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Mensajes : 26-11-1992 Mensaje a los Bahá'ís del Mundo
CASA UNIVERSAL DE JUSTICIA
Centro Mundial Baha'i
26 de noviembre de 1992
A los bahá'ís del mundo,

Un siglo completo ha transcurrido desde que el Convenio de Bahá'u'lláh fuera establecido y puesto en movimiento. Y enviamos a los miembros de Su comunidad nuestros cariñosos saludos mientras hoy se hallan reunidos en el Congreso Mundial en Nueva York y en las conferencias auxiliares en todos los continentes, o mientras participan de otro modo en la observancia de esta ocasión centenaria.

Nos hallamos particularmente complacidos pues se nos ha concedido una oportunidad especial para detenernos por un momento, junto a nuestros compañeros creyentes, para aunar nuestros pensamientos, para observar cómo nos ha ido desde 1892 y considerar hacia dónde nos dirigimos ahora. Esto nos permite tomar parte en un acto simbólico que por su misma naturaleza ejemplifica el propósito del Convenio un Convenio ideado por su divino Autor para unir las razas y naciones de la tierra.

Emociones sublimes surgen en nuestros corazones mientras repasamos la espectacular historia y asombroso progreso de estos cien años. En la época del fallecimiento de Bahá'u'lláh, la comunidad bahá'í permanecía dentro de las fronteras de no más de quince países y la inmensa mayoría de sus miembros vivía en Irán. Ahora la comunidad abarca el planeta entero. Nos regocijamos ante el espíritu de unidad que se evidencia en su ininterrumpida consolidación a través de las actividades del Orden Administrativo, al cual el Convenio ha dado nacimiento. Nuestra experiencia acumulada ha demostrado claramente la eficacia del Convenio. La unidad verdadera que induce anima enormemente nuestras expectativas de que toda la humanidad puede ser y será unida.

Nos hemos esforzado por construir una comunidad en un periodo en el que el mundo ha atestiguado cambios alarmantes que han alterado profundamente el carácter de la sociedad y la han sumido en un estado de inquietud y confusión sin precedentes. Además, el mundo en su condición actual se ha desorientado debido a la acción de fuerzas que no comprende ni puede controlar. Es un periodo en el cual grandes dinastías e imperios se han colapsado en rápida sucesión, en el que poderosas ideologías han capturado los corazones de millones tan sólo para terminar en infamia, en el que dos guerras mundiales causaron estragos sobre la vida civilizada, como se la conocía al principio del siglo veinte.

Como consecuencia de tan horrendos trastornos, ha habido avances sin igual en los dominios de la ciencia, la tecnología y la organización social, una verdadera explosión de conocimiento e incluso un florecimiento aún más destacable en el despertar y desarrollo de las masas de la humanidad, que previamente se habían supuesto dormidas. Estas masas están clamando sus lugares de pleno derecho dentro de la comunidad de naciones, la cual se ha expandido grandemente. Con el desarrollo simultáneo de las comunicaciones a la velocidad de la luz y de los transportes a la velocidad del sonido, el mundo se ha contraído a una mera vecindad en la que la gente conoce instantáneamente los quehaceres de los demás y todos cuentan con inmediato acceso entre sí. Y todavía, incluso con tales avances maravillosos, con la emergencia de organizaciones internacionales y con valientes intentos y brillantes éxitos en colaboración internacional, las naciones lamentablemente se encuentran enemistadas entre ellas, la gente se halla convulsionada por cataclismos económicos, las razas se sienten más alienadas que antes y se encuentran llenas de desconfianza, humillación y temor.

Colateral a estos cambios ha sido el derrumbamiento de instituciones, religiosas y políticas, que tradicionalmente funcionaban como indicadores para la estabilidad de la sociedad. Incluso las más resistentes de entre éstas parecen estar perdiendo su credibilidad por cuanto han terminado por preocuparse de su propio desorden interno. Esto llama la atención sobre la vacuidad del paisaje moral y el sentimiento de futilidad que desquicia la vida personal. Comentadores clarividentes escriben con aprensión sobre la caída de la cultura y la consecuente desaparición de valores, la pérdida de la plenitud de la vida interior, una civilización tecnológica enfrentándose a una seria y creciente crisis. Ellos escriben, además, que la especie humana está al límite de su sabiduría y es incapaz de controlarse a sí misma, escriben sobre la necesidad de sabiduría y previsión divinas y de lo alejada que está la psique humana de reconocer esta necesidad.

