a Nabíl, con encargo de que la entregara a uno de los nuevos creyentes, Mullá Mu ammad-i-Tabrízí, para información

h.

de Siyyid Mu ammad, quien acostumbraba frecuentar la tienda de

h.

dicho creyente. Se dispuso que se exigiera a Siyyid Mu ammad,

h.

antes de la entrega de la Tabla, un compromiso sellado y escrito de Mírzá Ya h. yá, para que, en el supuesto de que no acudiera a la cita, confirmara por escrito que sus pretensiones eran falsas. Siyyid Mu h.ammad prometió que al día siguiente presentaría el documento requerido y, aunque Nabíl aguardó tres días seguidos la respuesta en aquella tienda, ni el Siyyid compareció ni se envió la nota. La Tabla, sin entregarse, constata en su crónica Nabíl veintitrés años después de este episodio histórico, todavía estaba en su poder, «tan intacta como el día en que la Más Grande Rama la escribió, y fue estampada y embellecida con el sello de la Antigua Belleza», testimonio tangible e irrefutable del ascendiente probado de Bahá’u’lláh sobre un oponente vencido. La reacción de Bahá’u’lláh ante este episodio tan penoso de Su ministerio se caracterizó, tal como se ha observado, por una angustia aguda. «Aquel que durante años y meses», Se lamenta, «criaba con la mano de mi amabilidad se ha alzado para quitarme la vida». «Las crueldades infligidas por Mis opresores», escribió, en alusión a esos enemigos pérfidos, «Me han encorvado y han encanecido Mis cabellos. Si te presen

taras ante Mi trono, sin duda no reconoceríais a la Antigua Belleza, pues ha cambiado la lozanía de Su figura, y su brillo se ha desvanecido debido a la opresión de los infieles». «¡Por Dios!», pregona en alto, «no hay lugar don-de Mi cuerpo no haya sido tocado por los venablos de tus maquinaciones». Y de nuevo: «Tú has perpetrado contra tu Hermano lo que nadie ha perpetrado contra ningún otro». «Lo que ha surgido de Tu pluma», afirma además, «ha causado que las Figuras de Gloria se postraran ante el polvo, ha desgarrado en dos el velo de la Grandeza en el Paraíso Sublime y ha lacerado los corazones de los favorecidos que están establecidos en las sedes más elevadas». Y, en el Kitáb-i-Aqdas, un Señor perdonador asegura a este mismo hermano, a esa «fuente de perversión», «de cuya alma han surgido los vientos de la pasión y han soplado sobre él», que «no tema a causa de sus obras», le ordena «regresar a Dios, humilde, sumiso y manso» y afirma que «El apartará de ti tus pecados» y que «tu Señor es el Perdonador, el Potente, el Todomisericordioso».

El «Ídolo Más Grande» había sido arrojado, quedando confundido, aborrecido y quebrantado, del seno de la comunidad del Más Grande Nombre por orden de y mediante el poder de Aquel que es el Hontanar de la Más Grande Justicia. Purificada de esta contaminación, liberada de esta horrible posesión, la Fe infante de Dios podía proseguir su camino, a pesar de la agitación que la había trastocado, presta a demostrar su capacidad de librar las batallas, alcanzar cotas más altas y conseguir victorias más rotundas.

Cierto, se había creado una brecha en las filas de sus valedores. Su gloria se había eclipsado y sus anales habían sido mancillados para siempre. Sin embargo, su nombre no podía borrarse, su espíritu estaba lejos de quedar quebrantado, ni podía este supuesto cisma desgarrar su fibra. La Alianza del Báb, a la que ya se ha hecho referencia, con sus verdades inmutables, profecías incontrovertibles y avisos repetidos, montaba guardia por la Fe, asegurando su integridad, demostrando su incorruptibilidad y perpetuando su influencia.

Aunque Él mismo estaba encorvado por las penas y todavía padecía los efectos del atentado perpetrado contra Su vida, y aunque era bien consciente de que aún acechaba acaso otro destierro, no obstante, sin arredrarse ante el golpe que se había asestado a Su

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Causa y los peligros que la rodeaban, Se alzó con poder impar, incluso antes de que concluyera la ordalía, a proclamar la Misión que se Le había encomendado ante quienes, en Oriente y Occidente, llevaban las riendas de la suprema autoridad temporal. Por medio de esta Proclamación, el astro de Su Revelación estaba destinado a brillar en su gloria meridiana, y Su Fe a manifestar la plenitud del poder divino.

Siguió a esto un periodo de actividad prodigiosa, a tenor de sus repercusiones, que superó los años primaverales del ministerio de Bahá’u’lláh. «Día y noche», ha escrito un testigo de los hechos, «arreciaban los versículos divinos en número tal que era imposible consignarlos». Mírzá Áqá Ján los recogía según iban dictándose, en tanto que la Más Grande Rama Se ocupaba de continuo en transcribirlos. No había instante que perder. «Varios secretarios», atestigua Nabíl, «se afanaban día y noche y, a pesar de ello, eran incapaces de dar abasto a la tarea. Entre ellos figuraba Mírzá Báqir-i-Shírází [...] Tan sólo el transcribía no menos de dos mil versículos por día. Trabajó durante seis o siete meses. Cada mes transcribía y enviaba a Persia el equivalente de varios volúmenes. Cerca de veinte volúmenes transcritos en su delicada caligrafía, quedaron como recuerdo para Mírzá Áqá Ján». Bahá’u’lláh mismo, refiriéndose a los versículos revelados por Él, ha escrito: «Son tales las efusiones [...] procedentes de las nubes de la Merced divina que en el plazo de una hora se ha revelado el equivalente de mil versículos». «Tan grande es la gracia dispensada en este día que en el transcurso de un solo día con su noche, de hallarse un amanuense capaz de lograrlo, podría hacerse descender desde los cielos de santidad divina el equivalente del Bayán persa.» «¡Juro por Dios!» afirma, con relación a otro asunto, «En aquellos días se reveló el equivalente de todo lo que había sido revelado antaño a los Profetas». «Lo que ya ha sido revelado en este país (Adrianópolis)», ha declarado además, refiriéndose a la abundancia de Sus escritos, «no pueden transcribirlo los secretarios. Por tanto, ha permanecido en su mayor parte sin transcripción».

Inmerso ya en medio de tan grave crisis, e incluso antes de que se desatara ésta, de la pluma de Bahá’u’lláh brotó un caudal inconmensurable de Tablas en las que se presentaban de forma completa los títulos recién declarados. El Súriy-i-Amr, Law -i-Nuq ih, Law -i

h.t.

h. A mad, Súriy-i-A sh. áb, Law -i-Sayyá , Súriy-i-Damm, Súriy-i-hH

h.

. .h. .ajj, Law u’r-Rú , Law u’r-Ri ván, Law u’t-Tuqá son algunas de las

h.

h. h.d. h. Tablas que Su pluma había revelado tras Su traslado a la casa de ‘Izzat Áqá. Casi enseguida de que ocurriese la «Más Grande Separación», se revelaron las Tablas más significativas relacionadas con Su estancia en Adrianópolis. El Súriy-i-Múlúk, la Tabla más trascendental revelada por Bahá’u’lláh (Sura de los Reyes) en la que, por vez primera, dirige Sus palabras a todos los monarcas de Oriente y Occidente, y en la que Se dirige por separado al Sultán de Turquía, sus ministros, los reyes de la cristiandad, los embajadores francés y persa acreditados ante la Sublime Puerta, los dirigentes eclesiásticos musulmanes de Constan

tinopla, sus sabios y su población, el pueblo de Persia y los filósofos del mundo; el Kitáb-i-Bádí‘, Su apología, escrita para refutar las acusaciones vertidas contra Él por Mírzá Mihdíy-i-Rashtí, que guarda

paralelo con el Kitáb-i-Íqán, revelado en defensa de la Revelación bábí; las Munájátháy-i-íyám («Oraciones del Ayuno»), escritas en

S. anticipación del Libro de Sus Leyes; la primera Tabla con destino a

Napoleón III, en la que Se dirige al Emperador de los franceses poniendo a prueba la sinceridad de su condición; la Law -i-Sul án,

h. t. Su epístola detallada dirigida a Ná iri’d-Dín s. Sháh, en la que se exponen los objetivos, propósitos y principios de Su Fe y se demuestra la validez de Su Misión; el Súriy-i-Ra’ís, iniciado en el pueblo de Káshánih, camino de Gallipoli, y concluido poco después en Gyáwur-Kyuy; éstas admiten ser vistas no sólo como las más destacadas de entre las innumerables Tablas reveladas en Adrianópolis,

sino que ocupan un primerísimo lugar entre todos los escritos del Autor de la Revelación bahá’í.

En el mensaje que dirigiera a los reyes de la tierra, Bahá’u’lláh da a conocer, en el Súriy-i-Múlúk, el carácter de Su Misión; los exhorta a abrazar Su Mensaje; afirma la validez de la Revelación del Báb; los reprueba por ser indiferentes a Su Causa; les emplaza a ser justos y vigilantes, a resolver sus desavenencias y reducir sus armamentos; se explaya sobre Sus aflicciones; encomienda a los pobres a su cuidado; les avisa de que el «castigo divino» los «asaltará» «desde todos los flancos», si rechazan atender Sus consejos, y profetiza Su propio «triunfo sobre la tierra», aunque no se encuentre rey alguno que se vuelva hacia Él.

De forma más específica, Bahá’u’lláh censura a los reyes de la cristiandad por no haberle brindado la «bienvenida» y por no «acercarse» a Quien es el «espíritu de la Verdad», y por haber persistido en «entretenerse» con sus «pasatiempos y fantasías», y declara ante ellos que «serán llamados a cuentas» por sus hechos, «ante la presencia de Aquel que reunirá a la creación entera».

Ordena al sultán ‘Abdu’l-‘Azíz que «atienda al discurso [...] de Quien sin error transita por el Recto Sendero»; le exhorta a dirigir en persona los asuntos de su pueblo y a no depositar su confianza en ministros indignos; le advierte que no ponga fe en sus tesoros y que no «infrinja los límites de la moderación», sino que trate a sus súbditos con una «justicia firme» y le pone al tanto de la carga abrumadora de Sus propias tribulaciones. En esa misma Tabla afirma Su inocencia y lealtad al Sultán y sus ministros; describe las circunstancias de Su destierro de la capital; y le asegura que reza a Dios en su nombre.

A este mismo Sultán, además, según atestigua el Súriy-i-Ra’ís, le había transmitido mientras se hallaba en Gallipoli, un mensaje por medio de un funcionario público, llamado ‘Umar, por el que solicitaba al Soberano que Le concediese una entrevista de diez minutos, «de modo que pueda él exigir cuanto juzgue que sea testimonio suficiente y tenga por prueba de la veracidad de Aquel que es la Verdad», añadiendo que «si Dios Le permite aducirlo, le sea dado entonces liberar a estos agraviados y dejarlos a su albur».

A Napoleón III dirigió Bahá’u’lláh una Tabla específica, la cual se hizo llegar al Emperador por medio de uno de los ministros de aquél; en esta Tabla Se extendía en el relato de los sufrimientos que Él mismo y Sus seguidores habían sobrellevado; confesaba su inocencia; le recordaba sus dos pronunciamientos en favor de los oprimidos e indefensos; y, deseando probar la sinceridad de sus motivos, le instaba a «indagar sobre la condición de quienes han sufrido agravio» y «que extendiera su cuidado a los débiles», y que mirase a Él y Sus compañeros de exilio «con el ojo de la bondad».

Para Ná iri’d-Dín Sháh reveló una Tabla, la epístola más extensa

s. dirigida a ningún Soberano por separado, en la que atestigua la gravedad incomparable de los problemas que Le cupieron; hacía mención del reconocimiento del Soberano de Su inocencia la víspera de Su partida hacia Irak; le conminaba a gobernar con justicia; describía el emplazamiento de Dios que Le fuera dirigido para que Se alzase y proclamara Su Mensaje; afirmaba no albergar interés personal alguno en los consejos que proporcionaba; proclamaba Su creencia en la unidad de Dios y Sus Profetas; pronunciaba varias oraciones en favor del Sháh; justificaba Su propia conducta en Irak; recalcaba el influjo beneficioso de Sus enseñanzas; y ponía especial acento en Su conde

na de todas las formas de violencia y sedición. Además, en la misma Tabla, demostraba la validez de Su Misión; expresaba el deseo de ser

«presentado cara a cara ante los sacerdotes de la época y aducir las pruebas y testimonios en presencia de Su Majestad», lo que establecería la verdad de Su Causa; ponía de manifiesto la perversidad de los dirigentes eclesiásticos de Sus propios días, así como de aquellos que vivieran en los días de Jesucristo y de Mu ammad; profetizaba que Sus sufri

h. mientos vendrían seguidos por las «efusiones de una misericordia suprema» y por «una prosperidad desbordante»; trazaba un paralelo entre las

aflicciones que padecieron Sus familiares y las soportadas por los familiares del profeta Mu ammad; describía con detalle la inestabi

h.

lidad de los asuntos humanos y la ciudad a la que estaba a punto de ser desterrado; predecía la futura humillación de los ‘ulamás y concluía con otra expresión de esperanza en que el Soberano fuera auxiliado por Dios para que «socorriese a Su Fe y se encaminara hacia Su justicia».

A ‘Álí Pá shá, el Gran Visir, Bahá’u’lláh le dirigió la Tabla Súriy-i-Ra’ís. En ella le invita a que «se apresure hacia la voz de Dios»; declara que ni su «gruñido», ni los «aullidos» de quienes le rodean, ni «las huestes del mundo» pueden impedir al Todopoderoso que consume Su propósito; lo acusa de haber perpetrado los actos que han causa-do que «el Apóstol de Dios se lamente en el Paraíso más sublime», y de haber conspirado con el Embajador persa para perjudicarle; presagia «la manifiesta perdición» en la que pronto se encontrará; glorifica el Día de Su propia Revelación; profetiza que esta Revelación «pronto abarcará la tierra y todo cuanto habita en ella», y que la «Tierra del Misterio (Adrianópolis) y lo que linda con ella [...] serán apartadas de las manos del Rey, y que la conmoción aparecerá, y que se alzará la voz del lamento, y que las evidencias de la sedición se revelarán por doquier»; identifica esa misma Revelación con las Revelaciones de Moisés y de Jesús; recuerda la «arrogancia» del Emperador persa en los días de Mu ammad, la

h. «transgresión» del Faraón en los días de Moisés y la «impiedad» de Nimrod en los días de Abraham; y proclama Su propósito de «reanimar al mundo y unir a todos sus pueblos». En varios pasajes del Súriy-i-Múlúk reprende a los ministros del Sultán por su conducta, pone en entredicho la solidez de sus principios, predice que serán castigados por sus actos, denuncia su orgullo e injusticia, afirma Su integridad y desapego hacia las vanidades del mundo y proclama Su inocencia. En ese mismo Sura reprende al Embajador francés acreditado ante la Sublime Puerta por haberse aliado con el Embajador persa en Su contra; le recuerda los consejos de Jesucristo, según cons-tan en el Evangelio de San Juan; le advierte que se le juzgará como

responsable de las cosas que sus manos hayan forjado; le aconseja que, junto con sus pares, no trate a nadie como Le han tratado a Él.

En esa misma Tabla, dedica extensos pasajes al Embajador persa en Constantinopla, en los que pone de manifiesto sus embustes y calumnias, denuncia su injusticia y la injusticia de sus compatriotas, le asegura que no abriga ningún mal deseo hacia él, declara que, si comprendiera la enormidad de su acto, guardaría luto todos los días de su vida, afirma que persistirá hasta la muerte en su descuido, justifica Su propia conducta en Teherán e Irak, y testifica sobre la corrupción del ministro persa destacado en Bagdad y su conspiración con este ministro.

En el mismo Súriy-i-Múlúk dirige un mensaje específico a la compañía entera de los dirigentes eclesiásticos del islam sunní residente en Constantinopla por el que los denuncia declarándolos desatentos y muertos espirituales; les reprocha su orgullo y el no haber procurado Su presencia; descorre ante ellos el velo de la gloria y del significado pleno de Su Misión; afirma que si hubieran estado vivos, «circularían en torno a Él»; los condena tachándolos de «adoradores de nombres» y amantes del poder; y confiesa que Dios no encontrará nada aceptable en ellos a menos que «sean creados de nuevo» en Su estimación.

A los sabios de la ciudad de Constantinopla y a los filósofos del mundo dedica los pasajes finales del Súriy-i-Múlúk, en los que les previene de que no se enorgullezcan ante Dios; les revela la esencia de la verdadera sabiduría; recalca la importancia de la fe y conducta recta; les reprocha que no hayan buscado en Él la iluminación; y les aconseja no «infringir los límites de Dios» y no fijar su vista en los «usos y costumbres de los hombres».

En esa misma Tabla, declara ante los habitantes de Constantinopla que Él «no tiene a nadie excepto a Dios», que no habla «nada excepto por orden Suya (de Dios)», que no sigue otra cosa excepto la verdad de Dios, que ha hallado a los gobernantes y dirigentes de la ciudad como a «niños reunidos y entretenidos con la arcilla», y que no percibe a ninguno lo bastante maduro como para adquirir las verdades que Dios Le había enseñado. Les exhorta a que se aferren firmemente a los preceptos de Dios; les avisa de que no se vuelvan orgullosos

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ante Dios y Sus amados; recuerda las tribulaciones y ensalza las virtudes del Imam H. usayn; ruega que Él mismo pueda sufrir aflicciones similares; profetiza que Dios pronto hará surgir un pueblo que referirá Sus pesares y exigirá a los opresores que restituyan Sus derechos; y les emplaza a que atiendan a Sus palabras y que se vuelvan a Dios en signo de arrepentimiento.

Por último, en esa misma Tabla y dirigiéndose al pueblo de Persia, afirma que si Le dieran muerte, Dios sin duda haría surgir en Su lugar a Alguien, y afirma que el Todopoderoso «perfeccionará Su luz», aunque ellos, en el secreto de sus corazones, la aborrezcan.

Tan potente proclamación, pronunciada en un periodo tan crítico, por el Portador de tan sublime Mensaje, ante los reyes de la tierra, musulmanes y cristianos por igual, a los ministros y embajadores, a los jefes eclesiásticos del islam sunní, a los sabios y habitantes de Constantinopla –sede tanto del sultanato como del califato–, a los filósofos del mundo y al pueblo de Persia, no ha de considerarse el único acontecimiento sobresaliente relacionado con la estancia de Bahá’u’lláh en Adrianópolis. Conviene consignar en estas páginas otros sucesos de gran significado, aunque de orden menor, para apreciar mejor la importancia de esta fase agitada y harto trascendental del ministerio de Bahá’u’lláh.

Fue durante este periodo y como consecuencia directa de la rebelión y pavorosa caída de Mírzá Ya h. yá, cuando ciertos discípulos de Bahá’u’lláh (quienes bien pueden figurar entre los «tesoros» que Dios Le prometiera cuando yacía postrado en cadenas en el Síyah-Chál de Teherán), incluyendo entre ellos algunas de las Letras del Viviente, varios supervivientes de la contienda de T.abarsí, y el erudito Mírzá A mad-i-Az h. ghandí, se alzaron a defender la recién nacida Fe, a refutar en numerosas y detalladas apologías, tal como su Maestro había hecho en el Kitáb-i-Badí‘, los argumentos de Sus rivales, y poner de manifiesto sus actos odiosos. Fue durante este periodo cuando se ampliaron los límites de la Fe, cuando su bandera quedó permanentemente implantada en el Cáucaso de la mano de Mullá Abú-álib y otros a quienes había convertido Nabíl, cuando se esta-

T. bleció el primer centro egipcio en una época en que Siyyid H. usayn-i-Káshání y H. ájí Báqir-i-Ká shání se afincaron en aquella tierra, y cuando a la nómina de países iluminados y acogidos a los rayos tempranos de la Revelación de Dios –Irak, Turquía y Persia– vino a sumarse Siria. Fue durante este periodo en el que el saludo «Alláh-u-Abhá» sustituyó al viejo saludo «Alláh-u-Akbar», y fue adoptado simultáneamente en Persia y Adrianópolis, siendo el primero en emplearlo en este último país, por sugerencia de Nabíl, Mullá Muh.ammad-i-Fúrú ghí, uno de los defensores del Fuerte de Shaykh T.abarsí. Fue precisamente en este periodo cuando la frase «el pueblo del Bayán», que ahora pasaba a denostar a los seguidores de Mírzá Ya h. yá, fue dejada de lado y sustituida por el término «el pueblo de Bahá». Fue

durante aquellos días cuando Nabíl, recién honrado con el título de Nabíl-i-A‘ am, en una Tabla que le fuera dirigida específicamente,

z. en la que se le ordenaba «entregar el Mensaje» de su Señor «a Oriente y Occidente», se alzó, a pesar de las persecuciones intermitentes, a rasgar el «velo más aflictivo», a fin de implantar el amor de un Maestro adorado en los corazones de Sus contemporáneos, y a abanderar la Causa que Su Bienamado había proclamado en tan trágicas condiciones. Fue durante esos mismos días cuando Bahá’u’lláh encargó a este mismo Nabíl que recitase de Su parte las dos Tablas recién reveladas de la Peregrinación, y que ejecutara, en Su lugar, los ritos prescritos en ellas, cuando visitase la Casa del Báb en Shiraz y la Más Grande Casa en Bagdad, un acto que señala el comienzo de una de las más sagradas observancias que, en un periodo posterior, había de establecer formalmente el Kitáb-i-Aqdas. Fue durante este periodo cuando Bahá’u’lláh reveló las Oraciones del Ayuno, adelantándose a la Ley que ese mismo Libro pronto habría de promulgar. Asimismo, fue durante aquellos días del destierro de Bahá’u’lláh en Adrianópolis cuando dirigió una Tabla a Mullá ‘Alí-Akbar-i-Shahmírzádí y

Jamál-i-Burújirdí, dos de Sus bien conocidos seguidores de Teherán, con instrucciones de que trasladasen, con el máximo sigilo, los restos

del Báb desde el Imám-Zádih Ma‘ úm, donde se hallaban ocultos,

s. a otro lugar seguro –medida que posteriormente se demostró providencial, y que marca otro hito en el traslado prolongado y laborioso de aquellos restos hasta el corazón del Monte Carmelo, hasta el lugar que Él, en las instrucciones que dirigiera a ‘Abdu’l-Bahá,

habría de designar más tarde–. Fue precisamente durante ese periodo cuando se reveló el Súriy-i-Ghu n («Sura de la Rama»), en el que se

s. predice la futura condición de ‘Abdu’l-Bahá, y en el que se Le ensalza como la «Rama de Santidad», el «Miembro de la Ley de Dios», el «Fideicomiso de Dios», «hecho descender en la forma de un templo humano», una Tabla que cabe considerar como la anunciadora del rango que habría de conferírsele, en el Kitáb-i-Aqdas, y que habría de elucidarse y confirmarse más tarde en el Libro de Su Alianza. Y finalmente, fue durante ese periodo cuando se realizaron las primeras peregrinaciones a la residencia de Alguien que era ahora el Centro visible de la Fe recién establecida –peregrinaciones que por su número y naturaleza, el Gobierno de Persia, alarmado, se sintió forzado a restringir, y más tarde a prohibir, pero que fueron las precursoras de los regueros convergentes de peregrinos que, de Oriente y Occidente, al principio en circunstancias peligrosas y arduas, habían de dirigir sus pasos hacia la prisión fortaleza de Akká–, peregrinaciones que habían de culminar en la llegada histórica de una conversa real al pie del Monte Carmelo, y quien, estando a punto de cumplir una peregrinación largamente añorada y muy publicitada, vio cómo su objetivo quedaba cruelmente frustrado. Estos notables acontecimientos, algunos ocurridos al tiempo que se producía la proclamación de la Fe de Bahá’u’lláh y otros seguidos de ésta y de la convulsión interna que la Causa había padecido, no podían escapar a la atención de los enemigos del Movimiento, quienes estaban decididos a explotar al máximo cualquier crisis que la locura de sus amigos o la perfidia de los renegados pudieran precipi

tar en cualquier momento. Apenas se habían disipado las espesas nubes merced al fulgor repentino de los rayos de un Sol que ahora brillaba desde el meridiano, cuando la oscuridad de otra catástrofe –la última que el Autor de esa Fe estaba destinado a sufrir– recayó sobre ella, ensombreciendo su firmamento y sometiéndola a una de las pruebas más severas hasta entonces experimentadas.

Envalentonados por las pruebas recientes con que Bahá’u’lláh había sido tan afligido cruelmente, esos enemigos que por un tiempo se habían mostrado aletargados, comenzaron a demostrar de nuevo, y de numerosas maneras, la animosidad latente que alimentaban en sus corazones. Una vez más se desató en varios países la persecución, de severidad variable. En Ádhirbáyján y Zanján, en Níshápúr y Teherán, los seguidores de la Fe fueron denostados, multados, encarcelados, torturados o ejecutados. Entre las víctimas cabe destacar al intrépido Najaf-‘Alíy-i-Zanjání, superviviente de la contienda de Zanján, e inmortalizado en la Epístola al Hijo del Lobo, a quien, una vez que legó el oro que poseía a su verdugo y antes de que se le cortara la cabeza, pudo oírsele el grito «Yá Rabbíya’l-Abhá». En Egipto, un Cónsul General avariento y vicioso consiguió recaudar mediante extorsiones no menos de cien mil tumanes de un adinerado converso persa llamado H. ájí Abu’l-Qásim-i-Shírazí; arrestó a H. ájí Mírzá

H. aydar-‘Alí y a otros correligionarios suyos, e instigó su condena a nueve años de exilio en Jartum, confiscando todos los escritos en su haber; luego arrojó a prisión a Nabíl, a quien Bahá’u’lláh había enviado para apelar ante el Jedive en su favor. En Bagdad y Ká imayn, los

z. enemigos incansables, acechando cualquier oportunidad, sometieron a los fieles valedores de Bahá’u’lláh a un trato brutal e ignominioso; arrancaron salvajemente las entrañas de ‘Abdu’r-Rasúl-i-Qumí mientras éste portaba agua en un odre a la hora del alba desde el río a la Más Grande Casa, y desterraron a Mosul, en medio de escenas de mofa pública, a cerca de setenta compañeros, mujeres y niños incluidos. No menos activo se demostró Mírzá H. usayn Khán, el Mushí

ru’d-Dawlih, y sus asociados, quienes, decididos a obtener el máximo partido de los apuros por los que atravesaba Bahá’u’lláh, se alzaron a provocar Su destrucción. Las autoridades de la capital estaban enfurecidas ante la estima que demostrara a Bahá’u’lláh el gobernador Mu ammad Pá h. sháy-i-Qibrisí, antiguo Gran Visir, y el sucesor de éste, Sulaymán Páshá, de la orden Qádiríyyih, y en particular por Khurshíd Páshá, quien abiertamente y en numerosas ocasiones frecuentó la casa de Bahá’u’lláh, Lo agasajó en los días de rama án

d. y evidenció una admiración ferviente hacia ‘Abdu’l-Bahá. Eran muy sabedores del tono desafiante que había asumido Bahá’u’lláh en algunas de las Tablas recién reveladas, y conscientes de la inestabilidad reinante en su país. Se sentían perturbados por las continuas idas y venidas de peregrinos que se producían en Adrianópolis, y por los informes exagerados de Fu’ád Páshá, quien hacía poco acababa de

realizar un viaje de inspección. Las peticiones de Mírzá Ya h. yá, que hizo llegar a través de Siyyid Mu ammad, su agente, los solivianta

h. ron. Las misivas anónimas (escritas por este mismo Siyyid y por un cómplice suyo, Áqá Ján, quien servía en la artillería turca) que pervertían los escritos de Bahá’u’lláh y Lo acusaban de conspirar con los dirigentes búlgaros y ciertos ministros de los poderes europeos para lograr, con la ayuda de algunos miles de seguidores Suyos, la conquista de Constantinopla, hizo que cundiera la alarma en sus ánimos. Y ahora, animados por las disensiones internas que habían sacudido la Fe, e irritados por la estima evidente en la que Bahá’u’lláh era tenido por los cónsules de los poderes extranjeros destacados en Adrianópolis, decidieron tomar medidas drásticas e inmediatas para extirpar esa Fe, aislar a su Autor y reducirlo a la impotencia. Las indiscreciones cometidas por algunos seguidores en extremo celosos, quienes habían llegado a Constantinopla, sin duda agravaron una situación ya grave de por sí.

Por fin se llegó a la fatídica decisión de desterrar a Bahá’u’lláh a la colonia penal de ‘Akká, y a Mírzá Ya h. yá a Famagusta, en Chipre. La decisión fue recogida en un farmán promulgado en términos contundentes por el sultán ‘Abdu’l-‘Azíz. Los compañeros de Bahá’u’lláh, quienes habían llegado a la capital junto con algunos pocos que se sumaron más tarde, así como Áqá Ján, el infame sedicioso, fueron prendidos, interrogados, privados de sus papeles y encarcelados. Los miembros de la comunidad de Adrianópolis fueron citados varias veces a comparecer ante la sede del Gobierno a fin de comprobar su número, al mismo tiempo que cundían rumores de que iban a ser dispersados y desterrados a diferentes lugares, o bien ejecutados.

De improviso, una mañana, la casa de Bahá’u’lláh quedó rodeada por soldados, se apostaron centinelas junto a sus puertas, y de nuevo Sus seguidores fueron emplazados por las autoridades e interrogados, para acto seguido recibir órdenes de que se aprestasen para la partida. «Los amados de Dios y Sus familiares», reza el testimonio de Bahá’u’lláh en el Súriy-i-Ra’ís, «quedaron privados de alimento la primera noche [...] Las gentes rodeaban la casa, y los musulmanes y cristianos lloraban por Nosotros [...] Percibimos que el llanto de las gentes del Hijo (cristianos) superaba al llanto de los demás– una señal para quienes ponderan». «Un gran alboroto se apoderó de las gentes», escribió Áqá Ri á, uno de los más

d. acérrimos valedores de Bahá’u’lláh, exiliado con Él desde Bagdad a ‘Akká, «todos estaban perplejos y llenos de congoja [...] algunos expresaban sus simpatías, otros nos consolaban y lloraban por nosotros [...] La mayor parte de nuestras posesiones fueron subastadas por la mitad de su valor». Algunos de los cónsules de las potencias extranjeras visitaron a Bahá’u’lláh y expresaron su disposición a intervenir en Su favor ante sus respectivos gobiernos, sugerencia por las que expresó aprecio, pero que rechazó de plano. «Los cónsules de aquella ciudad (Adrianópolis) se reunieron en presencia de este Joven a la hora de Su partida», ha escrito Él mismo, «y expresaron su deseo de ayudar. En verdad,

evidenciaron para con Nosotros manifiesto afecto».

El Embajador persa informó enseguida a los cónsules de su país en Irak y Egipto que el Gobierno turco había retirado la protección a los babíes y que eran libres de tratarlos como les pluguiera. Varios peregrinos, entre ellos H. ájí Mu ammad Ismá‘íl-i-Ká . sh

hání, conocido como Anís en la Law -i-Ra’ís, habían llegado entretanto a Adrianó

h.

polis, y hubieron de partir a Gallipoli sin poder contemplar siquiera el rostro de su Maestro. Dos de los compañeros fueron forzados a divorciarse de sus esposas, dado que los parientes respectivos rechazaban permitirles que fueran al exilio. Khurshíd Páshá, quien en varias ocasiones había rechazado categóricamente las acusaciones escritas que le enviaban las autoridades de Constantinopla, y quien había intercedido vigorosamente en favor de Bahá’u’lláh, quedó tan avergonzado por la acción del Gobierno, que decidió ausentarse tan pronto como se le informó de la partida reciente de Bahá’u’lláh de la ciudad, encargando al secretario que Le transmitiera el contenido del escrito del Sultán. H. ájí Ja‘far-i-Tabrízí y uno de los creyentes, al descubrir que su nombre no constaba en la lista de los exiliados autorizados a acompañar a Bahá’u’lláh, se acuchilló la garganta en un acto cuyo desenlace fatal pudo evitarse a tiempo y que Bahá’u’lláh, en el Súriy-i-Ra’ís, caracteriza como «inédito en siglos pasados», y que «Dios ha dispuesto por separado para esta Revelación, como evidencia de la fuerza de Su poder».

El 22 del mes de rabí‘u’th-thání de 1285 d.h. (12 de agosto de 1868) Bahá’u’lláh y Su familia, escoltados por un capitán turco, llamado H. asan Effendi, y otros soldados designados por el Gobierno local, emprendieron un viaje de cuatro días a Gallipoli, yendo en sus carruajes y parando durante el trayecto en Uzún-Kúprú y Káshánih, lugar este último en el que se reveló el Súriy-i-Ra’ís. «Los habitantes del barrio en el que había vivido Bahá’u’lláh y los vecinos que se habían reunido para despedirse de Él, acudieron uno tras otro», escribe un testigo, «con la mayor tristeza y pesadumbre para besar Sus manos y la orla de Su manto, expresando al tiempo su pesar por la partida. Aquel día, asimismo, resultó extraño. Diríase que la ciudad, sus muros y puertas lamentaban la inminente separación de Él». «Ese día», escribe otro testigo, «se reunió ante las puertas de la casa de nuestro Maestro una maravillosa concurrencia de musulmanes y cristianos. La hora de la partida fue memorable. La mayoría de los presentes lloraban y sollozaban, especialmente los cristianos». «Di»,

declara Bahá’u’lláh en el Súriy-i-Ra’ís, «este Joven ha partido de este país y ha depositado debajo de cada árbol y de cada piedra un fideicomiso que Dios pronto hará que surja mediante el poder de la verdad».

Varios compañeros que se habían trasladado desde Constantinopla aguardaban a éstos en Gallipoli. Al llegar, Bahá’u’lláh realizó el siguiente pronunciamiento ante H. asan Effendi, quien se despedía tras haber cumplido su misión: «Decidle al Rey que este territorio pasará de sus manos, y que sus asuntos terminarán en confusión». «A esto», Áqá Ri á, el cronista de esta escena escribe, «agregó Bahá’u’lláh: “No soy

d. Yo quien declara estas palabras, sino que es Dios Quien lo hace”. En esos momentos pronunció versículos que quienes estábamos debajo de las escaleras pudimos oír. Fueron dichos con tal vehemencia y poder que diríase que los cimientos de la casa misma temblaron». Incluso en Gallipoli, donde pernoctaron tres noches, nadie sabía cuál sería el destino de Bahá’u’lláh. Algunos creían que Él y Sus hermanos serían desterrados a otro lugar, y el resto dispersado o envia

do al exilio. Otros pensaban que Sus compañeros serían devueltos a Persia, en tanto que otros esperaban su exterminio inmediato. La orden original del Gobierno era la de desterrar a Bahá’u’lláh, Áqáy-i-

Kalím y Mírzá Mu ammad-Qulí, junto con un siervo a ‘Akká, en

h. tanto que el resto se dirigiría a Constantinopla. Esta orden, que provocó escenas indescriptibles de zozobra, sin embargo, quedó revocada ante la insistencia de Bahá’u’lláh y la intervención de ‘Umar Effendi, el oficial designado para acompañar a los exiliados. A la postre, se decidió que todos los exiliados, unos setenta aproximadamen

te, habrían de ser desterrados a ‘Akká. Además, se dieron órdenes de que cierto número de seguidores de Mírzá Ya h. yá, entre ellos Siyyid Mu ammad y Áqá Ján, deberían acompañar a los exiliados, en tanto

h. que cuatro de los compañeros de Bahá’u’lláh habrían de partir con los azalíes rumbo a Chipre. Tan penosos eran los peligros y pruebas que arrostraba Bahá’u’lláh en la hora de Su partida de Gallipoli que

avisó a Sus compañeros de que «esta travesía será distinta de todas las demás» y que, quienquiera que no se sintiera «lo bastante hombre para encarar el futuro» haría mejor en «marchar a cualquier lugar que le plazca y quedar a resguardo de las pruebas, pues de entonces en adelante se encontraría incapaz de marchar», aviso del que Sus compañeros decidieron unánimemente hacer caso omiso.

La mañana del segundo día de jamádíyu’l-avval de 1285 d.h. (21 de agosto de 1868) se embarcaron todos en el vapor austríaco de la compañía Lloyd que partía a Alejandría, pasando por Madellí y recalaba dos días en Esmirna, donde Jináb-i-Munír, más conocido como Ismu’lláhu’l-Muníb, cayó tan gravemente enfermo que, para gran amargura suya, hubo de ser ingresado en un hospital, donde pronto moriría. En Alejandría hicieron trasbordo a un vapor de la misma compañía, con destino a Haifa, donde, después de varias paradas en Port Said y Jaffa, desembarcaron para, a las pocas horas, subir a un navío que zarpaba hacia ‘Akká, donde desembarcaron por la tarde del 12 de jamádíyu’l-avval de 1285 d.h. (31 de agosto de 1868). En el momento en el que Bahá’u’lláh había puesto pie en el bote que había de trasladarle al apeadero de Haifa, ‘Abdu’l-Ghaffár, uno de los cuatro compañeros condenados a compartir el exilio con Mírzá Ya h. yá, y cuyo «desprendimiento, amor y confianza en Dios» había ensalzado Bahá’u’lláh grandemente, en su desesperación se arrojó al océano al grito de «Yá Bahá’u’l-Abhá»; pudo rescatársele y se le reanimó con enormes dificultades, tan sólo para ser forzado por los inflexibles oficiales a proseguir su viaje, junto con el grupo de Mírzá Yah. yá, al destino que se le había marcado en un principio.

CAPÍTULO
XI
EL ENCARCELAMIENTO
DE BAHÁ’U’LLÁH EN ‘AKKÁ
L

A llegada de Bahá’u’lláh a ‘Akká marca el comienzo de la última fase de Su ministerio de cuarenta años, la etapa final, y asimismo el cenit del destierro en el que transcurrió la totalidad de aquel ministerio. El destierro que, al principio, hubo de conducirle a los aledaños de los bastiones de la ortodoxia shí’í, poniéndole en contacto con sus exponentes más destacados y que, en un periodo posterior, Lo trasladó a la capital del Imperio Otomano, llevándole a dirigir aquellos pronunciamientos trascendentales al Sultán, a sus ministros y a los dirigentes eclesiásticos del islam sunní, habrían servido para que ahora desembarcara en las costas de Tierra Santa –la Tierra prometida por Dios a Abraham, santificada por la Revelación de Moisés, honrada por la vida y pesares de los patriarcas, jueces, reyes y profetas hebreos, reverenciada como la cuna de la cristiandad y el lugar donde Zoroastro, de acuerdo con el testimonio de ‘Abdu’l-Bahá, «conversó con algunos de los Profetas de Israel», y relacionada en el islam con el viaje nocturno del Apóstol, a través de los siete cielos, hasta el trono del Todopoderoso. Dentro de los confines de este país santo y envidiable, «nido de todos los Profetas de Dios», «el Valle del Decreto inescrutable de Dios, el Lugar de nívea blan

cura, la Tierra de esplendor inmarcesible» quedó condenado el Exiliado de Bagdad, de Constantinopla y Adrianópolis a pasar no menos de un tercio de Su vida, y más de la mitad del total de Su Misión. «Es difícil», declara ‘Abdu’l-Bahá, «comprender cómo Bahá’u’lláh pudo ser obligado a abandonar Persia y plantar Su tienda en esta Tierra Santa, de no ser por la persecución de Sus enemigos, Su destierro y exilio».

En efecto, tal consumación –nos asegura Él– había sido profetizada en verdad «mediante la lengua de los Profetas dos o tres mil años antes». Dios, «fiel a Su promesa», transmitida de «algunos de los Profetas» «reveló y dio la buena nueva de que el Señor de las Huestes habría de manifestarse en Tierra Santa». En este sentido, Isaías anunció en su Libro: «Subid a la gran montaña, oh Sión que impartís buenas nuevas; alzad vuestra voz con fuerza, oh Jerusalén, que traéis albricias. Alzadla, no temáis; decid a las ciudades de Judá: “¡Contemplad a vuestro Dios! Ved al Señor Dios que vendrá con mano poderosa, y Su brazo gobernará en Su lugar ”». En los Salmos, David había predicho: «Alzad vuestra cerviz, oh puertas; alzaos incluso vosotras, puertas sempiternas; y el Rey de Gloria ingresará. ¿Quién es el Rey de Gloria? El Señor de las Huestes, Él es el Rey de Gloria». «Desde Sión ha resplandecido la perfección de la belleza de Dios. Vendrá nuestro Señor, y no guardará silencio.» Igualmente Amós había predicho Su venida: «El Señor rugirá desde Sión, y pronunciará Su voz desde Jerusalén; y las habitaciones de los pastores se lamentarán y la cima del Carmelo se agostará».

La propia ‘Akká, flanqueada por la «gloria del Líbano» y tendida por completo ante el «esplendor del Carmelo» al pie de las montañas que rodean el hogar de Jesucristo mismo, ha sido descrita por David como la «Plaza fuerte», designada por Oseas como «puerta de la esperanza» y llamada por Ezequiel «la puerta que mira a Oriente», a la que «acudirá la gloria del Dios de Israel por la ruta de Oriente», Su voz «como voz de muchas aguas». A ella se había referido el Profeta de Arabia como «una ciudad de Siria a la que Dios ha mostrado una misericordia especial», situada «entre dos montañas [...] en medio de una pradera», «junto a la orilla del mar [...] colgada debajo del Trono», «blanca, cuya blancura

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agrada a Dios». «Bendito es el hombre», declara él, como confirma el mismo Bahá’u’lláh, «que ha visitado ‘Akká, y bendito quien visita al visitante de ‘Akká». Además, «Quien alza allí la llamada a la plegaria, su voz se alzará hasta el Paraíso». Y de nuevo: «Los pobres de ‘Akká son los reyes del Paraíso y sus príncipes. Un mes en ‘Akká es mejor que mil años en cualquier otro lugar». Por otro lado, en una notable tradición, que aparece referida en la obra de aykh h.

Sh Ibnu’l-‘Arabí, titulada Futú át-i-Makkíyyih, y que se reconoce como hadiz auténtico del Mu ammad, y

h. que cita Mírzá ‘Abu’l-Fa l en su «Fará’id», se formula esta predicción

d. significativa: «Todos ellos (los compañeros del Qá’im) recibirán muerte, excepto Uno Que llegará a la llanura de ‘Akká, la sala de banquetes de Dios». El propio Bahá’u’lláh, según atestigua Nabíl en su narración, ya

en los primeros años de Su destierro a Adrianópolis, había aludido a esa misma ciudad en Su Law -i-Sayyáh, designándola «Valle de

h. Nabíl», expresión en la que Nabíl comparte un mismo valor numérico con ‘Akká. «A Nuestra llegada», predecía dicha Tabla, «se nos dio la bienvenida con banderas de luz, seguido de lo cual la Voz del Espíritu gritó diciendo: “Pronto todo los que moran en la tierra serán alistados bajos estas banderas”». El destierro, que habría de durar no menos de veinticuatro años y en el que dos déspotas orientales se habían aliado, en su enemistad y miopía implacables, para condenar a Bahá’u’lláh, pasará a la historia como un periodo que atestiguó un cambio milagroso y verdaderamente revolucionario en las circunstancias que rodearon la vida y actividades del propio Exiliado, y se recordará sobre todo por el recrudecimiento general de la persecución, intermitente pero singularmente cruel, ocurrida a lo largo y ancho de Su país natal, por el aumento simultáneo del número de Sus seguidores y, finalmente, por la enorme extensión de la variedad y volumen de Sus escritos. Su llegada a la colonia penal de Akká, lejos de poner fin a Sus

aflicciones, no fue sino el comienzo de una gran crisis, caracterizada por la amargura de los sufrimientos, la severidad de las restricciones y la intensidad de la agitación, siendo superior en gravedad incluso a las agonías del Síyáh-Chál de Teherán, con la que ningún otro acontecimiento en la historia de todo el siglo puede compararse, excepto la convulsión interna que sacudió a la Fe en Adrianópolis. «Has de saber», ha escrito Bahá’u’lláh, deseando recalcar lo crítico de los primeros nueve años de destierro en dicha ciudad prisión, «que al llegar a este Paraje decidimos designarlo como la “Más Grande Prisión”. Aunque previamente Él había sido sometido en otra tierra (Teherán) a cadenas y cepos, no obstante rechazamos llamarla por dicho nombre. Di: ¡Ponderad, pues, oh vosotros dotados de entendimiento!».

El calvario que sufrió como consecuencia directa del atentado contra Ná iri’d-Dín s. Sháh, Le había sido infligido tan sólo por los enemigos externos de la Fe. Por otra parte, los pesares de Adrianópolis, cuyos efectos destrozaron la comunidad de los seguidores del Báb, fueron de carácter puramente interno. Sin embargo, esta nueva crisis, la cual habría de afectar durante un decenio a Él y Sus compañeros, se destacó en todo momento no sólo por los asaltos de los adversarios de fuera, sino también por las maquinaciones de los enemigos de dentro, así como por los graves atropellos de quienes, si bien portaban Su nombre, perpetraron aquello que hizo que Su corazón y Su alma se lamentaran por igual.

‘Akká, la antigua Ptolemais, la San Juan de Acre de los cruzados, la ciudad que desafió con éxito el asedio de Napoleón, quedó degradada, bajo el dominio turco, al nivel de una colonia penal a la que se enviaban asesinos, salteadores de caminos y agitadores políticos procedentes de todas los puntos del Imperio Turco. Estaba rodeada por un doble sistema de rampas; la habitaban unas gentes que Bahá’u’lláh condenó llamándolas «generación de víboras»; carecía de toda fuente de agua dentro de sus recintos; infestada de pulgas, húmeda y entretejida de callejuelas lúgubres, inmundas y tortuosas. «De acuerdo con lo que se dice», constata la Pluma Suprema en la Law -i-Sul án, «es la

h. t.

ciudad más desolada del mundo, la de aspecto más ingrato, la de clima más detestable y la que se caracteriza por el agua más inmunda. Parece como si

fuera la metrópolis del búho». Tan pútrido era su aire que, según rezaba el proverbio, el pájaro que la sobrevolaba caía muerto.

El Sultán y sus ministros habían dado órdenes explícitas de que se sometiera a los exiliados, acusados de haber faltado gravemente y de descarriar a otros, al confinamiento más estricto. Se expresaba la esperanza confiada de que la sentencia a prisión perpetua que había sido pronunciada contra ellos, conllevaría su postrer exterminio. El farmán del sultán ‘Abdu’l-‘Azíz, fechado el quinto día de rabí‘u’ ththání de 1285 d.h. (26 de julio de 1868), no sólo los condenaba a destierro perpetuo, sino que estipulaba un encarcelamiento estricto y se les prohibía relacionarse incluso entre sí o con los lugareños. El texto del propio farmán fue leído en público, poco después de la llegada de los exiliados, en la mezquita principal de la ciudad, a modo de aviso para la población. El Embajador persa, acreditado ante la Sublime Puerta, daba garantías a su Gobierno, en carta escrita poco después de pasado un año del destierro a Akká, en estos términos: «He cursado órdenes por telegrama y por correo a fin de prohibir que él (Bahá’u’lláh) se relacione con nadie excepto con sus esposas e hijos, y de que, bajo ninguna circunstancia, abandone la casa en la que está encarcelado. A ‘Abbás Qulí Khán, el Cónsul General en Damasco [...] lo he enviado de vuelta hace tres días con encargo de que acuda directamente a ‘Akká [...] y discuta con el Gobernador cuantas medidas sean necesarias para el mantenimiento estricto de su encarcelamiento [...] y de que nombre, antes de regresar a Damasco, un representante que compruebe in situ que las órdenes emitidas por la Sublime Puerta no sean desobedecidas en modo alguno: igualmente, le he dado encargo de que cada tres meses se desplace desde Damasco a ‘Akká, los vigile personalmente y remita su informe a la Legación». Tal fue el aislamiento impuesto contra los exiliados que los bahá’ís de Persia, perturbados por los rumores difundidos por los azalíes de I fahán, en el sentido de que Bahá’u’lláh habría perecido

s.

ahogado, indujeron a la Oficina Británica de Telégrafos de Julfá a comprobar en su nombre la veracidad del rumor.

Al cabo de una travesía penosa y tras el desembarco en ‘Akká, todos los exiliados, hombres, mujeres y niños, fueron trasladados, ante la mirada de una población curiosa e insensible congregada en el puerto para contemplar al «Dios de los persas», a los cuarteles del ejército, donde fueron encerrados y sometidos a la vigilancia de los centinelas. «La primera noche», da fe Bahá’u’lláh en la Law -i-Ra’ís,

h. «todos fueron privados de alimento o bebida [...] pidieron siquiera agua, y ésta se les denegó». Tan inmunda y salobre era el agua del aljibe del patio que nadie podía beberla. A cada uno le correspondían tres rodajas de pan, que tenían permiso de cambiar, cuando acudían escoltados al mercado, por dos de mejor calidad. Después se les sirvió mera bazofia en lugar del pan que les correspondía. Poco después de su llegada cayeron todos enfermos, excepto dos. La malaria, la disentería, junto con el calor sofocante, se sumaron a sus miserias. Tres sucumbieron, entre ellos dos hermanos que murieron la misma noche, «fundidos en un abrazo», como atestigua Bahá’u’lláh. La alfombra empleada por Bahá’u’lláh fue vendida para costear los sudarios y el entierro. La modesta suma obtenida al subastarla fue entregada a los guardas, quienes se habían negado a enterrarlos si antes no se sufragaban los gastos necesarios. Luego pudo saberse que los cadáveres fueron enterrados, sin antes lavarlos y amortajarlos, con las ropas que llevaban puestas al morir, a pesar de que, como afirma Bahá’u’lláh, se les dio dos veces la cantidad requerida para el entierro. «Nadie», ha escrito Él mismo, «sabe lo que Nos aconteció excepto Dios, el Todopoderoso, el Omnisciente [...] Desde que se fundara el mundo hasta el día presente no se ha visto ni se ha sabido de crueldad semejante a ésta». «Durante la mayor parte de Su vida», constata además Él mismo, «ha estado sometido a las garras de Sus enemigos. Sus sufrimientos han alcanzado ahora su culminación en esta Prisión aflictiva, a la que Le han arrojado tan injustamente Sus opresores».

Los pocos peregrinos que, pese a la prohibición que había sido rígidamente impuesta, lograron alcanzar las puertas de la prisión –algunos de los cuales habían recorrido a pie toda la distancia desde Persia–, hubieron de contentarse con una mera vislumbre del rostro del Prisionero, mientras de pie, más allá del segundo foso, miraban hacia la ventana de Su prisión. Para gran desasosiego suyo los poquísimos que lograron penetrar en la ciudad, tuvieron que volver sobre sus pasos, sin siquiera llegar a ver Su rostro. El primero de éstos en alcanzar Su presencia, el abnegado H. ájí Abu’l-H. asan-i-Ardikání, conocido como Amín-i-Iláhí («el Fideicomisario de Dios»), lo consiguió únicamente en el baño público, donde se había acordado que podría ver a Bahá’u’lláh sin acercársele o mostrar señales de reconocimiento. Otro peregrino, Ustád Ismá‘íl-i-Káshí, procedente de Mosul, se apostó en el extremo distante del foso y, tras otear durante horas, en adoración arrobada, mirando hacia la ventana de su Bienamado, al final, debido a su corta visión, no logró satisfacer su anhelo de divisar el rostro del Bienamado, por lo que hubo de regresar a la cueva que le servía de morada en el Monte Carmelo, episodio que conmovió hasta las lágrimas a la Sagrada Familia, la cual contemplaba ansiosamente desde lejos cómo quedaban frustradas sus esperanzas. El propio Nabíl, quien tuvo que escapar precipitadamente de la ciudad, donde había sido reconocido, para contentarse con atisbar a Bahá’u’lláh desde el otro lado del foso, continuó vagabundeando por la campiña de Nazaret, Haifa, Jerusalén y Hebrón, hasta que la atenuación gradual de las restricciones le permitió sumarse a los exiliados.

Al peso espantoso de estas tribulaciones se añadía ahora el luto de una repentina tragedia: la pérdida prematura del noble, el piadoso Mírzá Mihdí, la Rama Más Pura, el hermano de ‘Abdu’l-Bahá, de veintidós años de edad, amanuense de Bahá’u’lláh y compañero de exilio Suyo desde los días en que, de niño, fue llevado de Teherán a Bagdad para unirse a su Padre tras Su regreso de Sulaymáníyyih. Se encontraba caminando por la azotea de los cuarteles durante el crepúsculo de una tarde, absorto en sus preces acostumbradas, cuando cayó por una claraboya desprotegida y se estrelló contra una caja de madera, puesta en el suelo y que perforó sus costillas, de resulta de cuyas heridas le sobrevino la muerte veintidós horas después, el vigésimo tercer día de rabí‘u’l-avval de 1287 d.h. (23 de junio de 1870). La súplica postrera que elevó a un Padre transido de dolor fue que su vida pudiera ser aceptada como rescate para aquellos que no podían alcanzar la presencia del Bienamado.

En una oración sumamente significativa, revelada por Bahá’u’lláh en recuerdo de Su hijo –una oración que exalta la muerte de éste al rango de aquellos actos de expiación relacionados con el sacrificio previsto por Abraham de Su hijo, la crucifixión de Jesucristo y el martirio del Imam H. usayn– leemos lo siguiente: «Oh mi Señor, he ofrecido todo lo que Tú me has dado, para que Tus siervos puedan ser reanimados y todos los que moran en la tierra unidos». E igualmente en estas palabras proféticas dirigidas a Su hijo martirizado: «Tú eres el Fideicomiso de Dios y Su Tesoro en esta Tierra. Pronto Dios revelará a través de ti lo que ha deseado».

Tras lavar el cadáver en presencia de Bahá’u’lláh, él «que fue creado de la luz de Bahá», de cuya «mansedumbre» da testimonio la Pluma Suprema, y de los «Misterios» de cuya ascensión esa misma Pluma ha hecho mención, fue trasladado, escoltado por los guardias de la fortaleza y sepultado extramuros, en un paraje contiguo al santuario de Nabí . áli , desde donde setenta años después sus restos, al .

Shmismo tiempo que los de su ilustre madre, habrían de ser trasladados a la falda del Monte Carmelo, en los recintos de la tumba de su hermana y a la sombra del santo sepulcro del Báb.

Tampoco con esto concluyó la magnitud completa de las tribulaciones que soportaron el Prisionero de ‘Akká y Sus compañeros de exilio. Cuatro meses después de tan trágico acontecimiento, la movilización de las tropas turcas hizo preciso el desalojo de Bahá’u’lláh y de cuantos Le acompañaban para vaciar los cuarteles. Él y Su familia fueron asignados a la casa de Malik, en el barrio occidental de la ciudad, desde donde, después de una breve estancia de tres meses, fueron trasladados por las autoridades a la casa de Khavvám, situada enfrente, y de la que, pasados unos pocos meses, de nuevo fueron obligados a mudarse para establecerse en la casa de Rábi’ih, desde la que, cuatro meses después, serían trasladados a la casa de ‘Údí Khammár, la cual era tan insuficiente para sus necesidades que en una de sus habitaciones debían alojarse no menos de trece personas de ambos sexos. Algunos de los compañeros tuvieron que establecerse en otras casas, en tanto que los demás quedaron consignados a un caravasar llamado Khán-i-‘Avámíd.

Apenas había empezado a suavizarse el confinamiento estricto y se había prescindido de los guardias que los vigilaban, cuando la crisis interna que había estado fraguándose dentro de la comunidad llegó a un desenlace repentino y catastrófico. Tal fue la conducta de dos exiliados integrantes del séquito que acompañó a Bahá’u’lláh a ‘Akká que al final Se vio forzado a expulsarlos, acto del que Siyyid Mu ammad no vaciló en obtener el máximo provecho. Reforzado

h. con estos dos reclutas, junto con sus viejos asociados, en calidad de espías, se enzarzó en una campaña de insultos, calumnias e intrigas, incluso más perniciosa que la que protagonizara en Constantinopla, calculada para soliviantar hasta nuevas cotas de animosidad y crispación a un populacho ya predispuesto y receloso. Una nueva amenaza se cernía claramente sobre la vida de Bahá’u’lláh. Aunque Él mis

mo, en varias ocasiones, había prohibido tajantemente a Sus seguidores, tanto de palabra como por escrito, cualquier acto de venganza contra sus atormentadores, e incluso había devuelto a Beirut a un irresponsable converso árabe, quien había planeado vengar los agravios sufridos por su Bienamado Guía, siete de los compañeros se aliaron clandestinamente para asesinar a tres de sus perseguidores, entre ellos Siyyid Mu ammad y Áqá Ján.

h. La consternación que hizo presa en una comunidad ya oprimida fue indescriptible. La indignación de Bahá’u’lláh no conocía límites. «Si fuéramos Nosotros», de este modo expresaba Sus emociones en una Tabla revelada poco después de que se cometiera este acto, «a hacer

mención de lo que Nos ha acontecido, los cielos se desgarrarían y las montañas se desmoronarían». «Mi cautiverio», escribió en otra ocasión, «no puede perjudicarme. Lo que puede perjudicarme es la conducta de quienes Me aman, quienes proclaman estar relacionados conmigo, no obstante han perpetrado lo que causa que Mi corazón y Mi pluma giman». Asimismo: «Mi cautiverio no Me avergüenza. Antes bien, por Mi vida, Me confiere gloria. Lo que puede hacer que me avergüence es la conducta de los seguidores que profesan amarme y que, a pesar de ello, siguen al Maligno».

Se encontraba dictando Tablas a Su amanuense cuando el Gobernador, al frente de los soldados, con las espadas desenvainadas, rodearon la casa. El populacho, así como las autoridades militares, se hallaba en estado de gran agitación. Los gritos y la algarabía de la muchedumbre podían oírse por doquier. Bahá’u’lláh fue conminado a presentarse ante la sede del Gobierno, donde fue interrogado y permaneció detenido la primera noche con uno de Sus hijos, en una estancia de la Khán-i-Shávirdí, de la que fue trasladado a mejores recintos, en los que pasó las dos noches siguientes, hasta que se Le permitió, transcurridas setenta horas, que regresara a Su hogar. ‘Abdu’l-Bahá fue internado en prisión y encadenado durante la primera noche, tras de lo cual se Le permitió reunirse con Su Padre. Veinticinco compañeros fueron internados en otra prisión y encadenados con cepos, todos los cuales –excepto los responsables del odioso acto, cuyo encarcelamiento duró varios años– fueron trasladados al cabo de seis días al Khán-i-Shávirdí, donde habrían de soportar seis meses de confinamiento.

«¿Es justo», preguntó con osadía el Comandante de la ciudad, dirigiéndose a Bahá’u’lláh, a Su llegada a la sede del Gobierno, «que uno de vuestros seguidores haya actuado de tamaña manera?» «Si uno de vuestros soldados», fue la réplica pronta, «hubiera cometido un acto reprensible, ¿seríais vos considerado responsable y castigado en su lugar? Durante el interrogatorio se Le pidió que declarase Su nombre y el de Su país de origen. «Es tan manifiesto como el sol», respondió. La misma pregunta volvió a plantearse, a lo que dio la siguiente respuesta: «No considero indicado mencionarlo. Remitíos al farmán del Gobierno que obra en vuestro poder». Una vez más, con deferencia señalada, reiteraron su petición, a lo que a continuación Bahá’u’lláh habló con majestad y poder estas palabras: «Me llamo Bahá’u’lláh (Luz de Dios), y Mi país es Núr (Luz). Si sólo lo supierais». Volviéndose entonces hacia el muftí, le dirigió palabras de velada reprensión, tras de lo cual habló ante la concurrencia entera, con tan vehemente y exaltado verbo que nadie se atrevió a responderle. Tras citar versículos del Súriy-i-Múlúk, se incorporó y abandonó la sala. Poco después, el Gobernador se disculpó por lo ocurrido y dio orden de que lo dejaran libre para regresar a Su hogar.

Tras el incidente, una población ya de por sí indispuesta hacia los exiliados, quedó enardecida por una animosidad irrefrenable hacia cuantos llevaban el nombre de la Fe que profesaban aquellos exiliados. Las acusaciones de impiedad, ateísmo, terrorismo y herejía les eran lanzadas a la cara sin reparos. ‘Abbúd, el vecino más próximo de Bahá’u’lláh, reforzó el tabique que separaba su casa de la morada del que ahora era su muy temido y sospechoso vecino. Incluso los hijos de los exiliados ahora en prisión, cuandoquiera que se aventuraban a poner pie en la calle durante aquellos días, eran perseguidos, insultados y apedreados.

Rebosaba el cáliz de las tribulaciones de Bahá’u’lláh. La situación, harto humillante, repleta de ansiedades e incluso peligros, prosiguió de este modo para los exiliados hasta la hora fijada por una Voluntad inescrutable, hora en que la marea de penalidades y humillaciones comenzó a remitir, dando paso a una transformación en los destinos de la Fe incluso más conspicua que el cambio revolucionario efectuado durante los últimos años de la estancia de Bahá’u’lláh en Bagdad.

El reconocimiento gradual por todos los estamentos de la población de la completa inocencia de Bahá’u’lláh; la lenta penetración del verdadero espíritu de Sus enseñanzas a través de la costra endurecida de su indiferencia y fanatismo; la sustitución del anterior Gobernador, cuya conciencia había quedado emponzoñada sin remedio respecto a la Fe y sus seguidores, por el sagaz y humano A mad Big

h.

Tawfíq; los afanes constantes de ‘Abdu’l-Bahá, que ahora en plena flor de Su varonía, merced a Sus contactos con gran parte de la población, se demostraba cada vez más un escudo eficaz de Su Padre; el despido providencial de los oficiales que habían contribuido a prolongar el confinamiento de los compañeros inocentes; todo ello preparó el camino para la reacción que ahora empezaba a calar, una reacción con la que el periodo del destierro de Bahá’u’lláh en ‘Akká permanecerá para siempre indisolublemente asociado.

Tal fue la devoción que gradualmente prendió en el corazón del Gobernador, mediante su contacto con ‘Abdu’l-Bahá, y más tarde al leer los escritos de la Fe, que los facinerosos, en la esperanza de soliviantarle, habían sometido a su consideración, que invariablemente se negó a entrar en Su presencia no sin antes descalzarse, en señal de respeto hacia Su persona. Corría incluso la voz de que sus consejeros favoritos eran precisamente aquellos exiliados seguidores del Prisionero en su custodia. Gustaba de enviar a su propio hijo junto a ‘Abdu’l-Bahá para que recibiera instrucción y esclarecimiento. Sucedió además que, con ocasión de una muy anhelada audiencia con Bahá’u’lláh, en respuesta a la petición de permiso para ofrecerle algún servicio, se le sugirió que restableciera el acueducto que durante treinta años se había dejado caer en desuso, sugerencia que de inmediato se dispuso a llevar a cabo. Apenas mostró oposición alguna al flujo de peregrinos, entre los que se encontraba el devoto y venerable Mullá S.ádiq-i-Khurásání y el padre de Badí, ambos supervivientes de la lucha de T.abarsí, aunque el texto del farmán imperial prohibía su admisión en la ciudad. Mus.t.afá D. íyá Páshá, quien fuera nombrado Gobernador pocos años más tarde, llegó incluso al punto de sugerir que su Prisionero era libre de cruzar las puertas cuando Le pluguiere, sugerencia que Bahá’u’lláh declinó. Incluso el muftí

Akká, Ma múd, hombre de fanatismo acreditado, se de ‘Shaykh h. había convertido a la Fe e, impulsado por su entusiasmo recién nacido, compuso una recopilación de tradiciones mu ammadianas rela

h. cionadas con ‘Akká. Ni siquiera los gobernadores poco predispuestos

hacia la Fe que fueron enviados a aquella ciudad, pudieron, pese al poder arbitrario que ejercían, domeñar las fuerzas que llevaban al autor de la Fe hacia Su virtual emancipación y al cumplimiento de Su propósito. Hombres de letras e incluso los ‘ulamás residentes en Siria se sintieron movidos, con el paso de los años, a pregonar el reconocimiento de la grandeza y poder crecientes de Bahá’u’lláh. ‘Azíz Páshá, quien, en Adrianópolis, había evidenciado profunda atracción por ‘Abdu’l-Bahá, y que entretanto había sido promovido al rango de válí, realizó dos visitas con el propósito expreso de presentar sus respetos a Bahá’u’lláh y renovar su amistad con Alguien a quien había aprendido a admirar y reverenciar.

Aunque Bahá’u’lláh prácticamente nunca concedía entrevistas personales, al contrario de lo que acostumbraba en Bagdad, no obstante era tal la influencia que ejercía que los habitantes no se recataban de afirmar que la mejora notable del agua y del clima de la ciudad eran atribuibles directamente a Su presencia continuada entre ellos. Las mismas designaciones por las que solían referirse a Él, tales como «guía augusto» y «su alteza» expresaban la reverencia que Les inspiraba. En cierta ocasión, un general europeo, quien, junto con el Gobernador, fue recibido en audiencia por Él, quedó tan impresionado que «permaneció arrodillado en el suelo, junto a la puerta». A instancias de ‘Abdu’l-Bahá, Shaykh ‘Alíy-i-Mírí, el muftí de ‘Akká, hubo de suplicar con insistencia que pusiera término a Sus nueve años de confinamiento dentro de los muros de la ciudad prisión, antes de que consintieran traspasar sus puertas. El jardín de Na‘mayn, una pequeña isla situada en mitad de un río al este de la ciudad, y honrado con el apelativo de Ri ván, y al que designó la «Nueva Jerusalén» y

d. «Nuestra Verde Isla» –alquilado y preparado, junto con la residencia de ‘Abdu’lláh Páshá, por ‘Abdu’l-Bahá– y situada a pocos kilómetros al norte de ‘Akká, se convertían ahora en los retiros favoritos de Alguien que no había puesto pie durante casi diez años más allá de las mura

llas de la ciudad, y Cuyo único ejercicio había consistido en recorrer, con monótona repetición, el suelo de Su alcoba.

Al cabo de dos años, era alquilado y luego comprado para Él el palacio de ‘Údí Khammár, en cuya construcción se había prodigado gran riqueza, mientras Bahá’u’lláh yacía prisionero en los cuarteles, y cuyo propietario la había abandonado precipitadamente con su familia debido a un brote de epidemia; morada que Él caracterizó como «mansión eximia», el paraje que «Dios ha ordenado como la visión más sublime de la humanidad». La visita de ‘Abdu’l-Bahá a Beirut, por invitación de Mid át Pá shá, antiguo Gran Visir de Turquía, que tuvo

h. lugar por aquella época; Su asociación con los dirigentes civiles

y eclesiásticos de la ciudad; Sus diversas entrevistas con el bien cono-Sh Mu ammad ‘Abdu sirvieron para realzar inmensamen

cido aykh h. te el prestigio creciente de la comunidad y difundir por el extranjero la fama de Su más distinguido miembro. La espléndida bienvenida que Le fuera tributada por el docto y muy estimado Shaykh Yúsuf, el muftí de Nazaret, quien actuaba como anfitrión de los valíes de Beirut, y quien había enviado a todos los notables de la comunidad varios kilómetros a lo largo del camino para recibirle conforme Se acercaba a la ciudad, acompañado por Su hermano y el muftí de ‘Akká, así como la magnífica acogida dispensada por ‘Abdu’l-Bahá a ese mismo Shaykh Yúsuf cuando éste Lo visitó en ‘Akká, fueron tales como para suscitar la envidia de quienes, pocos años antes, Lo habían tratado a Él y a Sus compañeros de exilio con sentimientos entremezclados de condescendencia y burla.

El drástico farmán del sultán ‘Abdu’l-‘Azíz, aunque oficialmente en vigor, se había convertido para entonces en letra muerta. Aunque Bahá’u’lláh todavía era nominalmente un prisionero, «las puertas de majestad y verdadera soberanía estaban», en palabras de ‘Abdu’l-Bahá, «franqueadas de par en par». «Los dirigentes de Palestina», ha escrito además, «envidiaban Su influencia y poder. Los gobernadores y muti arrifes,

s. generales y oficiales locales, solían requerir humildemente el honor de alcanzar Su presencia, petición a la que Él rara vez accedía».

Fue en aquella misma mansión donde se le concedió al distinguido orientalista y profesor de Cambridge la serie de cuatro entrevistas que habría de sostener con Bahá’u’lláh durante los cinco días en que fue huésped Suyo en Bahjí (15-20 de abril de 1890), entrevistas inmortalizadas por la declaración histórica en que el Exiliado afirmaba: «Estas contiendas estériles, estas guerras ruinosas pasarán y vendrá la “Más Grande Paz”». «El rostro de Aquél a Quien contemplé», reza el testimonio legado a la posteridad por el entrevistador, «nunca podré olvidarlo y, no obstante, no puedo describirlo. Esos ojos penetrantes parecían leer en mi propia alma. En su amplia frente había poder y autoridad [...] ¡No era necesario preguntar en presencia de quién me encontraba al inclinarme ante alguien que es objeto de una devoción y un amor que es la envidia de los reyes y por el que los emperadores suspiran en vano!» «Aquí», atestigua el mismo visitante, «pasé cinco días memorabilísimos, durante los cuales disfruté de oportunidades inesperadas y sin parangón, pudiéndome entrevistar con quienes eran el hontanar de ese espíritu maravilloso y potente que trabaja con fuerza invisible, pero siempre creciente, para la transformación y revitalización de un pueblo que dormita en un sueño mortecino. En verdad fue una experiencia extraña y conmovedora, y tal que de ella desespero no poder transmitir sino la más débil impresión».

Ese mismo año Bahá’u’lláh plantó el «Tabernáculo de Gloria» en el Monte Carmelo, «la Montaña de Dios y Su Viña», la casa de Elías, ensalzada por Isaías como la «Montaña del Señor», adonde «concurrirán todas las naciones». Cuatro veces visitó Haifa, siendo Su última estancia de una duración no inferior a tres meses. En el curso de una de esas visitas, cuando Su tienda estaba plantada en las proximidades del monasterio carmelita, Él, el «Señor de la Viña», reveló la Tabla del Carmelo, notable por sus alusiones y profecías. En otra ocasión, en pie sobre las faldas de la montaña, señaló a ‘Abdu’l-Bahá el emplazamiento que habría de servir de lugar de entierro permanente del Báb, y en el que habría de erigirse más tarde un mausoleo digno.

Las propiedades, limítrofes con el lago vinculado al recuerdo del ministerio de Jesucristo, fueron adquiridas por orden de Bahá’u’lláh, para ser consagradas a la gloria de Su Fe y ser las Precursoras de aquellas «nobles e imponentes estructuras» que Él, en Sus Tablas, había

previsto que se alzarían «a lo largo y ancho» de Tierra Santa, así como los «fértiles y sagrados territorios contiguos al Jordán y sus aledaños», que en dichas Tablas ha permitido que sean dedicados «al culto y servicio del Dios único y verdadero».

La enorme expansión del volumen de correspondencia que sostenía Bahá’u’lláh; el establecimiento de una agencia bahá’í en Alejandría para su envío y distribución; los apoyos proporcionados por Su recio seguidor, Mu ammad Mu tafá, ahora establecido en Beirut

h. s.. para salvaguardar los intereses de los peregrinos de paso por aquella ciudad; la facilidad comparativa con la que un Prisionero nominal Se comunicaba con un número en aumento de centros de Persia, Irak, Cáucaso, Turkestán y Egipto; la misión que Él encomendara a Sulaymán Khán-i-Tanakábuní, conocido como Jamál Effendi, de que iniciara una campaña sistemática de enseñanza en la India y Birmania; el nombramiento de unos cuantos discípulos Suyos como «Manos de la Causa de Dios»; la restauración de la Casa Sagrada de Shiraz, cuya custodia era confiada ahora formalmente por Él a la esposa y a la hermana del Báb; la conversión de un número considerable de seguidores de los credos judío, zoroástrico y budista, las primicias del celo y perseverancia que los maestros viajeros de Persia, India y Birmania desplegaban de modo tan llamativo –conversiones que inmediatamente dieron lugar a un reconocimiento firme del origen divino tanto de la cristiandad como del islam–, todo ello atestigua la vitalidad de un liderazgo que ni los reyes ni los eclesiásticos, no importa cuán poderosos o antagonistas, podían destruir o socavar.

Tampoco cabe pasar por alto el surgimiento de la próspera comunidad en la ciudad de nueva planta de ‘Ishqábád, en el Turquestán ruso, afianzada por la buena voluntad de un Gobierno bene-volente y que le permitió establecer un cementerio bahá’í, amén de adquirir los solares donde habrían de alzarse las estructuras precursoras del primer Mashriqu’l-Adhkár del mundo bahá’í; o para el establecimiento de nuevas avanzadillas de la Fe en las remotas Samarcanda y Bukhárá, en el corazón del continente asiático, como consecuencia de los discursos y escritos del erudito Fá il-i-Qá’iní y del

d. docto apologeta Mírzá Abu’l-Fa l; o a la publicación en la India de

d. cinco volúmenes de los escritos del Autor de la Fe, incluyendo Su «Libro Más Sagrado», publicaciones que habrían de inaugurar la vasta difusión de sus obras, en varios sistemas de escritura e idiomas, y su propagación, en ulteriores decenios, a través de Oriente y Occidente. «El sultán ‘Abdu’l-Azíz», se dice que habría afirmado Bahá’u’lláh a uno de Sus compañeros de exilio, «Nos desterró a este país con la mayor humillación, y puesto que su objetivo era destruirnos y humillarnos, siempre que se presentaron los medios de gloria y holgura, no los rechazamos». «Ahora, alabado sea Dios», observó una vez, según consigna Nabíl en su narración, «ha llegado al punto en que todas las gentes de estas regiones manifiestan su sumisión hacia Nos». Y de nuevo, según consta en esa misma narración: «Sin justificación ni razón alguna, el Sultán otomano se dispuso a oprimirnos y Nos envió a la fortaleza de ‘Akká. Su farmán imperial decretaba que nadie debía relacionarse con Nosotros y que debíamos ser el objeto del odio de todos. La Mano del poder divino, por tanto, rápidamente Nos vengó. Primero desató los vientos de la destrucción sobre sus dos vali

dos e irreemplazables ministros, ‘Alí y Fu’ád, tras de lo cual esa Mano se tendió para replegar la panoplia del propio Azíz, y apresarle, como sólo puede apresar, Él que es el Poderoso, el Fuerte».

«Sus enemigos», ha escrito ‘Abdu’l-Bahá en alusión a este mismo tema, «pretendían que Su encarcelamiento destruyera y aniquilase de raíz la bendita Causa, pero, en realidad, este encarcelamiento prestó el mayor servicio, y se convirtió en el instrumento de su progreso». «[...] Este Ser ilustre», afirma además, «levantó Su Causa en la Más Grande Prisión. Desde esta Prisión se derramó Su luz al exterior; su fama conquistó el mundo, y la proclamación de Su gloria alcanzó a Oriente y Occidente». «Su luz se había convertido al principio en una estrella; ahora se había trocado en un poderoso sol». «Hasta nuestra época», afirma Él igualmente, «no había ocurrido jamás semejante cosa».

No es de extrañar que, en vista de un vuelco tan notable de las circunstancias que rodearon Su destierro de veinticuatro años a ‘Akká, Bahá’u’lláh mismo haya consignado estas palabras trascendentales: «El Todopoderoso [...] ha transformado esta Casa prisión en el Paraíso Más Exaltado, el Cielo de los Cielos».

CAPÍTULO
XII
EL ENCARCELAMIENTO
DE BAHÁ’U’LLÁH EN ‘AKKÁ
(CONTINUACIÓN)
M

IENTRAS Bahá’u’lláh y el reducido séquito de personas que Le acompañaban eran sometidos a las graves penalidades de un destierro destinado a erradicarlos de la faz de la tierra, la comunidad en continua expansión de Sus seguidores establecidos en Su tierra natal sufría una persecución más violenta y de mayor duración que las pruebas con las que Él y Sus compañeros estaban siendo afligidos. Aunque a una escala menor que los baños de sangre que habían bautizado el nacimiento de la Fe, cuando en el curso de un solo año, según atestigua ‘Abdu’l-Bahá, «más de cuatro mil almas fueron asesinadas, y una gran multitud de mujeres y niños quedaron sin protector ni auxiliador», los actos asesinos y horribles perpetrados posteriormente por un enemigo insaciable e incansable recorrieron una amplísima gama de atrocidades y se distinguieron por una fiereza incluso mayor.

Ná iri’d-Díns. Sháh, estigmatizado por Bahá’u’lláh como el «Príncipe de los Opresores», responsable de haber «perpetrado lo que hizo que los moradores de las ciudades de la justicia y equidad se lamentasen», disfrutaba, en el periodo que consideramos ahora, de plena madurez y había alcanzado la plenitud de su poder despótico. Árbitro único de los destinos de un país «firmemente arraigado en las tradiciones inmemoriales de Oriente»; y rodeado por «ministros «venales, arteros y falsos», a quienes podía elevar o rebajar a placer; cabeza de una administración en la que «todo actor era, en diferentes aspectos, tanto un estafador como un estafado»; coaligado, en su oposición a la Fe, con un estamento clerical que constituía un verdadero «Estado-Iglesia»; apoyado por un pueblo preeminente por su ferocidad, notorio por su fanatismo, servilismo, libidinosidad y prácticas corruptas, este Monarca caprichoso, incapaz ya de poner sus manos sobre la persona de Bahá’u’lláh, había de contentarse con la tarea de intentar erradicar en sus propios dominios los restos de una comunidad temida sobremanera y recién revivida. Próximo en rango y poder figuraban sus tres hijos mayores, en quienes, a los efectos de la administración interna, había delegado prácticamente su autoridad y en quienes había investido en el gobierno de todas las provincias del reino. La provincia de Ádhirbáyján quedó confiada al cuidado del tímido y débil Mu affari’d-Dín Mírzá, heredero del trono, quien

z. había caído bajo la influencia de la secta shaykhí, y daba muestras

de marcado respeto hacia los mullás. Al cuidado del gobierno férreo y salvaje del astuto Mas‘úd Mírzá, comúnmente conocido como el

Z. illu’s-Sul án y su hijo mayor superviviente, cuya madre era de ori-t. gen plebeyo, fueron confiadas dos quintas partes del reino, incluyendo las provincias de Yazd e I fahán, en tanto que sobre Kámrán Mír

s.

zá, su hijo favorito, comúnmente llamado por su título de Náyibu’s-Sal anih, había conferido el mando sobre Gílán y Mázinda

t. rán, convirtiéndolo en Gobernador de Teherán, ministro de guerra y comandante en jefe del ejército. Era tal la rivalidad entre estos dos últimos príncipes, que competían entre sí por cortejar el favor de su padre, que se afanaban, con el apoyo de los principales mujtahides de su jurisdicción, en superar al otro en la tarea meritoria de acosar, saquear y exterminar a los miembros de una comunidad indefensa,

la cual, por orden de Bahá’u’lláh, había dejado de ofrecer resistencia armada incluso en defensa propia, llevando a la práctica la orden de que «es mejor morir que matar». Tampoco estaban dispuestos los violentos clérigos ( . ájí Mullá ‘Alíy-i-Kaní y Siyyid adiq-i-abá abá’í, los . . .

HSTtSh Mu ammad

principales mujtahides de Teherán, junto con aykh h. Báqir, su homólogo de I fahán, y Mír Mu ammad-Husayn, el Imám

s. h. Jum‘ih de la ciudad), a consentir que se les escapara la menor oportunidad sin asestar algún golpe, con toda la fuerza y autoridad que ostentaban, contra un adversario cuyas influencias liberalizadoras tenían más razón para temer que al Soberano mismo. No es de extrañar que, enfrentada a una situación tan plagada de peligros, se forzase a la Fe a pasar a la clandestinidad, y que los interrogatorios, encarcelamientos, vituperios, expolios, torturas y ejecuciones constituyeran los rasgos destacados de este periodo convulso de su desarrollo. Las peregrinaciones que habían sido iniciadas en Adrianópolis, y que después asumieron en ‘Akká proporciones impresionantes, junto con la diseminación de las Tablas de Bahá’u’lláh y la circulación de informes entusiastas por boca de quienes habían alcanzado Su presencia sirvieron, además, para soliviantar los ánimos del clero y laicado por igual, que neciamente se imaginaban que el foso abierto en las filas de los seguidores de la Fe en Adrianópolis y la sentencia de destierro de por vida pronunciada posteriormente contra su Guía, sellarían irremisiblemente su destino. En Ábádih, cierto Ustád ‘Alí-Akbar fue apresado, por instigación de un siyyid local, y sometido a tal paliza que su cuerpo quedó baña

do de sangre de pies a cabeza. En el pueblo de Tákur y por orden del áh, la hacienda de los habitantes sufrió saqueo; Hájí Mírzá Ri á-

Sh .d. Qulí, hermanastro de Bahá’u’lláh, fue arrestado, conducido a la capital y arrojado al Síyáh-Chál, donde permaneció un mes; en tanto que el cuñado de Mírzá H. asan, otro hermanastro de Bahá’u’lláh, fue apresado y torturado con hierros incandescentes, tras de lo cual la población vecina de Dár-Kalá fue pasto de las llamas.

Áqá Buzurg de Khurásán, el ilustre Bádí’ («Maravilloso»); convertido a la Fe por Nabíl; de sobrenombre el «Orgullo de los Mártires»; quien a sus diecisiete años portaría la Tabla dirigida a Ná iri’d

s.

Dín Sháh; en quien, como afirma Bahá’u’lláh, «se había insuflado el espíritu de fuerza y poder», sufrió arresto, padeció los hierros durante tres días sucesivos hasta que su cabeza fue convertida en una masa informe con la culata de un rifle, tras de lo cual su cuerpo fue arrojado a un pozo recubierto de tierra y piedras. Este mismo Badí había visitado a Bahá’u’lláh en los cuarteles, durante el segundo año de Su confinamiento, se había alzado con sorprendente alacridad a llevar la Tabla, solo y a pie, a Teherán para entregarla en mano al Soberano. Cuatro meses de marcha necesitó para llegar a la ciudad y, al cabo de tres días de ayuno y vigilia, tuvo su encuentro con el Sháh, quien iba en expedición de caza a Shimírán. Con calma y respeto se dirigió a Su Majestad, proclamando: «¡Oh Rey! He venido aquí desde Saba con un poderoso mensaje»; a continuación de lo cual, por orden del Soberano, la Tabla le fue arrebatada y entregada a los mujtahides de Teherán, quienes recibieron orden de responder a la Epístola, encargo que eludieron, recomendando en su lugar que el mensajero fuera ejecutado. Posteriormente, la Tabla fue enviada por el Sháh al Embajador persa en Constantinopla, en la esperanza de que su lectura enardecería la animosidad de los ministros del Sultán. Durante tres años, Bahá’u’lláh continuó ensalzando en Sus escritos el heroísmo de aquel joven, caracterizando las referencias hechas por Él a aquel sacrificio sublime como la «Sal de Mis Tablas».

Siyyid Ashraf y Abá-Ba ír, cuyos padres habían sido asesinados .

sen la contienda de Zanján, fueron decapitados ese mismo día en la ciudad, el primero yendo tan lejos como para indicar a su verdugo, mientras se arrodillaba en oración, la mejor manera de descargar el tajo, en tanto que el último, después de haber recibido una paliza tan brutal que la sangre fluía por debajo de sus uñas, fue decapitado mientras sostenía en brazos el cuerpo de su compañero mártir. Fue la madre del mismo Ashraf, quien, al ser enviada a prisión en la esperanza de que persuadiría a su hijo único de que apostatase, le previno que renegaría de él si rechazaba su Fe, le ordenó que siguiera el ejemplo de Abá-Ba ír e indicó que incluso había visto como moría

s.

sin que se le humedecieran los ojos. En Burújird, el acaudalado y prominente Mu ammad-. . asan Kh shí fue sometido a un basti

hHán-i-Ká nado tan despiadado que sucumbió a la prueba. En Shiraz, Mírzá Áqáy-i-Rikáb-Sáz, junto con Mírzá Rafí‘-i-Khayyát. y Ma shhadí Nabí, fueron estrangulados al mismo tiempo por orden del mujtahid local a altas horas de la noche, y sus tumbas fueron profanadas por una chusma que volcó inmundicias sobre ellas. En Káshán, Shaykh Abu’l-Qásim-i-Mázkání, quien había declinado beber el agua que le ofrecieran antes de morir, afirmando que tenía sed del cáliz del martirio, sufrió un golpe fatal en la garganta, mientras yacía postrado en oración.

Mírzá Baqir-i-Shírazí, quien había transcrito las Tablas de Bahá’u’lláh en Adrianópolis con devoción incansable, fue asesinado en Kirmán, mientras que en Ardikán, el anciano y débil Gul-Mu ammad fue asaltado por una turba furiosa, arrojado al suelo y

h. arrollado por las botas claveteadas de dos siyyides que hicieron añicos sus costillas y dientes, seguido de lo cual sus cadáveres fueron arrojados a las afueras de la ciudad y enterrados en un pozo, para ser desenterrados al día siguiente, en que fueron arrastrados por las calles y abandonados finalmente a la intemperie. En la ciudad de Mashhad, notoria por su fanatismo desbocado, H. ájí ‘Abdu’l-Majíd, de ochenta y cinco años de edad, el padre del mencionado Bádí‘ y superviviente de la contienda de T.abársí, y quien, tras el martirio de su hijo, había visitado a Baha’u’llah y regresado con celo redoblado a Khurásán, fue abierto en canal desde la cintura a la garganta, quedando su cabeza expuesta sobre una losa de mármol para espectáculo de una multitud de observadores que vociferaban insultos, la cual, tras arrastrar su cuerpo ignominiosamente por los bazares, lo aban

donó en la funeraria para que reclamasen sus familiares. En I fahán, Mullá Ká im fue decapitado por orden de . z. Shaykh

sMu ammad-Báqir, haciéndose que un caballo galopase sobre su

h. cadáver, el cual, acto seguido, fue pasto de las llamas, en tanto que Siyyid Áqá Ján sufrió amputación de las orejas y fue conducido en

cabestro por las calles y bazares. Un mes después ocurrió en esa misma ciudad la tragedia de los dos famosos hermanos Mírzá Mu ammad-h. H. asan y Mírzá Mu ammad-h. H. usayn, las «radiantes luces gemelas», respectivamente conocidos por los títulos de Sul á-

t. nu’sh-Sh h. sh-Shuhadá

uhadá («Rey de los Mártires») y Ma búbu’ («Bienamado de los Mártires»), célebres por su generosidad, honradez, bonhomía y piedad. Su martirio fue instigado por el maligno y deshonesto Mír Mu ammad-h. H. usayn, el Imám-Jum‘ih, estigmatizado po Bahá’u’lláh como «la serpiente hembra», quien, en vista de la crecida deuda contraída en sus transacciones, caviló el modo de anular sus obligaciones denunciándolos como babíes, acarreando con ello su muerte. Sus casas, lujosamente amuebladas, sufrieron un saqueo que afectó incluso a los árboles y flores de los jardines; todas

Sh Mu ammadsus posesiones restantes fueron confiscadas; aykh h. Báqir, denunciado por Bahá’u’lláh como «el Lobo», pronunció su sentencia de muerte; el Zillu’s-Sul án ratificó la decisión, por lo que a

. t. continuación fueron encadenados, decapitados, arrastrados por la Maydán-i-Sháh y expuestos allí a las indignidades con que les colmó un populacho degradado y rapaz. «De tal modo», ha escrito ‘Abdu’l-Bahá, «se derramó la sangre de estos dos hermanos que el sacerdote cristiano de Julfá gritó, se lamentó y lloró aquel día». Durante varios años Bahá’u’lláh prosiguió haciendo mención de ellos en Sus Tablas, expresando duelo por su muerte y ensalzando sus virtudes. Mullá ‘Alí Ján fue llevado a pie desde Mázindarán a Teherán; las penalidades del camino fueron tan severas que su cuello quedó maltrecho y su cuerpo llagado de la cintura a los pies. El día del martirio pidió agua, realizó las abluciones y recitó las oraciones, concedió una suma cuantiosa de dinero al verdugo y, todavía se hallaba en sus preces, cuando la daga le rasgó la garganta, seguido de lo cual se escupió al cadáver, el cual, embadurnado de barro, quedó expuesto durante tres días, hasta que al fin fue despedazado. En Námiq, Mullá ‘Alí, convertido a la Fe en los días del Báb, sufrió un ataque formidable que le acarreó una muerte instantánea, consecuencia de los golpes de

azada que destrozaron sus costillas. Mírzá Ashraf fue asesinado en I fahán, y su cadáver, arrollado bajo los pies de Shaykh h.

s. Mu ammad Taqíy-i-Najafí, «el Hijo del lobo», y de sus pupilos, sufrió salvajes mutilaciones; fue entregado a la turba para que lo quemara, tras de lo cual sus huesos calcinados quedaron enterrados bajo los escombros de un muro derribado al efecto.

En Yazd, por instigación del mujtahid de la ciudad, y por orden del insensible Ma múd Mírzá, el Jalúlu’l-Dawlih, el Gobernador,

h. hijo del Zillu’s-Sul án, se dio muerte en circunstancias horribles y en

t

.. un solo día a siete de ellos. El primero, un joven de veintisiete años, ‘Alí-As.ghar, fue estrangulado y su cuerpo entregado a manos de algunos judíos que, forzando a los seis compañeros del muerto a que los acompañasen, arrastraron el cadáver por las calles, rodeados por una barahúnda de gentío y soldados que batían tambores y hacían sonar las trompetas; habiendo llegado a la oficina de telégrafos, decapitaron a Mullá Mihdí, de ochenta y cinco años, a quien arrastraron de la misma forma hasta otro barrio de la ciudad, donde, a la vista de una gran masa de espectadores, agitados por las trepidantes notas musicales, ejecutaron a Áqá ‘Alí con idéntico procedimiento. Desde allí, dirigiéndose a la casa del mujtahid local, y llevando consigo a los cuatro compañeros restantes, degollaron a Mullá ‘Alíy-i-Sabzivárí, quien, tras dirigirse a la multitud y gloriarse en su martirio inminente, fue despedazado, estando todavía vivo, a golpes de espada, para luego machacarle con piedras la cabeza hasta convertirla en una masa informe. En otro barrio, cerca de la puerta de Mihríz, asesinaron a Mu ammad-Báqir, y ya después, en el Maydán-i-h. Khán, con-forme la música se volvía tan desaforada que ahogaba el griterío de la multitud, decapitaron a los supervivientes restantes, dos hermanos de apenas veinte años de edad: ‘Alí-A sghar y Mu ammad-H

. h. . asan. Las entrañas de este último fueron abiertas en canal, le arrancaron el corazón y el hígado y ensartaron su cabeza en una lanza que fue portada en alto, con acompañamiento de música, por las calles de la ciudad, hasta que al fin quedó suspendida de una morera, donde una gran concurrencia procedió a lapidarla. A continuación, se arrojó el cadáver ante la puerta de la casa de su madre, en la que irrumpieron intencionadamente las mujeres para bailar y festejar la ocasión. Se llegó incluso a extraer pedazos de carne para utilizarlos como medicación. Por último, se amarró la cabeza de Mu ammad-h. H. asan a la parte inferior del cadáver, la cual, sumada a las de los otros mártires, fue trasladada hasta las afueras de la ciudad, y allí las cabezas fueron tan sañudamente acribilladas a pedradas que quedaron destrozadas. Acto seguido, se obligó a los judíos a efectuar el traslado de los restos hasta un pozo en la llanura de Salsabíl, adonde finalmente fueron arrojados. El Gobernador declaró festiva aquella jornada. Por orden suya hubieron de cerrar todas las tiendas y se hizo iluminar la ciudad de noche, con lo que los festejos proclamaron la consumación de uno de los actos más bárbaros perpetrados en los tiempos modernos.

Tampoco los judíos y los parsis, quienes se habían convertido a la Fe en fechas recientes, y que vivían, los primeros en Hamadán, y los últimos en Yazd, quedaron inmunes a los asaltos del enemigo cuya furia se exasperaba ante las muestras de la penetración lograda por la luz de la Fe en sectores que complacientemente se imaginaban fuera de su alcance. Incluso en la ciudad de ‘Ishqábád, la comunidad shí’í recientemente establecida, envidiosa del prestigio en alza de los creyentes en Bahá’u’lláh que vivían entre ellos, instigaron a dos rufianes a que asaltaran a . ájí Mu ammad-i-Ri áy-i-I fáhání, de setenta . . .

Hhdsaños de edad, a quien, en plena luz del día y en medio del bazar, apuñalaron no menos de treinta y tres veces, desviscerándole el hígado, lacerando su estómago y abriéndole el pecho. Después de una prolongada investigación, un tribunal militar enviado por el Zar a ‘Ishqábád determinó la culpa de los shí’íes, sentenció a dos de ellos a muerte y desterrando a otros seis, sentencia que ni siquiera Ná iri’d-Dín s. Sháh ni los ‘ulamás de Teherán, Ma shhad o Tabríz, que apelaron la decisión, pudieron mitigar, pero sí los representantes de la comunidad afectada, quienes mediante una intercesión magnánima, que sorprendió gratamente a las autoridades rusas, lograron conmutarla por un castigo más benigno.

Tales son algunos de los ejemplos característicos del trato dispensado por los adversarios de la Fe a la comunidad recién resurgida de los seguidores durante el periodo de destierro de Bahá’u’lláh a ‘Akká, tratamiento del que puede afirmarse que en verdad daba fe respectivamente de «la insensibilidad del bruto y de la industriosidad del enemigo».

La «imposición y torturas apabullantes», que siguieron al atentado contra Ná iri’d-Dín s. Sháh, en palabras nada menos que del destacado observador lord Curzon de Kedleston, habían impartido a la Fe «una vitalidad que ningún otro impulso podría haber asegurado». Este recrudecimiento de la persecución, este nuevo derramamiento de sangre mártir, sirvió para avivar más las raíces que aquel santo Retoño había echado en su tierra nativa. Indiferente a la política de sangre y fuego que perseguía su aniquilación, impávida ante los funestos golpes que arreciaban sobre su Guía, tan apartado de su seno, sin envilecerse ante los actos sediciosos y nauseabundos perpetrados por el archiviolador de la Alianza del Báb, los seguidores de Bahá’u’lláh se multiplicaban y revivían en silencio la fuerza necesaria que les permitiría, en una etapa posterior, erguir la cabeza en libertad y urdir el tejido de sus instituciones.

Poco después de la visita que realizó en otoño de 1889, lord Curzon de Kedleston escribió, en el curso de referencias destinadas a despejar la «gran confusión» y «error» prevaleciente «entre los escritores europeos y especialmente los ingleses» con relación a la Fe, que «se cree que los bahá’ís comprenden diecinueve veinteavas partes del credo bábí». El conde de Gobineau, escribiendo ya en la temprana fecha de 1865, dio el testimonio siguiente: «Es opinión generalizada que los babíes se han expandido entre todas las clases de la población y entre todos los creyentes de Persia, salvo los nusayríes y los cristianos; pero sobre todo son las clases esclarecidas, los hombres que practican las ciencias del país, a las que se presenta como más sospechosas. Se piensa, y con razón, que parecen ser babíes numerosos mullás, y entre éstos un grupo nutrido de mujtahides, funcionarios de alto rango y hombres que ocupan en la corte funciones importantes y que están bastante próximos a la persona del Rey. De acuerdo con un cálculo realizado recientemente, habría en Teherán cinco mil tales creyentes de entre una población poco más o menos de ochenta mil almas». Además: «[...] El bábismo ha desarrollado un influjo considerable sobre la inteligencia de la nación persa, y, extendiéndose hasta expandirse más allá de los límites del territorio, se ha desbordado hasta el balato de Bagdad, llegando incluso a la India». Y de nuevo: «[...] Un movimiento religioso tan singular que ha preocupado tan vivamente en la actualidad al Asia central, es decir a Persia, algunos puntos de la India y una parte de la Turquía asiática, hasta los alrededores de Bagdad, siendo un movimiento notable y digno de ser estudiado en todos los sentidos, permite asistir al desarrollo de hechos, manifestaciones y catástrofes a los que no se está acostumbrado, por otra parte, a imaginar si no es con relación a los tiempos pretéritos en que se gestaron las grandes religiones».

Sin embargo, los cambios –ha escrito lord Curzon–, aludiendo a la Declaración de la Misión de Bahá’u’lláh y a la rebelión de Mírzá Ya h. yá, «no parecen haber impedido, sino que al contrario parecen haber estimulado, su propaganda, la cual ha progresado con rapidez inexplicable para quienes sólo ven en él una forma cruda de fermento político o incluso metafísico. Los cálculos más modestos sitúan el número actual de babíes de Persia en medio millón. Estoy dispuesto a pensar, por conversaciones con personas bien situadas para juzgar, que el total se acerca al millón». Se los encontrará, añade, «en todas las clases, desde los ministros y nobles de la corte al carroñero o barrendero, e incluso, y no es lo de menos, en las propias filas del sacerdocio musulmán». «Del hecho de que el bábismo se encontrase en sus primeros años en pugna con los poderes civiles, y de que los babíes protagonizasen un atentado contra la vida del Sháh se ha inferido erróneamente que el movimiento tenía orígenes políticos y un carácter nihilista. En la actualidad, los babíes son tan leales como los demás súbditos de la Corona. Tampoco parece haber mayor justicia en las acusaciones de socialismo, comunismo e inmoralidad que tan libremente se vuelcan contra esta joven confesión [...] El único comunismo conocido y recomendado por él fue el del Nuevo testamento y el de la primitiva Iglesia cristiana, consistente en poner en común los bienes entre los miembros de la Fe, ejercitar la limosna y una caridad amplia. La acusación de inmoralidad parece deberse en parte a las arteras invenciones de sus contrincantes, y en parte a la mayor libertad reclamada para las mujeres por el Báb, lo que para la conciencia oriental parece apenas disociable de una conducta libertina [...]». Y por último, el siguiente pronóstico surgido de la misma pluma: «Si el bábismo continúa creciendo a su ritmo de progreso actual, es concebible que llegue una hora en que desaloje a la fe musulmana de Persia. Esto, creo, sería improbable que suceda de haber aparecido enarbolando la bandera de un credo hostil. Pero dado que sus reclutas pertenecen a los mejores soldados de la guarnición atacada, hay grandes razones para creer que al final prevalecerá».

El encarcelamiento de Bahá’u’lláh en la fortaleza prisión de ‘Akká, las numerosas tribulaciones que soportó, la prolongada prueba a la que se vio sometida la comunidad de Sus seguidores de Persia, no detuvieron, ni podían impedir siquiera, en la menor medida, el poderoso torrente de la Revelación divina, el cual, sin interrupción, ha estado fluyendo de Su pluma, y del que dependía la orientación futura, la integridad, la expansión y la consolidación de Su Fe. En efecto, Sus escritos de los años de confinamiento en la Más Grande Prisión, superaron por volumen y alcances las efusiones liberadas por Su pluma ya en Adrianópolis o en Bagdad. Más notable que la radical transformación operada en las circunstancias de Su propia vida en ‘Akká, más trascendental por sus consecuencias espirituales que la campaña de represión tan implacablemente lanzada contra los enemigos de la Fe en la tierra de Su nacimiento, esta difusión sin precedentes de la gama de Sus escritos, ocurrida durante Su exilio en aquella Prisión, debe figurar como una de las etapas más fértiles y revitalizadoras de la evolución de Su Fe.

Los vientos tempestuosos que barrieron la Fe durante los inicios de Su ministerio y la gélida desolación que marcó los comienzos de Su profética carrera, poco después del destierro fuera de Teherán, dieron paso durante la última época de Su estancia en Bagdad a lo que cabe describir como los años invernales de Su Misión, años que atestiguaron la eclosión de la actividad visible de las fuerzas inherentes a la Semilla divina, la cual había quedado durmiente desde la trágica desaparición de Su Precursor. Con Su llegada a Adrianópolis y la proclamación de Su Misión, el orbe de la Revelación se alzó, cabe expresarlo así, hasta su cenit, y brilló, como atestiguan el estilo y tono de Sus escritos, en la plenitud de su gloria canicular. El periodo de encarcelamiento en ‘Akká aparejó la fructificación de un proceso de lenta maduración, y fue un periodo durante el cual se recolectaron los frutos más escogidos de aquella misión.

Los escritos revelados durante aquel periodo por Bahá’u’lláh, una vez pasada revista al amplio horizonte que abarcan, parecen distribuirse en tres categorías. La primera comprende aquellas obras que constituyen la secuela de la proclamación de Su Misión en Adrianópolis. La segunda incluye las leyes y disposiciones de Su Dispensación, las cuales, en su mayor parte, han quedado registradas en el Kitáb-i-Aqdas, Su Libro Más Sagrado. En la tercera categoría cabe situar aquellas Tablas que en parte enuncian y en parte reafirman las doctrinas y los principios fundamentales que subyacen a dicha Dispensación.

La Proclamación de Su Misión había estado dirigida en particular, tal como ya se ha indicado, a los reyes de la tierra, los cuales, en virtud del poder y autoridad que ostentaban, estaban investidos de una responsabilidad singular e ineludible para con los destinos de sus súbditos. Fue a estos reyes, así como a los dirigentes religiosos del mundo, que ejercían una influencia no menos omnímoda sobre la masa de sus seguidores, a quienes dirigió el Prisionero de ‘Akká Sus llamamientos, avisos y exhortaciones durante los primeros años de encarcelamiento en aquella ciudad. «A Nuestra llegada a esta Prisión»,

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afirma, «nos propusimos transmitir a los Reyes los mensajes de su Señor, el Poderoso, el muy Alabado. Aunque, en varias Tablas, les hemos hecho llegar lo que se Nos ordenó, no obstante volvemos a hacerlo en señal de la gracia de Dios».

A los reyes de la tierra, tanto de Oriente como de Occidente, cristianos o musulmanes, quienes ya habían sido advertidos y avisados colectivamente en el Súriy-i-Múlúk revelado en Adrianópolis, y que habían sido emplazados vehementemente por el Báb, en el capítulo inicial del Qayyúmu’l-Asmá’, la misma noche de la Declaración de Su Misión, dirigió Bahá’u’lláh, durante los días aciagos de confinamiento en ‘Akká, algunos de los pasajes más nobles de Su Libro Más Sagrado. En dichos pasajes les emplaza a aferrarse a la «Más Grande Ley»; proclamaba ser el «Rey de Reyes» y «el Deseo de Todas las Naciones»; declara que ellos son «vasallos» Suyos y «emblemas de Su soberanía»; niega abrigar cualquier intención de poner mano sobre sus reinos; les ordena que abandonen los palacios y que se apresuren a ganar la entrada en Su Reino; ensalza al Rey que llegue a auxiliar Su Causa declarándolo «el ojo mismo de la humanidad»; y, por último, los acusa por los hechos que Le habían sobrevenido de Su parte.

En Su Tabla a la reina Victoria, invita, por otra parte, a estos reyes a aferrarse a la «Paz Menor», puesto que han rechazado «la Más Grande Paz»; los exhorta a reconciliarse, a unirse y reducir sus armamentos; les ordena que se abstengan de colocar excesivas cargas sobre sus súbditos, quienes, les informa, son sus «tutelados» y «tesoros»; enuncia el principio según el cual si alguno de ellos se alzara en armas contra otro, todos deberían alzarse contra él; y les previene de que no Le traten a Él tal como el «Rey del islam» y sus ministros Le han tratado.

Al emperador de los franceses, Napoleón III, el monarca occidental más destacado e influyente de la época, a quien designara «jefe de los Soberanos», y quien, por citar Sus palabras, había «arrojado tras de sí» la Tabla revelada para él en Adrianópolis, Él, siendo prisionero de los cuarteles del ejército, le dirigió una segunda Tabla que le hizo llegar por medio del agente francés de ‘Akká. En ella anuncia la llegada de «Aquel que es el Irrestringido», Cuyo propósito es «reanimar el mundo» y unir sus pueblos; afirma inequívocamente que Jesucristo es el Heraldo de Su Misión; proclama la caída de las «estrellas del firmamento del conocimiento», quienes se han apartado de Él; pone de manifiesto la insinceridad del Monarca; y profetiza claramente que su rei-no «caerá en la confusión», que su «imperio escapará» a sus manos y que «las conmociones harán presa de todo el pueblo de aquella tierra», a menos que se levante para socorrer la Causa de Dios y Le siga a Aquel que es Su Espíritu.

En pasajes memorables dirigidos a los «Gobernantes de América y a los Presidentes de la República», Él, en Su Kitáb-i-Aqdas, los llama a que «adornen el templo del dominio con el armamento de la justicia y del temor de Dios, y su cabeza con la corona del recuerdo» de su Señor; declara que «el Prometido» ha sido hecho manifiesto; les aconseja que se beneficien del «Día de Dios»; y les ordena que venden «con la mano de la justicia las manos del quebrantado» y «aplasten» al «opresor» con «la vara de los mandamientos de su Señor, el que Ordena, el Sapientísimo».

Siendo prisionero de aquellos cuarteles dirigió una epístola a Alejandro II Nicolaevitch, el todopoderoso zar de Rusia, en la que le anunciaba el advenimiento del Padre prometido, Quien «había sido ensalzado por la lengua de Isaías» y «con Cuyo nombre tanto la Torah como el Evangelio fueron adornados»; le ordena que se «alce [...] y convoque a las naciones a Dios»; le previene que esté precavido, no sea que su soberanía le sea retirada por «Aquel que es el Soberano Supremo»; reconoce la ayuda que le fue extendida por su Embajador en Teherán; y le previene de que no abandone la condición que Dios ha destinado para él.

Durante ese mismo periodo, Él dirigió una Epístola a la reina Victoria, en que la emplaza a prestar oído a la voz de su Señor, el Señor de toda la humanidad; le ordena «que abandone todo lo que hay en la tierra», y que levante su corazón hacia el Señor, el Antiguo de los Días; afirma que «todo lo que ha sido mencionado en el Evangelio se ha cumplido»; le asegura que Dios la recompensará por haber «prohibido la

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trata de esclavos», caso de seguir lo que le había sido revelado por Él; la elogia por haber «confiado las riendas del consejo en manos de los representantes del pueblo»; a quienes exhorta a «considerarse los representantes de todos los que moran en la tierra» y a juzgar entre los hombres con «justicia pura».

En un célebre pasaje dirigido a Guillermo I, rey de Prusia y recién aclamado emperador de una Alemania unificada, Él, en Su Kitáb-i-Aqdas, ordena al Soberano que escuche Su Voz, la Voz de Dios mismo; le previene que preste oído, no sea que el orgullo le prive de reconocer al «Alba de la Revelación divina», y le emplaza a que «recuerde a aquél (Napoleón III) cuyo poder trascendía» su poder, quien «cayó postrado en el polvo con gran pérdida». Además, en ese mismo Libro, lanza un apóstrofe a las «riberas del Rin», dice que las «espadas de la venganza» serán desenvainadas contra ellos y que «los lamentos de Berlín» habrán de alzarse, aunque en esa época esté en «conspicua gloria».

En otro pasaje notable del mismo Libro, dirigido a Francisco José, emperador austriaco y heredero del Sacro Imperio Romano, Bahá’u’lláh reprueba al Soberano por haber descuidado indagar sobre Él en el curso de su peregrinación a Jerusalén; pone a Dios por testigo de que lo ha encontrado «aferrado a la Rama sin atender a la Raíz», Se apena al observar su extravío y le ordena que abra los ojos y contemple «la Luz que brilla por encima de este luminoso Horizonte».

A ‘Álí Pá shá, el gran Visir del Sultán de Turquía, le dirige poco después de Su llegada a ‘Akká una segunda Tabla en la que le censura por su crueldad, «la cual ha hecho que el cielo arda en llamas y el Espíritu se lamente»; refiere sus actos de opresión; le condena como a quien, desde tiempo inmemorial, ha denunciado a los Profetas como a facinerosos; profetiza su caída; Se extiende sobre Sus propios sufrimientos y los de Sus compañeros de exilio; ensalza la fortaleza y desprendimiento de éstos; predice que la «ira colérica» de Dios hará presa de él y su Gobierno, que la «sedición se agita» entre ellos y que sus «dominios quedarán perturbados»; afirma que si él despertase, aban

donaría todas sus posesiones y «escogería morar en una de las habitaciones ruinosas de esta Más Grande Prisión». En la Law -i-Fu’ád, en el cur-

h.

so de Su referencia a la muerte prematura del Ministro de Asuntos Exteriores del Sultán, Fu’ád Páshá, confirma Su anterior predicción: «Pronto prescindiremos de aquel (‘Álí Pá shá) y quien era como él y prenderá

a su Jefe (el sultán ‘Abdu’l-‘Azíz) quien gobierna el país, y yo, en verdad, soy el Todopoderoso, el Imponente».

No menos enfáticos y preclaros son los mensajes, algunos encarnados en Tablas específicas, otros dispersos a través de Sus escritos, que dirigiera Bahá’u’lláh a los dirigentes eclesiásticos del mundo pertenecientes a todas las denominaciones; mensajes en los que divulga, claramente y sin reservas, los títulos de Su Revelación, los emplaza a que atiendan a Su llamada y denuncia, en ciertos casos específicos, la perversidad, arrogancia y tiranía extremas de éstos.

En algunos pasajes inmortales de Su Kitáb-i-Aqdas y otras Tablas encarece a la compañía entera de los dirigentes eclesiásticos a que «teman a Dios», a que «refrenen» sus plumas, «arrumben sus vanas fantasías e imaginaciones y se dirijan entonces hacia el Horizonte de la Certeza»; les previene que «no sopesen el Libro de Dios (Kitáb-i-Aqdas) con las pautas y criterios que se estilen» entre ellos; designa ese mismo Libro como «la Balanza infalible establecida entre los hombres»; Se lamenta sobre su ceguera y extravío; reafirma Su superioridad de visión, percepción, verbo y sabiduría; proclama Su conocimiento innato y otorgado por Dios; les advierte que no «aparten al pueblo con otro velo más», después de que Él mismo ha «desgarrado los velos»; les acusa de haber sido «la causa del repudio de la Fe en sus primeros días» y les con-jura a que «lean con equidad y justicia lo que ha sido enviado» por Él y que «no anulen la Verdad» con las cosas que poseen.

Al papa Pío IX, el cabeza incontestable de la Iglesia más poderosa de la cristiandad, dueño de autoridad temporal y espiritual, Él, un prisionero alojado en los cuarteles del ejército de la colonia penal de ‘Akká, dirigió una Epístola sumamente poderosa, en la que anuncia que «Aquel que es el Señor de los Señores ha venido entre las nubes» y que «la Palabra que el Hijo ha ocultado se ha hecho manifiesta». Además, le advierte que no discuta con Él, tal como los fariseos de antaño disputaron con Jesucristo; le señala que abandone sus palacios a quienes los deseen, «venda todos los ornamentos embellecidos» en su poder, que «los gaste en el sendero de Dios», abandone su reino a los reyes, «se alce [...] entre los pueblos de la tierra» y los emplace a su vez. Considerándolo como uno de los soles del cielo de los nombres de Dios, le advierte que se guarde de que «la oscuridad extienda sus velos» sobre él; lo emplaza a que «exhorte a los Reyes» a «tratar equitativamente a los hombres»; y le aconseja andar tras los pasos de su Señor y seguir Su ejemplo.

A los patriarcas de la Iglesia cristiana les dirigió un llamamiento específico en el que proclama la venida del Prometido; les exhorta a que «teman a Dios» y no sigan «las vanas imaginaciones de los supersticiosos» y los invita a que abandonen las cosas que poseen y «se aferren a la Tabla de Dios por Su poder soberano». De forma análoga, a los arzobispos de dicha Iglesia declara que «ha aparecido Quien es el Señor de todos los hombres», que se «cuentan entre los muertos» y que grande es la bendición de quien «se agita por la brisa de Dios, y se alza de entre los muertos por este Nombre diáfano». En pasajes dirigidos a sus obispos proclama que «el Padre Sempiterno llama en alto entre la tierra y el cielo», declara que son las estrellas caídas del cielo de Su conocimiento y afirma que Su cuerpo «anhela la Cruz» y que Su cabeza está «deseosa de lanza en el sendero del Todomisericordioso». Al conjunto de los sacerdotes cristianos les indica que «dejen las campanas» y salgan de sus iglesias; les exhorta a que «proclamen en voz alta el Más Grande Nombre entre las naciones»; les asegura que a quienquiera que emplace a los hombres en Su Nombre «le mostrará lo que está más allá del poder de todo lo que hay en la tierra»; les advierte que «ha aparecido el Día de la Rendición de Cuentas» y les aconseja que dirijan sus corazones a su «Señor, el perdonador, el Generoso». En numerosos pasajes dirigidos al «concurso de los monjes» les indica que no se recluyan en iglesias o claustros, sino que se ocupen de lo que beneficiará sus almas y las almas de los hombres; les conmina a que contraigan matrimonio y afirma que, si escogiesen seguirle, Él les haría herederos de Su Reino y que, si transgredieran contra Él, en Su gran paciencia, lo soportaría resignadamente.

Y finalmente, en varios pasajes dirigidos al cuerpo entero de los seguidores de Jesucristo Se identifica con el «Padre», del que ha hablado Isaías, con el «Confortador» Cuyo Convenio Aquel que es el Espíritu (Jesús) había establecido en persona y con el «Espíritu de la Verdad», el cual les guiará «a toda verdad»; proclama que Su Día es el Día de Dios; anuncia la conjunción del río Jordán con el «Más Grande Océano»; confirma la negligencia de ésta así como Su propio derecho a haber abierto ante ellos «los portales del reino»; afirma que el «Templo» prometido ha sido erigido «con las manos de la voluntad» de su Señor, el Potente, el Munífico; les emplaza a que «rasguen los velos», y entren, en Su Nombre, en Su Reino; recuerda el dicho de Jesús pronunciado ante Pedro; y les asegura que, si escogen seguirle, los convertirá en «vivificadores de la humanidad».

Al cuerpo entero de los eclesiásticos musulmanes, Bahá’u’lláh les dedicó de forma específica innumerables pasajes de Sus Libros y Tablas donde, con lenguaje vehemente, denuncia su crueldad; condena su orgullo y arrogancia; les insta a que abandonen las cosas que poseen, guarden silencio y presten oído a las palabras que ha hablado; y afirma que, por causa de sus obras, «la elevada condición del pueblo se ha visto rebajada, la enseña del islam ha sido arriada y su trono poderoso ha caído». Al «conjunto de los sacerdotes persas» dirige más en particular Sus palabras condenatorias, en las que estigmatiza sus actos, profetiza que su «gloria se convertirá en la más desgraciada humillación» y que contemplarán el castigo que les será infligido, «tal como decretara Dios, el Ordenador, el Sapientísimo».

Al pueblo judío, además, le anuncia que ha llegado la Más Grande Ley; que «la Antigua Belleza gobierna sobre el trono de David», Quien grita en alto e invoca Su Nombre; que «desde Sión ha aparecido lo que estaba oculto» y que «desde Jerusalén se oye la Voz de Dios, el Único, el Incomparable, el Omnisciente».

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A los «sumos sacerdotes» de la fe zoroástrica, les proclama igualmente que Se ha hecho manifiesto «el Amigo Incomparable», que Él «habla aquello en lo que reside la salvación», que «la Mano de la Omnipotencia se estrecha desde por detrás de las nubes», que las muestras de Su majestad y grandeza están al descubierto; y declara que «ningún acto humano será aceptable en este día a menos que abandone a la humanidad y todo cuanto poseen, y pongan su rostro ante el Omnipotente».

Algunos de los pasajes más poderosos de Su Epístola a la reina Victoria están dirigidos a los miembros del legislativo británico, la Madre de los parlamentos, así como a los representantes elegidos de los pueblos de otros países. En ellos afirma que Su propósito es el de reavivar el mundo y unir a sus pueblos; Se refiere al tratamiento que Le dispensaron Sus enemigos; exhorta a los legisladores a que «resuelvan en consulta» y que se ocupen sólo «de aquello que aproveche a la humanidad» y afirma que el «remedio supremo» para la «curación del mundo entero» es la «unión de todos sus pueblos en una Causa universal, una Fe común», lo que «en modo alguno puede lograrse excepto mediante el poder de un Médico avezado, todopoderoso e inspirado». Además, en Su Libro Más Sagrado, conmina a que se elija un solo idioma y un sistema único de escritura de entre todos los de la tierra, mandato que si se llevara a efecto, según Él mismo afirma en tal libro, constituiría uno de los signos de la «llegada a la madurez de la raza humana».

No menos significativas son las palabras que dirige por separado al «pueblo del Bayán», a los sabios del mundo, a sus poetas, a sus hombres de letras, a sus místicos e incluso comerciantes, en las que les exhorta a que estén atentos a Su voz, a que reconozcan Su Día y a que sigan Su mandato.

Tales son, pues, los rasgos destacados de los pronunciamientos finales de esa histórica Proclamación, cuyas notas iniciales resonaron durante la última etapa del destierro de Bahá’u’lláh en Adrianópolis y concluyeron durante los primeros años de Su encarcelamiento en la fortaleza prisión de ‘Akká. Los reyes y emperadores, a título individual o colectivo; los principales magistrados de las repúblicas del continente americano; los ministros y embajadores; el Soberano Pontífice mismo; el Vicario del Profeta del islam; el Fiduciario del Reino del Imam oculto; los monarcas de la cristiandad, sus patriarcas, arzobispos, obispos, sacerdotes y monjes; los adalides reconocidos de los estamentos sacerdotales sunní y shí’í; los sumos sacerdotes de la religión zoroástrica; los filósofos, los dirigentes eclesiásticos, los sabios y los habitantes de Constantinopla; la sede arrogante tanto del sultana-to como del califato; la compañía entera de los seguidores profesos de los credos zoroástrico, judío, cristiano y musulmán; el pueblo del Bayán; los sabios del mundo, sus hombres de letras, poetas, místicos, comerciantes, los representantes elegidos de sus pueblos; Sus propios compatriotas; todos, en un momento u otro, mediante libros, Epístolas y Tablas, fueron los destinatarios de las exhortaciones, avisos, llamamientos, declaraciones y profecías que constituyen el tema del emplazamiento trascendental que dedicara a los dirigentes de la humanidad, un emplazamiento que carece de paralelo en los anales de toda religión previa, y con el que sólo guardan un vago parecido los mensajes dirigidos por el Profeta del islam a algunos de los gobernantes de entre Sus contemporáneos.

«Nunca desde el comienzo del mundo», afirma el propiio Bahá’u’lláh, «se había proclamado el Mensaje tan abiertamente». «Cada una de ellas», ha escrito refiriéndose específicamente a las Tablas dirigidas por Él a los soberanos de la tierra, Tablas aclamadas por ‘Abdu’l-Bahá como un «milagro», «ha sido designada por un nombre especial. La primera, “El Rumor”, la segunda “El Golpe”, la tercera “La Inevitable”, la cuarta “La Llanura”, la quinta “La Catástrofe”, y las otras “El Trompetazo Aturdidor”, “El Acontecimiento Cercano”, “El Gran Terror”, “La Trompeta”, “La Tuba”, y por el estilo, de modo que todos los pueblos de la tierra puedan saber, con certeza, y presenciar, con sus ojos externos e internos, que Aquel que es el Señor de los Nombres ha prevalecido, y continuará prevaleciendo en toda condición, sobre todos los hombres». Además, ordenó la Tabla más importante de entre éstas, junto con el célebre Súriy-i-Haykal («el Sura del Templo»), fuera inscrita en forma de pentáculo, para significar el

templo humano, al que identificó, al dirigirse a los seguidores del Evangelio en una de Sus Tablas, como el «Templo» mencionado por el profeta Zacarías y designado como «el lugar de descenso resplandeciente del Todomisericordioso» y que «las manos del poder de Aquel que es el Causante de las Causas» ha edificado.

A pesar del carácter singular y extraordinario que tuvo tal Proclamación, no fue sino el preludio de una revelación aún más potente del poder creador de su Autor, y de lo que bien puede figurar como el hecho más notable de Su ministerio: la promulgación del Kitáb-i-Aqdas. Mencionado en el Kitáb-i-Íqán, el Aqdas, repositorio principal de aquella Ley que había previsto el profeta Isaías, y que el autor del Apocalipsis había descrito como el «cielo nuevo» y la «tierra nueva», el «Tabernáculo de Dios», la «Ciudad Santa», la «Novia», la «Nueva Jerusalén que desciende de Dios», este «Libro Más Sagrado», cuyas disposiciones deben permanecer inviolables al menos mil años, y cuyo sistema abarcará todo el planeta, puede realmente considerarse la emanación más brillante de la mente de Bahá’u’lláh, el Libro Madre de Su Dispensación y la Carta de Su Nuevo Orden Mundial.

Revelado poco después de que Bahá’u’lláh fuese trasladado a la casa de ‘Údí Khammár (alrededor de 1873), en una época en la que aún Le asediaban las tribulaciones que con sus actos Le habían infligido Sus enemigos y los supuestos seguidores de Su Fe, el Libro, ese tesoro que encierra las inestimables gemas de Su Revelación, descuella único e incomparable entre las Sagradas Escrituras del mundo, en virtud de los principios que inculca, las instituciones administrativas que establece y la función con que inviste al designado Sucesor de su Autor. Pues, a diferencia del Antiguo Testamento y de los libros sagrados que lo precedieron, en los que no constan los preceptos expresos del Profeta mismo; a diferencia de los Evangelios, en que las escasas declaraciones atribuidas a Jesucristo no ofrecen una guía clara sobre la futura administración de los asuntos de Su Fe; incluso a diferencia del Corán que, a pesar de ser explícito en las leyes y disposiciones formuladas por el Apóstol de Dios, no se define sobre el importantísimo tema de la sucesión, el Kitáb-i-Aqdas, revelado de principio a fin por el Autor mismo de la Dispensación, no sólo preserva para la posteridad las leyes y disposiciones fundamentales sobre las que ha de reposar la estructura de Su futuro Orden Mundial, sino que, además de la función de interpretación que confiere a Su Sucesor, establece las instituciones necesarias y únicas garantes de que son lo único que puede resguardar la integridad y la unidad de Su Fe.

En esta Carta de la civilización mundial del futuro, su Autor –Juez al tiempo que Legislador, Unificador y Redentor de la humanidad– anuncia a los reyes de la tierra la promulgación de la «Ley Suprema»; los declara Sus vasallos; Se proclama a Sí mismo el «Rey de Reyes»; niega toda intención de apoderarse de sus reinos; Se reserva el derecho de «cautivar y poseer los corazones de los hombres»; advierte a los dirigentes eclesiásticos del mundo que no pesen el «Libro de Dios» con las normas corrientes entre ellos; y afirma que el Libro mismo es la «Balanza Infalible» establecida entre los hombres. En él define formalmente la institución de la «Casa de Justicia», explicita sus funciones, fija sus ingresos y denomina a sus miembros los «Hombres de Justicia», los «Representantes de Dios», los «Fiduciarios del Todomisericordioso»; alude al futuro Centro de Su Alianza, invistiéndole con el derecho de interpretar Sus sagradas Escrituras; prevé de forma implícita la institución de la Guardianía; da testimonio del efecto revolucionario de Su Orden Mundial; enuncia la doctrina de la «Más Grande Infalibilidad» de la Manifestación de Dios; asevera que esta infalibilidad es el derecho exclusivo e inherente de los Profetas; y descarta la posibilidad de que aparezca otra Manifestación antes de que transcurran al menos mil años.

En dicho Libro prescribe, además, las oraciones obligatorias; señala la época y la duración del ayuno; prohíbe la oración obligato-ria colectiva, salvo para los muertos; fija la Alquibla; instituye el

H. uqúqu’lláh («Derecho de Dios»); formula la ley de la herencia;

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ordena la institución del Mashriqu’l-Adhkár; establece la Fiesta de Diecinueve Días, las festividades bahá’ís y los días intercalares; suprime la institución del sacerdocio; prohíbe la esclavitud, el ascetismo, la mendicidad, el monacato, la penitencia, el uso de púlpitos y el besamanos; ordena la monogamia; condena la crueldad para con los animales, la ociosidad y la pereza, la murmuración y la calumnia; censura el divorcio; proscribe los juegos de azar así como el consumo de opio, vino y otras bebidas embriagantes; especifica las penas por asesinato, incendio intencional, adulterio y robo; recalca la importancia del matrimonio y establece sus condiciones esenciales; impone la obligación de emplearse en un oficio o profesión, elevando tal ocupación al rango de culto; hace hincapié en la necesidad de proveer los medios para la educación de los niños; y asigna a toda persona el deber de redactar su testamento y de mostrar estricta obediencia al Gobierno.

Además de estas disposiciones, Bahá’u’lláh exhorta a Sus seguidores a asociarse en amistad y concordia, y sin discriminaciones, con los seguidores de todas las religiones; les advierte que se alejen del fanatismo, la sedición, el orgullo, las disputas y las contiendas; les inculca limpieza inmaculada, veracidad estricta, castidad sin mancha, honradez, hospitalidad, fidelidad, cortesía, paciencia, justicia y equidad; les aconseja que sean «como los dedos de una sola mano y los miembros de un solo cuerpo»; los insta a servir a Su Causa; y les garantiza Su ayuda incuestionable. Además, Se extiende sobre la inestabilidad de los asuntos humanos; declara que la verdadera libertad consiste en la sumisión del hombre a Sus mandamientos; les previene contra la lenidad en el cumplimiento de Sus decretos; y ordena los dos deberes inseparables de reconocer a la «Aurora de la Revelación de Dios» y de observar todas las disposiciones reveladas por Él, dos deberes que, según afirma Él, no son aceptables el uno sin el otro.

El significativo llamamiento dirigido a los presidentes de las repúblicas del continente americano por el que les insta a aprovechar su oportunidad en el Día de Dios y a defender la causa de la justicia; la orden dada a los miembros de los parlamentos de todo el mundo, por la que se les apremia a adoptar una escritura y un idioma universales; Sus advertencias a Guillermo I, el vencedor de Napoleón III; la amonestación que dirige a Francisco José, el emperador de Austria; Su referencia a «las lamentaciones de Berlín» en Su apóstrofe dirigido a «las riberas del Rin»; Su reprobación del «trono de la tiranía» establecido en Constantinopla y la predicción sobre las tribulaciones que habrían de acaecer a sus habitantes y sobre la extinción de su «esplendor aparente»; las palabras de ánimo y consuelo que dirige a Su ciudad natal, en las que asegura que Dios la había elegido para ser «la fuente de alegría para toda la humanidad»; Su profecía de que se ha de alzar «la voz de los héroes de Khurásán» en glorificación de su Señor; Su aseveración de que en Kirmán se han de levantar hombres «dotados de gran valentía» que han de hacer mención de Él; y, finalmente, Su magnánima promesa, hecha a un hermano pérfido que tantas angustias Le había causado, de que un Dios «siempre perdonador y munífico» le perdonaría sus iniquidades con sólo arrepentirse: todo ello enriquece aún más el contenido de un Libro designado por su Autor como «la Fuente de la verdadera felicidad», «la Balanza Infalible», el «Sendero Recto» y el «vivificador del género humano».