Estos amenazadores comentarios reflejan las consecuencias universales de una comprensión fallida del propósito de Dios para la humanidad. Es en este particular respecto que la Revelación de Bahá'u'lláh irradia nueva luz; refresca nuestros pensamientos; clarifica y expande nuestras ideas. Sus Enseñanzas nos imbuyen con el amor de Dios por Sus criaturas; nos inculcan lo indispensable de la justicia en las relaciones humanas y enfatiza la importancia de adherirse a este principio en todos los asuntos; nos informan de que los seres humanos han sido creados "para llevar adelante una civilización en continuo progreso" y que las virtudes que corresponden a la dignidad de cada persona son: "dominio de uno mismo, misericordia, compasión y amorosa bondad hacia todos los pueblos y semejantes de la tierra".

Como quiera que los miembros de nuestra comunidad han perseguido el plan para la enseñanza de Su Fe, han logrado apreciar más adecuadamente el propósito de los variadísimos procesos de cambio que han estado funcionando durante el curso del siglo. "Tales procesos simultáneos de levantamiento y caída, de integración y desintegración, de orden y caos, con sus continuas y recíprocas reacciones entre sí, no son" nos dicen nuestras Enseñanzas "sino aspectos de un Plan mayor, uno e indivisible, cuya Fuente es Dios, cuyo autor es Bahá'u'lláh, el teatro de cuyas operaciones es el planeta entero y cuyos objetivos últimos son la unidad de la raza humana y la paz de toda la humanidad."

La desunión es el punto capital de los problemas que tan severamente afligen al planeta. Impregna las actitudes en todos los apartados de la vida. Está en el corazón de todos los grandes conflictos entre naciones y pueblos. Todavía más grave, la desunión es corriente en las relaciones entre religiones y dentro de las religiones, viciando la propia influencia espiritual y moral cuyo ejercicio es su primer propósito. "Si se oscureciera la lámpara de la religión" -afirma Bahá'u'lláh- "sobrevendran el caos y la confusión, y las luces de la equidad, de la justicia, de la tranquilidad y de la paz cesaran de brillar."

En una elaboración de estas espantosas consecuencias, nuestras Enseñanzas declaran que "cuando, como resultado de la perversidad humana, la luz de la religión se sofoca en los corazones de los hombres ... una deplorable decadencia en la suerte de la humanidad se establece inmediatamente, trayendo como resultado todos los males que un alma caprichosa es capaz de revelar. La perversión de la naturaleza humana, la degradación de la conducta humana, la corrupción y disolución de las instituciones humanas se revelan a sí mismas, bajo tales circunstancias, en sus peores y más repugnantes aspectos. El carácter humano se envilece, la confianza se debilita, los nervios de la disciplina se relajan, la voz de la conciencia humana se acalla, el sentido de la decencia y de la vergüenza se oscurece, los conceptos del deber, de la solidaridad, de la reciprocidad y la lealtad se distorsionan y el mismo sentimiento de tranquilidad, de alegría y esperanza se extingue gradualmente."

Tal es, desafortunadamente, el estado al que han llegado las instituciones e individuos de nuestros días. Contra estos antecedentes las estipulaciones del Convenio adquieren importancia aún más crítica que antes. No puede haber duda alguna de que si nuestra comunidad tiene que hacer frente a la situación, debe avanzar rápidamente hacia la próxima fase de su evolución. Será una fase en la que la Fe de Bahá'u'lláh debe necesariamente prever un intenso encuentro con las fuerzas que operan con tan desconcertante ferocidad a través del mundo. Repasemos, por tanto, en esta ocasión propicia, las disposiciones del convenio que generan y sostienen nuestras acciones.

El cimiento de nuestra creencia descansa en nuestro reconocimiento de la soberanía de Dios, la Incognoscible Esencia, el Supremo Creador, y en nuestra sumisión a Su voluntad tal y como fue revelada para esta edad por Bahá'u'lláh. El aceptar al Mensajero de Dios en Su Día y el acatar Su mandato son ambos deberes esenciales e inseparables para cuyo cumplimiento todo alma ha sido creada. Cada uno ejercita estos deberes gemelos por su propia elección y, al obrar así, realiza un acto que puede ser considerado como la más elevada expresión de libre voluntad con la que cada ser humano ha sido dotado por un Creador todo amoroso. El vehículo en esta edad resplandeciente para el cumplimiento práctico de estos deberes es el Convenio de Bahá'u'lláh. Es el instrumento por el cual la creencia en Él se traduce en hechos constructivos.

La unidad de la humanidad es el principio central y meta última de Su misión. El significado de este principio va mucho más allá de la reavivación del espíritu de hermandad y buena voluntad entre la gente: "Implica un cambio orgánico en la estructura de la sociedad de hoy, un cambio tal que el mundo no ha experimentado todavía." El Convenio de Bahá'u'lláh encarna el espíritu, el agente y el método para alcanzar esta meta esencial. Además de depositar en Su Libro de Leyes los fundamentos para un nuevo Orden Mundial, Bahá'u'lláh, en el Libro de Su Convenio, confirmó el nombramiento de Su Hijo 'Abdu'l Bahá como el intérprete de Su Palabra y el Centro de Su Convenio. Como el intérprete, 'Abdu'l Bahá se convirtió en la boca viviente del Libro, el exponente de la Palabra; como el Centro del Convenio, llegó a ser el medio incorruptible para aplicar la Palabra a medidas prácticas para la edificación de una nueva civilización. El Convenio es, por tanto, un fenómeno divino único en el que Bahá'u'lláh más allá de conferir a 'Abdu'l Bahá la autoridad necesaria para cumplir las necesidades de Su singular cargo Le confirió las virtudes de perfección en comportamiento personal y social, para que la humanidad pudiera tener un modelo perdurable a emular. En ninguno de los anales del pasado aparecen registradas disposiciones tales para asegurar la realización del propósito de la Manifestación de Dios.

Este Convenio constituye la garantía contra el cisma; ésa es la razón por la que aquéllos que ocasionalmente intentan crear una escisión en la comunidad, a la larga fracasan completamente. De modo similar, la persecución incesante que la comunidad ha sido forzada a soportar por más de un siglo en la tierra natal de Bahá'u'lláh no ha logrado destruir su identidad ni socavar su unidad orgánica. El glorioso efecto definitivo de estas disposiciones consistirán en asegurar el establecimiento del Reino de Dios en la tierra, como fue prometido en los Libros Sagrados del pasado y fue proclamado por Bahá'u'lláh mismo.

"El Día de la Promesa ha venido," anuncia Él claramente "y Aquél Quien es el Prometido proclama en alta voz ante todos los que están en el cielo y todos los que están en la tierra: '¡Verdaderamente no hay otro Dios sino Él, el que ayuda en el Peligro, el que subsiste por Sí mismo!' ¡Juro por Dios! Aquél que había estado encerrado desde la eternidad en el conocimiento de Dios, el Conocedor de lo visto y lo no visto, ha sido revelado. Feliz es el ojo que ve y el rostro que se vuelve hacia el Semblante de Dios, el Señor de todos los seres.

Además, la venida de Bahá'u'lláh señaló la entrada del mundo en una nueva edad, haciendo posible el comienzo de una relación completamente nueva entre la humanidad y su Supremo Creador. Las características de esta relación se hallan resumidas en el Convenio inaugurado tras Su fallecimiento hace un siglo. Su dinámica espiritual y poder cohesivo, sus principios unificadores y estipulaciones institucionales prácticas son un modelo para la curación de las enfermedades que afligen a nuestras sociedades fracturadas y sistemas sociales defectuosos. El Convenio de Bahá'u'lláh da nuevo significado a la historia verificada de la humanidad; imprime un nuevo impulso al esfuerzo humano. "Como la arteria," declara 'Abdu'l Bahá "late y pulsa en el cuerpo del mundo." La penetrante influencia que ejerce está en el corazón del trastorno de los asuntos humanos; dirige la transición acelerada del viejo orden al nuevo Orden Mundial vislumbrado por Bahá'u'lláh. "Pronto," Él escribe "el Orden actual será enrollado y uno nuevo desplegado en su lugar." Y explica: "El equilibrio del mundo ha sido trastornado por medio de la vibrante influencia de este Más Grande, este nuevo Orden Mundial. La vida ordenada de la humanidad ha sido revolucionada por la acción de este único, este maravilloso Sistema, cuyo igual ojos mortales jamás han atestiguado."