Bahá’u’lláh, además, ha caracterizado expresamente las leyes y disposiciones que constituyen el tema principal de este Libro como «el hálito de la vida para todas las cosas creadas», «la mayor fortaleza», los «frutos» de Su «Árbol», «el mejor medio para el mantenimiento del orden en el mundo y la seguridad de sus pueblos», «las lámparas de Su sabiduría y amorosa providencia», «el fragante aroma de Su vestidura», y las «llaves» de Su «misericordia» para Sus criaturas. «Este Libro», Él mismo declara, «es un cielo que hemos adornado con las estrellas de Nuestros mandamientos y prohibiciones». Afirma además: «Bienaventurado el que lo lea y medite sobre los versículos enviados en él por Dios, el Señor del Poder, el Omnipotente. Di: ¡Oh hombres! Recibidlo con la mano de la resignación [...]. ¡Por Mi vida! Ha sido enviado de una manera que asombra a la conciencia de los hombres. Verdaderamente, es Mi testimonio de mayor peso para todos los

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pueblos y la prueba del Todomisericordioso para todos los que están en el cielo y todos los que están en la tierra». Y en otro lugar asevera: «Bienaventurado el paladar que saborea su dulzura, y el ojo perspicaz que reconoce lo que se atesora en él, y el corazón comprensivo que entiende sus alusiones y misterios. ¡Por Dios! Tal es la majestad de lo que en él ha sido revelado y tan asombrosa la revelación de sus alusiones ocultas, que el tronco de la expresión tiembla cuando intenta describirlas». Y finalmente: «El Kitáb-i-Aqdas ha sido revelado de manera tal que atrae y abarca todas las Dispensaciones divinamente designadas. ¡Bienaventurados los que lo leen! ¡Bienaventurados los que lo comprenden! ¡Bienaventurados los que meditan sobre él! ¡Bienaventurados los que ponderan su significado! Tan enorme es su alcance, que ha abarcado a todos los hombres antes de que lo hayan reconocido. Pronto se manifestarán sobre la tierra su potencia soberana, su penetrante influencia y la grandeza de su poder».

Conforme Su Misión tocaba a su fin, la formulación realizada por Bahá’u’lláh, en Su Kitáb-i-Aqdas, de las leyes fundamentales de Su Dispensación, fue seguida por el enunciado de ciertos preceptos y principios que subyacen a la médula misma de Su Fe, por la reafirmación de las verdades que había proclamado previamente, por la elaboración y elucidación de algunas de las leyes que ya había establecido, por la revelación de nuevas profecías y avisos, y por el establecimiento de disposiciones subsidiarias destinadas a complementar las ya contenidas en Su Libro Más Sagrado. Todo ello quedó consignando en innumerables Tablas, que continuó revelando hasta los últimos días de Su vida terrenal, de entre las cuales las más destacadas son I shráqát («Esplendores»), Bishárát («Buenas Nuevas»), T.arázát («Ornamentos»), Tajallíyát («Efulgencias»), Kalimát-i-Firdawsíyyih («Palabras del Paraíso»), Law -i-Aqdas («La Más Sagra

h.

da Tabla»), Law -i-Dunyá («Tabla del Mundo»), Law -i-Maqsúd

h.

h. («Tabla a Maqsúd»). Dichas Tablas, efusiones poderosas y definitivas de Su pluma incansable, deben figurar entre los frutos más gra

nados de Su mente, y marcan la consumación de Su ministerio de cuarenta años.

De entre los principios atesorados en esas Tablas, el más vital de todos es el principio de la unidad e integridad de la raza humana, el cual bien puede considerarse el sello de la Revelación de Bahá’u’lláh y el eje de Sus enseñanzas. Tal es la importancia cardinal de este principio de la unidad, al que se hace referencia expresa en el Libro de Su Alianza, y lo proclama sin reservas como el propósito central de Su Fe. «Nosotros, en verdad», declara, «hemos venido para unir y fundir a cuantos moran en la tierra». «Tan potente es la luz de la unidad», declara además, «que puede iluminar la tierra entera». «En cierta época», ha escrito con referencia al tema central de Su Revelación, «hablamos con el lenguaje del legislador; en otra con el del verdadero buscador y el místico, y en otra Nuestro propósito supremo y Nuestro mayor deseo ha sido siempre el de dar a conocer la gloria y dignidad de esta condición». La unidad, afirma Él, es la meta que «supera a toda meta» y una aspiración que es «la reina de todas las aspiraciones» «El mundo», proclama, «es un solo país y la humanidad sus ciudadanos». Además, afirma que la unificación de la humanidad, la última etapa en la evolución de la humanidad hacia la madurez, resulta inevitable, que «pronto el orden actual será enrollado y uno nuevo desplegado en su lugar», que «la tierra entera se halla en estado de parto», que «los días se acercan en que habrá arrojado sus más nobles frutos, cuando de ella brotarán los árboles más exaltados, los frutos y pimpollos más encantadores, las bendiciones más celestiales». Deplora lo defectuoso del orden vigente, pone de manifiesto lo inadecuado del nacionalismo como fuerza rectora y controlada de la sociedad humana, y considera el «amor hacia la humanidad» y el servicio a sus intereses como los objetivos más dignos y laudables del esfuerzo humano. Lamenta, además, que «la vitalidad de la creencia de los hombres en Dios está agotándose en todos los países», que el «rostro del mundo» se vuelve hacia «el extravío y el descreimiento»; proclama que la religión es «una luz radiante y una fortaleza inexpugnable para la protección y bienestar de los pueblos del mundo» y «el instrumento principal para el establecimiento del orden en el mundo»; afirma que su propósito fundamental es la promoción de la unión y concordia entre los hom

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bres; previene que no se convierta en «una fuente de disensión, discordia y odio»; ordena que sus principios sean enseñados a los niños en las escuelas del mundo, de manera que no engendre prejuicios o fanatismos; atribuye «el extravío del impío» al «declive de la religión»; y predice «convulsiones» de tal gravedad como para «causar que tiemblen los miembros de la humanidad».

Recalca sin reservas el principio de seguridad colectiva, recomienda la reducción de los armamentos nacionales y proclama la necesidad e inevitabilidad de que se convoque una reunión mundial en la que los reyes y gobernantes de la tierra habrán de deliberar sobre el establecimiento de la paz entre las naciones.

Ensalza la justicia como «la luz de los hombres» y su «guardián», como «la reveladora de los secretos del mundo del ser, y la portaestandarte del amor y munificencia»; declara que su brillo es incomparable; afirma que sobre ella debe basarse «la organización del mundo y la tranquilidad de la humanidad». Caracteriza sus «dos pilares» –«recompensa y castigo»– como «las fuentes de la vida» para la raza humana; avisa a las gentes del mundo que se afanen en anticipación de su llegada; y profetiza que, tras un intervalo de gran turbulencia y graves injusticias, podrá verse brillar su astro con esplendor y gloria meridiana.

Asimismo, Bahá’u’lláh inculca el principio de la «moderación en todas las cosas»; declara que cualquier cosa, sea «la libertad, la civilización y similares», «si rebasara los límites de la moderación», habrá de «ejercer una influencia perniciosa sobre los hombres»; observa que la civilización occidental ha perturbado y alarmado gravemente a los pueblos del mundo; y predice que se acerca el día en que la «llama» de una civilización «llevada al exceso» «devorará las ciudades».

Establece la consulta como uno de los principios fundamentales de Su Fe; la describe como «la lámpara de guía», como «conferidora de comprensión», y como una de las dos «luminarias» del «cielo de sabiduría divina». El conocimiento, afirma, es «alas para la vida del hombre y una escala para su ascenso»; considera que su adquisición es de la «incumbencia de todos»; juzga que las «artes, oficios y ciencias» conducen a la exaltación del mundo del ser; recomienda la riqueza lograda mediante los oficios y profesiones; reconoce la deuda de las gentes del mundo para con los científicos y artesanos; desalienta el estudio de ciencias de tal género que no aprovechen a los seres humanos y que «comienzan con palabras y terminan con palabras».

Recalca el emplazamiento a relacionarse «con todos los hombres en espíritu de amistad y camaradería», y reconoce que esa relación conduce a la «unión y concordia», las cuales –afirma Él– son las causantes del orden del mundo y las reanimadoras de las naciones. Reafirma repetidamente la necesidad de adoptar un idioma y sistema de escritura universales; deplora la pérdida de tiempo dedicada al estudio de diversos idiomas; afirma que con la adopción de tal idioma y sistema de escritura el conjunto de la humanidad será considerado como «una ciudad y un solo país»; y proclama estar poseído del conocimiento de ambos, y dispuesto a impartirlo a quienquiera que lo recabe de Él.

A los fiduciarios de la Casa de Justicia les asigna el deber de legislar sobre asuntos que no estén expresamente dispuestos en Sus escritos y promete que Dios «los inspirará con cuanto desee Él». Recomienda como logro meritorio el establecimiento de una forma constitucional de gobierno en la que se combinen los ideales del republicanismo y la majestad de la monarquía, caracterizada por Él como «uno de los signos de Dios»; insta a que se vele especialmente por los intereses de la agricultura; hace referencia expresa a «los periódicos de rápida aparición», descritos como «el espejo del mundo» y como «un fenómeno sorprendente y potente», y prescribe a todos los responsables de su producción el deber de santificarse de la malicia, pasión y prejuicio, que sean justos y equitativos, y que realicen sus pesquisas con el mayor miramiento y comprueben todos los hechos de cada caso.

Explica con mayor detalle la doctrina de la Más Grande Infalibilidad, reafirma la obligación impuesta a Sus seguidores de «comportarse para con el gobierno del país en que residan de forma leal, honrada y veraz»; recalca la prohibición impuesta contra la guerra santa y la destrucción de libros; y reserva un elogio especial para los hombres de

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conocimiento y sabiduría, a quienes ensalza como «los ojos» del cuerpo de la humanidad y como los «más grandes regalos» concebidos sobre el mundo.

Al pasar revista a los rasgos sobresalientes de los escritos de Bahá’u’lláh durante la última época de Su destierro en ‘Akká resulta obligada la referencia a la Lawh. -i-H. ikmat («Tabla de la Sabiduría»), en la que se exponen los fundamentos de la verdadera filosofía, o a la Tabla de Visitación, revelada en honor del Imam H. usayn, cuyas loas celebra con lenguaje vibrante; o a Preguntas y Respuestas, en la que se elucidan las leyes y disposiciones del Kitáb-i-Aqdas; o a la Lawh. -i-Burhán («Tabla de la Prueba») en la que se condenan acremente los

Sh Mu ammad-Báqir, de sobrenombre actos perpetrados por aykh h. Dhi’b («el Lobo»), y por Mír Mu ammad-h. H. usayn, el Imám-Jum‘ih de I fahán, de sobrenombre Raq shá («la Serpiente Hembra»); o a la

s. Law -i-Karmil («Tabla del Carmelo»), en la que el Autor hace men-

h. ción significativa de «la Ciudad de Dios que ha descendido del cielo», y profetiza que «en breve Dios hará zarpar Su Arca», sobre aquella mon

taña, y «manifestará al pueblo de Bahá». Finalmente, debe mencionarse Su Epístola dirigida a aykh h.

Sh Mu ammad-Taqí, conocido como Ibn-i-Dhi’b («Hijo del Lobo»), la última Tabla sobresaliente revelada por la pluma de Bahá’u’lláh, en la que emplaza a aquel sacerdote rapaz a arrepentirse de sus actos, cita algunos de los pasajes más característicos y célebres de Sus propios escritos y aduce pruebas que establecen la validez de Su Causa.

Con este libro, revelado cerca de un año antes de Su ascensión, vino prácticamente a concluir Su prodigioso logro como autor de cien volúmenes, repositorios de las perlas inestimables de Su Revelación, volúmenes llenos de exhortaciones incontables, principios revolucionarios, leyes y disposiciones capaces de modelar el mundo, avisos espantosos y profecías portentosas, junto con oraciones y meditaciones que elevan el alma, comentarios e interpretaciones luminosos, homilías y discursos apasionados, todo ello cuajado de acusaciones y referencias a reyes, emperadores o ministros, tanto de Oriente como de Occidente, a eclesiásticos de varias denominaciones y a adalides de los círculos intelectuales, políticos, literarios, místicos, mercantiles y humanitarios.

«Nosotros, en verdad», escribió Bahá’u’lláh, al repasar, ya en el oca-so de Su vida y desde Su Más Grande Prisión, la gama entera de esta Revelación vasta y poderosa, «no hemos faltado a Nuestro deber de exhortar a los hombres y de entregar aquello que Nos fue ordenado por Dios, el Todopoderoso, el Muy Alabado». «¿Tiene alguien excusa...», afirmó además, «...en esta Revelación? No, ¡por Dios, el Señor del Trono Poderoso! Mis signos han abarcado la tierra, y mi poder ha envuelto a toda la humanidad».

CAPÍTULO
XIII
LA ASCENSIÓN
DE BAHÁ’U’LLÁH
H

ABÍA transcurrido cerca de medio siglo desde el nacimiento de la Fe. Acunada en la adversidad, privada, en la infancia, de Su Heraldo y Guía, fue recogida del polvo, al que la había arrojado un déspota hostil, por su segundo y más grande Luminar, Quien, a pesar de los sucesivos destierros, había logrado en menos de medio siglo rehabilitar sus destinos, proclamando su Mensaje, promulgando sus leyes y disposiciones, formulando sus principios y dando carácter de ley a sus instituciones; y justo había comenzado a disfrutar del sol de una prosperidad nunca antes vista, cuando de repente la Mano del Destino le arrebató a su Autor; sus seguidores quedaron sumidos en la consternación y el pesar; sus repudiadores vieron revivir sus esperanzas marchitas; y sus adversarios, políticos así como eclesiásticos, comenzaron a cobrar resuello.

Nueve meses antes de Su ascensión, Bahá’u’lláh, tal como atestigua ‘Abdu’l-Bahá, había dado conocer Su deseo de partir de este mundo. A partir de aquella fecha se hizo cada vez más evidente, por el tono de las observaciones que comunicaba a quienes llegaban a Su presencia, que el cierre de Su vida terrenal se acercaba, aunque Se abstenía de mencionarlo abiertamente. La noche anterior al undécimo día de shavvál de 1309 d.h. (8 de mayo de 1892) contrajo una leve fiebre que, si bien subió al día siguiente, poco después remitió. Continuó concediendo entrevistas a ciertos amigos y peregrinos; pero pronto se hizo evidente que no se encontraba bien. Volvió la fiebre con intensidad más acusada, Su estado general empeoró de forma constante; a esto siguieron varias complicaciones, las cuales al final culminaron en Su ascensión, coincidiendo con el amanecer del segundo día de dh’il-qa‘dih de 1309 (29 de mayo de 1892), ocho horas después del ocaso, a la edad de setenta y cinco años. Su espíritu, finalmente liberado de los pesares de una vida colmada de tribulaciones, había elevado el vuelo a Sus «otros dominios», dominios «donde los ojos del pueblo de los nombres nunca han reparado», y al que la «Doncella Luminosa», «ataviada de blanco», Le había ordenado apresurarse, según describe Él mismo en la Law -i-Ru’yá («Tabla de la

h. Visión»), revelada diecinueve años antes, con motivo del aniversario del nacimiento de Su precursor. Seis días antes de fallecer, tendido en el lecho y apoyándose en uno de Sus hijos, convocó a Su presencia a la compañía entera de los creyentes, incluyendo varios peregrinos, quienes se habían reunido en la Mansión para lo que demostró ser su última audiencia ante Él. «Estoy complacido con todos vosotros», aseveró cortés y afectuosamente dirigiéndose a la sollozante multitud que Lo rodeaba. «Habéis prestado muchos servicios, y habéis sido muy asiduos en vuestras labores. Todas las mañanas y todas las tardes habéis venido aquí. Que Dios os ayude a permanecer unidos. Que Él os socorra para exaltar la Causa del Señor de la existencia.» Reunió a las mujeres, incluyendo los miembros de Su pro-pia familia, junto a Su lecho, dirigiéndoles palabras similares de ánimo, asegurándoles de forma definitiva, en un documento confiado por Él a la Más Grande Rama, que las encomendaba a todas a Su cuidado. La noticia de Su ascensión fue comunicada al instante al sultán

‘Abdu’l-H. amíd mediante un telegrama que comenzaba con las palabras «el Sol de Bahá se ha ocultado» y en el que se daba cuenta al Monarca de la intención de enterrar los restos mortales dentro de los recintos de la Mansión, medida a la que pronto concedió su asentimiento. De acuerdo con ello, Bahá’u’lláh fue enterrado en la habitación más septentrional de la casa, que servía de morada a Su yerno, la casa más septentrional de las tres que se situaban al oeste de la Mansión y contiguas a ésta. El entierro tuvo lugar poco después del ocaso, el mismo día de Su ascensión.

El inconsolable Nabíl, quien había tenido el privilegio de obtener una audiencia privada con Bahá’u’lláh durante los días de Su enfermedad; a quien ‘Abdu’l-Bahá había encargado que escogiera los pasajes que constituyen el texto de la Tabla de Visitación ahora recitada en la Más Sagrada Tumba; y quien, en su postración incontrolable, se ahogó en el océano poco después del fallecimiento de su Bienamado, describe así la agonía de aquellos días: «Diríase que la conmoción espiritual que se dejó sentir en el mundo de polvo causó que todos los mundos de Dios temblaran [...] mi lengua interior y exterior se ve impotente para retratar la condición en que nos hallábamos [...] En medio de la confusión reinante podía verse gimiendo a una multitud de habitantes de ‘Akká y de las aldeas vecinas; golpeaban sus cabezas y lloraban a viva voz su dolor ante la muchedumbre que atestaba los campos que rodean la Mansión».

Durante toda una semana un amplísimo número de dolientes, ricos y pobres por igual, permanecieron allí para acompañar en su luto a la familia, compartiendo día y noche la comida que les era dispensada, pródigamente por sus miembros. Los notables, entre los que se encontraban shí’íes, sunníes, cristianos, judíos y drusos, así como poetas, ‘ulamás y oficiales del Gobierno, se sumaron todos al lamento de la pérdida y a magnificar las virtudes y grandeza de Bahá’u’lláh, muchos de ellos extendiéndose con homenajes escritos en verso y en prosa, tanto en árabe como en turco. Homenajes similares se recibieron desde ciudades tan distantes como Damasco, Alepo, Beirut y El Cairo. Estos vibrantes testimonios fueron, sin excepción, remitidos a ‘Abdu’l-Bahá, Quien ahora representaba la Causa del Guía fallecido, a Quien se tributaban alabanzas entremezcladas a menudo con las elegías y homenajes testimoniados al Padre.

Sin embargo, estas manifestaciones efusivas de pesar y expresiones de alabanza y admiración que suscitó espontáneamente la ascensión de Bahá’u’lláh entre los no creyentes de Tierra Santa y de los países vecinos, no fueron sino una gota en comparación con el océano de dolor y las innumerables muestras de devoción incondicional que, en la hora en que se puso el Sol de la Verdad, manaron de los corazones de miles y miles de los creyentes que habían abrazado Su Causa, y estaban decididos a enarbolar su bandera en Persia, India, Rusia, Turquía, Palestina, Egipto y Siria.

Con la ascensión de Bahá’u’lláh concluye un periodo que, en muchos sentidos, carece de paralelo en la historia religiosa mundial. El primer siglo de la Era bahá’í cumplía por entonces la mitad de su curso. Se cerraba así una época no superada en sublimidad, fecundidad y duración por ninguna Dispensación previa, una época caracterizada, excepto durante un breve intervalo de tres años, por medio siglo de Revelación continuada y progresiva. El Mensaje proclamado por el Báb había dado ya su dorado fruto. La etapa más trascendental, aunque no la más espectacular, de la Edad Heroica había terminado. El Sol de la Verdad, el Luminar más grande del mundo, se había alzado en el Síyáh-Chál de Teherán, había despuntado a través de las nubes que lo rodeaban en Bagdad, había sufrido un eclipse momentáneo mientras se elevaba a su cenit en Adrianópolis y se ocultó finalmente en ‘Akká, para no volver a reaparecer hasta transcurrir un milenio completo. La Fe recién nacida de Dios, la niña de los ojos de todas las Dispensaciones pasadas, había sido proclamada sin reservas y por completo. Las profecías que anunciaban su llegada se habían visto cumplidas de forma notable. Sus leyes fundamentales y principios cardinales, la trama y la urdimbre del tejido de su Orden Mundial, habían quedado claramente enunciados. Se había definido de modo inconfundible su relación orgánica y actitud hacia los sistemas religiosos que lo precedieron. Se habían establecido sobre cimientos inexpugnables las instituciones primarias, dentro de las cuales estaba destinado a madurar un Orden Mundial embrionario. Se había legado irrevocablemente para la posteridad una Alianza destinada a salvaguardar la unidad e integridad de su sistema mundial. Habíase pronunciado la promesa de la unificación de la raza humana entera, de la inauguración de la Más Grande Paz, del despliegue de una civilización mundial. Se había dado reiterada voz a los espantosos avisos que presagiaban catástrofes destinadas a derrocar reyes, eclesiásticos, gobiernos y pueblos, como preludio de tan gloriosa consumación. Se había emitido el significativo emplazamiento a las Magistraturas Principales del Nuevo Mundo, precursor de la Misión con que el continente norteamericano iba a ser investido más tarde. Se había entablado el contacto inicial con una nación, de cuya casa Real procedería la descendiente que habría de abrazar su Causa antes de expirar el primer siglo bahá’í. Se había impartido el impulso original que, en el curso de decenios sucesivos, había conferido y continuará confiriendo, en los años venideros, beneficios inestimables de significado tanto espiritual como institucional sobre la montaña sagrada de Dios, a la que mira la Más Grande Prisión. Por último, se habían plantado triunfalmente las primeras banderas de una conquista espiritual que, antes de consumarse el siglo, habría de abarcar no menos de sesenta países tanto del hemisferio oriental como del occidental.

Por la vastedad y diversidad de sus Sagradas Escrituras; por el número de sus mártires; por la gallardía de sus campeones; por el ejemplo que dieran sus seguidores; por el castigo condigno sufrido por sus adversarios; por la extensión amplísima de su influencia; por el heroísmo incomparable de su Heraldo; por la deslumbrante grandeza de su Autor; por la operación misteriosa de su espíritu irresistible; la Fe de Bahá’u’lláh, ahora ante el umbral de su sexto decenio de existencia, ha demostrado con creces su capacidad de proseguir avanzando, sin divisiones e incorrupta, por el curso que le trazara su Fundador, y de desplegar, ante la mirada de generaciones sucesivas, los signos y muestras de esa potencia celestial con la que Él mismo tan generosamente la había dotado.

En esta coyuntura, es mi convicción que debería prestarse singular atención al destino que fue deparado a aquellos reyes, ministros y eclesiásticos, tanto de Occidente como de Oriente, aquellos mismos que, en varias etapas del ministerio de Bahá’u’lláh, habían perseguido Su Causa de forma deliberada, o bien habían descuidado prestar atención a los avisos que pronunció, o habían faltado a su deber manifiesto de responder a Su llamamiento o de dispensarle a Él y a Su mensaje el trato que merecían. El propio Bahá’u’lláh, refiriéndose a quienes se habían lanzado activamente a destruir y perjudicar Su Fe, había declarado: «Dios no ha titubeado, ni vacilarán sus ojos ante la tiranía del opresor. Más en particular, en esta revelación ha visitado a todos y cada uno de los tiranos con Su venganza». Vasto y terrible es, en verdad, el espectáculo que halla nuestra vista al sobrevolar el campo que los vientos vengativos de Dios han barrido furiosamente desde el comienzo del ministerio de Bahá’u’lláh, aniquilando monarcas, extinguiendo dinastías, desarraigando jerarquías eclesiásticas, precipitando guerras y revoluciones, expulsando a ministros de sus funciones principales, despojando al usurpador, derrocando al tirano y purgando al maligno y al rebelde.

El sultán ‘Abdu’l-‘Azíz, quien, junto con Ná iri’d-Dín s. Sháh, fuera el autor de las calamidades volcadas sobre Bahá’u’lláh, cuya persona fue responsable de tres decretos de destierro pronunciados contra el Profeta; quien había sido estigmatizado en el Kitáb-i-Aqdas como ocupante del «trono de la tiranía» y cuya caída había sido profetizada en el Law -i-Fu’ád, fue depuesto tras una revolución palaciega, con-

h. denado por una fatvá (sentencia) del muftí de su propia capital, hasta que al cabo de cuatro días fue asesinado (1876) para ser sucedido por un sobrino al que habría de declararse imbécil. La guerra de 18771878 emancipó del yugo turco a once millones de personas; Adria

nópolis fue ocupada por las fuerzas rusas; el propio Imperio se disolvió de resultas de la guerra de 1914-1918; quedó abolido el sultanato, se proclamó la República y se puso término a un régimen que había durado más de seis siglos.

El vano y déspota Ná iri’d-Dín s. Sháh, denunciado por Bahá’u’lláh como el «Príncipe de los Opresores»; de quien Él había escrito que pronto sería «objeto de una lección para el mundo»; cuyo reinado estaba mancillado por la ejecución del Báb y el encarcelamiento de Bahá’u’lláh; quien había instigado persistentemente Su destierro ulterior a Constantinopla, Adrianópolis y ‘Akká; quien, aliado con un estamento sacerdotal vicioso, había prometido estrangular la Fe en su cuna, fue trágicamente asesinado en el santuario del Sháh ‘Abdu’l-‘Azím la víspera misma de su jubileo, evento que según las previsiones había de inaugurar una nueva época y debía por tanto celebrarse con toda la parafernalia, pompa y magnificencia para pasar a la historia como el mayor día en los anales de la nación persa. A partir de entonces, su casa sufrió un declive constante, hasta que, a la postre, debido a la conducta escandalosa y disipada del irresponsable Ah. mad Sháh, su suerte llegó al eclipse y desaparición de la dinastía Qájár.

Napoleón III, el monarca más distinguido a la sazón en Occidente, ambicioso por demás, orgulloso sin tasa, artero y superficial, quien, según se dice, habría arrojado con desprecio la Tabla que le enviara Bahá’u’lláh, quien fue probado por Él y hallado en falta, y cuya caída predijo explícitamente en una Tabla posterior, sufrió una derrota ignominiosa en la batalla de Sedán (1870), la cual marcaría la mayor capitulación militar de la historia moderna; perdió su reino y pasó los años restantes de su vida en el exilio. Sus esperanzas se vieron truncadas sin remisión: su único hijo, el Príncipe imperial, fue asesinado en la guerra zulú; el imperio de que tanto se enorgullecía sufrió un colapso, y a ello siguió una guerra civil, más feroz que la guerra francoalemana misma, y Guillermo I, el rey prusiano, fue saludado como emperador de una Alemania unificada en el palacio de Versalles.

Ebrio de orgullo y recién aclamado conquistador de Napoleón III, Guillermo I, amonestado en el Kitáb-i-Aqdas, a quien se le ordenó ponderar el destino que le fuera deparado a «alguien cuyo poder trascendía» al suyo, quien quedó advertido en ese mismo Libro de que se alzarían las «lamentaciones de Berlín», que las riberas del Rin se «cubrirían de sangre», sufrió dos atentados contra su vida y fue sucedido por un hijo que murió de una enfermedad implacable, tres meses después de su ascenso al trono, y legó el trono al arrogante, testarudo y miope Guillermo II. El orgullo del nuevo Monarca precipitó su caída. De forma vertiginosa y de improviso estalló la revolución en la capital, el comunismo asomó su cabeza en cierto número de ciudades; los príncipes de los estados alemanes abdicaron, y él mismo, tras huir ignominiosamente a Holanda, se vio forzado a renunciar a su derecho de acceso al trono. La constitución de Weimar selló el destino del Imperio, cuyo nacimiento había proclamado su abuelo altisonantemente, en tanto que los términos de un tratado obsesivamente severo provocaron «las lamentaciones» que, medio siglo antes, habían sido objeto de una ominosa profecía.

El arbitrario e inflexible Francisco José, emperador de Austria y rey de Hungría, quien fuera reprobado en el Kitáb-i-Aqdas por haber descuidado su deber manifiesto de indagar sobre Bahá’u’lláh durante la peregrinación a Tierra Santa, quedó tan embargado por las desgracias y tragedias que su reinado se juzgó no superado por ningún otro a tenor de las calamidades padecidas por la nación. Maximiliano, hermano suyo, fue asesinado en México; el príncipe heredero Rodolfo pereció en circunstancias ignominiosas; la Emperatriz fue asesinada; el archiduque Francisco Fernando y su esposa sufrieron idéntica suerte en Sarajevo; el «imperio saqueado» se desintegró, fue enterrado, y sobre las ruinas del desaparecido Sacro Imperio Romano se alzó una República capitidisminuida, que, después de una precaria existencia, fue borrada del mapa político de Europa.

Nicolás Alejandro II, el todopoderoso zar de Rusia, quien en una Tabla que le fuera dirigida había sido objeto de tres avisos de Bahá’u’lláh y había recibido orden de «convocar a las naciones a Dios», advirtiéndosele que no consintiese que su soberanía le impidiera reconocer «al Soberano Supremo», sufrió varios atentados contra su

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vida, hasta que, finalmente, murió a manos de un asesino. La burda política de represión, iniciada por él mismo y proseguida por su sucesor, Alejandro III, allanó el camino de la revolución que, durante el reinado de Nicolás II, anegó el imperio de los zares en una marea sangrienta, trajo consigo la guerra, la enfermedad y las hambrunas, y acabó elevando a un proletariado militante, el cual masacró a la nobleza, persiguió al clero, arrinconó a los intelectuales, desalojó a la religión de Estado, ejecutó al Zar junto con su consorte y familia, y aniquiló la dinastía de los Romanov.

Al papa Pío IX, cabeza indiscutida de la Iglesia más poderosa de la cristiandad, a quien se le ordenara, en la Epístola que le dirigió Bahá’u’lláh, que abandonase sus «palacios a quienes los desearan», y que «vendiera todos los ornamentos embellecidos» en su poder, que «los gastase en el sendero de Dios», y que se apresurase al «Reino», se vio forzado a rendirse, en circunstancias lamentables, ante las fuerzas sitiadoras del rey Víctor Manuel, y a plegarse a tener que ser desposeído de los Estados Pontificios y de la propia Roma. La pérdida de la Ciudad Eterna, sobre la cual había ondeado la enseña papal durante mil años, y la humillación de las órdenes religiosas bajo su jurisdicción, añadieron la angustia mental a los achaques físicos que amargaron los últimos años de su vida. El reconocimiento formal del reino de Italia al que se vio obligado uno de sus sucesores en el Vaticano, confirmó la extinción virtual de la soberanía temporal del Papa.

Pero la rápida disolución de los imperios otomano, napoleónico, alemán, austriaco y ruso, la caída de la dinastía Qájár, la extinción virtual de la soberanía temporal del Papa no agotan el relato de catástrofes que sobrevinieron a las monarquías del mundo debido a la negligencia con que recibieron los avisos de Bahá’u’lláh emitidos en los pasajes iniciales de Su Súriy-i-Múlúk. La conversión en república de las monarquía portuguesa y española así como del imperio chino; el extraño destino que, más recientemente, ha aguardado a las soberanías de Holanda, Noruega, Grecia, Yugoslavia y Albania, que ahora viven en el exilio; la abdicación virtual de la autoridad ejercida por los reyes de Dinamarca, Bélgica, Bulgaria, Rumania e Italia; la aprensión con que sus homólogos monarcas ven las convulsiones que han hecho presa de tantos tronos; la vergüenza y actos de violencia que, en algunos casos, han empañado los anales de los reinados de ciertos monarcas, tanto de Oriente como de Occidente, y todavía en fechas más recientes, la súbita caída del fundador de una dinastía persa de nueva planta; todos ellos son ejemplos del «castigo divino» previsto por Bahá’u’lláh en aquel Sura inmortal, y ponen de manifiesto la realidad divina de la acusación que Él pronunció contra los gobernantes de la tierra en Su Más Sagrado Libro.

No menos impresionante ha sido la extinción de la influencia predominante ejercida por los jefes eclesiásticos musulmanes, tanto sunníes como shí’íes, de los dos continentes, en las que han sido amamantadas las instituciones más poderosas del islam, y que se han relacionado directamente con las tribulaciones con que fueron colmados el Báb y Bahá’u’lláh.

El califa, el autoproclamado vicario del Profeta del islam, conocido también como «Comandante de los fieles», protector de las ciudades santas de La Meca y Medina, cuya jurisdicción espiritual se extendía sobre más de 200 millones de musulmanes, quedó despojado, en virtud de la abolición del sultanato en Turquía, de su autoridad temporal, hasta entonces considerada inseparable de su eminente cargo. El propio califa huyó a Europa después de haberse mantenido en una posición anómala y precaria durante un breve periodo; el califato, la institución más augusta y poderosa del islam, quedó abolido sumariamente y sin consulta con comunidad alguna del mundo sunní; en consecuencia, quedó triturada la unidad de la rama más poderosa de la fe islámica; fue proclamada de manera formal, completa y permanente la separación entre el Estado turco y la fe sunní; se abrogó la Sharí‘ah, la Ley canónica; se desamortizaron las instituciones eclesiásticas; se promulgó un código civil; se suprimieron las órdenes religiosas; la jerarquía sunní se disolvió; el idioma árabe, la lengua del Profeta del islam, cayó en desuso, y su sistema de escritura fue sustituido por el alfabeto latino; el propio Corán fue traducido al turco; Constantinopla, la «Cúpula del islam» cayó al nivel de ciudad provincial, y su joya impar, la mezquita de Santa Sofía, pasó a ser museo; una serie de degradaciones que recuerdan el destino que en el primer siglo de la era cristiana le fuera deparado al pueblo judío, a la ciudad de Jerusalén, al Templo de Salomón, al Sagrado de los Sagrados, y a una jerarquía eclesiástica cuyos miembros habían sido los perseguidores declarados de la religión de Jesucristo.

Una convulsión similar sacudió los cimientos de todo el estamento sacerdotal persa, aunque su divorcio formal del Estado todavía no ha sido proclamado. Un «Estado Iglesia», que había arraigado firmemente en la vida de la nación, extendiendo sus ramificaciones a todas las esferas de la vida de aquel país, quedó virtualmente desorganizado. El estamento sacerdotal, el lecho de roca del islam shí’í de aquel país quedó paralizado y desacreditado; sus mujtahides, los ministros favoritos del Imam oculto, se vieron reducidos a un número insignificante; todos sus clérigos con turbante, salvo un puñado, fueron forzados inmisericordemente a cambiar su tocado e indumentaria tradicional por los atuendos europeos que ellos mismos habían estigmatizado; la pompa y boato que marcaban sus ceremoniales desapareció; se anularon sus fatvás (sentencias); se abandonaron las mezquitas y seminarios; se traspasaron las fundaciones pías a la administración civil; los seminarios y mezquitas sufrieron abandono; dejó de reconocerse el derecho de asilo de que disfrutaban sus santuarios; las representaciones religiosas fueron prohibidas; se clausuraron las takyihes, e incluso se desalentaron y recortaron las peregrinaciones a Najaf y Karbilá. La caída en desuso del velo; el reconocimiento de la igualdad de los sexos; el establecimiento de los tribunales civiles; la abolición del concubinato; el desprecio del uso de la lengua árabe, el idioma del islam y del Corán, y los esfuerzos efectivos por divorciarlo del persa; todo ello proclama, además, la degradación y presagia la extinción definitiva de aquella tripulación infame, cuyos líderes se habían atrevido a proclamarse «siervos del Señor de Santidad» (Imam ‘Alí), quien tan a menudo había recibido el homenaje de los reyes piadosos de la dinastía safaví, y cuyos anatemas, desde el nacimiento de la Fe del Báb, habían sido los principales responsables de los torrentes de sangre que se derramaron, y cuyos actos habían enturbiado los anales tanto de la religión como de la nación.

La crisis, si bien no tan severa como la que había sacudido a los estamentos sacerdotales islámicos –los adversarios inveterados de la Fe– también había afligido a las instituciones eclesiásticas de la cristiandad, cuya influencia, desde que se promulgaran los emplazamientos de Bahá’u’lláh y resonaran Sus avisos, se ha deteriorado visiblemente, cuyo prestigio ha sufrido grave mella, cuya autoridad ha declinado constantemente y cuyo poder, derechos y prerrogativas se han visto recortados de forma creciente. La extinción virtual de la soberanía temporal del Pontífice Romano, a la que ya se ha hecho referencia; la ola de anticlericalismo que trajo como secuela la separación de la Iglesia católica y la República francesa; el asalto organizado lanzado por un estado comunista triunfante sobre la Iglesia Griega Ortodoxa de Rusia, y el desalojo, desamortización y persecución consiguientes de la religión de estado; el desmembramiento de la monarquía austrohúngara, la cual guardaba lealtad a la Iglesia de Roma y contribuía poderosamente a sus instituciones; las pruebas tremendas a las que esa misma Iglesia fue sometida en España y México; la oleada secularizadora que, en la actualidad, embarga a las misiones católicas, anglicanas y presbiterianas en tierras no cristianas; las fuerzas de un paganismo agresivo que asaltan las antiguas ciudadelas de las iglesias católica, grecoortodoxa y luterana de Euro-pa occidental, central y oriental, en los Balcanes y en los

estados bálticos y escandinavos; éstas descuellan como las manifestaciones más conspicuas de la suerte en declive que han sufrido las autoridades eclesiásticas del cristianismo, dirigentes que, desatentos a la voz de Bahá’u’lláh, se han interpuesto entre Cristo retornado en la gloria del Padre y sus congregaciones respectivas.

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Tampoco podemos dejar de hacer notar el deterioro progresivo de la autoridad, ostentada por los adalides eclesiásticos de los credos judío y zoroástrico, desde que se alzara la voz de Bahá’u’lláh para anunciar, de forma inconfundible, que la «Más Grande ley ha llegado», que la Antigua Belleza «gobierna sobre el trono de David» y que «todo lo que fuera anunciado en los Libros (la Escritura sagrada zoroástrica) ha sido revelado y esclarecido». Las muestras de una revuelta creciente contra la autoridad clerical; la falta de respeto y la indiferencia mostradas ante observancias, rituales y ceremonias acrisolados; las repetidas incursiones realizadas por las fuerzas de un nacionalismo agresivo y a menudo hostil contra las esferas de jurisdicción clerical; y la apatía general con que, particularmente en el caso de los seguidores de la fe zoroástrica, estas invasiones se contemplan; todo ello proporciona, sin asomo de duda, una justificación más de los avisos y predicciones pronunciados por Bahá’u’lláh en Su histórica proclamación ante los dirigentes eclesiásticos del mundo.

Tales, en suma, son las evidencias tremendas de la justicia retributiva con que Dios ha afligido a los reyes así como a los eclesiásticos, de Oriente y de Occidente por igual, como consecuencia directa de su oposición activa a la Fe de Bahá’u’lláh, por su lamentable defección al no responder a Su llamamiento, al no indagar sobre Su Mensaje, al no atajar los sufrimientos que sobrellevó o al desatender las señales y prodigios maravillosos que durante cien años han acompañado el nacimiento y surgimiento de Su Revelación.

«De entre dos clases de hombres», reza Su pronunciamiento terso y profético, «se ha retirado el poder: reyes y eclesiásticos». «Si no prestáis atención», así advirtió a los reyes de la tierra, «a los consejos que [...] hemos revelado en esta Tabla, el castigo divino os asaltará por doquier [...] ese día reconoceréis vuestra propia impotencia». Y de nuevo: «Aunque consciente de la mayoría de Nuestras confirmaciones, no obstante, no habéis detenido la mano del agresor». Y además, esta acusación: «[...] Nos [...] seremos pacientes, tal como fuimos pacientes con lo que Nos aconteció en vuestras manos, ¡oh concurso de reyes!».

Al condenar específicamente a los dirigentes eclesiásticos del mundo, ha escrito: «Los sacerdotes han sido la fuente y origen de la tiranía [...] Dios, en verdad, se aparta de ellos, y Nosotros, también, nos apartamos de ellos». «Al observar atentamente», afirma de forma abierta, «descubrimos que Nuestros enemigos eran, en su mayor parte, los sacerdotes». «¡Oh concurso de sacerdotes!», así Se dirige a ellos, «desde ahora en adelante estaréis desprovistos de todo poder, por cuanto os lo hemos arrebatado [...]». «Si hubierais creído cuando Se reveló a Sí mismo», explica, «el pueblo no se habría apartado de Él, ni Nos habrían acontecido las cosas que presenciáis hoy». «Ellos», afirma, refiriéndose más en concreto a los eclesiásticos musulmanes, «se alzaron contra Nosotros con tal saña que la fuerza del islam ha quedado minada [...]». «Los sacerdotes de Persia», afirma, «cometieron lo que no había cometido ningún pueblo de entre los pueblos del mundo». Y de nuevo: «[...] Los sacerdotes de Persia [...] han perpetrado lo que los judíos no perpetraron durante la Revelación de Aquel que es el Espíritu (Jesús)». Y por último, estas profecías portentosas: «Debido a vosotros el pueblo fue rebajado, y la bandera del islam arriada, y su poderoso trono subvertido». «Pronto todo lo que poseéis perecerá y vuestra gloria se convertirá en la humillación más desdichada, y contemplaréis el castigo por lo que habéis forjado [...]» «En breve», profetiza el Báb incluso más abiertamente, «en verdad, en verdad, atormentaremos a quienes entablaron guerra contra H. usayn (Imam H. usayn) [...] con el tormento más aflictivo [...]». «En breve Dios desatará Su venganza contra ellos, en la hora de Nuestro regreso, y Él, en verdad, en verdad, ha preparado para ellos, en el mundo venidero, un tormento severo».

No podía faltar, en un repaso de esta naturaleza, la referencia a los príncipes, ministros y eclesiásticos que, individualmente, fueron responsables de las duras pruebas a que fueron sometidos Bahá’u’lláh y Sus seguidores. Fu’ád Páshá, el Ministro turco de Asuntos Exteriores, denunciado por Él como el «instigador» de Su destierro a la Más Grande Prisión, quien con tanto denuedo se afanara, junto con su colega ‘Álí Pá shá, por suscitar los temores y sospechas de un déspota ya predispuesto contra la Fe y su Guía, fue derribado, casi un año después de haber materializado sus planes, mientras viajaba a París, por la vara vengadora de Dios, y murió en Niza (1869). ‘Álí Pá shá, el Sz.

. adr-i-A‘ am (Primer Ministro), denunciado con tan contundente lenguaje en la Law -i-Ra’ís, cuya caída había predicho sin

h.

ambages la Law -i-Fu’ád, fue depuesto, pocos años después del des-

h.

tierro de Bahá’u’lláh a ‘Akká, se le despojó de todo poder y cayó en

el más completo olvido. El tiránico príncipe Mas‘úd Mírzá, el Z.illu’s-Sul án, hijo mayor de Ná iri’d-Dín sáh, y gobernador de más de

t.

.Sh dos quintas partes de su reino, estigmatizado por Bahá’u’lláh como «el Árbol Infernal», cayó en desgracia, fue privado de todo mando, excepto el gobierno de I fahán, y perdió cualquier oportunidad

s.

de promoción o futura eminencia. El rapaz príncipe Jalálu’d-Dawlih, tachado por la Pluma Suprema como «el tirano de Yazd», fue privado de su posición, aproximadamente un año después de las iniquidades que había perpetrado, fue llamado a regresar a Teherán y forzado a devolver parte de la hacienda que había usurpado a sus víctimas. El intrigante, ambicioso y libertino Mírzá Buzurg Khán, el Cónsul General persa de Bagdad, fue despedido al fin de su puesto,

«abrumado por el desastre, corroído por el remordimiento y sumido en la confusión». El notorio mujtahid Siyyid S.ádiq-i-abá abá’í, de-. .

Ttnunciado por Bahá’u’lláh como «el Mentiroso de Teherán», el autor del decreto monstruoso por el que se condenaba a todo miembro varón de la comunidad bahá’í de Persia, joven o anciano, humilde o prócer, a morir ejecutado, y a todas sus mujeres a ser deportadas, cayó enfermo de improviso, presa de una enfermedad que hizo estragos en su corazón, cerebro y miembros y que precipitó al fin su muerte. S. ub í .

hPáshá, quien de forma perentoria había convocado a Bahá’u’lláh a la sede del gobierno en ‘Akká, perdió el puesto que ocupaba y fue llamado a regresar en circunstancias harto perjudiciales para su reputación. Tampoco escaparon a un destino similar los otros gobernadores de la ciudad, los cuales, con sus acusaciones, se habían conducido injustamente para con el eximio Prisionero y Sus compañeros de exilio. «Todo páshá», atestigua Nabíl en su relato, «cuya conducta en ‘Akká fue encomiable disfrutó de puestos prolongados y fue favorecido muníficamente por Dios, en tanto que todo muti arrif (goberna

s.

dor) hostil fue depuesto rápidamente por la Mano del poder divino, tal como le sucediera a ‘Abdu’r-Ra . mán Pá shá y Mu ammad-Yúsuf .

hhPáshá, quienes, la mañana de la mismísima noche en que habían decidido poner sus manos sobre los amados de Bahá’u’lláh, recibieron comunicación telegráfica de su despido. Tal fue su suerte que ya nunca más recibieron cargo alguno».

Shaykh Mu ammad-Báqir, apodado h. «el Lobo», quien, en la Law -i-Burhán, de tono fuertemente condenatorio, que le dirigiera

h. Bahá’u’lláh, había sido comparado con «el último vestigio solar sobre la cima de la montaña», presenció el declive continuo de su prestigio y

murió en un estado miserable de agudo remordimiento. Su cómplice, Mír Mu ammad-. . usayn, de sobrenombre «la Serpiente hem

hHbra», a quien Bahá’u’lláh describió como «infinitamente más malvado que el opresor de Karbilá», fue, por aquella misma época, expulsado de I fahán; vagabundeó de pueblo en pueblo, contrajo una enfermedad

s. que provocaba un olor tan fétido que incluso su mujer e hija no podían soportar acercársele y murió, siendo ya tan poca la estima en que le tenían las autoridades locales que ninguna osó acudir al funeral, por lo que el cadáver fue ignominiosamente enterrado por unos pocos porteadores. Por otra parte, es menester mencionar la hambruna devastadora que, un año después de que Bádí‘ fuera torturado hasta morir, devastó Persia y redujo a la población a tales extremos que incluso los ricos padecieron hambre y cientos de madres devoraron ávidamente a sus propios hijos. Tampoco cabe concluir este recorrido sin hacer referencia al archiviolador de la Alianza del Báb, Mírzá Ya h. yá, quien vivió lo bastante como para presenciar, mientras arrastraba una existencia miserable en Chipre, tachada por los turcos de «Isla de Satán», cómo

quedaban reducidas a la nada todas las esperanzas que tan maliciosamente había concebido. En su calidad de pensionado, primero del Gobierno turco y después del Gobierno británico, se vio sometido a la humillación añadida de comprobar que su solicitud de ciudadanía británica era rechazada. Once de los dieciocho «testigos» nombrados por él lo abandonaron y regresaron arrepentidos con Bahá’u’lláh. Él mismo se vio involucrado en un escándalo que empañó su reputación y la de su hijo mayor, privó a su hijo y descendientes de la sucesión con la que previamente le había investido y nombró, en su lugar, al pérfido Mírzá Hádiy-i-Dawlat-Ábádí, un azalí infame, quien, con ocasión del martirio del antes mencionado Mírzá Ashraf, fue presa de semejante miedo que durante cuatro días consecutivos proclamó, desde el púlpito y con lenguaje sobremanera insultante, su repudio completo de la Fe bábí, así como de Mírzá Ya h. yá, su benefactor, quien había depositado en él tal confianza. Fue aquel mismo hijo mayor quien, por las maniobras de un destino extraño, buscó refugio, junto con su sobrino y sobrina, ante la presencia de ‘Abdu’l-Bahá, el Sucesor designado de Bahá’u’lláh y Centro de Su Alianza, y allí expresó arrepentimiento, rogó el perdón, fue graciosamente acogido por Él y permaneció, hasta la hora de su muerte, como firme y leal seguidor de la Fe que su padre se había esforzado por extinguir tan necia, desvergonzada y penosamente.

Tercer periodo
EL MINISTERIO
DE ‘ABDU’L-BAHÁ
CAPÍTULO
XIV
LA ALIANZA
DE BAHÁ’U’LLÁH
E

N los capítulos que anteceden se ha procurado describir el auge y progreso de la Fe relacionada con el Báb y Bahá’u’lláh durante los primeros cincuenta años de su existencia. Si me he detenido demasiado en los acontecimientos referidos a la vida y misión de estos dos Luminares gemelos de la Revelación bahá’í, si a veces he reparado en el relato demasiado detallado de ciertos episodios ligados a sus ministerios, ello se debe tan sólo a que estos acontecimientos proclaman el orto y marcan el establecimiento de una época que los historiadores del futuro aclamarán como el periodo más heroico, más trágico y más trascendental de la Edad Apostólica de la Dispensación bahá’í. En efecto, la historia que despliegan ante nuestros ojos los decenios posteriores del siglo que revisamos no es sino el registro en el que constan las múltiples evidencias de la operación irresistible de las fuerzas creativas que ha desatado la revolución de cincuenta años de Revelación casi ininterrumpida.

Un proceso dinámico, divinamente propulsado, cargado de potencialidades no soñadas y de alcance mundial, cuyas consecuencias últimas han de transformar el mundo, fue puesto en marcha aquella memorable noche en que el Báb comunicó el propósito de Su misión a Mullá H. usayn en un rincón desconocido de Shiraz. Adquirió tremendo empuje en medio de la oscuridad del Síyáh-Chál de Teherán con los primeros asomos de la Revelación de Bahá’u’lláh. Se aceleró aún más con la Declaración de Su misión durante la víspera de Su destierro desde Bagdad. Llegó a su apogeo con la proclamación de esa misma misión durante los años tempestuosos de exilio en Adrianópolis. Su significado pleno se hizo evidente cuando el Autor de esa Misión emitió Sus históricos emplazamientos, llamamientos y avisos dirigidos a los reyes de la tierra y a los dirigentes religiosos del mundo. Quedó consumado, al fin, con las leyes y disposiciones que formuló, con los principios que enunció y con las instituciones que dispuso durante los años postreros de Su ministerio en la ciudad prisión de ‘Akká.

Para dirigir y encauzar las fuerzas liberadas por este proceso divino, y asegurar su operación armoniosa y continuado tras Su Ascensión, era claramente indispensable un instrumento que Dios dispuso, investido con autoridad, orgánicamente ligado al Autor mismo de la Revelación. Bahá’u’lláh proporcionó de forma expresa ese instrumento mediante la institución de la Alianza, institución a la que había dado firme asiento antes de Su ascensión. Esa misma Alianza había quedado prevista en Su Kitáb-i-Aqdas; a ella había aludido cuando dijo Su último adiós a los miembros de Su familia, convocados en torno a Su lecho, en las vísperas de Su ascensión, y la incorporó a un documento especial que designó como el «Libro de Mi Alianza» y que confió, durante Su última enfermedad, a su hijo mayor, ‘Abdu’l-Bahá.

Escrito enteramente de Su propio puño y letra; roto el sello que lo guardaba el noveno día después de Su ascensión en presencia de nueve testigos escogidos de entre Sus compañeros y miembros de Su Familia; leído la tarde de ese mismo día ante una gran concurrencia reunida en Su Más Sagrada Tumba, incluyendo Sus hijos, algunos de los parientes del Báb, peregrinos y creyentes residentes, este Documento, designado por Bahá’u’lláh como Su «Más Grande Tabla» y citado por Él como el «Libro carmesí» en Su Epístola al Hijo del Lobo, carece de paralelo en las Escrituras de cualquier Dispensación anterior, sin excluir la del propio Báb. Pues en ninguna parte de los libros pertenecientes a ningún sistema religioso mundial, ni siquiera en los escritos del Autor de la Revelación bábí, encontramos un solo documento que establezca una Alianza dotada con una autoridad comparable a la Alianza que Bahá’u’lláh mismo ha instituido.

«Tan firme y poderosa es esta Alianza», ha afirmado quien fuera su Centro designado, «que desde el comienzo del tiempo hasta el presente día ninguna Dispensación religiosa ha producido algo parecido». «Es meridianamente claro», ha afirmado, además, «que el pivote de la unidad de la humanidad consiste en nada más que el poder de la Alianza». «Sabe», ha escrito Él, «que el “asidero seguro” mencionado desde la fundación del mundo en los Libros, Tablas y Escrituras de antaño no es otra cosa sino la Alianza y el Testamento». Y de nuevo: «La lámpara de la Alianza es la luz del mundo, y las palabras trazadas por la Pluma del Altísimo, un océano sin límites». «El Señor, el Alabadísimo», declara asimismo, «ha realizado a la sombra del Árbol de Anísá (Árbol de la Vida) una nueva Alianza y establecido un gran Testamento [...] ¿Se ha establecido una Alianza semejante en cualquier Dispensación, edad, periodo o siglo anteriores?¿Se ha presenciado jamás un Testamento tal, enviado por la Pluma del Altísimo?¡No, por Dios!». Y por último: «El poder de la Alianza es como el calor del sol que reaviva y promueve el desarrollo de todas las cosas creadas sobre la tierra. La luz de la Alianza, de igual modo, es la educadora de las conciencias, los espíritus, los corazones y almas de los hombres». A esta misma Alianza Se ha referido en Sus escritos como el «Testimonio concluyente», la «Balanza universal», el «Imam de la gracia de Dios», el «Estandarte enarbolado», el «Testamento irrefutable», «la Alianza todopoderosa, cuyo igual jamás presenciaron las Dispensaciones sagradas del pasado» y «uno de los rasgos distintivos de este muy poderoso ciclo».

Ensalzada por el autor del Apocalipsis como «El Arca de Su (Dios) Testamento»; asociada con la reunión ocurrida bajo el «Árbol de Anísá» (Árbol de la Vida); mencionada por Bahá’u’lláh en las Palabras Ocultas; glorificada por Él, en otros pasajes de Sus escritos, como el «Arca de Salvación» y como «la Cuerda tendida entre la tierra y el Reino de Abhá», esta Alianza ha sido legada a la posteridad en el Testamento, el cual, junto con el Kitáb-i-Aqdas y varias Tablas en las que el rango y estación de ‘Abdu’l-Bahá son divulgados inequívocamente, constituyen los principales contrafuertes destinados por el Señor de la Alianza a proteger y apoyar, tras Su ascensión, al Centro designado de Su Fe y Delineante de futuras instituciones.

En este documento trascendental e incomparable, el Autor da a conocer el carácter de esa «herencia excelente e inapreciable» que Él ha legado a Sus «herederos»; proclama otra vez el propósito fundamental de Su Revelación; conmina a los «pueblos del mundo» a que se aferren a lo que «elevará» su «condición»; les anuncia que «Dios ha perdonado el pasado»; subraya la dignidad de la condición humana; divulga el propósito primario de la Fe de Dios; encarece a los fieles a que recen por el bien de los reyes de la tierra, «las manifestaciones del poder y veneros de la potencia y riquezas de Dios»; los inviste con el gobierno de la tierra; escoge como Su dominio especial los corazones de los hombres; prohíbe categóricamente la lucha y las disputas; ordena a Sus seguidores que ayuden a los gobernantes que estén «adornados con el ornamento de la equidad y justicia»; y ordena, en particular, a los A ghs. án (Sus hijos) que sopesen la «fuerza poderosa y poder consumado que yace oculto en el mundo del ser». Les emplaza además, junto con los Afnán (los familiares del Báb) y Sus propios parientes, a que «se dirijan, todos y cada uno, a la Más Grande Rama (‘Abdu’l-Bahá)»; Lo identifica con «Aquel a quien Dios quiso», «Quien ha surgido de esta Raíz preexistente», a la que se hace referencia en el Kitáb-i-Aqdas; dispone que la estación de la «Rama Mayor» (Mírzá Mu ammad-‘Alí) está por

h.

debajo de la «Más Grande Rama» (‘Abdu’l-Bahá); exhorta a los creyentes a que traten a los Aghs.án con consideración y afecto; les aconseja que respeten a Su familia y parientes, así como a los familiares del Báb; niega a Sus hijos «cualquier derecho sobre la propiedad de los demás»; les insta a ellos, así como a Sus parientes y a los del Báb, a que «teman a Dios, hagan lo que es correcto y decoroso» y que procuren las cosas que «exaltarán» su condición; previene a todos los hombres que no permitan que «los instrumentos del orden se conviertan en causa de confusión, y que el instrumento de unión se convierta en ocasión de discordia»; y concluye con una exhortación por la que emplaza a los fieles a «servir a todas las naciones» y esforzarse por la «mejora del mundo». Que una estación tan única y sublime Le fuera concedida a ‘Abdu’l-Bahá no sorprendió, y de hecho no podía sorprender, a los compañeros de exilio que durante tanto tiempo habían tenido el privilegio de observar Su vida y conducta, ni tampoco a los peregrinos que estuvieron, no importa cuán pasajeramente, en contacto con Él, ni por supuesto a la enorme concurrencia de fieles que, desde tierras distantes, habían aprendido a reverenciar Su nombre y apreciar Sus esfuerzos, y ni siquiera al amplio círculo de Sus amigos y conocidos de Tierra Santa y países colindantes, quienes ya estaban familiarizados con el puesto que ocupaba en vida de Su Padre.

Fue el Suyo el nacimiento auspicioso acontecido la noche inolvidable en que el Báb puso de manifiesto el carácter trascendental de Su misión a Su primer discípulo Mullá H. usayn. Fue Él, quien siendo tan sólo un niño, sentado en el regazo de T.áhirih, constató el significado estremecedor del emocionante reto que aquella heroína indomable lanzara a su condiscípulo, el erudito y muy afamado Va h. íd. Fue Su tierna alma la que quedó cauterizada al contemplar el espectáculo de un Padre macilento, desgreñado y cargado de cadenas, con ocasión de la visita que, a sus nueve años de edad, realizó al Síyáh-Chál de Teherán. Fue contra Él, contra Quien, en Su temprana infancia, mientras Su Padre yacía prisionero en aquella mazmorra, se dirigió la malicia de una turba de pilluelos callejeros que Lo apedrearon, vilipendiaron y colmaron de burlas. A Él le correspondió la suerte de compartir con Su Padre, poco después de Su liberación de la prisión, los rigores y miserias de un destierro cruel fuera de Su tierra natal, y las pruebas que culminaron en el retiro forzoso de éste a las montañas de Kurdistán. Fue Él Quien, en Su dolor inconsolable ante la separación de un Padre adorado, había confiado a Nabíl, como atestigua éste en su narración, que Se sintió envejecer aunque todavía no era sino un niño de tierna edad. Suya fue la distinción única de reconocer, mientras todavía Se hallaba en la infancia, la gloria plena de la condición todavía no revelada de Su Padre, reconocimiento que Le impulsó a arrojarse a Sus pies e implorar espontáneamente el privilegio de dar la vida por Su causa. De Su pluma, mientras era todavía un adolescente en Bagdad, surgió aquel comentario soberbio en tor-no a una tradición mu ammadiana bien conocida, escrito a instan

h. cias de Bahá’u’lláh, en respuesta a la petición realizada por ‘Alí-Shawkat Páshá, y que fue tan iluminadora como para suscitar la admiración incondicional del destinatario. Fueron Sus conversaciones y discursos con los eruditos doctores con los que entabló relación en Bagdad los que suscitaron al principio la admiración general hacia Su persona y conocimientos, la cual había de incrementarse ulterior-mente de modo constante al irse ampliando el círculo de conocidos, primero en Adrianópolis y después en ‘Akká. Fue a Él a quien el muy dotado Khurshíd Páshá, gobernador de Adrianópolis, se sintió movido a rendir encendido y público homenaje cuando, en presencia de cierto número de sacerdotes distinguidos de la ciudad, su joven Invitado, resolvió, de forma breve y aturdidora, las complejidades de un problema que había embargado la mente de los reunidos, un logro que afectó tan hondamente al Páshá que desde entonces apenas podía reconciliarse con la ausencia en tales reuniones de aquel joven.

Sobre Él, conforme el horizonte e influencia de Su Misión se extendían, depositó Bahá’u’lláh un grado cada vez mayor de confianza, destinándolo, en ocasiones numerosas, como Su diputado, facultándole para postular Su Causa ante el público, asignándole la tarea de transcribir Sus Tablas, permitiéndole asumir las responsabilidades de defenderle de Sus enemigos e invistiéndole con la función de velar y promover los intereses de Sus compañeros de exilio. A Él se le encomendó la empresa, delicada e importantísima, tan pronto como las circunstancias lo permitieron, de adquirir el lugar que habría de servir de sepultura a los restos del Báb, de garantizar el traslado seguro de Sus restos a Tierra Santa y de erigir para Él un sepulcro digno en el Monte Carmelo. Fue Él quien ayudó de forma decisiva a arbitrar los medios necesarios para la liberación de Bahá’u’lláh de Su confinamiento de nueve años dentro de los muros de la ciudad de ‘Akká, y permitirle disfrutar, en el ocaso de Su vida, de una porción de la paz y seguridad de la que durante tanto tiempo había sido privado. Merced a Sus esfuerzos incansables, el ilustre Bádí‘ celebró sus entrevistas memorables con Bahá’u’lláh, la hostilidad evidenciada por varios gobernadores de ‘Akká hacia la comunidad de exiliados se transmutó en estima y admiración, se efectuó la compra de las propiedades lindantes con el mar de Galilea y el río Jordán, y se transmitió a la posteridad la más certera y valiosa presentación de la historia temprana de la Fe y sus principios. Gracias a la recepción extraordinariamente acogedora que se Le dispensó durante Su visita a Beirut, a Sus contactos con Midhat Páshá, antiguo Gran Visir de Turquía, a Su amistad con ‘Azíz Pá shá, a quien había conocido previamente en Adrianópolis, y quien con posteriori-dad había sido promovido al rango de valí, y mediante Su asociación constante con funcionarios, notables y eclesiásticos destacados, quienes en número creciente procuraban Su presencia durante los años finales del ministerio de Su Padre, logró elevar el prestigio de la Causa que había abanderado hasta un nivel nunca antes conocido.

Sólo a Él se Le dio el privilegio de ser llamado «el Maestro», honor del que Su Padre había excluido estrictamente a todos los demás hijos. Sobre Él decidió conferir aquel Padre amoroso e infalible el título singular de «Sirru’lláh» («el Misterio de Dios»), designación tan apropiada para Quien, aunque esencialmente humano y poseedor de una condición radical y fundamentalmente diferente de la ocupada por Bahá’u’lláh y Su Precursor, podía reclamar ser el Ejemplo perfecto de Su Fe, estar dotado de conocimiento sobrehumano y ser visto como el espejo impecable que refleja Su luz. A Él Se refirió ese mismo Padre, hallándose en Adrianópolis, en la Súriy-i-Ghusn («Tabla de la Rama») como «su Ser sagrado y glorioso, esta Rama de Santidad», como «el Miembro de la Ley de Dios», como Su «favor más grande» para con los hombres, como Su «merced más perfecta» concedida sobre éstos, como Aquél a través de quien «todo hueso que se descompone se reaviva», declarando que «aquel que se dirige hacia Él se ha dirigido a Dios» y que «quienes se privan de la sombra de la Rama se pier-den en los yermos del error». A Él, hallándose todavía en la ciudad, había aludido (en una Tabla dirigida a . ájí Mu ammad Ibráhím-i-.