Que aquéllos seriamente preocupados sobre el estado y destino del mundo presten debida atención a las pretensiones de Bahá'u'lláh. Que se den cuenta de que las tormentas que apalean los cimientos de la sociedad no se acallarán a menos y hasta que se empleen activamente principios espirituales en la búsqueda de soluciones a los problemas sociales. Que nosotros, los seguidores de Bahá'u'lláh, redoblemos nuestro esfuerzo en el ejercicio de nuestro sagrado deber para familiarizar a toda la humanidad con el propósito animador de la Ley mundial de Bahá'u'lláh. Que descubran que "lejos de pretender la subversión de los cimientos existentes de la sociedad, busca ampliar su base, renovar sus instituciones en un modo consonante con las necesidades de un mundo en continuo cambio." Que respondamos, con paciencia y humildad, las preguntas desafiantes o escépticas mientras desenvolvemos los propósitos de esta Ley. Que sepan que "no puede estar en conflicto con fidelidades legítimas, ni puede socavar lealtades esenciales. Su propósito no es apagar la llama de un sano e inteligente patriotismo en los corazones de los hombres, ni abolir el sistema de autonomía nacional tan esencial si los males de una centralización excesiva deben evitarse.

Que de palabra y de ejemplo mostremos que "no ignora ni intenta suprimir la diversidad de orígenes étnicos, de clima, de historia, de idioma y tradición, de pensamiento y hábito que diferencian a los pueblos y naciones del mundo." Finalmente, que aprecien que "llama a una lealtad más amplia, a una aspiración mayor que ninguna que haya animado a la raza humana"; que "insiste en la subordinación de los impulsos e intereses nacionales a las exigencias imperiosas de un mundo unificado"; que "repudia la centralización excesiva, por un lado, y rechaza todo intento de uniformidad, por otro"; que "su lema es unidad en diversidad".

Especialmente resulta digno de destacar que coincidiendo con este Año Santo Bahá'í tengan lugar las conmemoraciones de otros sucesos que sacudieron el mundo y que, siglos atrás, comenzaron procesos destinados a alcanzar su consumación gloriosa en el Día Prometido de Dios. La resolución definitiva de los profundos problemas a los que dieron lugar, y que el paso del tiempo ha hecho madurar, es ahora discernible en la realización final del Sistema mundialmente abarcador de Bahá'u'lláh.

Nuestros pensamientos se vuelven hacia la historia del viaje épico de 'Abdu'l Bahá a Occidente y particularmente a Norteamérica donde, en Nueva York, reveló a Sus discípulos occidentales las implicaciones del Convenio de Bahá'u'lláh. En cierto sentido fue un acto de renovación, anticipando la consolidación de la unión del Viejo y Nuevo Mundo en una entidad global. Apodada por Él "Ciudad del Convenio", Nueva York resuena con los efectos de aquella experiencia de hace ochenta anos. Incluso entonces era ya la vía de acceso principal a la "Tierra de Promesa" para millones de personas que buscaban nuevos horizontes. Ahora es reconocida como el punto de encuentro para los líderes de las naciones, el lugar de reunión para los esfuerzos por lograr unidad en la esfera política. Su atmósfera vibra con las esperanzas de un mundo buscando poner en orden sus asuntos. Hoy los corazones de los bahá'ís a través del mundo están enfocados en esta Ciudad del Convenio dentro de la que muchos miles de sus compañeros creyentes, de todas partes del planeta, se han reunido en el segundo Congreso Mundial Bahá'í. La presencia allí de tan ampliamente variada representación de la raza humana es una afirmación del poder unificador del Convenio para cuya celebración ha sido convocado el evento.

En esta época de comienzos y de conmemoraciones de comienzos, nosotros, los bahá'ís, establecemos para nosotros mismos una nueva medida de esfuerzo, una más atrevida y persistente que antes. Que nuestras palabras puedan proclamar, y nuestros hechos demostrar, que solamente hay un Dios, sólo una religión, sólo una raza. Y aunque seamos pocos, que podamos cumplir nuestro deber para con Bahá'u'lláh, para con Su Convenio y, además, para con toda la humanidad.

[Firmado] La Casa Universal de Justicia

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