HhKhalíl) como aquel de entre Sus hijos «de cuya lengua Dios hará que broten los signos de Su poder» y como Aquel a quien «Dios ha escogido especialmente para Su Causa». Sobre Él, en un periodo posterior, el Autor del Kitáb-i-Aqdas, en un pasaje célebre, posteriormente elucidado en el Libro de Mi Alianza había conferido la función de interpretar Su Sagrada Escritura, proclamando que Él era, al mismo tiempo, Aquel «a quien Dios quiso, Quien ha surgido de esta Antigua Raíz». Con respecto a Él, en una Tabla revelada durante ese mismo periodo y dirigida a Mírzá Mu ammad Qulíy-i-Sabzivárí, Se había

h.

referido como «el Golfo que se ha ramificado desde este Océano que ha abarcado todas las cosas creadas», ordenando a Sus seguidores que dirigieran sus rostros hacia Él. Asimismo a Él, con ocasión de Su visita a

Beirut, rindió Su Padre un encendido tributo mediante una comunicación que dictó a Su amanuense, glorificándolo como Aquel «en tor-no a quien todos los nombres giran», como «la Rama Más Poderosa de Dios» y como «Su Misterio antiguo e inmutable». A Él fue a quien, en varias Tablas el propio Bahá’u’lláh Se dirigió como «la Niña de Mis ojos», a quien Se refirió como «un escudo para cuantos están en el cielo y la tierra», «un refugio para toda la humanidad» y «una fortaleza para quienquiera que haya creído en Dios». Y fue en Su nombre como Su Padre, en una oración revelada en Su honor, había suplicado a Dios que «Lo hiciera victorioso», y que «ordenase [...] para Él, así como para quienes Le

aman», las cosas destinadas por el Todopoderoso para Sus «Mensajeros» y los «Fiduciarios» de Su Revelación. Finalmente, en otra Tabla quedan consignadas estas poderosas palabras: «Descanse la gloria de Dios sobre Ti, y sobre quienquiera que Te sirva y se encuentre a tu alrededor. Que la desgracia, una gran desgracia, asalte a quien se Te oponga y Te dañe. Que el bien sea con quien jure pleitesía hacia Ti; que el fuego del tormento infernal recaiga en Tu enemigo».

Y ahora, para coronar los honores, privilegios y beneficios inestimables que con abundancia creciente había derramado sobre Él Su Padre durante los cuarenta años de ministerio, en Bagdad, en Adrianópolis y ‘Akká, Lo había elevado a la eminente función de Centro de la Alianza de Bahá’u’lláh, convirtiéndolo en sucesor de la propia Manifestación de Dios, posición que Lo facultaba para impartir un empuje extraordinario a la expansión internacional de la Fe, para ampliar su doctrina, derrumbar toda barrera que estorbara el paso y alumbrar y delinear los rasgos del Orden Administrativo, Hijo de la Alianza, y Precursor de ese Orden Mundial cuyo establecimiento debe señalar el advenimiento de la Edad de Oro de la Dispensación bahá’í.

CAPÍTULO
XV
LA REBELIÓN DE MÍRZÁ MU H. AMMAD-‘ALÍ
E

L efecto inmediato de la ascensión de Bahá’u’lláh, según ya se ha observado, se tradujo en el luto y aturdimiento generalizado entre Sus seguidores y compañeros, así como en el reverdecer de las esperanzas y determinación de unos adversarios temibles y acechantes. En una época en que una Fe penosamente difamada había resurgido triunfante de las dos crisis agudísimas que había conocido –la primera obra de los enemigos externos, la otra fruto del esfuerzo de los enemigos internos–, cuando su prestigio había alcanzado una cúspide sin igual en periodo alguno de sus cincuenta años de existencia, la Mano infalible que desde los albores moldeara su destino fue eliminada de improviso, dejando un hiato que el amigo y el enemigo por igual creyeron que nunca podría volver a colmarse.

Sin embargo, tal como explicara más adelante el propio Centro designado de la Alianza de Bahá’u’lláh e Intérprete autorizado de Su enseñanza, la disolución del tabernáculo, donde el alma de la Manifestación de Dios había escogido morar temporalmente, supuso la liberación de las restricciones que una vida terrenal, por necesidad, imponían sobre ella. No estando ya circunscrito por limitaciones físicas de ninguna suerte, no estando ya su brillo nublado por el templo humano, esa alma podía de ahora en adelante dar bríos al mundo entero en una medida sin parangón en ninguna de las fases experimentadas a Su paso por este orbe.

Por lo demás, la portentosa tarea llevada a cabo por Bahá’u’lláh en este plano terrenal, había llegado a su consumación definitiva allá por la época de Su fallecimiento. Lejos de quedar en modo alguno inconclusa Su misión, alcanzó a su plena culminación en todos los aspectos. El Mensaje que Le fuera encomendado fue expuesto ante la mirada de la humanidad toda. Se pregonó sin cesar el emplazamiento que se Le encargara dirigir a sus dirigentes y gobernantes. Se establecieron sobre bases inexpugnables los principios fundamentales de la doctrina destinada a recrear su vida, curar su enfermedad y redimirla del cautiverio y de la degradación. La marea de calamidades que había de purgar y fortalecer los tendones de Su Fe azotó con furia irreprimible. Se derramó con profusión la sangre que abonó la tierra de la cual habrían de brotar las instituciones de Su Orden Mundial. Por encima de todo, la Alianza que había de perpetuar la influencia de esa Fe, asegurar su integridad, resguardarla del cisma y estimular su expansión mundial, quedó fijada sobre cimientos inviolables.

Su Causa, preciosa más allá de los sueños y esperanzas humanos; guardiana dentro de sus arcas de la perla de gran precio a la que el mundo, desde su fundación, ha aspirado; enfrentada con tareas colosales de una complejidad y urgencia inimaginables, estaba a salvo de azares y a buen recaudo. Su propio Hijo bienamado, la niña de Sus ojos, Vicegerente Suyo en la tierra, el Ejecutor de Su autoridad, el Pivote de Su Alianza, el Pastor de Su rebaño, el Ejemplo de Su fe, la Imagen de Sus perfecciones, el Misterio de Su Revelación, el Intérprete de Su mente, el Arquitecto de Su Orden Mundial, la Enseña de Su Más Grande Paz, el Punto Focal de Su guía infalible; en una palabra, el ejercitante de una función sin par en todo el campo de la historia religiosa, la veló, alerta, intrépido y decidido a ampliar sus lími

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tes, a blasonar su fama por doquier, abanderar sus intereses y consumar su propósito.

La conmovedora proclamación que ‘Abdu’l-Bahá había dirigido al grueso de los creyentes en Su Padre, la mañana de Su ascensión, así como las profecías que pronunció Él mismo en Sus Tablas, insuflaron una voluntad y confianza que los frutos cosechados y los triunfos logrados en el curso de un ministerio de treinta años justificaron en abundancia.

Se disipó la nube de desánimo que momentáneamente se había asentado sobre los amantes desconsolados de la Causa de Bahá’u’lláh. La continuidad de la guía infalible que Le había sido dispensada a esta Causa desde que viera la luz estaba por fin asegurada. El significado de la afirmación solemne de que éste es «El Día que no será seguido por la noche», podía comprenderse ahora con claridad. Una comunidad huérfana había reconocido en ‘Abdu’l-Bahá, en su hora de necesidad desesperada, a su Solaz, su Guía, su Baluarte y Campeón. La Luz que había resplandecido con brillo tan fulgurante en el corazón de Asia y que, en vida de Bahá’u’lláh, se había difundido por Oriente Próximo, iluminando las estribaciones tanto de los continentes europeo como del africano, había de viajar, a través de la influencia impetuosa de la Alianza recién proclamada, y casi inmediatamente después de la muerte de su Autor, hasta el distante continente norteamericano, para desde allí difundirse por los países de Europa, y posteriormente derramar su brillo sobre el Lejano Oriente y Australasia.

Sin embargo, antes de que la Fe pudiera hincar su bandera en el mismísimo corazón del continente norteamericano, y desde allí establecer sus avanzadas sobre una enorme porción del mundo occidental, la recién nacida Alianza de Bahá’u’lláh debía, tal como había sucedido con la Fe que la alumbrara, ser bautizada con un fuego que demostrase su solidez y proclamara su indestructibilidad ante un mundo incrédulo. Una crisis, casi tan severa como la que allá en Bagdad había asaltado a la Fe en su infancia temprana, sacudió la Alianza hasta sus cimientos nada más iniciarse, sometiendo la Causa cuyo fruto más noble era ella, una de las pruebas más graves experimentadas en el curso de todo un siglo.

Esta crisis, malinterpretada como cisma y que los adversarios políticos y eclesiásticos por igual, y no menos los cada vez más escasos restos de los seguidores de Mírzá Ya h. yá saludaron como una señal del desbaratamiento próximo y disolución definitiva del sistema establecido por Bahá’u’lláh, se precipitó en el corazón y centro mismos de Su Fe, y fue provocada por un miembro no menos significado de Su propia familia, como era el hermanastro de ‘Abdu’l-Bahá, citado específicamente en el libro de la Alianza, cuyo rango sólo era precedido por el de Aquel que había sido designado Centro de la Alianza. Durante no menos de cuatro años, aquella protuberancia agitó ciegamente las conciencias y corazones de una gran proporción de los fieles de Oriente, eclipsando, durante un tiempo, el Orbe de la Alianza; creó un foso irreparable en las filas de la propia familia de Bahá’u’lláh; selló definitivamente el destino de la gran mayoría de los miembros de Su familia, y dañó gravemente su prestigio, aunque nunca logró crear una brecha permanente en la estructura de la propia Fe. La verdadera base que dio pie a esta crisis fue la carcoma de unos celos abrasadores e incontrolables que la preeminencia reconocida de ‘Abdu’l-Bahá en rango, poder, bondad, conocimiento y virtud, sobre todos los demás miembros de la familia de Su padre, suscitó no sólo en Mírzá Mu ammad-‘Alí, el archiviolador de

h. la Alianza, sino también en algunos de sus parientes más allegados. Una envidia tan ciega como la que se había apoderado del alma de Mírzá Ya h. yá, tan mortal como la que despertó la superior excelencia de José en el corazón de sus hermanos, tan arraigada como la que había prendido en el pecho de Caín impulsándole a sacrificar a su

hermano Abel, rescoldó durante varios años, antes de la Ascensión de Bahá’u’lláh, en los repliegues del corazón de Mírzá Mu ammad

h. ‘Alí, inflamándose en secreto ante las incontables muestras de dis

tinción, admiración y favor que tributaban a ‘Abdu’l-Bahá no sólo el propio Bahá’u’lláh, Sus compañeros y seguidores, sino también un gran número de no creyentes que habían llegado a reconocer la grandeza innata que ‘Abdu’l-Bahá había manifestado desde la niñez.

Lejos de apaciguarse ante las disposiciones de una Voluntad que lo había elevado al segundo puesto dentro de las filas de los fieles, el fuego de la animosidad inextinguible que ardía en el pecho de Mírzá Mu ammad-‘Alí llameó con mayor fiereza en cuanto comprendió las

h. repercusiones plenas de aquel Documento. Todo lo que ‘Abdu’l-Bahá pudo hacer durante un periodo de cuatro años de zozobra: Sus exhortaciones incesantes, Sus ruegos encarecidos, los favores y amabilidad prodigados sobre él, las advertencias y avisos pronunciados, incluso Su retirada voluntaria en la esperanza de desviar la tormenta amenazante, demostraron ser de escasa utilidad. Gradualmente y con persistencia inquebrantable, mediante mentiras, medias verdades, calumnias y exageraciones groseras, aquel «Promotor de la sedición» logró poner de su lado a casi toda la familia de Bahá’u’lláh, así como a un número considerable de quienes habían formado su séquito más próximo. Las dos mujeres supervivientes de Bahá’u’lláh, Sus dos hijos, el vacilante Mírzá D. íyá’u’lláh y el traicionero Mírzá Badí‘u’lláh, junto con su hermana y hermanastra y sus respectivos maridos, uno de ellos el infame Siyyid ‘Alí, pariente del Báb, el otro el artero Mírzá Majdi’d-Dín, junto con su hermana y hermanastros –hijos del noble, fiel y por entonces ya difunto Áqáy-i-Kalím– todos se coaligaron en

un esfuerzo decidido por subvertir los cimientos de la Alianza que el recién proclamado Testamento había sentado. Incluso Mírzá Áqá Ján, quien durante cuarenta años había trabajado como amanuense de Bahá’u’lláh, así como Mu ammad Javád-i-Qasvíní, quien desde los

h. días de Adrianópolis se había dedicado a transcribir las innumerables Tablas reveladas por la Pluma Suprema, junto con toda su familia, cerraron filas con los Violadores de la Alianza, consintiendo en quedar atrapados en sus maquinaciones. Abandonado, traicionado, asaltado por lo más nutrido de Su

familia, ahora congregada en la Mansión y casas adyacentes agrupadas en torno a la Más Sagrada Tumba, difunta ya Su madre y fenecidos Sus hijos varones, sin apoyo ninguno salvo el de una hermana soltera, cuatro hijas casaderas, Su esposa y Su tío (el hermanastro de Bahá’u’lláh), ‘Abdu’l-Bahá quedó solo para soportar, en medio de una multitud de enemigos dispuestos contra Él desde dentro y desde fuera, la carga entera de las responsabilidades tremendas que Su función exaltada hacían reposar sobre Él.

Unidos estrechamente por un deseo y propósito comunes; incansables en sus esfuerzos; seguros de contar con el apoyo del poderoso y pérfido Jamál-i-Burújirdí y sus sicarios, H. ájí H. usayn-i-Káshí, Khalíl-i-Khu’í y Jalíl-i-Tabrízí, quienes habían abrazado su causa; vinculados por un gran sistema de correspondencia con todos los focos individuales a su alcance; secundados en sus afanes por emisarios enviados a Persia, Irak, la India y Egipto; envalentonados en sus planes por la actitud de los funcionarios a quienes sobornaron

o sedujeron, estos repudiadores de una Alianza divina se levantaron, de consuno, para lanzar una campaña de difamación y vilipendio comparable en virulencia con las acusaciones infames que Mírzá Ya hyá y Siyyid Mu ammad habían arrojado conjuntamente contra

. h. Bahá’u’lláh. Ante propios y extraños, ante el creyente y el incrédulo por igual, ante los funcionarios de alta o baja graduación, abiertamente o mediante insinuaciones, de palabra o también por escrito, presentaron a ‘Abdu’l-Bahá como usurpador, ambicioso, egoísta, despiadado y carente de principios, como alguien que había desatendido deliberadamente las instrucciones contenidas en el testamento de Su Padre y, con lenguaje intencionadamente velado y ambiguo, había asumido un rango equiparable al de la propia Manifestación; Quien en Sus comunicaciones con Occidente había comenzado a reclamar para sí la condición de Cristo regresado, el Hijo de Dios, quien había llegado «en la gloria del Padre»; Quien, en Sus epístolas a los creyentes de la India, Se autoproclamaba el prometido Sháh Bahrám y Se arrogaba el derecho de interpretar los escritos de Su Padre, de inaugurar una nueva Dispensación y de compartir con Él la Más Grande Infalibilidad, prerrogativa exclusiva de los titulares de

la función profética. Además, afirmaban que, con fines particulares, había sembrado la discordia, fomentando la enemistad y blandiendo el arma de la excomunión; que había pervertido el propósito del Testamento que, para ellos, guardaba relación principalmente con los intereses particulares de la familia de Bahá’u’lláh, proclamándolo como una Alianza de importancia mundial, preexistente, impar y única en la historia de todas las religiones; que había privado a Sus hermanos y hermanas de la parte legítima que les correspondía, y que había invertido ésta en los funcionarios en beneficio propio; que había declinado todas las invitaciones reiteradas que se Le hicieron de discutir los asuntos surgidos y de reconciliar las diferencias existentes; que, de hecho, había corrompido el Texto Sagrado, interpolando pasajes escritos por Él mismo, y pervertido el propósito y significado de algunas de las Tablas más significativas reveladas por la pluma de Su Padre; y, finalmente, que el estandarte de la rebelión, como consecuencia de dicha conducta, había sido enarbolado por los creyentes orientales, que la comunidad de los fieles se había disgregado, para declinar rápidamente y quedar condenada a la extinción. Y sin embargo, fue este mismo Mírzá Mu ammad-‘Alí quien,

h. considerándose exponente de la fidelidad, portaestandarte de los «unitarios», el «Dedo que apunta a su Maestro», el campeón de la Sagrada Familia, el portavoz de los Aghs.án, el valedor de la Santa Escritura, ya en vida de Bahá’u’lláh, había presentado tan abierta y desvergonzadamente una declaración escrita, firmada y sellada por él mismo, y en la que aducía los títulos que ahora falsamente imputaba a ‘Abdu’l-Bahá, que su Padre, con Su propia mano, lo castigó. Fue él quien, habiendo sido enviado a la India, manipuló el texto de las sagradas escrituras que le habían sido encomendadas para su publicación. Fue él quien tuvo la impudicia y temeridad de decirle a

‘Abdu’l-Bahá a la cara que tal como ‘Umar había conseguido usurpar la sucesión del profeta Mu ammad, también él se sentía capaz de

h.

obrar otro tanto. Fue él quien, obsesionado por el temor de no sobrevivir a ‘Abdu’l-Bahá, replicó raudo, en el momento que se le aseguró que todo el honor codiciado sería suyo, que no tenía garantías de sobrevivirle. Fue él quien, como atestigua Mírzá Badí‘u’lláh en su confesión, escrita y publicada con ocasión de su arrepentimiento y reconciliación pasajera con ‘Abdu’l-Bahá, consiguió mediante un ardid, mientras el cuerpo de Bahá’u’lláh aún permanecía insepulto, las dos sacas que contenían los documentos más preciosos que su Padre, antes de Su ascensión, confiara a ‘Abdu’l-Bahá. Fue él quien, mediante una falsificación extremadamente hábil y sencilla de una palabra que aparece en alguno de los pasajes de denuncia dirigidos por la Pluma Suprema a Mírzá Ya h. yá, y mediante otros actos tales como la mutilación e interpolación, logró que se aplicaran directamente a un Hermano a Quien aborrecía con una pasión devoradora. Finalmente, fue este mismo Mírzá Mu ammad-‘Alí quien, según

h. atestigua ‘Abdu’l-Bahá en Su Testamento, con engaño y miramientos, conspiró para arrebatarle la vida, intención sugerida mediante alusiones en una carta escrita por Shu‘á‘u’lláh (hijo de Mírzá Muh.ammad-‘Alí), cuyo original fue adjuntado en ese mismo Documento por ‘Abdu’l-Bahá. Mediante éstos y otros actos semejantes demasiado numerosos para referirlos aquí, la Alianza de Bahá’u’lláh había sido violada palmariamente. De este modo la Fe tuvo que encajar otro golpe, de efectos aturdidores, un golpe que hizo que su estructura se tambalease momentáneamente. La tormenta presagiada por el autor del Apocalipsis se había desatado. Los «relámpagos», los «truenos» y el «terremoto» que debían acompañar la revelación del «Arca de Su Testamento», se habían materializado. El dolor que acarrearon a ‘Abdu’l-Bahá tan trágicos sucesos, ocurridos muy poco después de la ascensión de Su Padre, fue tal que, a pesar de los triunfos cosechados a lo largo de Su ministerio, las secuelas de éstos perduraron hasta el final de Sus días. La intensidad de las emociones que despertara este episodio sombrío trajo reminis

cencias de los efectos que produjeron en Bahá’u’lláh los espantosos acontecimientos precipitados por la rebelión de Mírzá Ya h. yá. «¡Juro

por la Antigua Belleza!», escribió en una de Sus Tablas, «tan grande es Mi angustia y lamento que se Me paraliza la pluma entre Mis dedos». «Tú Me ves», así se lamenta en una oración recogida en Su Testamento, «inmerso en un océano de calamidades que abruman el alma, de aflicciones que oprimen el corazón [...] Las pruebas amargas Me han rodeado, y los peligros Me asedian por doquier. Tú Me ves, inmerso en un océano de tribulaciones insuperadas, hundido en un abismo insondable, afligido por Mis enemigos y consumido por la llama del odio encendido por Mis familiares con quienes Tú estableciste Tu sólida Alianza y Tu firme Testamento [...]». Y de nuevo en ese mismo Testamento: «¡Señor! Tú ves que todas las cosas lloran sobre Mí, y a Mis deudos regocijándose en Mis dolores. Por Tu gloria, ¡oh mi Dios! Incluso entre Mis enemigos algunos se han lamentado de Mis pesares y zozobras, y de entre los envidiosos cierto número ha derramado lágrimas por causa de Mis cuidados, Mi exilio y Mis aflicciones». «¡Oh Tú, gloria de las Glorias!», proclama en una de Sus últimas Tablas, «he renunciado al mundo y a sus gentes, y Me encuentro con el corazón destrozado y gravemente herido por causa de los infieles. Me muevo en la jaula de este mundo como un pájaro atemorizado, y anhelo todos los días alzar el vuelo a Tu Reino».

El propio Bahá’u’lláh había revelado significativamente en una de Sus Tablas, un pasaje que arroja una luz esclarecedora sobre todo este episodio: «Por Dios, ¡Oh pueblo! Mis ojos lloran, y llora el ojo de ‘Alí (el Báb) y llora el Concurso de lo alto, y Mi corazón grita, y el corazón de Mu ammad grita dentro del Tabernáculo Más Glorioso, y Mi alma alza la

h. voz y las almas de los Profetas alzan la voz ante quienes están dotados de entendimiento [...] Mi pesar no es por Mí mismo, sino por Aquel que habrá de venir tras de Mí, a la sombra de Mi Causa, con soberanía manifiesta e indudable, por cuanto no acogerán Su aparición, sino que repudiarán Sus signos, disputarán Su soberanía, pugnarán contra Él y traicionarán Su Causa [...]» «¿Es acaso posible...», ha observado Él en una Tabla no menos significativa, «...que después de despuntar el astro de Tu Testamento sobre

el horizonte de Tu Más Grande Tabla, los pies de nadie se deslicen fuera de Tu Recto Sendero? A esto respondimos: “¡Oh Muy exaltada Pluma! Te incumbe dedicarte a lo que Te ha sido encargado por Dios, el Exaltado, el Grande. No pidas lo que consumirá Tu corazón y los corazones de los moradores del Paraíso, quienes han circulando en torno a Mi Causa maravillosa. No te corresponde informarte de lo que Te ha sido ocultado. ¡El Señor es, en verdad, el Ocultador, el Omnisciente!”». Más en concreto, Bahá’u’lláh, refiriéndose a Mírzá Mu ammad-‘Alí, en lenguaje claro e inequívo

h. co, afirmó: «Él no es, en verdad, sino uno de Mis siervos [...] si por un momento escapara a la sombra de la Causa, sin duda quedaría abocado a

la nada». Además, en términos no menos enfáticos, y en relación asimismo con Mírzá Mu ammad-‘Alí, había declarado: «¡Por Dios, el

h.

Verdadero! Si por un solo instante, Nos le retirásemos las efusiones de Nuestra Causa, se marchitaría y quedaría reducido a polvo». Además, el propio ‘Abdu’l-Bahá atestigua: «No hay duda de que en mil pasajes de los escritos sagrados de Bahá’u’lláh se abomina de los violadores de la Alianza». Él mismo recopiló algunos de estos pasajes, antes de Su partida de este mundo, y los incorporó a una de Sus últimas Tablas, como aviso y salvaguarda contra quienes, a lo largo de Su ministerio, habían manifestado un odio tan implacable contra Él, y habían estado tan cerca de subvertir los cimientos de una Alianza de la que dependía no sólo Su propia autoridad, sino también la integridad de la Fe.

CAPÍTULO
XVI
SURGIMIENTO
Y FUNDACIÓN DE LA FE
EN OCCIDENTE
A

UNQUE la rebelión de Mírzá Mu ammad-‘Alí precipitó

h. muchos acontecimientos sombríos y preocupantes, aunque sus amargas consecuencias continuaron oscureciendo durante años la luz de la Alianza, poniendo en peligro la vida de Su Centro designado, y distrayendo los pensamientos y retardando el progreso de las actividades de sus valedores tanto de Oriente como de Occidente, no obstante, visto en su correcta perspectiva, el episodio entero demostró ser ni más ni menos que una de esas crisis periódicas que, desde el comienzo de la Fe de Bahá’u’lláh, y a lo largo de todo un siglo, había propiciado la poda de elementos dañinos, el refuerzo de sus cimientos, la demostración de su resistencia y la liberación de una medida más amplia de sus poderes latentes. Ahora que las disposiciones de una Alianza divinamente designada se habían proclamado de forma indudable; ahora que el propósito de la Alianza se comprendía con claridad y sus fundamentos se habían establecido inamoviblemente en los corazones de la abrumadora mayoría de los seguidores de la Fe; y ahora que los primeros

asaltos lanzados por sus subvertidores habían sido repelidos con éxito, la Causa para la que dicha Alianza había sido concebida podía proseguir el curso que le trazara el dedo de su Autor. Hazañas deslumbrantes y victorias inolvidables habían marcado ya el nacimiento de esa Causa, como acompañamiento a su surgimiento en varios países del continente asiático, y en particular, en la tierra natal de su Fundador. La misión del Guía recién designado, el servidor de su gloria y el esparcidor de su luz, fue, tal como la concibiera Él mismo, la de enriquecer y ampliar los límites del patrimonio incorruptible que Le fuera encomendado en Sus manos, derramando la iluminación de la Fe de Su Padre sobre Occidente, exponiendo los preceptos fundamentales de esa Fe y sus principios cardinales, consolidando las actividades que ya habían sido emprendidas para la promoción de sus intereses y, finalmente, dando paso, mediante las disposiciones de Su propio Testamento, a la Edad Formativa de su evolución.

Un año después de la ascensión de Bahá’u’lláh, ‘Abdu’l-Bahá ya había predicho en un versículo que había revelado, y que suscitó la mofa de los Violadores de la Alianza, un acontecimiento auspicioso que la posteridad reconocería como uno de los grandes triunfos de Su ministerio y que, a la postre, habría de conferir bendiciones inestimables sobre el mundo occidental, y que de entonces en adelante disiparía el dolor y las dudas que habrían rodeado a la comunidad de Sus compañeros de exilio en ‘Akká. La Gran República de Occidente, antes que los demás países occidentales, fue seleccionada para ser la primera destinataria de la bendición inestimable de Dios, y para convertirse en el cauce principal para su transmisión a tantas naciones hermanas suyas repartidas por los cinco continentes de la tierra.

No puede ponderarse lo bastante la importancia de un acontecimiento tan trascendental en la evolución de la Fe de Bahá’u’lláh –el establecimiento de Su Causa en el continente norteamericano– en una época en la que ‘Abdu’l-Bahá acababa de inaugurar Su Misión y todavía Se encontraba atenazado por la crisis más grave con la que habría de enfrentarse nunca. Aquel mismo año que presenció el nacimiento de la Fe en Shiraz, ya en el Qayyúmu’l-Asmá’ y tras lanzar

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un aviso en un pasaje memorable a los pueblos tanto de Oriente como de Occidente, el Báb Se dirigió directamente a los «pueblos de Occidente», y de forma significativa les ordenó «que salieran» de sus «ciudades» para auxiliar a Dios y «convertirse como hermanos» en Su «religión única e indivisible». «En Oriente», había escrito el propio Bahá’u’lláh, anticipándose a este acontecimiento, «ha despuntado la luz de Su Revelación; y en Occidente han aparecido los signos de Su dominio». «Si intentaran», había predicho además, «ocultar su luz en el continente, sin duda hará que su cabeza resurja de la entraña misma del océano, y que, alzando su voz, proclame: “¡Soy el vivificador del mundo!”» «De haberse revelado esta Causa en Occidente», refiere Nabíl en su narración que había afirmado Él poco antes de Su ascensión, «si Nuestros versículos hubieran sido enviados desde Occidente a Persia y a otros países de Oriente, se habría hecho evidente cómo el pueblo de Occidente abrazaba Nuestra Causa. El pueblo de Persia, sin embargo, no lo ha apreciado». «Desde el comienzo del tiempo hasta el día presente», asegura el testimonio de ‘Abdu’l-Bahá, «la luz de la Revelación divina ha surgido en Oriente, derramando su brillo sobre Occidente. Sin embargo, la iluminación así irradiada ha adquirido en Occidente un brillo extraordinario. Considera la Fe proclamada por Jesús. Aunque apareció al principio en Oriente, sin embargo, hasta que su luz no se derramó sobre Occidente, no se hizo manifiesta la medida plena de sus potencialidades». «Se acerca el día», afirma Él, «cuando presenciaréis cómo, mediante el esplendor de la Fe de Bahá’u’lláh, Occidente habrá reemplazado a Oriente, irradiando la luz de la guía divina». Y asimismo: «Occidente ha adquirido iluminación de Oriente, pero, en algunos aspectos, el reflejo de la luz ha sido mayor en Occidente». Y a mayor abundamiento indica: «Oriente, en verdad, ha sido iluminado con la luz del Reino. Pronto esa misma luz difundirá una iluminación incluso mayor sobre Occidente».

De forma más específica, el Autor de la Revelación bahá’í ha escogido en persona conceder a los gobernantes del continente americano el honor único de dirigirse a ellos colectivamente en el Kitáb-i-Aqdas, Su Libro Más Sagrado, exhortándoles significativamente a

«adornar el templo del dominio con el ornamento de la justicia y del temor de Dios, y su cabeza con la corona del recuerdo» de su Señor, ordenándoles «vendar con las vendas de la justicia al quebrantado» y «aplastar al opresor» con la «vara de los mandamientos» de su «Señor, el Ordenador, el Omnisciente». «El continente americano», escribió ‘Abdu’l-Bahá, «es, a los ojos del Dios único y verdadero, la tierra donde se revelarán los esplendores de Su luz, donde se descorrerá el velo de los misterios de Su Fe, donde se reunirán los justos y se congregarán los libres». «El continente americano», predijo además, «ha dado muestras y evidencias de un grandísimo avance. Su futuro es incluso más prometedor, pues su influencia e iluminación poseen grandes alcances. Guiará a todas las naciones espiritualmente».

«Las gentes de Norteamérica», ha revelado ‘Abdu’l-Bahá, incluso de forma más señalada, al destacar como objeto de Su favor especial la gran república de Occidente como la principal nación del continente americano «son dignas de ser las primeras en construir el Tabernáculo de la Más Grande Paz y proclamar la unidad de la humanidad». Y de nuevo: «Esta nación americana está preparada y posee la capacidad de cumplir aquello que adornará las páginas de la historia y de convertirse en la envidia del mundo y de ser bendecida tanto en Oriente como Occidente por el triunfo de sus gentes». Más aún: «Ojalá que esta democracia americana sea la primera nación en establecer los cimientos de la concordia internacional. Que sea ella la primera en proclamar la unidad de la humanidad. Que sea la primera en desplegar la bandera de la Más Grande Paz». «Ojalá que los habitantes de ese país», ha escrito también «[...] se alcen desde sus actuales logros materiales a cotas tales que la iluminación celestial se vierta desde este centro hacia todos los pueblos del mundo».

«¡Oh vosotros apóstoles de Bahá’u’lláh!», con estas palabras Se dirige ‘Abdu’l-Bahá ,a los creyentes del continente norteamericano: «[...] considerad cuán exaltada y eximia es la condición que estáis destinados a alcanzar [...] Todavía permanece sin revelarse la medida de vuestro triunfo, su significado todavía no se comprende». Y de nuevo: «Vuestra misión es indeciblemente gloriosa. Si el éxito coronara vuestra empresa, América se

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convertirá a buen seguro en un centro desde el cual las olas del poder espiritual habrán de manar, y el trono del reino de Dios será establecido firmemente en la plenitud de su majestad y gloria». Y por último, esta afirmación conmovedora: «La hora en que este Mensaje divino sea llevado por los creyentes americanos desde las costas de América, y sea propagado a través de los continentes de Europa, Asia, África y Australasia, incluso hasta las islas recónditas del Pacífico, esta comunidad se encontrará firmemente establecida sobre el trono de un dominio sempiterno [...] entonces la tierra entera resonará con las alabanzas de su majestad y grandeza».

No es de sorprender que una comunidad perteneciente a una nación tan abundantemente bendecida, una nación que ocupa un puesto tan eminente en un continente tan ricamente dotado, haya podido, durante cincuenta años de existencia, sumar a los anales de la Fe de Bahá’u’lláh muchas páginas repletas de victorias. Ésta es la comunidad, conviene recordarse, que, desde que fue alumbrada gracias a las energías creativas liberadas por la proclamación de la Alianza de Bahá’u’lláh, fue amamantada en el regazo de la solicitud indefectible de ‘Abdu’l-Bahá y formada por Él, para desempeñar una misión única, mediante la revelación de Tablas innumerables, mediante instrucciones entregadas a los peregrinos que partían de regreso, mediante el despacho de mensajes especiales, mediante Sus propios viajes realizados en fecha posterior, a través del continente norteamericano, mediante el énfasis que había puesto en la institución de la Alianza en el curso de dichos viajes y, finalmente, mediante Su mandato encarnado en las Tablas del Plan Divino. Ésta es la comunidad que desde su más tierna infancia hasta la hora presente, ha luchado sin cejar en su empeño, logrando, merced a sus propios esfuerzos, implantar la bandera de Bahá’u’lláh en la gran mayoría de los sesenta países que, tanto en Oriente como en Occidente, pueden reclamar ahora el honor de estar incluidos bajo el palio de Su Fe. A esta comunidad pertenece la distinción de haber desarrollado la pauta, y de haber sido la primera en erigir el armazón de las instituciones administrativas que han de pregonar el advenimiento del Orden Mundial de Bahá’u’lláh. Mediante los esfuerzos de sus miembros, el Templo Madre de Occidente, Precursor de ese Orden, una de las instituciones más nobles prescritas en el Kitáb-i-Aqdas, y el edificio más señorial alzado en todo el mundo bahá’í, ha sido erigido en el corazón mismo del continente norteamericano. Mediante las labores asiduas de sus pioneros, maestros y administradores, se han expandido enormemente los escritos de la Fe, han sido defendidos intrépidamente sus fines y propósitos, y se han establecido con solidez sus instituciones nacientes. Como consecuencia directa de los esfuerzos infatigables y sin apoyos de los más distinguidos de sus maestros itinerantes, ha podido garantizarse la lealtad espontánea de la realeza a la Fe de Bahá’u’lláh, proclamándose ésta de forma inconfundible mediante varios testimonios transmitidos a la posteridad por la pluma de la propia conversa de sangre real. Y por último, a los miembros de esta comunidad, descendientes espirituales de los heraldos de la Edad Heroica de la Dispensación bahá’í, debe atribuirse el honor eterno de haberse alzado, en numerosas ocasiones, con maravillosa alacridad, celo y determinación, a acaudillar la causa de los oprimidos, a socorrer al necesitado y a defender los intereses de los edificios e instituciones levantados por sus hermanos en países tales como Persia, Rusia, Egipto, Irak y Alemania, países donde los seguidores de la Fe han debido acusar, en varia medida, los rigores de la persecución racial y religiosa.

Resulta sobremanera extraño que, en un país investido con una función tan singular entre sus naciones hermanas de Occidente, la primera referencia pública al Autor de una Fe tan gloriosa fuera realizada por boca de uno de los miembros de la orden eclesiástica con la que dicha Fe había tenido que pugnar tanto tiempo, y por causa de la cual había sufrido con frecuencia. Más extraño todavía es que, quien la estableció en la ciudad de Chicago, cincuenta años después de que el Báb hubiera declarado Su Misión en Shiraz, abandonase, pocos años después, la bandera que él, por su cuenta, había implantado en aquella ciudad.

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Fue el 23 de septiembre de 1893, apenas cumplido un año desde la ascensión de Bahá’u’lláh, cuando, en un artículo escrito por el reverendo Henry H. Jessup, director de las Obras Misioneras Presbiterianas para el norte de Siria, y leído por el reverendo George A. Ford, de Siria, en el Parlamento Mundial de las Religiones, celebrado en Chicago con motivo de la Exposición Colombina, conmemorativa del cuatrocientos aniversario del descubrimiento de América, cuando se anunció que «un famoso sabio persa», «el Santo bábí», había muerto recientemente en ‘Akká, y que dos años antes de Su ascensión, había expresado a «un erudito de Cambridge» que Lo visitó «sentimientos tan nobles, tan cristianos» que el autor del artículo, deseaba, en sus «palabras de cierre», compartirlos con su audiencia. No había transcurrido todavía un año, cuando allá por febrero de 1894, un médico sirio, de nombre Ibráhím Khayru’lláh, quien, mientras residía en El Cairo, había sido convertido a la Fe por Hájí ‘Abdu’l Karím-i-ihrání,

. T. recibió una Tabla de Bahá’u’lláh, entabló relación con ‘Abdu’l-Bahá y llegó a Nueva York en diciembre de 1892, estableció su residencia en Chicago y comenzó a enseñar activa y sistemáticamente la Causa que había abrazado. En el transcurso de dos años comunicó sus impresiones a ‘Abdu’l-Bahá y dio cuenta del magnífico triunfo que le habían deparado sus esfuerzos. En 1895 le fue dispensada una nueva veta en Kenosha, ciudad que continuó visitando una vez a la semana en el curso de sus actividades de enseñanza. Según se refiere, los creyentes de ambas ciudades se contaban al año siguiente en varios centenares. En 1897 publicó un libro, titulado Bábu’d-Dín, visitó las ciudades de Kansas, Nueva York, Ithaca y Filadelfia, donde pudo ganar a la Fe a un número considerable de valedores. El recio Thornton Chase, a quien ‘Abdu’l-Bahá confirió el sobrenombre de Thábit («Firme») y al que llamó «el primer creyente americano», se convirtió a la Fe en 1894; la inmortal Louisa A. Moore, la maestra madre de Occidente, a la que ‘Abdu’l-Bahá confirió el nombre de Livá («Bandera»), el doctor Edward Getsinger, con quien ella habría de contraer matrimonio más tarde, Howard MacNutt, Arthur P. Dodge, Isabella D. Brittingham, Lillian F. Kappes, Paul K. Delay, Chester I. Thacher y Hellen S. Goodall, cuyos nombres permanecerán para siempre relacionados con los albores de la Fe de Bahá’u’lláh en el continente norteamericano, descuellan entre los que, en aquellos días tempranos, despertaron a la llamada del Nuevo Día y consagraron sus vidas al servicio de la Alianza recién proclamada.

Antes de 1898, Phoebe Hearst, sobradamente conocida por su labor filantrópica (esposa del senador George F. Hearst), a quien la señora Getsinger había atraído a la Fe, durante una visita a California, expresó su intención de visitar a ‘Abdu’l-Bahá en Tierra Santa, motivo por el que invitó a que varios creyentes se le unieran, entre ellos el doctor y señora Getsinger, el doctor Khayru’lláh y esposa, y había realizado las gestiones necesarias para su peregrinación histórica a ‘Akká. En París varios residentes norteamericanos, entre ellos May Ellis Bolles, a quien la señora Getsinger había conseguido ganar para la Fe, así como las señoritas Pearson y Ann Apperson, ambas sobrinas de la señora Hearst, junto con la señora Thornburgh y su hija, se sumaron a la comitiva, cuyo número aumentó en Egipto con la incorporación de las hijas del doctor Khayru’lláh y de su abuela materna, a la que había convertido recientemente.

La llegada de los quince peregrinos, en tres partidas sucesivas, la primera de las cuales, en la que se incluían el doctor y la señora Get-singer, alcanzaron la ciudad prisión de ‘Akká el 10 de diciembre de 1898; el contacto personal e íntimo establecido entre el Centro de la Alianza de Bahá’u’lláh y los heraldos recién alzados de Su Revelación en Occidente; las circunstancias conmovedoras que rodearon la visita a Su Tumba y el gran honor que les fue conferido por ‘Abdu’l-Bahá mismo de ser llevados a la recámara más íntima; el espíritu que mediante precepto y ejemplo, a pesar de la brevedad de la estancia, les infundió tan poderosamente un Anfitrión amoroso y munífico; y el celo apasionado y la resolución inquebrantable que Sus inspiradoras exhortaciones, Sus instrucciones luminosas y las evidencias múltiples de Su amor divino prendieron en sus corazones, todo ello marcó el inicio de una nueva época en el desarrollo de la Fe en Occidente, una época cuyo significado habrían de corroborar ampliamente los hechos luego realizados por algunos de estos mismos peregrinos y sus condiscípulos.

«De aquel primer encuentro», escribe una peregrina de aquel grupo al anotar sus impresiones, «no puedo recordar ni dicha ni dolor, ni nada que alcance a nombrar. Había sido llevada de repente a una altura demasiado elevada, mi alma había entrado en contacto con el Espíritu divino, y esta fuerza, tan pura, tan santa, tan poderosa, me había abrumado [...] No podíamos apartar nuestros ojos de Su glorioso rostro; oímos todo lo que decía; bebimos el té en Su compañía y por indicación Suya; pero la existencia parecía como en suspenso; y cuando nos alzamos y salimos, de improviso reanudamos la vida; pero ya nunca jamás, ay, nunca jamás –gracias a Dios–, la misma vida sobre esta tierra». «Por el poder y majestad de Su presencia», atestigua esa misma peregrina al recordar la última entrevista que fuera concedida al grupo del que era miembro, «nuestro temor se convirtió en fe perfecta, nuestra debilidad en fortaleza, nuestros pesares en esperanza, y nuestras personas en cosa olvidada en virtud de nuestro amor hacia Él. Mientras aguardábamos a escuchar Sus palabras sentados ante Su presencia, algunos de los creyentes sollozaban con amargura. Él les indicó que enjugaran las lágrimas, pero no podían refrenarlas ni por un momento. Así que de nuevo les pidió que por amor a Él no llorasen, o no podría hablarnos y enseñarnos hasta que toda lágrima fuese desterrada[...]».

[...] «Aquellos tres días», da fe la señora Hearst en una de sus cartas, «fueron los días más memorables de mi vida [...] No intentaré describir al Maestro: sólo afirmaré que creo con todo mi corazón que Él es el Maestro, y que mi mayor bendición en este mundo es la de haber tenido el privilegio de hallarme en Su presencia y de contemplar Su rostro santificado [...] Sin duda ‘Abbás Effendi es el Mesías de este día y generación, y no necesitamos buscar ningún otro». «Debo decir que», ha escrito en otra carta, «es el Ser más maravilloso que haya encontrado jamás o que pueda confiar en hallar en este mundo [...] La atmósfera espiritual que Le rodea y que afecta del modo más poderoso a todos cuantos tienen la bendición de hallarse cerca de Él, es indescriptible [...] Creo en Él con todo mi corazón y toda mi alma, y espero que todos los que se dicen creyentes Le concedan toda la grandeza, toda la gloria y toda la alabanza, pues sin duda Él es el Hijo de Dios, y el ‘espíritu del Padre mora en Él’».

Incluso el mayordomo de la señora Hearst, llamado Robert Turner, el primer miembro de raza negra en abrazar la Causa de Bahá’u’lláh en Occidente, había sido transportado por la influencia que ejerciera ‘Abdu’l-Bahá en el curso de aquella peregrinación histórica. Tal fue la tenacidad de su fe que, ni siquiera el apartamiento posterior de su querida señora de la Causa que ésta había abrazado espontáneamente pudo nublar su brillo, o menguar la intensidad de las emociones que el amor que le prodigara ‘Abdu’l-Bahá había suscitado en su pecho.

El regreso de estos peregrinos ebrios de Dios, algunos a Francia, otros a Estados Unidos, señaló el inicio de aquel estallido de actividad sistemática y constante, la cual, conforme fue cobrando ímpetu, y se extendía con sus brotes a Europa occidental y a los estados y provincias del continente norteamericano, creció a tan gran escala que el propio ‘Abdu’l-Bahá decidió que, tan pronto como fuera liberado de su dilatado confinamiento en ‘Akká, emprendería una misión personal a Occidente. Sin desviarse en su curso por la devastadora crisis que la ambición del doctor Khayru’lláh precipitó a su regreso de Tierra Santa (diciembre de 1899); sin desfallecer ante la agitación que éste había provocado, trabajando en colaboración con el Archiviolador de la Alianza y sus mensajeros; desdeñando los ataques lanzados por él y sus compañeros de secesión, así como por los eclesiásticos cristianos, cada vez más recelosos del poder creciente y de la influencia en alza de la Fe; y alimentada por un flujo continuo de peregrinos que transmitían los mensajes verbales y las instrucciones especiales de un Maestro vigilante; fortalecida por las efusiones de Su pluma, consignadas en Tablas innumerables; instruida por los mensajeros y maestros sucesivos enviados por indicación Suya para guiarlos, edificarlos y consolidarlos, la comunidad de los creyentes americanos se puso en marcha para emprender una serie de empresas que, bendecidas y estimuladas un decenio después por el propio ‘Abdu’l-Bahá, no fueron sino el preludio de los servicios sin parangón que estaban destinados a ofrecer sus miembros durante la Edad Formativa de la Dispensación de Su Padre.

Tan pronto como regresó a París, una de estas peregrinas, la antes mencionada May Bolles, logró establecer en dicha ciudad, ateniéndose estrictamente a las instrucciones de ‘Abdu’l-Bahá, el primer centro bahá’í que habría de formarse en el continente europeo. Dicho centro, poco después de su llegada, se vio reforzado por la conversión del iluminado Thomas Breakwell, el primer creyente inglés, inmortalizado por el elogio ferviente que ‘Abdu’l-Bahá reveló en su memoria; de Hippolyte Dreyfus, el primer francés en abrazar la Fe, quien, mediante sus escritos, traducciones, viajes y otros servicios de pioneraje pudo consolidar, conforme transcurrían los años, el trabajo que había iniciado en su país; y de Laura Barney, cuyo servicio imperecedero consistiría en transmitir para la posteridad la obra Contestación a unas preguntas, en la que se recogen las valiosas explicaciones que ‘Abdu’l-Bahá le diera sobre una amplia variedad de temas en el curso de una prolonogada peregrinación a Tierra Santa. Tres años después, en 1902, May Bolles, ahora casada con un canadiense, trasladaba su residencia a Montreal, y en aquel Dominio lograría sentar los cimientos de la Causa.

En Londres, como consecuencia de las influencias creativas liberadas por aquella peregrinación inolvidable, la señora Thornburgh-Cropper consiguió emprender actividades que, estimuladas y ampliadas merced a los esfuerzos de los primeros creyentes ingleses, y en particular de Ethel J. Rosenberg, convertida en 1899, les permitieron erigir, en años posteriores, la estructura de sus instituciones administrativas en las islas Británicas. En el continente norteamericano, la defección y las publicaciones de denuncia del doctor Khayru’lláh (alentado por Mírzá Mu ammad-‘Alí y su hijo h. Shu‘á‘u’lláh, a quien envió a América) pusieron a prueba al máximo la lealtad de la comunidad recién formada; pero los mensajeros sucesivos enviados por ‘Abdu’l-Bahá (tales como H. T. . ájí Mírzá

ájí ‘Abdu’l Karím-i-ihrání, Hasan-i-Khurásání, Mírzá Asadu’lláh y Mírzá Abu’l-Fa l) consiguie-

H. d. ron despejar rápidamente las dudas y ensanchar la comprensión de los creyentes, manteniendo unida la comunidad, formando el núcleo de las instituciones administrativas que, dos decenios más tarde, habrían de inaugurarse formalmente mediante las provisiones explícitas del Testamento de ‘Abdu’l-Bahá. Ya en el distante año 1899, en la ciudad de Kenosha se estableció una junta de consejo formada por siete miembros, precursora de la sucesión de asambleas que, antes del cierre de la primera centuria bahá’í, habría de recorrer de costa a costa el continente norteamericano. En 1902 se formó en Chicago la editorial bahá’í dedicada a propagar las obras de una comunidad en expansión gradual. En Nueva York se inauguró un boletín bahá’í, cuyo propósito era propagar las enseñanzas de la Fe. Otra publicación periódica, el Bahá’í News, apareció posteriormente en Chicago, y pronto se convirtió en la revista titulada Star of the West. La traducción de algunos de los escritos más importantes de Bahá’u’lláh, tales como las Palabras Ocultas, el Kitáb-i-Íqán, las Tablas dirigidas a los Reyes y los

Siete Valles, junto con las Tablas de ‘Abdu’l-Bahá, así como varios tratados y opúsculos escritos por Mírzá Abu’l-Fa l y otros, se empren

d. dieron con gran ánimo. Se entabló a una abultada correspondencia con varios centros de todo Oriente, que habría de crecer de forma constante en importancia y alcances. Se escribieron, publicaron y difundieron ampliamente historias breves de la Fe, libros y prospectos apologéticos, artículos de prensa, descripciones de viajes y peregrinaciones, elogios y poemas. Simultáneamente, los viajeros y maestros, tras salir triunfantes

de las tempestades de pruebas que habían amenazado con anegar su bienamada Causa, se alzaron, por su propia voluntad, a reforzar y multiplicar los baluartes ya establecidos de la Fe. Se abrieron centros en las ciudades de Washington, Boston, San Francisco, Los Ángeles, Cleveland, Baltimore, Minneapolis, Buffalo, Rochester, Pittsburgh, Seattle, Saint Paul y otros lugares. Pioneros audaces, bien en calidad de visitantes o como residentes, ávidos de esparcir el evangelio recién nacido más allá de los confines de su país natal, emprendieron viajes y se embarcaron en empresas que llevaron su luz al corazón de Europa, al Lejano Oriente, y hasta las remotas islas del Pacífico. Mason Remey viajó a Rusia y Persia, y más tarde, junto con Howard Struven, dio la vuelta al mundo por vez primera en la historia bahá’í, visitando a su paso las islas Hawai, Japón, China, India y Birmania. Hooper Harris y Harlan Ober viajaron, durante no menos de siete meses, por la India y Birmania, visitando Bombay, Poona, Lahore, Calcuta, Rangún y Mandalay. Alma Knobloch, siguiendo los pasos del doctor K. E. Fisher, enarboló la enseña de la Fe en Alemania y llevó su luz a Austria. La doctora Susan I. Moody, Sydney Sprague, Lillian F. Kappes, la doctora Sarah Clock y Elizabeth Stewart trasladaron su residencia a Teherán con la intención de llevar adelante los amplios intereses de la Fe, en colaboración con los bahá’ís de dicha ciudad. Sarah Farmer, quien ya en 1894 había iniciado, en Green Acre, en el estado de Maine, conferencias de verano y establecido un centro para la promoción de la unidad y concordia entre las razas y religiones, puso, tras su peregrinaje a ‘Akká en 1900, las ventajas que proporcionaban dichas conferencias a disposición de los seguidores de la Fe que ella había abrazado recientemente.

Y por último, aunque no por ello de menor consideración, inspirados por el ejemplo dado por sus condiscípulos de ‘Ishqábád, quienes ya habían acometido la construcción del primer Mashriqu’l-Adhkár del mundo bahá’í, e inflamados con el deseo de demostrar de una manera tangible y digna la calidad de su fe y devoción, los bahá’ís de Chicago, tras recabar de ‘Abdu’l-Bahá permiso para erigir una Casa de Adoración y obtener, en una Tabla revelada en junio de 1903, Su aprobación inmediata y entusiasta, se alzaron, pese a la pequeñez de su número y sus limitados recursos, a iniciar una empresa que debe tenerse como la mayor aportación singular que los bahá’ís de América y, a decir verdad, de Occidente, hayan realizado hasta la fecha en pro de la Causa de Bahá’u’lláh. Los ánimos que infundiera en ellos ‘Abdu’l-Bahá y las aportaciones recaudadas por varias asambleas decidieron a los miembros de esta Asamblea a invitar a representantes de sus correligionarios de varias partes del país a reunirse en Chicago y acometer la maravillosa empresa que habían concebido. El 26 de noviembre de 1907, los representantes congregados con dicho fin nombraron un comité de nueve miembros encargado de localizar un emplazamiento adecuado para el proyectado Templo. Para el 9 de abril de 1908 ya se había desembolsado la suma de dos mil dólares destinados a la compra de dos solares, situados cerca de la costa del lago Michigan. En marzo de 1909, de acuerdo con las instrucciones recibidas de ‘Abdu’l-Bahá, se convocó una convención representativa de varios centros bahá’ís. Reunidos en Chicago, el mismo día en que los restos del Báb eran enterrados por ‘Abdu’l-Bahá en el mausoleo especialmente erigido sobre el Monte Carmelo, los treinta y nueve delegados, representantes de treinta y seis ciudades, establecieron una organización nacional permanente, conocida como Bahá’i Temple Unity, la cual obtuvo personalidad jurídica como entidad religiosa, sujeta a las leyes del estado de Illinois, e investida con plena autoridad para ejercer la titularidad de la propiedad del Templo y diligenciar los medios para su construcción. En esta misma convención se acordó una constitución, se eligió la Junta Ejecutiva del Bahá’í Temple Unity, y fue autorizada por los delegados para ultimar la compra de los terrenos cuya adquisición había sido recomendada por la Convención anterior. Las aportaciones enviadas para esta empresa histórica, desde la India, Persia, Turquía, Siria, Palestina, Rusia, Egipto, Alemania, Francia, Inglaterra, Canadá, México, las islas Hawai, e incluso Mauricio, y desde no menos de sesenta ciudades americanas, se elevaban, en 1910, dos años antes de la llegada de ‘Abdu’l-Bahá a América, a no

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menos de veinte mil dólares, un testimonio destacado tanto de la solidaridad de los seguidores de Bahá’u’lláh de Oriente y de Occidente, como de los sacrificios realizados por los creyentes norteamericanos, quienes, conforme avanzaban los trabajos, asumieron la mayor parte de la suma de más de un millón de dólares necesaria para la erección de la estructura del Templo y su ornamentación externa.

CAPÍTULO
XVII
NUEVO ENCARCELAMIENTO
DE ‘ABDU’L-BAHÁ
L

OS logros insignes de una comunidad valiente y duramente probada, las primicias de la recién establecida Alianza de Bahá’u’lláh en el mundo occidental, habían establecido un cimiento lo bastante imponente como para invitar a la presencia del Centro designado de la Alianza, Quien había alumbrado esa Comunidad y había velado, con cuidado y previsión infinitos, por su destino gestante. Sin embargo, hasta que ‘Abdu’l-Bahá no acabara de atravesar la crisis severa que durante años Lo había retenido en sus repliegues, no pudo emprender Su memorable viaje a las costas de un continente donde el surgimiento y establecimiento de la Fe de Su Padre había quedado señalado por logros tan magníficos como duraderos.

Ésta, la segunda crisis de mayor importancia de Su ministerio, de naturaleza externa y apenas menos severa que la que precipitara la rebelión de Mírzá Mu ammad-‘Alí, puso en grave peligro Su vida,

h. Lo privó, durante varios años, de la relativa libertad de que había disfrutado, sumió en la angustia a Su familia y seguidores de la Fe de

Oriente y Occidente, y puso de relieve, como nunca hasta entonces, la degradación e infamia de Sus implacables adversarios. La crisis se originó dos años después de la partida de los primeros peregrinos americanos de Tierra Santa. Persistió, con grados variables de intensidad, durante más de siete años y fue atribuible directamente a las intrigas incesantes y a las tergiversaciones monstruosas del Archiviolador de la Alianza y sus valedores.

Amargado por su fracaso miserable en crear el cisma en el que había puesto sus mejores esperanzas; aguijoneado por los éxitos conspicuos que, pese a sus maquinaciones, habían logrado los portaestandartes de la Alianza en el continente norteamericano; alentado por la existencia de un régimen que florecía en una atmósfera de intriga y sospecha, y que estaba presidido por un potentado cruel y astuto; decidido a explotar a fondo las oportunidades de sedición que le permitía la llegada de los peregrinos occidentales a la fortaleza prisión de ‘Akká, así como por el comienzo de la construcción del Sepulcro del Báb en el Monte Carmelo, Mírzá Mu ammad-‘Alí,

h. secundado por su hermano, Mírzá Badí‘u’lláh, y auxiliado por su cuñado, Mírzá Majdi’d-Dín, logró, mediante esfuerzos denodados y persistentes, despertar las sospechas del Gobierno turco y sus oficiales, induciéndoles a que volvieran a imponer sobre ‘Abdu’l-Bahá el confinamiento que, ya en los días de Bahá’u’lláh, había sufrido tan penosamente. Este mismo hermano, el principal cómplice de Mírzá Muh. am-mad-‘Alí, mediante una confesión firmada y sellada por él, y publicada con motivo de su reconciliación con ‘Abdu’l-Bahá, ha dado testimonio de las maquinaciones que urdieron. «Lo que he oído de

terceros», escribió Mirzá Badí‘u’lláh, «no lo tendré en cuenta. Me limitaré tan sólo a referir lo que he visto con mis propios ojos y escuchado de sus labios (Mírzá Mu ammad-‘Alí)». «Éste (Mírzá Mu h. h.am

mad-‘Alí)», prosigue en su relato, «dispuso el envío de Mírzá Majdi’d-Dín con un regalo y una carta en persa dirigida a Na im

z. Páshá, el válí (Gobernador) de Damasco, y solicitar su ayuda [...] Tal

como él (Mírzá Majdi’d-Dín) me informó en Haifa, hizo todo cuanto pudo por ponerle (al gobernador) al tanto de las construcciones que se realizaban en el Monte Carmelo, así como de las idas y venidas de los creyentes americanos, y de las reuniones celebradas en ‘Akká. El Páshá, en su deseo por conocer todos los extremos, se mostró extraordinariamente amable con él, asegurándole que le ayudaría. Pocos días después del regreso de Majdi’d-Dín, se recibía un telegrama cifrado desde la Sublime Puerta por el que se cursaba la orden del Sultán de que se encarcelase a ‘Abdu’l-Bahá, a mí mismo y a otros». «En aquellos días», atestigua él mismo en ese documento, «un hombre llegado a ‘Akká desde Damasco aseguró a los de fuera que Ná im Pá shá había sido la causa del encarcelamiento de ‘Abbás

z.

Effendi. Lo extraño en todo esto es que Mírzá Mu ammad-‘Alí, tras

h.

ser encarcelado, remitió una misiva a Ná im Pá shá para lograr

z.

su excarcelación [...] El Pá shá, sin embargo, no escribió palabra algu

na en respuesta ni a la primera ni a la segunda cartas». Fue en 1901, el quinto día del mes de jamádíyu’l-avval de 1319

d.h. (20 de agosto) cuando ‘Abdu’l-Bahá, tras regresar de Bahjí, don-de había participado en la celebración del aniversario de la Declaración del Báb, fue informado, en el curso de una entrevista con el Gobernador de ‘Akká, de las instrucciones del Sultán ‘Abdu’l-Hamíd por las que se daba orden de que volvieran a entrar en vigor las restricciones que de forma gradual habían ido remitiendo y de que Él y Sus hermanos sufrieran confinamiento estricto dentro de las murallas de la ciudad. Al principio, el edicto del Sultán fue puesto en vigor de forma rígida, de modo que la libertad de la comunidad de exiliados sufrió un grave recorte, mientras que ‘Abdu’l-Bahá hubo de plegarse, solo y desasistido, a los prolongados interrogatorios a que Le sometieron jueces y oficiales, los cuales requirieron Su presencia durante varios días consecutivos ante la sede del Gobierno, a fin de dar curso a las investigaciones. Uno de Sus primeros actos consistió en interceder en favor de Sus hermanos, quienes de forma perentoria habían sido convocados e informados por el Gobernador de las órdenes del Soberano, acto que no consiguió aplacar la hostilidad de éste ni mitigar sus actividades malevolentes. Acto seguido, merced a Su intervención ante las autoridades civiles y militares, consiguió obtener la libertad de Sus seguidores residentes en ‘Akká, y que se les permitiera que continuaran ganándose la vida sin mayores contratiempos.

Los violadores de la Alianza no se sintieron aplacados por las medidas que adoptaron las autoridades contra Aquel que tan magnánimamente había intervenido en su favor. Auxiliados por el infame Ya h. yá Bey, el jefe de policía, y otros oficiales, tanto civiles como militares, quienes, tras sus representaciones, habían reemplazado a aquellos que se mostraban amistosos hacia ‘Abdu’l-Bahá, y por medio de agentes secretos que viajaban entre ‘Akká y Constantinopla, y que incluso mantenían estrecha vigilancia sobre cuanto ocurría en Su casa, se alzaron para inducir Su ruina. Prodigaron sobre los oficiales regalos, entre los que se incluían posesiones sagradas para la memoria de Bahá’u’lláh, y de forma desvergonzada en algunos casos hicieron entrega de sobornos, a grandes y humildes por igual, valiéndose de la venta de propiedades relacionadas con Bahá’u’lláh o conferidas sobre algunos de ellos por ‘Abdu’l-Bahá. Sin regatear esfuerzo alguno, prosiguieron el curso imparable de sus actividades nefandas, decididos a no dejar piedra sobre piedra hasta que su intento se saldase con la ejecución de ‘Abdu’l-Bahá o quedase garantizado el destierro a un lugar lo bastante remoto como para que les fuera posible arrebatarle la Causa de Sus manos. El válí de Damasco, el muftí de Beirut, los miembros de las misiones protestantes establecidas en Siria y ‘Akká, incluso el influyente Shaykh Abu’l-Hudá de Constantinopla, por cuya persona sentía el Sultán una predilección tan profunda como la que profesara Mu ammad Sháh hacia su Gran Visir, H

h. .ájí Mírzá Áqásí, fueron el objeto, en varias ocasiones, de representaciones, apelaciones y encarecimientos a que contribuyesen al logro de sus odiosos designios.

Sirviéndose de mensajes escritos, comunicados formales y entre-vistas personales, los violadores de la Alianza llevaron al ánimo de estos notables la necesidad de que se adoptasen medidas inmediatas, adaptando astutamente sus argumentos a los intereses y prejuicios particulares de aquellos cuya ayuda solicitaban. A algunos solían representarles la figura de ‘Abdu’l-Bahá como la de un usurpador insensible que había pisoteado sus derechos, les había privado de su herencia, reduciéndolos a la pobreza, convirtiendo a sus amigos de Persia en sus enemigos, Alguien que había amasado una gran fortuna y adquirido no menos de dos tercios de la tierra de Haifa. Ante otros declararon que ‘Abdu’l-Bahá Se proponía convertir ‘Akká y Haifa en unas nuevas Meca y Medina. Y aun ante otros testimoniaban que Bahá’u’lláh era poco más que un derviche retirado, que profesó y promovió la Fe del islam, a quien ‘Abbás Effendi, Su hijo, había exaltado con fines de autoglorificación al rango de Deidad, en tanto que Él reclamaba ser el Hijo de Dios y el regreso de Jesucristo. Además Le acusaban de abrigar designios contrarios a los intereses del Estado, de tramar una rebelión contra el Sultán, de haber izado la bandera de Yá Bahá’u’l-Abhá, la enseña de la revuelta, en poblaciones distantes de Palestina y Siria, de haber alzado subrepticiamente un ejército de treinta mil hombres, de haberse entregado a la construcción de una fortaleza y de un polvorín en el Monte Carmelo, de haberse granjeado el apoyo moral y material de amigos ingleses y americanos, entre los cuales figuraban oficiales de potencias extranjeras, quienes llegaban, en gran número y de incógnito, para rendirle homenaje, y de haber diseñado ya planes, en conjunción con ellos, para subyugar las provincias vecinas, la expulsión de las autoridades gobernantes y la captura del poder que ostentaba el propio Sultán. Mediante tergiversaciones y sobornos lograron inducir a ciertas personas a que agregaran sus firmas en calidad de testigos a los documentos que redactaron y que enviaron, mediante sus agentes, a la Sublime Puerta.

Acusaciones tan graves, incorporadas a numerosos informes, no podían dejar de perturbar profundamente la conciencia de un déspota ya obsesionado por el miedo ante la amenaza de una insurrección de sus súbditos. En consecuencia, se nombró una comisión encargada de indagar sobre el asunto e informar de las conclusiones de su investigación. Cada una de las acusaciones vertidas contra ‘Abdu’l-Bahá al ser convocado varias veces al tribunal, fueron refutadas detenida y gallardamente. ‘Abdu’l-Bahá resaltó lo absurdo de las acusaciones y, en apoyo de Su argumento, puso a los miembros de la Comisión al corriente de las disposiciones del Testamento de Bahá’u’lláh, expresó Su disposición a someterse a cualquier veredicto que decidiera fallar el tribunal y afirmó elocuentemente que, si Lo encadenaban y arrastraban por las calles, si Lo profanaban y escarnecían, si Lo apedreaban y Le escupían, si Lo colgaban de la plaza pública o Lo acribillaban a balazos, Él aceptaría todo esto como un honor, por cuanto de ese modo seguiría los pasos y compartiría los sufrimientos de Su Bienamado Guía, el Báb. La gravedad de la situación que arrostraba ‘Abdu’l-Bahá; los rumores propagados por una población que preveía los acontecimientos más siniestros; las indirectas y alusiones a los peligros que Le amenazaban, las cuales aparecían en periódicos publicados en Egipto y Siria; la actitud agresiva que Sus enemigos habían asumido de modo creciente; la conducta provocativa de algunos de los habitantes de ‘Akká y Haifa, quienes se habían envalentonado por las predicciones y bulos de estos enemigos sobre el destino que aguardaba a una comunidad sospechosa y a su Guía, Le indujeron a reducir el número de peregrinos, e incluso a suspender, durante algún tiempo, sus visitas, y a emitir instrucciones especiales para que Su correo fuese despachado a través de un agente establecido en Egipto, antes que desde Haifa; durante un tiempo ordenó que éste fuera retenido allí hasta nueva orden. Además, indicó a los creyentes, así como a Sus propios secretarios, que recogieran y trasladasen a lugar seguro todos los escritos bahá’ís en su poder, apuntando que mudasen su residencia a Egipto, e incluso llegó al extremo de prohibir que se reunieran, como de costumbre, en Su casa. Incluso Sus numerosos amigos y admiradores se abstuvieron de visitarle durante los días más turbulentos de este periodo, por temor a quedar implicados o incurrir en la sospecha de las autoridades. Ciertos días y noches, en que la oscuridad era

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cerrada, la casa en que vivía, y que durante muchos años había servido de centro de actividad, estaba desierta por completo. Los espías vigilaban en los alrededores, de forma secreta o abierta, observando cada uno de Sus movimientos y restringiendo la libertad de Su familia.

No obstante, ‘Abdu’l-Bahá Se negó a suspender la construcción del sepulcro del Báb, cuya piedra fundacional había colocado Él mismo en aquel lugar bendecido y escogido por ‘Abdu’l-Bahá, sin siquiera interrumpir las labores ni por un momento. Tampoco consintió en que ningún obstáculo, por más formidable que fuera, interrumpiera

o estorbara el flujo diario de Tablas que manaban de Su pluma incansable con rapidez prodigiosa y en volumen siempre creciente, en respuesta al piélago de cartas, informes, indagaciones, oraciones, confesiones de fe, apologías y elogios recibidos de incontables seguidores y admiradores tanto de Occidente como de Oriente. Los testigos dan fe de que, durante aquel periodo agitado y peligroso de Su vida, vieron cómo redactaba, con Su propia Mano, no menos de noventa Tablas en un solo día, y que pasaba numerosas noches, des-de el atardecer hasta el alba, solo en su alcoba, ocupado en la correspondencia que la presión de Sus múltiples responsabilidades Le impedían atender durante el día.

Fue durante esos tiempos turbulentos, el periodo más dramático de Su ministerio, cuando, en el apogeo de Su vida y en la pleamar de Su poder, Él, con energía inagotable, serenidad maravillosa y confianza inquebrantable, inició y prosiguió, sin cejar en su empeño, diversas empresas que se relacionan con ese ministerio. Fue durante esos tiempos cuando concibió el plan del primer Mashriqu’l-Adhkár del mundo bahá’í, y cuando Sus seguidores acometieron Su construcción en la ciudad de ‘Ishqábád en Turquestán. Fue durante aquellos tiempos cuando, a pesar de los disturbios que agitaban Su país natal, se cursaron instrucciones Suyas de que se restaurase la Casa santa e histórica del Báb, en Shiraz. Fue durante aquellos tiempos cuando se adoptaron las medidas iniciales, sobre todo gracias a Su constante aliento, que allanaron el camino para la colocación de la piedra de dedicación, que, años más tarde, colocaría con Sus propias manos al visitar el emplazamiento del Templo Madre de Occidente, a orillas del lago Michigan. Fue en aquella coyuntura cuando se materializó la célebre compilación de Sus charlas de sobremesa, publicadas bajo el título Contestación a unas preguntas, charlas que daba durante el escaso tiempo que podía orillar y en el curso de las cuales se aclaraban algunos aspectos fundamentales de la Fe de Su Padre, se aducían pruebas tradicionales y racionales de su validez, y se explicaban autorizadamente una gran variedad de asuntos relacionados con la Dispensación cristiana, los profetas de Dios, las profecías bíblicas, el origen y condición del ser humano y otros temas similares.

Fue durante la más aciaga de las horas de este periodo cuando, en una comunicación dirigida al primo del Báb, el venerable H. ájí Mírzá Mu ammad-Taqí, el constructor principal del Templo de

h. ‘Ishqábád, ‘Abdu’l-Bahá proclamó, con lenguaje conmovedor, la grandeza inconmensurable de la Revelación de Bahá’u’lláh, cuando dio voz a los avisos que presagiaban los desafueros que sus enemigos, de lejos y de cerca, cometerían en el mundo, y cuando profetizara con lenguaje emocionante, el ascendiente que a la postre habrían de conseguir sobre ellos los sostenedores de la Alianza. Fue en una hora de grave incertidumbre, durante aquel mismo periodo, cuando redactó Su Testamento, ese Documento inmortal en el que dibuja los rasgos del Orden Administrativo que había de erigirse tras Su fallecimiento, y que habría de anunciar el establecimiento de ese Orden Mundial, cuyo advenimiento había anunciado el Báb y cuyas leyes y principios Bahá’u’lláh ya había formulado. Fue en el curso de esos años tumultuosos cuando, por intermedio de los heraldos y campeones de una Alianza firmemente instituida, nutrió las instituciones embrionarias –de carácter administrativo, espiritual y educativo– de una Fe que se expandía de continuo en Persia, la cuna de esa Fe, en

la Gran República de Occidente, la cuna de su Orden Administrativo, en el Dominio de Canadá, en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en Egipto, en Irak, en Rusia, en la India, en Birmania, en Japón, e incluso en las remotas islas del Pacífico. Durante aquellos tiempos conmovedores imprimió Él un ritmo tremendo a la traducción, publicación y disfusión de libros bahá’ís, entre cuya gama se incluía ahora una variedad de libros y tratados, escritos en persa, árabe, inglés, turco, francés, alemán, ruso y birmano. Por aquellos días, sentados a su mesa, en cualquier momento en que se produjera un claro en la tempestad que Le acechaba, se reunían los peregrinos, amigos y buscadores de la mayoría de los países mencionados y representativos de los credos cristiano, musulmán, judío, zoroástrico, hindú y budista. Todos los viernes por la mañana, a pesar de los peligros que Le acechaban, solía distribuir limosnas con Sus propias manos entre los necesitados, quienes acudían a las puertas de Su casa y atestaban Su patio, y lo hacía con una regularidad y generosidad que Le valieron el título de «Padre de los pobres». Nada en aquellos días tempestuosos podía alterar Su confianza, ni consentía que nada estorbase Sus atenciones para con los marginados, huérfanos, enfermos, humillados; nada podía impedirle que visitara en persona a los incapacitados o a quienes se avergonzaban de solicitar Su ayuda. Firme en Su determinación de seguir el ejemplo tanto del Báb como de Bahá’u’lláh, nada Le inducía a huir de Sus enemigos o a escapar de la cárcel, ni siquiera el consejo que Le ofrecían los miembros destacados de la comunidad exiliada de ‘Akká, ni los ruegos insistentes del Cónsul de España –emparentado con el agente de una compañía naviera italiana–, quien, en su amor por ‘Abdu’l-Bahá y en su inquietud por prevenir el peligro que amenazaba, había ido tan lejos como para poner a Su disposición un carguero italiano, listo para procurarle pasaje seguro a cualquier puerto extranjero de Su elección.

Tan imperturbable era la ecuanimidad de ‘Abdu’l-Bahá que, cuando corrían rumores de que se Le iba a arrojar al océano, o a exiliársele a Fízán en Tripolitania, o a ser colgado en la horca, Él, para aturdimiento de Sus amigos y diversión de los enemigos, Se dejaba ver plantando árboles y viñas en el jardín de la casa, cuyos frutos, una vez superada la tormenta, había de arrancar por indicación Suya Ismá‘íl Áqá, Su fiel jardinero, para ofrecérselos a esos mismos amigos y enemigos en sus visitas.

A comienzos del invierno de 1907, atendiendo a las órdenes del Sultán, fue enviado de improviso a ‘Akká otra comisión compuesta de cuatro oficiales a cuya cabeza figuraba ‘Árif Bey, investido de plenos poderes. Pocos días antes de su llegada, ‘Abdu’l-Bahá había tenido un sueño que refirió a los creyentes y en el que había visto cómo fondeaba en ‘Akká un barco del que echaron a volar algunos pájaros, semejantes a cartuchos de dinamita que, tras revolotear alrededor de Su cabeza, mientras permanecía Él en medio de una multitud de habitantes asustados de la ciudad, regresaba al navío sin estallar.

Nada más desembarcar, los miembros de la Comisión pusieron los servicios telegráficos y correos de ‘Akká bajo su control directo y exclusivo; despidieron arbitrariamente a los oficiales sospechosos de profesar amistad hacia ‘Abdu’l-Bahá, incluyendo al Gobernador de la ciudad; establecieron contacto directo en secreto con el Gobierno de Constantinopla; sentaron sus reales en el hogar de los vecinos y allegados íntimos de los violadores de la Alianza; apostaron guardias en torno a la casa de ‘Abdu’l-Bahá para impedir que nadie Lo viera; e iniciaron el extraño procedimiento de convocar como testigos a las mismas personas, entre las cuales figuraban cristianos y musulmanes, orientales y occidentales, que previamente habían firmado los documentos enviados a Constantinopla, y que habían traído consigo para sus investigaciones.

Las actividades de los Violadores de la alianza, y en particular de Mírzá Mu ammad-‘Alí, ahora jubiloso y lleno de esperanzas, se pro-

h. digaron en esa hora de crisis extrema, hasta alcanzar sus máximas cotas. Se multiplicaban las visitas, entrevistas y agasajos, en una atmósfera de expectación ferviente, ahora que la victoria se preveía

cercana. No pocos de entre los elementos más bajos de la población fueron llevados a creer que era inminente la venta de la hacienda que habrían de dejar tras de sí los deportados. Arreciaron los insultos y calumnias. Incluso algunos pobres, socorridos tan muníficamente y durante tanto tiempo por ‘Abdu’l-Bahá, Le abandonaron por temor a las represalias.

Mientras los miembros de la Comisión proseguían sus diferentes investigaciones, y a lo largo de su estancia de cerca de un mes, ‘Abdu’l-Bahá rechazó por completo verse o tener ningún tipo de trato con ellos, a pesar de las amenazas y avisos velados que Le hicieron llegar a través de un mensajero, actitud que les sorprendió sobremanera y que sirvió para inflamar su animosidad y alimentar su decisión de ejecutar tan perversos designios. Aunque los peligros y tribulaciones que Le embargaban tocaban fondo, a pesar de que estaba ya listo, unas veces en ‘Akká y otras en Haifa, el navío en el que se suponía que habría de embarcar junto con los miembros de la Comisión, y de que circulaban los rumores más desaforados sobre Su persona, la serenidad que mantuvo invariablemente, desde que se produjese un nuevo encarcelamiento, permaneció imperturbable y Su confianza inamovible. «El significado del sueño que tuve», dijo a los creyentes que todavía permanecían en ‘Akká, «es ahora claro y evidente. Quiera Dios que esta dinamita no estalle».

Entretanto, cierto viernes, los miembros de la comisión acudieron a Haifa a inspeccionar el sepulcro del Báb, cuya construcción proseguía sin interrupción en el Monte Carmelo. Impresionados por su solidez y dimensiones, preguntaron a uno de los criados por el número de bóvedas que se habían construido debajo de aquella estructura masiva.

Poco después de que se efectuara la inspección, hacia el ocaso de cierto día se observó de repente que el barco que había estado fondeado en Haifa, levaba anclas rumbo a ‘Akká. Rápidamente cundió la noticia entre la inquieta población de que los miembros de la Comisión se habían embarcado en él. Las previsiones apuntaban a que el barco se detendría lo bastante en ‘Akká como para llevarse a ‘Abdu’l-Bahá y zarpar hacia su destino. Al tenerse noticias de la llegada del navío, la consternación y la angustia hicieron presa en los miembros de Su familia. Los pocos creyentes que quedaban se lamentaban profundamente por la separación inminente del Maestro. En aquella hora trágica podía verse a ‘Abdu’l-Bahá recorriendo, solo y en silencio, el patio de la casa.

Sin embargo, pudo observarse de improviso que las luces del barco habían dado un giro y que el navío cambiaba el rumbo. Era evidente que zarpaba en dirección a Constantinopla. Al instante Le fue comunicada la novedad a ‘Abdu’l-Bahá, Quien, en medio de la oscuridad, todavía recorría el patio. Algunos de los creyentes que se habían apostado en diferentes puntos para observar la marcha del barco se apresuraron a confirmar la buena nueva. Uno de los peligros más graves que amenazara nunca la preciosa vida de ‘Abdu’l-Bahá quedó desviado ese día histórico, de repente, de modo providencial y definitivo.

Poco después de que el navío zarpara de forma precipitada y del todo sorpresiva llegaron noticias de que había estallado una bomba al paso del Sultán, cuando éste regresaba a palacio desde la mezquita donde había ofrecido la plegaria del viernes.

Transcurridos escasos días desde el atentado regicida, la Comisión entregó su informe; pero tanto el Monarca como el Gobierno tenían demasiadas preocupaciones como para considerar el asunto, por lo que el expediente quedó orillado. Cuando, al cabo de unos meses, volvía a plantearse, la cuestión quedaba zanjada para siempre debido a un acontecimiento que, definitivamente colocaba al Prisionero de ‘Akká fuera del alcance de Su enemigo real. La «Revolución de los Jóvenes Turcos», cuyo fulminante estallido se producía en 1908, forzó a un déspota reacio a promulgar la constitución que había suspendido y a liberar a todos los prisioneros religiosos políticos detenidos bajo el viejo régimen. Incluso entonces, se envió un telegrama a Constantinopla para comprobar de forma específica si ‘Abdu’l-Bahá Se hallaba incluido en la categoría de dichos prisioneros, a lo que se respondió prontamente con una respuesta afirmativa.

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Transcurridos unos pocos meses, en 1909, los Jóvenes Turcos obtuvieron del Shaykhu’l-Islám la condena del propio Sultán, quien, a raíz de renovados intentos por derrocar el orden constitucional, fue depuesto de modo definitivo e ignominioso, deportado y convertido en prisionero del Estado. En un solo día de ese mismo año no menos de treinta personalidades entre ministros, páshás y oficiales fueron ejecutados, incluyendo enemigos reconocidos de la Fe. La propia Tripolitania, el proyectado marco de exilio para ‘Abdu’l-Bahá, le fue arrebatada a los turcos por Italia. De esta forma concluía el reinado del «Gran Asesino», «el intrigante más mezquino, astuto, deshonesto y cruel de la prolongada dinastía ‘Uthmán», un reinado «más desastroso por sus pérdidas inmediatas de territorio y por la certeza de otras que habrían de seguir, y más conspicuo por el deterioro de la condición de sus súbditos que el de ninguno de los veintitrés predecesores degenerados habidos desde la muerte de Solimán el Magnífico».

CAPÍTULO
XVIII
ENTIERRO
DE LOS RESTOS DEL BÁB
EN EL MONTE CARMELO
L

A dramática e inesperada liberación de ‘Abdu’l-Bahá de Su reclusión de cuarenta años supuso un golpe para las ambiciones que albergaban los violadores de la Alianza, tan devastador como el que, diez años antes, había truncado sus esperanzas de minar Su autoridad y de desbancarlo de Su puesto divinamente ordenado. Ahora, en la misma mañana de Su liberación triunfante, recayó sobre ellos un nuevo golpe, tan sorprendente como los anteriores y apenas menos espectacular. En el transcurso de unos pocos meses desde que se emitiera el histórico decreto de liberación, el mismo año que presenció la caída del sultán ‘Abdu’l-H. amíd, ese mismo poder que desde lo alto había permitido a ‘Abdu’l-Bahá preservar inviolados los derechos que Le habían sido conferidos divinamente, amén de establecer la Fe de Su Padre en el continente norteamericano y triunfar sobre Su regio opresor, Le valió el consumar uno de los actos más señalados de Su ministerio: el traslado de los restos del Báb desde aquel lugar de Teherán donde se hallaban ocultos hasta el Monte Carmelo. En más de una ocasión, Él mismo atestiguó que el traslado a lugar seguro de estos restos, la construcción de un mausoleo digno que los acogiera y el entierro definitivo que les procurara con Sus propias manos en su morada permanente de descanso constituyeron uno de los tres objetivos principales en cuya consumación, desde el comienzo de Su misión, había cifrado Su deber primordial. En efecto, el hecho merece figurar como uno de los acontecimientos señeros del primer siglo bahá’í.

Tal como se relató en un capítulo previo, los cuerpos entremezclados del Báb y de Su compañero de martirio, Mírzá Mu ammad

h. ‘Alí, fueron trasladados, dimidiada la segunda noche posterior a la ejecución, mediante la intervención piadosa de H. ájí Sulaymán Khán, desde la orilla del foso al que había sido arrojado hasta la fábrica de seda de la que era propietario uno de los creyentes de Mílán, y fueron depositados al día siguiente en un ataúd de madera, y desde allí conducidos a lugar seguro. Posteriormente, de acuerdo con las instrucciones de Bahá’u’lláh, fueron transportados a Teherán y colocados en el santuario del Imám-Zádih H. asan. Más tarde saldrían de allí con destino a la residencia del propio H. ájí Sulaymán Khán, en el

barrio Sar-Chashmih de esa ciudad, para luego ser llevados al santuario del Imám-Zádih Ma‘ úm, donde permanecieron ocultos has-

s. ta el año 1284 d.h. (1867-1868), año en que Bahá’u’lláh reveló una Tabla en Adrianópolis por la que indicaba a Mullá ‘Alí-Akbar-i-Shahmírzádí y Jamál-i-Burújirdí que los trasladasen sin demora a otro lugar, instrucción que se demostró providencial, en vista de la reconstrucción posterior del santuario.

Incapaces de hallar un lugar en condiciones en el barrio de Sháh ‘Abdu’l-‘A ím, Mullá ‘Alí-Akbar y su compañero continuaron la bús

z. queda, por el camino que lleva a Chashmih-‘Alí hasta dar con la Masjid-i-Mashá’u’lláh abandonada y destartalada, en uno de cuyos muros depositaron, en medio de la noche, su preciosa carga, no sin antes haberla envuelto en un sudario de seda que portaban con ese fin. Al día siguiente, al comprobar, para su consternación, que el

escondrijo había sido descubierto, trasladaron clandestinamente el féretro por la puerta de la capital para dirigirse a la casa de Mírzá

H. asan-i-Vazír, quien era creyente y yerno de H. ájí Mírzá Siyyid ‘Alíy-i-Tafrí shí, el Majdu’l-A shráf, donde permaneció no menos de catorce meses. Cuando el secreto sobre el paradero, por tanto tiempo guardado, llegó a saberse entre los creyentes, éstos comenzaron a visitar la casa en número tal que Mullá ‘Alí Akbar dirigió una nota a Bahá’u’lláh rogando orientaciones al respecto. En consecuencia, Hájí Sháh Mu ammad-i-Man sh

. h. ádí, de sobrenombre Amínu’l-Bayán, recibió encargo de dar acogida al Depósito en sus manos con órdenes de mantener el mayor sigilo sobre su destino.

Ayudado en esto por otro creyente, . ájí Sh h.

Háh Mu ammad, enterró el ataúd bajo el suelo del santuario interior del mausoleo del Imám-Zádih Zayd, donde permaneció sin ser detectado hasta que Mírzá Asadu’lláh-i-I fahání fue informado de la ubicación exacta

s. mediante el croquis que le entregó Bahá’u’lláh. Al recibir órdenes de Bahá’u’lláh de ocultar los restos en otro lugar, los trasladó primero a

su propia casa en Teherán, tras de lo cual fueron depositados en emplazamientos varios, tales como la casa de Husayn-‘Alíy-i-I fa-

s

.. hání o la vivienda de Mu ammad Karím-i-‘A ár, donde permanecie

h. t.t. ron ocultos hasta el año 1316 d.h. (1899), cuando, en cumplimiento de las instrucciones dadas por ‘Abdu’l-Bahá, ese mismo Mírzá Asa-du’lláh, junto con algunos otros creyentes, los transportaron por la ruta de I fahán, Kirmán s. sháh, Bagdad y Damasco, hasta Beirut y des-de allí, por mar, hasta ‘Akká, llegando a su destino el 19 del mes de ramad.án de 1316 d.h. (31 de enero de 1899), cincuenta años lunares después de que ocurriera en Tabríz la ejecución del Báb. Ese mismo año en que llegaba a las costas de Tierra Santa el precioso Depósito y era entregado a manos de ‘Abdu’l-Bahá, Él, acompañado por el doctor Ibráhím Khayru’lláh, a quien ya había honrado con el título de «Pedro de Bahá» y «Segundo Colón», trasladó los restos hasta el solar de reciente adquisición que había sido bendecido y seleccionado por Bahá’u’lláh en el Monte Carmelo y allí, con Sus propias manos, colocó la piedra fundacional del edificio, cuya cons

trucción, pocos meses después, habría de acometer. Por aquel mismo tiempo, el sarcófago de mármol, diseñado para recibir el cuerpo del Báb, una ofrenda de amor de los bahá’ís de Rangún, fue completado y embarcado, por sugerencia de ‘Abdu’l-Bahá, rumbo a Haifa.

No es menester que nos detengamos en los numerosos problemas y preocupaciones que, durante casi diez años, continuaron asediando a ‘Abdu’l-Bahá hasta la hora victoriosa en que pudo culminar la histórica tarea que Le encomendó Su padre. Los riesgos y peligros que arrostraron Bahá’u’lláh y más tarde Su hijo en sus esfuerzos por garantizar, durante medio siglo, la protección de los restos, no fueron sino el preludio de los graves peligros que, en un periodo posterior y a decir verdad hasta la hora de Su excarcelación final, habría de encarar el propio Centro de la Alianza en persona durante la construcción del edificio destinado a recibirlos.

Las prolongadas negociaciones con el astuto y calculador propietario del solar del Santo Edificio, quien, bajo la influencia de los violadores de la Alianza, rechazó durante largo tiempo la venta; el precio exorbitante que al principio exigió para la apertura de una calle que diera acceso al terreno, indispensable para las obras de construcción; las objeciones interminables suscitadas por los funcionarios, modestos o destacados, cuyas sospechas prontas a asomar debían aplacarse mediante las explicaciones y garantías reiteradas que les daba el propio ‘Abdu’l-Bahá; la peligrosa situación creada por las acusaciones monstruosas presentadas por Mírzá Mu ammad-‘Alí y sus

h. socios con relación al objetivo del edificio; los retrasos y complicaciones causados por la prolongada y forzosa ausencia de ‘Abdu’l-Bahá de Haifa y Su incapacidad consiguiente de supervisar en persona la vasta empresa que había iniciado; todos éstos figuran entre losobstáculos principales que Él, en un periodo tan crítico de Su minis

terio, hubo de encarar y superar hasta poder ejecutar en su totalidad el Plan, cuyo esbozo Le había comunicado Bahá’u’lláh con motivo de una de Sus visitas al Monte Carmelo.

«Cada piedra de ese edificio, cada piedra del camino que lleva hacia él», se Le oyó afirmar numerosas veces, «la he levantado y colocado en su sitio con lágrimas infinitas y a un precio tremendo». «Cierta noche», habría observado de acuerdo con un testigo de los hechos, «me hallaba tan apremiado por las cuitas que no tuve más recurso que recitar y repetir una y otra vez la oración del Báb que obraba en Mi poder, y cuya recitación Me calmó en gran medida. A la mañana siguiente el dueño del lugar acudió a verme, se disculpó y Me rogó que le comprara la propiedad».

Finalmente, el mismo año en que Su adversario real perdió el trono, en la época en que comenzaba la primera Convención bahá’í americana, celebrada en Chicago con el propósito de crear una organización nacional permanente para la construcción del Mashriqu’l-Adhkár, ‘Abdu’l-Bahá coronó felizmente su empresa, a pesar de las maquinaciones incesantes de los enemigos, tanto internos como externos. El 28 del mes de s.afar de 1327 d.h., el día del primer Naw-Rúz (1909), día que celebró tras Su liberación del confinamiento, ‘Abdu’l-Bahá dio orden de que se transportase el sarcófago de mármol, en medio de grandes trabajos, hasta la bóveda preparada para acogerlo y, durante la noche, a la luz de una sola lámpara, depositó en su interior, con Sus propias manos, en presencia de los creyentes de Occidente y de Oriente, y en circunstancias solemnes y conmovedoras a un tiempo, el ataúd de madera que contenía los restos sagrados del Báb y de Su compañero.

Cuando todo concluyó y los restos terrenales del Profeta Mártir de Shiraz se hallaron, por fin, depositados a salvo para su eterno descanso en el seno de la montaña sagrada de Dios, ‘Abdu’l-Bahá, quien ya Se había desprendido del turbante, Se descalzó, tendió Su capa, Se inclinó sobre el sarcófago todavía abierto, al tiempo que el cabello plateado flotaba en torno a la Cabeza y a un rostro transfigurado y luminoso, reposó la frente sobre el borde del ataúd de madera y, gimiendo, lloró con tal intensidad que todos los presentes lloraron con Él. Esa noche no pudo dormir, tan abrumado estaba por la emoción.

«Ésta es la más feliz noticia», escribió más tarde en una Tabla en la que anunciaba a Sus seguidores la noticia de esta victoria gloriosa, «que el santo, el cuerpo luminoso del Báb [...] después de haber sido trasladado durante sesenta años de lugar en lugar, en razón del ascendiente del enemigo, y por temor al malevolente, y tras haber desconocido descanso o tranquilidad, mediante la misericordia de la Belleza de Abhá, haya sido depositado ceremoniosamente el día de Naw-Rúz, en el Santuario exaltado del Monte Carmelo [...] Por una extraña coincidencia, ese mismo día de Naw-Rúz se recibió un telegrama de Chicago, el cual anunciaba que los creyentes de cada uno de los centros de América había elegido un delegado y lo había enviado a dicha ciudad [...] acordando de forma definitiva el emplazamiento y construcción del Mashriqu’l-Adhkár».

Con el traslado de los restos del Báb –cuyo advenimiento constituye el regreso del profeta Elías– al Monte Carmelo, y su enterramiento en esa montaña sagrada, no distante de la cueva del mismo Profeta, al fin se había ejecutado el plan gloriosamente previsto por Bahá’u’lláh en el ocaso de Su vida coronándose con inmortal triunfo las arduas labores relacionadas con los tumultuosos primeros años del ministerio del Centro designado de Su Alianza. En aquella montaña a la que desde tiempo inmemorial se tenía por sagrada se había establecido permanentemente un centro focal de iluminación y poder divinos, cuyo mismísimo polvo, según confiesa ‘Abdu’l-Bahá, Le había inspirado, y cuyo carácter sagrado no era superado por ningún otro santuario del mundo bahá’í excepto el Sepulcro del propio Autor de la Revelación bahá’í. Merced a unos esfuerzos heroicos y a una fortaleza de ánimo imbatible, se había establecido ahora, como «el Lugar en derredor del cual circula en adoración el Concurso de lo Alto», el mausoleo del Báb, una estructura a un tiempo masiva, sencilla e imponente que anidaba en el corazón del Carmelo, la «viña de Dios», flanqueada por la cueva de Elías al oeste y por las montañas de Galilea al este; reforzada por la llanura de Sharon, situada frente a la ciudad plateada de ‘Akká, y más allá de ella, frente a la Tumba Más Sagrada, el Corazón y Alquibla del mundo bahá’í, dominando la colonia de los templarios alemanes, quienes, anticipándose a la «venida del Señor», habían abandonado sus hogares para reunirse al pie de la montaña, el mismo año de la Declaración de Bahá’u’lláh en Bagdad (1863). Los acontecimientos han venido a demostrar que con la ampliación del propio edificio, el embellecimiento de sus alrededores, la compra de extensas dotaciones en la vecindad y alrededores de los lugares de entierro de la esposa, hijo e hija del propio Bahá’u’lláh, éste quedaba destinado a adquirir con el correr del tiempo una medida de la fama y gloria equiparables con el alto destino que había inspirado su fundación. Ni cesará tampoco, conforme pasen los años, y las instituciones que giran en torno al Centro Administrativo Mundial de la Mancomunidad Bahá’í del futuro, de manifestar las potencialidades latentes con las que ese mismo propósito inmutable lo ha dotado. Irresistiblemente, esta institución divina florecerá y se expandirá, no importa cuán furibunda sea la animosidad que evidencien sus enemigos futuros, hasta que la medida plena de su esplendor se haya desplegado ante los ojos de toda la humanidad.

«¡Apresúrate, oh Carmelo!» ha escrito de modo significativo Bahá’u’lláh dirigiéndose a la montaña santa, «porque la luz del semblante de Dios, [...] se ha levantado sobre ti [...], regocíjate, porque Dios ha establecido Su trono sobre ti en este día, te ha hecho el punto del amanecer de Sus signos y la aurora de las demostraciones de Su Revelación. Dichoso aquel que te circunde, proclame la revelación de tu gloria y relate aquello que la munificencia del Señor tu Dios ha derramado sobre ti». «¡Llama a Sión, oh Carmelo!», ha revelado igualmente en esa misma Tabla, «y anuncia las felices nuevas: ¡El que estaba oculto a los ojos mortales ha venido! Su soberanía que todo lo subyuga está manifiesta; Su esplendor omnímodo se ha revelado. Estáte alerta, no sea que vaciles o te detengas. Apresúrate y circunda la Ciudad de Dios que ha descendido del cielo, la celestial Kaaba a cuyo derredor han rondado en adoración los favorecidos de Dios, los puros de corazón y la compañía de los más excelsos Ángeles».

CAPÍTULO
XIX
LOS VIAJES DE ‘ABDU’L-BAHÁ POR EUROPA Y AMÉRICA
E

L establecimiento de la Fe de Bahá’u’lláh en el hemisferio occidental –el acontecimiento más sobresaliente que habrá de permanecer para siempre ligado al ministerio de ‘Abdu’l-Bahá– puso en marcha, tal como se indicaba en las páginas anteriores, fuerzas tan tremendas y originó resultados tan trascendentales, como para merecer el concurso activo y personal del propio Centro de la Alianza en aquellas actividades históricas que Sus discípulos occidentales habían iniciado con atrevimiento y que proseguían con vigor gracias al poder reanimador de esa Alianza.

Se había resuelto providencialmente la crisis que la ceguera y perversidad de los violadores de la Alianza había precipitado, y que, durante varios años, había obstaculizado la ejecución de los planes de ‘Abdu’l-Bahá. De improviso, había sido derrumbada una barrera infranqueable; ya no había cepos ni cadenas, y la cólera vengadora de Dios había liberado Su cuello de la argolla para ceñir el de ‘Abdu’l-H. amíd, Su adversario real, el títere de Su enemigo más implacable. Además, los restos sagrados del Báb, confiados a Su cui-dado por Su difunto Padre, habían sido trasladados con inmensas dificultades desde su refugio en la remota Teherán hasta Tierra Santa, siendo depositados por Él con ceremonia y reverencia en el regazo del Monte Carmelo.

Por aquel tiempo, ‘Abdu’l-Bahá tenía la salud quebrantada. Estaba aquejado de los varios males causados por las tensiones y presiones de una vida trágica que había transcurrido casi por completo en el exilio y en la cárcel. Frisaba los setenta años de edad. Sin embargo, tan pronto como fue liberado de aquel cautiverio de cuarenta años, en cuanto depositó el cuerpo del Báb en un lugar seguro y permanente de descanso, Su conciencia quedó libre de las graves ansiedades relacionadas con la ejecución de aquella preciada Encomienda, y Se alzó con valor, confianza y resolución sublimes a consagrar las pocas fuerzas que Le quedaban, para, en el atardecer de Su vida, acometer un servicio de proporciones tan heroicas como carentes de parangón en los anales del primer siglo bahá’í.

Ciertamente Sus tres años de viajes, primero a Egipto, después a Europa y más tarde a América, constituyen, si hemos de aquilatar como es menester su importancia histórica, un punto de inflexión del mayor significado en la historia del siglo. Por vez primera desde los inicios de la Fe, sesenta años antes, su Cabeza y Representante supremo rompía los cepos que durante los ministerios tanto del Báb como de Bahá’u’lláh habían restringido gravemente su libertad. Aunque las medidas de represión todavía continuaban atajando las actividades de la inmensa mayoría de seguidores de su país natal, su Guía reconocido disponía ahora de la libertad de acción de que, con excepción de un breve intervalo ocurrido en el transcurso de la guerra de 1914-1918, habría de continuar disfrutando hasta el fin de Su vida, y libertad que desde entonces ya nunca jamás le ha sido retirada a sus instituciones en el centro mundial.

Tan fundamental cambio en la suerte de la Fe marcó la señal de un estallido tal de actividad por Su parte que colmó de admiración y asombro a Sus seguidores de Oriente y Occidente, y hubo de ejercer una influencia imperecedera en el curso futuro de su historia. Él, que, en Sus propias palabras, había ingresado en prisión siendo un joven

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y la había abandonado ya anciano, Quien nunca en Su vida Se había enfrentado a un auditorio público, no había acudido a ninguna escuela, no Se había movido en los círculos occidentales, y no estaba familiarizado con sus costumbres e idiomas, Se había alzado no sólo a proclamar desde el púlpito y la palestra, en algunas de las principales capitales de Europa y en las ciudades principales del continente norteamericano, las verdades distintivas atesoradas en la Fe de Su Padre, sino a demostrar asimismo el origen divino de los profetas anteriores a Él, y a exponer los vínculos que los unían a dicha Fe.

Inflexiblemente resuelto a emprender aquella ardua travesía, a cualquier precio que ello entrañara para Su vida, de forma sigilosa y sin previo aviso, una tarde de septiembre del año 1910, un año después de presenciarse la caída del sultán ‘Abdu’l-H. amíd y el entierro formal de los restos del Báb en el Monte Carmelo, zarpó hacia Egipto, recaló alrededor de un mes en Port Said, y desde allí embarcó con intención de dirigirse a Europa, sólo para descubrir que Su estado de salud hacía necesario desembarcar en Alejandría y aplazar el viaje. Tras fijar Su residencia en Ramleh, barrio de Alejandría, y visitar más tarde Zaytún y El Cairo, partió hacia Marsella el 11 de agosto del año siguiente, acompañado de cuatro personas, a bordo del S. S. Corsica y, tras una breve parada en Thonon-les-Bains, partió a Londres, adonde llegó el 4 de septiembre de 1911. Tras una visita de aproximadamente un mes se trasladó a París, donde permaneció nueve semanas, para regresar a Egipto en diciembre de 1911. Tras residir en Ramleh, donde pasó el invierno, embarcó en Su segunda travesía a Occidente, a bordo del vapor Cedric, el 25 de marzo de 1912, por la ruta de Nápoles directa a Nueva York, adonde arribó el 11 de abril. Tras una dilatada gira de ocho meses, que habría de llevarle de costa a costa, y en el curso de la cual visitó Washington, Chicago, Cleveland, Pittsburgh, Montclair, Boston, Worcester, Brooklyn, Fan-wood, Milford, Filadelfia, West Englewood, Jersey City, Cambridge, Medford, Morristown, Dublín, Green Acre, Montreal, Malden, Buffalo, Kenosha, Minneapolis, Saint Paul, Omaha, Lincoln, Denver, Glenwood Springs, Salt Lake City, San Francisco, Oakland, Palo Alto, Berkeley, Pasadena, Los Ángeles, Sacramento, Cincinnati y Baltimore, zarpaba un 5 de diciembre de Nueva York a bordo del Celtic, rumbo a Liverpool, en donde desembarcó y desde donde Se dirigió en tren a Londres. Más tarde visitó Oxford, Edimburgo y Bristol, y desde allí regresaría a Londres, para dirigirse a París el 21 de enero de 1913. El 30 de marzo viajó a Stuttgart y de allí salió un 9 de abril, en dirección a Budapest. Visitó Viena nueve días después, regresó a Stuttgart el 25 de abril y a París el primero de mayo, donde permaneció hasta el 12 de junio, para zarpar la mañana del día siguiente a bordo del S. S. Himalaya, navío que desde Marsella se dirigía a Egipto, y que, pasados cuatro días, habría de arribar a Port Said, lugar desde donde, tras realizar breves visitas a Ismá‘ílíyyih y Abúqír, y al cabo de una estancia prolongada en Ramleh, regresó a Haifa, poniendo fin a Sus travesías históricas el 5 de diciembre de 1913.

Fue en el curso de este trascendental periplo y ante audiencias nutridas y representativas, que a veces superaban el millar de personas, cuando expuso ‘Abdu’l-Bahá, con brillante simplicidad, fuerza y persuasión, y por vez primera en Su ministerio, los principios fundamentales y característicos de la Fe de Su Padre, los cuales, sumados a las leyes y disposiciones reveladas en el Kitáb-i-Aqdas, constituyen el lecho de roca de la Revelación más reciente dispensada por Dios a la humanidad. La búsqueda independiente de la verdad, desembarazada de supersticiones o tradiciones; la unidad de la raza humana, principio axial y doctrina fundamental de la Fe; la unidad básica de todas las religiones; la condena de todas las formas de prejuicio, sea religioso, racial, de clase o nación; la armonía que debe existir entre la religión y la ciencia; la igualdad entre el hombre y la mujer, las dos alas con las que el ave del género humano puede volar; la introducción de la educación obligatoria; la adopción de un idioma universal auxiliar; la abolición de la riqueza y pobreza extremas; la institución de un tribunal mundial para la resolución de contenciosos entre las naciones; la exaltación del trabajo, cuando éste se realiza en

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espíritu de servicio, al rango de adoración; la glorificación de la justicia como principio rector de la sociedad humana, y de la religión como baluarte para la protección de todos los pueblos y naciones; y el establecimiento de una paz permanente y universal como meta suprema de toda la humanidad; éstos descuellan como los elementos esenciales de la política divina que proclamó en el curso de su periplo misionero ante los grandes pensadores así como ante las masas en general. La exposición de estas verdades vivificantes de la Fe de Bahá’u’lláh, a las que reputó de «espíritu de la época», fue complementada con graves y reiterados avisos sobre la inminencia de una conflagración que, si los jefes de Estado del mundo no eludían, habría de arrastrar a todo el continente europeo. Además, en el curso de estos viajes, predijo los cambios radicales que acontecerían en dicho continente, presagió el movimiento de descentralización del poder político, el cual sería puesto en marcha inevitablemente, aludió a los problemas que afectarían a Turquía, previó la persecución de los judíos en el continente europeo y afirmó categóricamente que «la bandera de la unidad de la humanidad será izada, que el tabernáculo de la paz universal será plantado y que el mundo se convertirá en otro mundo».

Durante estos viajes, ‘Abdu’l-Bahá desplegó una vitalidad, un valor, una determinación de ánimo y una consagración a la tarea que Se había impuesto lograr tales que suscitó el asombro y la admiración de cuantos tuvieron el privilegio de observar de cerca Sus actividades cotidianas. Indiferente a las atracciones y curiosidades que de suyo concitan la atención de los viajeros y que los miembros de Su séquito a menudo deseaban que visitara; descuidando Su comodidad y salud por igual; gastando cada gota de energía, día tras día, desde la mañana hasta la noche; rechazando sin excepciones cualquier regalo o contribución destinados a sufragar los gastos del viaje; indefectible en Su solicitud para con los enfermos, los angustiados y los humillados; sin componendas en Su abanderamiento en pro de las razas y clases no privilegiadas; dadivoso como la lluvia en Su generosidad hacia los pobres; desdeñoso de los ataques que lanzaban en Su contra los exponentes vigilantes y fanáticos de la ortodoxia y el sectarismo; maravilloso en Su franqueza al probar, desde la palestra y el púlpito, la Misión profética de Jesucristo ante los judíos, el origen divino del islam en las iglesias y sinagogas, o la verdad de la Revelación divina y la necesidad de la religión ante los materialistas, ateos o agnósticos; inequívoco en todo momento en Su glorificación de Bahá’u’lláh, incluso cuando hablaba en los santuarios de las diversas sectas y denominaciones; férreo en Su negativa, en varias ocasiones, a granjearse el favor de las gentes nobles o adineradas, tanto de Inglaterra como de Estados Unidos; y por último, pero de igual importancia, incomparable en la espontaneidad, autenticidad y calor de Su simpatía y amabilidad para con amigos y extraños por igual, creyentes y descreídos, ricos y pobres, grandes y humildes, con quienes entabló relación, bien de forma íntima o bien casual, ya a bordo de diferentes medios de transporte, ya al recorrer las calles, parques y plazas públicas, ora en las galas o banquetes, ora en las barriadas o en las mansiones, bien en las reuniones de Sus seguidores o bien en los cenáculos de los eruditos, Él, la encarnación de toda virtud bahá’í y la plasmación de todo ideal bahá’í, continuó pronunciando durante tres años completos y ante un mundo sumido en el materialismo y a las puertas de la guerra, las verdades creativas venidas de Dios y atesoradas en la Revelación de Su Padre.

En el curso de Sus diversas visitas a Egipto, sostuvo más de una entrevista con el Jedive, ‘Abbás H. ilmí Pashá II, fue presentado ante lord Kitchener, tuvo un encuentro con el muftí, Shay h.

kh Mu ammad ay h.

Bakhít, así como con el Imam del jedive, Sh kh Mu ammad Rá shid, y Se relacionó con varios ‘ulamás, páshás, notables persas, miembros del Parlamento turco, editores de los diarios principales de El Cairo y Alejandría, y otros jefes y representantes de instituciones bien conocidas, tanto religiosas como seculares.

Durante Su estancia en Inglaterra, la casa que fue puesta a Su disposición en Cadogan Gardens se convirtió en una verdadera meca para toda suerte y condición de personas que acudían a visitar al Prisionero de ‘Akká, Quien había escogido aquella gran ciudad como primer escenario de Sus labores en Occidente. «¡Ay, aquellos peregrinos, aquellos invitados, aquellos visitantes!», así testimoniaba Su devota anfitriona durante el tiempo que pasó en Londres, «Recordando aquellos días, nuestros oídos se llenan con el sonido de sus pasos, venidos de todos los países del mundo. ¡Todos los días, durante todo el día, un reguero constante, una procesión interminable! Ministros y misioneros, eruditos orientales y estudiosos de lo oculto, hombres prácticos y místicos, anglicanos, católicos, inconformistas, ateos, teósofos, hindúes, miembros de la ciencia cristiana y médicos, musulmanes, budistas y zoroástricos. También se personaron políticos, soldados del Ejército de Salvación, y otros trabajadores que laboran por el bien de la humanidad, sufragistas, periodistas, escritores, poetas y senadores, modistos y grandes damas, artistas y artesanos, personas pobres y sin trabajo, prósperos comerciantes, miembros del mundo del teatro y de la música, todos ellos acudieron; y nadie era demasiado humilde, ni demasiado grande, para recibir la amable consideración de este santo Mensajero, Quien siempre daba la vida por el bien de los demás».

La primera comparecencia pública de ‘Abdu’l-Bahá ante una audiencia occidental tuvo lugar de modo significativo en un lugar de culto cristiano, un 10 de septiembre de 1911, fecha en que dirigió la palabra a una congregación rebosante desde el púlpito del City Temple. Presentado por el pastor, el reverendo R. J. Campbell, Él, en lenguaje sencillo y conmovedor, y con voz vibrante, proclamó la unidad de Dios, afirmó la unidad fundamental de la religión, y anunció que había llegado la hora de la unidad de los hijos de los hombres, de todas las razas, religiones y clases. En otra ocasión, el 17 de septiembre, a petición del venerable archidiácono Wilberforce, Se dirigió a la congregación de San Juan el Divino, en Westminster, tras los oficios vespertinos, escogiendo como tema la grandeza trascendental de la Deidad, según queda afirmada y elucidada por Bahá’u’lláh en el Kitáb-i-Íqán. «Para asiento de su Huésped», escribió un testigo del acontecimiento, «el archidiácono había dispuesto el sitial arzobispal, situado sobre las gradas del presbiterio, mientras que él, situándose detrás, dio lectura a la traducción del discurso de ‘Abdu’l-Bahá. La congregación se vio profundamente conmovida y, siguiendo el ejemplo del archidiácono, se arrodilló para recibir la bendición del Siervo de Dios, Quien de pie, con las manos extendidas, dejó que la maravillosa y potente voz de Su invocación se alzara y se dejara caer en el silencio».

Por invitación del alcalde de Londres, almorzó en su residencia; Se dirigió a la Sociedad Teosófica en su sede central de Londres; fue invitado por una diputación de la Sociedad Bramo-Somaj para dar una charla bajo sus auspicios; visitó y pronunció un discurso sobre la unidad mundial en la mezquita de Woking, por invitación de la comunidad musulmana de Gran Bretaña, fue agasajado por príncipes persas, nobles, exministros y miembros de la legación persa radicada en Londres. Se alojó como invitado en casa del doctor T. K. Cheyne en Oxford y pronunció un discurso ante «un gran auditorio profundamente interesado», de carácter altamente académico, reunido en el Colegio Manchester de dicha ciudad, y presidido por el doctor Estlin Carpenter. También habló desde el púlpito de la Iglesia Congregacional del Extremo Este de Londres, en respuesta a la petición de su pastor; Se dirigió a concurrencias en Caxton Hall y Westminster Hall, esta última bajo la presidencia de sir Thomas Berkeley y presenció la representación de Eager Heart, un misterio navideño interpretado en Church House, Westminster, la primera representación dramática que presenciaba y que, por su gráfica descripción de la vida y padecimientos de Jesucristo, Le conmovió hasta las lágrimas. En la sala del Passmore Edward’s Settlement, en Tavistock Place, habló ante una audiencia de 460 personas representativas, presidida por el profesor Michael Sadler, visitó a cierto número de mujeres de dicho Settlement, quienes se encontraban de vacaciones en Vanners’, en Byfleet, a unos treinta kilómetros de Londres, e incluso realizó una segunda visita al mismo lugar, encontrándose

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en dicha ocasión con personas de toda condición que se habían dado cita para verle. «Entre ellos había clérigos de varios credos, el director de una escuela de niños, un miembro del Parlamento, un doctor, un famoso escritor político, el vicecanciller de una universidad, varios periodistas, un poeta muy conocido y un juez de Londres». «Se le recordará durante mucho tiempo», refiere un cronista de Su visita a Inglaterra al describir la ocasión, «cómo se sentó en una tarde soleada junto al ventanal, con su brazo alrededor de un niño muy andrajoso, pero totalmente feliz, que había acudido a pedir una moneda de seis peniques para su hucha y para su madre inválida, mientras a su lado en la habitación se habían congregado hombres y mujeres que discutían sobre educación, socialismo, el primer proyecto de Reforma, y la relación de los submarinos y de la telegrafía sin hilos con la nueva era en la que el hombre estaba entrando».

Entre las personalidades que Le visitaron durante aquellos días memorables de Su estancia en Inglaterra y Escocia figuran el reverendo archidiácono Wilberforce, el reverendo R. J. Campbell, el reverendo Rhonddha Williams, el reverendo Roland Corbet, Lord Lamington, sir Richard y lady Stapley, sir Michael Sadler, el Jalálu’d-Dawlih, hijo del Zillu’s-Sul án, el difunto maharajá de Jalawar, quien .

.tefectuó numerosas visitas y ofreció una gran cena y recepción en Su honor, el maharajá de Rajputana, la Ranee de Sarawak, la princesa Karadja, la baronesa Barnekov, lady Wemyss y su hermana, lady Glencomer, lady Agnew, la señorita Constance Maud, el profesor

E. G. Browne, el profesor Patrick Geddes, el señor Albert Dawson, director del Christian Commonwealth, el señor David Graham Pole, la señora Annie Besant, la señora Pankhurst y el señor Stread, quien sostuvo largas e intensas conversaciones con Él.

«Harto numerosos», escribió Su anfitriona al describir la impresión que producía en quienes recibían el privilegio de una audiencia privada, «fueron aquellos solicitantes de una experiencia tan única, tan única como sólo podían saberlo al hallarse en presencia del Maestro, y que sólo en parte podíamos adivinar al contemplar la mirada de sus rostros al salir, una mirada entremezclada de admiración, maravilla y alegría tranquila. Algunas veces nos percatábamos de su renuencia a salir al exterior, como quien se aferra a su beatitud, como temiendo que, al volver a las cosas del mundo, ésta les fuera arrebatada». «Una profunda impresión», consigna el mencionado cronista, al resumir los resultados producidos por la memorable visita, «fue lo que permaneció grabado en el recuerdo de hombres y mujeres de toda suerte y condición [...] Fue hondamente apreciada la estancia de ‘Abdu’l-Bahá en Londres y hondamente deplorada Su partida. Tras de Sí dejó muchos, muchísimos amigos. Su amor había prendido en ellos. Su corazón se había abierto a Occidente y el corazón occidental cerró filas alrededor de esta presencia patriarcal venida de Oriente. Sus palabras estaban poseídas de un algo que atraía no sólo a Sus más directos oyentes, sino también al común de los hombres y mujeres».

Sus visitas a París, donde por un tiempo ocupó un apartamento de la avenida Camoens, estuvieron marcadas por una acogida cuya calor fue no menos notable que el de la recepción que Le tributaran Sus amigos y seguidores de Londres. «Durante la visita a París», atestigua esa misma devota anfitriona inglesa, lady Blomfield, quien Lo siguió a dicha ciudad, «tal como sucediera en Londres, los acontecimientos diarios asumieron el carácter y la atmósfera de eventos espirituales [...] Cada mañana, el Maestro, de acuerdo con Su costumbre, exponía los principios de las enseñanzas de Bahá’u’lláh a cuantos se reunían a Su alrededor, doctos e iletrados, los ávidos y los respetuosos. Procedían de todas las nacionalidades y credos, de Oriente y de Occidente, incluyendo teósofos, agnósticos, materialistas, espiritualistas, cristianos miembros de la ciencia cristiana, reformadores sociales, hindúes, sufíes, musulmanes, budistas, zoroástricos y muchos otros». Y asimismo: «A una entrevista le sucedía otra. Los dignatarios eclesiásticos de varias ramas del Árbol cristiano acudían, algunos avidísimos de encontrar nuevos aspectos de la Verdad [...] Otros taponaron los oídos, todo fuera que oyeran y comprendieran».

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Príncipes persas, nobles y exministros, entre ellos el . illu’s-Sul án, .

Ztel Ministro persa, el Embajador turco en París, Ráshid Páshá, un exválí de Beirut, páshás turcos y exministros, el vizconde Arawaka, embajador japonés ante la corte de España, figuraron entre quienes tuvieron el privilegio de gozar de Su presencia. ‘Abdu’l-Bahá pronunció alocuciones ante reuniones de esperantistas y teósofos, estudiantes de la Facultad de Teología y grandes audiencias congregadas en la Alliance Spiritualiste. En el Mission Hall, situado en un barrio paupérrimo de la ciudad, Se dirigió a la congregación por invitación del pastor, mientras que en numerosas reuniones de Sus seguidores, quienes ya conocían Sus enseñanzas tuvieron el privilegio de oír de Sus labios exposiciones detalladas y frecuentes sobre ciertos aspectos de la Fe de Su Padre.

En Stuttgart, donde efectuó una estancia breve, pero inolvidable, y adonde viajó a pesar de su mala salud, estableció contacto personal con los miembros de la comunidad de Sus entusiastas y bienamados amigos alemanes, además de estar presente en las reuniones de Sus seguidores devotos, confirió bendiciones abundantes sobre los miembros del grupo de jóvenes, reunidos en Esslingen, y Se dirigió, por invitación del profesor Christale, presidente de los esperantistas de Europa, a una gran reunión de esperantistas reunidos en su sede. Además, visitó Bad Mergentheim, en Württemberg, donde unos años después (1915) uno de sus discípulos agradecidos erigió un monumento conmemorativo de Su visita. «La humildad, amor y devoción de los creyentes alemanes», escribió un testigo de los hechos, «regocijó el corazón de ‘Abdu’l-Bahá, y recibieron Sus bendiciones y palabras de consejo alentador con mansedumbre completa [...] Los amigos acudían de cerca y de lejos para ver al Maestro. Había un flujo constante de visitantes ante el hotel Marquart. Allí los recibió ‘Abdu’l-Bahá con tal amor y gentileza que regresaron radiantes de dicha y felicidad».

En Viena, donde permaneció unos pocos días, ‘Abdu’l-Bahá Se dirigió a una concurrencia de teósofos de la ciudad, en tanto que en Budapest concedió una entrevista al rector de la Universidad. Se reunió en varias ocasiones con un famoso orientalista, el profesor Arminius Vambery, Se dirigió a la Sociedad Teosófica y fue visitado por el presidente de la sociedad Turania, representantes de las sociedades turcas, oficiales del ejército, varios miembros del Parlamento y una diputación de Jóvenes Turcos, encabezada por el profesor Julius Germanus, quien Le dispensó una calurosa bienvenida a la ciudad. «Durante ese tiempo», reza el testimonio escrito del doctor Ruszrem Vambery, «Su habitación del hotel Dunapalota se convirtió en una auténtica meca para todos aquellos a quienes el misticismo de Oriente y la sabiduría del Maestro les atraía hacia su círculo mágico. Entre los visitantes cuéntanse el conde Albert Apponyi, el prelado Alexander Giesswin, el profesor Ignatius Goldziher, orientalista de renombre mundial, el profesor Robert A. Nadler, famoso pintor de Budapest y jefe de la Sociedad Teosófica húngara».

Sin embargo, quedó reservado para el continente norteamericano presenciar el despliegue más pasmoso de la vitalidad incontenible que ‘Abdu’l-Bahá había de exhibir en el curso de dichos viajes. El acusado progreso logrado por la comunidad organizada de Sus seguidores de Estados Unidos y Canadá, la notable receptividad demostrada por el pueblo norteamericano con respecto a Su mensaje, así como Su conciencia del alto destino que aguardaba a las gentes de aquel continente, eran plenamente acreedores al gasto de tiempo y energía que dedicó a esta fase importantísima de Sus viajes. Una visita que implicó tener que recorrer más de cinco mil millas, y que duró desde abril a diciembre, que Le trasladó, con ida y vuelta, del Atlántico al Pacífico, que dio pie a discursos en número tal que llenarían no menos de tres volúmenes; todo ello había de marcar el apogeo de aquel periplo y quedaba plenamente justificado por los resultados trascendentales que –bien sabía Él– tales afanes Suyos habrían de producir. «Esta larga travesía», dijo a Sus seguidores reunidos con ocasión del primer encuentro tenido en Nueva York, «demostrará cuán grande es Mi amor por vosotros. Ha habido numerosos problemas y vicisitudes, pero ante la perspectiva de encontrarme con vosotros, todas estas cosas se disiparon y cayeron en el olvido».

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El carácter de los hechos que realizó demuestran plenamente la importancia que atribuía a la visita. La colocación, con Sus propias manos, de la piedra de dedicación del Mashriqu’l-Adhkár, a orillas del lago Michigan, en las cercanías de Chicago, en un solar de reciente adquisición, y en presencia de una concurrencia representativa de los bahá’ís de Oriente y Occidente; la reafirmación dinámica que expresó en torno a las repercusiones de la Alianza instituida por Bahá’u’lláh, tras la lectura de la Tabla de la Rama, recién traducida, en una reunión general de Sus seguidores celebrada en Nueva York, designada desde entonces la «Ciudad de la Alianza»; la conmovedora ceremonia celebrada en Inglewood, California, con la que señaló Su peregrinación especial a la tumba de Thornton Chase, el «primer creyente americano», y en efecto el primero en abrazar la Causa de Bahá’u’lláh en el mundo occidental; la Fiesta simbólica que Él mismo ofreció en una gran reunión de Sus discípulos al aire libre, entre el verdor de un día de junio, en West Englewood, Nueva Jersey; la bendición que confirió al Open Forum, de Green Acre, en Maine, sobre las riberas del río Piscataqua, donde se congregaron muchos de Sus seguidores, la cual habría de convertirse en una de las primeras escuelas bahá’ís de verano del hemisferio occidental y a la que se reconocería como una de las primeras dotaciones establecidas en el continente americano; Su alocución ante un auditorio de varios centenares de personas que asistían a la última sesión del Bahá’í Temple Unity, de reciente fundación, celebrada en Chicago; y, por último y no por ello menos significativo, el acto ejemplar que realizó al unir en matrimonio a dos de Sus seguidores de diferentes nacionalidades, uno de raza blanca y otro de raza negra; éstas deben figurar entre las funciones más señaladas relacionadas con Su visita a la comunidad de los creyentes americanos, funciones destinadas a allanar el camino para la elección de su Casa central de Adoración, a reforzarles contra las pruebas que pronto habrían de soportar, a cimentar su unidad y a bendecir los atisbos de ese Orden Administrativo que pronto habrían de iniciar y abanderar.

No menos notables fueron las actividades públicas que ‘Abdu’l-Bahá emprendiera en el curso de Su trato con las multitudes con las que entró en contacto durante Su gira por el continente. El relato pormenorizado de las variadas actividades que colmaron Sus días durante no menos de ocho meses exceden el propósito de este repaso. Baste decir que sólo en la ciudad de Nueva York pronunció discursos públicos y realizó visitas formales a no menos de cincuenta y cinco lugares: sociedades de paz, congregaciones cristianas y judías, colegios y universidades, organizaciones de beneficencia y caridad, miembros de cultos éticos, centros del Nuevo Pensamiento, grupos metafísicos, clubes de mujeres, asociaciones científicas, reuniones de esperantistas, teósofos, mormones y agnósticos, instituciones para el progreso de las gentes de raza negra, representantes de las comunidades siria, armenia, china y japonesa; todos entraron en contacto con Su presencia dinámica, y tuvieron el privilegio de escuchar de Sus labios el Mensaje de Su Padre. La prensa tampoco dejó de apreciar enseguida, a través de sus comentarios editoriales o al dar cuenta de Sus discursos, la amplitud de visión o el carácter de Su llamamiento.

Su discurso ante las Conferencias de Paz celebradas en el lago Mohonk; Sus alocuciones ante grandes auditorios en las universidades de Columbia, Howard y Nueva York; Su participación en la cuarta conferencia anual de la Asociación Nacional para el Avance de las Gentes de Color; Su intrépida postulación de la verdad de las misiones proféticas tanto de Jesucristo como de Mu ammad, en el

h. Templo de Emmanu-El, la sinagoga judía de San Francisco, donde se concentraron no menos de dos mil personas; el luminoso discurso, ante una audiencia de 1.800 estudiantes y 180 profesores y catedráticos, pronunciado en la Universidad de Standford Leland; Su visita memorable a la Misión Bowery, en los arrabales de Nueva York; la brillante acogida que se Le dispensó para honrarlo en Washington, en la que numerosas figuras destacadas de la vida social de la capital

Le fueron presentadas; éstos son los hitos destacados de la Misión inolvidable que emprendió al servicio de la Causa de Su Padre.

Secretarios de Estado, embajadores, congresistas, distinguidos rabinos y hombres de iglesia, y otras personalidades eminentes lograron Su presencia, entre ellos figuras tales como el doctor D. S. Jordan, presidente de la Universidad de Standford Leland, el profesor Jackson de la Universidad de Columbia, el profesor Jack de la Universidad de Oxford, el rabino Stephen Wise de Nueva York, el doctor Martin A. Meyer, el rabino Joseph L. Levy, el rabino Abram Simon, Alexander Graham Bell, Rabindranath Tagore, el honorable Franklin

K. Lane, la señora William Jennings Bryan, Andrew Carnegie, el honorable Franklin MacVeagh, el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Lee McClung, el señor Roosevelt, el almirante Wain Wright, el almirante Peary, los ministros británico, suizo y holandés ubicados en Washington, Yúsuf D. iyá Páshá, embajador turco en dicha ciudad, Thomas Seaton, el honorable William Sulzer y el príncipe Mu h. am-mad-‘Alí de Egipto, hermano del Jedive.

«Cuando ‘Abdu’l-Bahá visitó el país en 1912», ha escrito un comentarista de Sus viajes por América, «Se encontró con un gran auditorio favorablemente predispuesto que esperaba recibir de Sus mismísimos labios el mensaje de amor y espiritualidad [...] Más allá de las palabras que se decían, había algo indescriptible en Su personalidad que calaba hondo en cuantos llegaban a Su presencia. La cúpula de Su cabeza, la barba patriarcal, aquellos ojos que parecían haber mirado más allá del tiempo y de los sentidos, la voz suave y aun así penetrante, la humildad transparente, el amor siempre indefectible, pero sobre todo, el sentido de poder mezclado con la gentileza que investía Su ser entero de una singular majestad y exaltación espiritual que Le distinguían de los demás, y que no obstante, Le acercaban incluso al alma más modesta; todo esto y mucho más que nunca cabrá definirse, que Le han procurado en estas tierras tantos [...] amigos, recuerdos que son inefables e increíblemente preciosos».

Un repaso, por más que inadecuado, del gran número y variedad de actividades de ‘Abdu’l-Bahá en Su gira por Europa y América, no podía dejar de mencionar algunos de los extraños incidentes que solían concurrir en el contacto personal con Él. La osada determinación de un joven indomable quien, temiendo que ‘Abdu’l-Bahá no visitaría los estados del oeste, e incapaz de pagarse el billete hasta Nueva Inglaterra, recorrió todo el trayecto desde Minneapolis hasta Maine recostado sobre las bielas, entre las ruedas del tren; la transformación operada en el hijo de un maestro de escuela rural, quien, en su pobreza y miseria, había resuelto, mientras recorría las orillas del Támesis, poner fin a su vida y quien, al ver la fotografía de ‘Abdu’l-Bahá expuesta en el escaparate de una tienda, preguntó por Él, se apresuró a Su residencia y fue tan vivificado por Sus palabras de aliento y consuelo que abandonó todo pensamiento de muerte; la experiencia extraordinaria de una mujer cuya hijita insistía, a raíz de un sueño, en que Jesucristo se hallaba en el mundo y quien, a la vista de una fotografía de ‘Abdu’l-Bahá colocada en la vitrina de un puesto de revistas, identificó al instante ésta como la imagen del Jesucristo de sus sueños, un hecho que impulsó a la madre, tras leer que ‘Abdu’l-Bahá Se hallaba en París, a tomar el primer barco rumbo a Europa y a apresurarse a ir a Su presencia; la decisión del director de un periódico impreso en Japón de interrumpir el viaje a Tokio en Constantinopla, para viajar a Londres por «la dicha de pasar una noche en Su presencia»; la conmovedora escena en que ‘Abdu’l-Bahá, al recibir de manos de un amigo persa, recientemente llegado a Londres desde ‘Ishqábád, un pañuelo de algodón que contenía un pan negro reseco y una manzana encogida –ofrenda de un trabajador pobre de la ciudad–, lo abrió delante de los invitados reunidos y, dejando intacto Su plato, partió el pan en porciones y reservándose una para Sí compartió el resto con los presentes; éstos son unos pocos de entre la multitud de incidentes que arrojan reveladora luz sobre algunas anécdotas personales de Sus memorables travesías.

Tampoco pueden hurtarse al recuerdo algunas escenas que giran en torno a la Figura majestuosa y patriarcal según Se desenvolvía por las ciudades de Europa y América. La entrevista notable en la que ‘Abdu’l-Bahá respondía a las numerosas preguntas del archidiácono Wilberforce, reposando amorosamente Su mano sobre Su cabeza, mientras el distinguido eclesiástico ocupaba una silla baja a Su lado; la escena aún más memorable en la que ese mismo archidiácono, después de arrodillarse, junto con la congregación entera, para recibir Su bendición en San Juan el Divino, descendió las gradas hacia la sacristía de la mano de Su Invitado, mientras toda la concurrencia puesta en pie entonaba un himno; la escena en que Jalálu’d-Dawlih, postrado ante Sus pies, se deshacía en disculpas e imploraba perdón por sus pasadas iniquidades; la acogida entusiasta que se Le dispensó en la Universidad de Standford Leland cuando, ante la mirada de cerca de dos mil personas entre profesores y estudiantes, pronunció Su parlamento sobre algunas de las verdades más nobles que subyacen a Su mensaje para Occidente; el espectáculo tierno en la Mission Bowery cuando 400 pobres de Nueva York desfilaron ante Él para recibir cada uno una moneda de plata de Sus benditas manos; la aclamación de una mujer siria de Boston quien, abriéndose paso entre la multitud reunida en torno a Él, se arrojó a Sus pies, exclamando «reconozco que en Ti he reconocido al Espíritu de Dios y a Jesucristo mismo»; el homenaje no menos ferviente que Le tributaron dos admiradores árabes, los cuales, cuando abandonaba la ciudad de Dublín, se postraron ante Él y, gimiendo audiblemente, confesaron que era el propio Mensajero de Dios para la humanidad; la vasta congregación de dos mil judíos reunidos en una sinagoga de San Francisco para escuchar con atención Su discurso mientras demostraba la validez de los títulos presentados tanto por Jesucristo como por Mu ammad; la reunión a la que Se dirigió cierta noche en

h. Montreal y durante la cual, en el curso de Su plática, se Le cayó el turbante, debido a la emoción con la que exponía el tema que Le ocupaba; la multitud bulliciosa de un barrio pobrísimo de París, que, aturdida por Su presencia se hizo a un lado a Su paso, con reverencia y en silencio, cuando regresaba de Mission Hall, a cuya congre

gación Se había dirigido; el gesto característico de un doctor zoroástrico quien, para despedirse, tras llegar casi sin aliento por la mañana del día en que ‘Abdu’l-Bahá partía de Londres, roció Su cabeza y pecho con un aceite fragante y, a continuación, tocando las manos de todos los presentes, colocó sobre Su cuello y hombros una guirnalda de lirios y rosas; la multitud de visitantes que, llegados tras el ocaso, aguardaban pacientemente al pie de las escaleras de la residencia de Cadogan Gardens hasta que la puerta se abriese para acogerlos; Su majestuosa figura mientras recorría con paso firme la tarima o permanecía en pie con las manos alzadas para pronunciar la bendición, en las iglesias o las sinagogas por igual, ante grandes y reverentes auditorios; las muestras de respeto que Le manifestaban las damas distinguidas de la sociedad londinense, quienes espontáneamente hacían la reverencia ante Su presencia; la escena impactante cuando Se reclinó ante la tumba de Su Bienamado discípulo Thornton Chase, en el cementerio de Inglewood, y besó su tumba, ejemplo que todos los presentes se apresuraron a seguir; la distinguida reunión de cristianos, judíos y musulmanes, hombres y mujeres representativos tanto de Oriente como de Occidente, congregados para escuchar Su alocución en torno a la unidad mundial en la mezquita de Woking; tales escenas, incluso en el frío registro de la página impresa, deben de poseer todavía mucho de su poder y efectividad originales.

¿Quién sabe qué pensamientos anegaban el corazón de ‘Abdu’l-Bahá cuando Se reconocía como figura central de escenas tan memorables como éstas?¿Quién sabe qué pensamientos primaban en Su conciencia mientras almorzaba junto al alcalde de Londres, o cuando fue recibido con deferencia extraordinaria por el propio Jedive en su palacio, o escuchó los saludos de «Alláh-u-Abhá» y los signos de agradecimiento y alabanza que acompañaban Su ingreso en las numerosas y brillantes asambleas de seguidores y amigos entusiastas organizadas en tantas ciudades del continente americano?¿Quién sabe qué recuerdos no se agitaban dentro de Su persona mientras contemplaba las atronadoras aguas del Niágara, cuando respiraba en una tierra remota y al aire libre, o cuando observaba, en el curso de un breve y merecido descanso, los bosques verdes y la campiña

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de Glenwood Springs, o Se desplazaba con Su séquito de creyentes orientales por los paseos de los jardines de Trocadero, en París, o caminaba solo por la tarde junto al majestuoso río Hudson, por Riverside Drive, en Nueva York, o mientras recorría la terraza del hotel du Parc en Thonon-les-Bains, con vistas al lago Ginebra, mientras miraba desde el puente Serpentine de Londres la cadena orlada de luces que discurría bajo los árboles hasta perderse de vista? Los recuerdos de las angustias, la pobreza, la amenaza de perdición de Sus primeros años; los recuerdos de una madre que hubo de vender los botones de oro para proporcionarle algún sostén a Él, a Su her-mano y hermana, una madre que se vio forzada, en las horas más aciagas, a depositar un puñado de harina seca en la palma de Su mano con la que aplacar el hambre; los recuerdos de su propia infancia cuando fue perseguido y sufrió las burlas de una chusma de rufianes callejeros de Teherán; de la húmeda y lóbrega habitación, antiguo depósito de cadáveres, que ocupó en los cuarteles de ‘Akká y de Su encarcelamiento en el calabozo de dicha ciudad; recuerdos como éstos sin duda debieron de haber acudido a Su mente. También debió de representarse ante Él el cautiverio del Báb en los bastiones montañosos de Ádhirbáyján, cuando por la noche se Le negó incluso una lámpara, y Su cruel y trágica ejecución, cuando cientos de balas acribillaron aquel joven pecho. Mas, por encima de todo, Sus pensamientos deben de haberse centrado en Bahá’u’lláh, a Quien amó tan apasionadamente y Cuyas pruebas presenció y compartió desde la niñez. El Síyáh-Chál de Teherán, infestado de sabandijas; el bastinado que se Le infligió en Ámul; la modesta ración que llenaba Su kashkúl, cuando durante dos años hizo la vida de un derviche en las montañas de Kurdistán; los días de Bagdad, cuando no poseía ni siquiera una muda de ropa interior, y cuando Sus seguidores subsistían con un puñado de dátiles; Su confinamiento dentro de los muros de la prisión de ‘Akká, cuando durante nueve años Le fue denegado incluso contemplar todo verdor; y la humillación pública a la que fue sometido en la sede del gobierno de dicha ciudad; imágenes como éstas de un trágico pasado en numerosas ocasiones debieron de abrumarle con sentimientos entremezclados de gratitud y pesar, cuando presenció las numerosas muestras de respeto, estima y honor que Le eran dispensadas a Él y a la Fe que representaba. «¡Oh Bahá’u’lláh! ¿Qué habéis hecho?», refiere el cronista de Sus viajes haberle oído exclamar una noche en la que fue conducido velozmente al que sería su tercer compromiso del día, en Washington, «¡Oh Bahá’u’lláh! Que mi vida sea sacrificada por ti! ¡Oh Bahá’u’lláh! Que mi alma sea ofrecida por Tu causa! ¡Cuán llenos estuvieron Sus días de pruebas y tribulaciones! ¡Cuán severas las pruebas que soportaste! ¡Cuán sólidos los cimientos que finalmente has sentado, y cuán gloriosa la bandera que izaste!» «Cierto día, mientras paseaba», atestigua el mismo cronista, «trajo al recuerdo los días de la Bendita Belleza, refiriéndose con tristeza a Su estancia en Sulaymáníyyih, a Su soledad y a los agravios que Le infligieron. Aunque a menudo Se había referido a tales episodios, ese día fue tal la emoción que Le embargó que lloró Su dolor en alto [...] y todos los presentes lloraron con Él, haciendo suyo aquel abatimiento al escuchar el relato de las desgarradoras pruebas soportadas por la Bendita Belleza, y al presenciar la ternura de corazón manifestada por Su Hijo».

Se había consumado la interpretación de una escena en sumo grado significativa dentro del drama de todo un siglo. Así se inscribía un capítulo glorioso en la historia de la primera centuria bahá’í. Las semillas de potencialidades no soñadas habían sido sembradas por la mano del Centro de la Alianza mismo en algunos de los campos fértiles del mundo occidental. Nunca en todo el abanico de la historia religiosa se había alzado una figura de estatura comparable a realizar una labor de tal magnitud y valor imperecederos. Gracias a aquellas travesías presagiosas se habían desatado fuerzas que incluso ahora, a una distancia de casi treinta y cinco años, somos incapaces de medir

o comprender. Es ya un hecho que una Reina, inspirada por los argumentos poderosos aducidos por Bahá’u’lláh, en el curso de Su alocución en apoyo de la divinidad de Mu ammad, ha proclamado su fe

h.
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y ha dado testimonio público del origen divino del Profeta del islam. Como es un hecho también que un presidente de los Estados Unidos, empapado de algunos de los principios tan claramente enunciados por Él en Sus discursos, los ha incorporado a un programa de paz que descuella como la propuesta más osada y noble nunca antes realizada en pro del bienestar y seguridad de la humanidad. Mas, ay, no es menos verdad que un mundo que se demostró sordo a Sus avisos y que desatendió Sus emplazamientos se ha sumido en dos guerras globales de gravedad sin precedentes, cuyas repercusiones nadie puede todavía ni siquiera vagamente entrever.

CAPÍTULO
XX
CRECIMIENTO Y
EXPANSIÓN DE LA FE
EN ORIENTE Y OCCIDENTE
B

IEN cabe afirmar que los históricos viajes de ‘Abdu’l-Bahá a Occidente y, en particular, Sus ocho meses de gira por Estados Unidos, marcaron la culminación de Su ministerio, un ministerio cuyas bendiciones incontables y logros portentosos sólo podrán valorar adecuadamente las generaciones del futuro. Tal conforme el astro de la Revelación de Bahá’u’lláh había brillado en su esplendor meridiano en la hora de la proclamación de Su Mensaje a los gobernantes de la tierra, allá en la ciudad de Adrianópolis, del mismo modo el Orbe de Su Alianza alcanzó su cenit y derramó los rayos más luminosos cuando Quien fuera su Centro designado Se alzó para blasonar la gloria y grandeza de la Fe de Su Padre entre los pueblos de Occidente.

Poco después de inaugurarse, aquella Alianza divinamente instituida había demostrado, más allá de todo asomo de duda, la fuerza invencible de que estaba poseída y lo hizo logrando un triunfo decisivo frente a las fuerzas de la oscuridad dispuestas con tal determinación por el archiviolador. Su poder fortalecedor fue proclamado poco después gracias a las victorias señaladas que los portadores de su luz ganaron tan rápida y gallardamente en las ciudades distantes de Europa occidental y de Estados Unidos. Además, sus grandes títulos habían sido reivindicados gracias a su poder para salvaguardar la unidad e integridad de la Fe, tanto en Occidente como en Oriente. Recibió después una prueba más de su fuerza indomable con la memorable victoria alcanzada con la caída del sultán ‘Abdu’l-H. amíd, y la liberación ulterior de su Centro designado tras cuarenta años de cautiverio. Proporcionó, a los que todavía se inclinaban a dudar de su origen divino, otro testimonio incontrovertible de su solidez al permitir que ‘Abdu’l-Bahá, haciendo frente a obstáculos formidables, consumara el traslado de los restos del Báb y su entierro definitivo en el mausoleo del Monte Carmelo. Asimismo, había manifestado ante toda la humanidad, con una fuerza y en una medida hasta entonces inéditas, sus enormes potencialidades al facultarle a Él, en Quien se atesoraban su espíritu y propósito, para embarcarse en una misión de tres años por el mundo occidental, una misión tan trascendental que merece figurar como la mayor hazaña relacionada con Su ministerio.

Tampoco fueron éstos, por más que destacables, los únicos frutos cosechados mediante los esfuerzos incansables ejercidos tan heroicamente por el Centro de la Alianza. El progreso y extensión de la Fe de Su Padre por Oriente; el inicio de actividades y empresas que, cabe afirmar, señalan los comienzos del futuro Orden Administrativo; la elección del primer Mashriqu’l-Adhkár del mundo bahá’í en la ciudad de ‘Ishqábád, en el Turquestán ruso; la difusión de las obras bahá’ís; la revelación de las Tablas del Plan Divino; y la introducción de la Fe en el continente australiano; éstos son los logros que han de tenerse por sobresalientes y que embellecieron el brillante historial del ministerio único de ‘Abdu’l-Bahá.

En Persia, la cuna de la Fe, a pesar de las persecuciones que a lo largo de los años de ese ministerio persistieron con violencia no mitigada, pudo percibirse claramente un cambio notable, que señalaba el surgimiento gradual de una comunidad proscrita que emergía de su existencia hasta entonces clandestina. Ná iri’d-Dín . Sháh, quien,

scuatro años después de la ascensión de Bahá’u’lláh, había decidido, en vísperas de su jubileo, marcar un punto de inflexión en la historia de su país, halló la muerte a manos de un asesino, un tal Mírzá Ri á,

d. seguidor del infame Siyyid Jamálu’d-Dín-i-Afghání, enemigo de la Fe y uno de los impulsores del movimiento constitucional que, confor

me fue cobrando cuerpo, durante el reinado del hijo del Sháh y sucesor suyo, Mu affari’d-Dín, estaba destinado a sumir en nuevas difi

z. cultades a una comunidad ya de por sí acosada y perseguida. Incluso el asesinato del Sháh fue atribuido a dicha comunidad como lo evi

dencia la muerte cruel sufrida, poco después de la muerte del Soberano, por el maestro y poeta renombrado, Mírzá ‘Alí-Mu ammad,

h.

conocido por el título de Varqá («Paloma») que le diera Bahá’u’lláh, quien, junto con su hijo de doce años, Rú u’lláh, sufrió una muerte

h. inhumana en la cárcel de Teherán, a manos del brutal H. ájibu’d-Dawlih, quien, tras hundir su daga en el estómago del padre y de despedazarlo, a la vista del hijo, conminó al muchacho a que apostatase y, al encontrarse con un rechazo frontal, lo estranguló con

una cuerda. Tres años antes, un joven llamado Mu ammad Ri áy-i-Yazdí

h. d. moría en Yazd, la noche de su boda, cuando se dirigía del baño público al hogar. Era el primero en sufrir el martirio durante el ministerio de ‘Abdu’l-Bahá. En Turbat-i-H. aydaríyyih, tras el asesinato del Sháh, cinco personas, conocidas como Shuhadáy-i-Khamsih («los cinco

mártires»), encontraron la muerte. En Mashhad fue asesinado el conocido mercader Hájí Mu ammad-i-Tabrízí, cuyo cadáver fue

. h. quemado. Si bien el Soberano y el Gran Visir, el reaccionario y carente de principios Mírzá ‘Alí-As ar Kh z.

gh án, el Atábik-i-A‘ am, concedieron una entrevista a dos seguidores representativos de la Fe en París (1902), ésta resultó del todo infructuosa. Más aún, pocos años después, estallaba una nueva tormenta de persecuciones que, según iba cundiendo el movimiento constitucional, se recrudeció a medida que los reaccionarios lanzaban acusaciones infundadas contra los bahá’ís, denunciados como valedores e inspiradores de la causa nacionalista.

Un tal Mu ammad-Javád fue desnudado en I fahán y fustigado

h. s. con saña mediante un látigo de alambre espinoso, en tanto que en Káshán los seguidores de la Fe de origen judío sufrieron multas, palizas y encadenamiento, por instigación tanto del clero musulmán como de los doctores judíos. Sin embargo, fue en Yazd y sus alrededores donde se cometieron las sevicias más sangrientas de cuantas se registraron durante el ministerio de ‘Abdu’l-Bahá. En dicha ciudad se flageló despiadadamente a H. ájí Mírzáy-i-H. alabí-Sáz, suerte cuya brutalidad compartió en parte su esposa al abalanzarse sobre el marido; tras de lo cual la cabeza de éste fue lacerada por el cuchillo de un carnicero. Su hijo de once años fue fustigado de forma inmisericorde, apuñalado con un cortaplumas y torturado hasta fallecer. Nueve personas hallaron la muerte en el curso de media jornada. Una multitud de unas seis mil personas, de ambos sexos, volcaron su furia sobre las víctimas indefensas, algunas llegando al extremo de sorber su sangre. En algunos casos, tal como sucediera con un tal Mírzá Asa-du’lláh-i-abbá S. gh, saquearon su propiedad y lucharon por hacerse con ella. Tal fue la crueldad que exhibieron que algunos de los oficiales del Gobierno llegaron a llorar ante lo desgarrador de aquellas escenas en las que las mujeres de la ciudad desempeñaron un papel vergonzosamente notable. Varias personas fueron asesinadas en Taft, algunas por disparos; acto seguido, los cuerpos fueron arrastrados por las calles. Un joven converso de dieciocho años, llamado H. usayn, fue denunciado por

su padre y descuartizado ante los ojos de la madre, en tanto que Mu ammad-Kamál fue despedazado con puñales, palas y azadas.

h. Similares atrocidades se cometieron en Manshád, donde las persecuciones se prolongaron durante diecinueve días. El anciano Siyyid Mírzá, de ochenta años de edad, fue asesinado al instante al ser aplastado por dos enormes piedras que fueron lanzadas sobre él mientras dormía; cierto Mírzá S. ádiq, quien había solicitado agua, vio

cómo le clavaban una navaja en el pecho, cuya hoja ensangrentada lamió después el verdugo, mientras que a Shá ir-. .

tHasan, otra de las

víctimas, pudo vérsele distribuyendo dulces entre los verdugos y repartiendo su ropa entre éstos. Una mujer de sesenta y cinco años de edad, adíjih-Sul án, fue arrojada desde la azotea de su casa; .

Kh tcierto creyente llamado Mírzá Mu ammad fue amarrado a un árbol,

h.

convertido en blanco de cientos de balas, después de lo cual su cuerpo fue quemado; a otro, llamado Ustád Ri áy-i-affár, se le vio besar

d. S. la mano del asesino, fue ejecutado y su cuerpo convertido en blanco de insultos. En Banáduk, Dih-Bálá, Farásháh, ‘Abbás-Ábád, Hanzá, Ardikán, Dawlat-Ábád y Hamadán se cometieron crímenes de naturaleza

similar, entre los que descuella el caso de una mujer respetadísima y valerosa, llamada Fá imih-Bagum, a quien se la arrastró desde su

t. casa, se le desgarró el velo que cubría su cabeza, fue degollada y desviscerada. Tras ser golpeada por una multitud salvaje que blandió todas las armas a su alcance, fue colgada de un árbol y entregada a las llamas. En Sárí, en los días en que la agitación constitucionalista se acercaba a su apogeo, se dio muerte a cinco creyentes de reputación reconocida, a los que más tarde se denominó Shuhadáy-i-Khamsih («los cinco mártires»), en tanto que en Nayríz el enemigo lanzó un asalto feroz que recordaba al de Yazd, en el que diecinueve personas perdieron la vida, entre ellos Mullá ‘Abdu’l-H. amíd, de sesenta y cinco años de edad, hombre ciego que murió de un disparo y al que se colmó de insultos; en el curso de este ataque se saqueó gran cantidad de propiedades y numerosas mujeres y niños tuvieron que huir para salvar la vida, buscar refugio en las mezquitas, vivir entre las ruinas de sus casas o permanecer sin refugio a la intemperie.

En Sírján, Dúgh-Ábád, Tabríz, Ávih, Qum, Najaf-Ábád, Sangsar, Shahmírzád, I fahán, Jahrum, enemigos temibles y sin remordimien

s. tos, tanto religiosos como políticos, con varios pretextos e incluso después de que el Sháh firmara la Constitución en 1906, y durante el

reinado de sus sucesores, Mu ammad-‘Alí h. Sháh y Ah. mad Sháh, torturaron y continuaron matando, saqueando e insultando a los miembros de la comunidad que tan resueltamente había rechazado apostatar o desviarse siquiera un ápice del sendero que les trazaran sus Guías. Incluso durante los viajes de ‘Abdu’l-Bahá por Occidente, y a Su regreso a Tierra Santa, y a decir verdad hasta el final de Su vida, Continuó recibiendo noticias inquietantes sobre el martirio de Sus seguidores y sobre los ultrajes que contra ellos perpetraba un enemigo insaciable. En Dawlat-Ábád, un Príncipe de sangre real, de nombre H. abíbu’lláh Mírzá, convertido a la Fe, a cuyo servicio se había consagrado por entero, fue asesinado a golpes de hacha; luego, su cuerpo fue quemado. En Mashhad el erudito y piadoso Shaykh ‘Alí-Akbar-i-Qú ání fue abatido de un disparo. En Sul án-Ábád, Mírzá .

ch t‘Alí-Akbar y siete miembros de su familia, incluyendo una criatura de cuarenta días, fueron masacrados de forma bárbara. Hubo persecuciones de intensidad variable en Ná’ín, Shahmírzád, Bandar-i-Jaz y Qamsar. En Kirmán sháh, el mártir Mírzá Ya‘qúb-i-Mutta idih, un

h. ardiente judío de veinticinco años de edad convertido a la Fe, fue el último en entregar la vida durante el ministerio de ‘Abdu’l-Bahá; la madre de éste, de acuerdo con las instrucciones que le había dado, celebró el martirio en Hamadán con fortaleza ejemplar. En cada caso, la conducta de los creyentes dio testimonio del espíritu indomable y de la tenacidad inquebrantable que continuaba distinguiendo la vida y servicios de los creyentes persas de la Fe de Bahá’u’lláh. A pesar de estas persecuciones graves e intermitentes, la Fe que había suscitado en tales héroes un espíritu tan singular de sacrificio crecía de forma constante y en silencio. Sofocada durante un tiempo y casi extinguida en los días sombríos que siguieron al martirio del Báb, empujada a la clandestinidad durante el ministerio de Bahá’u’lláh, comenzó, después de Su ascensión, bajo la guía, infalible, y como resultado de la solicitud indefectible, que un Maestro sabio, vigilante y amoroso le tendía, a reunir sus fuerzas y erigir gradualmente las instituciones embrionarias que habían de preparar el camino para el

establecimiento, en un periodo posterior, de su Orden Administrativo. Fue durante este periodo cuando se multiplicó el número de seguidores, cuando la expansión, que ahora alcanzaba a todas las provincias del reino, se amplió de forma constante, y se inauguraron las formas rudimentarias de sus futuras Asambleas. Fue durante este periodo, en una época en que las escuelas y colegios públicos prácticamente no existían en el país, y cuando la educación facilitada por las instituciones religiosas existentes era penosamente defectuosa, cuando se establecieron sus primeras escuelas, comenzando por las escuelas Tarbíyat de Teherán tanto para muchachos como muchachas, seguidas por las escuelas Ta’yíd y Mawhibat de Hamadán, la escuela Va h. dat-i-Bashar de Káshán y otras instituciones educativas similares establecidas en Bárfurúsh y Qazvín. Fue durante aquellos años cuando se consiguió hacer llegar por vez primera ayuda concreta y efectiva a la comunidad bahá’í del país, tanto espiritual como material, en forma de maestros visitantes venidos de Europa y América, de enfermeras, instructores y doctores. Aquellos trabajadores eran la vanguardia de la hueste de auxiliadores que ‘Abdu’l-Bahá había prometido que se alzarían a su debido tiempo para defender los intereses de la Fe así como los del país en el que ésta había sido alumbrada. Fue durante aquellos años cuando el término bábí, como apelación de los seguidores de Bahá’u’lláh de dicho país, quedó descartado universalmente por las masas en favor de la palabra bahá’í, reservándose desde entonces aquella exclusiva para el cada vez más escaso número de seguidores de Mírzá Ya h. yá. Durante dicho periodo, asimismo, se realizaron los primeros intentos sistemáticos de organizar y estimular las labores de enseñanza emprendidas por los creyentes persas, intentos que, además de reforzar los cimientos de la comunidad, ayudaron a atraer a su causa a varias figuras señeras de la vida pública del país, sin excluir algunos miembros prominentes del estamento sacerdotal shí’í, incluyendo descendientes de algunos de los más sañudos perseguidores de la Fe. Fue durante los años de ese ministerio cuando la Casa del Báb en Shiraz, que Bahá’u’lláh estableciera como centro de peregrinación para Sus seguidores, y que ahora era reconocida como tal, fue restaurada por orden de ‘Abdu’lBahá y mediante Su concurso, hasta que se convirtió progresivamente en un centro de vida y actividad bahá’í para aquellos a quienes las circunstancias les impedían visitar la Más Grande Casa de Bagdad o la Más Sagrada Tumba en ‘Akká.

Sin embargo, más conspicua que cualquiera de estas empresas, fue la erección del primer Mashriqu’l-Adhkár del mundo bahá’í en la ciudad de Ishqábád, centro fundado en los días de Bahá’u’lláh, don-de los primeros pasos iniciales para su construcción ya se habían emprendido en vida de Éste. Iniciado hacia fines del primer decenio del ministerio de ‘Abdu’l-Bahá (1902); nutrido por Él en todas las etapas de su desarrollo; supervisado personalmente por el venerable

H. ájí Mírzá Mu ammad-Taqí, el Vakílu’d-Dawlih, primo del Báb, h. quien dedicó todos sus recursos a su establecimiento, y cuyos restos reposan ahora a los pies del Monte Carmelo junto a la Tumba de su bienamado Pariente; ejecutado de acuerdo con las instrucciones transmitidas por el Centro de la Alianza en persona; testigo duradero del fervor y sacrificio de los creyentes orientales, quienes estaban resueltos a ejecutar la orden de Bahá’u’lláh tal como se revelara en el Kitáb-i-Aqdas, esta labor debe figurar no sólo como la primera gran empresa acometida mediante los esfuerzos concertados de Sus seguidores durante la Época Heroica de Su Fe, sino como uno de los logros más brillantes y duraderos de la historia del primer siglo bahá’í.

El edificio mismo, cuya piedra fundacional fue depositada en presencia del general Krupatkin, el Gobernador General del Turquestán, quien fuera delegado por el Zar para representarle en la ceremonia, ha sido descrito minuciosamente por un visitante bahá’í de Occidente: «El Mashriqu’l-Adhkár se yergue en el corazón de la ciudad; su alta cúpula destaca sobre los árboles y techos de las casas, haciéndose visible desde muchaos kilómetros a la redonda para los viajeros que se acercan a la ciudad. Está situado en el centro de un jardín delimitado por cuatro calles. En las cuatro esquinas de este perímetro hay cuatro edificios: uno es la escuela bahá’í; otro sirve de hospedería, dedicada a peregrinos y caminantes; otro está reservado a los custodios, en tanto que el cuarto hace funciones de hospital. Nueve avenidas radiales facilitan el acceso al Templo desde los terrenos exteriores, una de las cuales, el acceso principal del edificio, conduce desde la gran entrada de los aledaños al portal principal del Templo». «En cuanto al plano», añade, «el edificio consta de tres secciones; a saber, la rotonda central, la nave o ambulatorio que lo ciñe, y el atrio que rodea todo el edificio. Está construido sobre la base de un polígono regular de nueve lados. Uno de éstos está ocupado por la monumental fachada principal, flanqueada por minaretes, un pórtico arqueado de dos pisos de altura que por su diseño recuerda la arquitectura del famoso Taj Mahal de Agra, en la India (edificio que hace las delicias de los visitantes de mundo, muchos de los cuales declaran que es el templo más bello del orbe). De este modo la puerta principal se abre en dirección a Tierra Santa. Todo el edificio está rodeado por dos series de atrios, uno superior y otro inferior, que dan a los jardines, lo que da lugar a un efecto arquitectónico en armonía con la exuberante vegetación semitropical que colma el jardín [...] Los muros del interior de la rotonda aparecen dispuestos en cinco niveles diferenciados. En primer lugar, una serie de nueve arcos y pilones que separan la rotonda del ambulatorio. En segundo lugar, un tratamiento similar mediante balaustradas que separan el recinto de la rotonda y la galería del triforio (situada encima del ambulatorio y a la que se accede por dos escaleras situadas a ambos flancos de la entrada principal). En tercer lugar, una serie de nueve arcos blancos rellenos de marquetería, y en los que figuran escudetes con el Más Grande Nombre. En cuarto lugar, una serie de nueve grandes ventanas en arco. En quinto lugar, una serie de dieciocho ventanas de ojo de buey. Y por encima, reposando sobre la cornisa que sobrevuela este último piso se alza la semiesfera interior de la cúpula. El interior está profusamente decorado con relieves de escayola [...] El conjunto de la estructura impresiona por su masa y fuerza».

Tampoco debería dejar de hacerse mención de las dos escuelas de niños y niñas establecidas en dicha ciudad, de la casa de peregrinos instituida en las proximidades del Templo, de la Asamblea Espiritual y de esos cuerpos auxiliares formados para administrar los asuntos de una comunidad creciente, y de los nuevos centros de actividad inaugurados en varios pueblos y ciudades de la provincia del Turquestán, todo lo cual testimonia la vitalidad que la Fe ha desplegado desde su inicio en esa tierra.

Un resultado paralelo, si bien menos espectacular, puede observarse en el Cáucaso. Después del establecimiento del primer centro y de la formación de una Asamblea en Bakú, ciudad que los peregrinos bahá’ís que viajaban en número creciente desde Persia a Tierra Santa por la ruta de Turquía, solían visitar invariablemente, comenzaron a organizarse nuevos cuerpos, los cuales evolucionaron hasta convertirse en comunidades bien asentadas, y colaboraron en medida creciente con sus hermanos tanto de Turquestán como de Persia.

En Egipto, el aumento creciente del número de seguidores de la Fe se vio acompañado por una expansión general de sus actividades. El establecimiento de nuevos centros; la consolidación de la sede principal situada en El Cairo; la conversión, en gran parte mediante los esfuerzos incansables del erudito Mírzá Abu’l-Fa l, de varios

d. estudiantes prominentes y maestros de la Universidad de Azhar, síntomas premonitorios que presagiaban el advenimiento del día prometido en el que, de acuerdo con ‘Abdu’l-Bahá, la enseña emblemática de la Fe se implantaría en el corazón de la añeja alma mater islámica del saber; la traducción al árabe y la difusión de algunos de los escritos más importantes de Bahá’u’lláh revelados en persa, junto con otros libros bahá’ís; la impresión de libros, tratados y opúsculos de autores y eruditos bahá’ís; la publicación de artículos en la prensa escrita en defensa de la Fe y con objeto de difundir su mensaje; la formación de instituciones administrativas rudimentarias en la capi

tal, así como en los centros próximos; el enriquecimiento de la vida de la comunidad mediante la suma de conversos de origen kurdo, copto y armenio; cabe considerar todas éstas como las primicias cosechadas en un país que, bendecido por los pasos de ‘Abdu’l-Bahá, habría de desempeñar en años posteriores un papel histórico en la emancipación de la Fe y que, en virtud de su puesto único como centro intelectual tanto del mundo árabe como islámico, debe inevitablemente asumir una parte notable y decisiva de la responsabilidad en el establecimiento final de la Fe a través de Oriente.

Incluso más notable fue el logro de la expansión de las actividades bahá’ís en la India y Birmania, donde una comunidad en constante crecimiento, en la que ahora se incluyen miembros representativos de los credos zoroástrico, musulmán, hindú y budista, así como miembros de la comunidad shikh, lograron establecer sus avanzadas, incluso en la remota Mandalay y en la aldea de Daidanaw Kalazoo, en el distrito Hanthawady de Birmania, en cuyo lugar residen no menos de ochocientos bahá’ís, entre cuyas dotaciones figuran una escuela, un tribunal y un hospital propios, así como tierra para cultivo comunitario, cuyos beneficios se dedican al fomento de los intereses de la Fe.

En Irak, donde la casa que ocupara Bahá’u’lláh quedó enteramente restaurada, y donde una pequeña pero intrépida comunidad se debatía, arrostrando una oposición constante, por regular y administrar sus asuntos; en Constantinopla, donde se había establecido un centro bahá’í; en Túnez, donde se asentaron firmemente los cimientos de una comunidad local; en Japón, en China, en Honolulú, adonde viajaron maestros bahá’ís para establecerse y enseñar la Fe; en todos estos lugares podían percibirse claramente las múltiples evidencias de la mano guiadora de ‘Abdu’l-Bahá y los efectos tangibles de Su vigilancia insomne y de su cuidado indefectible.

Las comunidades nacientes establecidas en Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos tampoco dejaron de recibir, después de Sus visitas memorables a estos países, renovadas muestras de interés y solicitud especiales para con su bienestar y avance espirituales. Gracias a Sus directrices, al flujo incesante de Tablas dirigidas a los miembros de estas comunidades y al continuo aliento que impartió a los esfuerzos que realizaban, fueron multiplicándose regularmente los centros bahá’ís, se organizaron reuniones públicas, surgieron nuevas publicaciones, se imprimieron y difundieron traducciones al inglés, francés y alemán de las obras más conocidas de Bahá’u’lláh y de las Tablas de ‘Abdu’l-Bahá y, en fin, se emprendieron los primeros pasos para organizar los asuntos y consolidar los cimientos de estas comunidades de nueva creación.

Más en concreto, en el continente norteamericano los miembros de una comunidad floreciente, inspirados por las bendiciones conferidas por ‘Abdu’l-Bahá, así como por Su ejemplo y los hechos que realizara en el curso de Su prolongada visita a dicho país, dieron gran impulso a la magnífica empresa que habría de culminar en años posteriores. Compraron las doce parcelas restantes que habrían de for-mar parte del solar del proyectado Templo, seleccionaron, durante la sesiones de la Convención de 1920, el diseño del arquitecto francocanadiense bahá’í, Louis Bourgeois, concretaron el contrato para la excavación y cimentación, y lograron poco después completar las medidas necesarias para la construcción de sus bajos: medidas que preludiaron los notables esfuerzos que, tras la ascensión de ‘Abdu’l-Bahá, habían de culminar en la erección de la superestructura y en el acabado de la ornamentación exterior.

La guerra de 1914-1918, presagiada en reiteradas ocasiones por ‘Abdu’l-Bahá en los fatídicos avisos que pronunció en el curso de Sus viajes por Occidente, y que estalló ocho meses después de regresar a Tierra Santa, una vez más hizo que se cerniera una sombra de peligro sobre Su vida, la última que había de empañar los años de Su agitado y, no obstante, glorioso ministerio.

La entrada tardía de Estados Unidos en la conflagración mundial, la neutralidad de Persia, la distancia remota de la India y del Lejano Oriente del teatro de operaciones, aseguraron la protección de la abrumadora mayoría de Sus seguidores, quienes, aunque en su mayor parte privados durante cierto número de años del centro

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espiritual de Su Fe, todavía podían administrar sus asuntos y poner a buen recaudo con seguridad y libertad relativas los frutos de sus logros recientes.

Sin embargo, en Tierra Santa –aunque las consecuencias de la tremenda contienda iban a liberar de una vez por todas el Corazón y Centro de la Fe del yugo turco, un yugo que durante tanto tiempo había impuesto sobre el Fundador y Su Sucesor restricciones tan opresivas y humillantes–, con todo, durante la mayor parte del conflicto sus habitantes continuaron sufriendo severas privaciones y graves acechanzas, al punto de que durante un tiempo se renovaron los peligros que ‘Abdu’l-Bahá había afrontado durante los años de encarcelamiento en ‘Akká. Las privaciones infligidas a los habitantes debido a la crasa incompetencia y al descuido vergonzoso, la crueldad y la indiferencia insensible tanto de las autoridades civiles como militares, aunque grandemente aliviadas mediante la generosidad munífica, la previsión y cuidado cariñosos de ‘Abdu’l-Bahá, se vieron agravados por los rigores de un bloqueo estricto. El bombardeo de Haifa por parte de los aliados supuso una amenaza constante, tan real en un momento determinado que hizo preciso el traslado temporal de ‘Abdu’l-Bahá, Su familia y los miembros de la comunidad local a la aldea de Abú-Sinán, población situada al pie de las montañas al este de ‘Akká. El comandante en jefe turco, el brutal, todopoderoso y carente de escrúpulos Jamál Páshá, enemigo inveterado de la Causa, basándose en sospechas propias carentes de fundamento e instigado por los enemigos de la Fe, había causado ya graves aflicciones a ‘Abdu’l-Bahá, llegando a expresar incluso la intención de crucificarlo y de arrasar la Tumba de Bahá’u’lláh. ‘Abdu’l-Bahá todavía sufría el agotamiento y el pésimo estado de salud que le acarrearon las fatigas de Sus tres años de viajes. Sintió vívidamente el corte virtual de toda comunicación con la mayoría de los centros bahá’ís del mundo. La agonía colmaba Su alma ante el espectáculo de la carnicería humana provocada por el fracaso de la humanidad en responder al emplazamiento que Él había emitido, o en atender a los avisos que Él dio.

Una angustia tras otra se sumaban a la carga de pruebas y vicisitudes que, desde Su niñez, había soportado tan heroicamente por amor y al servicio de la Causa de Su Padre.

Y, no obstante, durante estos días sombríos, cuya oscuridad recordaba las tribulaciones soportadas durante el periodo de mayor peligro, cuando estuvo encarcelado en la fortaleza prisión de ‘Akká, ‘Abdu’l-Bahá, mientras Se hallaba en los recintos del Santuario de Su Padre, o cuando residía en la Casa que ocupaba en ‘Akká, o bajo la sombra del Sepulcro del Báb en el Monte Carmelo, Se sintió impulsado a conceder una vez más, y por última vez en Su vida, a la comunidad de Sus seguidores americanos, una muestra señalada de favor especial, al investirlos, en vísperas de la conclusión de Su ministerio en la tierra, mediante la revelación de las Tablas del Plan Divino, una misión mundial, cuyas repercusiones plenas incluso ahora, tras el lapso de un cuarto de siglo, permanecen todavía sin divulgarse y cuyo despliegue hasta la fecha, aunque todavía en sus etapas iniciales, ha enriquecido en tan gran medida los anales espirituales así como administrativos del primer siglo bahá’í.

La conclusión de este conflicto terrible, la primera etapa de una convulsión titánica predicha hacía tiempo por Bahá’u’lláh, no sólo marcó la extinción del gobierno turco en Tierra Santa y selló la perdición de aquel déspota militar que había hecho votos de destruir a ‘Abdu’l-Bahá, sino que también pulverizó para siempre las esperanzas que todavía abrigaba el resto de los violadores de la Alianza, quienes, sin escarmentar ante los severos castigos que les habían atenazado, aspiraban aún a presenciar la extinción de la luz de la Alianza de Bahá’u’lláh. Además, produjo aquellos cambios revolucionarios que, por otra parte, habían de cumplir las predicciones ominosas realizadas por Bahá’u’lláh en el Kitáb-i-Aqdas y permitieron, de acuerdo con la profecía de la Escritura, que una gran parte de los «rechazados de Israel», el «resto» del «rebaño», se «congregase» en Tierra Santa y fuera devuelto a «sus apriscos» y a «su propia frontera», a la sombra de la «Rama Incomparable», hecho al que hace referencia

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‘Abdu’l-Bahá en Contestación a unas preguntas y que, además, dio lugar a la institución de la Sociedad de Naciones, precursora del Tribunal Mundial que, como profetizara esa misma «Rama Incomparable», deben establecer de consuno los pueblos y naciones de la tierra.

Huelga extenderse sobre los decididos pasos que emprendieron los creyentes ingleses tan pronto como intuyeron el peligro tremendo que amenazaba la vida de ‘Abdu’l-Bahá, a fin de garantizar Su seguridad; de las medidas adoptadas independientemente, en virtud de las cuales lord Curzon y otros miembros del Gabinete británico recibieron aviso de la crítica situación que se vivía en Haifa; de la pronta intervención de lord Lamington, quien de inmediato escribió al Ministerio de Asuntos Exteriores para «explicar la importancia de la posición de ‘Abdu’l-Bahá»; del despacho que envió el Ministro de Asuntos Exteriores, lord Balfour, el día en que recibió la carta, al general Allemby, para encargarle que «extendiera toda protección y consideración a ‘Abdu’l-Bahá, Su familia y amigos»; sobre el telegrama que después enviara a Londres el general, tras la captura de Haifa, para solicitar a las autoridades que «notificasen al mundo que ‘Abdu’l-Bahá estaba a salvo»; sobre las órdenes que ese mismo General transmitió al Oficial General al mando de las operaciones de Haifa para garantizar la seguridad de ‘Abdu’l-Bahá, frustrando de ese modo la intención expresa del comandante en jefe turco (de acuerdo con la información que obraba en el Servicio de Inteligencia Británico) de «crucificar a ‘Abdu’l-Bahá y Su familia en el Monte Carmelo», en caso de que el ejército turco se viera obligado a evacuar Haifa y retirarse al norte.

Los tres años que siguieron entre la liberación de Palestina a cargo de las fuerzas británicas y el fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá se caracterizaron por un realce mayor del prestigio que la Fe, a pesar de las persecuciones a las que había sido sometida, había adquirido en el centro mundial, y por la extensión aún mayor de los alcances de sus actividades de enseñanza llevadas a cabo en varias partes del mundo. El peligro que, durante no menos de sesenta y cinco años, había amenazado la vida de los Fundadores de la Fe y del Centro de Su Alianza, se había disipado finalmente y por completo merced a aquella guerra. La Cabeza de la Fe, y sus dos santuarios sagrados, situados en la llanura de ‘Akká, en las laderas del Monte Carmelo, habían de disfrutar desde entonces y por vez primera, con la llegada del nuevo régimen liberal que sustituyó a la corrupta administración del pasado, de una libertad sin restricciones que más adelante se ampliaría hasta convertirse en un reconocimiento más evidente de las instituciones de la Causa. Tampoco fueron tardas las autoridades británicas en expresar su aprecio por el papel que ‘Abdu’l-Bahá había desempeñado al mitigar la carga de sufrimientos que los habitantes oprimidos de Tierra Santa debieron soportar durante los negros días de aquel opresivo conflicto. La concesión del título de Caballero en una ceremonia especialmente dispuesta para Él en Haifa, en la residencia del Gobernador británico, y en la que se dieron cita notables de varias comunidades; la visita que Le tributaran el general Allemby y su esposa, comensales Suyos a los que agasajó en una comida celebrada en Bahjí, y a quienes condujo a la Tumba de Bahá’u’lláh; la entrevista celebrada en Su residencia de Haifa con el rey Feisal, quien poco después se convirtió en mandatario de Irak; las diversas visitas que Le hiciera sir Herbert Samuel (posteriormente vizconde Samuel del Carmelo), una y otra anterior y posterior, respectivamente, a su nombramiento como Alto Comisario para Palestina; Su encuentro con lord Lamington, quien también Lo visitó en Haifa, así como con el Gobernador de Jerusalén a la sazón, sir Ronald Storrs; las evidencias crecientes del reconocimiento de Su posición elevada y única por todas las comunidades religiosas, ya musulmanas, cristianas o judías; la afluencia de peregrinos que, des-de Oriente y Occidente, acudían a Tierra Santa, con comodidad y seguridad relativas, para visitar las Tumbas Sagradas en ‘Akká y Haifa, a rendirle su parte de homenaje a Él, a celebrar la notable protección dispensada por la Providencia a la Fe y sus seguidores, y a dar gracias por la emancipación final de su Cabeza y del Centro mundial

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respecto del yugo turco; todas estas manifestaciones contribuyeron, cada una a su modo, a realzar el prestigio que la Fe de Bahá’u’lláh había ido adquiriendo de forma continua y gradual mediante la jefatura inspirada de ‘Abdu’l-Bahá.

Conforme el ministerio de ‘Abdu’l-Bahá tocaba a su fin, fueron multiplicándose los signos del despliegue irrefrenable y múltiple de la Fe tanto en Oriente como en Occidente, tanto en la configuración y consolidación de sus instituciones como en la ampliación de la gama de sus actividades e influencia. Se consumó con éxito en la ciudad de ‘Ishqábád la construcción del Mashriqu’l-Adhkár, que Él mismo había iniciado. En Wilmette se acometían las excavaciones del Templo Madre de Occidente y se adjudicaba el contrato para la construcción de los cimientos del edificio. En Bagdad se adoptaban los primeros pasos, de acuerdo con Sus instrucciones especiales, para reforzar los cimientos y restaurar la Más Grande Casa relacionada con la memoria de Su padre. En Tierra Santa se adquiría una amplia propiedad situada al este del Sepulcro del Báb, gracias a la iniciativa de la Santa Madre y con el apoyo de las contribuciones de los bahá’ís de Oriente y de Occidente, propiedad que habría de servir de emplazamiento a la primera escuela bahá’í y al Centro Administrativo mundial de la Fe. Asimismo, se efectuó la compra de la Casa Occidental de Peregrinos, situada en las proximidades de la residencia de ‘Abdu’l-Bahá, edificio que fue erigido por los creyentes americanos poco después de su fallecimiento. La Casa Oriental de Peregrinos, levantada sobre el Monte Carmelo por un creyente de ‘I shqábád, poco después del enterramiento de los restos del Báb, a fin de facilitar las visitas de los peregrinos, quedó exenta de impuestos por las autoridades civiles (primera vez en que, desde el establecimiento de la Fe en Tierra Santa, se confería tal privilegio). El doctor Augusto Forel, famoso científico y entomólogo, se convirtió a la Fe por influencia de la Tabla que le envió ‘Abdu’l-Bahá, una de las más importantes de cuantas escribiera jamás el Maestro. Otra Tabla cuya importancia reviste grandes alcances fue Su epístola en respuesta a la comunicación que Le dirigió el Comité Ejecutivo de la «Organización Central para una Paz Duradera», cuya entrega en La Haya se efectuó mediante una delegación especial. Un nuevo continente se abrió a la Causa cuando, atendiendo a las Tablas del Plan Divino (difundidas en la primera Convención posterior a la guerra) el heroico y magnánimo Hyde Dunn, a la avanzada edad de sesenta y dos años, abandonaba presto su hogar de California, secundado y acompañado por su esposa, para asentarse como pioneros en Australia, continente en el que pudo trasladar el Mensaje a no menos de setecientos pueblos repartidos a lo largo y ancho de la Commonwealth. Asimismo comenzaba un nuevo episodio cuando, en rápida respuesta a esas mismas Tablas y sus requerimientos, esa servidora estelar de Bahá’u’lláh, la indomable e inmortal Martha Root, designada por el Maestro «heraldo del Reino» y «mensajera de la Alianza», se embarcó en la primera de sus travesías históricas, las cuales habían de extenderse por un periodo de veinte años, en cuyo transcurso dio varias veces la vuelta al globo, y que únicamente concluirán con su muerte, lejos del hogar y al servicio activo de la Causa que tanto amó. Estos acontecimientos constituyen el colofón de un ministerio que selló el triunfo de la Edad Heroica de la Dispensación bahá’í, ministerio que pasará a la historia como uno de los periodos más gloriosos y fructíferos del primer siglo bahá’í.

CAPÍTULO
XXI
EL FALLECIMIENTO
DE ‘ABDU’L-BAHÁ
L

A gran empresa de ‘Abdu’l-Bahá ya había concluido. La Misión histórica con que Su padre Le había investido veintinueve años antes, se había consumado gloriosamente. Quedaba escrito un capítulo memorable de la historia del primer siglo bahá’í. La Edad Heroica de la Dispensación de Bahá’u’lláh, en la que participó desde su comienzo, y en la que desempeñó tan singular papel, había finalizado. Sufrió como no lo hiciera ningún discípulo de la Fe que hubiese apurado el cáliz del martirio; bregó como ninguno de sus mayores héroes lo había hecho. Presenció triunfos como ni siquiera habían atestiguado el Heraldo de la Fe o su Autor.

Al cierre de Sus giras por Occidente, las cuales agotaron hasta el límite Sus fuerzas en declive, había escrito: «Amigos, llega la hora en que ya no estaré con vosotros. He hecho todo lo que podía hacerse. He servido a la Causa de Bahá’u’lláh al máximo de Mi capacidad. He trabajado día y noche durante todos los años de Mi vida. ¡Cuánto anhelo ver a los creyentes compartiendo las responsabilidades de la Causa! [...] Mis días están contados, y salvo esto ya no me queda otra alegría». Varios años antes Se había referido de esta forma a Su fallecimiento: «¡Oh vosotros, Mis fieles amados! Si en cualquier momento tuvieran lugar acontecimientos luctuosos en Tierra Santa, no os perturbéis o agitéis. No temáis, ni os aflijáis. Pues cualquier cosa que ocurra hará que la Palabra de Dios sea exaltada, y que Sus fragancias divinas se difundan». Asimismo: «Recordad, hálleme o no en la tierra, que Mi presencia estará siempre con vosotros». «No miréis a la persona de ‘Abdu’l-Bahá», así aconsejaba a Sus amigos en una de las últimas Tablas, «pues en su momento os dejará; antes bien, fijad vuestra vista sobre la Palabra de Dios [...] Los amados de Dios deben alzarse con tal constancia que si en un momento determinado, cien almas como el propio ‘Abdu’l-Bahá se convirtieran en objeto de los dardos del enemigo, nada en absoluto debería afectar o aminorar su [...] servicio a la Causa de Dios».

En una Tabla dirigida a los creyentes americanos, pocos días antes de fallecer, expresaba de este modo su reprimido anhelo de partir de este mundo: «He renunciado al mundo y a sus gentes [...] En la jaula de esta tierra revoloteo como un pájaro atemorizado, y anhelo todos los días emprender vuelo a Tu Reino. ¡Yá Bahá’u’l-Abhá! Dame a beber de la copa del sacrificio, y libérame». A menos de seis meses de Su ascensión reveló una oración en honor de un pariente del Báb, en la que escribía: «“¡Oh señor! Mis huesos están débiles, y mis cabellos encanecidos relucen en mi cabeza [...] Y ahora que he llegado a la ancianidad, cuando Me flaquean las facultades” [...] Ya no quedan fuerzas en Mí con las que levantarme a servir a Tus amados [...] ¡Oh Señor, Mi señor! Apresura Mi ascensión a Tu sublime Umbral [...] y Mi llegada a la Puerta de Tu gracia bajo la sombra de Tu muy gran merced [...]».

Por los sueños que tuvo, por las conversaciones sostenidas, por las Tablas que reveló, se hacía cada vez más evidente que Su fin estaba próximo. Dos meses antes de fallecer habló a Sus familiares de un sueño que había tenido. «Me pareció hallarme», dijo, «en pie, dentro de una gran mezquita, en el santuario interior, frente a la Alquibla, en el lugar del propio Imam. Comprendí que un gran gentío acudía a la mezquita. Eran más y más las personas que se agolpaban, ocupando sus puestos en hileras tras de Mí, hasta que se congregó una gran multitud. En pie, elevé la llamada a la oración. De repente me vino al pensamiento la idea de salir de la mezquita. Cuando Me vi fuera, Me dije para Mis adentros: “¿Por qué

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razón he salido sin dirigir la oración?”. Pero no importa; ahora que había pronunciado la Llamada, la gran multitud entonaba las preces por sí misma». Pocas semanas después, mientras ocupaba una habitación solitaria en el jardín de Su casa, refirió otro sueño a los presentes. «He tenido un sueño», dijo, «y he aquí, la Bendita Belleza (Bahá’u’lláh) vino a decirme: “Destruye esta habitación”». Ninguno de los presentes comprendió el significado del sueño hasta que, al fallecer poco después, se hizo claro para todos que la «habitación» referida significaba el templo de Su cuerpo.

Un mes antes de morir (hecho que ocurrió cuando contaba setenta y ocho años de edad, a primeras horas del 28 de noviembre de 1921) Se había referido expresamente a ello con algunas palabras de ánimo y consuelo dirigidas a un creyente que lamentaba la pérdida de su hermano. Y, dos semanas antes de Su fallecimiento, había hablado con su fiel jardinero de un modo que indicaba claramente que sabía que se acercaba Su fin. «Estoy tan fatigado», le comentó, «que la hora ha llegado en que debo dejarlo todo y emprender Mi vuelo. Estoy demasiado agotado para caminar». Y añadió: «Durante los días postreros de la Bendita Belleza, estando ocupado en reunir Sus papeles, que estaban esparcidos por el sofá de Su escritorio de Bahjí, volviéndose hacia Mí, Me dijo: “De nada sirve reunirlos, debo dejarlos que partan”. Yo también he terminado Mi obra. Nada más puedo hacer. Por lo tanto debo irme y partir».

Hasta el último día de Su vida terrenal, ‘Abdu’l-Bahá continuó derramando el mismo caudal de amor sobre grandes y humildes por igual, extendiendo el mismo socorro a los pobres y a los oprimidos, y realizando aquellas mismas tareas al servicio de la Fe de Su Padre, como había acostumbrado desde los días de Su niñez. El viernes anterior a Su fallecimiento, pese a la gran fatiga que sentía, acudió a la oración del mediodía en la mezquita y distribuyó después las limosnas, según acostumbraba, entre los pobres; dictó algunas Tablas –las últimas que reveló–; bendijo el matrimonio de un criado de confianza, acto que por insistencia Suya tuvo lugar aquel día; acudió a la reunión habitual de los amigos que se celebraba en Su hogar; sintió fiebre al día siguiente y, no pudiendo salir de la casa el domingo siguiente, envió a todos los creyentes a la Tumba del Báb a presenciar la fiesta que un peregrino parsi ofrecía con motivo del aniversario de la Declaración de la Alianza; antes de retirarse, esa misma tarde recibió con Su cortesía y amabilidad indefectibles, a pesar del cansancio creciente, al muftí de Haifa, al alcalde y al jefe de la policía; esa noche –la última de Su vida– Se interesó por la salud de todos los miembros de Su casa, así como por la de los peregrinos y los amigos de Haifa.

A la una y cuarto del mediodía Se incorporó y caminó hasta la mesa de Su alcoba para beber agua y regresar al lecho. Poco después, pidió a una de las dos hijas que había guardado vela a Su lado que descorriese las cortinas, quejándose de que tenía dificultades para respirar. Se le trajo agua de rosas, que bebió, tras de lo cual volvió a acostarse; y cuando se Le ofreció alimento, observó: «¿Deseas que tome algún alimento, cuando ya me voy?». Un minuto después Su espíritu remontaba el vuelo a la morada eterna, para reunirse, por fin, con la gloria de Su Bienamado Padre, y probar allí la alegría de una reunión sempiterna.

La noticia de Su fallecimiento, tan repentina, tan inesperada, se difundió como la pólvora por la ciudad, y al instante se transmitió por cable a las diferentes partes del globo, llevando la consternación y el dolor a la comunidad de los seguidores orientales y occidentales de Bahá’u’lláh. En respuesta arreciaron los mensajes, procedentes de lejos y de cerca, de grandes y humildes por igual, en forma de telegramas y cartas, con los que se manifestaba a los miembros de una familia desconsolada y sumida en la tristeza sus expresiones de elogio, devoción, angustia y condolencias.

El Secretario Británico de Estado para las Colonias, Winston Churchill, telegrafió al instante al Alto Comisario para Palestina, sir Herbert Samuel, con indicaciones de que «transmitiera a la comunidad bahá’í sus condolencias, de parte del Gobierno de Su Majestad». El vizconde Allemby, Alto Comisario para Egipto, envió un telegrama

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al Alto Comisario para Palestina en el que solicitaba que éste «expresara a los familiares del difunto sir ‘Abdu’l-Bahá ‘Abbás Effendi y a la comunidad bahá’í» sus «condolencias sinceras por la pérdida de su reverenciado guía». El Consejo de Ministros de Bagdad dio órdenes al Primer Ministro, Siyyid ‘Abdu’r-Ra mán, de que hiciera extensivas

h. sus «condolencias a la familia de Su Santidad ‘Abdu’l-Bahá en su due-lo». El Comandante en Jefe de la Fuerza Expedicionaria, general Congreve, dirigió al Alto Comisario para Palestina un mensaje en el que solicitaba que «hiciera llegar sus más profundas condolencias a la familia del difunto sir ‘Abbás Bahá’í». El general sir Arthur Money, antiguo Jefe Administrador de Palestina, manifestó por escrito su tristeza, su profundo respeto y admiración por Él, así como sus condolencias ante la pérdida que había sufrido la familia. Una de las figuras distinguidas de la vida académica de la Universidad de Oxford, profesor y erudito famoso, escribió en nombre propio y de su esposa: «Traspasar el velo hacia una vida más plena debe ser especialmente maravilloso y bendito para Quien siempre ha fijado Sus pensamientos en lo alto, y se ha esforzado por llevar una vida exaltada aquí abajo».

Numerosos y diversos periódicos, tales como el londinense Times, el Morning Post, el Daily Mail, el New York World, Le Temps, el Times of India y otros publicados en diferentes países e idiomas, rindieron homenaje a Quien había prestado a la Causa de la hermandad y paz humanas servicios tan destacados e imperecederos.

El Alto Comisario, sir Samuel, envió de inmediato un mensaje en el que transmitía su deseo de acudir al funeral en persona, como él mismo escribió más tarde, a fin de «expresar mi respeto por Su credo y mi consideración hacia Su persona». En cuanto a las exequias, que tuvieron lugar la mañana del martes, cuyo igual nunca había presenciado Palestina, no menos de diez mil personas participaron en representación de todas las clases, religiones y razas de aquel país. «Una gran multitud», atestiguaría más tarde el Alto Comisario mismo, «se había reunido para llorar Su muerte, pero también para celebrar Su vida». Sir Ronald Storrs, Gobernador de Jerusalén a la sazón, escribió asimismo al describir el funeral: «Jamás he visto una expresión más unida de pesar y respeto que la suscitada por la simplicidad absoluta de la ceremonia».

El ataúd que contenía los restos de ‘Abdu’l-Bahá fue trasladado a su lugar de reposo a hombros de Sus amados. El cortejo que lo precedía iba dirigido por las Fuerzas del Cuerpo de Policía de la ciudad, que actuaba en funciones de Guardia de Honor, seguida por los Boy Scouts de las comunidades musulmanas y cristianas que enarbolaban sus banderas, un coro musulmán que cantaba versículos del Corán, los jefes de la comunidad musulmana, encabezados por el muftí y cierto número de sacerdotes cristianos, latinos griegos y anglicanos. Detrás del féretro seguían los miembros de la familia, el Alto Comisario Británico sir Samuel, gobernador de Jerusalén, sir Ronald Storrs, Gobernador de Fenicia, sir Stewart Symes, amén de funcionarios del Gobierno, cónsules de varios países residentes en Haifa, notables de Palestina, musulmanes, judíos, cristianos y drusos, egipcios, griegos, turcos, árabes, kurdos, europeos y americanos, hombres, mujeres y niños. La larga comitiva de condolientes, entre los sollozos y lamentos de muchos corazones afligidos, serpenteó su camino hasta que, alcanzadas las faldas del monte Carmelo, se detuvo ante el Mausoleo del Báb.

Cerca de la entrada occidental del Santuario, sobre una sencilla mesa, se colocó el féretro sagrado, y allí, en presencia de una gran concurrencia, nueve oradores, en representación de los credos musulmán, judío y cristiano, entre los que se incluía el muftí de Haifa, pronunciaron sendos discursos fúnebres. Concluidos éstos, el Alto Comisario se acercó al féretro y, con la cabeza inclinada frente al Santuario, rindió el último homenaje de despedida a ‘Abdu’l-Bahá. Los demás oficiales del Gobierno siguieron su ejemplo. A continuación, se trasladó el ataúd a una de las cámaras del Santuario, que se hizo descender, con tristeza y reverencia, hasta su último lugar de reposo, junto a la bóveda adyacente, que ocupaban los restos del Báb.

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Durante la semana que siguió a Su fallecimiento, diariamente se dio alimento a un centenar de pobres de Haifa, en tanto que al séptimo día se distribuyó una ración de maíz en Su memoria a mil de ellos, al margen de consideraciones de raza o credo. El cuadragésimo día tuvo lugar una fiesta impresionante en recuerdo de Su alma, a la que fueron invitadas más de seiscientas personas de Haifa, ‘Akká y alrededores de Palestina y Siria, incluyendo oficiales y notables de varias religiones y razas. Ese día se dio alimento a más de cien pobres.

Uno de los invitados reunidos, el Gobernador de Fenicia, rindió un último homenaje a la memoria de ‘Abdu’l-Bahá con las siguientes palabras: «La mayoría de nosotros tenemos, creo, una imagen clara de sir ‘Abdu’l-Bahá ‘Abbás, de Su figura digna mientras caminaba pensativo por nuestras calles, de Sus modales corteses y gráciles, de Su amabilidad, de Su amor por los pequeños y las flores, de Su generosidad y cuidado por los pobres y sufrientes. Era tan gentil Él y tan sencillo que en Su presencia casi uno Se olvidaba de que era un gran maestro, y de que Sus escritos y conversaciones habían servido de solaz e inspiración a cientos, miles de personas de Oriente y Occidente».

De este modo se cerraba el ministerio de Alguien que fue la Encarnación, en virtud del rango que Le confirió Su Padre, de una institución sin paralelo a lo largo de la historia religiosa, un ministerio que constituye la etapa final de la Edad Apostólica, la Edad Heroica y más gloriosa de la Dispensación de Bahá’u’lláh.

A través de Él, la Alianza, esa «Herencia excelente e inapreciable» legada por el Autor de la Revelación bahá’í, había sido proclamada, abanderada y reivindicada. Mediante el poder que ese Instrumento divino Le había conferido, la luz de la Fe infante de Dios había penetrado en Occidente, se había difundido hasta las remotas islas del Pacífico y había iluminado las estribaciones del continente australiano. Mediante Su intervención personal, el Mensaje, cuyo portador había probado la amargura del cautiverio de toda una vida, había resonado allende los mares, y su carácter y propósito se habían divulgado, por vez primera en su historia, ante auditorios entusiastas y representativos de las principales ciudades de Europa y del continente norteamericano. Gracias a su vigilancia incansable, los restos santos del Báb, tras superar sus cincuenta años de ocultamiento, fueron transportados a salvo a Tierra Santa para ser atesorados de forma permanente y digna en el mismo lugar que el propio Bahá’u’lláh había designado para acogerlos y que había bendecido con Su presencia. Mediante Su osada iniciativa pudo erigirse el primer Ma shriqu’l-Adhkár del mundo bahá’í en el Asia Central, en el Turquestán ruso, mientras que con Su aliento indefectible se emprendía una tarea similar, y aun de más ingentes proporciones, en una tierra consagrada por Él mismo y situada en el corazón del continente norteamericano. Merced a Su gracia sostenedora que Lo protegía desde los inicios de Su ministerio, Su adversario real quedó humillado cual polvo, el archiviolador de la Alianza de Su Padre fue derrotado por completo y el peligro que, desde que Bahá’u’lláh fuera desterrado a suelo turco, había estado amenazando el corazón de la Fe, fue enteramente eliminado. En cumplimiento de Sus instrucciones, y de conformidad con los principios enunciados y las leyes dictadas por Su Padre, las instituciones rudimentarias, precursoras de la inauguración formal del Orden Administrativo que habría de fundarse tras Su fallecimiento, habían cobrado cuerpo y habían sido establecidas. Mediante Sus esfuerzos incansables, tal como reflejan los tratados que compuso, los millares de Tablas que reveló, los discursos que pronunció, las oraciones, poemas y comentarios que dejó para la posteridad, la mayoría en persa, algunos en árabe y unos pocos en turco, las leyes y principios que constituyen la trama y urdimbre de la Revelación de Su Padre habían sido elucidados, sus principios fundamentales quedaron reafirmados e interpretados, su doctrina recibió aplicación detallada y la validez e indispensabilidad de sus verdades quedaron plena y públicamente demostradas. Merced a los avisos que proclamó, una humanidad desatenta, hundida en el materialismo y olvidada de su Dios, fue alertada sobre los peligros que amenazaban trastocar su reglada vida, y hubo de soportar, como consecuencia de su perversidad persistente, las primeras acometidas de ese cataclismo mundial que continúa, hasta el día presente, sacudiendo los cimientos de la sociedad humana. Y por último, mediante el mandato que dirigió a una comunidad valiente, cuyos logros concertados han derramado tamaño lustre sobre los anales de Su propio ministerio, había puesto en marcha un Plan que, poco después de su inauguración formal, logró que se abriera el continente australiano, un Plan que, en un periodo posterior, había de ayudar a ganar el corazón de un converso real a la Causa de Su Padre, y que hoy, gracias al despliegue irresistible de sus potencialidades, reaviva tan maravillosamente la vida espiritual de todas las repúblicas de Suramérica, al punto de poner digno broche a los anales de un siglo entero.

Tampoco podían omitirse en el repaso de los rasgos señeros de un ministerio tan bendito y fértil las profecías que consignó la pluma infalible del Centro designado de la Alianza de Bahá’u’lláh. Estas presagiaban la ferocidad del asalto que la marcha irresistible de la Fe había de provocar en Occidente, en la India y en el Lejano Oriente a su encuentro con los acrisolados estamentos sacerdotales de las religiones cristiana, budista e hindú. Predecían la convulsión que su emancipación de los grillos de la ortodoxia religiosa había de provocar en los continentes americano, europeo, asiático y africano. Anunciaban la reunión de los hijos de Israel en su antigua patria; la implantación de la bandera de Bahá’u’lláh en la ciudadela egipcia del islam sunní; la extinción del influjo poderoso ejercido por los eclesiásticos shí’íes en Persia; el cúmulo de miserias que ha de oprimir a los lamentables restos de los violadores de la Alianza de Bahá’u’lláh residentes en el centro mundial de Su Fe; el esplendor de las instituciones que la Fe triunfante ha erigido en las faldas de una montaña, destinada a enlazar con la ciudad de ‘Akká de tal suerte que constituirá una sola y gran metrópolis, formada para atesorar las sedes espirituales así como administrativas de la futura Mancomunidad bahá’í; el honor conspicuo que los habitantes del país natal de Bahá’u’lláh en general, y su Gobierno en particular, habrán de disfrutar en un futuro distante; la posición única y envidiable que la comunidad del Más Grande Nombre ha de ocupar en el continente norteamericano, como consecuencia directa de la ejecución de la misión mundial que Él les confiara; finalmente predicen, como suma y corona del conjunto, el «enarbolamiento de la bandera de Dios entre todas las naciones» y la unificación de la raza humana entera, cuando «todos los hombres se adherirán a una religión [...] se fundirán en una sola raza y se convertirán en un solo pueblo».

Tampoco han de pasar inadvertidos los cambios revolucionarios ocurridos en el gran mundo y que dicho ministerio ha presenciado, la mayoría de los cuales se siguen directamente de los avisos que había pronunciado el Báb en el primer capítulo de Su Qayyúmu’l-Asmá’, la noche misma de la Declaración de Su Misión en Shiraz, y que más tarde fueron reforzados por los significativos pasajes dirigidos por Bahá’u’lláh a los Reyes de la tierra y a los líderes religiosos del mundo, tanto en el Súriy-i-Múlúk como en el Kitáb-i-Aqdas. La conversión de la monarquía portuguesa y del Imperio chino en repúblicas; el colapso de los imperios ruso, alemán y austriaco, y el destino ignominioso que aconteció a sus dirigentes; el asesinato de Ná iri’d-Dín

s. Sháh, la caída del sultán ‘Abdu’l-H. amíd; éstos, cabe afirmar, son hitos de las nuevas etapas recorridas en la operación de ese proceso catastrófico cuyo inicio fue señalado en vida de Bahá’u’lláh por la muerte del sultán ‘Abdu’l-‘Azíz, con la dramática caída de Napoleón III, la extinción del Tercer Imperio, y el encarcelamiento autoimpuesto y extinción virtual de la soberanía temporal del mismo Papa. Más tarde, después del fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá, ese mismo proceso había de acelerarse con el descalabro de la dinastía Qájár en Persia, el derrocamiento de la monarquía española, el colapso tanto del sultanato como del califato en Turquía, el rápido declive de la suerte del

islam shí’í y de las misiones cristianas de Oriente, y el destino cruel que ahora se depara a tantas testas coronadas de Europa.

Tampoco puede concluirse este tema sin hacer mención de los nombres de aquellas personas eminentes y doctas que se sintieron movidas, en varias etapas del ministerio de ‘Abdu’l-Bahá, a rendir homenaje no sólo al propio ‘Abdu’l-Bahá, sino también a la Fe de Bahá’u’lláh. Nombres como el conde León Tolstoi, el profesor Arminius Vambery, el profesor Augusto Forel, el doctor David Starr Jordan, el venerable archidiácono Wilberforce, el profesor Jowett de Balliol, el doctor T. K. Cheyne, el doctor Estlin Carpenter de la Universidad de Oxford, el vizconde Samuel del Carmelo, lord Laming-ton, sir Valentine Chirol, el rabino Stephen Wise, el príncipe Mu h.ammad-‘Alí de Egipto, Shaykh hhá y

Mu ammad ‘Abdu, Mid at Pá . . sh Khur shíd Pá shá atestiguan, en virtud de los homenajes asociados a sus personas, el gran progreso de la Fe de Bahá’u’lláh bajo el brillante mandato de Su exaltado Hijo, homenajes cuya grandeza había de quedar realzada, en años posteriores, por los testimonios históricos y reiterados que expresara por escrito una reina famosa, nieta de la reina Victoria, y que se sintió impelida a legar a la posteridad en prenda del reconocimiento de la misión profética de Bahá’u’lláh.

En cuanto a los enemigos que se habían afanado por extinguir la luz de la Alianza de Bahá’u’lláh, el castigo condigno que hubieron de sufrir fue no menos notorio que la perdición que les cupo en suerte a quienes, en un periodo anterior, habían procurado tan ruinmente desbaratar las esperanzas de una Fe naciente y destruir sus cimientos.

Ya se ha hecho referencia al asesinato del tiránico Ná iri’d-Dín

s. Sháh y a la extinción ulterior de la dinastía Qájár. Tras ser depuesto, el sultán ‘Abdu’l-H. amíd pasó a convertirse en prisionero de estado, condenado a una vida sumida en el olvido y humillación más completos, siendo objeto de la burla de sus iguales y de la mofa de sus súbditos. El sanguinario Jamál Páshá, quien había decidido crucificar a ‘Abdu’l-Bahá y arrasar la Santa Tumba de Bahá’u’lláh, hubo de huir para salvar la vida y más tarde pereció asesinado, tras haberse refu

giado en el Cáucaso, a manos de un armenio cuyos compatriotas él había perseguido tan inmisericordemente. El intrigante Jamálu’d-Dín Afghání, cuya hostilidad implacable y poderosa influencia tan grave daño había causado al progreso de la Fe en los países de Oriente Medio, tras una azarosa vida repleta de vicisitudes, cayó víctima del cáncer y, tras una infructuosa amputación de la mayor parte de su lengua, pereció en la miseria. Los cuatro miembros de la infausta comisión de investigación enviada desde Constantinopla para sellar el destino de ‘Abdu’l-Bahá sufrieron, cada uno a su hora, una humillación apenas menos rotunda que la que habían planeado para Él. ‘Árif Bey, quien encabezaba la comisión, cayó muerto del disparo que le asestó un centinela cuando, a medianoche, intentaba huir sigilosamente de la ira de los Jóvenes Turcos. Adham Bey logró escapar a Egipto, pero su criado le despojó de sus posesiones, por lo que al final se vio obligado a solicitar ayuda económica de los bahá’ís cairotas, petición que no fue rechazada. Más adelante solicitó la ayuda de ‘Abdu’l-Bahá, Quien de inmediato dio encargo a los creyentes de que le entregaran una suma de Su parte, instrucción que no pudieron seguir debido a su repentina desaparición. De los otros dos miembros, uno se exilió a un lugar remoto, y el otro murió poco después en la más absoluta pobreza. El infame Ya h.yá Bey, jefe de la policía de ‘Akká, instrumento voluntario y poderoso en manos de Mírzá Mu ammad

h. ‘Alí, el archiviolador de la alianza de Bahá’u’lláh, fue testigo de la frustración de todas las esperanzas que había acariciado, perdió su puesto y al fin hubo de solicitar ayuda pecuniaria de ‘Abdu’l-Bahá. En Constantinopla, el año que presenció la caída de ‘Abdu’l-H. amíd, no menos de treinta y un dignatarios del Estado, incluyendo ministros y otros altos funcionarios del Gobierno, entre los cuales se contaban enemigos temibles de la Fe sufrieron arresto, en un mismo día, y fueron condenados a la horca, en lo que constituyó un castigo espectacular por el papel que habían desempeñado en apoyo de un régimen tiránico y por sus esfuerzos por extirpar la Fe y sus instituciones. En Persia, aparte del Soberano, quien, en plena efervescencia de

esperanzas y en la plenitud de su poder, fue apartado de la escena de una manera tan pasmosa, un número de príncipes, ministros y mujtahides que habían participado activamente en la supresión de una comunidad perseguida, entre ellos Kámrán Mírzá, el Ná’ibu’s-Sal anih, el Jalálu’d-Dawlih y Mírzá ‘Alí-A . s.ghar Khán, el Atábik-i

tA‘ am y z. aykh h

Sh Mu ammad-Taqíy-i-Najafí, «el Hijo del Lobo», per-. dieron, uno por uno, su prestigio y autoridad, cayeron en el olvido, abandonaron toda esperanza de lograr sus malévolos designios y vivieron, algunos de ellos, lo bastante como para contemplar las evidencias iniciales del ascendiente de una Causa a la que habían temido tanto y odiado con tal vehemencia.

Cuando tomamos nota de que en Tierra Santa, Persia y Estados Unidos ciertos exponentes del eclesiasticismo cristiano tales como Vatralsky, Wilson, Richardson o Easton, al observar, en algunos casos con temor, los avances vigorosos realizados por la Fe de Bahá’u’lláh en tierras cristianas, se alzaron para atajar su progreso; cuando contemplamos el deterioro creciente y continuo de su influencia, el declive de su poder, la confusión en sus filas y la disolución de algunas de sus misiones e instituciones más añejas ocurridos en Europa, en Oriente Medio y en Asia Oriental, ¿no podríamos atribuir este debilitamiento a la oposición que los miembros de las diversas órdenes sacerdotales cristianas, en el curso del ministerio de ‘Abdu’l-Bahá, demostraron hacia los seguidores e instituciones de una Fe que reclama ser nada menos que el cumplimiento de la Promesa dada por Jesucristo y del establecimiento del Reino que Él mismo predijera y por el que rezó?

Por último, aquel que desde el momento en que nació la Alianza divina hasta el final de su vida, mostró un odio más despiadado que el que animaba a los adversarios de ‘Abdu’l-Bahá ya citados, quien conspiró con mayor afán que ninguno en Su contra, y afligió a la Fe de su Padre con una ignominia más dañina que la que le infligieran los enemigos externos, tal hombre, junto con la infame cuadrilla de violadores de la Alianza a los que había descarriado e instigado, se vio condenado a presenciar, en medida creciente, tal como fuera el caso de Mírzá Yah. yá y sus secuaces, el desbaratamiento de sus malignos propósitos, la destrucción de todas sus esperanzas, la divulgación de sus verdaderos motivos y la extinción completa del honor y gloria otrora suyas. Su hermano, Mírzá D. íyá’u’lláh, murió prematuramente; Mírzá Áqá Ján, su títere, siguió a ese hermano en su camino a la tumba tres años después; y Mírzá Badí‘u’lláh, su principal cómplice, traicionó su causa al publicar una denuncia firmada de sus viles actos, pero volvió a unírseles, sólo para distanciarse de él como consecuencia de la conducta escandalosa de su propia hija. La hermanastra de Mírzá Mu ammad-‘Alí, Furú h. ghíyyih, murió de cáncer, en tanto que su marido, Siyyid ‘Alí, falleció de un ataque al corazón antes de que sus hijos pudieran atenderle (el mayor de ellos quedaría afectado posteriormente por el mismo mal en plena madurez). Mu ammad-Javád-i-Qazviní, el infame violador de la Alianza, pere

h. ció miserablemente. Shu‘á‘u’lláh, quien, como atestigua ‘Abdu’l-Bahá en Su Testamento, barajaba el asesinato del Centro de la Alianza, y quien había sido enviado a Estados Unidos por su padre para sumar sus fuerzas a las de Ibráhím-i-Khayru’lláh, regresó abochornado y de

vacío tras aquella vergonzosa misión. Jamál-i-Burújirdí, el lugarteniente más capaz de Mírzá Mu ammad-‘Alí en Persia, cayó víctima

h. de una enfermedad fatal y repugnante; Siyyid Mihdíy-i-Dahají, quien traicionara a ‘Abdu’l-Bahá, se unió a los violadores de la Alianza, murió en el anonimato y pobreza, seguido por su mujer y sus

dos hijos; Mírzá H. usayn-‘Alíy-i-Jahrumí, Mírzá H. usayn-i-Shírazíy-i-Khur úmí y . Hájí Mu ammad-Hshání, quienes represen

t. h. . usayn-i-Ká taban al archiviolador de la Alianza en Persia, India y Egipto, fracasaron de plano en sus empresas; en tanto que el codicioso y orgulloso Ibráhím-i-Khayru’lláh, quien decidió enarbolar la bandera de la rebelión en América durante no menos de veinte años, y quien tuvo la temeridad de denunciar, por escrito, las «falsas enseñanzas, tergiversaciones y disimulos del bahá’ísmo» de ‘Abdu’l-Bahá, y a tachar Su visita a América de «golpe fatal» para la «Causa de Dios», halló la muerte poco después de que pronunciara estas denuncias, totalmente abandonado y despreciado por el cuerpo entero de los miembros de una comunidad, cuyos fundadores él mismo había convertido a la Fe, y en la misma tierra que dio fe de las múltiples muestras del ascendiente consolidado de ‘Abdu’l-Bahá, cuya autoridad se había propuesto él desmoronar en años posteriores.

En cuanto a quienes habían abrazado abiertamente la causa de este archiviolador de la Alianza de Bahá’u’lláh, los mismos que simpatizaban en secreto con él, mientras que externamente apoyaban a ‘Abdu’l-Bahá, algunos se arrepintieron a la postre y fueron perdonados; otros se desengañaron y perdieron su Fe por completo; otros apostataron, en tanto que el resto fue menguando, hasta quedar aquél solo y desvalido, sin más compañía que la de un puñado de parientes. Puesto que vivió casi veinte años más que ‘Abdu’l-Bahá, aquel que tan audazmente había afirmado ante Su rostro que no tenía garantías de que Le sobreviviría, pudo existir lo bastante para ser testigo de la bancarrota total de su causa, llevando entretanto una existencia desgraciada dentro de los muros de una mansión que un día había alojado a una multitud de valedores suyos; pudo presenciar cómo las autoridades civiles, a raíz de la crisis que tras el fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá tan neciamente había precipitado, le retiraban la custodia oficial de la Tumba de su Padre; se vio forzado años después a desocupar esa misma Mansión, la cual, debido a su descuido flagrante, había quedado destartalada; fue golpeado por una parálisis que le afectó a medio cuerpo; yació en su lecho presa del dolor durante meses antes de morir; y fue enterrado, de acuerdo con el rito islámico, en las proximidades inmediatas de un santuario musulmán, donde su tumba permanece hasta el día de hoy desprovista incluso de una lápida, en penoso recordatorio de la vaciedad de los títulos que reclamó, de las profundidades de la infamia en que se hundió y de la gravedad del castigo a que se había hecho acreedor con sus actos.

Cuarto periodo
EL COMIENZO
DE LA EDAD
FORMATIVA
DE LA FE BAHÁ’Í
CAPÍTULO
XXII
AUGE Y ESTABLECIMIENTO DEL ORDEN ADMINISTRATIVO
C

ON el fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá, el primer siglo de la Era bahá’í, cuyo comienzo fue simultáneo con Su nacimiento, había cubierto ya más de las tres cuartas partes de su curso. Hacía setenta y siete años la luz de la Fe proclamada por el Báb se había alzado sobre el horizonte de Shiraz rasgando el firmamento de Persia, disipando la lobreguez que durante toda una época se había enseñoreado de su pueblo. Un baño de sangre de inusitado salvajismo, en el que habían participado conjuntamente el Gobierno, el clero y el pueblo, ajenos al significado de esa luz y ciegos a su esplendor, hizo todo menos extinguir el brillo de su gloria en su tierra natal. En la hora más aciaga en la suerte de esa Fe, Bahá’u’lláh era requerido, siendo Él mismo prisionero en Teherán, a revitalizar su vida y quedó encargado de cumplir su propósito último. En Bagdad, al concluir la prórroga de diez años interpuesta entre la primera anunciación de esa Misión y su Declaración, habíase revelado el Misterio atesorado en la Fe embrionaria del Báb, divulgando el fruto que ella había arrojado. En Adrianópolis, el Mensaje de Bahá’u’lláh, promesa de la Dispensación bábí, así como de todas las Revelaciones anteriores, había sido proclamado ante la humanidad, y su reto proclamado a los gobernantes de la tierra, tanto de Oriente como de Occidente. Más allá de los muros de la fortaleza prisión de ‘Akká, el Portador de la Revelación recién nacida de Dios había ordenado las leyes y formulado los principios que constituirían la trama y urdimbre de Su Orden Mundial. Además, antes de Su ascensión, instituyó la Alianza que iba a guiar y contribuir a la cimentación y salvaguarda de la unidad de sus constructores. Armado con ese potente e inigualable Instrumento, ‘Abdu’l-Bahá, Hijo mayor Suyo y Centro de Su Alianza, había izado la bandera de la Fe de Su Padre en el continente norteamericano y había establecido una base inexpugnable para sus instituciones en Europa occidental, en el Lejano Oriente y en Australia. En Sus obras, Tablas y alocuciones, había elucidado sus principios, interpretado sus leyes, ampliado su doctrina y erigido las instituciones rudimentarias del futuro Orden Administrativo. En Rusia había levantado la primera Casa de Adoración, mientras que en las faldas del monte Carmelo había erigido un mausoleo digno para su Heraldo, Cuyos restos depositó en el interior con Sus propias manos. Gracias a las visitas que realizó a varias ciudades de Europa y del continente norteamericano, esparció el Mensaje de Bahá’u’lláh entre los pueblos de Occidente y realzó el prestigio de la Causa de Dios en una medida jamás experimentada. Y por último, en el atardecer de Su vida, por medio de la revelación de las Tablas del Plan Divino trasladó Su fíat a la comunidad que Él mismo había levantado, formado y nutrido, un Plan que en los años por venir habría de facultar a sus miembros para difundir la luz e implantar el tejido administrativo de la Fe a través de los cinco continentes del globo.

Había llegado ahora el momento de que aquel Espíritu inmortal y renovador del mundo que había nacido en Shiraz, que habían vuelto a alumbrar en Teherán, que se tornó llama en Bagdad y Adrianópolis, que fue trasladado a Occidente y que ahora iluminaba las estribaciones de cinco continentes, se encarnase en instituciones destinadas a encauzar sus energías ramificadas y estimular su crecimien

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to. La Edad que había presenciado el nacer y surgir de la Fe se había clausurado entonces. La Edad Heroica y Apostólica de la Dispensación de Bahá’u’lláh, ese periodo primitivo en el que sus Fundadores habían vivido, en el que se engendró su vida, en el que sus máximos héroes habían pugnado por sorber la copa del martirio, y en el que se habían establecido sus cimientos prístinos –un periodo con cuyos esplendores no pueden rivalizar ninguna victoria de ésta u otra edad futuras, por brillantes que sean– había concluido con el fallecimiento de Alguien cuya misión debe verse como el vínculo que enlaza la Edad en la que la simiente del Mensaje recién nacido ha estado incubándose con quienes están destinados a presenciar su florecimiento y fructificación últimos.

Comenzaba ahora el Periodo Formativo, la Edad de Hierro, de esa Dispensación, la época en que las instituciones, locales, nacionales e internacionales de la Fe de Bahá’u’lláh habían de cobrar forma, desarrollarse y consolidarse plenamente, en anticipación de la tercera y última edad, la Edad de Oro, destinada a presenciar el surgimiento de un orden que ha de abrazar el mundo y atesorar el fruto final de la Revelación más reciente de Dios para la humanidad, un fruto cuya maduración habrá de señalar el establecimiento de una civilización mundial y la inauguración formal del Reino del Padre sobre la tierra, tal como prometiera Jesucristo mismo.

A este Orden Mundial se había referido expresamente el propio Báb, mientras permanecía prisionero en los retiros montañosos de Ádhirbáyján, en Su Bayán persa, el Libro Madre de la Dispensación bábí, al anunciar su advenimiento y relacionarlo con el nombre de Bahá’u’lláh, cuya Misión Él mismo pregonó. «¡Sea el bien con Él», reza Su notable declaración contenida en el capítulo dieciséis del tercer Vá íd, «quien fija su mirada en el Orden de Bahá’u’lláh, y da gracias a Su

h.

Señor! Pues sin duda Él se hará manifiesto [...]». A ese mismo Orden de Bahá’u’lláh, Quien, en un periodo posterior, reveló las leyes y principios que deben gobernar su funcionamiento, Se ha referido Él así

en el Kitáb-i-Aqdas, el Libro Madre de Su Dispensación: «El equilibrio

del mundo ha sido trastocado mediante la influencia vibrante de este Más Grande Orden. La vida ordenada de la humanidad se ha visto revolucionada mediante la vibrante influencia de este único, este maravilloso Sistema, cuyo igual ojos mortales jamás han presenciado». Sus rasgos fueron delineados por ‘Abdu’l-Bahá, su gran Arquitecto, en Su Testamento, en tanto que Sus seguidores de Oriente y Occidente están echando los cimientos de sus instituciones rudimentarias en esta Edad: la Edad Formativa de la Dispensación bahá’í.

Los últimos veintitrés años del primer siglo bahá’í deben verse, pues, como la etapa inicial del Periodo Formativo de la Fe, una Edad de Transición que habrá de identificarse con el surgimiento y establecimiento del Orden Administrativo, sobre el que han de erigirse finalmente las instituciones de la Mancomunidad Mundial Bahá’í del futuro, en la Época Dorada que ha de presenciar la consumación de la Dispensación Bahá’í. La Carta que engendró y esbozó los rasgos de este Orden Administrativo y desencadenó el proceso no fue otra que el Testamento de ‘Abdu’l-Bahá, Su gran legado para la posteridad, la emanación más brillante de Su mente y el instrumento más poderoso forjado para asegurar la continuidad de las tres edades que constituyen las partes constitutivas de la Dispensación de Su Padre.

La Alianza de Bahá’u’lláh se instituyó tan sólo merced a la cooperación directa de Su Testamento y voluntad. Por otra parte, el Testamento de ‘Abdu’l-Bahá debería ser visto como el vástago que resulta de la unión mística entre Aquel que ha generado las fuerzas de una Fe divina y Aquel que fue convertido en su único Intérprete y fue reconocido como perfecto Ejemplo suyo. Las energías creadoras desatadas por el Originador de la Ley de Dios para esta época dieron nacimiento, mediante su impacto en la mente de Quien había sido escogido como su Expositor infalible, a este Instrumento, cuyas ingentes repercusiones la generación actual, incluso ahora que han transcurrido veintitrés años, todavía es incapaz de comprender plenamente. Ese Instrumento –si es que hemos de valorarlo correctamente– no puede separarse de Quien proporcionó el impulso

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motivador para su creación, como tampoco de Quien lo concibiera directamente. El propósito del Autor de la Revelación bahá’í, según ya se ha señalado, había quedado tan cabalmente infundido en la mente de ‘Abdu’l-Bahá, y Su espíritu había calado tan hondo en Su ser, y sus metas y motivos se habían mezclado tan completamente, que disociar la doctrina establecida por el primero del acto supremo asociado con la misión del segundo equivaldría a repudiar una de las verdades más fundamentales de la Fe.

El Orden Administrativo que ha establecido este Documento histórico –conviene señalar– es, en virtud de su origen y carácter, único en los anales de los sistemas religiosos del mundo. Ningún profeta anterior a Bahá’u’lláh –puede afirmarse con seguridad–, ni siquiera Mu ammad, cuyo Libro establece claramente las leyes y

h. disposiciones de la Dispensación islámica, ha dispuesto, de forma autorizada y por escrito, nada comparable al Orden Administrativo que el Intérprete autorizado de las Enseñanzas de Bahá’u’lláh ha instituido, un Orden que, en virtud de los principios administrativos que ha formulado su Autor, de las instituciones que ha establecido y del derecho de interpretación con el que ha investido a su Guardián, deben resguardar del cisma, de una manera que no admite comparación con ninguna religión previa, a la Fe de la que Él mismo ha bro

tado. Como tampoco se asemeja el principio que rige su funcionamiento al que subyace en cualquier sistema, democrático o no, que mente humana alguna haya concebido para el gobierno de las instituciones humanas. Ni en la teoría ni en la práctica puede decirse que el Orden Administrativo de la Fe de Bahá’u’lláh se amolda a ningún tipo de gobierno democrático, a ningún sistema autocrático, a ningún orden puramente aristocrático, o a ninguna de las varias teocracias, judía, cristiana o islámica, que la humanidad haya presenciado en el pasado. Incorpora dentro de su estructura ciertos elementos presentes en cada una de las tres formas reconocidas del gobierno secular, carece de los defectos intrínsecos a cada una de ellas fun-de las verdades salutíferas que cada una indudablemente contiene dentro de sí sin viciar en modo alguno la integridad de las verdades divinas sobre las que en esencia está fundada. La autoridad hereditaria que el Guardián del Orden Administrativo está llamado a ejercer, y el derecho de interpretación de la Santa Escritura que le ha sido conferido solamente a él; los poderes y prerrogativas de la Casa Universal de Justicia, dueña del derecho exclusivo a legislar sobre asuntos que no estén explícitamente revelados en el Libro Más Sagrado; la disposición por la que se exceptúa a sus miembros de cualquier responsabilidad ante quienes ellos representan, y de la obligación de conformar sus puntos de vista, convicciones o sentimientos; las disposiciones específicas que requieren la elección libre y democrática, por el conjunto de los fieles, del Cuerpo que constituyen el único órgano legislativo en la comunidad mundial bahá’í; éstos son los rasgos que se combinan para resaltar el Orden identificado con la Revelación de Bahá’u’lláh frente a cualquier sistema existente de gobierno humano.

Tampoco lograron consumar sus malévolos designios, en la hora en que nació este Orden Administrativo o en el curso de sus veintitrés años de existencia, los enemigos internos o externos, de Oriente

o de Occidente, con sus tentativas encaminadas a tergiversar su naturaleza, burlarse de él y denostarlo, en un esfuerzo por atajar su avance e ingeniárselas para abrir brecha en las filas de sus valedores. Los denodados intentos de un ambicioso armenio, quien, en el curso de los primeros años de su establecimiento en Egipto, bregó por suplantarlo por la «Sociedad Científica» que, en su miopía, había concebido y patrocinado, erraron por completo su objetivo. La agitación provocada por una mujer engañada que procuró diligentemente tanto en los Estados Unidos como en Inglaterra demostrar la falsedad de la Carta responsable de su creación, e incluso inducir a las autoridades civiles de Palestina a entablar pleito en este asunto –una petición que para su gran disgusto fue denegada tajantemente– así como la defección de uno de los primeros pioneros y fundadores de la Fe en Ale-mania, a quien esa misma mujer había descarriado tan trágicamente,

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no produjo efecto alguno. Los volúmenes que un apóstata desvergonzado compuso y divulgó durante ese mismo periodo en Persia, en sus descarados esfuerzos no sólo por quebrar ese Orden, sino por minar la propia Fe que lo había concebido, se demostraron igualmente fallidos. Las estratagemas urdidas por los remanentes de los violadores de la Alianza, quienes se alzaron tan pronto como fueron conocidos los fines y propósitos del Testamento de ‘Abdu’l-Bahá, encabezados por Mírzá Badí‘u’lláh, para arrebatar la custodia del santuario más sagrado del mundo bahá’í a su Guardián designado, quedaron abocados igualmente a la nada, todo lo cual no hizo sino redundar en mayor descrédito suyo. Los ataques ulteriores lanzados por ciertos exponentes de la ortodoxia cristiana, tanto en tierras cristianas como no cristianas, con objeto de subvertir los cimientos y distorsionar los rasgos de ese mismo Orden, se vieron incapaces de socavar la lealtad de sus valedores o de desviarlos de sus elevadas miras. Ni siquiera las maquinaciones infames e insidiosas del otrora secretario de ‘Abdu’l-Bahá, quien, sin escarmentar con el castigo que le cumpliera al amanuense de Bahá’u’lláh, o con el destino que afectó a otros varios secretarios e intérpretes de Su Maestro, tanto en Oriente como en Occidente, se había alzado y todavía pugna por pervertir el propósito y anular las disposiciones esenciales de ese Documento inmortal del que ese Orden deriva su autoridad, han podido retardar, siquiera momentáneamente, la marcha de sus instituciones por el curso que le trazara su Autor, o incluso crear nada que pueda, ni aun remotamente, parecerse a una división en las filas de sus confiados, sus siempre vigilantes y recios sostenedores.

El Documento por el que se establecía ese Orden, la Carta de la civilización mundial del futuro, la cual debe tenerse en algunos de sus rasgos por un suplemento de un Libro no menos trascendental como es el Kitáb-i-Aqdas; firmado y sellado por ‘Abdu’l-Bahá; escrito enteramente de Su puño y letra; cuya primera sección, redactada durante uno de los periodos más aciagos de Su encarcelamiento en la prisión fortaleza de ‘Akká, proclama, categórica e inequívocamente, las creencias fundamentales de los seguidores de la Fe de Bahá’u’lláh; un documento que revela, con lenguaje inconfundible, el carácter doble de la Misión del Báb; da a conocer la condición plena de Autor de la Revelación bahá’í; afirma que «todos los demás son siervos Suyos y obran según Su dictado»; recalca la importancia del Kitáb-i-Aqdas; establece la institución de la Guardianía en tanto cargo hereditario, cuyas funciones esenciales bosqueja; sienta las medidas para la elección de la Casa Internacional de Justicia. Define sus alcances y fija su relación con dicha Institución; prescribe las obligaciones y subraya las responsabilidades de las Manos de la Causa de Dios; ensalza las virtudes de la indestructible Alianza establecida por Bahá’u’lláh. Además, dicho Documento elogia el valor y la constancia de los valedores de la Alianza de Bahá’u’lláh; se detiene en los sufrimientos soportados por su Centro designado; trae al recuerdo la conducta infame de Mírzá Ya h. yá y su negativa a escuchar los avisos del Báb; pone de manifiesto, mediante una serie de acusaciones, la perfidia y rebelión de Mírzá Mu ammad-‘Alí, y la complicidad de

h. su hijo Shu‘á’u’lláh y de su hermano Mírzá Badí‘u’lláh; reafirma su expulsión, predice la frustración de todas sus esperanzas; emplaza a los Afnán (los parientes del Báb), a las Manos de la Causa y a la compañía entera de los seguidores de Bahá’u’lláh a alzarse de consuno y propagar Su Fe, a dispersarse por doquier, a afanarse incansablemente y a secundar el ejemplo heroico de los apóstoles de Jesucristo; previene contra los peligros de relacionarse con los violadores de la Alianza, y les insta a que resguarden la Causa frente a los asaltos de los insinceros e hipócritas y les aconseja que demuestren con su conducta la universalidad de la Fe que han abrazado y vindiquen sus elevados principios. En ese mismo Documento, el Autor revela el significado propósito del H. uqúqu’lláh («el Derecho de Dios»), ya instituido en el Kitáb-i-Aqdas; insta a la sumisión y fidelidad hacia todos los monarcas que sean justos; expresa Su anhelo de ser marti

rizado y da voz a Sus oraciones por el arrepentimiento y perdón de Sus enemigos.

Obedientes al llamamiento emitido por el Autor de tan histórico Documento; conscientes de su elevada vocación; espoleados a la acción por la conmoción sufrida ante la partida inesperada y repentina de ‘Abdu’l-Bahá; guiados por el Plan que Él, el Arquitecto del Orden Administrativo, había encomendado en sus manos; sin arredrarse ante los ataques que les dirigieran los traidores y enemigos, celosos de su fuerza pujante y ciegos a su significado singular, los miembros de las comunidades bahá’ís ampliamente esparcidas tanto por Oriente como Occidente, se alzaron con visión clara y determinación inflexible a inaugurar el Periodo Formativo de su Fe, a asentar los cimientos de ese Sistema Administrativo de alcance universal destinado a convertirse en el Orden Mundial que la posteridad debe aclamar como la promesa y gloria cimera de todas las Dispensaciones del pasado. No contentos con la erección y consolidación de la maquinaria administrativa dispuesta para la preservación de la unidad y la conducción eficiente de los asuntos de una comunidad en constante expansión, los seguidores de la Fe de Bahá’u’lláh resolvieron, en el curso de los dos decenios que siguieron al fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá, reafirmar y demostrar con sus actos el carácter independiente de esa Fe, ensanchar todavía más sus límites y aumentar el número de sus valedores declarados.

En este esfuerzo triple a escala mundial, conviene observar que el papel desempeñado por la comunidad bahá’í norteamericana, des-de el fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá hasta el cierre del primer siglo bahá’í, ha sido tal que ha impreso un tremendo empuje al desarrollo de la Fe a través del mundo, ha vindicado la confianza depositada en sus miembros por el propio ‘Abdu’l-Bahá y justificado las grandes alabanzas que les confirió y las esperanzas entrañables que abrigó con respecto a su futuro. En efecto, tan preponderante ha sido la influencia de sus miembros tanto en el inicio como en la consolidación de las instituciones administrativas bahá’ís, que su país bien merece ser reconocido como la cuna del Orden Administrativo que Bahá’u’lláh mismo había previsto y que el Testamento del Centro de Su Alianza había alumbrado.

Debería recordarse, en este sentido, que los pasos preliminares encaminados a divulgar los alcances y funcionamiento de este Orden Administrativo, que ahora iba a establecerse formalmente tras el fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá, ya habían sido adoptados por Él, e incluso por Bahá’u’lláh en los años previos a Su ascensión. El nombramiento que Él hiciera de ciertos creyentes destacados de Persia como «Manos de la Causa»; el inicio por parte de ‘Abdu’l-Bahá de las Asambleas locales y cuerpos de consulta en los centros principales de Oriente y Occidente; la formación del Bahá’í Temple Unity en Estados Unidos de América; el establecimiento de fondos locales para la promoción de actividades bahá’ís; la compra de propiedades dedicadas a la Fe y sus instituciones futuras; la fundación de firmas editoriales para la difusión de obras bahá’ís; la erección del primer Mashriqu’l-Adhkár del mundo bahá’í; la construcción del Mausoleo del Báb en el Monte Carmelo; la institución de hospederías para el alojamiento de maestros itinerantes y peregrinos; éstos hechos constituyen –así cabe considerarlo– los precursores de las instituciones que, inmediatamente después del cierre de la Edad Heroica de la Fe, habían de establecerse de forma permanente y sistemática a lo largo del mundo bahá’í.

Tan pronto como se dieron a conocer a Sus seguidores las disposiciones de esa Carta Divina, en la que se dibujan los rasgos del Orden Administrativo de la Fe de Bahá’u’lláh, se dispusieron éstos a levantar, sobre los cimientos que tendieron las vidas de los héroes, santos y mártires de la Fe, la primera etapa en la erección del armazón de sus instituciones administrativas. Sabedores de la necesidad de construir, como primer paso, una base amplia y sólida sobre la que pudieran levantarse ulteriormente los pilares de esa poderosa estructura; plenamente conscientes de que sobre estos pilares, una vez afianzados, debía al fin reposar la cúpula, el elemento final que coronaría el edificio entero; sin desviarse de su curso por las crisis que los violadores de la Alianza habían precipitado en Tierra Santa, o por la agitación que los sediciosos habían provocado en Egipto, o por las perturbaciones producidas por la requisa que efectuara la comunidad shí’í sobre la Casa de Bahá’u’lláh en Bagdad, o los peligros crecientes que arrostraba la Fe en Rusia, o la burla y ridículo con que se saludó desde ciertos sectores, que habían malinterpretado por completo su propósito, las actividades iniciales de la comunidad bahá’í americana, los constructores pioneros de un Orden divinamente concebido emprendieron, enteramente a una, y a pesar de la gran diversidad de costumbres e idiomas que les caracterizaba, la doble tarea de establecer y consolidar sus consejos locales, elegidos por el conjunto de los creyentes, tarea destinada a dirigir, coordinar y ensanchar las actividades de los seguidores de una Fe ampliamente extendida. En Persia, en Estados Unidos, en el Dominio de Canadá, en las islas Británicas, en Francia, en Alemania, en Austria, en India, en Birmania, en Egipto, en Irak, en el Turquestán ruso, en el Cáucaso, en Australia, en Nueva Zelanda, en Suráfrica, en Turquía, en Siria, en Palestina, en Bulgaria, en México, en Filipinas, en Jamaica, en Costa Rica, en Guatemala, en Honduras, en San Salvador, en Argentina, en Uruguay, en Chile, en Brasil, en Ecuador, en Colombia, en Paraguay, en Perú, en Alaska, en Cuba, en Haití, en Japón, en las islas Hawai, en Túnez, en Puerto Rico, en Balúchistán, en Rusia, en Transjordania, en Líbano y en Abisinia fueron estableciéndose tales consejos, los cuales constituyen la base del Orden naciente de una Fe largo tiempo perseguida. Designadas como «Asambleas Espirituales», apelación que en el curso del tiempo deberá ser reemplazada por su título permanente y más descriptivo de «Casas de Justicia», que les confirió el Autor de la Revelación bahá’í; instituidas, sin excepción alguna, en toda ciudad capital, ciudad y pueblo donde residan nueve

o más creyentes adultos; elegidas cada año por sufragio directo, el primer día de la máxima festividad bahá’í, por todos los creyentes adultos, hombres o mujeres por igual; e investidas de una autoridad que las convierte en no responsables de sus actos y decisiones ante quienes las eligen; comprometidas solemnemente en seguir, en toda circunstancia, los dictados de la «Más Grande Justicia», único remedio capaz de inaugurar el reinado de la «Más Grande Paz» que ha proclamado Bahá’u’lláh y que habrá de establecerse en su día; encargadas con la responsabilidad de promover en todo momento los mejores intereses de las comunidades que se hallan dentro de su jurisdicción; de familiarizarlas con sus planes y actividades, y de invitarlas a ofrecer cualquier recomendación que deseen formular; conscientes de su tarea no menos vital de demostrar, mediante su asociación con todos los movimientos liberales y humanitarios, la universalidad y amplitud omnímoda de su Fe; ajenas por entero a las organizaciones sectarias, religiosas o seculares; auxiliadas por comités que ellas mismas nombran anualmente y ante las cuales éstos han de responder directamente, a los que se asigna un epígrafe particular de la actividad bahá’í para su estudio y actuación; apoyadas por fondos locales a los que todos los creyentes hacen aportaciones voluntariamente; dichas asambleas, representativas y custodios de la Fe de Bahá’u’lláh, las cuales ascienden en la actualidad a varios centenares, y cuyos miembros proceden de las razas, credos y clases diversos que constituyen la comunidad mundial bahá’í, han demostrado amplia y abundantemente en el curso de los dos últimos decenios, en virtud de sus logros, el derecho a ser vistas como los pun-tales de la sociedad bahá’í, así como el fundamento último de su estructura administrativa.

«El Señor ha ordenado», así reza la intimación de Bahá’u’lláh en Su Kitáb-i-Aqdas, «que en cada ciudad se establezca una Casa de Justicia donde se reúnan consejeros en el número de Bahá (9), mas si excedieren de este número no habría inconveniente. Deberían verse entrando en la Corte de la presencia de Dios, el Exaltado, el Altísimo, y contemplando a Quien es el Invisible. Les incumbe ser los fiduciarios del Misericordioso entre los hombres y considerarse los custodios designados por Dios para cuantos habitan en la tierra. Les compete consultar juntos y prestar atención a los intereses de los siervos de Dios, por amor a Él, del mismo modo que atienden a sus propios intereses, y escoger lo que es conveniente y decoroso». «Estas Asambleas Espirituales», señala el testimonio aportado por ‘Abdu’l-Bahá en una

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Tabla dirigida a un creyente norteamericano, «reciben el auxilio del Espíritu de Dios. Su defensor es ‘Abdu’l-Bahá. Sobre ellas despliega Sus alas. ¿Hay mayor bendición que ésta?». «Tales Asambleas Espirituales», declara en esa misma Tabla, «son lámparas brillantes y jardines celestiales desde los que se difunden las fragancias de santidad sobre todas las regiones, y las luces del conocimiento se derraman sobre todas las cosas creadas. De ellas brota el espíritu de vida en todas direcciones. En verdad, son ellas fuentes poderosas para el progreso del hombre en todo tiempo y en toda condición». Estableciendo más allá de toda duda la autoridad que Dios le otorgara, ha escrito: «Incumbe a todos no dar paso alguno sin consultar a la Asamblea Espiritual, y todos sin duda deben obedecer de alma y corazón su mandato y mostrarse sumisos ante ella, para que las cosas se ordenen y queden dispuestas de modo adecuado y conveniente». «Si tras la discusión», ha escrito además, «se adoptara una decisión por unanimidad, bueno sea; pero si –el Señor lo prohíba– surgieran diferencias de opinión, debe prevalecer la voz de la mayoría».

Tras establecer la estructura de sus asambleas locales –base del edificio que el Arquitecto del Orden Administrativo de la Fe de Bahá’u’lláh les ha ordenado que erigiesen– Sus discípulos, tanto de Oriente como Occidente, se embarcaron sin vacilar en la etapa siguiente y más difícil de su magna empresa. En los países donde las comunidades bahá’ís habían avanzado lo suficiente en número e influencia se adoptaron medidas para la formación de Asambleas Nacionales, ejes en torno a los cuales deben girar las iniciativas de ese ámbito. Designadas por ‘Abdu’l-Bahá en Su Testamento como «Casas Secundarias de Justicia», constituyen los cuerpos electorales para la formación de la Casa Internacional de Justicia, y tienen la facultad de dirigir, unificar, coordinar y estimular las actividades de las personas así como de las Asambleas locales que abracen su jurisdicción. Asentadas sobre la amplia base de las comunidades locales organizadas, y siendo ellas mismas los pilares sustentadores de la institución que ha de verse como ápice del Orden Administrativo Bahá’í, dichas asambleas se eligen, de acuerdo con el principio de representación proporcional, por delegados representativos de las comunidades bahá’ís locales reunidos en una Convención que se celebra durante el periodo de la festividad de Ri ván; poseen la autoridad necesaria que ha

d. de permitirles garantizar el desarrollo armonioso y eficiente de las actividades bahá’ís dentro de sus esperas respectivas; están libres de toda responsabilidad directa ante su electorado por lo que respecta a sus líneas de funcionamiento y decisiones; tienen a su cargo el deber sagrado de consultar los puntos de vista, de solicitar recomendaciones y de ganarse la confianza y colaboración de los delegados y de familiarizarlos con sus planes, problemas y actuaciones; y cuentan con el sostén de los recursos de los fondos nacionales, a los que se insta a contribuir a los fieles de todas las procedencias. Instituidas en Estados Unidos de América (1925) (donde la Asamblea Nacional reemplaza a la institución del Bahá’í Unity Temple, formado durante el ministerio de ‘Abdu’l-Bahá), en las islas Británicas (1923), en Ale-mania (1923), en Egipto (1924), en Irak (1931), en la India (1923), en Persia (1934) y en Australia (1934); su elección renovada anualmente por los delegados, cuyo número ha sido fijado de acuerdo con los requisitos nacionales en 9, 19, 95 o 171 (nueve veces 19), dichos cuerpos nacionales han venido a señalar con su presencia el nacimiento de una nueva época de la Edad Formativa de la Fe, y han marcado una etapa posterior de la evolución, la unificación y consolidación de una comunidad en continua expansión. Auxiliadas por comités nacionales que responden y son escogidas por ellas, sin discriminación, de entre el cuerpo entero de los creyentes bajo su jurisdicción, a cada uno de los cuales se les atribuye una esfera particular de servicio bahá’í, dichas asambleas nacionales bahá’ís, conforme el alcance de sus actividades ha ido ampliándose de forma constante, mediante el espíritu de disciplina que han inculcado y mediante su adhesión inquebrantable a los principios que les han permitido alzarse por encima de todos los prejuicios de raza, nación, clase y color, se han

demostrado capaces de administrar de forma notabilísima las múltiples actividades de una Fe que acaba de consolidarse.

No menos enérgicos y devotos se han demostrado los propios comités nacionales en el cumplimiento de sus funciones respectivas. En la defensa de los intereses vitales de la Fe, en la exposición de su doctrina; en la diseminación de sus obras; en la consolidación de sus finanzas; en la organización de su fuerza de enseñanza; en el progreso de la solidaridad de sus partes componentes; en la compra de esos lugares históricos; en la preservación de sus archivos sagrados, tesoros y reliquias; en sus contactos con las varias instituciones de la sociedad de la que forman parte; en la educación de su juventud; en la formación de sus niños; en la mejora de la condición de las mujeres en Oriente; los miembros de estas agencias diversificadas, que operan bajo la autoridad de los representantes nacionales electos de la comunidad bahá’í, han demostrado ampliamente su capacidad de promover de forma efectiva sus múltiples intereses vitales. El mero enunciado de los comités nacionales que han surgido en su mayor parte en Occidente y que funcionan con eficacia ejemplar en los Estados Unidos y Canadá, y que prosiguen ahora sus actividades con gran vigor y unidad de propósito en agudo contraste con las instituciones desgastadas de una civilización moribunda, basta para revelar la eficacia de las instituciones auxiliares que ha puesto en marcha un Orden Administrativo que todavía atraviesa la segunda etapa de su desarrollo: El Comité Nacional de Enseñanza, los Comités Regionales de Enseñanza; el Comité Interamericano; el Comité de Publicaciones; el Comité en pro de la Unidad Racial; el Comité de Juventud; el Comité de Revisión; el Comité de Mantenimiento del Templo; el Comité de Programación del Templo; el Comité de Visitas Guiadas del Templo; el Comité de la Biblioteca y Ventas del Templo; los Comités de Servicio de niños y Niñas; el Comité de Educación Infantil; los Comités para el Progreso de la Mujer, Enseñanza y Programación; el Comité de Asuntos Legales; el Comité de Archivos e Historia; el Comité del Censo; el Comité de Exposiciones bahá’ís; el Comité Bahá’í de Noticias; el Comité del Servicio de Noticias bahá’ís; el Comité de Transcripción al Braille; el Comité de Contactos; el Comité de Servicios; el Comité Editorial; el Comité del Índice; el Comité de Biblioteca; el Comité de Radio; el Comité de Contabilidad; el Comité de Memorabilia del Año; el Comité Bahá’í Mundial de Redacción; el Comité de Esquemas de Estudio; el Comité para el Idioma Internacional Auxiliar; el Comité del Instituto de Educación Bahá’í; el Comité de la Revista World Order; el Comité Bahá’í de Relaciones Públicas; el Comité Bahá’í de escuelas; los Comités de Escuelas de Verano; el Comité de la Escuela Internacional; el Comité de Creación de Folletos; el Comité del Cementerio Bahá’í; el Comité del H. az.íratu’l-Quds; el Comité del Mashriqu’l-Adhkár; el Comité para el Desarrollo de la Asamblea; el Comité de Historia Nacional; el Comité de Materiales Varios; el Comité de Obras de Difusión Gratuitas; el Comité de Traducciones; el Comité de Catalogación de Tablas; el Comité de Edición de Tablas; el Comité de Propiedades; el Comité de Ajustes; el Comité de Publicidad; el Comité de Oriente y Occidente; el Comité de Bienestar; el Comité de Transcripción de Tablas; el Comité de Maestros Viajeros; el Comité de Educación Bahá’í; el Comité de los Santos Lugares; el Comité del Banco de Ahorro Infantil.

El establecimiento de Asambleas locales y nacionales y la formación posterior de comités locales nacionales, que actúan como anexos necesarios de los representantes elegidos de las comunidades bahá’ís tanto de Oriente como de Occidente, por más que reseñables en sí mismos, no fueron sino el preludio de toda una serie de empresas que acometerían las Asambleas Nacionales recién formadas, y que han contribuido en no pequeña medida a la unificación de la comunidad mundial bahá’í y a la consolidación de su Orden Administrativo. Un paso inicial en esa dirección lo constituyó la redacción y adopción de una constitución nacional bahá’í, la cual fue estructurada y promulgada por los representantes elegidos de la Comunidad bahá’í americana en 1927, cuyo texto ha sido traducido, con ligeras variantes adaptadas a los requisitos nacionales, al árabe, persa y alemán, y constituyen en la época presente, la pauta de las asambleas espirituales nacionales de los bahá’ís de los Estados Unidos y Canadá, de las islas Británicas, de Alemania, de Persia, de Irak, de la India y Birmania, de Egipto y Sudán, y de Australia y Nueva Zelanda. Precursora de la constitución de la futura Comunidad Mundial Bahá’í; sometida a la consideración de todas las Asambleas locales y ratificadas por el cuerpo entero de los creyentes reconocidos de los países que poseen asambleas nacionales, dicha constitución nacional ha quedado complementada por un documento similar que contiene las disposiciones relativas a las asambleas locales bahá’ís, redactado originalmente por la Comunidad bahá’í de Nueva York en noviembre de 1931, y aceptado como patrón de todas las constituciones bahá’ís locales. El texto de esta constitución nacional consta de una Declaración de Fideicomiso, cuyos artículos establecen el carácter y objeto de la comunidad nacional bahá’í, especifican las funciones, designan la oficina central y describen el sello oficial del cuerpo de sus representantes elegidos, así como un conjunto de disposiciones que definen el estatuto, modo de elección, poderes y obligaciones tanto de las asambleas locales como de la nacional, describe la relación de la Asamblea Nacional con respecto a la Casa Internacional de Justicia y también con las asambleas locales y creyentes, enuncian los derechos y obligaciones de la Convención Nacional y su relación con la Asamblea Nacional, exponen el carácter de las elecciones bahá’ís y sientan los requisitos que han de cumplir los miembros con capacidad de voto en todas las comunidades bahá’ís.

La redacción de estas constituciones de ámbito tanto local como nacional, idénticas a todos los efectos en sus provisiones, proporcionó el cimiento necesario para la obtención de la personalidad jurídica de estas instituciones administrativas, de acuerdo con los estatutos civiles vigentes en materia de entidades religiosas o comerciales. Al dotar a estas asambleas de condición legal, la obtención de la personalidad jurídica vino a consolidar en gran medida su poder y amplió su capacidad; y es en este sentido como el logro de la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de los Estados Unidos y Canadá y de la Asamblea Espiritual de los Bahá’ís de Nueva York ha sentado nuevamente un ejemplo digno de ser emulado por sus Asambleas hermanas de Oriente y Occidente. La legalización de la Asamblea Espiritual Nacional Americana como entidad voluntaria, una suerte de corporación reconocida por el derecho común y que le permite establecer contratos, poseer propiedades y recibir legados en virtud de un certificado emitido en mayo de 1929, con el sello del Departamento de Estado, en Washington, y que lleva la firma del Secretario de Estado, Henry L. Stimson, fue seguida por la adopción de medidas jurídicas similares que culminaron en la legalización de la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de la India y Birmania, en enero de 1933, de Lahore, en el estado de Punjab, de acuerdo con lo dispuesto en la Ley de Registro de Sociedades de 1860; de la Asamblea Espiritual Nacional de los bahá’ís de Egipto y Sudán, en diciembre de 1934, según certifica el Tribunal Mixto de El Cairo; de la Asamblea Espiritual Nacional de los bahá’ís de Australia y Nueva Zelanda, en enero de 1938, según hace constar el Vicerregistrador de la Oficina del Registro General del estado de Australia del Sur; y, ya más recientemente, de la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de las islas Británicas, en agosto de 1939, como organización sin ánimo de lucro, bajo la Ley de Sociedades, en 1929, según certifica el Secretario del Registro de Sociedades de la ciudad de Londres.

Al mismo tiempo que se producía la legalización de las asambleas nacionales mencionadas, gran número de asambleas locales bahá’ís obtenían igualmente su personalidad jurídica, siguiendo en esto el ejemplo dado en febrero de 1932 por la Asamblea Bahá’í de Chicago, en lugares tan distantes como Estados Unidos, la India, México, Alemania, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Birmania, Costa Rica, Balúchistán y las islas Hawai. Las asambleas espirituales de los bahá’ís de Esslingen en Alemania, de la Ciudad de México en México, de San José en Costa Rica, de Sydney y Adelaida en Australia, de Auckland en Nueva Zelanda, de Delhi, Bombay, Karachi, Poona, Calcuta, Secunderabad, Bangalore, Vellore, Ahmedabad, Serampore, Andheri y Baroda en la India, de Tuetta en Balú chistán, de Rangún, Mandalay y Daidanow-Kalazoo en Birmania, de Montreal y Vancouver en Canadá, de Honolulú en las islas Hawai, y de Chicago, Nueva York, Washington D. C., Boston, San Francisco, Filadelfia, Kenosha, Teaneck, Racine, Detroit, Cleveland, Los Ángeles, Milwaukee, Minneapolis, Cincinnati, Winnetka, Phoenix, Columbus, Lima, Portland, Jersey City, Wilmette, Peoria, Seattle, Binghamtom, Helena, Richmond Highlands, Miami, Pasadena, Oakland, Indianápolis, Saint Paul, Berkeley Urbana, Springfield y Flint en Estados Unidos; todas estas localidades consiguieron, gradualmente, tras someter a las autoridades civiles de sus estados y provincias respectivos el texto prácticamente idéntico de sus constituciones locales bahá’ís, constituirse en sociedades y corporaciones reconocidas por ley y al amparo de los estatutos civiles que rigen en sus respectivos países.

Al igual que la formulación de las constituciones bahá’ís había proporcionado el fundamento para la legalización de las asambleas espirituales bahá’ís, del mismo modo el reconocimiento otorgado por las autoridades locales y nacionales a los representantes elegidos de las comunidades bahá’ís allanó el camino para el establecimiento de las dotaciones nacionales y locales bahá’ís, una empresa histórica que, tal como ocurriera con acontecimientos previos de gran trascendencia, la Comunidad Bahá’í Americana fue la primera en iniciar. En la mayoría de casos, dichas dotaciones e inmuebles, debido a su carácter religioso, han quedado exentas tanto de impuestos municipales como estatales, gracias a las representaciones realizadas por las entidades bahá’ís ante las autoridades civiles, y ello a pesar de que el valor de las propiedades exentas ascienden, en más de un país, a sumas cuantiosas.

En Estados Unidos las dotaciones nacionales de la Fe, que suponen ya 1.750.000 dólares, establecidas mediante una serie de Declaraciones de Fideicomiso, creadas respectivamente en 1928, 1929, 1935, 1938, 1939, 1941 y 1942 por la Asamblea Espiritual Nacional de dicho país, en su calidad de Fiduciarios de la Comunidad Bahá’í Americana, incluyen en la actualidad la tierra y estructura del Mashriqu’l-Adhkár, y el albergue del custodio en Wilmette, Illinois; el

H. az. íratu’l-Quds lindante (Sede Nacional Bahá’í) y su oficina administrativa complementaria; la Posada, la Casa de la Amistad, el Salón bahá’í, el Estudio de Artes y Oficios, una granja, cierto número de cabañas, varias parcelas de tierra, incluido el conjunto de Montsalvat, bendecido por los pasos de ‘Abdu’l-Bahá, en Green Acre, Maine; la casa Bosch, el Salón Bahá’í, un huerto de árboles frutales, el bosque de Redwood, edificios consistentes en dormitorios y Rancho, en Geyserville, California; la casa Wilhelm, la cabaña Evergreen, un bosque de pinos y siete solares edificados en West Englewood, Nueva Jersey, escena de la memorable Fiesta de Unidad con que ‘Abdu’l-Bahá agasajó, en junio de 1912, a los bahá’ís del distrito metropolitano de Nueva York; la casa Wilson, bendecida por Su presencia, unos terrenos situados en Malden, Massachussets; la casa Mathews y los edificios de un rancho de Pine Valley, Colorado; una finca situada en Muskegon, Michigan, y el solar de un cementerio de Portsmouth.

Incluso mayor importancia revisten, y aun superan en valor a las dotaciones nacionales de la Comunidad Bahá’í Americana, aunque sus títulos de propiedad, debido a la imposibilidad de la comunidad bahá’í persa de legalizar sus asambleas nacionales y locales, son retenidos en fideicomiso por particulares, los bienes que la Fe posee ahora en su país de origen. A la Casa del Báb en Shiraz y al Hogar ancestral de Bahá’u’lláh en Tákur, Mázindarán, ya en posesión de la comunidad en los días del ministerio de ‘Abdu’l-Bahá, se agregan, desde Su ascensión, extensas propiedades situadas en las afueras de la capital, junto a las laderas del monte Alburz, con vistas a la ciudad natal de Bahá’u’lláh, que incluyen una granja, una huerta y un viñedo, con una extensión de tres millones y medio de metros cuadrados, preservados como ubicación del futuro primer Mashriqu’l-Adhkár de Persia; otras adquisiciones que han ampliado en gran medida la variedad de dotaciones bahá’ís de dicho país incluyen la casa nativa de Bahá’u’lláh, en Teherán; varios edificios contiguos a la casa del Báb en Shiraz, incluyendo la casa, propiedad de Su tío materno; el H. az.íratu’l-Quds de Teherán; la tienda que ocupara el Báb durante los años en que ejerció de mercader en Búshihr; una cuarta parte de la aldea de Chihríq, donde fue confinado; la casa de

H. ájí Mírzá Jání, donde permaneció camino de Tabríz; el baño público que utilizó en Shiraz y algunas casas colindantes; la mitad de la casa propiedad de Va h. íd en Nayríz y parte de la casa de H. ujjat en Zanján, los tres jardines alquilados por Bahá’u’lláh en la aldea de Badasht; la sepultura de Quddús en Bárfurúsh; la casa del Kalantar en Teherán, escenario del confinamiento de T.áhirih; el baño público visitado por el Báb durante Su estancia en Urúmíyyih, Ádhirbáyján; la casa propiedad de Mírzá H. usayn-‘Alíy-i-Núr, donde fueran ocultados los restos del Báb; el Bábíyyih y la casa propiedad de Mullá

H. usayn en Mashhad; la residencia del Sul ánu’ t. sh-Shuhadá («Rey de los mártires») y la del Ma búbu’ sh-Sh

h.

uhadá («Bienamado de los mártires») en I fahán, así como un número considerable de emplaza

s.

mientos y viviendas, incluyendo lugares de entierro relacionados con los héroes y mártires de la Fe. Estas propiedades que, con escasas excepciones, han sido adquiridas recientemente en Persia, están siendo preservadas e incrementadas cada año y, siempre que sea necesario, restauradas cuidadosamente, merced a los esfuerzos asiduos de un comité nacional especialmente nombrado al efecto, el cual actúa bajo la supervisión constante y general de los representantes elegidos de los creyentes persas. Tampoco cabe omitir los bienes variados y en aumento que des-de el comienzo del Orden Administrativo de la Fe de Bahá’u’lláh, han venido adquiriéndose de forma regular en otros países tales como la India, Birmania, las islas Británicas, Alemania, Irak, Egipto, Australia, Cisjordania y Siria. Entre éstos cabe mencionar en especial

el H. az. íratu’l-Quds de los bahá’ís de Irak, el H. az. íratu’l-Quds de los bahá’ís de Egipto, el H. az. íratu’l-Quds de los bahá’ís de la India, el

H. az. íratu’l-Quds de los bahá’ís de Australia, el Hogar Bahá’í de Esslingen, la Editorial de los Bahá’ís de las islas Británicas, la Casa de Peregrinación Bahá’í en Bagdad y los cementerios establecidos en las capitales de Persia, Egipto y Turquestán. Ya sea en forma de tierras, escuelas, sedes centrales administrativas, secretarías, bibliotecas, cementerios, hostales o editoriales, estas propiedades, ampliamente repartidas, en parte registradas a nombre de las Asambleas Nacionales legalizadas, y en parte retenidas en fideicomiso por reconocidos particulares bahá’ís, han hecho su contribución a la expansión ininterrumpida de las dotaciones nacionales bahá’ís en años recientes, así como a la consolidación de sus cimientos. De importancia vital, aunque su significado sea menos notable, han sido, además, las dotaciones locales con las que se han complementado las propiedades nacionales de la Fe y que, como consecuencia de la legalización de las Asambleas locales bahá’ís, han sido establecidas legalmente y salvaguardadas en varios países tanto de Oriente como de Occidente. Particularmente en Persia, dichas tenencias, bien en forma de tierras, edificios administrativos, escuelas u otras instituciones, han enriquecido en gran medida y ampliado la gama de dotaciones locales de la comunidad mundial bahá’í.

Además del establecimiento y legalización de las asambleas bahá’ís nacionales, y la formación de sus comités respectivos, la formulación de constituciones nacionales y locales bahá’ís y la fundación de dotaciones bahá’ís, estas nuevas asambleas acometieron empresas de gran significado institucional, entre las cuales la institución del H. az. íratu’l-Quds –sede de la Asamblea Nacional Bahá’í y eje de todas las futuras actividades administrativas bahá’ís– debe figurar como una de las más importantes. Originada primero en Persia, y ahora conocida universalmente por su título oficial y distintivo de «Sagrada Grey», viene a señalar un avance notable en la evolución de un proceso cuyos comienzos se remontan a las reuniones clandestinas que celebraban, a veces bajo tierra y en lo más cerrado de la noche, los creyentes perseguidos de la Fe de ese país; dicha institución, todavía en sus etapas tempranas de desarrollo, ha hecho ya su contribución a la consolidación de las funciones internas de la comunidad orgánica bahá’í, proporcionando otra evidencia tangible de su pujanza y crecimiento constantes. Con funciones complementarias a las del Mashriqu’l-Adhkár, edificio exclusivamente reservado al culto bahá’í, dicha institución, bien sea local o nacional, será considerada cada vez más el centro de todas las actividades administrativas bahá’ís conforme sus partes componentes, tales como la secretaría, la tesorería, los archivos, la biblioteca, la oficina de publicaciones, la sala de reuniones, la sala del Consejo, el hostal de peregrinos, se concentren y funcionen conjuntamente en un solo lugar, que vendrá a ser considerado el centro de todas las actividades administrativas bahá’ís, para simbolizar, de forma condigna, el ideal del servicio que anima a la comunidad bahá’í en sus relaciones con la Fe y la humanidad en general.

Desde el Mashriqu’l-Adhkár, descrito como casa de culto por Bahá’u’lláh en el Kitáb-i-Aqdas, los representantes de las comunidades bahá’ís, bien locales o nacionales, junto con los miembros de sus comités respectivos, derivarán, conforme se reúnan a diario dentro de sus muros a la hora del alba, la inspiración necesaria que les permitirá desempeñar, en el curso de sus esfuerzos diarios, en el H. az. íratu’l-Quds, lugar de sus actividades administrativas, sus deberes y responsabilidades como corresponde a los mayordomos escogidos de Su Fe.

En las orillas del lago Michigan, en las afueras del primer centro bahá’í establecido en el continente americano, y a la sombra del primer Mashriqu’l-Adhkár de Occidente; en la capital de Persia, cuna de la Fe; en los aledaños de la Más Grande Casa en Bagdad; en la ciudad de ‘I shqábád, contigua al primer Mashriqu’l-Adhkár del mundo bahá’í; en la capital de Egipto, centro puntero del mundo árabe e islámico; en Nueva Delhi, capital de la India, e incluso en Sidney, en la remota Australia, se han adoptado los pasos preliminares que habrán de culminar finalmente en el establecimiento, en todo su esplendor y poder, de las sedes administrativas nacionales de las comunidades bahá’ís establecidas en esos países.

Además, a nivel local, tanto en los mencionados países como en otros más, han sido adoptadas las medidas preliminares para el establecimiento de esta institución, en forma de una casa, bien en propiedad o alquilada por la comunidad local bahá’í, siendo los primeros entre éstos los numerosos edificios administrativos que en varias provincias de Persia han conseguido comprar o construir los creyentes, a pesar de los impedimentos que pesan sobre ellos.

Otro factor igualmente importante en la evolución del Orden Administrativo ha sido el notable progreso registrado, en particular en Estados Unidos, por la institución de las escuelas de verano, destinadas a fomentar el espíritu de camaradería en una atmósfera más netamente bahá’í, para proporcionar la capacitación necesaria a los maestros bahá’ís, y brindar las ocasiones propicias para el estudio de la historia y enseñanzas de la Fe, y para una comprensión depurada de su relación con las demás religiones y la sociedad humana en general.

Establecidas en tres centros regionales, repartidas en las tres divisiones principales del continente norteamericano, en Geyserville, en las montañas de California (1927), en Green Acre, situada a las orillas del Piscataqua, en el estado de Maine (1929), y en Luhelen Ranch, cerca de Davison, Michigan (1931), y recientemente reforzadas por la Escuela Internacional, fundada en Pine Valley, Colorado Springs, dedicada a formar maestros bahá’ís que deseen servir en otros países y especialmente en Suramérica, estas tres instituciones embrionarias bahá’ís, han sentado un ejemplo, mediante la expansión continua de sus programas, digno de ser emulado por otras comunidades bahá’ís de Oriente y Occidente. Mediante el estudio intensivo de las Escrituras bahá’ís y de la historia temprana de la Fe; mediante la organización de cursos sobre las enseñanzas e historia del islam; mediante conferencias para la promoción de la unidad internacional; mediante cursos prácticos destinados a familiarizar a los participantes con los procesos del Orden Administrativo bahá’í; mediante sesiones especiales destinadas a la formación de jóvenes y niños; mediante clases de oratoria; mediante lecciones magistrales sobre religiones

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comparadas; mediante discusiones en grupo sobre los múltiples aspectos de la Fe; mediante la creación de bibliotecas; mediante clases de enseñanza; mediante cursos sobre ética bahá’í y sobre Suramérica; mediante la introducción de sesiones de la escuela de invierno; mediante foros y reuniones de culto; mediante actuaciones y representaciones; mediante fiestas y otras actividades recreativas, dichas escuelas, abiertas por igual a bahá’ís y no bahá’ís, han sentado un ejemplo tan noble como para inspirar a otras comunidades bahá’ís de Persia, de las islas Británicas, de Alemania, de Australia, de Nueva Zelanda, de la India, de Irak y de Egipto a acometer las medidas iniciales que les permitirán crear instituciones equiparables, las cuales prometen evolucionar hasta convertirse en las universidades bahá’ís del futuro.

Entre otros factores que contribuyen a la expansión y establecimiento del Orden Administrativo, cabe mencionar las actividades organizadas de la juventud bahá’í, de por sí bastante avanzadas en Persia y Estados Unidos, e iniciadas más recientemente en la India, islas Británicas, Alemania, Irak, Egipto, Australia, Bulgaria, islas Hawai, Hungría y La Habana. Estas actividades comprenden simposios mundiales de las juventudes bahá’ís, sesiones juveniles incorporadas a las escuelas bahá’ís de verano, boletines y revistas bahá’ís, una oficina de correspondencia internacional, facilidades para el registro de jóvenes que deseen sumarse a la Fe, la publicación de esquemas y guías de referencia para el estudio de las enseñanzas y la organización de grupos de estudios bahá’ís como actividad universitaria oficial de una de las primeras universidades de Norteamérica. Además incluyen «días de estudio» celebrados en las casas y centros bahá’ís, clases para el estudio del esperanto y de otros idiomas, la organización de bibliotecas bahá’ís, la apertura de salas de lectura, la producción de obras y representaciones bahá’ís, la celebración de debates públicos, la educación de los huérfanos, la organización de clases de oratoria, la celebración de reuniones que perpetúen el recuerdo de personalidades históricas bahá’ís, conferencias regionales intergrupales y sesiones juveniles celebradas en conexión con las convenciones anuales bahá’ís.

Otros factores que vienen a promover el desarrollo de este Orden y que contribuyen a su consolidación han sido la institución sistemática de la Fiesta de Diecinueve Días, presente en la mayoría de las comunidades bahá’ís de Oriente y Occidente, con su triple acento en los aspectos cultural, administrativo y social de la vida comunitaria bahá’í; la iniciación de actividades encaminadas a preparar un censo de niños bahá’ís y a proporcionarles cursos prácticos, libros de oraciones y obras elementales, y la formulación y publicación de un conjunto de declaraciones autorizadas sobre el carácter no político de la Fe, sobre la pertenencia a organizaciones religiosas no bahá’ís, sobre los métodos de enseñanza, sobre la postura bahá’í hacia la guerra, sobre las instituciones de la Convención Anual, de la Asamblea Espiritual Bahá’í, de la Fiesta de Diecinueve Días y del Fondo Nacional. Además debe hacerse referencia al establecimiento de los Archivos Nacionales destinados a la autentificación, recogida, traducción, catalogación y conservación de las Tablas de Bahá’u’lláh y ‘Abdu’l-Bahá y a la conservación de las reliquias sagradas y documentos históricos; a la verificación y transcripción de las Tablas originales del Báb, Bahá’u’lláh y ‘Abdu’l-Bahá que obran en manos de creyentes orientales; a la compilación de una historia detallada de la Fe desde su comienzo hasta el día presente; a la apertura de un Bureau Internacional Bahá’í en Ginebra; a la celebración de convenciones bahá’ís de distrito; a la compra de lugares históricos; al establecimiento de bibliotecas conmemorativas bahá’ís y al establecimiento en Persia de un pujante banco de ahorros infantiles.

Tampoco debe omitirse la participación, oficial o no oficial, de los representantes de estas comunidades nacionales bahá’ís de nueva planta en las actividades y desenvolvimiento de una gran variedad de congresos, asociaciones, convenciones y conferencias celebradas en varios países de Europa, Asia y América para la promoción de la unidad religiosa, la paz, la educación, la cooperación internacional,

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la unidad internacional y otros fines humanitarios. Con organizaciones tales como la Conferencia de las Religiones Vivientes del Imperio Británico, celebrada en Londres en 1924 y la World Fellowship of Faiths celebrada en esa misma ciudad en 1936; con los congresos universales esperantistas celebrados anualmente en varias capitales de Europa; con el Instituto de Cooperación Intelectual; con la Exposición del Siglo del Progreso, celebrada en Chicago en 1933; con las Ferias Mundiales, celebradas en Nueva York, en 1938 y 1939; con la Exposición Internacional Golden Gate, celebrada en San Francisco en 1939; con la Primera Convención del Congreso Religioso, celebrado en Calcuta; con la Segunda Conferencia Panindia, convocada en esa misma ciudad; con la Convención de la Liga de todas las Religiones, en Indore; con las Conferencias Arya Samaj y Brahmo Samaj, así como las propiciadas por la Sociedad Teosófica y la Conferencia Panasiática de Mujeres, celebrada en varias ciudades de la India; con el Consejo Mundial de la Juventud; con el Congreso de Mujeres de Oriente, en Teherán; con la Conferencia de Mujeres del Pacífico, celebrada en Honolulú; con la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y con la Conferencia de los pueblos, habida en Buenos Aires; con estas actividades y otros eventos se han cultivado, de una u otra forma, relaciones que han servido al doble propósito de demostrar la universalidad y amplitud de la Fe de Bahá’u’lláh y de forjar vínculos vitales y duraderos entre ellos y las múltiples agencias de su Orden Administrativo.

Tampoco deberíamos pasar por alto o minusvalorar los contactos establecidos entre estas mismas agencias y algunas de las máximas autoridades gubernamentales, tanto de Oriente como de Occidente, así como los contactos mantenidos con los líderes del islam en Persia, y con la Sociedad de Naciones, e incluso con la propia realeza, a fin de defender los derechos, hacer entrega de sus escritos, presentar los objetivos y fines de los seguidores de la Fe en sus esfuerzos incansables por abanderar la causa de un Orden Administrativo todavía infante. Los comunicados dirigidos por los miembros de la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de los Estados Unidos y Canadá –los constructores campeonísimos de ese Orden– al Alto Comisario para Palestina a fin de que se restituyesen las llaves de la Tumba de Bahá’u’lláh a su custodio; al Sháh de Persia, en cuatro ocasiones, en solicitud de justicia en pro de sus hermanos perseguidos dentro de sus dominios; al Primer Ministro persa, con idéntico objeto; a la reina María de Rumania, en expresión de gratitud por sus testimonios históricos hacia la Fe bahá’í; a los jefes del islam en Persia, para apelar en favor de la armonía y la paz entre las religiones; al rey Feisal de Irak, a fin de garantizar la seguridad de la Más Grande Casa en Bagdad; a las autoridades soviéticas, de parte de las comunidades bahá’ís de Rusia; a las autoridades alemanas con relación a los inconvenientes sufridos por sus hermanos alemanes; al Gobierno egipcio, a propósito de la emancipación de sus correligionarios del yugo de la ortodoxia islámica; al Gabinete persa, ante el cierre de las instituciones educativas bahá’ís decretado en Persia; al Departamento de Estado de los Estados Unidos y al Embajador turco en Washington, y al Gabinete turco en Ankara, en defensa de los intereses de la Fe en Turquía; a ese mismo Departamento de Estado, con vistas a facilitar el traslado de los restos de Lua Getsinger desde el cementerio protestante de El Cairo al primer cementerio bahá’í establecido en Egipto; al Primer Ministro persa en Washington con relación a la misión de Keith Ransom-Kehler; al Rey de Egipto, con muestras de escritos bahá’ís; a los Gobiernos de Estados Unidos y de Canadá, con expresión de las enseñanzas bahá’ís sobre la paz universal; al Ministro rumano en Washington de parte de los bahá’ís americanos, con ocasión de la muerte de la reina María de Rumania; y al presidente Franklin D. Roosevelt, para familiarizarlos con los emplazamientos dirigidos por Bahá’u’lláh en su Kitáb-i-Aqdas a los presidentes de las repúblicas americanas, incluyendo ciertas oraciones reveladas por ‘Abdu’l-Bahá; tales comunicados constituyen en sí mismos un capítulo notable e ilustrativo de la historia y despliegue del Orden Administrativo bahá’í.

A esto deben añadirse los comunicados dirigidos desde el centro mundial de la Fe así como los cursados por las asambleas bahá’ís nacionales y locales, bien por telegrama o como correo ordinario, al Alto Comisario de Palestina, por los que se le rogaba la entrega de las llaves de la Tumba de Bahá’u’lláh a su custodio original; las apelaciones realizadas por los centros bahá’ís de Oriente y Occidente a las autoridades iraquíes para la devolución de la Casa de Bahá’u’lláh en Bagdad; la apelación posterior realizada ante el Secretario Británico de Estado para las Colonias, tras el veredicto del Tribunal de Apelación de Bagdad fallado con dicho motivo; los mensajes enviados a la Sociedad de Naciones, de parte de las comunidades bahá’ís de Oriente y Occidente, en reconocimiento del fallo oficial del Consejo de la Sociedad en favor de las reclamaciones presentadas por los peticionarios bahá’ís, así como varias cartas intercambiadas entre el Centro Internacional de la Fe, por un lado, y esa maestra bahá’í por antonomasia, Martha Root, por un lado, con la reina María de Rumania, tras la publicación de sus históricas apreciaciones sobre la Fe, y los mensajes de condolencia dirigidos a la reina María de Yugoslavia por parte de la Comunidad mundial bahá’í, con motivo del fallecimiento de su madre, y a la duquesa de Kent tras la trágica muerte de su esposo.

Tampoco deberíamos dejar de mencionar como hecho notable la petición enviada por la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de Irak a la Comisión de Mandatos de la Sociedad de Naciones, tras la toma de la casa de Bahá’u’lláh en Bagdad, o de los mensajes escritos enviados al rey Ghází I de Irak, por esa misma Asamblea tras la muerte de su padre y con ocasión de sus nupcias, o de sus condolencias transmitidas por escrito al actual Regente de Irak ante la muerte repentina de dicho Rey, o de los comunicados de la Asamblea Espiritual de los bahá’ís de Egipto remitidos al Primer Ministro egipcio, al Ministro del Interior y al Ministro de Justicia, tras el fallo de un tribunal eclesiástico musulmán de Egipto, o de las cartas dirigidas por la Asamblea Espiritual Nacional de los bahá’ís de Persia al Sháh y al Gabinete persa con relación al cierre de las escuelas bahá’ís, y la prohibición impuesta a las obras bahá’ís en dicho país.

Además, debería hacerse mención de los mensajes escritos enviados por la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de Persia al Rey de Rumania y a la familia real con ocasión de la muerte de su madre, la reina María, así como al Embajador turco en Teherán, en el que se incluía la aportación de los creyentes persas en favor de las víctimas del terremoto de Turquía; de las cartas de Martha Root enviadas al difunto presidente Von Hindenburg y al doctor Streseman, Ministro alemán de Asuntos Extranjeros con la que se acompañaba la entrega de obras bahá’ís; de las siete peticiones sucesivas de Keith Ransom Kehler dirigidas al Sháh de Persia, y de sus numerosos comunicados enviados a varios ministros y altos dignatarios del rei-no, durante su memorable visita a dicho país.

Junto con estos primeros barruntos del Orden Administrativo bahá’í, y coincidiendo con el surgimiento de las comunidades nacionales bahá’ís y con la institución de sus agencias administrativas educativas y de enseñanza, empezaban a desplegarse irresistible-mente los potentes procesos puestos en marcha en Tierra Santa, corazón y nervio central de ese Orden Administrativo, durante las ocasiones memorables en que Bahá’u’lláh reveló la Tabla del Carmelo y visitó el emplazamiento futuro del sepulcro del Báb. El proceso ha recibido un ímpetu tremendo gracias a la compra de ese emplazamiento, poco después de la ascensión de Bahá’u’lláh, merced al traslado posterior de los restos del Báb desde Teherán a ‘Akká, merced a la construcción de ese sepulcro durante los años más agobiantes del encarcelamiento de ‘Abdu’l-Bahá y, por último, mediante el enterramiento definitivo de dichos restos en el corazón del Monte Carmelo, merced al establecimiento de una casa de peregrinos en las inmediaciones de dicho sepulcro y a la selección del futuro emplazamiento de la primera institución educativa bahá’í erigida sobre dicha montaña.

Beneficiarias de la libertad concedida al centro mundial de la Fe de Bahá’u’lláh, desde la derrota ignominiosa del decrépito Imperio Otomano durante la guerra de 1914-1918, las fuerzas liberadas con la ejecución inicial del Plan maravilloso concebido por Él, podían ahora fluir sin cortapisas, bajo la influencia benéfica de un régimen amistoso, a través de canales destinados a exponer al mundo en general las potencialidades de que dicho Plan había sido dotado. El entierro de ‘Abdu’l-Bahá mismo en una de las bóvedas del Mausoleo del Báb, hecho que realzaba todavía más la sacralidad de la montaña; la instalación de una planta eléctrica, la primera en su género en ser establecida en la ciudad de Haifa, la cual iba a anegar de luz la Sepultura de Alguien a Quien, en Sus propias palabras, se Le había denegado incluso «una lámpara encendida» en la Fortaleza prisión de Ádhirbáyján; la construcción de tres cámaras más, contiguas al Sepulcro, con la que se completaba el plan de ‘Abdu’l-Bahá de lo que sería la primera unidad de dicho edificio; la vasta extensión, a pesar de las maquinaciones de los violadores de la Alianza, de las propiedades que rodean a este lugar de entierro, y que recorren desde la cresta del Carmelo hasta la colonia templaria que se asienta a sus pies, y cuyo valor se calcula que asciende a no menos de cuatrocientas mil libras, sumada a la adquisición de cuatro solares de tierra dedicados a los santuarios bahá’ís, situados en la llanura de Akká al norte, en el distrito de Beersheba al sur, y en el valle del Jordán al este, que ascienden aproximadamente a seiscientos acres; la apertura de una serie de terrazas que, tal como los concibiera ‘Abdu’l-Bahá, han de proporcionar acceso directo a la Tumba del Báb desde la ciudad que se extiende bajo su sombra; el embellecimiento de esos recintos mediante el trazado de parques y jardines, abiertos diariamente al público, y que han de atraer a sus puertas a turistas y residentes por igual; cabe considerar que éstos son los inicios de la maravillosa expansión de las instituciones internacionales y dotaciones de la Fe en lo que es su centro mundial. Particular significado reviste, además, la exención concedida por el Alto Comisario para Palestina a toda la extensión de tierras que rodea y está consagrada al Santuario del Báb, a la propiedad de la escuela y a los archivos situados en sus inmediaciones, a la casa occidental de peregrinos, situada en sus proximidades, y a lugares históricos tales como la mansión de Bahjí, la Casa de Bahá’u’lláh en ‘Akká y el jardín de Ri ván, situado al este de dicha ciudad; el esta

d. blecimiento, como resultado de dos peticiones formales sometidas a las autoridades civiles, de las filiales palestinas de las Asambleas Espirituales Nacionales de Norteamérica y la India, como sociedades religiosas reconocidas en Palestina (a lo que seguirá, a efectos de una mayor consolidación interna, la legalización similar de las filiales de otras Asambleas Espirituales Nacionales de todo el mundo bahá’í); y el traspaso a la Filial de la Asamblea Espiritual Nacional Norteamericana, mediante una serie de no menos de treinta transacciones, de las propiedades consagradas a la Tumba del Báb, y que en su conjunto representan cincuenta mil metros cuadrados, la mayoría de cuyos títulos de propiedad portan la firma del hijo del archiviolador del Convenio de Bahá’u’lláh, en sus funciones de Registrador de la propiedad en Haifa. Igualmente significativa ha sido la fundación en el Monte Carmelo de dos archivos internacionales, uno contiguo al santuario del Báb, y el otro situado muy próximo a la tumba de la Hoja Más Sagrada, donde, por primera vez en la historia bahá’í, se han reunido, y ahora se exhiben ante los peregrinos, tesoros inapreciables que hasta la fecha se hallaban esparcidos y a veces ocultos para su salvaguardia. Dichos tesoros incluyen retratos tanto del Báb como de Bahá’u’lláh; reliquias personales tales como el cabello, el polvo y el atuendo del Báb; los bucles y la sangre de Bahá’u’lláh y artículos tales como Su estuche, Sus ropas, sus tájes (sombreros) de brocado, el ka shkúl de sus días de Sulaymáníyyih, Su reloj y un ejemplar del Corán; manuscritos y Tablas de valor incalculable, algunos de ellos

ilustrados, tales como una parte de las Palabras Ocultas escritas de puño y letra de Bahá’u’lláh, el Bayán persa, en la caligrafía de Siyyid

H. usayn, el amanuense del Báb, las Tablas originales redactadas

personalmente por el Báb y dirigidas a las Letras del Viviente, y el manuscrito de Contestación a unas preguntas. Esta colección preciosa incluye, por otra parte, objetos y efectos personales relacionados con ‘Abdu’l-Bahá; la túnica ensangrentada de la Rama Más Pura, el anillo de Quddús, la espada de Mullá H. usayn, los anillos del Vazír, el padre de Bahá’u’lláh, el broche que Martha Root entregara a la Reina de Rumania, los originales de las cartas de esa misma Reina dirigidas a ella y otros destinatarios, y los homenajes rendidos por la Soberana a la Fe, así como no menos de veinte volúmenes de oraciones y Tablas reveladas por los Fundadores de la Fe, autenticadas y transcritas por Asambleas bahá’ís de todo el Oriente, y que completan la inmensa colección de sus escritos publicados.

Además, como nuevo testimonio del despliegue majestuoso y de la consolidación progresiva de la maravillosa empresa acometida por Bahá’u’lláh en esa Santa montaña, cabe mencionar la selección de una parte de la propiedad de la escuela situada en los recintos del Santuario del Báb, como lugar permanente de entierro de la Hoja Más Sagrada, la «bienamada» hermana de ‘Abdu’l-Bahá, la «hoja que ha brotado» de la «Raíz Preexistente», la «fragancia» del «vestido resplandeciente» de Bahá’u’lláh, elevada por Él a una «condición tal como ninguna otra mujer ha sobrepasado», y comparable en rango a heroínas inmortales tales como Sara, Ásíyih, la Virgen María, Fátima y T.áhirih, cada una de las cuales superó en brillo a cada miembro de su sexo de las Dispensaciones previas. Y finalmente, debe hacerse mención, como una muestra más de las bendiciones que fluyen del Plan divino, del traslado, pocos años después, a ese mismo lugar sagrado, tras estar separados por la muerte durante medio siglo, y a pesar de las protestas elevadas por el hermano y lugarteniente del archiviolador de la Alianza de Bahá’u’lláh, de los restos de la Rama Más Pura, el hijo martirizado de Bahá’u’lláh, «creado de la luz de Bahá», el «Fideicomiso de Dios» y Su «Tesoro» en la Tierra Santa, y ofrecido por su Padre en «rescate» para la regeneración del mundo y la unificación de sus pueblos. A este mismo lugar de entierro, y el mismo día en que los restos de la Rama Más Pura recibían sepultura, fue trasladado el cuerpo de su madre, la Santa Navváb, la misma de cuyas inmensas aflicciones, tal como atestigua ‘Abdu’l-Bahá en una Tabla, da testimonio la totalidad del capítulo 54 del libro de Isaías, cuyo «Esposo», en palabras de ese Profeta, es «el Señor de las Huestes», cuya «simiente heredarán los gentiles», quien Bahá’u’lláh en Su Tabla ha dispuesto que sea «Su consorte en cada uno de Sus mundos».

La conjunción de estos tres lugares de entierro, a la sombra de la propia Tumba del Báb, engastados en el corazón del Carmelo, frente a la ciudad de nívea blancura que se extiende al otro lado de la bahía de ‘Akká, la alquibla del mundo bahá’í, asentados en un jardín de belleza exquisita, refuerza –si es que hemos de aquilatar correctamente su significado– las potencias espirituales de un lugar, destinado por el propio Bahá’u’lláh a ser la sede del trono de Dios. Señala, asimismo, un nuevo hito en el camino que conducirá al fin al establecimiento de ese Centro Administrativo mundial permanente de la Mancomunidad bahá’í del futuro, destinado a no ser separado nunca, y a funcionar en las proximidades del Centro Espiritual de esa Fe, en una tierra ya reverenciada y considerada sagrada igualmente por los seguidores de tres de los sistemas religiosos del mundo más destacados.

Apenas menos significativa ha sido la erección de la superestructura y acabado de la ornamentación exterior del primer Mashriqu’l-Adhkár de Occidente, la hazaña más noble de cuantas hayan inmortalizado los servicios de la comunidad bahá’í americana a la Causa de Bahá’u’lláh. Consumada gracias a un Orden Administrativo recién establecido y que funciona eficientemente, dicha empresa ha realzado en grandísima medida y por sí misma el prestigio, y ha consolidado la fuerza y extendido las instituciones subsidiarias de la comunidad que hizo posible su edificación.

Concebida hace cuarenta y un años, su origen se remonta a la petición espontánea que en marzo de 1903 dirigiera a ‘Abdu’l-Bahá la Casa de Espiritualidad de los bahá’ís de Chicago –el primer centro bahá’í establecido en el mundo occidental– cuyos miembros, inspirados por el ejemplo dado por los constructores del Mashriqu’l-Adhkár de ‘I shqábád, habían solicitado permiso para construir un Templo similar en América; bendecida con Su aprobación y recomendaciones en una Tabla revelada por Él y fechada en junio de ese mismo año; inaugurada por los delegados de varias Asambleas americanas, reunidos en Chicago en noviembre de 1907, con el fin de escoger el emplazamiento del Templo; establecida sobre una base nacional mediante una corporación religiosa conocida como «Bahá’í Temple Unity», que fue legalizada poco después de la primera Convención bahá’í americana, celebrada en esa misma ciudad en marzo de 1909; honrada mediante la ceremonia de dedicación presidida por el propio ‘Abdu’l-Bahá con motivo de la visita que cursó a ese lugar en mayo de 1912, dicha empresa –logro cimero del Orden Administrativo de la Fe de Bahá’u’lláh en el primer siglo bahá’í–, progresó desde esa memorable ocasión de forma intermitente hasta la fecha actual, en que, habiéndose afianzado los cimientos de ese Orden en el continente norteamericano, la comunidad americana bahá’í está en condiciones de utilizar los instrumentos que ella había forjado para la persecución eficiente de su tarea.

En 1914, la Convención bahá’í americana ultimó la compra de las propiedades del Templo. La Convención de 1920, celebrada en Nueva York, tras haber recibido instrucciones previas de ‘Abdu’l-Bahá de que seleccionara el diseño del Templo, escogió de entre los diseños sometidos a concurso, el del arquitecto francocanadiense Louis J. Bourgeois, selección que más tarde fue confirmada por el propio ‘Abdu’l-Bahá. Los contratos para la instalación de los nueve grandes pilones que sostienen la porción central del edificio, que alcanza al lecho rocoso hasta una profundidad de ciento veinte pies bajo tierra, y para la construcción de la estructura del basamento, fueron concedidos respectivamente en diciembre de 1920 y agosto de 1921. En agosto de 1930, a pesar de la crisis económica prevaleciente, y durante un periodo de desempleo sin parangón en la historia norteamericana, se firmó otro contrato, junto con 24 subcontratas más, para la erección de la superestructura, cuyas obras culminaron el 1 de mayo de 1931, día en que la nueva estructura acogía el primer oficio de culto, coincidiendo con el decimonoveno aniversario de la dedicación del lugar por ‘Abdu’l-Bahá. La ornamentación de la cúpula comenzó en junio de 1932 y concluyó en enero de 1934. La ornamentación del triforio se completó en julio de 1935, y la de la galería situada por encima, en noviembre de 1938. Las labores correspondientes al nivel principal de la ornamentación, a pesar del estallido de la guerra actual, fueron emprendidas en abril de 1940, y terminadas en julio de 1942; mientras que la decimoctava grada circular era colocada en su sitio en diciembre de 1942, diecisiete meses antes de la celebración del centenario de la Fe, fecha en que estaba previsto que se ultimara el exterior del Templo, pasados cuarenta años desde que los creyentes de Chicago elevaran la petición a la que ‘Abdu’l-Bahá dio Su consentimiento.

Este edificio único, el primer fruto de un Orden Administrativo en lenta maduración, la estructura más noble levantada en el primer siglo bahá’í, símbolo precursor de la civilización mundial del futuro, se sitúa en la entraña del continente norteamericano, en la costa oeste del lago Michigan, rodeado por sus propios terrenos, los cuales comprenden no menos de siete acres. Ha sido sufragado con un coste superior al millón de dólares, por la comunidad bahá’í americana, auxiliada a veces mediante aportaciones voluntarias de creyentes reconocidos de Oriente y Occidente de origen cristiano, musulmán, judío, zoroástrico, hindú y budista. En su fase inicial ha estado asociado con ‘Abdu’l-Bahá y, en las etapas finales de su construcción, con la memoria de la Santa y Más Grande Hoja, la Rama Más Pura y su madre. La propia estructura está formada por un edificio nonagonal, de blanca pureza, cuyo diseño original y único se alza por encima de una escalinata de blancas gradas que ciñe su base; y, por encima de éste, se yergue una cúpula majestuosa y de bellas proporciones que soporta nueve nervaduras colocadas simétricamente a modo de cuadernas, con un valor tanto decorativo como estructural,

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las cuales se remontan hasta el ápice y se fusionan en un único pun-to que mira al cielo. Su armazón ha sido construida en acero estructural rodeado de cemento, siendo el material de la ornamentación una combinación de cuarzo cristalino, cuarzo opaco y cemento blanco pórtland, que da lugar a un compuesto de textura clara, resistente y duradero como la piedra, inatacable por los elementos, y moldeado de acuerdo con un diseño tan delicado como si fuera de encaje. Se alza a unos 191 pies por encima de la base hasta la culminación de las nervaduras, e incluye una cúpula semiesférica de 49 pies de altura, con un diámetro externo de 90 pies, un tercio de cuya superficie presenta perforaciones por las que corre la luz del día y de donde se irradia luz durante la noche. Cuenta como contrafuertes con unos pilones de 45 pies de altura, y luce encima de cada una de las nueve entradas, una de las cuales mira hacia ‘Akká, nueve citas seleccionadas de entre los escritos de Bahá’u’lláh, así como el Más Grande Nombre en el centro del arco de cada puerta. Está consagrado exclusivamente al culto, desprovisto de toda ceremonia y ritual, cuenta con un auditorio con capacidad de asiento para 1.600 personas, y lo complementan las instituciones auxiliares de servicio social que han de establecerse en las proximidades, tales como un orfanato, hospital, dispensario para pobres, residencia de discapacitados, hostal para viajeros y un colegio para el estudio de las artes y las ciencias. Ya antes de comenzar la construcción suscitó, como ahora lo hace de forma creciente (pese a que la ornamentación interior no está ultimada) tal interés y comentarios por parte de la prensa pública, en los diarios y revistas técnicos de Estados Unidos y otros países, como para justificar las esperanzas y expectativas que albergó ‘Abdu’l-Bahá. Un modelo de este edificio se exhibió en los centros de artes, ferias del estado y exposiciones nacionales, entre las cuales cabe mencionar la Exposición del Siglo del Progreso, celebrada en Chicago en 1933, donde no menos de diez mil personas, que recorrían la Sala de las Religiones, deben de haberlo visto cada día (su réplica forma parte de la exposición permanente del Museo de Ciencias e Industria de Chicago); sus puertas ahora visitadas por gran número de personas que acuden de lejos y de cerca, y cuyo número, durante el periodo de junio de 1932 a octubre de 1941 ha superado las 130.000, que representan prácticamente todos los países del mundo, este gran «Maestro Silencioso» de la Fe de Bahá’u’lláh, puede afirmarse en confianza, ha contribuido a la difusión del conocimiento de Su Fe y enseñanzas en una medida como ninguna otra sola agencia, que opere dentro del marco de su Orden Administrativo, haya rozado siquiera remotamente.

«Cuando se echen los cimientos del Mashriqu’l-Adhkár en América», había previsto el propio ‘Abdu’l-Bahá, «y ese Edificio divino quede acabado, una conmoción maravillosa y aturdidora aparecerá en el mundo de la existencia [...] Desde ese punto de luz el espíritu de la enseñanza, mediante la difusión de la Causa de Dios y la promoción de las enseñanzas de Dios, inundará todos los lugares del mundo». «De la entraña de este Mashriqu’l-Adhkár», ha afirmado Él en las Tablas del Plan Divino, «sin duda nacerán miles de Mashriqu’l-Adhkáres». «Marca», ha escrito además, «el comienzo del Reino de Dios sobre la tierra». Y asimismo: «Es la Bandera manifiesta que ondea en el centro de ese gran continente». «Miles de Ma shriqu’l-Adhkáres», declaró Él al consagrar los terrenos del Templo «[...] serán construidos en Oriente y Occidente, pero éste, por ser el primero en ser erigido en Occidente, posee gran importancia». «La disposición de este Mashriqu’l-Adhkár», declaró por otro lado con referencia a dicho edificio, «proporcionará el modelo de los siglos venideros y poseerá el rango de madre».

«Sus comienzos», ha atestiguado el arquitecto del Templo mismo, «no fueron obra humana, pues, tal como los músicos, artistas, poetas reciben su inspiración de otro reino, así el arquitecto del Templo, a lo largo de todos estos años de labores, siempre fue consciente de que Bahá’u’lláh era el creador del edificio que habría de erigirse para Su gloria». «En este nuevo diseño», ha escrito igualmente, «[...] se entrelazan, de forma simbólica, las grandes enseñanzas bahá’ís de la unidad: la unidad de todas las religiones y de toda la humanidad. Hay combinaciones de líneas matemáticas, que simbolizan las del universo, y en su intrincado enlazamiento de círculo con círculo y de círculo dentro de círculo visualizamos la fusión de todas las religiones en una sola». Y nuevamente: «Un círculo de peldaños, dieciocho en total, circundará la estructura por fuera, y conducirá al piso del auditorio. Estos dieciocho peldaños representan los primeros dieciocho discípulos del Báb y la puerta hacia la cual conducen representa al Báb mismo». «Como la esencia de las enseñanzas originales de las religiones históricas es la misma [...] se ha empleado en la arquitectura del Templo bahá’í una arquitectura compuesta que expresa la esencia de cada uno de los grandes estilos arquitectónicos, armonizándolos en un solo conjunto».

«Es la primera idea novedosa en arquitectura desde el siglo XIII», declaró un distinguido arquitecto, H. Van Buren Magonigle, presidente de la Liga Arquitectónica, tras contemplar el modelo de escayola del Templo expuesto en la exhibición celebrada en el Edificio de las Sociedades de Ingeniería de Nueva York, en junio de 1920. «El arquitecto», declaró además, «ha concebido un templo de luz en el que la estructura, tal como se entiende usualmente, queda oculta, reduciéndose al máximo la apoyatura visible, de forma que la fábrica entera adopta una sustancia etérea, como de ensueño. Es una envoltura de encajes que atesora una idea: la idea de la luz, el refugio de una tela de araña que se interpone entre la tierra y el cielo, atravesado por completo por una luz que, en parte, consume las formas y convierte al propio objeto en puro hechizo».

«Por las formas geométricas de la ornamentación», ha escrito un autor en la bien conocida publicación Architectural Record, «que recubre las columnas, ventanas y puertas que ciñen el Templo, pueden colegirse todos los símbolos religiosos del mundo. Por un lado, la esvástica, el círculo, la cruz, el triángulo, el doble triángulo o la estrella de seis puntas (el sello de Salomón) y, mucho más que esto, el noble símbolo del orbe espiritual: la estrella de cinco puntas; la cruz griega, la cruz romana y, por encima de todo, la maravillosa estrella de nueve puntas, plasmada en la estructura del propio templo, y que reaparece de continuo en su ornato, significando con ello la gloria espiritual que está presente en el mundo actual».

«La mayor creación desde el periodo gótico», reza el testimonio de George Grey Bernard, uno de los escultores más ampliamente conocidos de Estados Unidos, «y la más bella que jamás haya visto».

«Ésta es una nueva creación», declaró el profesor Luigi Quaglino, antiguo catedrático de Arquitectura de Turín, tras observar el mode-lo, «que ha de revolucionar la arquitectura mundial, y es la más bella que haya contemplado. Sin duda, dejará una página duradera en la historia. Es una revelación de otro mundo».

«Los americanos», escribió Sherwin Cody, en una sección de la revista del New York Times, a propósito de la maqueta del Templo, cuando ésta se exhibió en la Galería Kevorkian de Nueva York, «deberán recapacitar lo bastante antes de comprobar que el artista ha insertado en este edificio la concepción de una Sociedad Religiosa de Naciones». Y por último, el homenaje que le tributa a sus características y a los ideales que encarna este Templo –la casa más sagrada de Adoración del mundo bahá’í, ya del presente o del futuro– el doctor Rexford Newcomb, Decano del la Facultad de Bellas Artes y Artes Aplicadas de la Universidad de Illinois. «Este “Templo de Luz” abre a los dominios de la experiencia humana nueve grandes accesos que guían con su luz a los hombres y mujeres de todas las razas y regiones, de todos los credos y convicciones, de toda condición de libertad o servidumbre, a ingresar aquí para reconocer ese carácter regio y la hermandad sin la cual el mundo moderno no podrá conseguir sino escaso progreso [...] Esa cúpula de forma apuntada, que mira sin duda como lo hicieran las esbeltas líneas de las catedrales medievales, hacia cosas más elevadas y mejores, logra no sólo mediante su simbolismo, sino mediante su propiedad estructural y la amabilidad absoluta de sus formas, una belleza inigualada por estructura de cúpula alguna desde que Miguel Ángel erigiera la suya sobre la basílica de San Pedro de Roma.

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CAPÍTULO
XXIII
ATAQUES CONTRA LAS INSTITUCIONES BAHÁ’ÍS
L

AS instituciones que marcan el surgimiento e implantación del Orden Administrativo de la Fe de Bahá’u’lláh no permanecieron (como la historia de su despliegue demuestra en abundancia) inmunes a los asaltos y persecuciones a los que la Fe misma, progenitora de dicho Orden, se había sometido, durante más de setenta años, que todavía sufre. La aparición de una comunidad firmemente entretejida, que presentaba los títulos propios de una región mundial, con ramificaciones extendidas sobre los cinco continentes, en cuyas filas figura una gran variedad de razas, idiomas, clases, tradiciones religiosas; pertrechada de una serie de publicaciones esparcidas en los diversos idiomas por la faz de la tierra, en la que exponen su doctrina; dotada de una clara visión, impertérrita, despierta y decidida a lograr su meta mediante cualquier sacrificio; orgánicamente unida merced a la maquinaria de un Orden Administrativo divinamente designado; no sectaria, apolítica, fiel a sus obligaciones civiles no obstante su carácter supranacional; tenaz en su adhesión a las leyes y disposiciones que rigen su vida de comunidad; el surgimiento de una comunidad semejante, en un mundo sumido en el prejuicio, que venera falsos dioses, desgarrado por divisiones intestinas, y aferrado ciegamente a doctrinas desfasadas y a pautas defectuosas, no podía sino precipitar, tarde o temprano, una crisis no menos grave, aunque no tan espectacular, que las persecuciones que, en una etapa anterior, habían asediado a los Fundadores de la comunidad y a sus primeros discípulos. Asaltada por los enemigos de dentro, que o bien se habían revelado contra su autoridad divina, o bien habían renunciado por completo a su fe, o bien por adversarios externos, bien políticos o eclesiásticos, el Orden infante identificado con esta comunidad ha acusado severamente desde su inicio, y a través de cada etapa de su evolución, la embestida de fuerzas que en vano han procurado estrangular su vida incipiente o enturbiar su propósito.

A estos ataques, cuyos alcances y severidad están destinados a crecer, y a provocar el tumulto que reverberará a través del mundo, ‘Abdu’l-Bahá mismo había aludido significativamente en la época en que en Su Testamento trazaba las líneas maestras de ese Orden divino: «En breve, el clamor de la multitud de toda África y toda América, el grito del europeo y del turco, el lamento de la India y China, se oirá de lejos y de cerca. Todos y cada uno se incorporarán para resistir denodadamente Su Causa. Entonces los caballeros del Señor [...] reforzados por las legiones de la Alianza, se alzarán y manifestarán la verdad del versículo: “¡Contemplad la confusión que ha sobrevenido a las tribus de los derrotados!”».

En más de un país los fiduciarios y representantes elegidos de este Orden indestructible y mundial han sido citados, bien por las autoridades civiles, bien por los tribunales eclesiásticos, a despecho de sus títulos, de forma hostil a sus principios y con temor a su fuerza en alza, a que defiendan su causa, renuncien a su lealtad o limiten la esfera de sus operaciones. Una mano agresiva, desatenta a la ira vengadora de Dios, se ha alzado ya contra sus santuarios y edificios. A sus defensores y campeones se les ha declarado herejes, o se les ha estigmatizado como elementos subversivos de la ley y el orden, o se les ha tachado de visionarios, faltos de patriotismo e indiferentes a sus responsabilidades cívicas, motivo por el que se les ha ordenado

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taxativamente que suspendan sus actividades y disuelvan sus instituciones.

Sobre Tierra Santa, sede mundial de este Sistema, donde palpita su corazón, donde reposa el polvo de sus Fundadores, donde se originan los procesos que dan a conocer sus fines y comunican energía a su vida, recayó, en la hora misma de su nacimiento, el primer golpe que sirvió para proclamar a próceres y humildes por igual la solidez de los cimientos sobre los que ha sido establecida. Los violadores de la Alianza, ahora reducidos a un mero puñado, instigados por Mírzá Mu ammad ‘Alí, caudillo de los rebeldes, cuyas esperan

h. zas durmientes había despertado la ascensión repentina de ‘Abdu’l-Bahá, y encabezados por el arrogante Mírzá Badí‘u’lláh, arrebataron por la fuerza las llaves de la Tumba de Bahá‘u’lláh, expulsaron a su custodio, el valeroso Abu’l-Qásim-i-Khurásání, y exigieron que su jefe fuera reconocido por las autoridades como custodio legal del Santuario. Sin escarmentar por lo estrepitoso de su fracaso, como confirmara la actuación tajante de las autoridades palestinas, las cuales, después de investigaciones prolongadas, cursaron instrucciones al funcionario británico de ‘Akká de entregar las llaves a manos del mismo custodio, recurrieron a otros métodos con la esperanza de abrir una brecha en las filas de los discípulos de ‘Abdu’l-Bahá, quienes en medio de su duelo se mantenían resueltos y, en definitiva, de minar los cimientos de las instituciones que Sus Seguidores se esforzaban por erigir. Haciendo valer las tergiversaciones facinerosas de los ideales que animaban a los constructores del Orden Administrativo bahá’í; sirviéndose de la correspondencia subversiva que mantenían, aunque no con el volumen inicial, con personas cuya lealtad esperaban poder granjearse; aprovechándose de la distorsión deliberada de la verdad en sus contactos con funcionarios y notables a los que tuvieron acceso; prevaliéndose de sobornos e intimidación en un intento por comprar parte de la Mansión de Bahá’u’lláh; esfor

zándose por impedir que la comunidad bahá’í adquiriese ciertas propiedades situadas en los aledaños de la Tumba del Báb, y por frustrar el plan de consolidar los cimientos de algunas de estas propiedades mediante el traslado de sus títulos de propiedad a asambleas bahá’ís legalizadas, continuaron bregando ininterrumpidamente durante varios años hasta que la extinción de la vida del Archiviolador de la Alianza selló virtualmente su perdición.

La evacuación de la Mansión de Bahá’u’lláh por estos violadores de la Alianza, después de la requisa incontestada ocurrida tras Su ascensión, una Mansión que presentaba un estado deplorable debido al grave abandono en que había caído; su completa restauración posterior, la cual venía a cumplir el deseo largamente acariciado por ‘Abdu’l-Bahá; su iluminación mediante una planta eléctrica instalada con dicho fin por un creyente norteamericano; el acondicionamiento de todas sus habitaciones después de haber quedado completamente desprovista por sus antiguos ocupantes de todas las reliquias preciosas que contenía, con la excepción de un solo candil situado en la habitación donde Bahá’u’lláh había ascendido; la inclusión dentro de sus muros de documentos históricos bahá’ís, de reliquias y de más de cinco mil volúmenes de libros bahá’ís en cuarenta idiomas; la ampliación de la exención de impuestos gubernamentales, ya concedidos a otras instituciones bahá’ís y propiedades situadas en ‘Akká y en el Monte Carmelo; y, finalmente, su conversión de residencia privada en centro de peregrinación visitado por bahá’ís y no bahá’ís por igual, todo ello sirvió para truncar las esperanzas de quienes todavía se esforzaban desesperadamente por sofocar la luz de la Alianza de Bahá’u’lláh. Además, el éxito posteriormente logrado con la compra y custodia de la zona que forma los aledaños del santuario del Báb en el Monte Carmelo, y la transferencia de los títulos de algunas de estas propiedades a la Filial Palestina legalmente constituida de la Asamblea Espiritual Nacional de Bahá’ís de Norteamérica, al igual que las circunstancias que rodearon la muerte de quien había sido el principal instigador de la sedición durante el ministerio de ‘Abdu’l-Bahá, demostró a estos enemigos la futilidad de sus esfuerzos y lo desesperado de su causa.

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Más grave por su índole y de mayor repercusión fue la confiscación ilegal emprendida por los shí’íes de Irak, casi durante las mismas fechas en que las llaves de la Tumba de Bahá’u’lláh le eran arrebatadas al custodio por los violadores de la Alianza, de otro Santuario bahá’í: la Casa ocupada por Bahá’u’lláh durante prácticamente todo el periodo de Su exilio en Irak, casa que El adquirió y que más tarde dispuso que se convirtiera en centro de peregrinación, la cual había continuado ininterrumpidamente y sin disputa posible en manos de Sus seguidores desde Su partida de Bagdad. Esta crisis, originada cerca de un año antes de la ascensión de ‘Abdu’l-Bahá, y precipitada por las medidas que, después del cambio de régimen ocurrido en Irak, habían sido adoptadas, de acuerdo con Sus instrucciones, para la reconstrucción de la Casa, fue ganando una medida cada vez más amplia de publicidad. El asunto se convirtió en el objeto de deliberación de varios tribunales sucesivos; primero en el tribunal local shí’í Ja‘faríyyih, luego en el tribunal de Paz y, más adelante, en el tribunal de Primera Instancia, al que siguió el tribunal de Apelación de Irak, y por último la Sociedad de Naciones, el cuerpo internacional más importante que haya sido concebido hasta la fecha, con atribuciones para ejercer la supervisión y control sobre todos los territorios comandados. Aunque la cuestión no se haya resuelto debido a una combinación de causas, tanto políticas como religiosas, de hecho ha cumplido de forma notable las propias predicciones de Bahá’u’lláh, y cumplirá, cuando le llegue la hora designada, con-forme se arbitren providencialmente los medios para su solución, el gran destino que para ésta dispuso Él en Sus Tablas. Mucho antes de ser tomada por los enemigos fanáticos, quienes carecían de cualquier derecho concebible sobre ella, había profetizado: «Será rebajada en los días venideros al punto de que correrán las lágrimas de todo ojo discernidor».

La Asamblea Espiritual de los Bahá’ís de Bagdad, privada del uso de esa propiedad a raíz de la decisión adversa adoptada por la mayoría del Tribunal de Apelaciones, el cual había revocado el veredicto del tribunal inferior y concedido la propiedad a los shí’íes, y provocada por la acción posterior que emprendieran los shí’íes, poco después de la ejecución del fallo de dicho tribunal, al convertir el edificio en propiedad vaqf (fundación piadosa), que, con el fin de consolidar sus ganancias, designaron « H. usayníyyih», comprendió la futilidad de aquellos tres años de negociaciones ante las autoridades civiles de Bagdad encaminadas a enderezar el agravio que les fuera infligido. En su condición de representantes nacionales de los bahá’ís de Irak, por lo tanto, el 11 de septiembre de 1928 se dirigieron, a través del Alto Comisionado para Irak y de conformidad con lo dispuesto en el artículo 22 del Convenio de la Sociedad de Naciones, a la Comisión Permanente de Mandatos de la Sociedad, encargada de supervisar la administración de todos los Territorios Mandatados, y elevó una petición que fue aceptada y aprobada por dicho cuerpo en noviembre de 1928. El memorándum remitido por el Poder Mandatario a esta misma Comisión, con relación a dicha petición, afirmaba inequívocamente que los shí’íes carecían de «ningún derecho concebible» que la decisión del juez del tribunal Ja‘faríyyih era «evidentemente equivocada», «injusta» y «motivada indudablemente por el prejuicio religioso», que el desalojo posterior de los bahá’ís era «ilegal», que la actuación de las autoridades había sido «sumamente irregular», y que el veredicto del Tribunal de Apelaciones se mostraba sospechoso de no ser «ajeno a consideraciones políticas».

«La Comisión», afirma el Informe sometido por ella al Consejo de la Sociedad, y publicado en las actas de la decimocuarta sesión de la Comisión Permanente de Mandatos, celebrada en Ginebra en otoño de 1928, posteriormente traducida al árabe y publicada en Irak, «llama la atención del Consejo a las consideraciones y conclusiones que se le sugieren tras el examen de la petición [...], recomienda que el Consejo solicite que el Gobierno británico realice representaciones ante el Gobierno de Irak con vistas a la inmediata corrección del desamparo legal sufrido por los peticionarios».

El representante británico acreditado y presente en la sesiones de la Comisión, declaró, asimismo, que el «Poder Mandatario había reconocido que los bahá’ís habían sufrido injusticia»; por otro lado se hizo alusión, en el curso de la sesión, al hecho de que la actuación de los shí’íes constituía una violación de la constitución y del Derecho Orgánico de Irak. Además, en su informe dirigido al Consejo, el representante finés declaraba que esta «injusticia debe atribuirse tan sólo a la pasión religiosa», y solicitaba que «se corrigiesen los agravios del peticionario».

Por su parte, el 4 de marzo de 1929 el Consejo de la Sociedad, tras considerar este informe así como las observaciones y conclusiones conjuntas de la Comisión, adoptó por unanimidad una resolución que con posterioridad fue traducida y publicada en los periódicos de Bagdad, por la que se instaba al Poder Mandatario a «realizar representaciones ante el Gobierno de Irak con vistas a la corrección inmediata de la injusticia sufrida por los peticionarios». En consecuencia, daba instrucciones al Secretario General de poner en conocimiento del Poder Mandatario, así como de los peticionarios afectados, las conclusiones adoptadas por la Comisión, instrucciones que fueron debidamente transmitidas al Gobierno de Irak por el Gobierno británico a través de su Alto Comisario. La carta de fecha 12 de enero de 1931, escrita de parte del Ministro de Asuntos Exteriores británico, Arthur Henderson, dirigida al Secretario de la Sociedad, afirmaba que las conclusiones alcanzadas por el Consejo habían «recibido la consideración más cuidadosa por parte del Gobierno de Irak», el cual «finalmente había decidido establecer un comité especial [...] para considerar los puntos de vista expresados por la comunidad bahá’í con respecto a determinadas casas de Bagdad, y formular las recomendaciones para una resolución equitativa de la cuestión». Esta carta, además, señalaba que el comité había sometido su informe en agosto de 1930, que había sido aceptado por el Gobierno, que la comunidad bahá’í habría «aceptado en principio» las recomendaciones y que las autoridades de Bagdad habían dado instrucciones de que «se preparasen planes y cálculos detallados con vistas a llevar a cabo estas recomendaciones durante el siguiente año fiscal».

Huelga extenderse sobre la saga de este asunto trascendental, sobre las prolongadísimas negociaciones, amén de los retrasos y complicaciones que siguieron; sobre las consultas, «superiores al centenar» celebradas entre el Rey, sus ministros y consejeros; sobre las expresiones de «lamento», «sorpresa» y «ansiedad» consignadas en las sesiones sucesivas de la Comisión de Mandatos celebradas en Ginebra entre 1929 y 1933; sobre la condena que emitieron sus miembros contra el «espíritu de intolerancia» que animaba a la comunidad shí’í, de la «parcialidad» de los tribunales iraquíes, de la «debilidad» de las autoridades civiles y de la «pasión religiosa que subyacía a esta injusticia»; sobre su testimonio en lo relativo a la «disposición extremadamente conciliatoria» de los peticionarios, sobre su «duda» con relación a lo adecuado de las propuestas y su reconocimiento sobre la «gravedad» de la situación que se había creado, la «denegación flagrante de justicia» que los bahá’ís habían sufrido, y de la «deuda moral» que el Gobierno iraquí había contraído, una deuda que, cualesquiera que fueran los cambios ocurridos en su estatuto como nación, quedaba obligada a cumplir.

Tampoco parece necesario explayarse sobre las consecuencias desgraciadas de la muerte inoportuna tanto del Alto Comisionado británico como del Primer Ministro iraquí; sobre la admisión de Irak como miembro de la Sociedad de Naciones, y de la expiración consiguiente del mandato que obligaba a Gran Bretaña; de la muerte trágica e inesperada del propio Rey; de las dificultades surgidas debido a la existencia de un plan urbanístico; sobre las garantías escritas que fueron trasladadas al Alto Comisionado por el Primer Ministro en funciones en su carta de enero de 1932; sobre el compromiso adoptado por el Rey, antes de morir, en presencia del Ministro de Asuntos Exteriores, en febrero de 1933, en el sentido de que la Casa sería expropiada y que a ese fin se allegarían los fondos necesarios en la primavera del año siguiente; sobre la declaración categórica realizada por ese mismo ministro en el sentido de que el Primer Ministro había dado las garantías necesarias de que se cumpliría la promesa formulada por el Primer Ministro en funciones; sobre las declaraciones afirmativas vertidas por ese mismo Ministro de Asuntos Exteriores y su colega, el Ministro del Tesoro, en su calidad de representantes de su país durante las sesiones de la Asamblea de la Sociedad de Naciones celebrada en Ginebra, de que la promesa dada por el fallecido Rey sería plenamente respetada.

Baste decir que, a pesar de estos interminables retrasos, protestas y evasivas, y el fracaso manifiesto de las autoridades implicadas en ejecutar las recomendaciones realizadas tanto por el Consejo de la Sociedad de Naciones como por la Comisión Permanente de Mandatos, la publicidad lograda por la Fe gracias a este memorable litigio, y la defensa de su causa –la causa de la verdad y justicia– por parte del tribunal más elevado del mundo, ha sido tal como para provocar el asombro de sus amigos y de llenar de consternación a sus enemigos. Pocos episodios, caso de haberlos, desde el nacimiento de la Edad Formativa de la Fe de Bahá’u’lláh, han dado pie a que se acusen las repercusiones en las altas esferas, comparables a los efectos producidos sobre los gobiernos y cancillerías por este asalto violento y no provocado dirigido por sus enemigos inveterados contra uno de sus santuarios más sagrados.

«No os aflijáis, oh Casa de Dios», ha escrito significativamente Bahá’u’lláh, «si el velo de tu santidad fuera rasgado por los infieles. En el mundo de la creación Dios te ha adornado con la joya de Su recuerdo. Tal ornamento ningún hombre puede, en ningún momento, profanar. Hacia ti permanecerán dirigidos los ojos de tu Señor bajo toda condición». «En la plenitud del tiempo», ha profetizado Él en otro pasaje con relación a esa misma Casa, «el Señor, por el poder de la verdad, la exaltará a los ojos de todos los hombres. Él hará que se convierta en la Enseña de Su Reino, el Santuario alrededor del cual circulará el concurso de los fieles».

En su atrevido asalto realizado por los violadores de la Alianza de Bahá’u’lláh en sus esfuerzos concertados por apoderarse de la custodia de Su Santa Tumba, por capturar arbitrariamente Su santa Casa de Bagdad en el caso de la comunidad shí’í de Irak, iba a asomarse, pocos años después, otra penosa embestida protagonizada por un adversario todavía más poderoso, dirigida contra el tejido mismo del Orden Administrativo tal como lo establecieran dos comunidades bahá’ís florecientes de Occidente, y que culminaría en la quiebra virtual de dichas comunidades y en la confiscación del primer Mashriqu’l-Adhkár del mundo bahá’í y de las pocas instituciones accesorias que habían surgido a su alrededor.

El valor, el fervor y la vitalidad espiritual evidenciadas por estas comunidades; el estado altamente organizado de sus instituciones administrativas; las facilidades proporcionadas para la educación religiosa y la capacitación de sus jóvenes; la conversión de un número considerable de ciudadanos rusos, imbuidos de ideas estrechamente relacionadas con los principios de la Fe; la comprensión creciente de las implicaciones de sus principios, con su énfasis en la religión, la santidad de la vida familiar, en la institución de la propiedad privada, y su repudio de toda discriminación entre clases y de la doctrina de la igualdad absoluta de los hombres; todo ello se había aliado para provocar la sospecha y más adelante despertar el antagonismo desaforado de las autoridades gobernantes, hasta precipitar una de las crisis más graves de la historia del primer siglo bahá’í.

A medida que la crisis avanzaba extendiéndose a los centros periféricos tanto del Turquestán como del Cáucaso, ésta acabó por desembocar en la imposición gradual de restricciones a la libertad de dichas comunidades, en el interrogatorio y arresto de sus representantes electos, en la disolución de las asambleas locales y de sus comités respectivos de Moscú, ‘I shqábád, Bakú y de otras localidades de las provincias arriba mencionadas, y en la suspensión de todas las actividades juveniles bahá’ís. Incluso condujo al cierre de las escuelas bahá’ís, jardines de infancia, bibliotecas y salas públicas de lectura, a la interceptación de toda comunicación con los centros bahá’ís extranjeros, a la confiscación de las imprentas bahá’ís, libros y documentos, a la prohibición de todas las actividades de enseñanza, a la abrogación de la Constitución bahá’í, a la abolición de todos los fondos nacionales y locales y a la prohibición que se hizo pesar contra la participación de no creyentes en las reuniones bahá’ís.

A mediados de 1928 la Ley de expropiación de edificios religiosos fue aplicada al Mashriqu’l-Adhkár de ‘Ishqábád. A pesar de ello el uso del edificio como casa de adoración pudo prolongarse durante cinco años, y la prórroga fue renovada por las autoridades locales en 1933 para un lustro más. En 1938, la situación tanto del Turquestán como del Cáucaso se deterioró rápidamente, hasta culminar en el encarcelamiento de más de quinientos creyentes –muchos de los cuales murieron– así como de cierto número de mujeres, y en la confiscación de sus propiedades, seguida por el exilio a Siberia de varios miembros prominentes de dichas comunidades, a los bosques polares y a otros lugares vecinos al océano Ártico, y por la deportación subsiguiente de la mayor parte de los restos de dichas comunidades a Persia, en razón de su nacionalidad y, por último, la expropiación completa del propio Templo y su transformación en galería de arte.

En Alemania, asimismo, el surgimiento y establecimiento del Orden Administrativo de la Fe, a cuya expansión y consolidación habían contribuido los creyentes alemanes de forma apreciable y creciente, pronto fueron seguidos por medidas represivas, las cuales, si bien menos penosas que las aflicciones sufridas por los bahá’ís del Turquestán y del Cáucaso, equivalían al cese virtual, en los años inmediatamente anteriores al conflicto actual, de toda actividad bahá’í organizada a lo largo y ancho del país. Las labores de enseñanza pública de la Fe, con su énfasis sobre la paz y la universalidad, y su repudio del racismo, quedaron oficialmente prohibidas; las asambleas bahá’ís y sus comités fueron disueltos; se prohibió la celebración de convenciones bahá’ís; se requisaron los Archivos de la Asamblea Espiritual Nacional; se suprimieron las escuelas de verano y se suspendió la publicación de cualquier obra bahá’í.

Además, en Persia, aparte de los brotes esporádicos de persecución ocurridos en lugares como Shiraz, Ábádih, Ardibíl, I fahán, y

s. en ciertos distritos de Á dhirbáyján y Khurásán –brotes en gran me

dida reducidos en cuanto a su número y violencia, debido al marcado declive sufrido en su suerte por los otrora poderosos eclesiásticos shí’íes– las instituciones de un Orden Administrativo recién establecido y todavía no consolidado, fueron sometidas por las autoridades civiles, tanto de la capital como de las provincias, a las restricciones destinadas a atajar su radio de acción, trabar su libertad y socavar sus cimientos.

El surgimiento gradual y completamente inesperado de la oscuridad de una comunidad nacional firmemente trabada, aleccionada por la adversidad e inquebrantable en su moral, dotada de centros establecidos en cada provincia del país, a pesar de las oleadas sucesivas de persecuciones inhumanas que, durante tres tercios de un siglo, la habían asolado y casi anegado; la determinación de sus miembros por difundir el espíritu y principios de su Fe, difundir sus obras, poner en vigor sus leyes y disposiciones, penalizar a quienes las transgredieran, mantener una relación permanente con sus correligionarios en tierras extranjeras y erigir los edificios e instituciones de su Orden Administrativo, no podía sino suscitar la aprensión y la hostilidad de quienes, situados en posiciones de autoridad, o bien no habían comprendido los fines de dicha comunidad, o estaban decididos a sofocar su vida. La insistencia de sus miembros, en tanto se mostraban obedientes en todos los asuntos de carácter puramente administrativo a las leyes civiles del país, por aferrarse a los principios, preceptos y leyes espirituales fundamentales que Bahá’u’lláh, había revelado, los cuales les intiman, entre otras cosas, a adherirse firmemente a la veracidad, a no disimular su fe, a observar las disposiciones escritas en materia de matrimonio y divorcio, a suspender toda suerte de trabajo en los Días Sagrados decretados por Él, había de colocarlos, tarde o temprano, en conflicto con un régimen que, debido a su reconocimiento formal del islam como religión de Estado de Persia, rechazaba extender cualquier reconocimiento a quienes los exponentes oficiales de dicha religión habían condenado ya como herejes.

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El cierre en todo el país de todas las escuelas pertenecientes a la comunidad bahá’í, como consecuencia directa de la negativa de los representantes de dicha comunidad a permitir que instituciones bahá’ís oficiales, de su propiedad y bajo su entero control, transgredieran la ley claramente revelada y que dicta la suspensión del trabajo en los Días Sagrados bahá’ís; la denegación de todos los certificados de matrimonio bahá’í y el rechazo a registrar los enlaces en las Oficinas del Registro del Gobierno; la prohibición que pesó sobre la publicación y circulación de todas las obras bahá’ís, así como de su entrada en el país; la incautación en varios centros de documentación, libros y reliquias bahá’ís; el cierre, en algunas de las provincias de los H. az. íratu’l-Quds, y la confiscación en algunas localidades del mobiliario; la prohibición de toda manifestación bahá’í, conferencia

o convención, la estricta censura impuesta, y a menudo la no entrega de las comunicaciones habidas entre los centros bahá’ís de Persia,

o entre dichos centros y las comunidades bahá’ís de países extranjeros; la retirada de los certificados de buena conducta a los ciudadanos leales y cumplidores de la ley sobre la base de su adhesión declarada a la Fe bahá’í; el despido de los empleados del Gobierno, la degradación o expulsión de los oficiales del ejército, el arresto, la interrogación, el encarcelamiento y la imposición de multas y otros castigos contra cierto número de creyentes que rechazaron desatender su obligación moral de reafirmarse en los principios espirituales de su Fe, o de actuar de cualquier manera que entrara en conflicto con su carácter universal y no político; todo esto puede entenderse como el intento inicial realizado en un país cuya tierra se ha visto bañada por la sangre de incontables mártires bahá’ís por resistir el surgimiento y frustrar la pugna por la emancipación de un Orden Administrativo cuyas raíces mismas hallan su fuerza en tan heroico sacrificio.

CAPÍTULO
XXIV
LA EMANCIPACIÓN
Y RECONOCIMIENTO DE
LA FE Y SUS INSTITUCIONES
M

IENTRAS los seguidores orientales y occidentales de Bahá’u’lláh daban los primeros pasos para la erección simultánea del armazón del Orden Administrativo de la Fe, en una población desconocida de Egipto se lanzaba un sañudo ataque contra un puñado de creyentes que intentaban establecer allí una de las instituciones primarias de ese Orden, un ataque que, visto desde la perspectiva de la historia, será aclamado por las generaciones futuras como un hito en la historia del primer siglo bahá’í. A decir verdad, cabe afirmar que las secuelas del asalto han abierto un nuevo capítulo en la evolución de la propia Fe, una evolución que, al llevarla a través de las etapas sucesivas de represión, emancipación, reconocimiento como Revelación independiente y como religión de Estado, debe conducir al establecimiento del Estado bahá’í y culminar en el surgimiento de la Mancomunidad Mundial Bahá’í.

Habiéndose producido en un país que puede con derecho presumir de ser el centro reconocido tanto del mundo árabe como musulmán; precipitado por la acción, adoptada, de propia iniciativa, por los representantes eclesiásticos de la mayor comunidad del islam; resultado directo de una serie de disturbios instigados por algunos de los miembros de dicha comunión a fin de suprimir las actividades de algunos de los seguidores de la Fe que antes habían disfrutado entre ellos del rango clerical, tamaño proceso en la suerte de una comunidad esforzada ha